El Yin y el Yang son dos nociones no aditivas, inseparables, en constante alternancia. Una unidad cíclica, en la que cada parte cualquiera sea la proporción en que intervenga es una unidad en sí. Es la quinta esencia del desarrollo dialéctico y el discípulo taoísta aspira a ese estado de reposo expansivo. El Yin y el Yang son dos aspectos del mismo poder, pero en una polaridad distinta de la dualidad absoluta.

La creación, tal como la conocemos, sólo puede tener lugar, en situación de interacción de los opuestos, pero ” todos los contrarios dejan de existir como tales, en el momento en que uno los considera desde un nivel superior a aquel en donde tenía realidad esa oposición.”

La base de la transmutación y transformación es la aceptación de la totalidad, con sus aspectos positivos y negativos. Es el fundamento de la alquimia taoísta, que actúa sobre ambos aspectos y utiliza su diversidad complementaria, en el trabajo de transmutación de las partes individuales, en la totalidad, el Uno.

Wei- wu-wei. Hacer no haciendo.

Es proceder en forma espontánea, como el de un niño, sin intencionalidad. En el taoísmo la referencia al “yo”, estropea la acción, porque la subordina a sus propios fines. El wu- wei es la motivación que permite aclararse y abandonar las futilidades, viéndose a sí mismo y a todo lo demás, como lo que realmente es. Alcanzar la armonía que trasciende la acción y la no acción. Confiere la capacidad de mantener la separación en medio de la actividad, y la disposición a la acción necesaria, en el estado de separación, concede la capacidad de dar sin agotarse.

La aceptación receptiva (y no pasiva) de la voluntad del Cielo es la que está representada mediante el símbolo del “valle”; el “espíritu del valle”, es la ley del sabio. El actuar de acuerdo a esa ley, sin tener en cuenta los deseos particulares, ni la voluntad propia, es el camino trazado por el Cielo, es llegar al Tao, puesto que la ley de la tierra es el Cielo y la ley del Cielo es el Tao.

En la concepción taoísta, el hombre está rodeado de fuerzas que tienden a desvirtuar sus acciones y su conducta. No sólo el contacto con los hombres es contaminante, sino que lo es también, con los objetos, con las cosas que pueden servir de soporte a las “influencias errantes”, fuerzas invisibles que el hombre profano desconoce, pero que pueden determinarlo a asumir como propios, deseos y logros que provienen de estos influjos.