Y volvió a nacer en su corazón el deseo de recuperar su alma perdida. Y se echó a andar por el mundo en busca del viajero que se la había comprado, con objeto de comprársela a su vez y de que su cuerpo pudiese gozar de nuevo del Pecado. Pasado mucho tiempo, lo encontró al fin. Y el viajero no pudo contener la risa al escucharle. “Al poco tiempo me cansé de tu alma y se la vendí a un judío en menos dinero del que te la compré”, le dijo. ” Qué lástima ! – murmuró el hombre – si me lo hubieras dicho, yo te hubiese dado más por ella.” El viajero respondió: No lo hubieras podido hacer, un alma no puede comprarse y venderse más que en su justo precio. La tuya perdió bastante entre mis manos. Para venderla tuve que pedir menos de lo que te había pagado.” Y el hombre se separó del comprador y caminó por toda la tierra en pos de su alma perdida.

Y un día, que estaba sentado en una tienda de cierta ciudad, pasó una mujer a su lado, le miró y le dijo: “Amigo, por qué estás tan triste? Yo creo que no existe motivo para tanta tristeza.” Y el hombre replicó: “Estoy triste porque no tengo alma, y voy en su busca.” Y la mujer habló así: “Hace muy poco compré una noche un alma que había recorrido muchas manos, y que me vendieron por una cantidad irrisoria; pero es una cosa tan despreciable, que me desprendería de ella de muy buena gana. Ahora bien, la he comprado por una canción, y ya sabes que un alma sólo puede venderse en su debido precio. Cómo voy a venderla, si vale menos que una canción? Y eso que no fue más que por una canción frívola, que le canté por un vaso de vino al hombre que me la vendió.”

Al oir esto, el hombre exclamó: ” Esa es mi alma ! Véndemela y te daré por ella todo lo que tengo.” La mujer dijo entonces: No la he pagado más que con una canción, y sólo puedo venderla en lo que vale. Grita, gime y anhela estar libre. Cómo le daré la libertad?”. El hombre sin alma inclinó la cabeza sobre el pecho de la mujer y oyó cómo el alma allí cautiva lloraba por verse libre y volver al cuerpo que había abandonado.