Pero tras las condiciones del entorno natal, la Luna aporta una matriz, una trama energética que constituye la energía madre para la persona, y que es la que desencadena, por así decir, esa determinada respuesta al entorno. La Luna no es la madre biológica, como muchas veces se suele creer, sino la energía más familiar para la persona, que puede ser transmitida a través de la madre o no. En general sucede que es así (revelando la relación de la madre con ese niño, y no el cómo es la madre en sí misma), porque la Luna encierra y protege, aísla, es la intimidad total con la madre, y si no logramos romper esta intimidad total, no podremos vivir el resto de la carta (el Sol, el Ascendente, etc.) más que en un nivel muy basal y automático, porque el encierro hace parecer que todas las demás energías o experiencias posibles son extrañas-a-mí.

El tema de la Luna es primordial porque determina en gran medida nuestras respuestas automáticas; en efecto, al nacer no hay consciente, somos todo Luna, todo instintividad, la identidad separada no se ha desarrollado, y aún durante el primer período, la fusión con la madre es total. No hay límites definidos, no se experimenta la sensación de yo independiente, tal como bajo la luz unificadora del astro nocturno todo se acomoda, desdibuja, acepta, funde y combina. En la noche de fiesta todos somos iguales, personajes fantasmagóricos, receptivos, fantásticos y encantadores; para la Gran Madre todos somos sus hijos queridos, ella no hace distingos y su luminosidad plateada, a diferencia de la solar, liga cosas dispares, perdona asimetrías, diluye diferencias. Así, toda experiencia del primer período de vida e incluso las de la vida intrauterina – queda profundamente grabada en la psiquis de la criatura: en toda la psiquis no hay otra cosa. De este modo, experiencias que para un adulto pueden parecer intrascendentes: como que la madre pasó el embarazo con náuseas, o que al nacer la guagua se golpeó con la camilla, o se sentía un perro ladrando furioso a lo lejos, o pasó varias hora con frío sin ser socorrido, pueden imprimir en la delicada criatura la impresión de que llega a un mundo hostil, donde hay que defenderse, o esconderse, o tratar de pasar inadvertido, o atacar antes de ser atacado, etc. Obviamente, todos los recién nacidos son igualmente vulnerables a esas vivencias.