Al crecer el Sol, al aumentar lo consciente en nosotros, las reacciones defensivas se vuelven innecesarias, pues nos volvemos más completos, nos vemos más cerca de la totalidad que somos (sólo temporalmente material), nos vemos semejantes a los otros. Al vernos más completos podemos apreciar también a los otros más completos y establecer con ellos relaciones de participación, de interacción, de intercambio, de enriquecimiento mutuo y no de necesidad, con mucha mayor objetividad que ese niño que tenía que reaccionar así o asá para sobrevivir. Es entonces cuando la Luna puede llegar a dar su mejor potencial: desde ser una criatura necesitada de tales o cuales cosas para sobrevivir – un permanente hijo o niño pequeño demandante – puede desarrollar verdaderas cualidades maternas para con los demás, ser capaz de proveer aquello que las otras criaturas requieren para su crecimiento y desarrollo. El estilo de este proveer depende de la posición y relaciones que tiene la Luna en la carta, pues aquello que usó como mecanismo para sobrevivir, al integrarse se transforma en un talento para nutrir, proteger o cuidar a otros. Este es el corolario de la Luna en una trayectoria ideal de crecimiento, y esperamos que haya sido suficientemente claro. La Luna, en su mejor forma, es espejo del Sol, en cuyo caso ella puede terminar siendo un instrumento de éste, el polo yin real del Sol, para actuar en el mundo en forma integrada, es decir, según la voluntad solar pero en forma lunar, acogedora y nutriente. En ese momento tendremos una Luna que, desde un mundo ilusorio ha pasado a tener un rol concreto y práctico, equivalente al de la misma Tierra para promover y proteger la vida que el Sol da. Como si fuera el brazo materno del astro solar.

Esto implica, desde luego, una enorme transformación energética, una alquimia del 100% de lo lunar, lo que implica un enorme refinamiento, un tránsito desde una Luna meramente reactiva a una Luna discerniente, gobernada por alguien.

Alguien, es aquí el yo observante. La observación de sí constante que, como resultado, aumenta la consciencia de sí o lo solar en nosotros, al permitirnos superar las reacciones automáticas – como las emociones negativas – termina por constituir un yo permanente, o al menos un yo observante relativamente estable. Este es un proceso que conocemos y que es paulatino, con recaídas, siempre más lento de lo que quisiéramos pues, en verdad, se trata de una transformación energética que no es fácil, un paso de seres biológicos sensitivos a seres autoconscientes. Pero lo biológico es fuerte, pesa, y arrastra. Para superar el automatismo hay que tener voluntad, voluntad que se logra superando el automatismo, lo que se presenta como un círculo vicioso casi imposible de romper. Pero el espíritu preexiste, de lo implicado nace todo lo aparente, y lo manifestado constituye por sí sólo un núcleo, un centro magnético que nos llama constantemente hacia su centro, lo escuchemos o no, y de la no aceptación de la misión de ser plenos emana toda nuestra desdicha. Así, cualquier atisbo de autoconciencia solar aplicada al automatismo lunar produce en ésta un darse cuenta , que es el techo de la evolución lunar. Ella no puede llegar más allá energéticamente – porque sólo opera en el mundo de la forma, en la vida encarnada. Recordamos en este instante un antiguo precepto: lo superior se une a lo inferior produciendo lo intermedio.

María Maya
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