Hasta aquí pareciera que la Luna es más bien una molestia, un resabio primitivo que superar. Se puede apreciar con claridad que, desde cualquier ángulo que se mire, la Luna no-es-yo. Es el mensaje que permea mi inconsciente y que es gatillado como reacción instintiva frente a un mundo que en sus inicios me pareció de determinada manera. Este es el trabajo de la humanidad: pasar de lo lunar a lo solar, de lo oscuro a lo luminoso, de lo irreal a lo real, de lo que muere (la forma) a lo que permanece (la esencia), traspasar el plano astral de ilusión. Y ese trabajo se realiza en la consciencia individual de los habitantes, en la humanidad, para pasar de la reacción a la comprensión, de la respuesta automática al darse cuenta, y de ahí a la capacidad voluntaria solar – de hacer. Por eso la Luna es necesaria como símbolo, y porque aún aquí en la Tierra, desde el punto de vista de la astrología, una Luna trabajada permite una enorme expansión de consciencia: ella es el espejo ignorado del Sí mismo; ella ni siquiera tiene luz propia, tiene la que él le presta, y él se la presta para verse.

Hay que considerar que la Luna representa a la materia, aquello que es de donde surge el mundo visible que percibimos, que según todas las tradiciones místicas es maya, mundo de ilusión. Pero es en esta materia que se encarna el espíritu, el fuego del Sol, y gracias a ella toma una forma definida, que es sólo temporal. Del apego a todo lo que tiene forma, color, sabor, textura, es decir, de todo aquello que aporta temporalmente la Luna al espíritu, surge el miedo, porque el miedo es inherente a la materia, no al espíritu. Y la materia, como es principalmente la forma, siente que de la pérdida de la forma sólo puede haber muerte, desaparición, aniquilación, porque la materia no sabe de espíritu; como es justamente la parte más densa del espíritu, es la menos consciente de él. Por eso se apega al mundo de los sentidos, y la Luna es la madre de nuestro apego al mundo sensible, y al miedo de perderlo, y por lo tanto de morir, de dejar de ser. De este miedo primordial de dejar de ser o dicho de otro modo, del instinto de supervivencia – provienen una serie de otros miedos subsidiarios, propios de nuestro ser material. Entonces, cuando decimos que nuestra misión en cada vida es hacer crecer al Sol, que es nuestra consciencia, centro de nuestra identidad, de nuestra voluntad, semilla total de todo nuestro potencial y capitalizador de nuestros progresos, quien porta la totalidad de nuestro ADN evolutivo de vida en vida, superando la reactividad lunar, en realidad estamos diciendo cosas muy profundas. Significa hacer crecer el ser espiritual en nosotros a expensas de nuestro ser material, y tomar consciencia de que la forma siempre morirá porque pertenece al ámbito de lo perecedero, pero que a nivel sutil la muerte no existe, pues los procesos son permanentes: el árbol caduco bota la hoja todos los años, pero nunca es la misma hoja; el río permanece, pero nunca es el mismo río. La Luna cumple un ciclo cada 28 días, el Sol es permanente.