Creemos que como mujeres de este siglo necesitamos un acercamiento al mensaje cristiano con una nueva visión general. De muchas formas hemos sido masculinizadas por nuestra experiencia cristiana occidental. Ahora somos llamadas para encarnar aquellos valores que habían sido dejados de lado en el proceso de masculinización: la interioridad, la compasión, el espíritu de comunidad. Estos valores son generalmente sospechosos en nuestra sociedad, porque son considerados débiles en contraste con la tendencia dominante a ser el primero, a poseerlo todo, a tener el control”. Hoy pensamos en que nuestro orar sea reflexivo, no diciendo un montón de palabras sino más bien lo enfocamos como un crecimiento en nuestras vidas, siendo más y más honestas respecto a nosotras mismas, dándonos cuenta de qué es lo
que internamente nos acomoda y qué nos puede conducir a aumentar nuestra libertad y energía.

Hemos aprendido que en una sociedad masculinizada el concepto de cuerpo femenino tiene connotaciones negativas que las mujeres han interiorizado y que deben ser pensadas de nuevo. Estamos redescubriendo lo sagrado de nuestros cuerpos. Estamos aprendiendo a respirar más profundamente, aprendiendo a disfrutar en nuestro cuerpo, en el buen sentido de alegría corporal. Estamos aprendiendo maneras de estar quietas, de apaciguarnos, encontrando formas de concentración. Al trabajar con mujeres jóvenes descubro que ellas encuentran muy largo – les son casi intolerables – siquiera cinco minutos de quietud. Estamos aprendiendo un sonido rítmico sostenido que pueda ayudar a concentrarnos. Para la mayoría de nosotras,
el uso de una palabra simbólica, significativa, es apaciguante y a la vez nos mantiene atentas.

Me gustaría entonces invitarlos a respirar profundamente por un breve momento, sólo para que prueben la experiencia a la que muchos de ustedes pueden acceder con rapidez. Voy a empezar por un canto simple basado en una frase que tengo muy presente en esta época del año: el árbol. El fue una parte muy significativa de nuestra reflexión en la época primitiva de la Pascua de Resurrección, el árbol plantado próximo al agua viviente, el árbol enraízado en el agua viviente. Al respirar más y más profundo, dejemos inundar todo nuestro ser con la imagen del agua vuelta luz. Dejémosla fluir en nosotros. Personalmente y como grupo reunido aquí, somos un árbol. Estamos compartiendo en forma casi tangible esta vivencia. Dejemos que la vida nos coja y nos cargue de energía, para liberarnos. Y como la melodía nos es familiar, vamos, cantemos con ella: