Uno de los primeros efectos de la práctica de la meditación es, generalmente, una creciente eficiencia en
la vida diaria, ya sea en el hogar, en el trabajo o en cualquier campo de actividad humana. La aplicación mental a la obligación de vivir es en sí un ejercicio de concentración y produce notables resultados. Que el hombre alcance o no la iluminación mediante la práctica de la concentración y la meditación, siempre habrá logrado mucho, habrá enriquecido grandemente su vida, aumentado su utilidad y poder, y ensanchado su esfera de influencia.

Por lo tanto, desde el punto de vista puramente mundano, es útil aprender a meditar. Quién podrá decir
que una mayor eficiencia en la vida y en el servicio no sea un paso en la senda del progreso espiritual,
como lo son las visiones del místico? Los efectos espirituales de la aplicación mental que nuestro mundo comercial occidental pone de manifiesto puede ser, en último análisis, una contribución total y valiosa al esfuerzo espiritual, como los efectos observados en el mundo del esfuerzo religioso organizado. Confucio nos enseñó hace siglos que los instrumentos de la civilización eran de carácter altamente espiritual, por constituir el resultado de las ideas. Hu Shih dice en los interesantes comentarios de su libro Hacia dónde va la Humanidad:

Una civilización que emplea al máximo el ingenio y la inteligencia humana en la búsqueda de la verdad, a fin de controlar la naturaleza y transformar la materia para servir a la Humanidad, que libera al espíritu humano de la ignorancia, de la superstición y de la esclavitud de las fuerzas de la naturaleza, y reforma las instituciones sociales y políticas en beneficio de la mayoría, es altamente idealista y espiritual.

Nuestra idea sobre lo que constituye la espiritualidad se ha ampliado constantemente, Hemos visto a muchos miles de seres humanos que, por el deseo, el sentimiento y las reacciones de la naturaleza emocional, han alcanzado el punto en que se han visto obligados a trasmutar el deseo en aspiración, el sentimiento en sensibilidad hacia las cosas del espíritu, y el amor a sí mismos en amor a Dios. Así se forma el místico.