La fuerza de la experiencia musical nunca ha sido puesta en duda, y hoy día sucede que calificados músicoterapeutas repiten afirmaciones de siglos pasados sobre la música como medio de comunicación y expresión de sentimientos, afectos o pasiones. Por ejemplo: La música, emanación directa de la vida afectiva, abre una vía de acceso privilegiada al inconsciente. O: es por la melodía que se alcanza más directamente al corazón; es decir, el centro espiritual del hombre. Y aún: El fin de la música no es de expresar tal o cual sentimiento particular sino traducir la forma misma de la vida interior.

Ciertos investigadores tienden a un análisis de los efectos de la música. Willems pone en evidencia las relaciones que existen entre:

ritmo y vida fisiológica
melodía y vida afectiva
armonía y vida mental

y precisa que:

la música romántica actúa sobre los afectos
la música clásica actúa sobre el aspecto socializado de la personalidad
la música primitiva actúa sobre los instintos
la música folklórica actúa sobre la comunicación.

Otros trabajos ensayan encuadrar la acción específica de los instrumentos: sonidos graves, agudos

Todo esto es interesante, pero aproximativo, y nos deja insatisfechos porque percibimos que es difícil precisar la extensión y la cualidad del poder de la música de manera científica. Pero, si la música quiere ser terapéutica, no debiera tener efectos diferenciados, controlables, constantes y específicos?

En musicoterapia, el mediador se revela difícilmente controlable, modificable. Cierto que nos comunicamos con la música, pero no sabemos nada de lo que nos es comunicado y de la manera como se establece esta comunicación. Cada uno está de acuerdo en decir: que sucede algo.

Se debe concluir en que la experiencia musical transporta en sí misma misteriosas virtudes curativas? O es necesario investigar además el hecho terapéutico..? Para mayor claridad, precisaremos aquí las dos grandes corrientes que se manifiestan actualmente; sus objetivos, sus métodos difieren bien poco entre sí.