1.- La musicoterapia receptiva está basada sobre la audición musical. Su finalidad: la búsqueda de sí, de sus dificultades, de sus conflictos inconscientes. Se trata de un trabajo de concentración del individuo. La música actúa como un mediador. El terapeuta tiene que elegir entre dos actitudes diferentes. Puede, por ejemplo, privilegiar el elemento musical. Se refiere entonces a estadísticas: tal música produce generalmente tal efecto sobre tal tipo de enfermedad. En esto, se aproxima a las terapias médicas usuales. Sin embargo, nosotros vemos en seguida la fragilidad de una tal actitud. Al contrario, el musicoterapeuta puede centrar su trabajo sobre el paciente. Porque el carácter propio de la música importa menos que aquello que ella hace volver del pasado del sujeto, lo que ella trae consigo como efecto. No es la música quien garantiza el efecto constante sino más bien el método terapéutico utilizado. Como lo expresaba Jacques Arveiller: lo que es comunicable por la música es irremplazable y aporta en consecuencia una dimensión original a la relación terapéutica. Créemos, por nuestra parte, en la eficacia terapéutica el musicoterapeuta, en la relación transferencial, más que la de la música que emplee.

2.- La musicoterapia activa tiene como punto de partida la práctica musical ya sea vocal o instrumental. Este juego será liberado de todo aprendizaje o criterio estético. Se tratará de reencontrar una expresión primitiva espontánea, fuente de placer, de descarga de las tensiones, de afirmación de sí. El objetivo es esencialmente la comunicación consigo mismo, con el terapeuta, con el grupo. Este método apunta a suscitar, a estimular, la actividad del paciente. Es esencialmente rítimico al comienzo. Para Th. Hirsch: es natural tomar la música en lo que ella tiene de activo en los seres primitivos: el ritmo es el aspecto más primitivo y más directo de la música. En efecto, se puede decir que mientras más primitivo es un ser, más sensible es a la verdadera naturaleza del ritmo, pues el impulso corporal será menos frenado por la inteligencia o la emotividad.