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Cuando el corazón del adepto está dominado por pensamientos religiosos y sediento de amor divino, sufre experiencias diversas según su estado y su deseo, dependiendo de las palabras que escuche en su mente: de reprobación y aceptación, de rechazo y unión, de separación y proximidad, de consentimiento y despecho, de esperanza y desaliento, de miedo y de ayuda, etc. Si su fe no es sólida y es asaltado por sus propios pensamientos durante la oración, es un infiel. A veces un adepto progresa al principio muy rápidamente y luego se detiene. Piensa entonces que Dios ya no le demuestra su gracia, y es un blasfemador. Uno no puede figurarse que Dios sea susceptible de cambio. Dios es inmutable, es el propio hombre el que es inconstante.

Junayd
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