El primitivo y el retrasado mental son pesados, lentos, obstinados. La inercia de su espíritu se caracteriza por una tendencia a la imitación. Ellos sufren la influencia de las corrientes de opinión dominantes y se aferran a creencias y valores caducos. La expresión popular que califica a estos seres de inertes, retrógrados y retrasados , expresa bien la ausencia de flexibilidad y de movilidad propia de los caracteres estrechos, dogmáticos.

El hombre evolucionado, sin embargo, es más flexible, menos dogmático, no sufre la influencia de las corrientes de opinión predominantes. Al contrario. En él se instala la iniciativa, la duda. La inteligencia está más viva, más alerta. La liberación de las influencias exteriores tiende a hacerlo más receptivo a las sugestiones de su interioridad. Es así como se va perfilando lentamente el camino que lo llevará hacia una disponibilidad frente a las capas más profundas del inconsciente para tender finalmente hacia una receptividad a la esencia espiritual.

Es en este nivel que se sitúa la fase más importante de la evolución espiritual del ser humano. Es necesario que se sobrepase a sí mismo, que triunfe ante las inercias resultantes de su egoísmo para así estar disponible al movimiento de la vida, que es un Presente siempre renovado. Esto se encuentra, por lo demás, simbolizado en las Escrituras por el Hombre Viejo. El Hombre Viejo es el conjunto de todas las memorias del pasado, la suma de los residuos memoriales de millares de nacimientos y de muertes que llevamos inscritos en nuestro inconsciente profundo.

Hay que despojarse del Hombre Viejo para estar disponible al Presente. Dicho de otro modo, es necesario liberarnos de nuestra inercia, y de todo aquello que permanece estático, para así estar disponibles al movimiento creador de la Vida. Por lo tanto se trata, efectivamente, de una expresión progresiva de la movilidad, no en el plano físico sino en el plano espiritual. Por lo demás, aquí comprendemos el significado esotérico del término Satán . Este término provendría del antiguo término árabe Sheit-An, que significaba Yo resisto, A qué? . Yo resisto a la ley de la vida, a la ley divina que es emanación, creación, movimiento puro de creación.