La disolución del anima significa haberse apropiado una comprensión referente a los poderes impulsores del inconsciente; pero no significa haberlos privado de su eficacia. Pueden, pues, acometernos de nuevo y a toda hora, en forma distinta. Y así lo harán sin duda, si nuestra orientación consciente tiene una laguna. Un poder está contra otro. Si el yo pretende usurpar el poder del inconsciente, éste reacciona con un ataque sutil, en este caso con la dominante de la personalidad-Maná, cuyo enorme prestigio subyuga al yo. Contra esto, sólo cabe defenderse confesando sin reservas la propia debilidad frente a los poderes del inconsciente. Así nos habremos abstenido de oponer un poder al inconsciente, de modo que no lo habremos provocado.

Sólo es personal nuestra consciencia. Por lo tanto, si he dicho provocar, con ello no pretendo decir que el inconsciente haya sido en cierto modo insultado y que, igual que los dioses antiguos, se vengue del hombre, por celos o por espíritu vindicativo.

Por cierto que mi comparación resulta excesivamente suave si se tienen en cuenta los efectos morales de un inconsciente trastornado, efectos desoladores y de gran alcance. Teniéndolos en cuenta, es preferible hablar de una venganza de dioses ofendidos.

Distinguir entre el yo y el arquetipo de la personalidad-Maná nos obliga a hacer conscientes exactamente como en el caso del anima – aquellos contenidos inconscientes que son específicos de la personalidad-Maná. Históricamente, dicha personalidad se halla siempre en posesión del nombre secreto o del saber especial o de la prerrogativa de una actuación especial, en una palabra: se halla en la distinción individual. La conscienciación de los contenidos que edifican el contenido de la personalidad-Maná significa para el hombre librarse del padre por segunda vez y ya definitivamente; para la mujer supone, del mismo modo, librarse de la madre. Con ello se siente por primera vez la propia individualidad. Esta parte del proceso corresponde a su vez exactamente a la intención de las iniciaciones concretizadoras, desde las primitivas hasta el bautismo, o sea, separación de los padres carnales y el renacimiento, una vuelta al estado de la inmortalidad y de la infancia espiritual, conforme lo expresaban ciertas antiguas religiones de misterios, con inclusión del cristianismo.

Existe la posibilidad de que alguno no se identifique con la personalidad-Maná y que, en cambio, la concretice como un padre extramundano, como un Padre en los Cielos, con el atributo del absolutismo (que muchos parece lo sobrevaloran). Con esto se concedería al inconsciente una preponderancia igualmente absoluta (si es que lo logra el esfuerzo de la fe), y todo el valor quedaría desviado hacia el inconsciente. Consecuencia lógica de ello será que aquí ya no quede más que un mísero fragmento del hombre, inferior, incapaz y cargado de pecados. Ya se sabe que esta solución se ha convertido en histórica concepción del mundo.

Así es que, por razones psicológicas, yo recomendaría no construir dios alguno con el arquetipo de la personalidad-Maná; es decir, recomendaría no concretizar el arquetipo, pues así podría evitarse la proyección de los valores positivos y negativos en dios y diablo, y en cambio se conservaría la dignidad humana y el propio peso específico que tanta falta nos hace, para no llegar a ser mero juguete sin resistencia en manos de los poderes inconscientes. No porque se tenga trato con la realidad visible habrá de cometerse la sandez de creer ser el dueño del mundo. Naturalmente, hay que guiarse aquí por el principio de non résistance frente a todos los factores superiores, hasta cierto límite máximo individual. Más allá, incluso el ciudadano más pacífico se convierte en revolucionario sangriento.

La personalidad-Maná es, por un lado, superior en el saber y, por el otro, superior en la voluntad. Haciendo conscientes los contenidos básicos de esta personalidad, nos hallaremos en una situación en la que nos habremos de acostumbrar al hecho de haber aprendido más que otros y de tener también una volición mayor que la de otros.

Y, sin embargo, Cristo y, después de él, San Pablo, lucharon precisamente con estos problemas, lo que puede comprobarse todavía por múltiples vestigios. El maestro Eckhart, Goethe en su Fausto y Nietzsche en el Zarathustra, volvieron a plantear y trataron de resolver este problema. Tanto Goethe como Nietzsche hacen el ensayo con la idea dominadora; el primero recurriendo al mago y al hombre volitivo sin escrúpulos, que pacta con el diablo; el segundo con el hombre-dueño y sabio superior, sin diablo y sin dios. En Nietzsche, el hombre está solo, como lo estaba él mismo, neurótico, subvencionado financieramente, sin dios y sin mundo.

Sin embargo, esta no es la mejor posibilidad para el hombre real que cuente con familia y necesidades a las que tiene que subvenir. Nada puede demostrarnos la inexistencia de la realidad del mundo; no existe un camino milagroso que la esquive. Y tampoco nada puede demostrarnos la inexistencia de los efectos del inconsciente. O es que el filósofo neurótico nos va a demostrar que no tiene neurosis? Ni siquiera se lo podrá demostrar a sí mismo. Por lo tanto, seguramente estamos con nuestra alma entre importantes efectos internos y externos y de algún modo habremos de cumplir con los dos. Con todo, esto sólo lo lograremos en la medida de nuestras facultades individuales. Así es que hemos de acordarnos de nosotros mismos, no pensando en lo que se debería hacer, sino en lo que se puede y en lo que se tiene que hacer.

De este modo, la disolución de la personalidad-Maná mediante la consciencia de sus contenidos nos vuelve a conducir de forma natural hacia nosotros mismos, que somos un algo existente y vivo, cogido entre las imágenes de dos mundos y sus energías, sólo vagamente sospechadas, pero bastante más claramente sentidas. Este algo nos resulta extraño y, sin embargo, tan cercano; somos nosotros mismos y, no obstante, no lo podemos reconocer. Este algo es un punto central virtual de una constitución tan misteriosa que lo podrá exigir todo: parentesco con animales y con dioses, con cristales y con astros, sin que ello nos produzca admiración alguna, sin que tan siquiera lo desaprobemos. Y este algo exige realmente todo esto, mientras que nosotros no tenemos a mano nada que podamos oponer justamente a esta pretensión; y es incluso saludable prestar oído a esa voz.

El Sí-Mismo (Self).

Este punto central lo he llamado el Sí-Mismo. Intelectualmente, el Sí-Mismo no es más que un concepto psicológico; es una construcción destinada a expresar una esencia no recognoscible, a la que nosotros no logramos comprender como tal, pues sale de los límites de nuestra capacidad comprensiva, conforme ya se desprende de su definición. Igualmente se le podría llamar el Dios en nosotros.

De un modo inextricable, toda nuestra vida anímica parece emanar de este punto y todos nuestros objetivos últimos y supremos parecen apuntar hacia él. Es inevitable esta paradoja, conforme siempre sucede siempre cuando intentamos caracterizar una cosa situada más allá de la capacidad de nuestra razón.

Confío en que el lector atento habrá comprendido suficientemente que entre el Sí-Mismo y el yo existe la misma relación que entre el Sol y la Tierra. No es posible confundir a los dos. Tampoco se trata de una divinización del hombre ni de un menosprecio de Dios. Lo que se halla colocado más allá de nuestra razón humana, de todos modos ha de ser inaccesible a ésta. Por lo tanto, si utilizamos el concepto de un Dios, con ello formulamos sencillamente un determinado hecho psicológico, o sea, la independencia y el poder superior de ciertos contenidos psíquicos, que se expresa por su facultad para obstruir la voluntad, para obsesionar la consciencia y para influir sobre disposiciones de ánimo y sobre actos. Habrá quien se indigne porque un estado de ánimo inexplicable, un trastorno nervioso, incluso un vicio no dominado, haya de ser en cierto modo una manifestación de Dios. Pero precisamente para la experiencia religiosa sería una pérdida irreparable que semejantes cosas, quizá también malas, quedasen artificialmente separadas del caudal de los contenidos psíquicos autónomos. Sería un eufemismo si se tratasen tales cosas con una explicación baladí de nada más que. Con eso sólo quedarían reprimidas y así, generalmente, no se obtiene más que una seudo-ventaja, sólo una ilusión un poco variada. Con eso no se enriquece la personalidad, sino que se empobrece y se enajena.

Lo que a la moderna experiencia y comprensión le parezca malo o por lo menos desprovisto de sentido y de valor, a una gradación superior de experiencia y comprensión le puede parecer fuente de lo mejor, en lo cual, desde luego, todo depende del uso que uno haga de sus siete diablos. Si declaramos que la personalidad está desprovista de sentido, la privamos de la sombra que le corresponde, y con ello la personalidad pierde su figura. La figura viva necesita profundas sombras para presentarse en forma plástica. Sin ella quedará reducida a la ilusión de un solo plano o a un niño más o menos bien educado.

Con esto me refiero a un problema que es mucho más importante de lo que pueda parecer por las pocas y sencillas palabras que lo expresan: La Humanidad, en lo principal, se halla psicológicamente todavía en estado infantil, estadio que no se puede saltar. La gran mayoría de los hombres necesitan la autoridad, la dirección, la ley. No hay que descuidar este hecho. El vencimiento paulatino de la ley sólo le corresponde a quien sepa poner el alma en el lugar de la conciencia moral. Son muy pocos los que están capacitados para ello. (Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.) Y estos pocos tampoco tomarán este camino a no ser por una necesidad interna, para no decir por la fuerza, pues este camino es estrecho como el filo de una navaja.

La concepción de Dios como contenido psíquico autónomo hace de Dios un problema moral y esto., sinceramente, resulta muy desagradable. Sin embargo, si no existe este problema, Dios tampoco resulta real, pues entonces no interviene en nuestra vida en parte alguna. Entonces será un fantasma conceptual histórico o un sentimentalismo filosófico.

Si prescindimos completamente de la idea de lo divino, hablando exclusivamente de contenidos autónomos, habremos conservado la corrección intelectual y empírica, pero también escamotearemos así una nota que no ha de faltar psicológicamente. Porque si utilizamos la idea de lo divino, con ello expresamos acertadamente la singular manera que tenemos de vivir los efectos de los contenidos autónomos. Podríamos servirnos también del calificativo demoníaco, siempre que con ello no diéramos a entender que en algún rincón nos hayamos reservado otro dios concretizado que corresponde íntegramente a nuestros deseos e ideas. El caso es que nuestras mañas de prestidigitador intelectual no nos sirven para convertir en realidad un ser como nosotros lo apetezcamos, como tampoco el mundo se amolda a nuestras esperanzas. Así es que si les damos a los efectos de los contenidos autónomos el atributo de divinos, con esto reconocemos su relativo poder superior. Y es este poder superior el que en todas las edades ha obligado al hombre a imaginar lo más inimaginable y a imponerse incluso los mayores sufrimientos para corresponder a esos efectos. Este poder es tan real como el hambre y la angustia de la muerte.

Se podría caracterizar el Sí-Mismo como una especie de compensación por el conflicto entre lo interno y lo externo. Comparación bien aceptable por cierto, ya que el Sí-Mismo tiene el carácter de algo que es resultado o fin alcanzado, algo que se ha conseguido muy lentamente y que se hizo factible de experimentar mediante muchos esfuerzos y fatigas. Así, el Sí-Mismo es también el fin de la vida, pues es la más completa expresión de esa combinación del destino, que se llama individuo, y no lo es sólo del individuo aislado, sino de todo un grupo en que uno completa al otro hasta obtener la imagen acabada.

El fin de la individuación se alcanza con la sensación del Sí-Mismo como de una cosa irracional, de existencia indefinible, para la cual el yo no constituye ni antípoda ni súbdito, siendo sólo una especie de adminículo que en cierto modo da vueltas alrededor de ella como la Tierra alrededor del Sol. He dicho que se trata de una sensación, para caracterizar así el modo de percepción de la relación entre el yo y el Sí-Mismo.

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