También quisiera subrayar que el “pensamiento mágico” no es lo mismo que la experiencia psíquica o paranormal. El pensamiento mágico (tal como lo entiende Wilber) es prepersonal, porque está basado en un fracaso en diferenciar completamente el yo de los mundos natural y social. La experiencia psíquica, por su parte, es un aspecto del nivel sutil inferior que es transpersonal por cuanto implica el acceso a una relación entre el yo y una realidad invisible que existe más allá de los mundos exclusivamente material, personal o social. Es posible que la consciencia psíquica y el éxtasis chamánico (más que estados de unión mística con lo divino-arquetípico) se originasen en los estadios más tempranos de la evolución humana pero, no obstante, son (al menos potencialmente) transpersonales y transformadores, y merecedores, en tanto que psicólogos transpersonales, de toda nuestra consideración. En realidad, el modelo espectral de Wilber nos llevaría a concluir que la experiencia psíquica (sutil inferior) puede convertirse en el umbral o puerta de acceso a lo transpersonal. Esto es cierto, en mi opinión, en el caso de muchas personas de nuestra sociedad actual, para las que la experiencia psíquica puede ser más común y profunda que los estados más abstractos, perfeccionados y aparentemente inalcanzables de los que hablan los meditadores avanzados, los yoguis o los santos cristianos.

La persona que experimenta una comunicación telepática, tiene una experiencia extracorporal, experimenta una ECM, recibe un mensaje canalizado de su madre fallecida hace ya mucho tiempo o experimenta una curación, puede contemplar el significado de su vida y sus preocupaciones cotidianas desde una perspectiva muy diferente. Todas esas experiencias pueden contribuir al tipo de transformación personal que, en mi opinión, caracteriza a lo transpersonal. Existen claras evidencias de que ése es el tipo de transformación que suelen experimentar las personas que atraviesan una experiencia cercana a la muerte y que, en muchos casos, han sufrido una transformación vital en una dirección transpersonal que las ha convertido en personas más interesadas en cuestiones espirituales, menos materialistas, más compasivas, menos temerosas de la muerte o sencillamente “mejores” personas (Fenwick y Fenwick, 1995; Irwin, 2004; Van Lommel, van Wes, Meyers y Ellferick, 2001).

El nivel sutil inferior y los siddhis

Pero es importante señalar que las experiencias psíquicas y otros tipos de experiencias “paranormales” no son necesariamente transformadoras y que, de hecho, sólo lo son en contadas ocasiones. Aunque, desde la perspectiva proporcionada por el modelo de Wilber, las experiencias psíquicas pertenezcan al nivel “sutil inferior” (y sean, por tanto, transpersonales), ello no necesariamente implica que tengan un efecto transformador y alienten el desarrollo transpersonal. Éste es un problema general que aqueja al modelo de Wilber y también, en mi opinión, a todos aquellos enfoques que definen lo transpersonal en función del logro de determinadas experiencias o estados de consciencia (Grof, 1988 y Tart, 1975). Si una experiencia “transpersonal” no tiene efectos transformadores, será simplemente, en mi opinión, una forma de entretenimiento, independientemente de lo extraordinaria, extática y gozosa que sea (cf. en la poderosa crítica de Ferrer -2002- al experiencialismo dentro del ámbito de la psicología transpersonal). Podríamos subrayar este punto estableciendo un paralelismo con las funciones que, según Schechner (1988), puede provocar una representación teatral en la consciencia de los actores al inducir traslaciones provisionales o transformaciones permanentes. Exactamente del mismo modo, las experiencias paranormales (u otros estados alterados) pueden alentar la traslación o la transformación y sólo deberíamos considerar auténticamente transpersonales a estas últimas.

Conviene, en este contexto, subrayar que muchas tradiciones advierten a los practicantes del riesgo que comportan las experiencias psíquicas. La recomendación que, en tales casos, se hace al yogui o meditador consiste en advertirle del peligro de quedarse atrapado en los siddhis es decir, en los poderes psíquicos y paranormales que, en ocasiones, acompañan a la práctica hasta el punto de que, según se dice, el desarrollo espiritual pasa necesariamente por la renuncia o el abandono de esos siddhis. Pero, por más cierto que esto sea, evidencia un cierto perjuicio contra lo paranormal (que quizás se halle también detrás del rechazo de Green y Green y Rowan a lo extrapersonal). Ésa es, a fin de cuentas, una advertencia que deberíamos hacer en todos y cada uno de los niveles del espectro, algo que también reconoce John Rowan cuando afirma (1993) que el principal reto de los distintos estadios del desarrollo consiste en atreverse a abandonar los aspectos atractivos y seductores propios de ese estadio. Así, por ejemplo, el desafío al que se encuentra lo transpersonal (sutil inferior) consiste en relajar la identificación con nuestra sensación rígida de identidad personal; el desafío que debemos superar en el nivel sutil superior consiste en renunciar a la fascinación con lo psíquico y lo paranormal (sutil inferior); el reto del nivel “causal (místico) consiste en abandonar la identificación con los símbolos y estados beatíficos de unión con los arquetipos espirituales y, en el “último” nivel, el reto quizás consista en renunciar a nuestra identificación con cualquier cosa.

Wilber (1995) afirma que el nivel psíquico y paranormal constituye una manifestación inferior de lo transpersonal que todavía se halla muy ligado a lo convencional. Dicho en otras palabras, lo sutil inferior es, si lo comparamos con los niveles correlativamente más refinados sutil superior y causal, relativamente “ordinario”. Y, aunque yo no lo formularía en los mismos términos (la formulación de Wilber corre el peligro de desdeñar la importancia del mundo ordinario de la experiencia personal y social; en mi opinión, lo transpersonal no se halla fundamentalmente separado del mundo ordinario; es por ello por lo que siempre resulta muy importante anclar lo transpersonal en la vida cotidiana y, de este modo, “arraigar” nuestra experiencia mística), coincido con Wilber y Rowan en la importancia de reconocer y alentar el desarrollo más allá del nivel de fascinación con las traslaciones que puede proporcionarnos el nivel sutil inferior. En este sentido, el reto de renunciar a lo psíquico y paranormal puede resultar especialmente difícil para muchas personas, precisamente porque se trata de cuestiones muy fascinantes y seductoras.

Pero ello no debería llevarnos a subestimar o menospreciar la importancia del reino sutil inferior. Para muchas personas, las experiencias de este nivel pueden ser un gran acicate del desarrollo estructural hasta el nivel de lo transpersonal. Así pues, muchas de las “emergencias espirituales” discutidas por Grof y Grof (1995) implican encuentros con los reinos sutiles inferiores, como sucede con las experiencias cercanas a la muerte, los recuerdos de vidas pasadas, las experiencias de despertar de Kundalini, las crisis chamánicas, los estados de posesión, la percepción extrasensorial, la canalización y las experiencias de encuentros con ovnis. Como señalan Grof y Grof, tales experiencias pueden ser esenciales y conducir a una persona a una transformación personal y espiritual profunda o a una emergencia espiritual.

El peligro de “jugar” con lo paranormal

Todo esto puede ayudarnos a poner en contexto las advertencias que, con cierta frecuencia, suelen darse respecto del nivel sutil inferior, como, por ejemplo, el peligro que supone “jugar” con lo paranormal y con lo oculto. En mi opinión, estos peligros son muy reales cuando (como suele ocurrir) las experiencias paranormales conducen a una regresión a modalidades prepersonales de ser. Son muchas las personas que, en tal caso, no se ven estimuladas por la experiencia paranormal a avanzar hasta los niveles transpersonales sino que, muy al contrario, regresan a las supersticiones prepersonales, al pensamiento mágico o incluso a la psicosis (Grof, 2000; Grof y Grof, 1995). Como consecuencia de ello, la persona puede quedar entonces expuesta al abuso y la explotación de personas peligrosas y poco escrupulosas que están deseosas y son capaces de manipular esta posición vulnerable y regresiva.

Pero la respuesta a estos problemas no consiste, en mi opinión, en alentar el temor hacia lo paranormal con advertencias indiscriminadas o fundamentalistas sobre las consecuencias funestas de tal implicación, porque esto sólo serviría para provocar o reforzar una retirada al pensamiento mágico y supersticioso. Me parece, por el contrario, muy importante alentar a las personas a enfrentarse a sus experiencias paranormales, a descubrir el modo de integrarlas significativamente en su vida y permitirles, en última instancia, que dirijan el desarrollo más allá del yo. Éste es, de hecho, el enfoque asumido por Grof y Grof sobre el modo más adecuado de abordar las emergencias espirituales.

La psicología transpersonal y la parapsicología

Veamos, por último, las relaciones existentes entre la psicología transpersonal y la parapsicología. Ya hemos visto la existencia de muchos temas comunes a la psicología transpersonal y a la parapsicología, y hemos hablado del modo más adecuado de entender lo paranormal desde una perspectiva transpersonal. ¿Cuáles son las diferencias existentes entre el modo como abordan estas cuestiones la parapsicología y la psicología transpersonal?

Desde la perspectiva de la psicología transpersonal, las experiencias paranormales son interesantes en la medida en que alientan el tipo de desarrollo transpersonal que he estado subrayando. Desde el punto de vista de la parapsicología, por otra parte, las experiencias paranormales sólo son interesantes si son capaces de demostrar objetivamente la realidad de los fenómenos paranormales y/o conducen a una comprensión de los procesos paranormales implicados. Se trata, obviamente, de dos objetivos completamente diferentes aunque potencialmente relacionados.

Consideremos, por ejemplo, el caso de la experiencia cercana a la muerte. Desde la perspectiva del parapsicólogo, esa experiencia merece ser estudiada como fuente potencial de evidencia científica de la supervivencia de la personalidad después de la muerte. En este sentido, la investigación parapsicológica quiere saber sila ECMproporciona alguna evidencia convincente de la supervivencia de la personalidad después de la muerte del cuerpo. Para el psicólogo transpersonal, por su parte, la importancia de la experiencia reside en sus posibles efectos transformadores. En este sentido, por ejemplo, el psicólogo transpersonal se mostrará interesado en descubrir si la experiencia puede llevar a la persona a una visión más amplia, más profunda, más personal y más trascendente de la vida. En cierto modo, la cuestión de sila ECMproporciona pruebas objetivas de la supervivencia será, para este último, menos importante que la experiencia, las creencias y la conducta subjetiva de quien la haya experimentado. El hecho es que la experiencia cercana a la muerte puede ser una experiencia válida y profunda, que puede transformar la vida de la persona y asentarla sobre una base más transpersonal aún cuando no proporcione evidencia alguna de la supervivencia de la personalidad. Y también podría darse el caso de que la experiencia cercana a la muerte sea transpersonalmente válida aún cuando no exista evidencia objetiva de la supervivencia a la muerte del cuerpo, es decir, aún en el caso de que esta experiencia sea una forma de ilusión. (En mi opinión, la evidencia proporcionada por la investigación corrobora la “realidad” dela ECMpero a pesar de ello, no la demuestra, aunque sólo sea porque la persona realmente no ha muerto, es decir, no ha muerto irreversiblemente. La supervivencia pues, no es más que una de las posibles explicaciones de las ECM).

No olvidemos que el parapsicólogo no está interesado en el significado subjetivo quela ECMtenga para el experimentador. Su interés no se centra en explorar en detalle la fenomenología de la experiencia ni su impacto en la vida del individuo, a menos que le proporcione pruebas de la existencia de rasgos paranormales. Es por ello por lo que las metodologías empleadas por el psicólogo transpersonal y por el parapsicólogo son muy diferentes. Éste está básicamente interesado en recopilar datos que sean capaces de verificación objetiva, mientras que aquél, por su parte, sólo se interesa en la fenomenología, la interpretación subjetiva y las consecuencias estructurales de la experiencia, independientemente de la posibilidad de obtener información objetivamente verificable.

Ilustremos lo dicho con un ejemplo concreto. Uno de los rasgos característicos de los estadios avanzados de la experiencia cercana a la muerte es el encuentro con parientes u otras personas fallecidas y también es muy habitual que la persona reciba el mensaje, por ejemplo, de que todavía no ha llegado su momento y que es importante que regrese porque aún le queda alguna misión importante que cumplir en la vida (Fenwick y Fenwick, 1995 e Irving, 2004). Todas estas experiencias tienen un interés básico para el psicólogo transpersonal, especialmente en la medida en que sus profundas y conmovedoras experiencias pueden provocar un cambio significativo en la sensación de identidad o en su visión de la espiritualidad. Para el parapsicólogo, sin embargo, tales mensajes carecen de interés, porque no contienen información que pueda ser contrastada directamente con los hechos objetivos. En el caso, por el contrario, de que el mensaje recibido afirmase la importancia de regresar a la vida porque, en cierto lugar, se oculta una caja llena de dinero que puede servir para ayudar a los pobres, despertaría el interés del parapsicólogo, porque transmitiría una información potencialmente verificable.

Más en Psicología transpersonal
Avatares, Genios y Héroes

Se puede considerar también como Avatar, a nivel socio-cultural, al artista creador que no se...

Prácticas Integrales

Cuerpo, Corazón y Mente Necesitamos desarrollar prácticas integrales que, en mi opinión, se dirijan de...

Cerrar