Sea en terapia, en cursos de formación, en intercambios personales o íntimos, es frecuente escuchar una queja que expresa un rechazo, una repulsa, o un cuestionamiento de la conducta de otro:

“El (ella) no comprende nada – él (ella) no me entiende – él (ella) jamás me ha amado ~ él (ella) no habla sino de sí mismo (a) – él (ella) no piensa más que en sí – él (ella) prefiere a los muchachos – él (ella) no ha soportado jamás a las niñas”

Este “él (ella)” a quien se acusa es a menudo un padre (madre), un ser amado, alguien próximo. En todo caso, un ser decepcionante que ha frustrado nuestras expectativas, que nos ha herido sentimentalmente. Nosotros le echamos encima todo nuestro resentimiento, lo acusamos de todas las insuficiencias, lo hacemos responsable de todo lo malo que nos sucede, de nuestros fracasos y lágrimas. Esta omnipotencia atribuida al otro, estas proyecciones, estas quejas y estas repulsas, tienen como resultado librarnos de la responsabilidad de hacernos cargo de nosotros mismos. Nos será entonces difícil admitir que en una relación somos responsables de lo que experimentamos y de nuestros resentimientos.

En efecto, las sensaciones que circulan en nosotros, es nuestro cuerpo quien las experimenta, los sentimientos que nos atraviesan, es nuestra sensibilidad quien la siente. El hacernos responsables de nuestros propios afectos nos puede ayudar a cambiar muchas cosas en nuestras relaciones con los otros y, aún, en relación con nosotros mismos.

Si acepto adoptar este punto de vista: “soy responsable de lo que siento”, muchas de mis actitudes y maneras de pensar deberán modificarse. Mi opinión sobre los otros y sobre mí mismo tendrá que transformarse. Esto es laborioso como una ascesis, tan natural y espontánea es la tendencia de proyectar sobre el otro el problema que tenemos con él.

Esta toma de consciencia de mi propia responsabilidad por lo que vivo, me ha dado, en cuanto a mí, un sentimiento de libertad inesperado que ha favorecido en mucho mi autonomía, en particular en mis relaciones personales, en las que yo me sentía a menudo dependiente y a veces alienado. Si considero que una relación tiene dos extremidades, me incumbe hacerme cargo de la extremidad que me toca.

A partir de esa hipótesis, podemos enfrentar un mejor manejo de la polución que inevitablemente se produce en toda relación; regular el impacto y la resonancia de los mensajes del otro sobre nosotros; aprender a re-encuadrar los eventos, los “problemas o las agresiones inevitables que surgen del trato cotidiano; hacernos cargo directamente de la satisfacción de un cierto número de necesidades elementales.

Todo cuerpo viviente excreta desechos. Es el signo mismo de que está vivo. Y, paradojalmente, esta producción de desechos testimonia su vitalidad, su dinamismo. Si una relación está viva, ella producirá desechos. Excretará escorias, parásitos que, si no son tomados en cuenta y evacuados, emponzoñarán, en el sentido fuerte del término, las relaciones y a veces la vida personal, profesional y social.

En estado de hibernación relacional, se producen mucho menos desechos. Esto explica el estado de minusvida, de momificación de ciertas personas que viven a muy poquito fuego, a pasitos, una vida pequeñita.

El miedo mata más el Amor
que no importa qué plaga.


De donde vienen esos desechos y qué son? Vienen en particular de mal entendidos inherentes a toda tentativa de relación:

– Lo que yo digo y que no es entendido.

– Yo respondo, no a lo que dijo el otro, sino a lo que yo he comprendido de lo que dijo el otro.

– Yo descifro y asocio con unos filtros y una sensibilidad que me son propios… sin reconocer la sensibilidad, los códigos o los sistemas de valor del otro.

– Olvido de negociar conmigo mismo mis miedos, mis deseos, mis recursos, mis límites, antes de negociar con el otro.

– Trato de hacer entrar al otro en mis creencias.

– Quiero convencerlo de la justeza de mi punto de vista… por su bien.

– Quiero cambiarlo,

Es mucho más fácil ser desdichado que ser feliz
y…vamos de preferencia por el camino fácil.


A cada tentativa de intercambio, me arriesgo a ser influenciado, a ser decepcionado, a sentirme inseguro, a ser sobrepasado por el otro a veces más allá de mis posibilidades. Puedo también elegir, priorizar mis intentos. Unas expectativas demasiado cargadas, demasiado investidas de esperanzas de aprobación del entorno o del otro, me van a hacer vulnerable a todas las frustraciones cuando las respuestas sean insuficientes o diferentes de lo que yo había proyectado. Nosotros imaginamos, con frecuencia demasiado fácilmente, cómo debe comportarse el otro y lo encerramos (sin que él lo sepa) en un marco de comportamiento-respuesta que él debería tener respecto a nosotros. Esta es la fuente de una infinidad de decepciones, frustraciones y malestar que demandarán en seguida un gran gasto de energía para superarlos. Debo entonces ser más lúcido, más selectivo y más realista en mis expectativas. Puedo también hacerme cargo directamente de varias de mis necesidades en lugar de hacer responsable al otro de su satisfacción, Este último aspecto constituye una de las fuentes más mortales de frustración mutua que puede infligirse una relación hombre-mujer:

“Yo te hago responsable de la satisfacción de mis necesidades y de mis expectativas, de mi estado de suficiencia o de insuficiencia, lo que quiere decir también de mis frustraciones, de mi sufrimiento, de mi pesar o de mi gusto por la vida.”

La sola manera de no correr jamás el riesgo de
morir de sed es transformarse en una fuente.
Es difícil manejar el impacto, la resonancia, las emociones negativas suscitadas por los actos o las palabras de otro hacia nosotros. En efecto, no tenemos ninguna inmunidad frente a la carga negativa de ciertos mensajes. Una pequeña frase sin importancia, una palabra de connotación afectiva va a resonarnos dentro, va literalmente a proyectarnos fuera de nosotros o nos envenenará. Cada cual ha podido hacer una experiencia de ese tipo cuando después de una conversación, de un llamado telefónico, al recibir una carta, experimentamos un sentimiento difuso de malestar, de tensión, de angustia, que viene como un ácido, un veneno persistente, a trastornar nuestro organismo, nuestros pensamientos, durante varias horas, a veces durante varios días. Sabemos mal como diferenciarnos de los otros y, por lo tanto, de sus impactos. La regla en este terreno podría ser: “Mientras más mala sea la comunicación, más es preciso mantener activa la relación, es decir, escuchar conservando la atención y la apertura, en lugar de alejarse y romper la relación. Será, por ejemplo, necesario reformular lo dicho invitando al otro a extenderse sobre los términos del primer mensaje. Se le puede pedir que lo exprese con sus propias palabras que estarán más cerca de su pensamiento, permitiéndole así una mejor definición del asunto que cuando lo interpretaba a través de las palabras de otro. La invitación a adoptar un lenguaje propio lo llevará a ocupar “su lugar” en la relación y a interesarse en cambios que le serían más sugerentes.

Hay dificultad en aceptar que la persona
más importante del mundo para ti, eres tú,
y la más importante para mí, soy yo.
Concretamente esto puede traducirse como: “Mientras más dificultades tenga en una relación, más debo guardar el contacto para crear, no la oposición, sino la aproximación”. Y esto por medios simples:

– Hacer reformular el mensaje cada vez que éste es incompleto o ambiguo, hacer precisar la intencionalidad, el sentido, dado por el otro. Qué me dijo realmente ? La madre que dice a su hija: “Me pregunto a quien te vas a parecer si continúas así…”

– Releer la carta recibida, demandar la significación de las palabras o de los actos. Invitar a decir más, en lugar de apoderarse del mensaje como de un todo.

– No dejarse encerrar, o encerrarse uno mismo en el primer sentido (agresivo, desvalorizador) que se ha dado al mensaje.

Es aquel que recibe el mensaje quien
le da la significación que él elige.
Nosotros comprendemos a menudo a contrasentido, según nuestro grado de vulnerabilidad, de intolerancia a flor de piel. Nuestra selectividad nos impide comprender, o puede deberse también a la falta de claridad en la expresión del otro (ambivalencia, doble mensaje). La mayor parte del tiempo, el otro (o nosotros en su representación) nos propone dos posiciones relacionales:

– aceptación, aprobación, sumisión, o pseudo aceptación.

– oposición, rechazo, bloqueo, huída o dimisión.

Estos son los dos grandes ejes más frecuentes de la comunicación interpersonal, en particular el de la oposición. Cuántas veces nos escuchamos decir:- Ah, no !, no estoy de acuerdo… ” y cuánta energía perdida en contradecir, luchar, menoscabar el punto de vista o la posición del otro. Cuánto tiempo gastado, cuántos sufrimientos vanos en mantener en muchas relaciones próximas la pseudo-aceptación, la falsa aprobación, el “sí, pero…”, el bloqueo, el sabotaje o el rechazo.

Tu vida vendrá siempre en tu ayuda, a condición
de que hagas un esfuerzo por comprenderla.
Proponemos dos posiciones relacionales positivas, constructivas:

– Salir de la oposición para crear la aproximación. Acercar nuestro punto de vista al costado del otro no sobre el del otro. Esto supone aceptar situarse, definirse, “es aquí donde yo estoy, este es mi punto de vista, mi posición, mi proyecto…”

– Crear una dinámica de confrontación con el otro. Confrontarse es ser capaz de tres maneras de relacionarse:

1.- Confirmar al otro:

“Sí, entendí tu punto de vista.” “Si comprendí bien, lo que tú quieres es ir de vacaciones a la montaña, y no a la playa”.

La palabra más dinámica del lenguaje relacional es Sí. Confirmar no es aprobar, aceptar, estar de acuerdo, sino que quiere decir:

“Te reconozco, te tomo en cuenta, como diciendo esto, proponiendo esto…

Es un punto importante a nuestro favor cuando reconocemos al otro tal como él se vive, se percibe, se siente. Este poder de confirmación permite que el intercambio sea hecho sobre una base de escucha y reciprocidad favorable.

2.- Afirmación de sí.

Después de haber confirmado al otro, puedo asumir mi posición, aportar mi punto de vista. Esto supone que soy capaz de definirme, de situarme, de afirmarme frente al otro. Muchos de nosotros no sabemos, no nos atrevemos a afirmarnos y preferimos mantener la oposición. Cuando sentimos malestar de definirnos, de reconocer nuestro deseo, preferimos identificarnos con el del otro o negarlo, o luchar en contra.

3.- Poner en evidencia la diferenciación.

Después de haber confirmado al otro, después de haberse afirmado delante de él, introducir la diferenciación: “Tenemos dos puntos de vista diferentes, tenemos una divergencia sobre tal o cual aspecto. No tenemos la misma vivencia del hecho.”

Es sobre la aceptación de estas diferencias que nace el respeto al otro y a uno mismo. Ser reconocido, reconocerse en su diferenciación, es salir de la búsqueda de aprobación, de la dependencia, hacia una mejor afirmación de sí.

Cuando se ha sido herido, se puede aliviar el malestar, el sufrimiento o el resentimiento que se instala, por un acto simbólico.

Por ejemplo, escribir sin censura y aún de manera ultrajante, expresando la cólera, la desesperación, las acusaciones. Escribir para sí mismo y romper después la carta cuando la tormenta se haya apaciguado. Simbolizar la situación representándola con objetos. Otorgarse una gratificación inmediata, un baño tibio (el agua absorbe lo negativo) como un apósito para la herida. Dibujar o pintar el estado de ánimo interior.

Cualquiera de estos actos introduce una ligera distancia entre el hecho y nosotros, lo que nos permite no identificarnos totalmente con el sentimiento de cólera, de rechazo, de pesar, o de sentirnos malvados o nulos.

Localizar cuál parte de mí es la que ha sido herida, qué imagen de mí fue estropeada. Localizar el resentimiento. Por ejemplo, las burlas o críticas sobre mi físico me recuerdan las burlas de mi padre cuando yo me ruborizaba.

Teniendo otra visión sobre mí, sobre el otro, sobre la situación, efectuando un re-enfoque, se puede reversar la polarización de los sentimientos.

Viendo el aspecto positivo de un evento, se modifica su influencia y esto permite afirmarse diferentemente, sobreponerse al sentimiento de fracaso, provocar una comunicación más auténtica a partir de un enfrentamiento.

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