Como dijo William James “No existe la menor duda de que la fijación exclusiva en las facetas positivas de la vida resulta inaceptable en tanto que sistema filosófico, porque los hechos negativos que tan denodadamente nos negamos a admitir constituyen una parte insoslayable de la realidad; y no sólo eso sino que esas facetas negativas podrían contener una clave que nos permitiera abrir nuestros ojos a los niveles más profundos de la verdad y comprender el sentido de la vida”.

La sombra es lo opuesto a lo que aceptamos, reconocemos y con lo que nos identificamos: nuestra máscara. Funciona en oposición y debate permanente con la máscara o personalidad y de la tensión entre ambos aspectos, de ese conflicto estructural e inherente a la naturaleza humana, surge el movimiento de avance de la vida.

El hombre tiene anhelo de conocer lo que desconoce, recordar lo que ha olvidado y en la medida que “sabe mas de sí” crece, en la medida que conoce más de sí, se integra más y evoluciona. Después de todo, ser más es unirse más y para ello necesita dialogar con la sombra, aceptarla y descubrir que en ella puede encontrar un aliado.

El trabajo con la sombra no tiene tanto que ver con la cura de la enfermedad o la resolución de un problema como con aprender a relacionarnos con el misterio.  De esta manera la tarea de la Terapia Floral consiste en desconstruir o disolver nuestras máscaras y ponernos en contacto, cercano e íntimo, con nuestra sombra. Las palabras del Dr. Bach acerca de que el objetivo del arte que él creara no era otro que ayudar a descubrir la causa real del enfermar, ponen blanco sobre negro que la Terapia Floral (en lenguaje moderno) es una Psicoterapia sostenida por esencias florales y que es muy distinto prescribir flores que ser Terapeuta Floral.

Que la Terapia Floral no persigue la superficie transitoria sino la permanente profundidad del alma, no la búsqueda de transformar el dolor en bienestar, el fracaso en éxito, sino el contribuir al logro de la individuación personal.