Las faltas a esta conciencia crean un sentimiento de culpabilidad. Uno se siente decepcionado, humillado, vejado, amargado. Se había apuntado más alto. Uno se creía capaz de algo mejor.

c) – La Conciencia Profunda

Existe en nosotros otra conciencia que no es la voz de los demás ( conciencia socializada), ni la voz de nuestras ambiciones personales (conciencia cerebral). Es la voz de nuestro ser en crecimiento, Para percibirla hay que interiorizarse al nivel de la zona profunda y preguntarse: qué siento yo que sea bueno para mí ahora ? qué decisión debo tomar para ser fiel a lo que siento que es lo mejor de mí ? qué iría en la dirección de la vida que siento en lo más profundo de mí mismo ? qué es lo que anhela vivir en mí ?

Hay que dejar aflorar las respuestas, fluir las intuiciones. Hay que frenar la conciencia cerebral, que siempre tiene las respuestas listas.

Los llamados que nacen en este nivel profundo presentan muchas características:

Son realistas. Corresponden a las capacidades reales del ser. No están más allá de las fuerzas como lo están a menudo los llamados de la conciencia cerebral. Están en la medida de las fuerzas de hoy y de la situación presente.

Ayudan a llegar a ser uno mismo. Construyen la personalidad de acuerdo a lo que ella es. No piden una docilidad a los otros como aquellos que provienen de la conciencia socializada.

Parecen provenir de más allá de uno mismo, de una instancia que, a la vez, es más grande que nosotros y que, sin embargo, coincide bien con nosotros. De allí el carácter de absoluto que se le reconoce a esta conciencia profunda cuando se nos vuelve familiar.

El examen de conciencia hecho en este nivel para detectar aquello que anhela vivir en nosotros, para discernir lo que sería bueno cambiar en nuestra vida, para descubrir las orientaciones profundas que deberíamos tomar, es muy beneficioso para un desarrollo del ser y para una construcción de la personalidad.

Allí percibimos no sólo invitaciones a ser sino que encontramos además las energías vitales que hacen ser. Es a la vez una confrontación y una comunión con el ser de donde uno sale más vitalizado.