Preguntas y respuestas no llevan demasiado lejos, pero puede ser un ejercicio útil, no algo para rechazar. Cuando descartamos la filosofía y el conocimiento intelectual, nos cerramos a una parte importante de nosotros mismos. Al vivir, estudiar y trabajar en el mundo, necesitamos hacer esta clase de ejercicios tanto como sea posible. Pero cuando estamos meditando, no debiera haber preguntas.

Cuando estés confuso intelectualmente, trata de salir de esa confusión meditando. No es una pérdida de tiempo, es un proceso de aprendizaje. Cuando despiertes en la mañana, date cuenta que ahora es el momento, ahora es el desafío. Trata de aprender en cada instante, tus clases son en la vida cotidiana. Estás jugando juegos en el campo de la meditación las 24 horas del día. El desafío es cuál lado está ganando?, el positivo o el negativo?, qué estoy obteniendo? En sentido último, no hay ganancia ni pérdida; pero, hasta que no comprendemos esa verdad, continuamos siendo envueltos en los conceptos de ganancia y pérdida. Por eso, mientras tanto, trabajemos con lo que tenemos.

Los pensamientos:

Cuando somos capaces de tranquilizar nuestro cuerpo, respiración y mente, surge naturalmente un sentimiento muy confortable y grato. A medida que expandimos esa sensación, sentimos como si fuéramos llegando a casa, y podemos recuperar esa sensación una y otra vez en la meditación diaria. Podemos practicar al comienzo sólo unos minutos cada día. Sin embargo, a medida que extendemos estos períodos, encontramos que podemos meditar sin esfuerzo. Y a través de repetidos contactos con este sentimiento, nuestra concentración se desarrolla en forma natural. Nuestro progreso podría ser obstaculizado, sin embargo, si tratamos de interpretar estos sentimientos y sensaciones intelectualmente. Porque el proceso del pensamiento en sí mismo nos separa de la experiencia.

Nuestros pensamientos son tan por entero una parte de nosotros que, aun cuando estamos meditando, tendemos a aceptar el mundo de ideas y conceptos como nuestra realidad. Nos limitamos nosotros mismos a ese reino familiar y, por lo tanto, limitamos nuestra meditación. Vemos ese efecto claramente cuando examinamos bien de cerca la naturaleza de los pensamientos.