Cuando estamos muy atentos, podemos llegar a darnos cuenta del espacio que hay entre cada pensamiento. Esto no es fácil, debido a la rapidez con ellos se suceden, apenas se desvanece uno, aparece el próximo. Pero hay un ritmo en este proceso y, cuando captamos este ritmo, podemos ver una separación entre los pensamientos, un espacio o nivel de consciencia en donde los sentidos no nos distraen. El espacio entre los pensamientos tiene una calidad de apertura muy próxima al vacío, y no es atrapado por discriminaciones o confusiones. Al alcanzarlo, es como sumergirse profundamente en el océano: hay allí una amplia quietud. En la superficie puede haber incontables olas; pero, cuando vamos profundamente al fondo, hay una gran paz y equilibrio. Este espacio es como el intervalo entre este momento y el futuro: el presente pensamiento ya se ha ido, pero el próximo no está aún allí. En efecto, esta lucidez no está involucrada con pasado ni futuro, ni aun está envuelta en nuestra usual idea del presente. Contactar este espacio es como viajar a otra dimensión, y la calidad de la experiencia es totalmente diferente de las que tenemos en forma habitual.

Una vez que encontramos este espacio entre los pensamientos, podemos expandirlo en una experiencia profunda y plena. A medida que se expansiona la calma de este espacio, la mente va perdiendo en forma gradual su desasosiego, y empieza a manifestar su estado natural. Al principio, este estado es difícil de mantener porque nuestra mente todavía tiende a ser distraída por pensamientos. Pero, a medida que desarrollamos un mayor equilibrio, nuestra mente gravita más fácilmente a un más profundo estado de lucidez.

Cuando aprendemos a mantener esta lucidez por períodos cada vez más largos, llega a ser como una luz interna, siempre radiante. Es esa luz dentro de la cabeza de la que hablan los místicos. Ella nos libra de la confusión y de la habitual e interminable secuencia de pensamientos.

Podemos expandir esa calma más allá de nuestros cuerpos, más allá aún de esta tercera dimensión, y podemos sentir la inmensidad, la no centralización del espacio abierto. Nuestra experiencia llega a ser viva, fresca, clara y positiva. Mientras más profundamente entramos en ese espacio, más poderosa llega a ser nuestra experiencia. Allí vemos que la mente misma es espacio, que es trasparente y sin forma. Vemos que nuestros pensamientos también son abiertos y sin forma. Una vez que experimentemos directamente esta sensación, dejaremos de estar confinados en los casilleros de conceptos, palabras e imágenes que habían restringido anteriormente nuestra experiencia. En el espacio entre pensamientos está solamente la cristalina calidad de la lucidez pura. Pasado y futuro se disuelven, porque este espacio está más allá del reino de los conceptos; es vasto y abierto, no reteniendo nada, pero permitiéndolo todo.