Kabir dice:
Escucha, hermano mío:
la guarida del miedo se ha desplomado.
Ni por un instante miraste al mundo frente a frente.
Con la falsedad tejes tu esclavitud;
tus palabras están llenas de engaños.
Con el fardo de deseos que llevas en la cabeza,
¿cómo podrías andar ligero?

Kabir repite:
Guarda en ti la verdad,
el espíritu de sacrificio y el amor.

LXI
¿Quién le ha enseñado a la viuda
a dejar consumir su cuerpo
sobre la hoguera de su esposo difunto?
¿Y quién le ha enseñado al amor
a encontrar su felicidad en el sacrificio?

LXII
¿Por qué, corazón mío, eres tan impaciente?
Aquel que vela por las aves,
por las bestezuelas y los insectos,
Aquel que cuidaba de ti
cuando todavía estabas en el seno de tu madre,
¿dejará de protegerte ahora que ya saliste de él?
¿Cómo puedes, ¡oh corazón mío!,
apartarte de la sonrisa de tu Dios,
y andar errante, tan lejos de Él?
Abandonaste a tu Bienamado para pensar en futilezas,
¿y te asombras de la banalidad de tu obra?

LXIII
¡Cuán difícil me es encontrar a mi Señor!
El pájaro de lluvia, alterado,
llama a la lluvia a grandes gritos.
Morirá en la espera,
antes que beber de otra agua.
Atraído por los sones de la música,
la cervatilla se acerca;
arriesga la vida para escucharlos;
pero el temor no la hace retroceder.
La viuda se queda sentada junto al cuerpo de su esposo;
el fuego no le da miedo.
¡No sientas temor alguno
por esa miseria que es tu cuerpo!

LXIV
Cuando ya me extraviaba, ¡oh, hermano!,
el verdadero Maestro me enseñó el camino.
Entonces dejé los ritos y las ceremonias,
ya no volví a sumergirme en las aguas sagradas.
Comprendí que sólo yo era el loco,
que todo el mundo a mi alrededor estaba cuerdo
y que yo era motivo de escándalo y de befa.
A partir de ese día
ya no ruedo por el polvo en señal de obediencia;
ya no toco la campana del templo;
ya no coloco ningún ídolo en su trono;
ya no pongo flores ante las imágenes
en signo de adoración.
Lo que le place al Señor no son las austeridades
ni las mortificaciones de la carne.
No le eres grato porque andes casi en cueros
y mortifiques tus sentidos.
El hombre bueno y leal, que permanece sereno
en medio de la agitación del mundo,
el que ama como a sí mismo
a todas las criaturas de la tierra,
ese hombre alcanza al Ser Inmortal,
y el verdadero Dios está con él.

Kabir dice:
Aquel cuyas palabras son puras
y que no tiene orgullo ni envidia,
conoce Su verdadero Nombre.

LXV
El asceta tiñe sus vestiduras,
en lugar de teñirse el alma con los colores del amor.
Permanece sentado en el templo,
abandonando a Brahma
para adorar una piedra;
se agujerea las orejas,
lleva una larga barba y sórdidos andrajos;
parece un chivo.
Anda por el desierto yugulándose el deseo,
y acaba pareciéndose al eunuco.
Se rapa la cabeza y tiñe sus vestidos;
lee el Gita y se convierte en un charlatán.

Kabir dice:
Tú, que obras como él,
marchas hacia las puertas de la muerte,
atado de pies y manos.

LXVI
No sabe cuál es su Dios,
el mullah grita hacia Él.
¿Por qué? ¿Está sordo el Señor?
Pues bien que oye resonar
hasta las sutiles articulaciones del insecto que marcha…
Reza tu rosario;
píntate en la frente la cifra de tu Dios;
envuélvete en andrajos manchados y vistosos…
Si en tu corazón hay un arma de muerte,
¿cómo podrás poseer a Dios?

LXVII
Cuando escucho la melodía de su flauta,
ya no soy dueño de mí.
La flor se abre sin que la primavera haya llegado,
y ya la abeja ha recibido su perfumado mensaje.
Retumba el trueno, fulgen los relámpagos;
en mi corazón saltan las olas.
Cae la lluvia y mi alma languidece pensando en mi Señor.
Allí donde el ritmo del mundo nace y muere a la vez,
allí es donde mi corazón lo alcanza.
Allí flotan al viento los pendones ocultos.

Kabir dice:
Mi corazón se muere de vivir.

LXVIII
Si Dios está en la mezquita,
¿a quién pertenece el mundo?
Si Rama, ¡oh peregrino!, está en la imagen que tú adoras,
¿qué ocurre allí donde no hay imágenes?
Hari está en Oriente, Alá en Occidente.
Mírate el corazón,
y allí encontrarás a la vez a Karim y a Rama.
Todos los hombres y todas las mujeres del mundo
son sus formas vivientes.

Kabir es el hijo de Alá y de Rama.
Él es mi Maestro; Él es mi mentor espiritual.

LXIX
Aquel que es modesto y se conforma con su suerte,
aquel que es justo,
aquel cuyo espíritu está henchido de resignación y de paz,
aquel que lo ha visto y lo ha tocado
es el que se halla libre de temor y de angustia.
Para él, la idea de Dios
es como un ungüento de sándalo
esparcido por la piel.
Para él no hay otro goce que esa idea.
Una bella armonía rige
su trabajo y su reposo;
de él emana un resplandor de amores.

Kabir dice:
Toca los pies de Aquel que es uno,
indivisible, inmutable, apacible;
de Aquel que llena de desbordante alegría
los vasos terrestres,
y cuya forma es el amor.

LXX
Reúnete con los buenos,
donde el Bienamado tiene su morada.
Aprende de ellos todas sus ideas,
todo su amor y todo su saber.
¡Redúzcase a cenizas la asamblea
en que Su Nombre no sea pronunciado!
No vaciles más; piensa sólo en el Bienamado.
Que tu corazón no adore a otros dioses.
No es bueno adorar a otros dueños.

Kabir reflexiona y dice:
Si obras de otro modo,
jamás encontrarás al Bienamado.

LXXI
La joya se ha perdido en el fango
y todos quieren encontrarla.
Estos la buscan por un lado, aquellos por otro;
algunos la ven en el agua, otros entre las piedras.
Pero el discípulo Kabir,
que la aprecia en su verdadero valor,
la ha envuelto cuidadosamente en su corazón,
como en los pliegues de su manto.

LXXII
El palanquín ha venido por mí
para llevarme a la morada de mi esposo;
un temblor de felicidad me agita el corazón.
Mas los portadores me han conducido
a un bosque solitario donde no conozco a nadie.
Beso suplicante vuestros pies, ¡oh portadores!
Aguardad un momento todavía.
Dejadme volver a casa de mis padres y de mis amigos
para despedirme de ellos.

El discípulo Kabir canta:
Abandona tus ventas y tus compras, ¡oh santo!
Deja tus beneficios y tus pérdidas,
pues no hay tiendas ni mercados
en el país adonde te encaminas.

LXXIII
No conoces, ¡oh corazón mío!,
todos los secretos de esta ciudad del amor.
Ignorante viniste, ignorante te vas.
¿Qué hiciste de esta vida?
¡Oh, amigo mío!
Cargaste sobre tu cabeza un pesado fardo de piedras;
¿quién te aliviará de esa carga?
Tu Amigo se encuentra en la otra orilla,
y nunca me me preguntas
cómo podrías llegar hasta su encuentro.
El barco se ha roto,
mientras tú sigues sentado en el banco,
sin avanzar, y a merced del oleaje.
¿A quién tendrás al final por Amigo?,
te pregunta el servidor Kabir.
Estás solo, sin compañeros,
y así habrás de soportar las consecuencias de tus actos.

LXXIV
Los Vedas dicen que lo incondicionado
está por encima del mundo de las condiciones.
¿Qué ganas, ¡oh mujer!,
con discutir si Él está por encima de todo
o si está en todo?
Brahma se te revelará día y noche, vestido de luz,
sentado en un trono de luz.

Kabir dice:
El verdadero Maestro es todo luz.

LXXV
¡Abre tus ojos de enamorado y contémplalo a Él,
que reina en el universo!
Considera el universo y persuádete de que ese es tu país.
Cuando hayas encontrado a tu verdadero Maestro,
Él despertará tu corazón.
Él te dirá los secretos del amor y del sacrificio,
y conocerás entonces que Él sobrepasa al universo.
Ese mundo es la ciudad de la Verdad;
el laberinto de sus senderos fascina el corazón.
Podemos alcanzar la meta sin cruzar la ruta,
en un deporte que no acaba jamás.
Allí donde el círculo de los múltiples goces
danza en torno del Creador,
allí están los juegos de la eterna felicidad.
Cuando los conozcamos,
concluirá el ciclo de todas nuestras aceptaciones
y renunciamientos.
Entonces dejará de quemarnos
la llama de la concupiscencia.
Es el reposo último y sin límite.
Él ha extendido sobre el mundo entero
las formas de Su amor.
Del resplandor, que es Verdad,
surgen perpetuamente las ondas de las formas nuevas,
y Él penetra esas formas.
Todos los jardines, todos los boscajes,
todas las masas de vegetación están pobladas de flores,
y el aire juguetea con ellas.
Allí el cisne juega un juego maravilloso.
Allí los sones de la misteriosa música giran
en torno de la infinita Unidad.
Allí brilla, en el punto central,
el trono de Aquel que contiene todas las cosas,
donde el Gran Ser tiene su sede.
La luz de millones de soles se desvanece, confusa,
ante el esplendor de uno solo de sus cabellos.
Por el camino, ¡qué dulces melodías hace oír el arpa!
Sus notas traspasan el corazón.
La eterna fontana de vida deja correr su chorro
donde juegan, sin fin, el nacer y el morir.
Y se llama nada Aquel que es la Verdad de las verdades,
Aquel en quien están contenidas todas las verdades.

LXXVI
En Él se perpetúa la creación, superior a toda filosofía,
y que ningún saber podría concebir.
Hay un mundo sin fin, ¡oh, hermano mío!,
y hay el Ser sin nombre,
de quien sólo puede hablarse en silencio.
El mundo ilimitado sólo es conocido
de aquel que lo alcanzó.
Es muy otro de cuanto se ha dicho y escuchado.
Ni formas, ni cuerpo, ni extensión, ni aliento
existen en él.
¿Cómo podría decirte lo que es?
Está en el camino de lo infinito,
sobre el que desciende la gracia del Señor,
y el que lo alcanza queda liberado de nacer y de morir.

Kabir dice:
Estos sentimientos no pueden expresarse
con palabras de la boca,
como tampoco pueden escribirse en el papel.

LXXVII
¡Oh, corazón mío!
¡Vámonos al país donde mora el Bienamado!
La enamorada llena allí su cántaro en el pozo,
y sin embargo no tiene cuerda para retirarlo del agua.
En ese país las nubes no cubren el cielo,
pero la lluvia cae allí en ráfagas suavísimas.
¡Oh espíritu puro!
No te quedes sentado en el umbral de tu puerta.
Sal y báñate en esa linfa bienhechora.
Maravillosa comarca
donde reina un perpetuo claro de luna.
Nunca está sombría.
¿Y quién habla de un solo sol?
Ese país está iluminado
por los rayos de millones de astros.

LXXVIII
Kabir dice:
¡Oh Sadhu! Escucha mis inmortales palabras.
Si quieres tu bien, presta mucha atención:
te has separado del Creador, de quien tú has nacido;
has perdido la razón;
has merecido la muerte.
Todas las doctrinas, todas las enseñanzas, vienen de Él;
en Él se regocijan.
Tenlo por cierto y no tengas miedo.
¡Deja que te dé noticias de esta gran verdad!
¿Qué nombre salmodias? ¿En qué meditas?
¡Sal de semejante laberinto!
Él está en el corazón de todas las cosas.
¿Por qué refugiarte en una vana desolación?
Si colocas al Maestro lejos de ti,
lo único que honras es su alejamiento.
Si realmente el Maestro está lejos,
¿qué es lo que creó este mundo?
Por no creer que Él esté aquí andas errante,
cada vez más lejos, y lo buscas en vano y entre lágrimas.
Allí donde Él está lejos, no se lo puede alcanzar;
donde está cerca, Él es la verdadera felicidad.
Temeroso de que su servidor sufra,
Él lo penetra profundamente.
Conócete, pues, ¡oh Sadhu!,
pues Él está en ti desde la coronilla hasta los pies.
Canta de alegría,
y afiánzate inquebrantable en tu corazón.

LXXIX
No soy ni piadoso ni ateo.
No vivo según los mandamientos ni según mi corazón.
Ni hablo ni escucho.
No soy libre ni prisionero.
No tengo afecciones ni desafecciones.
No estoy lejos de nadie, no estoy cerca de nadie.
No iré al infierno ni al cielo.
Me afano por todo aunque estoy ausente de todo afán.
Pocos me comprenden;
que Aquel que me entiende halle la paz.
Kabir no trata jamás de crear ni de destruir.