LXXX
El verdadero Nombre no se parece a ningún otro.
Distinguir entre lo condicionado y lo incondicionado
no es más que cuestión de palabras.
Lo incondicionado es el grano,
lo condicionado es la flor y el fruto.
El saber es la rama, el Nombre la raíz.
Busca la raíz. Serás feliz cuando la encuentres.
La raíz te llevará a la rama, a la hoja, a la flor y al fruto.
Será tu encuentro con el Señor,
será la realización de tu gozo;
será la reconciliación
de lo condicionado y lo incondicionado.

LXXXI
En el principio
Él estaba solo y se bastaba a sí mismo.
No había entonces ni comienzo, ni medio, ni fin.
No había ojos, ni noche, ni día.
No había tierra, ni aire, ni cielo, ni fuego, ni agua,
ni ríos como el Ganges y el Jumna,
ni mares, ni océanos, ni olas.
No había vicios ni virtudes,
ni libros sagrados como los Vedas, los Puranas o el Corán.

Kabir reflexiona y dice:
Todo era entonces silencio y paz.
El Ser Supremo
permanecía inmerso en el seno profundo de sí mismo.
El Dueño no come, no bebe, ni vive, ni muere.
No tiene forma, ni color, ni vestido.
No pertenece a un clan, ni a una casta, ni a nada…
¿Cómo podría yo describir su gloria?
No tiene forma y, sin embargo, no está sin formas.
No tiene nombre.
Carece de color y no es incoloro.
No tiene morada.

LXXXII
Kabir medita y dice:
Él, que no tiene casta ni país, ni forma, ni cualidad,
llena el espacio.
El Creador ha puesto en el Ser el juego de la dicha,
y de la palabra “Om” nació la creación.
La tierra es su gozo, su gozo es el cielo.
Su gozo es el esplendor del sol y de la luna.
Su gozo es el comienzo, el medio y el fin.
Su gozo es visión, sombra y luz.
Los océanos y las olas son su gozo.
Su gozo, las Saraswati, el Jumna y el Ganges.
El Dueño es uno:
vida y muerte, unión y separación,
son los juegos de su gozo.
Sus juegos son el sol, el agua y el universo entero.
Sus juegos, la tierra y el cielo.
En el juego se desarrolla la creación;
en el juego se establece.

El mundo entero, dice Kabir,
reposa sobre su juego,
pero el jugador permanece desconocido.

LXXXIII
El arpa difunde una suave música
y la danza continúa sin danzantes.
La música se toca sin tañerla;
se escucha sin oídos, pues Él es el oído y el escucha.
La puerta está cerrada,
pero el incienso está en el interior y nadie ve la cita.
El sabio comprende estas palabras.

LXXXIV
El Mendigo mendiga, pero no alcanzo a verlo.
¿Qué le pediré al Mendigo?
Me da sin que yo le pida nada.

Kabir dice:
Soy suyo, y dejo que se cumpla el destino.

LXXXV
Mi corazón reclama la morada de mi Bienamado.
A la que pierde la ciudad de su esposo,
igual le da el gran camino que el abrigo de un techo.
Mi corazón de nada se alegra;
mi espíritu y mi cuerpo divagan sin cesar.
Su palacio tiene un millón de puertas;
pero entre Él y yo media un vasto océano.
¿Cómo lo cruzaré?
No tiene fin, ¡oh amigo!, la extensión de esa ruta.
¡Qué maravillosa obra es esa lira!
Bien templada, arrebata el corazón;
pero rotas las clavijas o distendidas las cuerdas,
ya no interesa a nadie.
Les digo, riendo, a mis padres:
“Es preciso
que vaya a ver esta misma mañana a mi Señor”.
Ellos se encolerizan, no quieren dejarme ir y dicen:
“Esta criatura cree
haber adquirido tan gran dominio sobre su Esposo,
como para obtener de Él todo cuanto quiere;
de ahí su impaciencia por encontrar a su Señor.
Ahora, querido amigo, alza ligeramente mi velo,
que esta es mi noche de amor.

Kabir dice:
¡Escúchame! Mi corazón está impaciente
por encontrar a mi Bienamado;
permanezco en mi lecho, sin sueño.
Acuérdate de mí, cuando despunte el alba.

LXXXVI
Sirve a tu Dios,
presente en este templo que es la vida.
No seas loco,
pues las sombras de la noche pronto se espesan.
Me ha esperado durante la eternidad de las edades;
por amor a mí, El ha perdido su corazón.
¡Y yo ignoraba la felicidad que tan cerca tenía!
Mi amor aún no se había despertado.
Pero ahora mi amante me ha dado a conocer
el sentido de los sones que percibieron mis oídos.
Ahora he realizado mi felicidad.

Kabir dice:
¡Contempla cuán grande es mi ventura!
¡He recibido la infinita caricia de mi Bienamado!

LXXXVII
La tormenta se acumula en el cielo.
Escucha la honda voz de su fragor.
La lluvia viene del Oriente
y murmura su monótono plañir.
Presta atención a tus cercados,
para que la lluvia no los invada y los arrase.
Prepara el suelo de la liberación,
y deja que sólo se ahoguen bajo la tormenta
los parásitos del amor y del sacrificio.
Sólo el labrador precavido
podrá festejar el fin de la cosecha.
Sólo él podrá llenar de grano sus vasijas
y alimentar a los sabios y a los santos.

LXXXVIII
Este día me es caro entre todos los días,
porque hoy mi Señor bienamado es huésped de mi casa.
Mi cámara y mi corazón resplandecen con Su presencia.
Mis ardientes deseos cantan Su nombre
y se pierden en Su infinita belleza.
Lavo Sus pies, contemplo Su rostro,
y ante Él me prosterno,
llevándole como ofrendas mi cuerpo, mi alma
y todo cuanto tengo.
¡Qué día de felicidad es este en que mi Bienamado,
mi tesoro, viene a mi casa!
Todos los malos pensamientos
huyen volando de mi corazón cuando diviso a mi Señor.
Mi amor lo ha conmovido,
mi corazón languidece por Su nombre, que es la Verdad.
Así canta Kabir, el servidor de todos sus servidores.

LXXXIX
¿Qué sabio podría escuchar
la música solemne que se eleva hacia el cielo?
El es la fuente de toda música;
Él llena con ese surtidor, hasta los bordes,
todos los vasos humanos,
permaneciendo desbordante Él mismo.
Aquel que vive corporalmente
siempre está sediento,
porque el objeto de sus afanes es imperfecto,
aunque siempre surgen en él,
y cada vez más hondas, estas palabras,
donde van fusionados el amor y el sacrificio:
“Él es esto; esto es Él”.

Kabir dice:
Esas son, ¡oh, hermano!, las palabras supremas.

XC
¿Adónde iré,
que aprenda a conocer a mi Bienamado?
Kabir dice:
Jamás hallarás el bosque si no conoces el árbol;
jamás lo encontrarás si lo buscas en las abstracciones.

XCI
He aprendido el sánscrito;
deja, pues, que todos los hombres me llamen sabio.
Pero ¿de qué me valdrá todo mi saber,
si yerro a la ventura, si mi garganta se reseca de sed,
si me abrasa el ardor de mi deseo?

Kabir dice:
Resulta perfectamente inútil
que lleves en la cabeza toda esa carga
de orgullo y vanidad;
tírala al polvo y corre al encuentro del Bienamado.
Dirígete a Él como a tu Señor que es.

XCII
Separada de su amado,
la mujer hila en su rueca.
La ciudad de su cuerpo, con el palacio de su espíritu,
se alza en su hermosura.
La rueca del amor, hecha con las joyas del saber,
gira en el cielo.
¡Qué hilos tan sutiles teje la mujer,
y cómo los refina su amor y su respeto!

Kabir dice:
Trenzo la guirnalda de los días y de las noches;
cuando venga mi Amado y toque yo Sus pies,
le ofrendaré mis lágrimas.

XCIII
Bajo el gran quitasol de mi Rey
brillan millones de soles, de lunas y de estrellas.
Él es el Espíritu de mi espíritu.
Él es la Pupila de mis pupilas.
¡Que mi espíritu y mis ojos no formen más que uno!
¡Que mi amor alcance a mi Bienamado!
¡Que la fiebre ardiente de mi corazón
pueda encontrar alivio!

Kabir dice:
Cuando el amor y el Amado se unen,
es cuando el amor alcanza la perfección.

XCIV
Mi país, ¡oh santo!, es un país sin dolor.
Les clamo a todos a gritos:
al rey como al mendigo, al emperador como al fakir.
¡Quien quiera que busque abrigo junto al Altísimo,
que venga a mi país!
¡Que venga el triste y fatigado y deposite aquí su fardo!
Ven aquí, hermano,
para que puedas pasar más fácilmente a la otra orilla.
Este es un país sin tierra ni cielo, sin luna ni estrellas.
La radiante Verdad es lo único que brilla
en el triunfo de mi Señor.

Kabir dice:
¡Oh, hermano amadísimo!
Nada es esencial sino la Verdad.

XCV
Estuve con mi Señor en la casa de mi Señor,
pero no viví con Él;
ignoré Sus caricias, y mi juventud pasó como un sueño.
En la noche de mis bodas,
mis amigas cantaban a coro;
me ungieron con los ungüentos de la alegría y del dolor.
Pero al concluir la ceremonia abandoné a mi Señor,
y me fui;
mis amigas, en el camino,
intentaron en vano consolarme.

Kabir dice:
Iré a la casa de mi Señor, con mi Amado a mi lado,
y haré entonces que suene la trompeta del triunfo.

XCVI
Reflexiona bien, ¡oh, dulce amigo de mi corazón!
Si verdaderamente amas, ¿por qué duermes?
Si lo has encontrado, date a Él enteramente y únete a Él.
¿Por qué lo pierdes después de haberlo hallado?
Si una profunda necesidad de sueño cierra tus ojos,
¿por qué perder el tiempo haciendo la cama
y arreglando las almohadas?

Kabir dice:
Te he enseñado las vías del amor.
Aunque hubieras de ofrendar tu cabeza, ¿para qué llorar?

XCVII
El Señor está en mí, el Señor está en ti,
como la vida está en cada simiente.
Renuncia a un falso orgullo, ¡oh, mi servidor!,
y busca en ti a tu Señor.
Un millón de soles irradia Su luz.
Un océano azul se extiende en el cielo.
La fiebre de la vida se aplaca
y todos mis pecados se lavan
cuando permanezco en el seno mismo del mundo.
Escucha las campanas y los tambores de la Eternidad.
¡Regocíjate en el amor!
La lluvia cae sin agua y los ríos son torrentes de luz.
Sólo el Amor puede penetrar en ese mundo,
y pocos son los que saben estas cosas.
Están ciegos los que quieren verlas a la luz de la razón,
de esa misma razón que es la causa del alejamiento.
¡El Palacio está tan distante de la razón!
¡Bendito Kabir, que puede,
en el seno de la dicha infinita,
cantar en sí mismo el cántico
del encuentro del alma con el Alma,
el cántico del olvido de las penas,
el cántico que supera todo cuanto penetra en nosotros
y todo cuanto emana de nosotros!

XCVIII
Se acerca el mes de marzo.
¿Quién me unirá a mi Bienamado?
¿Cómo encontraré palabras
para expresar la hermosura de mi Amado?
Él y la belleza son una misma cosa.
Su color está en todas las imágenes del mundo;
es un hechizo del cuerpo y del espíritu.
Quienes conocen su hermosura
saben cuán inefables son los juegos de Su creación.

Kabir dice:
Oyeme, hermano mío:
pocos son los que han hecho ese descubrimiento.

XCIX
Sé, ¡oh, Narad!,
que mi Amado no puede estar lejos.
Cuando mi Amado se despierta,
yo me despierto;
cuando Él duerme,
yo duermo.
¡Aniquilado sea quien aflija a mi Bienamado!
Allí donde se cantan Sus alabanzas,
allí vivo yo.
Cuando Él camina,
yo camino ante Él.
Mi corazón suspira por mi Bienamado.
Una peregrinación sin fin se sucede a Sus pies,
y millones de devotos se prosternan sobre ellos.

Kabir dice:
El Bienamado revela, Él mismo,
la gloria del verdadero amor.

C
¡Cuelga hoy mismo el columpio del amor!
Suspende tu cuerpo y tu espíritu
entre los brazos del Bienamado,
para un éxtasis de los goces del amor.
Acerca los ojos al torrente de lágrimas
de los nubarrones cargados de lluvia,
y cúbrete el corazón
con las sombras de la noche.
Aproxima el rostro a Su oído,
y murmúrale las más hondas aspiraciones de tu alma.