Un recuerdo narrado por el conocido teósofo C. W Leadbeater en La Vida Interna puede ilustrar la extraordinaria presencia, por así decir, de H.P.B. Leadbeater estaba intentando, en una época de su vida, ponerse en contacto y al servicio de uno de los Maestros, para lo cual escribió una carta a uno de ellos buscando algún intermediario que se la hiciera llegar. Esperó respuesta por meses, al cabo de los cuales le llegó una respuesta, por una vía inesperada, en la que se le decía que debía pasar siete años de prueba, y que se le recomendaba pasar una temporada en Adyar en la India.

Leadbeater necesitaba apremiantemente responder a esa propuesta, por lo que finalmente se entrevistó con Madame Blavatsky para entregarle una segunda carta al Maestro por este canal. Relata Leadbeater:

” H.P.B. me respondió que Él ya sabía lo que yo deseaba decirle, y esta afirmación indicaba la íntima relación entre ella y Él, de modo que ambas consciencias se identificaban siempre que el Maestro quería. Después, la señora Blavatsky añadió que aguardara allí con ella, sin abandonarla bajo ningún pretexto. Esperé pacientemente toda la tarde, y ya entrada la noche la acompañé a casa de la señora Oakley, donde se habían reunido unos cuantos amigos para despedir a la señora Blavatsky, quien sentada en una mecedora junto a la chimenea hablaba animadamente con los circunstantes liando uno de sus eternos cigarrillos, cuando de repente extendió la mano derecha de un modo particular hacia el fuego con la palma hacia arriba.

La señora Oakley la miró sorprendida, y lo mismo me sucedió a mí, pues me encontraba cerca, con el codo apoyado en la repisa de la chimenea. Varios de los presentes vimos que sobre la palma de la mano de la señora Blavatsky se levantaba una neblina blanquecina que, a poco, se convirtió en un papel doblado que me entregó diciendo: He aquí su respuesta. Como es natural, todos los circunstantes se agolparon alrededor; pero la señora Blavatsky me mandó fuera para leer la respuesta, pues sólo yo tenía que enterarme de su contenido. (La Vida Interna, Charles W. Leadbeater, pgs. 784-788. Ed. Teosófica, Barcelona, 1992).

Más adelante, Leadbeater relata: Por entonces, ocurrieron en torno a la señora Blavatsky algunos fenómenos muy curiosos. En primer lugar, ella era de por sí el fenómeno más sorprendente a causa de sus proteicas transformaciones. A veces los mismos Maestros utilizaban su cuerpo y escribían o hablaban directamente por medio de ella. Y más adelante: Mientras cruzábamos en ferrocarril el desierto entre Ismailia y El Cairo, cayó en el coche una carta referente a la cuestión de la conversación que entonces sosteníamos, enviando a cada uno de los que íbamos en el vagón un mensaje de aliento, en el que se nos designaba por nuestro nombre. Una de las personas de la comitiva y yo estábamos mirando hacia arriba al ocurrir el fenómeno, y vimos aparecer la carta en el aire, precisamente por el agujero del techo del vagón en donde se ponen las lámparas en la noche. Apareció en forma de una vaga esfera de niebla blanquecina que se condensó en un pliego de papel, revoloteando hasta caer al suelo.

En otra ocasión, recuerdo que la señora Blavatsky compró en una perfumería una redoma de esencia de rosa para el oratorio de Adyar que le costó dos libras esterlinas. Media hora después, cuando nos sentamos a almorzar en un gabinete reservado del hotel, cayeron dos monedas de oro del cuño de los soberanos ingleses, yendo a dar sobre la mesa, y la señora Blavatsky explicó el fenómeno diciendo que los Maestros no querían que para Ellos se gastara el dinero de aquel modo, pues necesitaríamos hasta el último penique antes de llega a Adyar, como así sucedió en efecto. Varias veces presencié buen número de fenómenos íntimamente relacionados con la señora Blavatsky. Gracias a sus poderes ocultos, la vi improvisar dibujos y escritos y encontrar un objeto perdido. En varias ocasiones vi caer en su presencia cartas enviadas por el aire; y en la misma residencia de Adyar cayó otra mientras ella estaba en Inglaterra y yo, en persona, tuve varias veces el privilegio de que el Maestro me empleara para transmitir cartas después que ella hubo dejado el plano físico.

Miles de historias y anécdotas como éstas pueblan la vida y la mitología tejida en torno a H.P.B. No sólo tuvo enormes capacidades paranormales, sino que además vivió extraordinarias aventuras a través de sus infatigables viajes por los más distantes lugares del globo, adquiriendo una vasta cultura y el dominio de varios idiomas, además de sus talentos artísticos innatos y sus dotes para congregar a las personas en torno a los ideales que ella perseguía con tanto tesón. H.P.B. fue una mujer muy inusual en su época, destructora de prejuicios, independiente y tolerante a la vez, y consecuente con su lema No hay religión más elevada que la Verdad. Se le reconoce un gran talento como conversadora, siendo amena, variada y profunda a la vez. Figura mundial, de indestructible persistencia en su búsqueda y en la difusión de lo que iba encontrando y se le iba transmitiendo, que la hicieron reconocida como portadora de la luz de su época, y cuya irradiación permanece hasta hoy. Su influencia ha sido decisiva en toda la búsqueda y estudio esotérico posterior, como también en pensadores, líderes y artistas muy lejanos al mundo teosófico.

H.P.B. murió en Londres el 8 de Mayo de 1891, a escasos meses de llegar a cumplir los 60 años. Parte de sus cenizas viajaron a Nueva York, parte a la India, y el resto permaneció en Londres. La fecha de su fallecimiento es conmemorada por sus amigos y seguidores como el Día del Loto Blanco, oportunidad en la que, por deseo que ella misma expresara, se leen fragmentos de La Luz del Asia y del Bhagavad Gita.

Principales escritos:
– Isis sin Velo (*)
– La Doctrina Secreta (*)
– Revista The Theosophist
– Ocultismo Práctico
– La Voz del Silencio
– Las Estancias de Dzyan
– La Clave de la Teosofía
– La dinámica del Mundo Psíquico
– El País de las Montañas Azules
– Por las grutas y selvas del Indostán
– Programa original de la Sociedad Teosófica
– Revista Lucifer

(*) Estas dos Obras serían las transferidas por los Adeptos.

Loreto Morán