El sujeto de este hexagrama es alguien que tropieza en su ascenso con toda suerte de vicisitudes, y el texto describe la forma en que debería conducirse. El I Ching se encuentra en la misma situación: se eleva como el sol y se da a conocer, pero es rechazado y no halla confianza: se lo ve “progresando pero apesadumbrado.” Sin embargo, “uno obtiene gran felicidad de su antepasada”. La psicología puede ayudarnos a dilucidar este pasaje oscuro. En los sueños y en los cuentos de hadas, la abuela, o antepasada, a menudo representa al inconsciente, ya que éste contiene en el hombre el componente femenino de la psiquis. Si el I Ching no es aceptado por la parte consciente, por lo menos el inconsciente lo acepta a medias, y el I Ching está más estrechamente conectado con el inconsciente que con la actitud racional de la consciencia. Dado que el inconsciente a menudo aparece representado en los sueños por una figura femenina, tal puede ser la explicación en el caso presente. La persona femenina podría ser la traductora que ha brindado al libro sus cuidados maternales, y esto muy bien podría parecerle al I Ching una “gran felicidad”. El I Ching anticipa la comprensión general, pero teme ser mal usado: “Progresa como una comadreja.” Pero está atento a la advertencia: “No te tomes a pecho ganancia ni pérdida”. Permanece libre de “móviles no imparciales”. No se lanza contra nadie.

Por lo tanto el I Ching encara su futuro en el mercado librero norteamericano con calma, y se expresa aquí tal como lo haría cualquier persona sensata con respecto al destino de una obra tan controvertida. Esta predicción es tan razonable y está tan llena de sentido común, que sería difícil pensar en una respuesta más atinada.

Todo esto ocurrió antes de haber escrito yo los párrafos que anteceden. Al llegar a este punto quise conocer la actitud del I Ching frente a la nueva situación. El estado de cosas había sido alterado por lo que yo había escrito, en la medida en que yo mismo había entrado ahora en escena, y por lo tanto esperaba saber algo sobre mi propia acción. Debo confesar que mientras escribía este prólogo no me sentí demasiado feliz, ya que como persona con sentido de responsabilidad hacia la ciencia, no acostumbro afirmar algo que no puedo probar o por lo menos presentar como una cosa aceptable para la razón. Es, por cierto, una tarea problemática tratar de presentar a un público moderno y dotado de sentido crítico, un conjunto de arcaicas “fórmulas mágicas” con la intención de volverlas más o menos aceptables. Emprendí la tarea porque yo mismo pienso que hay en el antiguo modo de pensar chino más de lo que está a la vista. Pero me resulta embarazoso tener que apelar a la buena voluntad y a la imaginación del lector, dado que debo introducirlo en la oscuridad de un arcaico ritual mágico. Desgraciadamente, conozco demasiado bien los argumentos que pueden esgrimirse en contra de él. Ni siquiera sabemos con certeza si el barco que ha de llevarnos por sobre los mares ignotos no hace agua por algún lado. ¿No estará corrompido el viejo texto? ¿Es correcta la traducción de Wilhelm? ¿No nos embelesamos a nosotros mismos con nuestras propias explicaciones?

El I Ching insiste de un extremo a otro de su texto en la necesidad del conocimiento de sí mismo. El método que servirá para lograrlo está expuesto a toda clase de abusos; de ahí que no esté destinado a la gente inmadura y de mente frívola; tampoco es adecuado para intelectualizantes y racionalistas. Sólo es apropiado para gentes pensantes y reflexivas a quienes les place meditar sobre lo que hacen y lo que les ocurre –predilección que no debe confundirse con el morboso y rumiante cavilar del hipocondríaco-. Como he señalado más arriba, no tengo respuesta para la multitud de problemas que surgen cuando tratamos de armonizar el oráculo del I Ching con nuestros cánones científicos aceptados. Pero, ni falta hace decirlo, nada “oculto” puede deducirse por raciocinio. Mi posición en estas cuestiones es pragmática, y las grandes disciplinas que me han enseñado la utilidad práctica de este punto de vista son la psicoterapia y la psicología médica. Probablemente en ningún otro campo tenemos que habérnoslas con tantas incógnitas, y en ninguna otra parte nos acostumbramos tanto a adoptar métodos que resultan operantes aún cuando por largo tiempo acaso ignoremos por qué son operantes. Pueden darse curas inesperadas ocasionadas por terapias cuestionables, e inesperados fracasos ocasionados por métodos presuntamente seguros. En la exploración del inconsciente nos topamos con cosas sumamente extrañas, de las que el racionalista se aparta con horror, asegurando luego que no ha visto nada. La plétora irracional de la vida me ha enseñado a no descartar nada jamás, aún cuando vaya contra todas nuestras teorías (de tan breve perduración en el mejor de los casos) o bien no admita ninguna explicación inmediata. Esto, naturalmente, resulta inquietante, y uno no sabe con certeza si la brújula está apuntando bien o no; pero la seguridad, la certidumbre y la paz no conducen a descubrimientos. Lo mismo ocurre con este método chino de adivinación. Es obvio que la finalidad del método es el conocimiento de sí mismo, aún cuando en todas las épocas también se lo ha usado en un sentido supersticioso.

Yo, por supuesto, estoy absolutamente convencido del valor del autoconocimiento, pero, ¿tiene algún objeto recomendar semejante introvisión cuando los hombres más sabios a través de las edades han predicado sin éxito su necesidad? Aún para la mirada más prejuiciosa resulta obvio que este libro representa una larga exhortación a una cuidadosa indagación de nuestro propio carácter, actitud y motivaciones. Esta posición encuentra resonancia en mí y me indujo a emprender el prólogo. Antes, en una sola ocasión había manifestado algo en relación con el problema del I Ching: fue en un discurso conmemorativo en homenaje a Richard Wilhelm. Fuera de esto, he mantenido un discreto silencio. No es nada fácil percibir cuál es nuestro propio camino para penetrar en una mentalidad tan remota y misteriosa como la que subyace en el I Ching. No se puede dejar de lado sin más a espíritus tan grandes como Confucio y Lao Tse, por poco que uno sea capaz de apreciar la calidad del pensamiento que ellos representan; mucho menos es posible pasar por alto el hecho de que el I Ching constituyó para ambos su fuente principal de inspiración. Sé que anteriormente no me hubiera atrevido a expresarme en forma tan explícita sobre una cuestión tan incierta. Puedo correr el riesgo porque estoy ahora en mi octava década y las cambiantes opiniones de los hombres ya apenas me impresionan; los pensamientos de los viejos maestros tienen para mí mayor valor que los prejuicios filosóficos de la mente occidental.

No quiero abrumar al lector con estas consideraciones personales; pero como ya lo señalé, a menudo nuestra propia personalidad está implicada en la respuesta del oráculo. De hecho, al formular mi pregunta en realidad invité al oráculo a comentar directamente mi acción. La respuesta fue el hexagrama 29, k’an, LO ABISMAL. Se da especial énfasis al tercer puesto, al acentuarse la línea señalada con un seis. Esta línea expresa:

Adelante y atrás, abismo sobre abismo.

En un peligro como éste, detente primero y espera,

De lo contrario caerás en un foso dentro del abismo.

No actúes así.

Anteriormente yo hubiera aceptado de modo incondicional esta advertencia: “No actúes así”, y me hubiera negado a dar mi opinión sobre el I Ching, por la simple razón de que no tenía ninguna. Pero ahora el consejo puede servir como ejemplo del modo en que funciona el I Ching. Es un hecho, si uno se pone a pensar en ello, que los problemas que ofrece el I Ching representan, por cierto, “abismo sobre abismo”, e inevitablemente uno debe “detenerse primero y esperar” frente a los peligros de una especulación exenta de restricciones y de crítica; de otro modo uno realmente extraviará su camino en las tinieblas. ¿Puede haber una posición intelectual más incómoda que la de flotar en la nebulosa de posibilidades no probadas, sin saber si lo que uno ve es verdad o ilusión? Es esta la atmósfera cuasi onírica del I Ching y uno no encuentra en ella nada de lo cual pueda fiarse, salvo el propio juicio subjetivo, tan falible. No puedo dejar de reconocer que esta línea representa de modo muy acertado la sensación con que escribí los párrafos que anteceden. Igualmente apropiadas resultan las reconfortantes palabras iniciales de este hexagrama –“Si eres sincero tendrás éxito en tu corazón”- porque indican que lo decisivo aquí no es el peligro exterior sino la condición subjetiva; es decir, si uno cree ser “sincero” o no.

El hexagrama compara la acción dinámica de esta situación con el comportamiento del agua en su fluir, que no siente temor ante ningún lugar peligroso, sino que se lanza sobre los arrecifes y llena los fosos que encuentra en su curso (K’an también significa agua). Esta es la manera en que actúa el “hombre noble”, que “desempeña el oficio de enseñar”.

K’an es sin duda uno de los hexagramas menos agradables. Describe una situación en la que el sujeto parece hallarse en grave peligro de caer en toda clase de trampas. Así como al interpretar un sueño es preciso seguir el texto de este con la misma exactitud, al consultar al oráculo hay que tener presente la forma de la pregunta planteada, ya que la misma pone un límite definido a la interpretación de la respuesta. La primera línea del hexagrama indica la presencia del peligro: “En el abismo uno cae en un foso.” La segunda línea hace lo mismo y luego agrega el consejo: “Uno debe esforzarse para alcanzar sólo las cosas pequeñas.” Aparentemente yo me anticipé al consejo, al limitarme en este prólogo a una demostración sobre la forma en que el I Ching funciona según la mente china, y al renunciar al proyecto más ambicioso de escribir un comentario psicológico sobre todo el libro. La cuarta línea dice:

Un jarro de vino; un cuenco de arroz por añadidura,

Vasijas de barro

Simplemente brindadas a través de la ventana.

No hay tacha en ello en modo alguno.

Wilhelm hace al respecto el siguiente comentario: “Aunque por regla general se acostumbra que un funcionario ofrezca ciertos obsequios de presentación y entregue recomendaciones antes de ser designado, aquí todo está simplificado al máximo. Los obsequios son pobres, no hay nadie que lo apadrine, uno se presenta a sí mismo, y sin embargo nada de esto tiene por qué resultar humillante, con tal que exista la intención honesta de ayudarse mutuamente en el peligro.” Parecería que el libro fuese en alguna medida el sujeto de esta línea.

La quinta línea continúa el tema de la limitación. Si estudiamos la naturaleza del agua, veremos que ésta llena una cavidad sólo hasta el borde y luego la rebasa. No permanece aprisionada allí.

El abismo no se llena hasta desbordar,

Sólo se llena hasta el borde.

Pero si, tentados por el peligro, y justamente a causa de la incertidumbre, insistiéramos en convencernos a la fuerza mediante empeños esenciales, tales como complejos comentarios, etc., sólo nos empantanaríamos en la dificultad, que la línea “al tope” describe con mucha precisión como un estado de atadura y prisión. Por cierto, la última línea a menudo señala las consecuencias que se producen cuando uno no se toma a pecho el significado del hexagrama.

En nuestro hexagrama tenemos un seis en el tercer puesto. Esta línea yin de tensión creciente se transmuta en una línea yang y produce así un nuevo hexagrama que muestra una nueva posibilidad o tendencia. Tenemos ahora el hexagrama 48, Tsing, EL POZO (de agua). De modo que la cavidad llena de agua ya no significa peligro, sino más bien algo útil, un pozo:

Así el hombre noble alienta a la gente en su trabajo,

Y la exhorta a ayudarse mutuamente.

La imagen de gentes que se ayudan mutuamente parecería referirse a la reconstrucción del pozo, ya que éste se encuentra derruido y lleno de lodo. Ni siquiera los animales beben de él. Hay peces viviendo en el pozo y se los puede alcanzar a tiros, pero el pozo no se utiliza para beber, es decir para las necesidades humanas. Esta descripción recuerda el Caldero dado vuelta y fuera de uso que ha de recibir una nueva argolla. Este Pozo cono el Caldero, quedó limpio. Pero nadie bebe de él.

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