El perdonar o no a los demás puede ser un tema recurrrente en nuestros pensamientos, pero nunca nos enfrentamos a otra tarea aún más difícil: el perdonarnos a nosotros mismos.

A nuestras espaldas, bajo una lápida que no queremos levantar, como un muerto sumergido en el olvido al que evitamos dedicar el más mínimo recuerdo, la mayoría de nosotros ha sepultado un gran error o un gran fracaso, que torció el rumbo de nuestro destino. Creíamos tener en nuestras manos el control de nuestra vida, pero se nos escapó, llevándonos por un camino diferente al que queríamos seguir en una circunstancia determinada.

Reprimido en el inconsciente personal, este hecho pasa a ser una fuente oculta de frustraciones, sentimientos de culpa y autocompasión. Como niños miedosos que corren en la oscuridad sin querer mirar hacia atrás, porque suponen que el diablo los persigue, nunca nos hemos propuesto enfrentr cara a cara aquel error o fracaso.

Podríamos intentarlo, dejando de lado los sentimientos de culpa. No se trata de buscar atenuantes, se trata de aceptar lo que en este momento presente ya no puede ser modificado. Si hubiéramos actuado de otra manera, nuestra vida habría tomado otro rumbo; pero no lo hicimos. Pensemos que fue un accidente de la naturaleza: un terremoto, una inundación, algo inevitable que arruinó en instantes el fruto de años de esfuerzo. Procuremos ver que factores influyeron, y si ellos existen todavía en el presente. Podrían impulsarnos de nuevo a cometer ese error u otros semejantes? Si nos viéramos ahora enfrentados a una circunstancia parecida, cómo actuaríamos?

La enseñanza que pudiéramos derivar de ese hecho lamentable no podrá beneficiarnos si nos negamos a considerarlo con ecuanimidad, buscando lo positivo que haya en él. Alguien dijo: “Aprendemos a caminar por la vida a fuerza de caernos”. Con ese mismo espíritu, los japoneses regalan a sus hijos pequeños un muñeco sin brazos ni piernas, con un trozo de plomo en la base del abdomen (nuestro “mono porfiado”), al que llaman Daruma, junto con estos versos:

Así es la vida,
siete veces abajo,
ocho veces arriba

Fernanda
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