Nuestra percepción de la sincronicidad no indica por sí misma que una tradición religiosa sea más ventajosa que otra. La sincronicidad, al igual que la nueva conciencia espiritual general que estamos construyendo, es apenas la concientiza­ción de la forma en que lo divino obra en nuestras vidas. Todas las grandes religiones -hinduista, budista, judía, cristiana, islámica-, al igual que muchas tradiciones chamánicas, comparten la idea de responder a la voluntad de Dios. Dicho de otro modo, a todas les preocupa nuestro crecimiento hacia la unidad con una deidad o entrar en comunión con la fuerza creativa implícita en la condición humana. Nuestra nueva conciencia de la sincronicidad es sólo la percepción o la experiencia de nuestra conexión con esta fuerza divina.

Recuerdo haberme planteado esta cuestión de hacer la voluntad de Dios cuando era chico en una iglesia rural protestante. Aun entonces, en mi mente no había duda de que esa Iglesia particular y la comunidad circundante eran especiales. El apoyo de la comunidad y la interacción afectuosa llevaban a ayudar en los trabajos y a responder con rapidez a la enfermedad en la familia de algún miembro. El cristianismo protestante que practicaban los miembros era asombrosamente abierto y carente de prejuicios para la época.

Para la teología de esta iglesia en particular era esencial la experiencia de la conversión, la aceptación del cristianismo. Pero el supuesto implícito era que después cada uno debía descubrir y luego seguir la voluntad de Dios para su propia vida. De chico, me sentía frustrado porque nadie hablaba a fondo de cómo se podía encontrar y seguir la voluntad de Dios. Por supuesto, era una época en la que la sociedad se hallaba en la cima de su actitud secular y materialista. No obstante, yo estaba lleno de interrogantes: ¿Cuál es la naturaleza de este Dios con el cual debemos comulgar? ¿Cómo se experimenta la presencia divina? ¿Cómo es realmente estar en armonía con la intención divina? Los otros miembros de la iglesia no tenían respuestas a estas preguntas. Pero su expresión me hacía ver que las sabían, aunque no tenían palabras para expresarlas.