Cuesta imaginar lo poco que sabíamos los seres humanos en la Edad Media sobre los procesos físicos de la naturaleza. Teníamos un conocimiento muy escaso acerca de los órganos del cuerpo o la biología del crecimiento de las plantas. Se creía que las tormentas eléctricas provenían de dioses enojados o de los designios de espíritus malvados. La naturaleza y la vida humana estaban afianzadas en términos estrictamente religiosos. Como leemos en The Structure of Evil, de Ernest Becker, la cosmología medieval ponía a la Tierra en el centro del universo como un gran teatro religioso que había sido creado para un gran fin: como el escenario en el que la humanidad ganaba o perdía la salvación. Todo –el clima, el hambre, los estragos de la guerra y la enfermedad- había sido creado estrictamente para poner a prueba la fe. Y para orquestar la sinfonía de la tentación estaba Satanás. Él existía, según afirmaban los hombres de la Iglesia, para engañar nuestra mente, para hacer fracasar nuestro trabajo, para aprovecharse de nuestras debilidades y arruinar nuestra aspiración a la felicidad eterna.

Los que se salvaban pasarían la eternidad en la dicha del cielo. Para los que fracasaban, los que sucumbían a las tentaciones, el destino tenía preparada su condena en los lagos de fuego… a menos, por supuesto, que intervinieran los hombres de la Iglesia. Frente a esa realidad, los individuos de la época no podían recurrir directamente a Dios para pedir perdón o evaluar con exactitud si superaban esa prueba espiri­tual, pues los hombres de la Iglesia se erigían en guardianes exclusivos de lo divino y trabajaban incansablemente para evi­tar que las masas tuvieran acceso directo a cualquier texto sagrado. Si aspiraban a la eternidad en el cielo, los ciudadanos medievales no tenían más remedio que seguir los dictados a menudo complicados y caprichosos de los poderosos líderes eclesiásticos.

Las razones del colapso de esta visión del mundo son muchas. La expansión del comercio permitió conocer otras culturas y visiones que arrojaron dudas sobre la cosmología medieval. Los excesos y extremos de los hombres de la Iglesia al fin socavaron la credibilidad de la Iglesia. La invención de la imprenta y la distribución entre las poblaciones de Europa tanto de la Biblia como de los libros de la antigüedad llevaron información directa a las masas, lo cual a su vez provocó la revolución protestante.