Una nueva línea de pensadores -Copérnico, Galileo y Kepler- cuestionó en forma directa el dogma de la iglesia en cuanto a la estructura del sistema solar, la matemática referida a las órbitas de los planetas y hasta el lugar de la especie humana en el universo. Con el tiempo, se puso en duda la creencia de que la Tierra estaba en el centro del universo. Y al surgir el Renacimiento y la Ilustración, Dios fue cada vez más apartado de la conciencia cotidiana.

La Angustia de Estar Perdido

Aquí podemos ver uno de los importantes puntos de inflexión histórica en la formación de la cosmovisión moderna. La visión del mundo medieval, a pesar de lo corrupta que era, por lo menos definía toda la existencia. Era una filosofía de coincidencia amplia y abarcadora. Establecía un sentido para toda la gama de hechos de la vida, entre ellos la razón de nuestra existencia y los criterios para ingresar en un plano celestial apacible después de la muerte. La vida era explicada en todas sus dimensiones.

Cuando empezó a derrumbarse la cosmología medieval, los seres humanos de Occidente nos hundimos en una profunda confusión respecto del significado existencial más elevado de nuestras vidas. Si los hombres de la Iglesia estaban equivocados y eran poco confiables, ¿cuál era la verdadera si­tuación de la humanidad en este planeta?

Miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta de que, en un último análisis, simplemente estábamos aquí dando vueltas en el espacio en un planeta que gira alrededor de una de miles de millones de otras estrellas, sin saber por qué. Sin duda había algún Dios, alguna fuerza de creación que nos había puesto aquí con algún fin premeditado. Pero ahora estábamos rodeados de duda e incertidumbre, inmersos en la angustia de la sinrazón. ¿Cómo podíamos encontrar el valor de vivir sin tener una idea clara de un propósito más elevado? En el siglo XVI, la cultura occidental se hallaba en transición; éramos un pueblo atascado entre una cosmovisión y otra en una tierra de nadie.

La Aparición de la Ciencia