Sin embargo, todo esto se realizó a un costo muy alto. En nombre del progreso, explotamos el medio ambiente natural casi hasta un nivel de destrucción. Y personalmente, vemos que en cierto momento nuestra concentración en los aspectos económicos de la vida se convirtió en una obsesión utilizada para ahuyentar la ansiedad de la incertidumbre. Transforma­mos la vida secular y el progreso, regido por nuestra lógica, en una única realidad que permitimos ingresar en nuestra mente.

La cultura occidental empezó al fin a despertar de esta preocupación a mediados de este siglo. Nos detuvimos, mira­mos a nuestro alrededor y empezamos a comprender que estábamos en la historia. Ernest Becker ganó un premio Pulitzer por su libro The Denial of Death porque mostraba con claridad lo que el mundo moderno se había hecho a sí mismo en el plano psicológico. Limitamos nuestro punto de atención a la economía material y durante muchísimo tiempo nos negamos a admitir la idea de una experiencia espiritual más profunda porque no queríamos pensar en el gran misterio que es esta vida.

Creo que por eso se tendía a abandonar a las personas mayores en geriátricos. Verlas nos recordaba lo que habíamos ahuyentado de nuestra conciencia. Nuestra necesidad de ocultarnos del misterio que nos asustaba también explica por qué resultaba tan extraña a nuestro sentido común la creencia en un universo donde la sincronicidad y otras capacidades intuitivas son reales. Nuestro miedo explica por qué, durante tantos años, los individuos que tenían experiencias misteriosas de sincronicidad, intuición, sueños proféticos, percepciones extrasensoriales, experiencias de vida después de la muerte, contacto angélico, y todo lo demás -experiencias que siempre tuvieron lugar en la existencia humana y que continuaron incluso en la edad moderna- enfrentaban tanto escepticismo. Hablar de estas experiencias o admitir incluso que eran posibles amenazaban nuestro supuesto de que lo único que existía era nuestro mundo secular.

Vivir el Ahora Más Prolongado