Pienso que parte de nuestra nueva conciencia ahora es responder más preguntas de éstas en forma consciente. Durante siglos, hombres de la Iglesia medieval corruptos usaron el miedo y la ignorancia para cobrar dinero por bendiciones y salvación, desalentando todo tipo de percepción espiritual avanzada de parte de su feligresía. Y algunos hacen lo mismo en la actualidad. Pero, en líneas generales, creo que nos estamos dando cuenta colectivamente de la importancia de una conciencia espiritual compartida y de la discusión. Dentro de las religiones organizadas, cada vez somos más los que tomamos conciencia de que nuestra percepción de la sincroni­cidad representa una extensión y una clarificación de lo mejor de nuestras tradiciones religiosas. Esta percepción es prueba directa de una fuerza divina activa en nuestras vidas, una fuerza divina que nuestra intuición y nuestra fe siempre nos dijeron que existía.

La Respuesta al Escepticismo

Tal vez el mayor desafío para los que empezamos a vivir la nueva conciencia espiritual sea relacionarnos con los escépticos. Una vez que nos abrimos a la realidad de la sincronicidad, a todos nos pasa a veces que hablamos con alguien que reacciona de manera negativa a nuestras creencias y cuestiona directamente la validez de nuestras experiencias. Si bien el número de escépticos disminuye, todavía hay montones de seguidores de la vieja cosmovisión materialista para los cuales las conversaciones sobre lo místico son ridículas e infundadas. Estas discusiones amenazan sus creencias lógicas sobre lo que es real y racional en el mundo natural.

Los escépticos que encontramos se dividen en dos grandes categorías. El grupo más amplio es el de los que adoptan una posición escéptica no porque hayan investigado en forma exhaustiva la amplia gama de encuentros místicos sobre los cuales oyen hablar, sino porque no lo han hecho. No tienen el tiempo o la voluntad para analizar esas experiencias, y entonces adoptan la postura que les resulta más segura sobre el tema: calificarlo de absurdo. En general, estos escépticos viven y trabajan entre muchas personas que dudan, que critican cualquier creación o afirmación nueva y que usan el ridículo como medio para adquirir poder personal sobre los demás. En ese tipo de ambiente, la mayoría de las personas adopta una posición estrictamente convencional para evitar el conflicto.

El otro tipo de escéptico que encontramos es el verdadero seguidor del materialismo científico. Ésta es una persona que puede llegar a investigar hasta cierto punto el terreno de la experiencia mística pero que siempre retorna a las barricadas del materialismo, exigiendo una prueba objetiva de dichas afirmaciones. Los argumentos que indican que las experiencias místicas han tenido carácter coherente durante largos períodos de la historia o que miles de personas sin ninguna relación entre sí señalan lo mismo o que los estudios estadísticos han mostrado reiteradas veces que la capacidad intuitiva y psíquica es un hecho natural, todo cae en oídos sordos.

Varios enfoques han demostrado ser eficaces para enfrentar a los escépticos. En primer lugar, debemos recordar que un grado de escepticismo es, de hecho, importante. No hay que tomar una idea de moda al pie de la letra y todos debemos contemplar con ojo crítico cualquier afirmación sobre la naturaleza de la realidad.

Sin embargo, no debemos olvidar que este principio tiene un corolario igualmente importante que a menudo se olvida: mantener la mente lo bastante abierta para considerar el fenómeno en cuestión. Mantener este equilibrio entre escepticismo y apertura resulta en especial difícil cuando el fenómeno involucra nuestra psicología o espiritualidad interior.

Hay otros dos puntos importantes para mantener las conversaciones en un tono amistoso y avanzar hacia áreas de coincidencia. Me atrevería a decir que casi todos los que ahora experimentan percepciones de naturaleza espiritual o mística fueron escépticos extremos en algún momento. En este sentido, todos somos ex escépticos, y tal vez sea importante que recordemos una vez más que el proceso de apertura al lado místico de la vida está produciéndose sobre todo a través de la interacción personal; vemos a otro que toma seriamente la idea de la experiencia espiritual y entonces decidimos investigar la cuestión nosotros también.

Por eso debemos tomar en serio cada conversación. Nuestra comunicación franca puede llegar a ser el testimonio que haga ceder la posición afianzada de otra persona. Y ¿sabe una cosa? También puede ocurrir lo contrario: es posible que el escéptico con el que hablamos tenga razón en determinado tema. Los que analizamos los potenciales de la experiencia hu­mana no estamos haciendo nada si no estamos comprometidos con un proceso bilateral de desarrollo de consenso. Todos debemos escuchar para aprender. Lo que asegura un punto de vista debatido con amplitud y mantiene nuestra perspectiva amplia es el diálogo abierto.

Tomar en Serio la Sincronicidad

Vislumbrar las coincidencias, entonces, y empezar un diálogo abierto sobre ellas sin caer en interpretaciones negativas constituyen los primeros pasos para vivir nuestra nueva conciencia espiritual. Sin embargo, enseguida aparecen nuevos interrogantes. Si la sincronicidad que percibimos es prueba de que en nuestra vida actúa una fuerza espiritual, ¿por qué en la cultura occidental ignoramos estos hechos misteriosos durante tanto tiempo? ¿Y por qué la conciencia de la sincronicidad está saliendo a la superficie ahora, en esta época? ¿Cuál es el panorama histórico más amplio de lo que nos está pasando?

Éstas son las preguntas que nos llevan al siguiente nivel de conciencia.

Comprender Dónde Estamos

Cuando nos levantamos a la mañana y miramos por la ventana vemos el mundo moderno que empieza a despertarse para vivir el día. Los vecinos salen de su casa y van a trabajar en su auto. En lo alto podemos llegar a oír el zumbido de un avión. Un camión de reparto lleno de artículos producidos en masa se dirige al enorme negocio de la esquina. Para algunos el largo recorrido de historia que termina en este momento de observación es simplemente una letanía de progreso económico y tecnológico. Sin embargo, para un número día a día mayor de personas la historia está pasando a ser una cuestión más psicológica. ¿Cómo es que llegamos a vi­vir así? ¿De qué manera los que nos precedieron configuraron y conformaron nuestra realidad cotidiana? ¿Por qué creemos lo que creemos?

La historia es, desde luego, el contexto más amplio de nuestra vida individual. Sin ella vivimos sólo en la realidad superficial y provinciana que heredamos de niños. Una comprensión precisa de la historia otorga profundidad y sustancia a nuestra conciencia. Rodea todo lo que vemos como una estructura de pensamiento que nos dice quiénes somos y nos da un punto de referencia respecto del lugar al que pretendemos dirigirnos.

Reemplazar la Cosmología Medieval

La historia de nuestra forma en gran medida occidental de ver el mundo comenzó hace por lo menos quinientos años con el colapso de la cosmovisión medieval. Como es bien sabido, este viejo mundo fue definido y mantenido por la autoridad central de la Iglesia cristiana primitiva. Por supuesto, la Iglesia fue en gran medida responsable de rescatar la civilización occidental de la desintegración total después de la caída de Roma, pero al hacerlo, los hombres de la Iglesia guardaron un gran poder para sí mismos definiendo los propósitos de la vida en la cristiandad durante un milenio en base a sus interpreta­ciones de la Biblia.

Cuesta imaginar lo poco que sabíamos los seres humanos en la Edad Media sobre los procesos físicos de la naturaleza. Teníamos un conocimiento muy escaso acerca de los órganos del cuerpo o la biología del crecimiento de las plantas. Se creía que las tormentas eléctricas provenían de dioses enojados o de los designios de espíritus malvados. La naturaleza y la vida humana estaban afianzadas en términos estrictamente religiosos. Como leemos en The Structure of Evil, de Ernest Becker, la cosmología medieval ponía a la Tierra en el centro del universo como un gran teatro religioso que había sido creado para un gran fin: como el escenario en el que la humanidad ganaba o perdía la salvación. Todo –el clima, el hambre, los estragos de la guerra y la enfermedad- había sido creado estrictamente para poner a prueba la fe. Y para orquestar la sinfonía de la tentación estaba Satanás. Él existía, según afirmaban los hombres de la Iglesia, para engañar nuestra mente, para hacer fracasar nuestro trabajo, para aprovecharse de nuestras debilidades y arruinar nuestra aspiración a la felicidad eterna.

Los que se salvaban pasarían la eternidad en la dicha del cielo. Para los que fracasaban, los que sucumbían a las tentaciones, el destino tenía preparada su condena en los lagos de fuego… a menos, por supuesto, que intervinieran los hombres de la Iglesia. Frente a esa realidad, los individuos de la época no podían recurrir directamente a Dios para pedir perdón o evaluar con exactitud si superaban esa prueba espiri­tual, pues los hombres de la Iglesia se erigían en guardianes exclusivos de lo divino y trabajaban incansablemente para evi­tar que las masas tuvieran acceso directo a cualquier texto sagrado. Si aspiraban a la eternidad en el cielo, los ciudadanos medievales no tenían más remedio que seguir los dictados a menudo complicados y caprichosos de los poderosos líderes eclesiásticos.

Las razones del colapso de esta visión del mundo son muchas. La expansión del comercio permitió conocer otras culturas y visiones que arrojaron dudas sobre la cosmología medieval. Los excesos y extremos de los hombres de la Iglesia al fin socavaron la credibilidad de la Iglesia. La invención de la imprenta y la distribución entre las poblaciones de Europa tanto de la Biblia como de los libros de la antigüedad llevaron información directa a las masas, lo cual a su vez provocó la revolución protestante.

Una nueva línea de pensadores -Copérnico, Galileo y Kepler- cuestionó en forma directa el dogma de la iglesia en cuanto a la estructura del sistema solar, la matemática referida a las órbitas de los planetas y hasta el lugar de la especie humana en el universo. Con el tiempo, se puso en duda la creencia de que la Tierra estaba en el centro del universo. Y al surgir el Renacimiento y la Ilustración, Dios fue cada vez más apartado de la conciencia cotidiana.

La Angustia de Estar Perdido

Aquí podemos ver uno de los importantes puntos de inflexión histórica en la formación de la cosmovisión moderna. La visión del mundo medieval, a pesar de lo corrupta que era, por lo menos definía toda la existencia. Era una filosofía de coincidencia amplia y abarcadora. Establecía un sentido para toda la gama de hechos de la vida, entre ellos la razón de nuestra existencia y los criterios para ingresar en un plano celestial apacible después de la muerte. La vida era explicada en todas sus dimensiones.

Cuando empezó a derrumbarse la cosmología medieval, los seres humanos de Occidente nos hundimos en una profunda confusión respecto del significado existencial más elevado de nuestras vidas. Si los hombres de la Iglesia estaban equivocados y eran poco confiables, ¿cuál era la verdadera si­tuación de la humanidad en este planeta?

Miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta de que, en un último análisis, simplemente estábamos aquí dando vueltas en el espacio en un planeta que gira alrededor de una de miles de millones de otras estrellas, sin saber por qué. Sin duda había algún Dios, alguna fuerza de creación que nos había puesto aquí con algún fin premeditado. Pero ahora estábamos rodeados de duda e incertidumbre, inmersos en la angustia de la sinrazón. ¿Cómo podíamos encontrar el valor de vivir sin tener una idea clara de un propósito más elevado? En el siglo XVI, la cultura occidental se hallaba en transición; éramos un pueblo atascado entre una cosmovisión y otra en una tierra de nadie.

La Aparición de la Ciencia

Al fin se nos ocurrió una solución para nuestro dilema: la ciencia. Tal vez los seres humanos estuviéramos filosóficamen­te perdidos, pero nos dimos cuenta de que podíamos adoptar un sistema a través del cual volver a encontrarnos. Y esta vez creímos que sería un conocimiento verdadero, libre de la superstición y el dogma que habían caracterizado al mundo medieval.

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