Como cultura, decidimos iniciar una investigación masiva, un sistema organizado creador de conciencia, para descubrir los hechos de nuestra verdadera situación en el planeta. Daríamos poder a la ciencia y le ordenaríamos que fuera a ese lugar desconocido (recordemos que en ese entonces el inmenso mundo natural ni siquiera había sido nombrado, mucho menos explicado) para descubrir qué pasaba y explicárselo a la gente.

Nuestro entusiasmo era tan grande que nos daba la impresión de que el método científico podría incluso descubrir la verdadera naturaleza de Dios, el proceso creativo implícito en el núcleo del universo. Creíamos que la ciencia podría poner en orden la información necesaria que nos devolvería el sentido de certeza y significado que habíamos perdido con el colapso de la vieja cosmología.

Pero la fe que teníamos en un descubrimiento rápido de nuestra verdadera situación humana enseguida reveló ser infundada. Para empezar, la Iglesia logró presionar a la ciencia para que se concentrara sólo en el mundo material. Muchos de los primeros pensadores, incluido Galileo, fueron condenados o asesinados por los hombres de la Iglesia. Al avanzar el Renacimiento se produjo una tregua inestable. La Iglesia, herida pero todavía poderosa, se obstinaba en adjudicarse exclusiva competencia sobre la vida mental y espiritual de los seres humanos. Aprobaba la investigación científica apenas a regañadientes y los hombres de la Iglesia insistían en que la ciencia se aplicara sólo al universo físico: los fenómenos de las estrellas, las órbitas, la Tierra, las plantas y nuestro cuerpo.

Gracias al territorio, la ciencia empezó a concentrarse en este mundo físico y prosperó con rapidez. Empezamos a establecer la física implícita en la materia, nuestra historia geológica y la dinámica del clima. Se nombraron las partes del cuerpo humano y se investigaron las operaciones químicas de la vida biológica. Cuidadosa de no hacer caso a ninguna de las derivaciones que sus descubrimientos pudieran tener respecto de la religión, la ciencia empezó a analizar exclusivamente el mundo exterior.

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Un Universo Materialista

La primera imagen amplia sobre el funcionamiento de ese mundo exterior fue creada por Sir Isaac Newton, que reunió las perspectivas de los primeros astrónomos en un modelo del universo estable y predecible. La matemática de Newton sugería que el mundo más amplio funcionaba de acuerdo con leyes naturales inmutables, leyes que podían darse por sentadas y ser utilizadas en forma práctica.

Descartes ya había planteado el argumento de que el universo en su totalidad -la órbita de la Tierra y los otros planetas que giren alrededor del Sol, la circulación de la atmósfera según patrones climáticos, la interdependencia de las especies animales y vegetales- funcionaba como una gran maquinaria cósmica, o como un mecanismo de relojería, siempre confiable y por entero desprovisto de influencia mística.

La matemática de Newton parecía probarlo. Y una vez que se estableció esta imagen holística de la física, todos creyeron que las otras disciplinas de la ciencia no tenían más que completar los detalles, descubrir los miniprocesos, los niveles más ínfimos y las fuentes que hacían funcionar el gran reloj. Cuando esto empezó a ocurrir, la ciencia fue especializándose cada vez más para organizar el universo físico, marcando subdivisiones más y más pequeñas y ahondando en los detalles para definir y explicar el mundo que nos rodea.

El dualismo cartesiano y la física newtoniana establecieron una posición filosófica que fue rápidamente adoptada como visión del mundo imperante para la era moderna. Esta visión propiciaba además un escepticismo empírico en el que nada referido al universo debía creerse a menos que se demostrara que existían experimentos cuantitativos incuestionables.

Después de Francis Bacon, la ciencia se volvió aún más secular y pragmática en su orientación y se apartó cada vez más de las cuestiones más profundas de la vida y el propósito espiritual de la especie humana. Si los presionaban, los científicos hacían referencia a una noción deísta de Dios, una deidad que había puesto el universo en funcionamiento al principio y dejaba que luego funcionara en su totalidad por medios mecánicos.

La Solución del Iluminismo

Llegamos ahora a otro punto de inflexión clave en la formación de la cosmovisión moderna. Habíamos recurrido a la ciencia para descubrir las respuestas a nuestros interrogan­tes existenciales y espirituales más grandes, pero la ciencia se abstrajo en un enfoque puramente secular y material. ¿Quién podía saber cuánto se tardaría en descubrir el sentido más elevado de la vida humana?

Obviamente, en Occidente necesitábamos un nuevo estandarte de significado, una nueva mentalidad a la que pudiéramos aferrarnos mientras tanto y, más importante aún, que ocupara nuestra mente. Y en ese momento nuestra decisión colectiva fue la de volver la atención hacia el mundo físico, como lo hacía la ciencia. Después de todo, la ciencia descubría un rico tesoro de recursos naturales que estaban allí a nuestra disposición. Y podíamos usar dichos recursos para mejorar nuestra situación económica y así estar más cómodos en este mundo secular nuestro. Tal vez tuviéramos que esperar para conocer nuestra verdadera situación espiritual, pero, mientras esperábamos, podíamos estar más seguros desde el punto de vista material. Aunque temporaria, nuestra nueva filosofía fue el fomento del progreso humano, el compromiso de mejorar nuestra vida y la vida de nuestros hijos.

Por lo menos, esta nueva filosofía alivió nuestra mente. El peso liso y llano del trabajo por hacer nos mantenía ocupados, así como mantenía nuestra atención alejada del hecho de que el misterio de la muerte, y por ende la vida misma, seguía flotando sin una explicación. Algún día, al final de nuestra existencia terrenal, tendríamos que enfrentar las realidades espirituales, fueran cuales fueren. Pero mientras tanto redujimos nuestro punto de atención a los problemas de la existencia material cotidiana y tratamos de convertir al progreso, personal y colectivo, en la única razón de nuestra breve vida. Y ésa era nuestra postura psicológica al comienzo de la era moderna.

Basta con que echemos un rápido vistazo al final del siglo XX para ver las enormes consecuencias de este limitado enfoque del progreso material. En pocos siglos exploramos el mundo, fundamos países y creamos un enorme sistema de comercio global. Además, nuestra ciencia venció enfermeda­des, desarrolló formas impresionantes de comunicación y envió al ser humano a la Luna.

Sin embargo, todo esto se realizó a un costo muy alto. En nombre del progreso, explotamos el medio ambiente natural casi hasta un nivel de destrucción. Y personalmente, vemos que en cierto momento nuestra concentración en los aspectos económicos de la vida se convirtió en una obsesión utilizada para ahuyentar la ansiedad de la incertidumbre. Transforma­mos la vida secular y el progreso, regido por nuestra lógica, en una única realidad que permitimos ingresar en nuestra mente.

La cultura occidental empezó al fin a despertar de esta preocupación a mediados de este siglo. Nos detuvimos, mira­mos a nuestro alrededor y empezamos a comprender que estábamos en la historia. Ernest Becker ganó un premio Pulitzer por su libro The Denial of Death porque mostraba con claridad lo que el mundo moderno se había hecho a sí mismo en el plano psicológico. Limitamos nuestro punto de atención a la economía material y durante muchísimo tiempo nos negamos a admitir la idea de una experiencia espiritual más profunda porque no queríamos pensar en el gran misterio que es esta vida.

Creo que por eso se tendía a abandonar a las personas mayores en geriátricos. Verlas nos recordaba lo que habíamos ahuyentado de nuestra conciencia. Nuestra necesidad de ocultarnos del misterio que nos asustaba también explica por qué resultaba tan extraña a nuestro sentido común la creencia en un universo donde la sincronicidad y otras capacidades intuitivas son reales. Nuestro miedo explica por qué, durante tantos años, los individuos que tenían experiencias misteriosas de sincronicidad, intuición, sueños proféticos, percepciones extrasensoriales, experiencias de vida después de la muerte, contacto angélico, y todo lo demás -experiencias que siempre tuvieron lugar en la existencia humana y que continuaron incluso en la edad moderna- enfrentaban tanto escepticismo. Hablar de estas experiencias o admitir incluso que eran posibles amenazaban nuestro supuesto de que lo único que existía era nuestro mundo secular.

Vivir el Ahora Más Prolongado

Vemos, pues, cómo la percepción de la sincronicidad en nuestra vida representa nada menos que un despertar colectivo de una cosmovisión secular que duró siglos. Ahora, al observar la vida moderna con sus maravillas tecnológicas, podemos ver el mundo desde una perspectiva psicológica más reveladora.

Cuando terminó la era medieval, perdimos nuestro sentido de certeza respecto de quiénes éramos y qué significaba nuestra existencia. Entonces inventamos un método científico de indagación y quisimos que este sistema encontrara la verdad de nuestra situación. Pero la ciencia se fragmentó en miles de caras incapaces de configurar de inmediato una imagen coherente.

Reaccionamos entonces ahuyentando nuestra ansiedad, para lo cual nos concentramos en actividades prácticas, redujimos la vida a sus aspectos económicos solamente y por último entramos en una obsesión colectiva por los aspectos materiales y prácticos de la vida. Como vimos, los científicos montaron una visión del mundo que reafirmó esta obsesión y durante muchos siglos nosotros también nos perdimos en ella. El costo de esta cosmología limitada fue el estrechamiento de la experiencia humana y la represión de nuestra percepción espiritual más elevada, una represión que por fin estamos superando.

Nuestro desafío es mantener esta perspectiva respecto de la historia en nuestra conciencia, como una cuestión de ejercicio, en especial cuando el materialismo todavía influyente aparece para volver a hundirnos en la vieja visión. Debemos recordar dónde estamos, la verdad de la era moderna y hacerla parte de cada momento, pues a partir de esta sensación más fuerte de estar vivos podemos abrirnos a la siguiente etapa de nuestro viaje.

En cuanto cambiamos nuestra mirada, vemos que la ciencia no nos falló por entero. Siempre hubo en la ciencia una corriente subyacente que iba silenciosamente más allá de la obsesión material. En las primeras décadas del siglo XX, una nueva ola de pensamiento empezó a configurar una descrip­ción más completa del universo y de nosotros mismos, descripción que por fin está introduciéndose en la conciencia popular.

James Redfield

Ref.: La Nueva Visión Espiritual, Ed. Atlántida.

 

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