La Revelación

El período en que escribí La Novena Revelación se extendió de enero de 1989 a abril de 1991 y se caracterizó por una suerte de proceso de ensayo y error. Curiosamente, mientras recordaba experiencias anteriores y escribía sobre ellas, entre­lazándolas en un relato de aventura, ocurrían coincidencias asombrosas que enfatizaban los argumentos específicos que quería plantear. Aparecían libros en forma misteriosa, o tenía encuentros oportunos con la clase exacta de individuos que trataba de describir. A veces se me acercaban extraños sin un motivo evidente y me hablaban de sus experiencias espirituales. Obligado a darles el manuscrito, descubrí que sus reacciones siempre señalaban la necesidad de una revisión o una ampliación.

La señal de que el libro estaba casi terminado se produjo cuando muchas de esas personas empezaron a pedirme copias del manuscrito para sus amigos. Mi primera búsqueda de editor no tuvo éxito y chocó contra el primero de los que ahora califico muros de ladrillos. Todas las coincidencias se interrumpieron y me sentí paralizado. En ese momento, empecé al fin a aplicar lo que considero como una de las verdades más importantes de la nueva conciencia. Fue una actitud que conocía y que había experimentado antes pero que todavía no estaba lo bastante integrada a mi consciente para recurrir a ella en una situación estresante.

Yo interpretaba la falta total de oportunidades de edición como un fracaso, un hecho negativo, y ésa era la interpretación que frenaba las coincidencias que hasta ese momento sentía que me habían hecho avanzar. Cuando me di cuenta de lo que pasaba, de golpe presté atención e hice más correcciones en el libro enfatizando este punto. Y en mi propia vida, supe que debía tratar este avance como cualquier otro hecho. ¿Qué sentido tenía? ¿Dónde estaba el mensaje?

A los pocos días, una amiga me contó que había conocido a un individuo que acababa de mudarse a nuestra zona proveniente de Nueva York, donde había trabajado en una editorial durante muchos años. De inmediato vi en mi mente una imagen de mí mismo yendo a verlo, y la intuición contenía una profunda sensación de inspiración. Al día siguiente fui a verlo y las coincidencias se reanudaron. Quería trabajar con individuos que proyectaran publicar personalmente, me dijo, y ya que mi manuscrito estaba obteniendo una cantidad considerable de referencias boca a boca, le parecía que ese enfoque podía tener éxito.