Esta distinción es importante, porque las visiones del mundo transnacionales o transpersonales son lo que podríamos llamar espirituales aunque, no obstante, tengan muy poco que ver con las visiones del mundo propias de las religiones tradicionales de las esferas mágica y mítica. Los dominios transnacionales no tienen nada que ver con dioses o diosas externos, con oraciones de petición y rituales ni con dogmas o creencias, sino con una atención interior que nos permite sondear las profundidades del psiquismo, con la expansión y la clarificación de la consciencia y con la limpieza de las puertas de la percepción. No se trata, en suma, de buscar la vida eterna del ego sino, por el contrario, de llegar a trascenderlo.

Cuando se agota lo personal se abren las puertas a lo transpersonal. Ahora mismo, no tenemos otro lugar adonde ir.

Las diferentes visiones del mundo no sólo nos proporcionan valores diferentes, sino también objetos diferentes. Pero los artistas sólo pueden pintar, representar o expresar sus percepciones particulares de los objetos de cualquiera de estos reinos en el caso de que estén realmente despiertos a ellos.

El mundo sensoriomotor es familiar a todos nosotros, ya que sus objetos – rocas, pájaros, bodegones, desnudos, paisajes, etcétera – pueden ser vistos con los distintos sentidos. Los artistas han representados esos objetos de todas las formas posibles, desde el realismo más deslumbrante hasta los matices mucho más suaves del impresionismo. La visión mágica del mundo (una visión que, por otra parte, se presenta cada vez que entramos en el sueño) está dominada por los mecanismos de desplazamiento y de condensación, por el mundo onírico y por sus objetos reales tan bien ilustrados por los surrealistas. El mundo mítico, por su parte, está saturado de dioses, diosas, ángeles, elfos, almas desencarnadas, figuras amables y crueles, auxiliadoras y malévolas. Y el artista puede pintar esos objetos. De hecho, así lo han hecho la mayor parte de los artistas del mundo entero, desde el 1.000 a.C. hasta el 1.500 d.C. La visión mental del mundo, por su parte, está plagada de conceptos, ideas, perspectivismo racional y formas abstractas. En tal caso, los artistas no sólo pueden representar esos contenidos (arte conceptual, arte abstracto), sino que también pueden expresarlos (expresionismo abstracto). La visión existencial (aperspectivista), entre otras cosas, va acompañada del miedo del sujeto aislado que se ve arrojado a un mundo esencialmente ajeno desprovisto de consuelos míticos y de pretensiones racionales, una visión que han representado de un modo en ocasiones hasta abrumador (como ejemplifica perfectamente “El Grito”, de Edgard Munch) los artistas de todos los medios. Pero la visión aperspectivista del mundo también es, en última instancia, un sujeto mirándose a sí mismo mientras trata de mirar el mundo, en un paso hacia atrás que los artistas han tratado de representar de múltiples maneras, desde la reconstrucción hasta la ironía reflexiva o desde el desdoblamiento (incluyendo al artista como parte del arte), un juego peligroso que fácilmente puede terminar resultando sofocante.