Si recordarse a sí mismo es tan deseable, ¿por qué es tan difícil de alcanzar?.  Para contestar esta pregunta debemos volver con más detenimiento, a la cuestión de la atención.  Porque la posibilidad de estados más elevados de consciencia en el hombre depende precisamente de ciertas materias finas que produce el cuerpo siendo sometidas a su atención.

El proceso de digestión en el hombre se compone de un enrarecimiento progresivo del alimento, el aire y las percepciones que ingiere; y la materia fina de que hablamos se puede tomar como el producto final de este enrarecimiento en condiciones normales. A desemejanza de la carne o la sangre, que se componen de células, esta materia se puede visualizar como en estado molecular, esto es, como en un estado análogo al de los gases o los perfumes. Es, así, extraordinariamente volátil, inestable y difícil de contener.

En el caso del hombre, sin embargo, está sujeta al control psicológico y este control psicológico es la atención. Combinada con la atención, esta materia deviene el vehículo potencial de la auto consciencia.

En el estado ordinario del hombre esto es, al actuar como máquina cuando su proceso interno opera muy independientemente de su voluntad o de su deseo – esta materia fina sigue las leyes que gobiernan a toda materia libre en estado molecular. Se difunde desde aquél en todas direcciones o en las direcciones que le cogen la atención. Tan pronto como es fabricada, o con muy breve retardo, esta materia fina sale a través de él en una u otra forma. Pues para contenerla o para acumularla requiere voluntad que normalmente no posee, y produce una tensión interior que sólo puede mantenerse con auto conocimiento y auto control grandes.

Esta difusión de la energía fina del hombre desde el mismo, toma muchas formas.  Puede salir de él normalmente como energía sexual; explotar desde él anormalmente como ansiedad o irritación; filtrarse desde él como envidia o auto compasión.  Más comúnmente que esto, sencillamente se difunde desde él para crear el curioso estado psicológico de fascinación (o identificación) en el cual un hombre pierde por completo su identidad en una conversación, una tarea, un amigo, un enemigo, un libro, un objeto, un pensamiento o una sensación. Esta fascinación es sencillamente, efecto del discurrir hacia fuera de la materia fina desde un hombre, en una dirección determinada por su tipo y personalidad, y que arrastra su atención con ella. En casos extremos esta succión hacia fuera de la atención puede ser tan completa que el cuerpo del hombre queda por entonces como un ser vacío aún de los rudimentos de la individualidad psíquica. Esta fascinación es el más usual de los modos de gastar la materia fina de la energía creadora del hombre. Constituye, en realidad, el estado habitual del hombre y por esta misma razón es irreconocible por completo e invisible de ordinario.

Por las clases más finas y más productivas del trabajo humano, un hombre aprende por el uso de la atención a conservar su fascinación en una dirección determinada. Por ejemplo, un buen zapatero permanece durante una hora fascinado por la confección de un par de zapatos, un político queda fascinado por el discurso que pronuncia, una mujer queda fascinada por la carta que está escribiendo a un amigo.  Sin esta retención más elemental de la atención en una dirección, ningún buen trabajo de ninguna clase, ni aún el mas simple, puede producirse.

Así, hay tres categorías en el gasto ordinario o difusión de la materia fina.  La corriente al exterior puede vagar simplemente de uno a otro objeto, de la vista al oído y el pensamiento, a medida que uno u otro fenómeno le coja la atención.  Nuevamente, la corriente hacia fuera puede ser atraída por algo que ejerce un fuerte asidero a la atención, una persona que lo divierte, una persona que lo irrita, un libro que interesa, un sonido grato y así sucesivamente. O, por último, por un simple esfuerzo de atención, la corriente puede ser retenida durante cierto tiempo en una dirección deseada.

Como hemos dicho, estos diferentes modos en los cuales la materia fina es consumida normalmente, representan diferentes aspectos de la función particular en actividad: un aspecto puramente automático, un aspecto emotivo, o un aspecto intelectual. Más aún, son característicos de tres procesos distintos y producen tres grupos de resultados muy diferentes.

Al mismo tiempo, estos son igualmente mecánicos y la característica principal de todos ellos es que la atención sólo es suficiente para hacer posible que la materia fina que trae el estado de alerta, se aplique a una cosa cada vez. Este es el estado ordinario del hombre. Solamente puede darse cuenta de una sola cosa cada vez. Puede darse cuenta ya sea de la persona a quien está hablando, o de sus propias palabras; puede darse cuenta del malestar de alguien o de un dolor en su propio cuerpo; puede darse cuenta de una escena o de sus propios pensamientos. Pero, excepto en muy raras ocasiones, no puede darse cuenta simultáneamente de sus propias palabras y de la persona a quién las está dirigiendo; o de su propio dolor y del de alguna otra persona; o de la escena y de sus pensamientos acerca de aquélla. Así, el darse cuenta de todos los hombres en ese estado ordinario puede clasificarse como fascinación. Porque si se da cuenta de algún fenómeno exterior pierde su darse cuenta de él mismo; o al devenir alerta de algo en él mismo, pierde su darse cuenta del mundo exterior, esto es, deviene fascinado por una cosa, interna o externa, con exclusión de todo lo demás.

Ciertamente la experiencia de cada hombre contiene casos de atención dividida y de no ser así, no tendríamos indicio alguno de cómo proceder. Por ejemplo, una de las razones para el extraordinario poder que las sensaciones del amor y del sexo tienen sobre los hombres, es que en determinadas circunstancias provocan un intenso estado de alerta de uno mismo y de otro, al mismo tiempo. Esto es un verdadero preguntar del siguiente estado de consciencia.  Pero si esta sensación llega a hombres no preparados para ello, es enteramente accidental y totalmente más allá de su control.

Una de las cosas principalmente enseñadas en las escuelas del cuarto camino es la división intencionada de la atención entre uno mismo y el mundo exterior.  Mediante larga práctica y el ejercicio constante de la voluntad, no se le permite a la materia fina del estado de alerta que fluya ininterrumpidamente en una dirección, sino que es dividida, por decir así. Una de cuyas partes es retenida en uno mismo, mientras que la otra se dirige al exterior, hacia aquello que se pueda estar haciendo o estudiando. Mediante la división de la atención, el estudiante aprende a darse cuenta de él mismo cuando habla a otro, de él mismo mientras permanece en determinado escenario, de él mismo actuando, sintiendo o pensando en relación con el mundo exterior.

De este modo aprende a recordarse a sí mismo, primero por momentos y luego con frecuencia creciente. Y en proporción a su aprendizaje de recordarse a sí mismo, sus acciones adquieren consistencia y significación en la misma proporción, las que le habrían sido imposibles mientras su darse cuenta se movía únicamente de una a otra fascinación.

La característica de este segundo estado, recordarse a sí mismo, es la atención dividida. Hay varias cosas extrañas respecto a este estado.  Primero, por ciertas razones cósmicas, nadie puede intentarla o practicarla hasta que se le haya hablado de aquella y se le haya explicado.  Segundo, cuando se le ha explicado, toda persona normal tiene suficiente voluntad y energía para recoger un vistazo momentáneo de lo que ello significa. Si lo desea, puede en el momento que acaba de enterarse, devenir alerta de él mismo en su medio ambiente: de él mismo, sentado en una silla, atento a una nueva idea.

Pero este recordarse a sí mismo no puede repetirse o mantenerse excepto por su esfuerzo consciente.  No ocurre espontáneamente. Nunca se convierte en un hábito. Y en el momento en que la idea de recordarse a sí mismo o de atención dividida se olvida, todos los esfuerzos, no importa cuán sinceros sean, degeneran una y otra vez en fascinación, esto es, en el darse cuenta de una cosa a un tiempo.

Es así necesario señalar que la estrecha atención puesta en un trabajo, en el darse cuenta físico del cuerpo de uno, en el ejercicio mental de una u otra clase, en visiones o visualizaciones, aún dentro de emociones profundas, no constituyen por sí, recordarse a sí mismo.   Porque todo esto puede hacerse con la atención indivisa, esto es, uno puede devenir fascinado por una tarea, por un darse cuenta físico, por un ejercicio mental o por una emoción; y uno devendrá inevitablemente tan fascinado en el momento que cesa la atención de estar dividida entre un actor u observador en uno mismo y aquello que él observa o sobre lo que actúa.

Otra curiosa treta psicológica se debe mencionar en conexión con el momento en que un hombre escucha por primera vez hablar del recordarse a sí mismo.  Si él lo relaciona con algo que ha escuchado o leído antes, con algún término filosófico, religioso u orientalista que le es ya familiar, inmediatamente la idea se le hace invisible, pierde su poder. Porque ésta sólo puede abrir nuevas posibilidades para él como idea completamente nueva. Si se conecta con alguna asociación familiar, significa que ha ingresado a la parte equívoca de su mente, donde podrá quedar alojada como cualquier otro fragmento de conocimiento.

Se ha desarrollado un impacto y sólo con gran dificultad puede volver el hombre a la misma oportunidad. La extraordinaria elusividad de este nuevo estado psicológico, el siguiente abierto al hombre más allá de su estado habitual, está muy bien descrito en el Cap. 7 de Fragmentos de una Enseñanza Desconocida por P.D. Ouspensky, donde el autor describe con gran exactitud sus propios experimentos y experiencias cuando por primera vez se le habló de la idea de recordarse a sí mismo.

Cuando por primera vez un hombre escucha algo sobre recordarse a sí mismo, si lo toma en serio, toda clase de nuevas posibilidades parecen abrirse inmediatamente para él. No puede comprender cómo es que jamás había pensado en ello. Siente que únicamente tiene que hacer esto y todas sus dudas, artificialidades y dificultades desaparecerán y toda clase de cosas podrán convertirse en posibles y fáciles para él, las mismas que antes consideraba completamente más allá de su alcance. Su vida toda podrá ser transformada.

Y esta sensación está tan en lo cierto como en el error.   Está en lo cierto en su creencia de que si pudiera recordar todo por sí mismo sería tan diferente a como se lo imagine.  Sólo que en un principio no ve la enorme resistencia que hay en él mismo para dominar este nuevo estado.  No se da cuenta que conseguir recordarse a sí mismo como estado permanente o aún conseguir frecuentes momentos de recurrencia, requiere el deber de reconstruir completamente su vida, pues esta tarea exigirá una gran parte de la materia fina que su máquina puede ahorrar o hacer, toda la voluntad y atención que puede desarrollar por el ejercicio más constante. Tendrá que luchar en contra de y eventualmente abandonar todas las formas psicopáticas de quemar su materia fina, la cual forma ahora parte tan familiar y aparentemente necesaria de su vida: ansiedad, irritación, indignación, auto compasión y toda clase de temores, toda clase de sueños, todas las formas en las cuales se hipnotiza a sí mismo en la satisfacción con las cosas como son. Sobre todo, debe necesitar recordarse a él mismo, constante y permanentemente, no importa cuán doloroso e incómodo pueda hacer esto, ni cuán desagradables las cosas que ve así en sí mismo y en otras gentes. Porque en el momento que cese de necesitar recordarse a sí mismo, pierde en todo grado por algún tiempo – la posibilidad de hacerlo.

De este modo, recordarse a sí mismo o la práctica de la atención dividida aunque a la primera mirada pueda parecer extraordinariamente sencilla, fácil y obvia – requiere en realidad una reconstrucción completa de toda la vida de uno y de puntos de vista tanto hacia uno mismo como hacia otras personas. Mientras uno cree que se puede cambiar a uno mismo o a otra persona, mientras uno cree que tiene el poder de hacer, esto es, de hacer cosas distintas a como son, sea interna o externamente, el estado de recordarse a sí mismo parece retirarse de uno cuanto más esfuerzos se hacen para alcanzarlo. Lo que en un principio pareciera estar al alcance de la mano comienza a parecer infinitamente lejano, imposible de lograr.

Y, sin embargo, muchos años de lucha y de fracasos pueden ser necesarios antes de arribar a un curioso hecho psicológico, que en realidad se conecta con una ley en verdad muy importante. Este hecho es que, aunque es extraordinariamente difícil dividir la atención de uno en dos, es mucho más posible dividirla en tres: aunque es extraordinariamente difícil recordarse uno mismo y el medio ambiente de uno simultáneamente, es mucho más posible recordarse uno mismo, el medio ambiente de uno y alguna cosa más.

Sabemos que ningún fenómeno es producido por dos fuerzas: cada fenómeno y cada resultado real requiere de tres fuerzas. La práctica de recordarse a sí mismo o la división de la atención se conecta con el intento de producir un determinado fenómeno, el nacimiento de una nueva consciencia en uno mismo.  Y para hacer esto con éxito, la atención debe ser dividida no en dos sino en tres. Debe dedicársela simultáneamente al propio organismo de uno, sujeto del experimento, a la situación a la cual este organismo está expuesto en el momento y, finalmente, a algo permanente que se mantiene en un nivel más alto que ambos y el cual sólo puede resolver la relación entre los dos.

 

Qué es este tercer factor que debe ser recordado? Toda persona debe encontrarlo por sí misma: su escuela, su maestro, los principios que ha aprendido, el sol, algún poder superior en el universo, Dios. Debe recordar que él mismo y su situación permanecen ambos en presencia de poderes superiores, ambos están bañados por la influencia celestial. Fascinado, es absorbido totalmente por el árbol del que se da cuenta; con la atención dividida, ve tanto al árbol como a sí mismo que lo mira; recordando, se da cuenta del árbol, de él mismo y del Sol que imparcialmente brilla sobre ambos.

Hemos hablado del mundo mineral, del mundo celular, del mundo molecular y del mundo electrónico. La situación del hombre, sus problemas, su medio ambiente, las dificultades existentes en el mundo material, celular, son la fuerza pasiva; la energía fina de la consciencia dirigida por su atención existe en el mundo molecular como la fuerza activa; y aquella que puede resolver la lucha eterna entre estos dos mundos puede derivar solamente de un modo todavía más alto: el mundo del Sol, el mundo electrónico. A semejanza de la luz del Sol que une e interpenetra todo, la individualidad – este tercer factor – creando y disolviendo ambas debe ser de tal manera que en el recuerdo de sí, el que recuerda está unido a su medio ambiente, y él adquiere tanto como pierde la individualidad separada.

Si un hombre puede descubrir tal tercer factor, recordarse a sí mismo deviene posible para él y puede llevarlo mucho más lejos de lo que pareciera en un principio.

Recordarse a sí mismo debe, así, contener tres principios, tres cosas para ser recordadas. Y si se está ocupado con alguna tarea interior, será entonces necesario recordar tres mundos en uno mismo, tres lugares en uno mismo.

Por esta división de la atención en tres, la materia fina que es la conductora de la fuerza creadora del hombre derechamente se divide en tres corrientes una dirigida a la acción directa en el mundo exterior, otra dirigida hacia la creación de una conexión con poderes superiores y otra que se retiene en uno mismo. Aquella que es retenida en uno mismo en el curso del tiempo se cristalizará en un vehículo permanente de la auto consciencia, esto es el hombre 5.

Consciencia y memoria.

De ordinario la memoria es un impulso que se transporta alrededor del círculo de la vida del hombre, en la sola dirección del tiempo. Surge de un momento de consciencia máxima; si no hay consciencia, no se crea memoria.

Aquí es posible una analogía muy exacta.  En relación con la línea de la vida corpórea del hombre, su esencia es bidimensional; conecta simultáneamente todos los puntos de la línea, creando una superficie. En relación con la superficie de la esencia del hombre, el hombre auto consciente, hombre 5, sería un sólido, puesto que no sólo se conectaría con todos los puntos de su vida y con todas las superficies de su esencia sino que uniría éstos a otras posibilidades y fuerzas existentes en otra dimensión.

Supongamos, entonces, que el círculo de la vida corpórea del hombre está hecho de alambre, que la superficie conectante de su esencia sea una lámina metálica, y que el futuro hombre 5 sea un prisma sólido que toque la vida en la concepción, el nacimiento, el final de la niñez y la muerte, y del que la superficie de la esencia sería una sección aislada. El fenómeno de la consciencia será, ahora, exactamente análogo al calor.

Nuestra sensación ordinaria de la vida es como un punto de tibio calor que avanza alrededor del círculo. Pero suponed un momento de consciencia, digamos a la edad de quince años. En este punto el alambre se calienta. Los impulsos de calor corren por el alambre desde este punto, en ambas direcciones. Pero, naturalmente, para una percepción que avanza en adelante a lo largo del alambre desde el punto en cuestión, como estamos acostumbrados a movernos en el tiempo, siempre parecerá que proceden de atrás, esto es, desde el pasado. La conducción de calor o memoria hacia atrás, esto es, hacia una edad más temprana, nos será desconocida debido a nuestro método de percepción. Y nuevamente, mientras más nos alejemos del momento de consciencia, del punto calentado, más débiles parecerán gradualmente.

Al mismo tiempo, aunque la memoria de los momentos de consciencia presenta una tendencia a decaer, es importante comprender que este decaimiento no es consecuencia del paso del tiempo. Nuestra principal ilusión acerca de la memoria es que ella decae con el tiempo, como las ropas o los edificios. No es así. Decae por falta de alimento. La memoria se genera por la consciencia y debe nutrírsela por la consciencia, esto es, debe ser nutrida conscientemente.

De hecho, la memoria es un fenómeno no sujeto a las leyes del tiempo. El hombre que realmente comienza a comprender esto encontrará mundos nuevos que se abren ante él.  Y prácticamente podrá ver el modo de entrar y poseer estos mundos.

Permítasenos examinar primero, cómo se pierde la memoria y, luego, cómo se la puede cultivar y darle vida.

Como hemos dicho, la razón más frecuente para la pérdida de memoria es sencillamente la negligencia y la muerte por hambre. El hombre ordinario en circunstancias ordinarias no hace esfuerzo de alguna clase para mantener vivos sus recuerdos, para alimentarlos, recordarlos y prestarles atención. A menos que sean tan gratos o tan dolorosos que la emoción misma los aten a su consciencia, desaparecen naturalmente. Esta es la pérdida pasiva de memoria.

Pero hay, también, una destrucción activa de la memoria. Se halla en la substitución de la memoria por la imaginación o, mas sencillamente, por la mentira.  Por ejemplo, doy un paseo por la calle, donde encuentro a un conocido.  Al principio el encuentro puede ser muy claro en mi mente lo que dije, lo que dijo él, cómo aparecía y otras cosas más – pero cuando vuelvo a casa recapitulo el incidente a mi familia.  Al hacerlo, hago todo el incidente más divertido y dramático de lo que era en realidad: hago mis propias observaciones más graciosas, las suyas más torpes; sugiero algo acerca de sus hábitos; quizás introduzco algún otro carácter o adapto la conversación para incluir un chiste que escuché ayer. Después no recordaré más la escena como fue, sino solamente como la he recapitulado. Imaginación y mentira destruyeron la memoria.

Y si empleo toda mi vida en esta forma, entonces con certeza, después de algunos años será totalmente imposible para mí distinguir lo que realmente me ocurrió de lo que deseaba que me ocurriera o que temía podría ocurrir, o de lo que ocurrió a otros o de lo que sencillamente leí acerca de eso. En esta forma la memoria es destruida activamente. La diferencia radica en el hecho de que cuando se pierde la memoria por negligencia ésta queda todavía entera aunque sepulta y con tesonero esfuerzo se la puede recobrar, mientras que la memoria destruida por la mentira se la perjudica de modo permanente si es que no ha sido totalmente aniquilada.

Cómo es que se puede reanimar y utilizar la memoria? Únicamente devolviéndole la vida intencionalmente y conscientemente.  Supóngase que tengo una razón particular para desear recordar un encuentro con alguien, ya sea porque me parece que cometí un error con aquél o porque dejé de aprovechar una oportunidad que me ofrecían y es muy importante para mí corregir esto. Cuidadosamente, con atención, comienzo a desenrollar mi memoria. Me acuerdo de haber llamado a la puerta de la habitación en la que estaban, sentir que me abrían, que entraba, me sentaba.   Recuerdo la posición en que ellos estaban sentados, las sillas, los muebles, los cuadros en los muros, el modo cómo caía la luz sobre la escena, entrando por la ventana. Luego recuerdo lo que dije, mi voz, cómo la sentí, el modo cómo reaccionaron las otras personas, lo que dijeron y así sucesivamente. En forma gradual, si puedo sostener la atención, todos mis varios sentidos vista, oído, tacto, modales – comenzarán a contribuir con sus distintas memorias y poco a poco la escena recuperará su vigor en mi interior exactamente como fue.  De una vez, también, mis errores se reactualizan. Los veo con toda claridad: se han hecho conscientes.

Sea que pueda o no enderezar las cosas en el presente o aprovechar la oportunidad que perdí, son cuestiones diferentes. Esta corrección puede necesitar de mucho tiempo y aún puede no ser posible en esta vida. Pero lo principal es que la consciencia ha sido retrotraída al pasado. Ahora soy más consciente en relación a este incidente que lo que era cuando realmente ocurrió. De este modo, por la memoria intencional, nuevos momentos de consciencia se pueden agregar siempre a aquellos que ocurren naturalmente en la secuencia del tiempo. Y no hay límite a este proceso de hacer más consciente el pasado.

Ahora bien, si estos puntos de consciencia en el círculo de la vida son multiplicados suficientemente, podemos imaginar que se genere bastante calor para calentar la figura bidimensional de la esencia del hombre y, con el tiempo, hasta el sólido del alma (hombre 5).  Por supuesto, la tarea de calentar una superficie desde una línea sería una labor inmensa y probablemente la mayor parte del alambre tendría que ponerse al rojo vivo para poder lograr que la esencia se calentara apreciablemente. Si, además, se transfiere el calor de la superficie de la esencia hasta el sólido del alma (hombre 5), será evidente la misma desproporción y sin duda la figura bidimensional tendría que estar, a su vez, al rojo vivo para lograr calentar al sólido.

En realidad, semejante método de calentamiento manifiestamente no es práctico. Y, en la misma forma, la idea de crear consciencia en el alma (hombre 5) exclusivamente desde abajo, por así decirlo, se opone a todas las creencias y experiencias humanas. Tenemos que suponer que sus esfuerzos para ser consciente pondrán en contacto al hombre, tarde o temprano, con una fuente de calor o consciencia situada por encima.

En una forma práctica, está bien claro que la sola idea de consciencia, que penetra profundamente en la esencia del hombre, le hará buscar a hombres más conscientes que él y a las escuelas conducidas por tales hombres.  Por tanto, su interés especial actuará como por magnetismo, atrayéndolo a aquéllos en cuya presencia puede adquirir mayor consciencia. Y si verdaderamente se trata de un interés esencial, éste no le dará descanso hasta que los encuentre.

Además, si un hombre empieza a adquirir un principio de consciencia permanente aunque sólo sean los rudimentos, es seguro que ella en virtud de su capacidad de penetración dentro de otra dimensión (quinta dimensión), pueda relacionarlo con algún nivel del universo donde la energía cósmica creadora es ilimitada y puede emplearse para intensificar la consciencia hasta el límite de la resistencia. Volviendo a nuestra explicación anterior, podemos suponer que este nivel de consciencia puede relacionar directamente a un hombre con la materia en estado molecular, con el infinito mundo de la energía molecular.

Por tanto, en la búsqueda de la consciencia debe comprenderse, primero, que el hombre debe hacer todo por sí mismo es decir, debe penetrar en otro nivel sólo por sus propios esfuerzos; y, segundo, que él no puede hacer nada por sí mismo – es decir, que toda su tarea es la de ponerse en contacto con fuentes y niveles superiores de energía. Porque, a menos que tenga éxito al intentar esto, no podría ni puede conseguir nada.

En todo caso, ahora es posible empezar a apreciar el efecto de diferentes niveles o grados de consciencia. Los momentos de consciencia en el círculo de la vida corpórea actual, como hemos visto, producirán recuerdos intensos para los otros niveles de la vida; teóricamente, también, debería producir impulsos que pasen hacia atrás, hacia el nacimiento. Sin embargo, de empezar a penetrar la esencia, los efectos de la consciencia acarrearán cambios mucho más grandes. De modo que si el alambre se enfría casi instantáneamente, una lámina puede retener calor durante un tiempo mucho más largo.   En lugar de ser momentánea, como debe ser en el círculo de la existencia corpórea, la consciencia que ha penetrado a la esencia tiene ya cierta duración, cierta garantía. No puede perderse súbitamente.  Mas aún, irradiará calor en todas direcciones, calentando el entrelazamiento de círculos paralelos y cruzados de la interrelación de vidas humanas que, como sabemos, están tejidas en una masa sólida e intrincada. Por tanto, el contacto o presencia de un hombre con tal esencia puede aumentar realmente la perspicacia de aquellos que llegan a su esfera de radiación o de influencia.

Y, sin embargo, de calentarse el sólido interior, es decir, de crearse un hombre 5 dentro de sí mismo con el material acumulado, resultará un cambio enorme.  En primer lugar, un sólido caliente puede retener calor casi indefinidamente. Para tal hombre la consciencia se habrá hecho permanente, convertida en el fuego central de su ser.  Mas aún, radiará sobre un área enormemente extendida, quizás cien veces mayor que la calentada por la radiación de la sola esencia.

Así, pues, tenemos una base para clasificar a los hombres de acuerdo con su grado de consciencia. Primero tenemos la enorme masa de hombres comunes en los que la consciencia, si realmente existe, ocurre sólo momentáneamente y por accidente en el curso de la vida corpórea.  En segundo lugar, tenemos aquéllos para quienes la idea de consciencia ha penetrado en la esencia y, así, han adquirido duración y confiabilidad. Y, finalmente, hay un reducido puñado de hombres, regados a través de la historia y del mundo, que han creado almas conscientes para sí mismos (hombres 5), para quienes la auto consciencia es permanente y que, por intermedio de esta consciencia, tienen el poder de influir e iluminar a miles y aún millones de hombres.

Por fin e invisiblemente, pueden existir hombres de espíritu consciente (hombres 6 y 7).

La verdadera historia de la humanidad es la historia de la influencia de estos hombres conscientes.

 

Rodney Collin

 

Extractado por Pablo Cáceres de
El Desarrollo de la Luz.- Edit. Eneagrama,

 

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