Françoize Mezières, una Revolución.

Al otro lado de la casa había algunos coches con matrícula de todas las regiones de Francia, Suiza, Bélgica. Una decena de cursillistas trabajaremos aquí durante un mes, todos especialistas en gimnasia médica.

Ya estamos reunidos en la planta baja, en una gran sala. Absolutamente vacía. Ni una sola máquina. Ni un solo aparato especial. Ni siquiera una mesa de masaje. Únicamente una pequeña alfombra. Sorprendidos, tal vez un poco desconfiados, lo que veremos y oiremos a continuación nos desconcertará mucho más todavía.

Françoise Mézières ocupa su lugar en el centro de la habitación y nos invita a sentarnos en el suelo en torno a ella.

– Amigos míos, quieren ustedes recordarme cuál es la causa principal de las deformaciones que van ustedes a tratar?

Algo que nos es familiar, tranquilizador. Varias voces responden a la vez: la gravedad, la debilidad de los músculos posteriores, el reumatismo, la artrosis, la artritis, la astenia, la descalcificación

Françoise Mézières nos mira fijamente con sus ojos claros.

– Amigos míos, si hace veinticinco años me hubieran formulado la misma pregunta, hubiera sacado a relucir las mismas estupideces que acaban ustedes de pronunciar.

Un pesado silencio en la sala. Tormentoso. Françoise Mézières continúa:

– La enseñanza clásica inhibe. Nos enseña a medir con hilos de plomo, de espirómetros, a diagnosticar y después a tratar, sirviéndonos de una rica panoplia de máquinas científicas, corsés, escayolas, las deformaciones consideradas como curables por los métodos de la kinesiterapia. En cuanto a los físicos ingratos, desproporcionados, torcidos, hemos de aceptarlos como normales, bien porque son clasificables entre los tipos morfológicos reconocidos, porque la fealdad no se incluye en nuestra lista oficial de enfermedades. Para las deformaciones llamadas fijas a causa de su extremada rigidez, aunque en realidad continúan siempre agravándose, se nos ruega que las abandonemos a Doña Cirugía o a su triste destino.

– Pero yo les digo que nuestra mirada no puede detenerse en cada zona de crispación. No podemos cerrar los ojos ante la realidad para mejor obligarla a conformarse a los conceptos académicos. Es preciso que sólo tengamos ojos para la morfología perfecta y que nos dejemos guiar únicamente por la elegancia de las formas.

El asombro que planea en el aire no rompe, sin embargo, el silencio.

– Voy a pedirles algo nuevo. Voy a pedirles que observen. Voy a pedirles que palpen con sus manos y no a través de instrumentos. Y luego les pediré que crean, no en lo que han leído, sino en lo que han percibido.

Para entrenar nuestras facultades de observación, nos dijo que considerásemos en primer término la sacrosanta verdad de la gravedad, que nos atrae, se dice, hacia delante y a la cual resistimos, se dice también, gracias a la acción intensa de los músculos de la espalda. Todas nuestras desdichas proceden, pues, al parecer de esta fuerte acción que nuestros débiles músculos están obligados a ejercer para sostener la columna vertebral, para impedirnos caer hacia delante. Fortificar esos músculos para ayudarnos a cumplir su tarea principal debería ser, por lo tanto, una de las funciones más importantes de nuestro trabajo.

– En resumen, eso es precisamente lo que les han enseñado, no?

Asentimientos con la cabeza. Después, un silencio lleno de desconfianza.

– Para comenzar, voy a hacerles una breve pregunta: por qué esa famosa gravedad ha de atraernos hacia delante y no hacia atrás?

Nadie respondió.

– Ahora voy a pedirles que se levanten y adopten la postura que se acostumbra llamar vertical, pero que es simplemente bípeda. Bien. Cómo nos mantenemos en equilibrio? Traten de observarse a sí mismos. Quizá consigan darse cuenta de nuevo de lo que descubrieron la primera vez en que se sostuvieron de pie sin ayuda.

Así, observando el movimiento de mi propio cuerpo, comprendí que conseguía el equilibrio al desplazar el peso del cuerpo. Mantenía la cabeza y el vientre hacia delante y arqueaba los riñones hacia atrás. Porque en realidad se trataba no sólo de no caer hacia atrás, sino de no caer tampoco hacia delante.

Sin embargo, ese desplazamiento de las masas del cuerpo cabeza, vientre, espalda – acentúa las curvaturas vertebrales. Con la cabeza hacia adelante, los músculos insertos en las vértebras cervicales se repliegan y mantienen las vértebras en un arco cóncavo. Como el cerrar un acordeón de un lado hace que el otro abra ampliamente sus pliegues en arco de círculo. Lo mismo ocurre con los músculos de la parte inferior de la espalda en relación con las vértebras lumbares. Y esta curvatura y replegamiento de la musculatura posterior el precio de nuestro equilibrio – se agrava lógicamente en el curso de la vida.

Consecuentemente, el problema no reside en la insuficiencia de la musculatura posterior, sino en su exceso de fuerza. No se trata, pues, de fortificar los músculos de la espalda, ya excesivamente contraídos, ni de ayudarles a sostener mejor las vértebras. Al contrario. Hay que estirar los músculos posteriores para que dejen de tirar de las vértebras, mantenidas en arco cóncavo.

Françoise Mézières explicó que el acortamiento de los músculos posteriores no se debía solamente al esfuerzo por mantenerse en equilibrio, sino a todos los movimientos de media y gran amplitud ejecutados por los brazos y las piernas, solidarios de la columna vertebral. Cada vez que levantamos los brazos por encima de los hombros, cada vez que apartamos las piernas más de cuarenta y cinco grados, los músculos de la espalda se acortan todavía más. El acortamiento, la contracción de los músculos posteriores, se acompaña siempre de la rotación interna de los miembros y asimismo del bloqueo del diafragma.

– Por lo tanto, es contra ese acortamiento contra lo que hay que luchar, amigos míos. Si, sabiendo eso, continúan queriendo fortificar la espalda de sus enfermos, volverla más tensa, serán ustedes peligrosos e irresponsables.

Pero lo esencial de su descubrimiento radica en que, al eliminar la incurvación de un segmento de la columna vertebral, se la desplaza a otro segmento. Por ejemplo, corrigiendo la curvatura de las vértebras lumbares se hunde la nuca, y viceversa. Alargando un músculo posterior cualquiera se provoca el acortamiento de los músculos posteriores en su conjunto, que se comportan como si formaran un solo músculo extendido desde la cabeza hasta la planta de los pies. De ahí la inanidad de un trabajo segmentario que se ocupa del cuerpo como se ocuparía de un objeto industrial formado por piezas separadas. Es absolutamente necesario considerar y tratar el cuerpo como una unidad, tomando en cuenta, no una multitud de síntomas, sino la única causa de sus deformaciones: el acortamiento de toda la musculatura posterior, efecto inevitable de los movimientos cotidianos del cuerpo.

Nos comunicó esta conclusión con una perfecta certidumbre, nacida, no del orgullo, sino de veinticinco años de experiencia profesional. Porque, una vez realizado su descubrimiento, no vio jamás una deformación que no se debiese a ese exceso de contracción de la musculatura posterior. Por lo demás, en los dos años que siguieron a su descubrimiento, que se oponía a todo lo que ella misma había aprendido y enseñado durante años, trató de probarse que sus nuevas observaciones eran falsas. Pero eran ciertas. Por eso no le quedaba más que forjar un método de trabajo, no solamente basado en la observación de los hechos, sino confirmado por un conocimiento más profundo de la anatomía, del mecanismo articular, de la neurología, un método irrefutable, de un rigor perfecto, que parece extremadamente sencillo, pero que es extraordinariamente matizado y se adapta a las necesidades particulares de cada enfermo Un método que le ha valido su exclusión de los bastiones oficiales.

Mientras ella hablaba, yo pensaba que no sólo el individuo tiene de su cuerpo una impresión parcial. Los especialistas de la gimnasia, los médicos, los cirujanos consideran el cuerpo humano por segmentos. Y si no fuera solamente su formación profesional lo que inhibe sus percepciones, sino también su manera fragmentaria de vivir su propio cuerpo?

Y ese acortamiento, que se agrava indefectiblemente con los años, no tendrá, paralelamente a las deformaciones físicas que engendra, un efecto nefasto sobre el psiquismo del individuo? Sentirse comprimido, físicamente reducido, no es exactamente lo contrario de la sensación de plenitud? Sentirse aplastado por la propia musculatura, no da la impresión de ser aplastado por la vida? Liberarse no quiere decir literalmente liberar la musculatura para alcanzar las dimensiones a que aspiramos, las dimensiones que nos corresponden? No es preferible poder prolongar la imagen que nos forjamos de nosotros mismos mediante la elasticidad de los músculos y los gestos que contar tan sólo con el efecto de la ropa, de los adornos?

La voz de uno de los que seguían el curso interrumpió mis pensamientos.

– Pero señorita Mézières, habla usted como si el cuerpo estuviese formado únicamente de músculos. Y las deformaciones de los huesos, de las articulaciones?

Françoise Mézières nos explicó que, a excepción de las fracturas y de ciertas deformaciones congénitas, son los músculos los responsables de las deformaciones en los huesos y las articulaciones. Acortados, los músculos tiran de los huesos sobre los que se insertan y hacen que, a la larga, las superficies articulares dejen de corresponderse con la exactitud necesaria. El cartílago que rodea los extremos de los huesos se desgasta.

En la medida en que son los músculos los responsables del movimiento de los segmentos, Françoise Mézières nos aconsejó desconfiar de las radiografías, que parecen mostrar una articulación fijada para siempre y que es, por lo tanto, del exclusivo dominio de la cirugía. Ahora bien, si conserva al menos un esbozo de movimiento posible y si el enfermo siente dolor al ejecutar ese movimiento, sus articulaciones, a pesar de las apariencias, no se hallan soldadas y pueden tratarse relajando la contracción de los músculos periféricos.

– El cuerpo no se compone sólo de músculos, pero sólo los músculos determinan la forma del cuerpo.

Y a continuación nos contó la historia de una señora muy anciana que había vivido en su pueblo. Padeciendo la enfermedad de Parkinson, con numerosas complicaciones, su cuerpo se había encorvado hasta doblarse por la mitad y su cabeza permanecía siempre en el mismo ángulo. Dormía doblada, no se había enderezado desde años atrás. El día en que murió, Françoise Mézières pasó por delante de su casa. Entró y encontró a la difunta extendida sobre su lecho. Perfectamente recta !

– Naturalmente, una vez muerta, los músculos habían soltado su presa sobre los huesos y se había conseguido extenderla sin dificultad. En el cementerio, saben?, todos los esqueletos se parecen.

Antes de comentar más ampliamente la muy rara facultad que posee Françoise Mézières de ver con una claridad que ningún prejuicio oscurece, quisiera exponer algunos de sus otros conceptos, entre ellos, la búsqueda de la elegancia en las formas.

La Morfología Perfecta

La gimnasia médica clásica se contenta con analizar y clasificar los diferentes tipos de morfología que se consideran como constitucionales y, a causa de ello, como irreversibles. Ya sea uno longuilíneo, brevilíneo, redondeado, plano o curvo, uno es como es. Por el hecho de ser corriente, se juzga como normal nuestra estructura imperfecta. Acaso la belleza de las justas proporciones no constituye, como la salud, un don raramente acordado por la ingrata naturaleza? La belleza, al ser la excepción, se estima entonces como anormal.

Françoise Mézières afirma que la morfología no debería ser la ciencia que clasifica los dismorfismos, sino el arte de reconocer la forma perfecta, la única morfología normal. Ella nos enseñó a no aceptar ningún trabajo que no tienda hacia esa forma perfecta. Porque ni la importancia de la desviación del sujeto ni su edad le impiden aproximarse sensiblemente a ella. Ante la estupefacción de sus cursillistas, Françoise Mézières declaró que ni el tipo morfológico, aún hereditario, ni las deformaciones adquiridas ( a excepción de las fracturas y mutilaciones) son irreversibles. Incluso había comprobado que el cuerpo de las personas de edad (el decano de sus pacientes tenía ochenta y cinco años) es más maleable que el de los jóvenes y que podía obtener de ellas resultados asombrosos.

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