Pero Françoise Mézières iba mucho más lejos. Rehusaba atribuir a Doña Naturaleza las deformidades físicas, las actitudes extrañas, las anquilosis que no atraen la atención de los especialistas hasta que no se convierten en graves deformaciones. (Puesto que esas ligeras deformaciones no dejan nunca de aumentar.) Nos ayudaba a buscar los móviles de esos comportamientos corporales y a descubrir que efectivamente se mantenían ocultos. Pero, en lugar de respetar su clandestinidad, nos invitaba a desenmascararlos y a cercarlos, por muy invisibles que fueran

De este modo, aprendimos que no sólo existen movimientos que nos defienden de los dolores de que somos conscientes, sino también automatismos de defensa contra los dolores ocultos. Intuitivamente sabemos que, al servirnos de una cierta parte de nuestro cuerpo, que puede alcanzar sólo a una centésima parte de él, padeceremos dolor, aunque no nos quede ningún recuerdo de haberlo sufrido nunca.

Para defendernos de ese dolor oculto, adoptamos actitudes que, a su vez, originan dolores en otra parte. Y son estos nuevos dolores, que experimentamos conscientemente, los que deseamos que se nos curen. En realidad, para atacar la causa y no el efecto, habrá que localizar y curar el dolor oculto.

En el transcurso del mes pasado en casa de Françoise Mézières, todas las ideas preconcebidas que acababa de aprender en la escuela cayeron por tierra. Insisto en ello. Mis ideas no fueron simplemente modificadas o trastornadas; cayeron derribadas, puestas fuera de uso. Comprendí que era imposible conciliar las ideas de Françoise Mézières con lo que había aprendido precedentemente, imposible adaptar sus descubrimientos a las prácticas tradicionales. Su trabajo significaba una verdadera revolución, completamente opuesta al antiguo régimen. Como el cuerpo humano, su trabajo forma una unidad indivisible.

Pero, para apreciar plenamente a Françoise Mézières, hay que verla trabajar cuerpo a cuerpo con un enfermo. Durante toda la sesión, vive el cuerpo del otro. Lo capta, en su mirada. Lo absorbe gracias a su concentración. Adopta su ritmo respiratorio. Si un enfermo se queja de que le hace daño, le responde: Lo sé muy bien; yo sufro tanto como usted. No se refiere simplemente al sufrimiento moral, sino al sufrimiento de sus propios músculos, que no abandonan jamás la presa, de sus manos, que no se dejan vencer por la rigidez más resistente.