El artista griego no trataba de expresar contradicciones psicológicas, místicas o políticas sino más bien una unidad corporal y moral, no utópica, sino realizable, y hacia la cual todo mortal debería tender por respeto hacia sí mismo. La célebre serenidad que sella las obras de la gran época griega es la expresión de esta unidad consumada y de la perfecta salud física del sujeto, ya que, para los griegos, no existía la belleza sin la salud. Y no existía la salud sin la belleza de las justas proporciones.

De acuerdo con las breves indicaciones que daré a continuación, cada uno podrá comparar su propio cuerpo con esta imagen normal y comenzar a comprender que quizá sus verdaderos defectos no sean los que le preocupaban hasta ahora.

De frente, las clavículas, los hombros, los pezones, los espacios entre los brazos y los costados deben ser simétricos y situados al mismo nivel.

De espaldas, la nuca debe aparecer larga y plana (y no mostrar dos salientes verticales separando tres surcos). Los omóplatos han de ser simétricos y no presentar ningún relieve. Los hombros y las caderas, igualmente simétricos.

En posición de flexión del tronco hacia delante, con la cabeza pendiente, los pies juntos, la columna se mantendrá en convexidad total y regular y el equilibrio de las rodillas se situará sobre las cabezas de los astrágalos (y no retrocederá hasta detrás de los talones). Las rodillas no deben bizquear.

Tiene que resultar fácil sostenerse de pie, con los pies juntos desde los talones hasta la punta de los dedos gordos. En esta posición, la parte superior de los muslos, el interior de las rodillas, las pantorrillas y los huesos interiores de los tobillos (los maléolos) deben tocarse.

El pie se ensanchará desde el talón hasta la punta de los dedos, que divergirán y se extenderán por el suelo. Los bordes laterales del pie han de ser rectilíneos, el borde interno entallado por una curva hacia adentro, que ha de resultar bien visible.

Toda desviación de esta descripción indica una deformación corporal. Y toda deformación se origina en un exceso de fuerza de la musculatura posterior. Cuando Françoise Mézières afirma que todos somos bellos y bien formados, quiere decir que todos somos perfectibles, a condición de poder vernos en conjunto y de querer modelarnos sobre esta morfología perfecta que poseemos en potencia.