De hecho, esos defectos no son más que la consecuencia de la rotación interna de las rodillas, que, a su vez, procede del envaramiento de toda la musculatura posterior. Dicho envaramiento origina asimismo la rotación interna de los hombros inclinados hacia delante y hace que, en posición de pie, las manos caigan por delante de los muslos. Correctamente, el dedo corazón debe quedar en medio de la cara externa lateral del muslo.

Del mismo modo que la inclinación hacia delante de los hombros influye sobre los codos y las manos, la rotación interna del fémur influye sobre las rodillas y los pies. De ahí procede el aspecto, según los casos, de las piernas en equis o en paréntesis y de los pies planos o demasiado arqueados, varus o valgus, y todas las deformaciones de los dedos de los pies.

– Para corregir los defectos, hay que primero empezar por corregir las rigideces.

Françoise Mézières enseña que, cuando se sabe abandonar las anteojeras, aparece claramente la relación de las formas del cuerpo entre sí. Se ve cómo se modifica el aspecto de las regiones anteriores del cuerpo al mismo tiempo que se modifican las de la espalda, las de la parte superior al mismo tiempo que las del inferior, e inversamente. Si se tratase el organismo como la unidad que es, se habría terminado con las escayolas, los corsés, las plantillas y toda la panoplia de pesos, poleas y aparatos que pueblan los gabinetes de los clínicos.

Mientras ella hablaba de la necesidad de no emplear en nuestro trabajo más que la inteligencia, las facultades de observación, las manos y los propios músculos, un cursillista le susurró a un compañero:

– Oye, no vas a amortizar nunca tu materia

Françoise Mézières le oyó e interrumpió su discurso para decir:

– Amigos míos, no cuenten con mi método para amasar una fortuna. En nuestro trabajo, no hay que escatimar ni el tiempo ni el esfuerzo. No somos mecánicos que trabajan en cadena. Nuestro trabajo es largo y difícil ya que, incluso cuando sólo una parte parece requerir nuestros cuidados, se precisa tratar el cuerpo en su totalidad. Es un trabajo que exige toda nuestra atención y toda nuestra fuerza física, porque los músculos se resisten. También ellos se aferran a sus malos hábitos. Y, además, nos hace falta también una gran fuerza moral. Trabajamos a contracorriente de doctrinas y prácticas erróneas, pero aceptadas, que resisten a todas las pruebas de su inexactitud.