El Miedo a Sufrir

El Miedo a Sufrir

Uno de los mayores obstáculos que se oponen a nuestro desarrollo espiritual es el miedo a sufrir.

Este nos hace retroceder ante las dificultades y nos impide luchar, cortándonos las alas y paralizando nuestros más generosos impulsos. Pero también hace algo peor: con frecuencia nos induce a abandonar nuestros deberes, a faltar a nuestros compromisos internos o externos y nos hace pecar de omisión, lo cual no es a veces menos grave que caer en el exceso. Por consiguiente, es imprescindible para todo hombre que aspire a recorrer la vía del espíritu el proponerse superar este obstáculo, venciendo, o al menos atenuando, su miedo a sufrir.

Pero, para conseguir vencer este miedo fundamental y tan arraigado en nosotros, hay que conocer la verdadera naturaleza, el significado y la función del sufrimiento. Es necesario aprender cuál es el mejor comportamiento que podemos adoptar frente a aquel, pero sobre todo también debemos aprender cómo transformarlo para que llegue a ser una verdadera fuente de bien espiritual.

La primera lección que debemos aprender con respecto al dolor es una lección de consciencia y de sabiduría. De hecho, mientras sigamos considerando el sufrimiento como un mal, como algo injusto y cruel, o por lo menos incomprensible, no seremos capaces de dominar el arte que se requiere para acogerlo, transformarlo y convertirlo en algo positivo.

En el pasado, muchos se conformaban con explicaciones dogmáticas o renunciaban a comprenderlo, amparándose en Dios; a algunos todavía les basta con ello. Pero, actualmente, la mayoría de los hombres no puede ni quiere permanecer dentro de esos límites, y quiere conocer, comprender y llegar al menos hasta donde su razón humana y su intuición espiritual se lo permita.

A esta irrenunciable exigencia del hombre moderno y a su hambre interior, los grandes conceptos espirituales ofrecen un sano y vital alimento que le proporciona una total satisfacción, tal y como pueden atestiguar por experiencia quienes han encontrado en ellos la luz, la fuerza y la paz. Dichos conceptos son bien conocidos, por lo que tan sólo acentuaremos la luz con la que alumbran el problema del dolor.

La humanidad se encuentra ahora en el arco ascendente de su evolución. Tras haber descendido hasta lo más profundo de la materia, ahora está subiendo lenta y fatigosamente hacia el espíritu, hacia su patria eterna.

El hombre, tras haber alcanzado el máximo de la separatividad, de la auto limitación y del egocentrismo, ahora debe ir ampliando gradualmente los confines de su propio yo personal, restableciendo la comunicación armónica con sus semejantes, con el universo y con lo Supremo.

Cuando empieza a sentir esta íntima necesidad y este deber, se inicia en él una ardua e intensa lucha: el impulso y la tendencia a la ampliación y a la expansión chocan contra las rígidas y duras barreras de la separatividad y del egoísmo.

El alma se siente entonces como un pájaro enjaulado: prisionera en una estrecha celda; en consecuencia, se debate y sufre. Este es el estado critico y doloroso que precede necesariamente a la liberación – o mejor dicho, a una primera liberación – del alma.

En el actual período de despertar espiritual, muchas personas se encuentran atravesando precisamente esta fase. A la luz de esta exposición sintética, la cual nos demuestra que el sufrimiento es algo necesario e inevitable para nuestro proceso de evolución, podremos comprender más profundamente y aceptar con más facilidad los distintos significados particulares y las diferentes funciones específicas del dolor.

En primer lugar, podemos darnos cuenta de que el sufrimiento constituye una expiación ligada a la inevitable ley de causa y efecto. Pero dicha expiación no constituye la única función del sufrimiento, ni es tampoco la más importante o esencial. El sufrimiento ayuda poderosa y directamente al ascenso y liberación del alma: la purifica, quemando con su benéfico fuego muchas de las escorias terrenas; y la esculpe, liberando del bloque de materia informe al dios que estaba encerrado. Como dice la bella expresión: Los dioses se forman a golpe de martillo.

Así pues, el sufrimiento templa y refuerza, desarrollando en nosotros este difícil y admirable poder de resistencia interior que es condición indispensable para el crecimiento espiritual. Muchas personas no se dan cuenta que el espíritu es algo tremendamente poderoso y que carecemos todavía de la suficiente fuerza y resistencia para acogerlo y soportarlo. Ambas cosas se desarrollan sobre todo mediante el dolor.

Además, el sufrimiento hace madurar todos los aspectos de nuestra consciencia, especialmente los más profundos y sutiles. El dolor nos obliga a que desviemos la atención del fantasmagórico mundo exterior, nos libera del apego hacia él y nos hace profundizar en nosotros mismos: nos hace más conscientes y nos incita a buscar consejo, luz y paz en nuestro interior y en el espíritu que anida en cada uno de nosotros. En resumen, el dolor nos despierta y hace que nos revelemos ante nosotros mismos.

Nuestro dolor, en fin, nos permite comprender mejor y compartir el dolor de los demás, lo que nos hace más sabios y dispuestos a prestar ayuda a los que nos rodean, Como dice el hermoso verso virgiliano: Non ignara mali, miseris succurrere disco. (No ignorando el mal, aprendo a socorrer a los infelices).

Sin embargo, llegados a este punto se podría objetar: Por qué entonces el dolor produce tan a menudo el efecto contrario? Por qué a veces nos irrita, nos exaspera y nos empuja al mal, al odio y a la violencia?

Que esto es así, y con lamentable frecuencia, es innegable; pero no debe considerarse como un efecto necesario y fatal del dolor. Una observación psicológica mucho más profunda demuestra claramente que la mayoría de las veces estos efectos se deben a la actitud de oposición que solemos adoptar ante los acontecimientos dolorosos.

Descubriremos que este es un hecho importantísimo sobre el cual debemos concentrar nuestra atención: las consecuencias del sufrimiento y su cualidad dependen más que nada de la actitud que
asumimos frente a él, de cómo lo recibimos interiormente y de nuestras reacciones externas. San Pablo ya expresó sintéticamente esta verdad: Hay dolores que ensalzan y dolores que abisman.

Por ello vamos a examinar a continuación las diversas actitudes que podemos asumir ante el dolor y las consecuencias que de ellas se derivan.

Si nos sentimos impotentes ante el dolor – que es lo que sucede con frecuencia – nos rebelamos contra él y el resultado es una exacerbación del dolor, un nuevo dolor que se añade al dolor primitivo formándose un círculo vicioso que da lugar a errores, culpa, obcecación, desesperación, violencia, etc.

Con las pruebas se sufre menos, al evitarse algunas de las consecuencias negativas externas; pero seguimos conservando las internas, como el abatimiento, la depresión o la aridez. De este modo, no se aprenden de ellas buenas lecciones, sino meramente soportar y aguantar.

La aceptación del dolor presupone, por el contrario, esa consciencia de la que hemos hablado anteriormente o un acto de fe: fe en Dios y en la bondad de la vida; pero para ser eficaz debe ser una fe viva y activa.

Es aceptando inteligentemente el dolor como se aprende de sus múltiples lecciones; se coopera, y ello reconforta y abrevia considerablemente el sufrimiento. Además, no es raro que suceda un hecho sorprendente: apenas es bien aprendida la lección, la causa del dolor desaparece.

En todos y cada uno de los casos, tras la aceptación del dolor sobreviene una maravillosa serenidad, una gran fuerza moral y una profunda paz. En ciertos casos se puede llegar a una tan plena comprensión de la función y del valor del sufrimiento, a una aceptación tan voluntaria, que se experimenta un sentimiento de alegría incluso en medio del mayor sufrimiento.

Santa Teresa – que habla de su experiencia personal a este respecto en su autobiografía – califica de misterio a este hecho. Pero, a la luz de estas concepciones, el aparente misterio tiene una clara explicación.

Sabemos que el hombre no es algo simple sino que está compuesto de una multiplicidad psicológica. Existen en nosotros diversos niveles, por lo cual es perfectamente factible que mientras que el nivel emotivo – por ejemplo – sufre, otro nivel más elevado pueda estar feliz.

Es posible, entonces, que en algunos casos el gozo y la alegría inherentes a la aceptación espiritual puedan prevalecer hasta el punto de superar el dolor y de hacerlo desaparecer directamente de la consciencia.

Estos datos, aunque demasiado sucintos e incompletos debido a la vastedad del tema y a su complejidad, pueden al menos ayudar a comprender la profunda justificación del dolor en la vida de los hombres y su necesaria función evolutiva, así como a sentir la elevada y preciosa tarea a la que podamos ofrecerlo y consagrarlo.

Roberto Assagioli

Extractado pòr Farid Azael de
Assagioli, Roberto.- Ser Transpersonal.- Gaia

Más Información:
Ferrucci, Piero.- Psicosíntesis.- Sirio

Alegría

Alegría

Existe alguien experto en alegría? Estoy convencido de ello, y el mayor experto en la materia que he conocido era Roberto Assagioli, el fundador de la psicosíntesis. Era un experto porque había estudiado la alegría, pero ante todo porque encarnaba la alegría. Cuando conocí a Assagioli, parecía un anciano y flaco rabino con una barba blanca. Vivía rodeado de libros y en su mesa había una esfera con todos los astros del firmamento. Parecía el arquetipo del viejo sabio. En el mundo real era un psiquiatra, el que introdujo el psicoanálisis en Italia. Pero a Assagioli no le satisfacía el psicoanálisis, porque hacía excesivo hincapié en la patología. Le interesaban las cualidades positivas, como la belleza, el amor, la fe, la armonía, la paz y la alegría. Según él, nuestra verdadera esencia, más profunda que toda angustia o desesperación que podamos sentir, es un centro de consciencia que es libre. Encontrar este centro proporciona alegría. Es nuestro estado natural, estamos programados para ser alegres.

alegria_01

 

Muchas de estas ideas las aprendí de Assagioli, quien tenía un fichero de notas, con un par de archivos destinados a cada cualidad. Según él, estas cualidades no eran unos conceptos abstractos, sino unos seres vivos como nosotros. Y si las cualidades son unos seres vivos, podemos hallarlas y pasar un tiempo en su compañía. Las cualidades pueden infundirnos su nota singular, estimularnos, guiarnos e inspirarnos.

La primera vez que oí hablar de este concepto, lo acogí con escepticismo. A mi modo de ver una cualidad espiritual como la serenidad o el valor constituía tan sólo una idea. Quizá fuera una buena idea, o quizá fuera útil para sermonear o juzgar, como por ejemplo debes tener valor o debes calmarte. Pero para Assagioli, entrar en contacto con una cualidad era una experiencia tan real como comer un helado o dar un paseo. No tardé en comprender que eso formaba parte de su vida. Existía todo un universo que yo desconocía y que nuestra cultura materialista ignora: un universo de percepciones sutiles y subjetivas e intercambios de energía. Empecé a comprender que todos irradiamos lo que somos, que podemos irradiar conflicto o ira, o armonía y serenidad. Poseemos un campo de energía en torno a nosotros, un aura que interactúa con la de los demás. Por este motivo, cuando Assagioli entraba en una habitación todos los presentes se sentían de pronto más animados.

Al principio me pareció una regresión a un mundo de magia y animismo. Pero Assagioli no lo veía así. Según él, estas realidades debían ser estudiadas como, por ejemplo, las ondas electromagnéticas, que aunque son invisibles pueden transmitir sonidos, imágenes y, por tanto, ideas y emociones, como ocurre con la televisión. Por consiguiente, después de cada meditación Assagioli proponía la técnica de irradiación, conocida durante siglos como una bendición en varias tradiciones espirituales. Durante una meditación nos cargamos de una energía renovada y positiva. No obstante, si no compartimos esta energía y la guardamos para nosotros, nos arriesgamos a sufrir una congestión espiritual. Irradiar esta energía a los demás nos beneficia. Todas las cosas buenas deben circular, no permanecer estancadas. Assagioli utilizaba la fórmula budista: amor para todos los seres, compasión para todos los seres, alegría para todos los seres, serenidad para todos los seres.

Un día, mientras practicábamos juntos una sesión de meditación, con los ojos cerrados, alcanzamos el estadio de alegría para todos los seres, y al abrir los ojos miré a Assagioli. Estaba absorto en la meditación, inmerso en la alegría. No creo haber visto nunca a una persona irradiar alegría de forma tan evidente e intensa. Y esa era la persona que había sido perseguida durante los años de la guerra, que había perdido a un hijo, que había sido menospreciado por sus ideas innovadoras Le observé con curiosidad científica. Pero en seguida me sentí conmovido por esa alegría, y al observarla en él sentía que se apoderaba de mí también. Assagioli, con los ojos cerrados, debió intuir que yo le observaba. Abrió los ojos y me miró. Fue un momento extraordinariamente hermoso. Comprendí que dos personas podían encontrarse en la alegría, una alegría en la que ninguno de los dos tratábamos de competir, obtener un favor o demostrar algo. Era la alegría de existir.

A partir de ese día, sin siquiera mencionarlo, esto se convirtió en un ritual. Cada vez que meditaba con Assagioli, cuando llegábamos a la parte de la alegría para todos los seres ambos abríamos los ojos y nuestras miradas se encontraban en esa longitud de onda. Fue una de las enseñanzas más valiosas que jamás he recibido. Desde entonces he perdido y redescubierto la alegría muchas veces. No creo ni por un momento que pueda poseerla para siempre, ni evocarla cuando lo desee. Como todo el mundo, con frecuencia me muevo en los oscuros callejones de la tristeza y la desconfianza. Pero algo ha cambiado en mí para siempre. La alegría significa una certidumbre y una posibilidad maravillosa.

La alegría, o en todo caso un talante feliz y optimista, constituye la base de la bondad. Imagine recibir un gesto de bondad en un clima de displicencia o desgano. Por ejemplo, alguien se ofrece para llevarle a casa en coche, pero permanece durante todo el trayecto con cara de mal humor. O le prepara una comida sin dejar de recordarle todo lo que hace por usted. O bien le ayuda a encontrar las llaves que usted ha perdido al tiempo que le sermonea sobre lo descuidado que es. Nadie quiere ese tipo de bondad, porque la auténtica bondad se ofrece con alegría. No podemos ser bondadosos sin cierto grado de optimismo.

Pero muchas personas no lo ven así. Por el contrario, a menudo consideran la alegría casi una forma de egoísmo o superficialidad. Conozco a un hombre que trabaja como voluntario para urgencias médicas. Este tipo de trabajo benéfico tiene una larga y noble tradición en Florencia. Antiguamente, los que trabajaban como voluntarios para beneficencia solían vestir de negro, incluso lucían una capucha para que no los reconocieran. El servicio debería ser anónimo y no deberíamos ofrecer ayuda o consuelo para recibir gratitud u otras compensaciones a cambio, sino simplemente por un deber moral. Pues bien, este hombre acudió a la reunión de presentación, durante la cual le preguntaron a él y a todos los recién llegados por qué querían trabajar como voluntarios. El hombre respondió: Por la satisfacción de servir. Al oír estas palabras, uno de los miembros veteranos, frunciendo el ceño, le dirigió una mirada de reproche.

Esa mirada decía: No debes gozar de tu altruismo; el servicio debe basarse en el sacrificio. Quizá ese hombre ceñudo no estaba del todo equivocado. El auténtico altruismo no abunda y quizá debamos renunciar a algunos beneficios egoístas, como el descanso, el tiempo que dedicamos a nosotros mismos y otras cosas. No obstante, prefiere usted que le ayude una persona que se sacrifica o alguien que se alegra de poder hacerlo?

Así pues, un componente básico de la bondad es un temperamento alegre. Y el sentido del humor es análogo a la alegría: la capacidad de ver las contradicciones y los absurdos de nuestra vida y no tomarnos excesivamente en serio. Cualquiera que posea esta cualidad está a salvo del endiosamiento y los dramas de la vida cotidiana. Desde que Norman Cousins se curó a sí mismo de espondilitis anquilosante viendo videos de los hermanos Marx, han proliferado los estudios sobre los efectos sanadores y estimulantes de esta maravillosa cualidad. Por ejemplo, se ha comprobado que el sentido del humor fomenta nuestra creatividad. Los sujetos que acababan de ver una película cómica resolvían un problema práctico más rápidamente que otros. También se ha comprobado que el sentido del humor posee la facultad de aliviar el dolor físico, lo cual no es una virtud insignificante.

Asimismo, sabemos que el sentido del humor refuerza el sistema inmunitario, disminuye la presión sanguínea y reduce el estrés. Menudo resultado! Pero es mejor no analizar excesivamente el sentido del humor y hablar de él en pequeñas dosis. Hace tiempo cometí el error de dirigir un cursillo sobre el sentido del humor. Fue el cursillo más deprimente que he dirigido jamás. Como dijo Mark Twain: Estudiar el sentido del humor es como disecar a una rana, lo único que obtienes es una rana muerta. A propósito de esto, quiero mencionar un episodio que comento con frecuencia. Ocurrió cuando conocí al maestro zen Shunryu Suzuki en su monasterio, Tassa Hara, en California. Nuestro encuentro consistió en una sola mirada. Yo me hallaba en la sala de meditación, junto con otros estudiantes y discípulos, donde acababa de practicar una meditación zen. Inmediatamente después, Suzuki dio una disertación. Luego de permanecer sentado con las piernas cruzadas al estilo oriental durante dos horas, ansiaba mover las piernas y dar un paseo. Como estaba cerca de la puerta, fui el primero en salir. No tardé en darme cuenta de que había quebrantado una orden estricta del monasterio: el primero que abandona la sala es el maestro, seguido de todos los demás. Qué metedura de pata! Pero era demasiado tarde. Cuando Suzuki salió de la sala, pasó junto a mí y me miró. Sus ojos parecían los de un samurai furioso, como los que vemos a veces en las viejas ilustraciones japonesas. Pero al mismo tiempo (no me pregunte cómo lo consiguió, pues ni yo mismo me lo explico) esos ojos mostraban una expresión divertida ante la torpeza del neófito. Parecían decir: No te preocupes, no es grave. Era la expresión serena y divertida del sabio, que observa el teatro de la vida y sabe que la gran ilusión del samsara equivale al éxtasis supremo del nirvana.

Retomemos el tema general de la felicidad, un tema que resulta más fácil de comentar porque, aunque no menos huidizo, está relacionado con nuestra orientación básica en la vida. Existen dos teorías predominantes: la primera afirma que la felicidad se produce cuando el gozo alcanza su máxima expresión. Es la teoría hedonista. La segunda sostiene que nos sentimos felices cuando hallamos significado, aunque sea a través del esfuerzo y la frustración. Es la teoría del eudemonismo, que proviene del término griego daimon, nuestro ser auténtico. A mí me convence más esta última teoría. Lo que cuenta es aquello en lo que creemos. La alegría proviene del significado de nuestra vida.

Mihály Csikszentmihalyi ha constatado que el gozo en sí mismo no basta para alcanzar la alegría. En sus estudios sobre el flow, o experiencia óptima, tomó nota de los distintos estados de ánimo de un gran número de personas a lo largo del día. Cuándo se sentían en estado de gracia, cuándo fluían? Por lo general ese estado no se producía cuando descansaban en la playa o gozaban de una comida suculenta, sino cuando todo su ser estaba implicado en una actividad que requería disciplina, atención y pasión. Cuando jugaban al ajedrez, o tocaban el violín, o leían un libro filosófico, o bailaban. Fuera lo que fuere, era lo que daba significado a su vida.

Pero lo que cuenta no sólo es el estado de gracia, sino la actitud básica con la que afrontamos el día a día. Y aquí surge la pregunta esencial: somos optimistas o pesimistas? Numerosos estudios demuestran que una actitud optimista tiene varios beneficios sobre la salud. Martin Seligman, en su libro sobre este tema, demuestra que los políticos que utilizan palabras optimistas en sus discursos tienen más probabilidades de triunfar. Recientemente, una ola de nuevos trabajos de investigación y el comienzo de la psicología positiva han dado popularidad a este tema. Un estudio llevado a cabo en la Clínica Mayo ha demostrado que de 839 personas que se habían sometido a unas pruebas hacía treinta años, las catalogadas como pesimistas tenían un 40 por ciento más de probabilidades de morir al cabo de treinta años en comparación con los catalogados de optimistas. En términos generales, el optimismo protege el organismo humano de trastornos cardíacos y potencia la eficacia del sistema inmunitario. En suma, los optimistas son más felices y acuden menos al médico.

Pero no necesitamos unos estudios para saber lo maravilloso que es sentir alegría. La pregunta es: cómo conseguirlo? O en todo caso, qué podemos hacer para ser más optimistas? A mi entender no es demasiado difícil (soy optimista). Existen dos pasos muy sencillos que todos podemos tomar. En primer lugar, analizarnos. Sin profundizar demasiado, la mayoría de nosotros somos capaces de descubrir rápidamente diversos motivos que nos impiden gozar de la vida: quizá seamos unos perfeccionistas, o dejamos que el sentido de culpa nos corroa, o nos tomamos demasiado en serio, o bien nos obsesionamos con lo que no funciona en nuestra vida. Asombrosamente, el mismo hecho de ser conscientes del perjuicio que nos causamos con frecuencia basta para hacernos abandonar esas actitudes destructivas. En última instancia, nos pasamos la vida buscando la felicidad. Cuando las madres de unos bebés, en lugar de sonreírles, adoptan una expresión impasible, los bebés protestan y se muestran inquietos. Quieren ver la sonrisa de su madre, no una cara seria. Como decía Assagioli acertadamente, nacemos para ser felices.

Comprensión Amorosa

Si tratamos de descubrir la causa de la rivalidad y del antagonismo que originan tantas dificultades a los individuos y a los grupos, hallamos que una de las principales es la falta de comprensión. La mayoría de las palabras y acciones que hieren comúnmente, atribuidas a la maldad y al deseo de dañar, se debe en especial a la incomprensión. Lo que no comprendemos lo menospreciamos y condenamos. De esta actitud negativa de censura surge fácilmente el prejuicio, el antagonismo y el odio. Esto ocurre entre individuos, naciones, razas, y en quienes, pretendiendo ser religiosos y espirituales por ser sacerdotes o instructores, tendrían que dar ejemplo de amor y fraternidad.

Un ejemplo típico de esta actitud está representado en la palabra rusa “neimetz” empleada para designar a los alemanes. El significado real de esta palabra es “estúpido”, demostrando que los rusos consideraban estúpido al extranjero que no hablaba su idioma. Esto resulta muy primitivo, pero no somos realmente primitivos al considerar absurdo todo aquello que no está de acuerdo con nuestros propios puntos de vista, dejando de reconocer la Verdad Una cuando está expresada en una terminología o lenguaje mental diferente al nuestro?

La falta de comprensión no sólo perjudica sino que despierta un antagonismo muy amargo y un violento resentimiento en el incomprendido. Como dice Keyserling: “Nada hiere más que la incomprensión, porque significa negar nuestra identidad”. Así se crea una larga cadena de incomprensiones, resentimientos y luchas. Pero la incomprensión no está siempre asociada con el antagonismo y la antipatía. En forma curiosa puede coexistir con un gran amor, o lo que se considera generalmente como tal. Un ejemplo común es la relación que existe entre padres e hijos. Hay padres que quieren entrañablemente a sus hijos, trabajan afanosamente para ellos, realizan los más grandes y nobles sacrificios, y con todo eso no llegan a comprender lo que piensan esos seres amados, ni cuales son sus necesidades vitales y verdaderas.

Este amor ciego tiene a veces tan malas y terribles consecuencias que quienes las originaron inconscientemente se aterrarían si se dieran cuenta de ello. Me refiero a las vidas truncas y a los caracteres reprimidos y consentidos. Sin embargo, la realidad hay que enfrentarla y cuanto antes mejor. Debemos tener el valor de abandonar la noción sentimental de que sólo el amor es suficiente, y reconocer que el amor ciego, por sacrificado y bien intencionado que sea, no evita errores ni daño. Debemos saber, si queremos que el amor ayude y satisfaga al amado, que ha de estar unido a la visión interna, compenetrado
y aunado con la sabiduría. Sin comprensión no puede haber inofensividad.

Con todo, no debemos ser demasiado severos con los que no comprenden: debemos aprender a comprenderlos. Comprender cabalmente a un ser humano está muy lejos de ser fácil, realmente es muy difícil. Cada individuo es una combinación complicada de elementos diversos e innumerables, que emanan de muy distintas fuentes. Existen en diferentes niveles, actúan y reaccionan mutuamente, hasta constituir una nueva y excepcional combinación. Todos los elementos que constituyen el individuo que tratamos de comprender, no son visibles en la superficie; la mayoría está oculto en los profundos niveles del subconsciente y sólo podemos deducir su existencia por las manifestaciones ocasionales o indirectas.
Esto no es todo; la combinación no es estática, pues continuamente entran nuevos elementos a medida
que los otros desaparecen, y aún otros cambian por medio de su propio proceso orgánico de desarrollo y transmutación, de modo que el ser que tratamos de comprender cambia como Proteo ante nuestra atónita mirada.

Así como el problema que presenta cada individuo es único, también cada solución es única. Podemos decir que para cada individuo debe buscarse un nuevo método, un nuevo camino. La fórmula psico-algebraica individual requiere en cada caso una nueva integración. Evidentemente la rutina y los consejos al por mayor que la gente siempre está dispuesta a dar, aunque no se les solicite, a menudo son inapropiados y, a pesar de la buena intención, sólo sirven para confundir y desviar.

Esta dificultad para comprender y ayudar a los demás, se acrecienta en los casos en que el individuo en observación está a “prueba” y se sumerge en un estado de ofuscación. En esta situación surgen del subconsciente elementos inferiores e indeseables. En muchos casos pueden haber sido acumulados en esta vida, en otros es la revivificación de viejas tendencias e impresiones que surgen de vidas anteriores como fantasmas de un oscuro y misterioso pasado, y son evocadas para disolverlas y aniquilarlas. Este es un hecho necesario y benéfico, pero muy penoso y molesto mientras persiste, produciendo manifestaciones inesperadas e interesantes. Por lo tanto, tenemos que capacitarnos para reconocer tales hechos absteniendonos más que nunca de juzgar y condenar.

Debemos comprender que además de estas condiciones especiales, cada persona generalmente presenta en las circunstancias comunes de la vida su peor aspecto. La personalidad se evidencia y destaca, y no el hombre interno que lucha por controlarla y hasta puede permitirle hacer su voluntad en las pequeñas cuestiones de la vida diaria.

En la mayoría, sólo en raros y excepcionales momentos de tensión, de necesidades o peligro, de aspiración y servicio, el ser interno sale a la superficie y se manifiesta temporariamente.

Lo dicho respecto a los demás, es aplicable en gran medida a uno mismo, pues existe gran necesidad de verdadera autocomprensión, lo cual es también muy difícil de alcanzar. En nuestro propio caso tenemos más elementos y factores a disposición, pero estaremos más propensos a juzgarnos en forma favorable o parcial. Juzgamos demasiado desfavorable o duramente a nuestros semejantes, y tendemos a ser excesivamente indulgentes con nosotros mismos y a justificar ingeniosamente nuestros propios defectos y debilidades.

Existe una minoría que yerra en dirección opuesta, estando atormentada por un sentido excesivo de inferioridad y autodesprecio, que se juzga severamente y se condena a sí misma. Aún otros oscilan esporádicamente entre ambos extremos.

La ciencia de la psicología atraviesa una crisis, pero es una crisis constructiva que indica crecimiento y vencimiento de limitaciones. La existencia de cualidades psíquicas superiores, de poderes espirituales, de un Yo superior, empieza a ser reconocida por los científicos de mente amplia y sin prejuicios y por los pensadores y estudiantes de todo el mundo.

La intuición es reconocida como una realidad genuina y un medio para adquirir conocimiento. Se está reconociendo la iluminación no como algo anormal, sino supernormal, no como exaltación emocional, sino como verdadera revelación de realidades ocultas.

Cuando insistentemente consideremos que nosotros y los demás somos realmente almas, que procuran manifestarse a través de las personalidades más o menos imperfectas, ciegas y rebeldes y que constituye el propósito inmediato más importante para el que estamos aquí, y si percibimos que las almas no son entidades separadas y aisladas, y tratamos de compender esta unidad a través de la consciencia y actividad grupales, entonces nuestra actitud y conducta hacia nuestros semejantes cambiará radicalmente.

Así presentiremos detrás de cada individuo el alma aprisionada, afluyendo hacia él nuestro reconocimiento y amor; comprenderemos cuán inútiles y fundamentalmente erróneos son la critica, el menosprecio, la envidia y el antagonismo, y que lo único acertado y racional es colaborar amorosamente con esa alma, derramando nuestro amor y comprendiendo sus problemas y luchas.

Pero la unidad esencial de todas las almas no excluye las diferencias de cualidad entre ellas, además de
las obvias diferencias que existen en la apariencia personal. Por eso debe hacerse un serio estudio de las distintas cualidades, estudio que debe formar parte de la nueva psicología. Debemos esforzarnos por comprender la verdadera naturaleza, propósito y función subyacente, problemas específicos, virtudes y vicios, tal como se manifiestan en el ser humano y a través de él.

Aquí podemos señalar la íntima relación que existe entre comprensión y propósito. No puede haber propósito espiritual, inteligente y consciente, sin comprensión profunda y perfecta sabiduría. Por otra parte, el propósito produce natural e inevitablemente un plan, por el cual puede ser llevado a cabo gradual e inteligentemente.

Las facultades humanas que debemos utilizar y desarrollar para alcanzar la comprensión son, ante todo, la mente en su aspecto superior dirigida hacia el Ser. Ella puede percibir su luz y ver a cada uno y a todas las cosas en esa luz. El empleo adecuado de la imaginación puede ayudar en esto. Entonces podemos poner en juego las facultades superiores de la intuición y de la identificación espiritual consciente. Esta última es muy diferente a la identificación pasiva, emocional y ciega, que a menudo se verifica entre las personalidades. La diferencia consiste principalmente en el hecho de que la identificación espiritual está libre de absorción y apego, afluye, pero no es restrictiva ni limitadora.

Los efectos de la comprensión amorosa son inmensamente benéficos, pues es directamente creadora. Como rayo de sol vital y cálido, fomenta el crecimiento y la expansión de esas vidas humanas hacia las cuales se dirige y las compenetra con su sutil y poderosa influencia, evocando directamente al ser interno, el alma.

El individuo que se siente comprendido en tal forma, se abre y florece y hasta se transforma casi mágicamente. Desaparecen las actitudes restringidas, tensas y defensivas. Lo mejor que hay en él aflora natural y fácilmente a la superficie, y al mismo tiempo se da cuenta de sus posibilidades insospechadas y de la pequeñez y falsedad de sus pretensiones comunes.

Muchas veces sucede que ante una comprensión amorosa un hombre confiesa libremente sus errores y pecados y se juzga a sí mismo drásticamente, cosa que hubiera negado y resentido si otra persona lo expresara como crítica o acusación. Esto no es sorprendente, pues la comprensión amorosa penetra profundamente hasta el núcleo y evoca al ser interno, el alma, el cual surge e inunda de luz al individuo.

Este inmenso poder de la buena, innata y amorosa comprensión, debería despertar en nosotros la fuerte determinación de lograrlo. Para alcanzar esta realización, tenemos, ante todo, que cultivar directamente
esa cualidad y, luego, eliminar los obstáculos que impiden o dificultan su desarrollo.

Por lo tanto, debemos esforzarnos en desarrollar, por un lado, amor y visión interna y, por otro, desinterés, olvido de nosotros mismos y desapego emocional. En esta forma quizás logremos realizar el propósito principal de nuestra evolución, un inteligente amor sin apegos que nos proporciona liberación.

Roberto Assagioli

Extractado de Apuntes del
Curso por Correspondencia de la
Escuela Arcana.- Buenos Aires.