Freud y la Psicología Profunda

Freud y la Psicología Profunda


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Hace unos pocos decenios, la palabra psicología apenas se oía, salvo en discusiones entre filósofos, moralistas y estudiantes de técnicas religiosas ideadas para purificar y santificar las vidas de relativamente pocos individuos. La psicología era materia de estudio universitario. La ciencia médica le prestaba poca atención. Los trastornos mentales, la histeria, la insania -otrora atribuida a causas “ocultas” de “posesiones” demoníacas-, considerábanse principalmente enfermedades incurables, y a los individuos afligidos por ellas se los estigmatizaba como parias y, en ocasiones, como criminales. A la cordura y a la racionalidad se las veía como señales de lo divino en el hombre, y como se creía que el individuo tenía “libre albedrío” y que “era dueño” de su mente y sus sentimientos, perder el equilibrio mental y el control de sí significaba renunciar más o menos adrede a la propia naturaleza divina, convirtiéndose en presa de fuerzas animales o demoníacas. En la mayoría de los casos a los insanos se los trataba de conformidad con aquello.

Durante el siglo XIX empezaron a cuestionarse agudamente las ideas relativas a la naturaleza del hombre, no puestas en tela de juicio durante siglos. Los filósofos materialistas de la escuela alemana las cuestionaban en términos generales, procurando demostrar que todas las actividades del alma y de la mente humanas pueden reducirse y explicarse como productos de procesos bioquímicos, materiales. Más específicamente, los fenómenos psicológicos pasaron a quedar bajo el examen de los hombres cuya tarea era curar a los enfermos. Desde la época de Anton Mesmer, a fines del siglo XVIII, las enfermedades que lindaban entre lo puramente físico y lo psicológico -y en particular todas las formas de “histeria”- habían atraído la atención de los investigadores. La serie de variados intentos por curar estas enfermedades condujo, a su tiempo, hacia el psicoanálisis y Sigmund Freud.

Desde entonces, la psicología moderna se dividió en varias ramas: muy básicamente, la “psicología experimental” de laboratorios de Facultades según la línea del Conductismo y el estudio de los fenómenos primarios de atención, acción refleja, asociación de ideas, etc., y los varios tipos de psicoterapia que procuran curar las enfermedades de la mente y el interior del hombre. Los que discutiremos principalmente serán los géneros de psicoterapia que no se ocupan específicamente de la cura de formas agudas de insania, sino cuyo fin básico es más bien llevar a los hombres y mujeres de nuestra era caótica a un sentido mayor de salud y cordura (psicológica, moral y mental) y a una realización más vibrante de sus energías interiores. Los tipos de perturbaciones que estas psicoterapias intentan curar son producidas esencialmente por el desajuste de los individuos respecto de sus medios  ambientes: la familia, la escuela, los amigos, la sociedad. Se ocupan del conflicto básico entre lo individual y lo colectivo, entre el ego y todo lo que no es el ego, o sea, el “mundo externo”.

Tal conflicto es absolutamente básico en la naturaleza humana, y sólo en ella. El privilegio del hombre es llegar a individualizarse respecto de la multitud de la tribu, de la comunidad socio-religiosa en la que nació. El privilegio del hombre es sentirse “separado” como un “yo”, un ego que tiene características únicas. Ese es su privilegio, y su carga o responsabilidad trágica. Eso le convierte en un dios, o en un demonio.

Todos los psicoterapeutas, de Freud en adelante, se ocupan esencialmente del ego: del modo en que el ego se desarrolla, madura o no logra madurar, cristaliza según pautas sociales de aquiescencia o rebelión, se transforma venciendo sus limitaciones, y, en casos extraordinarios, se vuelve parte de una integración espiritual mayor. Sin embargo, cada escuela de psicoterapeutas asume un enfoque particular de los problemas del ego, y ordinariamente recalca un tipo de perturbación a expensas de las otras. Esto es así en gran medida porque el psicólogo no logra captar al ser humano íntegro como una totalidad orgánica, y especialmente porque no tiene modo de representarse directamente la estructura de esta totalidad.

Aquí entra la astrología; pues, en la carta natal, el astrólogo tiene un medio para estudiar la pauta global de las funciones, facultades e impulsos de una persona. Puede estudiar el diagrama de su evolución desde el nacimiento en adelante. Por tanto, puede ocuparse de la persona total, más bien que de sólo uno o dos impulsos y actividades fundamentales que contribuyen al crecimiento de la consciencia y del ego -o a su malformación y destrucción eventual-. Sin embargo, el tipo de psicología que es característica de la mayoría de los astrólogos y libros de texto astrológico es, por regla general, enteramente incapaz de cumplir con estas posibilidades. Es un tipo de psicología que aún se basa en las obras de Ptolomeo y Aristóteles -un tipo “clásico” empapado de antiguos conceptos religiosos y éticos, y aún de escaso contacto con el fermento de las ideas que Freud  y sus sucesores desataron sobre el mundo moderno-.

Freud no es un fenómeno único. Existe una correlación básica entre las actitudes hacia la vida que Darwin y Freud promovieran y popularizaran. Pues en estos dos pioneros hallamos la expresión de una rebelión profunda contra la “clásica” confianza en los factores intelectuales y racionales de la naturaleza humana, basada en las explicaciones que la teoría religiosa y el racionalismo del siglo XVIII daban para justificar los fenómenos biológicos y psicológicos, la génesis de las especies naturales y de los egos individuales de los seres humanos. Mientras los psicólogos clásicos y religiosos creían en un alma dada por Dios, y los biólogos creían que Dios había creado separadamente cada especie de entidades vivas, Darwin y Freud renunciaban al concepto de semejante creación “en lo alto”, y procuraban retratar un desarrollo progresivo y evolutivo de las especies y los egos “desde lo profundo”. Así nació la “psicología profunda” -una psicología que se hunde audazmente en las profundidades subconscientes del alma humana, una psicología evolutiva del ego.

Lo que Darwin y Freud intentaban destruir era el denominado concepto platónico de un mundo “espiritual” de Ideas o Arquetipos, anterior al mundo “físico” de los organismos materiales. Estos Arquetipos, siendo “Emanaciones” directas de la Mente Universal y sus Jerarquías Divinas, no se consideraba que estuvieran “evolucionando”. Se decía que habían sido creados completos y perfectos. La evolución sólo había de hallarse en el mundo material: un lento intento de organismos físicos o psicológicos de aproximarse cada vez más cerca a las pautas ideales que constituyen la “Realidad”.

Por otro lado, la psicología “clásica” se basa en el supuesto de que el hombre es un “alma divina” que opera en relación más o menos estrecha con un cuerpo material y una “personalidad” condicionada por la tierra. Toda persona es un “hijo de Dios”; o, en términos más filosóficos, primero de todo, es una entidad espiritual, cuya estructura y función esenciales son establecidas como un Arquetipo antes del nacimiento, y se perpetúan después de la muerte del cuerpo. Esta entidad espiritual es el yo “real”; y a él pertenecen los atributos espirituales de voluntad, carácter, discriminación entre el bien y el mal, moralidad y racionalidad, y creatividad mental. Estos atributos están en constante conflicto con los deseos y pasiones del cuerpo y la psique ligados a la tierra.

Durante la época Victoriana, habiéndose el género humano hallado repentinamente en posesión de  tremendos poderes materiales, enfrentó un incremento generalizado de la virulencia del conflicto entre los atributos espirituales y los deseos personales en procura del propio engrandecimiento y satisfacción -en especial, porque bajo los golpes de la crítica intelectual se desvanecía el poder de las restricciones religiosas y sociales del pasado-. Los resultados fueron evidentes: los “hechos de la vida” contradecían a cada paso a las máximas morales y a los ideales pomposos. Los seres humanos procuraban, cada vez más, llevar dos vidas a la vez. Se multiplicaban las neurosis, las psicosis y los casos de esquizofrenia. El peligro se tornaba tanto social como personal.

Tenía que ocurrir algo. Así como la osteopatía y la cirugía tuvieron que desarrollarse para la época en la que se multiplicaban las malformaciones y los accidentes ocupacionales con la difusión del maquinismo y de los trabajos oficinescos de encierro artificial, de igual modo la psicoterapia (la curación del alma o la “psique” personal, condicionada por la tierra) tuvo que descubrir técnicas que pudieran aliviar el estado generalizado de locura mansa que era la característica del ciudadano civilizado y mecanizado de la Era post-Victoriana. Cuando como resultado de algún profundo conflicto interior y de miedo, una persona se ve obligada a cumplir acciones repetidamente, no sólo contra su denominada “voluntad”, sino sin saber que las está cumpliendo, la psicología clásica cesa de tener significado práctico alguno. Si no sé quién soy o qué hago -entonces, para todos los fines prácticos, el término “yo” perdió su significado-. La persona bajo hipnosis está en semejante condición; pero también lo está el hombre con una “neurosis de compulsión” -sólo que en grado menor-. La psicología clásica liquidaba el problema declarando “insano” al hombre, y que la entidad espiritual dentro de él había “abandonado el cuerpo”.

Sin embargo, cuando el linde entre cordura y locura lo atestan millones de ciudadanos externamente normales, al problema no se lo puede desechar tan sumariamente. Ha de volver a formularse el problema de la cordura y la racionalidad -o mejor aún, el significado de voluntad, de personalidad, de ego-. La formulación no puede ser un juicio de blanco y negro sobre la base de consciencia o nada. Deberá admitir grados de grises: inconsciente, subconsciente, semiconsciente, consciente durante un tiempo… tal vez una consciencia de grados variables de brillo y poder penetrante; en algunos casos, una consciencia que logre acceder a los reinos que están más allá del alcance normal inclusive de la “luz blanca” -¿podríamos decir una consciencia ultravioleta?-.

Tal “escala” de consciencia sugiere la existencia de un proceso evolutivo; un proceso de crecimiento desde las raíces hacia arriba, un emerger desde las profundidades. El “yo individual, en vez de verse como un Yo arquetípico a priori -como alguna “pauta de perfección” que trasciende a la vida orgánica en la tierra- empieza a entenderse como el resultado final de la vida humana, como una victoria a ganar, como el resultado de un lento esfuerzo en pos de la integración y la individualización (o “individuación”). Y este esfuerzo puede malograrse, como lo puede el nacimiento. El “yo”-consciencia puede nacer sano, o emerger de la profundidad oscura e inconsciente del instinto malformado y retorcido por frustraciones y presiones de toda índole.

El hecho de que el ego emerja del instinto ocurre a través de los años de la niñez -¡puede inclusive ser condicionado por causas prenatales!-. Por tanto, las enfermedades de la voluntad y de la mente, y la predisposición a shocks psicológicos y colapsos morales-patológicos deberán rastrearse hasta lo que ocurrió durante los primerísimos años de vida. Por ello, el psiquiatra debe remontarse a estos comienzos del yo individual, tal como el naturalista darwiniano estudia particularmente aquellos restos del fosilizado pasado que muestran formas nuevas de vida que emergen de especies más viejas. El naturalista y el paleontólogo buscan sus claves a partir de fósiles profundamente metidos en viejas rocas traídas a la superficie de la tierra por cataclismos o largos siglos de erosión. El psicoanalista debe también hallar su camino hacia abajo, rumbo a las profundidades, rumbo a los estratos de la consciencia infantil -o aprovechar las erupciones psicológicas y la crisis cataclísmica del crecimiento del “alma” que traerán a la superficie recuerdos, largo tiempo olvidados, de shocks y frustraciones.

Sin embargo, normalmente los recuerdos conscientes de la mente, deformados ya por la fatiga o el miedo, no pueden ser de ayuda real para el psicólogo ávido de explorar el contenido del sector existente entre los instintos conscientes y las primeras vislumbres de la consciencia del ego. El ego resiste esta exploración tanto como un niño resistiría reingresar en el seno materno que condicionara su mismísima estructura. No obstante, cada mañana, al despertar, se experimenta de nuevo este proceso del emerger de la consciencia desde la inconsciencia. En esta “fase liminar” de la actividad mental, tiende a reproducirse el tipo de condiciones que prevalecían en la infancia. A estas condiciones las llamamos “sueños”. Cada mañana, cuando soñamos, somos nuevamente infantes que pugnan por emerger del seno materno de los instintos e ingresar en los problemas de la consciencia del ego y la adaptación de éste a nuestro complejo medio ambiente. Así, aprendiendo a entender el mundo de los sueños, también nos familiarizamos con los intentos que la consciencia efectuó y efectúa constantemente para afirmarse y ocuparse del poder de los instintos.

El Cuerpo Físico

El Cuerpo Físico

Algo más que Memoria Emotiva

La astrología considera al cuerpo físico y sus eventuales estados de salud/enfermedad desde diversos ángulos. Por una parte, el cuerpo físico para la astrología es, en cuanto disposición energética, asimilable al elemento Tierra, la sustancia misma de la percepción a través de los sentidos corporales, siendo el nivel más tangible y objetivo de nuestro ser. Por otra parte, cada división del zodíaco, o signo zodiacal, gobierna una zona u órgano físico, y también la actividad de algunas Casas astrológicas o divisiones horarias del zodíaco se relacionan con el cuerpo físico. Y por último, cada planeta del sistema astrológico rige una función orgánica o un conjunto de ellas.

Normalmente se considera a los signos y planetas astrológicos desde el punto de vista de las características y tendencias anímicas, psicológicas, y a las aptitudes en cuanto a habilidades motrices, intelectuales y emocionales. Cuando se piensa en una persona como un todo, inevitablemente se llegará a establecer la correspondencia entre las características intangibles en cuanto a aptitudes o disposición en ciertas áreas, y el comportamiento orgánico y/o las características físicas de esa misma persona. El antiguo adagio La materia es el grado inferior del espíritu, y éste es el grado superior de la materia (El Toque Sanador, Alcione, Diciembre de 2007) encuentra completa correspondencia en la relación de la carta natal de un individuo con respecto a sus características tanto anímicas como físicas.

Pongamos un ejemplo simple, como una persona de Signo Natal Sagitario, regido por Júpiter, y por lo tanto, con una inclinación innata a ir a lo lejano, a abarcar cada vez más en forma permanente, ya sea en cuanto a conocimientos, viajes, experiencias, personas, o todos ellos a la vez. El signo de Sagitario rige a su vez, dentro del cuerpo, los muslos, los que normalmente son bastante desarrollados en este nativo, fuertes o al menos muy activos, pudiendo ser en ocasiones incluso un poco anchos de caderas y prominentes de glúteos, tal como si la naturaleza los dotara de las cualidades físicas para cumplir con esa tendencia a recorrer a grandes trancos los vastos mundos que aspiran conocer. Se puede comprender entonces que una patología que afecte a los muslos de un nativo de Sagitario, dificultándole o incluso impidiéndole los desplazamientos, tiene una connotación simbólica mucho más amplia, dentro de su vida, que lo que la tendría para una persona sin elementos importantes en este signo solar.

Para el nativo de Sagitario una afección invalidante en sus muslos afecta directamente la misión que como ser total tiene en su vida, acarreando consecuencias a todos los demás niveles. Es decir, la connotación simbólica es mucho más amplia que para otros nativos, aunque no se deba deducir de este ejemplo una consecuencia negativa, pues todo depende del contexto personal y las otras características y relaciones dentro de su carta. Bien podría ser una señal de su ser profundo para que desarrolle más la amplitud mental y no tanto la física o geográfica, por ejemplo.

Pero cuando hablamos de un nativo de, estamos hablando del signo natal, es decir, de la posición del Sol dentro de la carta, un núcleo central de integración y consciencia de una persona. Siguiendo con el mismo ejemplo, el nativo de Sagitario sabe que le gusta conocer, viajar, explorar, etc. Pero esta consciencia es una conquista relativamente tardía en nuestro desarrollo como individuos. Mucho antes aparece el impulso energético básico conocido como Signo Ascendente, determinado por la hora del nacimiento, y la reacción lunar a nuestra llegada al mundo, eventos que ocurren desde que asomamos a la vida.

Desde el nacimiento, nuestro cuerpo físico es la experiencia más temprana, directa e inmediata de nosotros mismos, de nuestra existencia, de nuestra inobjetable realidad. En él se expresa no sólo la evidencia irrefutable de nosotros mismos como seres existiendo, sino también un sinnúmero de características anímicas, impulsos y tendencias, antecedentes raciales, el tiempo transcurrido y todo el conjunto de particularidades que nos constituyen tanto en un momento particular como en una época determinada.

En términos de tendencia energética, el cuerpo se muestra en el Signo Ascendente, que es la primera Casa astrológica o Casa del yo en cuanto recién nacido, en cuanto producto de ese cruce extraordinario entre la mera posibilidad y el instante en el que aparecemos como un cuerpo físicamente independiente de la madre que nos concibió. Si esa primera Casa cae en un signo de tierra, nuestra tendencia energética será predominantemente perceptiva; si cae en un signo de agua, la tendencia energética será reservada y emotiva, y así sucesivamente. La Casa I, por analogía con el primer signo zodiacal de Aries, representa al recién nacido del zodíaco, el primer impulso por existir que se expresa en ese cuerpo que en medio de adultos y gemidos, representa el primer acto, casi totalmente pasivo (e incluso resistido), de individualidad. En este momento no tenemos más lenguaje que el cuerpo, y apenas aparecemos ante los espectadores como poco más que un conjunto de imperiosas necesidades fisiológicas.

De modo análogo, la recepción del mundo ante nuestra llegada se inscribe en ese mismo cuerpo, ya que no contamos con más elementos de registro. Quien registra, en la carta natal, es la Luna, nuestra mater, nuestra materia más básica. Desde las contracciones del parto, el apremio hormonal, muscular y anímico por darnos a luz hasta los primeros cuidados, la luminosidad, los ruidos y la temperatura del ambiente que nos recibe, y todo el entorno de las primeras semanas y meses de vida, quedan inscritos en la pequeña estructura de un modo que podríamos resumir en ambiente amigable o ambiente hostil. Eso determina en alto grado el estado de relajación del recipiente que nos porta o sus eventuales zonas contraídas o a la defensiva, que de no mediar eventos que los contrarresten, quedarán inscritos reproduciéndose constantemente ante cualquier evento que aunque sea lejanamente parezca similar al de nuestras primeras semanas de vida. Los especialistas han establecido que todas las tendencias psicológicas están ya configuradas antes de los dos años de vida, siendo su punto de partida, la vida intrauterina y el evento natal.

El recién nacido no elucubra ni especula ni racionaliza ni menos comprende las explicaciones, constituido como está tal como una unidad compacta sólo capaz de diferenciar entre amigable y hostil. Sin embargo, no estamos hablando de un cuerpo sólo físico, sino de una falta de diferenciación inicial que origina sólo dos tipos de interpretación a los estímulos diversos de la realidad que lo rodea: placer o displacer. Es un ser humano completo pero aún inmaduro y poco diferenciado, en el que predomina el centro instintivo como mecanismo de reacción e intercambio con el entorno. Los centros emocional e intelectual son aún embrionarios. Hay emotividad, pero ésta se encuentra asociada a la supervivencia, y por lo tanto se trata de una emotividad instintiva. Podría discutirse si el afecto constituye, en esta etapa inicial, una necesidad fisiológica, pero, como sea que se argumente a favor o en contra, el afecto del ambiente proporciona seguridad y tranquilidad a esa criatura aún tan vulnerable, dándole un nicho propicio a su madurez y desarrollo armónicos.

ElCuerpoFisico02Por el contrario, un entorno adverso, poblado de agresividad, carente de cuidados, o en soledad, condicionará una actitud defensiva del niño, que se expresará en focos de contracción en algunas partes de su cuerpo. Porque, repetimos, el recién nacido es predominantemente instintivo, y por tanto muy sensible a todo aquello que amenace su supervivencia, sin diferenciación entre lo que amenaza su vida física o psicológica. Esta interacción entre el entorno del primer período sobre una vida humana que recién comienza determina en forma fundamental aquello que llamamos la psiquis del individuo, condicionando todas sus reacciones en el futuro.

Cuando decimos reacciones nos referimos a las respuestas automáticas, y por lo tanto inconscientes. Todas estas respuestas se forman antes de que el individuo tenga lenguaje, y se constituyen en verdaderos mecanismos autónomos inscritos en el cuerpo: los engramas. De tal modo, cada vez que sucede algo que remotamente se asocia a la sensación de placer o de amenaza que se experimentó en la primera infancia, surgirá automáticamente una respuesta similar de placer o displacer, lo que, en el individuo adulto reflexivo, puede resultar sorpresivo o asombroso, y hacerle sentir que no se reconoce, al notar que la reacción es desproporcionada al estímulo o que verdaderamente no se ajusta al momento presente. Un engrama es un núcleo de memoria asociativa en el cuerpo vital que funciona automáticamente generando respuestas estereotipadas cada vez que se roza. Estas respuestas, repetidas a lo largo de los años, configuran las actitudes, formas fijas de enfrentar situaciones diversas.

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En la astrología, estos son los conceptos contenidos en la Luna astrológica (ver La Luna en la Astrología, en la sección Astrología de la Revista Alcione). Todos tenemos una Luna astrológica, una forma de reaccionar automática, lo que lleva a la siguiente interrogante: Porque tiendo a reaccionar así es que tengo esa Luna (en Acuario, en Tauro, etc.) o reacciono así porque tengo esa Luna? Aquí podría discutirse ampliamente el punto, pero desde luego que la respuesta será diferente, o más o menos convincente, para aquellos que consideren la continuidad de la vida, encarnación tras encarnación, respecto de quienes rechazan esta idea. Porque para aquellos que suscriben la vida como continua a lo largo de múltiples encarnaciones, la Luna astrológica es también el pasado, es decir, una forma de reaccionar que traemos y que atraerá cierto tipo de experiencias de modo de actualizarlas para si tenemos éxito – trascenderlas. Para quienes la muerte es el fin de una única posibilidad, la Luna astrológica es también el pasado pero reducido sólo a la encarnación presente, al ser la primera impronta natal.

En la visión evolutiva, lo lunar es lo que debe ser trascendido en cuanto reacción inconsciente para hacer crecer el polo consciente en la manifestación. Todo aquello oculto, mecánico, automático, inconsciente, es lo que se debe observar, conocer, integrar y hacer consciente para incremento del polo solar. La reacción automática es contraria a la consciencia, a la libertad, a la capacidad de escoger, al libre albedrío. Y evidentemente, es contraria también al tiempo presente, al momento real que estamos viviendo, que no es idéntico a lo que ocurrió cuando éramos incapaces de comprender y asimilar una situación y por lo tanto sólo pudimos reaccionar con una contracción. La reacción automática, tal como la Luna inicial, es el pasado, la inercia, el no estar ahí para evaluar objetivamente la situación presente. Y eso es propio de lo instintivo, no de lo consciente. Es la única posibilidad para el recién nacido, pero puede y debe quedar atrás en el adulto que busca progresar en su crecimiento y alcanzar una madurez psicológica.

En suma, la Luna astrológica muestra la forma de reaccionar, la que, como toda reacción se basa en un instinto o en un aprendizaje previo, determinando así las emociones de las que somos presa. Por tanto, las emociones, como manifestación de los engramas, son inconscientes, corresponden a un pasado que ya no está, y reflejan una contracción que produce distancia con el presente, o con el otro; por su misma naturaleza, son repetitivas, persistiendo en el tiempo cada vez que se presente un estímulo similar, determinando actitudes. Es decir, son el polo emotivo opuesto de los sentimientos, que son conscientes, diversos y acordes a la realidad presente.

Así pues, podemos hacer la analogía de lo lunar en la carta natal con el sistema nervioso autónomo en la fisiología humana, el que también funciona por debajo del nivel de nuestra consciencia determinando respuestas automáticas de huida, sudoración, motilidad intestinal, cambios en el ritmo respiratorio y cardíaco, acidez gástrica, variaciones en la temperatura corporal, etc., etc. Una parte voluntaria de nosotros quiere hacer algo, saludar a una persona conocida que ve desde la acera de enfrente, emitir una opinión en público, expresar un sentimiento, pero el cuerpo se resiste, le burbujea el estómago, le da taquicardia, tartamudea, no puede, o lo logra con mucha dificultad. Es decir, un sistema fisiológico que funciona en forma paralela e independiente de nuestra decisión, voluntad o deseos, dificultándonos o incluso impidiendo que logremos nuestros objetivos.

El Karma en las Relaciones Interpersonales

El Karma en las Relaciones Interpersonales

Qué es una relación? Qué experimentan los individuos en una relación? Qué hace que las relaciones empiecen o terminen? Se trata de preguntas que se hace la gente a medida que buscan mejores formas de hallar la integración con los demás. Algunas implicaciones son kármicas, otras no lo son. A veces observamos relaciones en las que la carga de la responsabilidad parece recaer sobre una sola persona. En otros casos observamos un aire de misterio en la forma en que las personas reaccionan entre sí dentro de una relación un misterio difícil de comprender.

La naturaleza de una relación puede abarcar numerosos niveles, algunos conscientes y otros subliminales. Las motivaciones ocultas y las lecciones kármicas se esconden a menudo justo por debajo del límite de la consciencia. Como consecuencia de ello, los dos miembros de la pareja se pasan mucho tiempo haciendo un gran esfuerzo por suavizar esos puntos ásperos que no siempre son tan evidentes. Cada individuo posee una personalidad con numerosas facetas que se mezclan con las del otro y que, en último término, son las que definen la relación total.

La gente se entiende fácilmente entre sí en algunos aspectos, mientras que experimentan grandes dificultades en otros. A veces las zonas difíciles pueden ser pasadas por alto y aun superadas si la calidad intrínseca de la relación total es gratificante.

Podemos arreglárnoslas con lo que sabemos, pero no hay forma de comprender lo que no sabemos. El que una relación funcione o no con suavidad no es tan importante como la comprensión de las energías constructivas de que se dispone. Los aspectos astrológicos simbolizan el flujo y reflujo de las corrientes que se mueven entre los individuos. Podemos ver como el río de la comprensión se abre camino hacia la iluminación, y podemos ver los escondrijos, las grietas y los recovecos oscuros que debemos investigar para obtener lo máximo de nuestras relaciones.

Es importante aceptar el hecho de que no todas las relaciones funcionan. Sin embargo, todas ellas existen por alguna razón, y cuando comprendemos mejor porque existe una relación, tanto mejor podemos comprendernos a nosotros mismos. Algunas relaciones parecen ser kármicas por naturaleza, otras, en cambio, son más bien físicas o emocionales. A medida que estudiamos los diversos aspectos existentes entre las cartas de dos personas, el avance y el retroceso de la marea del amor revelan hasta que punto nuestras ataduras emocionales son en realidad espejos de nuestra consciencia en formación.

Todas las relaciones contienen oportunidades para el crecimiento personal. Ellas nos aportan obstáculos y recompensas, nos hacen descender a lo más hondo y ascender a la cumbre, nos permiten la experiencia participativa personal que nos muestra qué hacemos realmente con nuestra filosofía de la vida cuando tenemos que poner en práctica lo que pensamos. Cuando el karma está implicado tendemos a experimentar una falta de control sobre las circunstancias y acontecimientos que suceden, así como sobre la forma de reaccionar ante tales acontecimientos. En esos casos, la persona puede verse a sí misma que está actuando fuera de control cuando experimenta y corrige ciertas cualidades de la vida pasada relacionadas con una personalidad con la que ya no está conscientemente familiarizado. Kármicamente. esas cualidades tienen que evolucionar si es que el individuo quiere crecer y estar más en contacto con su vida actual. La relación kármica adopta más el tono de cada individuo, quitando el velo de las ilusiones del otro.

A través de ese proceso se alcanza una nueva consciencia y, a medida que se alivia la carga del peso kármico, se puede experimentar una sensación de ligereza y libertad. Resulta interesante observar que el modelo kármico sólo puede ser comprendido con claridad después de haber aprendido una lección. Un individuo puede esforzarse por mantener una relación difícil durante meses o años, sin llegar a darse cuenta del sentido de su esfuerzo. La carga kármica sólo se disuelve después de que la dificultad haya salido a la luz y haya sido resuelta. La recompensa de esa dura tarea es la comprensión, que llega cuando cobramos consciencia del vínculo interconectado existente entre los residuos de la vida pasada y el ahora.

El karma tiende a expresarse por medio de una serie de experiencias similares que se manifiestan a lo largo de un período de años. Cuando iniciamos una relación, a menudo lo hacemos porque inconscientemente vemos en el otro individuo algo que puede ayudarnos a resolver un problema kármico. En otras palabras. atraemos a quien necesitamos en un momento dado de nuestra vida, cuando estamos preparados para comprender. Así, el antiguo proverbio que dice: Cuando el alumno está preparado, el maestro aparece es verdaderamente el tono característico del por qué y cómo se producen las relaciones kármicas.

Una flor florece cuando está pronta para hacerlo. Los pétalos se abren en la estación adecuada, revelando el gran misterio del florecimiento. El milagro del nacimiento de todo ser tiene lugar después de meses de preparación. De modo similar, las revelaciones que surgen de la comprensión kármica también tienen un período de gestación. Habitualmente, no estamos preparados para resolver lecciones kármicas; solemos encontrarnos en la fase de acumular información. A veces este proceso de información nos hace pasar por años en los que experimentamos un compromiso tras otro ya que estas relaciones de crecimiento personal, temporales o intermedias, nos proporcionan la comprensión básica que allana el camino para la futura resolución de modelos kármicos. Al igual que sucede con el embrión en la matriz, estas relaciones cortas representan el fundamento sobre el cual se construyen los peldaños de la escalera de la evolución por la que subimos en busca de una vida mejor.

A diferencia de la relación kármica, las lecciones que podemos aprender no aparecen en orden secuencial, pero representan partes de un rompecabezas cuya forma no está definida aún. A menudo, cuando se soluciona una dificultad u obstáculo aparece otro. Se puede aprender una lección y entonces descubrimos que eso apenas ayuda a mejorar la relación total. Esta clase de experiencia se produce cuando no podemos relacionarnos con otro porque todavía no nos hemos enfrentado con la verdad de nosotros mismos. La resolución de estos problemas de relación mediante el dominio de los obstáculos nos ayuda a prepararnos para aceptar las comprensiones kármicas que aparecerán después.

Todas las relaciones contienen un potencial para el crecimiento espiritual. Esté o no involucrado el karma, en medio de miriadas de roles sutiles y de intercambios de identidad, toda persona tiene siempre la oportunidad de experimentar una relación espiritual. La corriente de la vida puede dar muchas vueltas, pero siempre está fluyendo. En algunos lugares, el agua es profunda, en otros, superficial. A veces el agua está turbia, pero otras veces su claridad es como la profundidad del alma pura. Mientras nutre el suelo. el agua no piensa en lo que puede ganar o perder, simplemente está ahí.

Si podemos aprender a ayudarnos unos a otros, en lugar de aferrarnos a nosotros mismos, incluso los aspectos más difíciles simbolizados en un horóscopo se convierten en parte del constante fluir de la corriente de la vida. Podemos aprovechar el karma, en lugar de dejarnos hundir por él. Las cargas, responsabilidades y obstáculos con que nos enfrentamos pueden, en último término, convertirse en el apoyo capaz de fortalecer un carácter en crecimiento permanente. A medida que el río de la vida cambia de dirección, también lo hace el karma; nunca lucha contra la corriente, sino que siempre fluye con ella hacia su destino final.

Los aspectos formados entre dos cartas natales muestran la forma en que las personas aprenden unas de otras, a medida que una ayuda a la otra a comprender sus lecciones kármicas. En el proceso de la vida pasamos por una interminable experiencia de aprendizaje. Cada vez que nuestro inconsciente está elaborando algo, atrae a nuestras vidas a las personas que tienen en sí mismas los fragmentos de las respuestas que andamos buscando.

Cuando se forma una verdadera relación, las lecciones a aprender son mayores y requieren un período de tiempo más largo y un contacto más íntimo. Habitualmente hay muchas lecciones que aprender y a muchos niveles. La dualidad de la mente se armoniza por medio de la controversia. Los sentimientos entremezclados se confrontan y, como resultado de ello, cada individuo crece más en contacto consigo mismo. Salen a la luz cuestiones de importancia espiritual, opiniones sobre el lugar que uno ocupa en el mundo y las batallas que se libran en el ego. La sexualidad se comprende en niveles más profundos. La totalidad de uno mismo se pone a prueba en el sentido de cuánto puede expandirse y crecer manteniendo al mismo tiempo un mínimo de armonía consigo mismo y con el universo en el que se buscan los puntos de referencia.

Debemos comprender que la evolución se produce por medio de la fricción. Las críticas, los altercados, las diferencias de opiniones e ideas son los catalizadores. La esencia de la armonía no significa que hayamos alcanzado el feliz ideal de imaginarnos existir en una relación perfecta. La felicidad no es igual que el crecimiento. Surge en momentos determinados, como resultado del esfuerzo. La armonía puede existir con la fricción necesaria para el desarrollo, pues las personas pueden no estar de acuerdo, pueden criticarse mutuamente y seguir experimentando un flujo general armonioso en niveles mayores que invaliden las correcciones momentáneas.

El conflicto es a menudo la fuente de la iluminación, aunque la existencia de demasiado conflicto puede violentar la armonía. Cuando vemos las formas en que las posiciones planetarias de una carta astral afectan las posiciones de la otra carta astral, debemos encontrar la fina línea que divide la fricción y las diferencias necesarias para el crecimiento, así como la clase de conflicto que, en último término, puede destruir una relación incompatible.

Es importante darnos cuenta de que la configuración biológica, psicológica y sociológica de la mujer es distinta a la del hombre. Los aspectos astrológicos pueden tener un significado para un sexo y uno completamente distinto para el otro. El astrólogo nunca toma una decisión final sobre si una relación puede funcionar o no. Eso siempre depende de la elección de los individuos. Es mucho más importante señalar las formas en que una relación determinada contribuirá al despliegue armonioso de cada persona, así como las formas en que puede ser destructiva. La síntesis mostrará una fuerte inclinación en una u otra dirección.

Sin embargo, la cuestión de si se debe o no continuar una relación no se puede contestar sin preguntarse: Qué papel juega esta relación en el plano transpersonal ? Ayuda al individuo a seguir su camino? A veces debemos experimentar relaciones aparentemente incompatibles porque debemos aprender algo importante. En los niveles profundos puede haber compatibilidad porque necesitamos crecer dentro de la unicidad, en armonía con la intención universal. Una vez comprendido esto, veremos que lo que parece ser un aspecto perjudicial puede ser interpretado como el herbicida sin el cual no podría crecer el jardín del amor. El concepto estereotipado de malos aspectos no proviene del sentido de bienestar propio. En lugar de eso, simboliza los desafíos y pruebas por que tenemos que pasar para crecer en armonía con nosotros mismos y con nuestro propósito transpersonal cuando pasamos por la experiencia.

Amor: el ideal compatible

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Uno de los mayores misterios de la vida es la experiencia de amar a otra persona. Desde siempre, se ha tratado de definir y comprender las profundidades de la simplicidad del amor. Conocemos el amor íntimo de una persona por otra,. Experimentamos un amor por la naturaleza. Nos encariñamos con las cosas materiales. Sentimos amor por la familia y los hijos. Nos hemos visto envueltos en el amor por Dios y la vida misma. Todas estas son distintas formas de amor y, sin embargo, todas ellas son lo mismo de un modo sutil e intangible. Un hilo de continuidad une todas las formas de amor, de modo que la diferencia se basa más en el objeto amado y en la calidad del amor mismo que en la esencia básica, Sabemos que cuando una persona siente amor por otra es capaz de sentir amor por otras cosas en el universo, ya que el centro del amor (el Anahata) se halla abierto. Cuando un individuo siente un gran amor por la vida, es capaz de amar todas las cosas Pues amar algo es el fundamento para amarlo todo !

La Luna en la Astrología

La Luna en la Astrología

La Luna en la carta natal es un polo energético fundamental que simboliza el origen psicológico personal, asunto muy importante en la vida humana, si consideramos a la psiquis en un sentido junguiano, como la vida misma. En realidad, es el único de todos los planetas del zodíaco (para simplificar, a todos los llamaremos planetas aunque estrictamente el Sol y la Luna no lo sean) que sólo es importante en la Tierra, pues si viviéramos en Marte o Júpiter no tendría ninguna importancia. En nuestra psiquis, sin embargo, es al menos tan importante como su contrapartida yang, el Sol, al ser su polo frío, nocturno, yin, como la gran madre de todos los planetas. Esto es muy evidente al observar los eclipses de Sol, en los que el proporcionalmente minúsculo disco lunar oculta totalmente el majestuoso cuerpo solar, siendo capaz de dejar por algunos minutos a la Tierra a oscuras. Millones de kilómetros de distancia y millones de unidades de diferencia de tamaño producen, vistos desde la Tierra, una imagen de diámetro exacto; esto no podría haber sucedido al azar. En cuanto a sus significados, la Luna es opuesta y complementaria del Sol en cuanto ella es lo inconsciente, lo instintivo, lo receptivo, lo frío y lo oscuro.

En su nivel más básico, la Luna habla del entorno al nacer, de la actitud instintiva primordial que el recién nacido tuvo que adoptar para obtener todo lo necesario a su sobrevivencia: alimento, afecto, estímulo, protección. De esto se deduce la premisa inicial de que – dado que alguien tiene tal o cual Luna – escoge determinados padres que brindarán determinadas condiciones infantiles, determinada cualidad afectiva dominante en la familia, para imprimir la energía psicológica básica que constituirá su visión inicial de la vida.

De esta premisa inicial obtenemos la idea de que aquello que nos tocó vivir en la primera infancia era un aprendizaje necesario con el que teníamos algún grado de complicidad previo para obtener una identidad lunar que, desde nuestro enfoque de la astrología, era consecuencia de alguna encarnación anterior. La posición y relaciones de la Luna en la carta natal nos revelarán hasta qué punto tales aprendizajes infantiles fueron duros o complacientes para la consciencia del niño.

Pero tras las condiciones del entorno natal, la Luna aporta una matriz, una trama energética que constituye la energía madre para la persona, y que es la que desencadena, por así decir, esa determinada respuesta al entorno. La Luna no es la madre biológica, como muchas veces se suele creer, sino la energía más familiar para la persona, que puede ser transmitida a través de la madre o no. En general sucede que es así (revelando la relación de la madre con ese niño, y no el cómo es la madre en sí misma), porque la Luna encierra y protege, aísla, es la intimidad total con la madre, y si no logramos romper esta intimidad total, no podremos vivir el resto de la carta (el Sol, el Ascendente, etc.) más que en un nivel muy basal y automático, porque el encierro hace parecer que todas las demás energías o experiencias posibles son extrañas-a-mí.

El tema de la Luna es primordial porque determina en gran medida nuestras respuestas automáticas; en efecto, al nacer no hay consciente, somos todo Luna, todo instintividad, la identidad separada no se ha desarrollado, y aún durante el primer período, la fusión con la madre es total. No hay límites definidos, no se experimenta la sensación de yo independiente, tal como bajo la luz unificadora del astro nocturno todo se acomoda, desdibuja, acepta, funde y combina. En la noche de fiesta todos somos iguales, personajes fantasmagóricos, receptivos, fantásticos y encantadores; para la Gran Madre todos somos sus hijos queridos, ella no hace distingos y su luminosidad plateada, a diferencia de la solar, liga cosas dispares, perdona asimetrías, diluye diferencias. Así, toda experiencia del primer período de vida e incluso las de la vida intrauterina – queda profundamente grabada en la psiquis de la criatura: en toda la psiquis no hay otra cosa. De este modo, experiencias que para un adulto pueden parecer intrascendentes: como que la madre pasó el embarazo con náuseas, o que al nacer la guagua se golpeó con la camilla, o se sentía un perro ladrando furioso a lo lejos, o pasó varias hora con frío sin ser socorrido, pueden imprimir en la delicada criatura la impresión de que llega a un mundo hostil, donde hay que defenderse, o esconderse, o tratar de pasar inadvertido, o atacar antes de ser atacado, etc. Obviamente, todos los recién nacidos son igualmente vulnerables a esas vivencias.

Entonces, lo marcado a fuego en la Luna natal es cuánto le afecta, positiva o negativamente, el entorno, o la sensación básica de cómo es el mundo al que llegué, que, desde luego, en ocasiones puede ser bastante más traumático que unas horas con el pañal mojado. Y en gran medida es lo que hay que superar a lo largo de la vida para tener una visión menos parcial, subjetiva y reactiva de la realidad, pues a través de las primeras impresiones lunares se establecen respuestas instantáneas, que se pueden mantener, incluso por toda la vida, frente a situaciones que parezcan semejantes a aquella primera. En verdad, nunca lo serán, pero esto nos impide actuar con flexibilidad, discriminación, adaptación y libre fluidez de acuerdo a cada circunstancia presente. Tanto la psicoterapia habitual como los cursos de crecimiento personal – para que obtengan resultados estables, producto de una verdadera integración de la personalidad – se dirigen en primera instancia, lo sepan o no, a superar las reacciones instintivas lunares: temores, fobias, inseguridades, miedos, irritabilidad, suspicacia, agresividad, etc. Después podrá comenzar un crecimiento real.

La Luna nos habla del sitio donde está instalado nuestro sistema emocional básico, o dicho en otras palabras, de qué modo obtenemos seguridad emocional, de qué forma nos sentimos bien, protegidos, adónde está nuestro lugar de pertenencia interior, nuestro refugio, nuestra intimidad, ese lugar donde puedo ser exactamente yo sin que nadie me pregunte nada porque ahí soy conocido, ahí me entienden, ahí me siento bien conmigo mismo, aunque sea un lugar de lucha (como sería por ejemplo una Luna en Aries), de combate o de defensa, no importa, pero es lo mío, mi lugar. La Luna en estado basal es aquella forma en la que reacciono cuando me siento amenazado o inseguro, y a la que recurro para obtener seguridad. Si no lo logro, seguramente va a haber reacciones viscerales como sudoración, dolor epigástrico, náuseas, temblores, ahogos, etc. pues, orgánicamente considerado, las reacciones lunares, al estar relacionadas con el instinto de sobrevivencia al nacer (y por lo tanto con el miedo de perecer), son respuestas automáticas que dependen en gran medida del sistema nervioso autónomo o involuntario, que controla asimismo las reacciones de supervivencia biológica. Aquí se puede apreciar claramente la polaridad Sol-Luna, y así como el Sol es lo luminoso, lo que veo, mi voluntad, la Luna es la no-voluntad, lo que me arrastra como a las mareas, lo que no está bajo mi control consciente.

La cualidad basal de la Luna establece una identidad inicial instintiva que naturalmente tiende a rechazar todo lo que no esté de acuerdo con esa identidad, ya que, en principio, funciona como un mecanismo de seguridad, y al rechazar lo extraño se fortalece y autoperpetúa, evitando de paso que se expresen otras áreas de la carta. La Luna, por lo tanto, no puede crecer en sí misma, pues como mira hacia el pasado, hacia el resguardar y conservar lo que ya fue, sólo tiende a repetir esas mismas experiencias, que aunque sean dolorosas, son conocidas, y por lo tanto brindan una sensación de seguridad, aunque sea ilusoria. Esto, cuando consideramos a la Luna como mecanismo de sobrevivencia, pero tras él se esconde lo que es la verdadera cualidad de la Luna, su trama energética que, cuando deja de utilizarse como refugio, pasa a constituirse en pertenencia, en capacidad efectiva y de contacto con el entorno, la vida y los demás.

Mientras la Luna no supere el nivel de mecanismo de defensa, no hay siquiera capacidad para comprender mensajes afectivos diferentes de los de su reaccionar, y todo se interpreta en esos términos; cualquier otra energía (cualquier otra parte de su carta) le parecerá extraña, amenazante, sentirá que debe combatirla para seguir aferrado a su energía-madre-conocida que le permitió sobrevivir, y que se mantiene en forma autónoma, en un fragmento casi exclusivamente biológico de la consciencia. Incluso cuando las personas logran superar la respuesta lunar automática, e integrarla, pueden tener recaídas toda vez que las circunstancias exteriores le parezcan insoportables, cuando están bajo presión extrema, en enfermedades, durante crisis o al sentirse de cualquier modo sobrepasados por las circunstancias. Entonces, el instinto lleva a buscar nuevamente la fusión con mamá, con la energía en la que se tiene la ilusión de estar protegido. En el inconsciente persiste siempre la impronta de esa matriz imaginaria de seguridad, a la que se regresa sólo por inercia porque ya no sirve de salvación – el huevo ya se rompió – pero que se volverá a activar frente a las circunstancias extremas.

Hasta aquí pareciera que la Luna es más bien una molestia, un resabio primitivo que superar. Se puede apreciar con claridad que, desde cualquier ángulo que se mire, la Luna no-es-yo. Es el mensaje que permea mi inconsciente y que es gatillado como reacción instintiva frente a un mundo que en sus inicios me pareció de determinada manera. Este es el trabajo de la humanidad: pasar de lo lunar a lo solar, de lo oscuro a lo luminoso, de lo irreal a lo real, de lo que muere (la forma) a lo que permanece (la esencia), traspasar el plano astral de ilusión. Y ese trabajo se realiza en la consciencia individual de los habitantes, en la humanidad, para pasar de la reacción a la comprensión, de la respuesta automática al darse cuenta, y de ahí a la capacidad voluntaria solar – de hacer. Por eso la Luna es necesaria como símbolo, y porque aún aquí en la Tierra, desde el punto de vista de la astrología, una Luna trabajada permite una enorme expansión de consciencia: ella es el espejo ignorado del Sí mismo; ella ni siquiera tiene luz propia, tiene la que él le presta, y él se la presta para verse.

Hay que considerar que la Luna representa a la materia, aquello que es de donde surge el mundo visible que percibimos, que según todas las tradiciones místicas es maya, mundo de ilusión. Pero es en esta materia que se encarna el espíritu, el fuego del Sol, y gracias a ella toma una forma definida, que es sólo temporal. Del apego a todo lo que tiene forma, color, sabor, textura, es decir, de todo aquello que aporta temporalmente la Luna al espíritu, surge el miedo, porque el miedo es inherente a la materia, no al espíritu. Y la materia, como es principalmente la forma, siente que de la pérdida de la forma sólo puede haber muerte, desaparición, aniquilación, porque la materia no sabe de espíritu; como es justamente la parte más densa del espíritu, es la menos consciente de él. Por eso se apega al mundo de los sentidos, y la Luna es la madre de nuestro apego al mundo sensible, y al miedo de perderlo, y por lo tanto de morir, de dejar de ser. De este miedo primordial de dejar de ser o dicho de otro modo, del instinto de supervivencia – provienen una serie de otros miedos subsidiarios, propios de nuestro ser material. Entonces, cuando decimos que nuestra misión en cada vida es hacer crecer al Sol, que es nuestra consciencia, centro de nuestra identidad, de nuestra voluntad, semilla total de todo nuestro potencial y capitalizador de nuestros progresos, quien porta la totalidad de nuestro ADN evolutivo de vida en vida, superando la reactividad lunar, en realidad estamos diciendo cosas muy profundas. Significa hacer crecer el ser espiritual en nosotros a expensas de nuestro ser material, y tomar consciencia de que la forma siempre morirá porque pertenece al ámbito de lo perecedero, pero que a nivel sutil la muerte no existe, pues los procesos son permanentes: el árbol caduco bota la hoja todos los años, pero nunca es la misma hoja; el río permanece, pero nunca es el mismo río. La Luna cumple un ciclo cada 28 días, el Sol es permanente.

Astrología de la Reencarnación

Astrología de la Reencarnación

Actualmente la comunidad astrológica suele aceptar que los nodos de la Luna representan la clave para la comprensión de nuestra vida presente como parte de un hilo continuo. Muchos astrólogos creen que los nodos tienen incluso más importancia que el resto de la carta astral. El conocimiento de las posiciones solar, lunar y nodal puede revelarle a un experto cualificado toda la vida de un individuo.

A un cierto nivel estos nodos revelan el camino que está siguiendo la vida de un individuo en el presente, mientras que el resto del horóscopo no hace sino añadir una información adicional sobre cómo se va a hacer el viaje. Es precisamente a través de los nodos que la astrología occidental es capaz ahora de efectuar su primera incursión en la tarea de relacionar esta ciencia con el concepto hindú de la reencarnación. Los nodos representan las relaciones de causa y efecto mediante las cuales uno dirige su vida. Marcan la diferencia entre la astrología mundana y la espiritual.

Aquí encontramos nuestras primeras claves sobre por qué se manifiesta como lo hace en el resto de la carta astral. La personalidad y la vida del individuo tienen muy poco significado si no son vistas en el ámbito de un contexto mucho más amplio. Los nodos sitúan al individuo en la escalera que asciende al cielo, en la medida en que definen las lecciones kármicas que él ha elegido aprender durante esta vida. En consecuencia, sus juicios y tribulaciones empiezan a tener un nuevo significado cuando se les considera como capítulos relacionados entre sí, dentro de la historia del crecimiento continuo de su alma.

El individuo ya no queda aparte del mundo sino que, al contrario, forma una parte importante dentro de la evolución del mundo. Todo lo que piensa y hace es, en último término, una contribución kármica al mejoramiento de su alma, la cual – una vez alcanzado su nirvana definitivo – representa un progreso en el mundo que ha ayudado a crear.

El hombre siempre quiere saber el porqué. Y siempre se vuelve hacia la historia para hallar respuesta a la suposición de que todo efecto tiene una causa. La posición de los nodos enlaza al hombre con su pasado y apunta al camino que seguirá en su futuro. Cuando el hombre es capaz de establecer las raíces de su pasado, empieza a experimentar la existencia de un hilo de continuidad que le hace sentirse con más seguridad en su caminar hacia el futuro.

De hecho, los nodos son puntos del magnetismo del alma, uno de los cuales arrastra hacia el futuro, mientras que el otro procede del pasado. El proceso al que llamamos vida consiste en armonizar ambos de manera feliz para el individuo, puesto que su encarnación presente es un símbolo de su transición del pasado al futuro.

La prioridad de un nodo sobre otro no es una constante. Hasta que el nodo sur no haya alcanzado su más alto nivel posible, el individuo encontrará menor recompensa en el nodo norte de lo que espera. Como el nodo sur representa una culminación de características del comportamiento durante muchas vidas, sólo consiguiendo una progresiva evolución de tal comportamiento estará preparado el individuo para beneficiarse de su nodo norte. En caso contrario, su aproximación al nodo norte sería negativa. Pero si se esfuerza por superar las formas en que su nodo sur lo está limitando, entonces encontrará una guía divina en las sorprendentes bendiciones que le ofrece su nodo norte.

El Nodo Sur
Simboliza el pasado del hombre. No se trata del simbolismo de una encarnación pasada, sino más bien de una combinación de acontecimientos, ideas, actitudes y pensamientos procedentes de cada encarnación, cuyos efectos acumulados no resueltos han creado la vida actual.

Los modelos de comportamiento más profundamente arraigados se encuentran aquí en el punto del cenit del trabajo de siglos y milenios del hombre sobre sí mismo. En la vida actual puede hacer bien poca cosa para alterar el equilibrio alcanzado después de tantos años de entrenamiento y costumbres adquiridas. Por esta razón, el hombre muestra la tendencia de permanecer en su nodo sur, como en una especie de cómodo pasado con el que se siente bastante familiarizado. La casa que se construye en esta vida descansa únicamente sobre las bases que él mismo creara con anterioridad.

Para algunos, el nodo sur puede ser limitativo, mientras que para otros cuyos fundamentos pasados son firmes y amplios, puede ser el factor capaz de conseguir que la vida actual alcance unos logros máximos.

Cuando se entra a iniciar una nueva vida, las posibilidades de tal situación se verán aumentadas o disminuidas por todo lo que haya pensado, dicho y hecho durante todo el tiempo anterior. La ficha kármica del tiempo pasado configura los escalones concretos sobre los que el hombre se eleva con paso firme, o sobre los que desciende con pies inseguros.

Al margen de los caminos que hayamos seguido, el curso de este nodo sur nos deja abiertos al residuo kármico que llega hacia nosotros procedente del pasado. Miramos constantemente hacia el futuro y rara vez nos detenemos para examinar los efectos de todo aquello que hemos creado, hasta que tales efectos surgen delante de nosotros, obstaculizando nuestro camino. Las huellas que hemos dejado siguen ahí, simbolizando los hábitos de vidas enteras, de modo que indican el camino de menor resistencia probable. De hecho, los aspectos más negativos de un individuo son aquellos que él ha permitido que siguieran fermentando en su alma durante milenios. El trata de recomponer los fragmentos de su pasado profundamente enraizado con la esperanza de que configurará los bloques sobre los que podrá basar su futuro.

Sucede con demasiada frecuencia que el propio pasado implica al individuo en una clase de curiosa fascinación, hipnotizándole de tal modo que es capaz de regresar a antiguos métodos de comportamiento, con lo que se olvida de la razón para investigar en su pasado, dejando de lado el verdadero propósito de su existencia, en lugar de considerarlo como el medio para alcanzar el fin que deseaba originalmente. El nodo sur puede ser como arenas movedizas: seguras mientras únicamente se mire hacia ellas y no se den pasos físicos en esa dirección. Un paso dado en la dirección del nodo sur significa, casi con toda seguridad, sumergirse en recuerdos largamente comprimidos, de los que puede tardar muchos años en librarse, aun contando con la ayuda de otra gente.

Resulta interesante observar que la curiosidad del hombre, que es precisamente uno de sus valores más formidables, puede convertirse también en su mayor enemigo, ya que, a medida que los pequeños fogonazos de su nodo sur llegan a su mente consciente, su propia curiosidad insaciable le obliga a volverse hacia atrás y retroceder para buscar más cosas. Para quedar bien con su pasado busca algo más que una simple comprensión intelectual. Al desear experimentarlo intuitivamente, relacionarse emocionalmente con él, tocar y percibir la realidad de su pasado, el hombre lo convierte inadvertidamente en la realidad de su presente.

En tal caso, y sin saberlo, se ha arrojado de pronto en brazos de una zona regida por otro tiempo, el de su pasado. En esencia, ha reprogramado su computadora, pero el cambio es tan sutil que él ni siquiera se da cuenta de ello, hasta que las admoniciones de quienes le rodean le permiten darse cuenta de que su comportamiento funcional resulta inadecuado para el tipo de vida que él es aquí y ahora. Así pues, el nodo sur debe ser utilizado como el banco de memoria de los grados que ya se han vivido, y de los que el individuo tiene que alejarse, extrayendo siempre de su pasado, pero no regresando jamás a él, a menos que hayan fuertes conjunciones planetarias que así lo aconsejen.

El Nodo Norte
Es el símbolo del futuro. Representa una nueva experiencia que aún no ha sido intentada. Para el individuo, eso representa el nuevo ciclo que él ha estado buscando. Al llevar consigo todas las aprensiones de lo desconocido y enfrentándose a experiencias nuevas, esta posición nodal aporta una curiosa atracción magnética que empuja a las almas hacia su crecimiento futuro.

Hay providencia divina en el hecho de intentar algo nuevo, y en tal caso el individuo recibe una gran ayuda por sus esfuerzos. En los niveles más profundos de su ser, él percibe un sentido de dirección. El propósito de su vida le impulsa a pesar de todos los obstáculos. De hecho, esta posición nodal es como un cuerno de la abundancia lleno de tesoros, capaz de ofrecer un beneficio tras otro a medida que cada obstáculo se convierte en un peldaño que simboliza el crecimiento futuro.

Simboliza igualmente la máxima área de expresión que se puede alcanzar en la vida actual y, en consecuencia, se debe interpretar de la mano de las más altas cualidades del signo y la casa en la que está situado. Al principio, las nuevas experiencias parecen solitarias, cuando el individuo todavía está inseguro de sus pasos. Pero no tarda en darse cuenta de que, para que las pruebas de valor a las que se somete tengan algún significado, debe afrontarlas solo en lo más profundo de su ser, allí donde cada nueva aventura que afronta le encuentra desplegando el carácter singular de su propia y única experiencia. La novedad de todo ello crea una fascinación peculiar para el individuo.

El ve siempre ante sí dicha fascinación como si fuera la tradicional zanahoria colocada delante del burro, pero cada vez que ha creído alcanzarla, se da cuenta de que surgen nuevas y elevadas posibilidades, lo que le exige dar nuevos pasos, hacia adelante, someterse a mayores pruebas, experimentando un mayor deseo de continuar adelante. Pero el hombre no puede alcanzar su nodo norte hasta que aprenda a desprenderse de su pasado, ya que este pasado representa los grilletes de su prisión kármica. El nuevo ciclo del nodo norte presenta así un nuevo problema que no ha sido afrontado todavía. Es el descontento del hombre con la forma antigua y decadente de su pasado, junto con el gran deseo que siente por descubrir y explorar su más elevado potencial en el futuro.

A cada paso que da, empieza a sentirse cada vez mejor consigo mismo. Su vida adquiere un nuevo significado a medida que experimenta posibilidades que hasta entonces ni siquiera había considerado. Pero el hombre no alcanza su nodo norte hasta no haber viajado previamente a los más elevados niveles kármicos de su nodo sur. Debe aprender a abandonar los hábitos negativos y los recuerdos que ya no sirven para un propósito útil en su vida. Debe estar dispuesto a caminar por senderos jamás hollados antes por él.

La característica más extraordinaria del nodo norte es que, por mucho que el hombre avance en él, siempre queda mucho más por alcanzar, ya que representa la espiral que se eleva permanentemente hacia Dios.

Martin Schulman

Extractado por Farid Azael de
Martin Schulman.- Nodos Lunares y Reencarnación.- Indigo

Más Información:
Alonso, Armando.- Nodos Lunares.- Kier
Pottenger, Zipporah.- El Libro de los Nodos.- Sirio
Schulman, Martin.- El Karma del Presente.- Indigo
Schulman, Martín.-Relaciones Kármicas.- Indigo