El Esfuerzo Interior

El Esfuerzo Interior

El trabajo interior que constituye el análisis (trabajo que el hombre aprende a efectuar en el curso de sesiones analíticas, pero que continuará durante toda su vida) comporta esencialmente poner en juego la Inteligencia Independiente. El hombre se observa y se comprende por la función de un pensamiento que, durante el curso mismo de los hechos vividos cada día, interpreta su comportamiento interior y exterior de una manera imparcial. Es decir, lo hace a la luz de leyes psicológicas generales que ha aprendido y sin dejarse influenciar por sus impulsos y sus aspiraciones temporales. En la ausencia de un esfuerzo especial, el pensamiento del hombre es parcial, su funcionamiento es falseado por la influencia que ejercen sobre él los movimientos incesantes de su vida instintiva. Si el embrague que estos movimientos poseen naturalmente sobre el pensamiento no pudiera ser levantado, el hombre no podría sustraerse jamás a la iniciativa de su vida instintiva. No podría jamás traspasarla y regirla, no sería jamás libre y no podría utilizarla para la construcción de su Ser.

Pero el embrague de los impulsos sobre el pensamiento puede ser levantado. El hombre puede suspender esa influencia y pensar entonces de una manera justa. Esta facultad suspensiva, que parece tan pequeña entre las otras facultades del hombre, y con una apariencia tan negativa, es la puerta estrecha por donde el hombre puede entrar en el dominio del Ser. Por este rechazo a encerrarse en una vida de dos dimensiones, el hombre se abre al espacio y merece su volumen.

Pero nuestra vida instintiva nos ata, pues su iniciativa incesante le confiere siempre el privilegio de la prioridad. Su influencia nefasta sobre mi pensamiento está siempre presente, establecida desde siempre,
yo no puedo prevenirla. Las fuerzas están circulando por el embrague que debo levantar, están ya en acción en el momento en que debo levantarlo. Esto no se puede hacer sin aplicar una fuerza contraria, sin un esfuerzo. Este esfuerzo es tan particular, tan diferente de todo lo que percibimos de ordinario bajo ese nombre, que nos es necesario definirlo y estudiarlo.

El gesto interior por el cual yo levanto el embrague de mis impulsos sobre mi pensamiento (gesto que llamaré, a falta de una palabra mejor, gesto analítico) y que me eleva en el acto a un punto desde donde los domino, es efectuado, sin embargo, en medio de ellos y en su plano. Este gesto, bien que sus efectos sean totalmente diferentes de los de otros gestos interiores, es engendrado de la misma manera. Es el fruto de un deseo; lo precede una deliberación; una decisión lo efectúa. El deseo del cual es el fruto es un deseo racional ligado a la existencia en mí de una Razón Divina, deseo, en verdad, el único de su especie en medio de todos mis deseos irracionales. Deseo más o menos intenso según los hombres. Es un llamado del Ser, un deseo que, a la inversa de los otros, aumenta a medida que es satisfecho, un deseo insaciable. Entre este deseo y los deseos irracionales presentes en el momento, se efectúa una lucha que es la deliberación de la que hemos hablado. A esta deliberación sucede la decisión, (si el deseo racional ha sido el más fuerte), es decir, la ejecución del acto analítico.

Desde que el gesto ha sido hecho, interviene una fuerza que hace funcionar mi pensamiento según el modo imparcial. Esta fuerza no viene de otro mundo. Es la mía, es la misma fuerza que, cuando toma forma en impulsos, se llama libido. Pero ahora ha tomado forma de otra manera: como pensamiento justo. Cuando, a continuación de mi gesto de desembrague, pienso con una mente liberada, mis impulsos cesan de afectarme. No dejan de existir, pero ya no producen emociones porque les falta para ello la complicidad del pensamiento. Durante un cierto tiempo el pensamiento liberado es puro e incorruptible. Pero este estado cesa en seguida, el embrague de las pasiones sobre el pensamiento se restablece y el hombre vuelve a vivir de un modo solamente temporal.

De qué depende la duración de este período de pensamiento puro? Por qué termina en un momento dado? Cómo obtener que su duración aumente? Este período de pensamiento puro se termina porque la fuerza que lo sostenía se agota. Pero, por qué se agota? La fuente de esta fuerza no la produce sin cesar mientras yo vivo? Ciertamente, y si la fuerza que sostiene el pensamiento imparcial se agota, no es por agotamiento de su fuente. La razón es otra y menos fácil de comprender. El gesto por el cual yo suspendo la influencia de mis impulsos temporales sobre mi pensamiento produce en mí el juego de mi Razón divina y me hace participar así en el mundo de lo eterno. El se produce en la intersección del tiempo y de la eternidad, es decir, en el instante. Cuando me libera de lo temporal, es esencialmente instantáneo, sin duración, discontinuo. El ha arrebatado al pequeño circuito temporal una cierta cantidad, necesariamente limitada, de mi fuerza vital para desviarla al gran circuito que pasa por el infinito antes de regresar a la tierra, a cero. Pero si un nuevo gesto instantáneo no realimenta el gran circuito, la fuerza que allí circulaba desaparece porque se agotó su cantidad limitada. El pequeño circuito es alimentado de una manera continua sin que yo participe en nada. El cumple de manera permanente la misión limitada de la que ha sido encargado por Dios, que es la de mantener mi existencia en el plano temporal. Pero el gran circuito necesariamente es alimentado de manera discontinua. Esto se produce sólo cuando vengo yo mismo, por
un gesto activo voluntario, a colocarme en el punto exacto donde el mundo temporal se integra en el Ser. Este punto respecto del tiempo es un instante sin duración, y así, para mi aspecto, temporal, la alimentación del gran circuito es necesariamente discontinua. Es el resultado de un gesto que no es sostenido por ninguna duración y que yo debo rehacer una y otra vez.

En relación a este gesto instantáneo que constituye una escisión neta, podemos distinguir lo que sucede después de lo que sucede antes. Lo que pasa después del gesto es, por esencia, sustraído a nuestro examen. Nosotros podemos solamente decir que la fuerza lanzada sobre el circuito infinito se agota en un cierto tiempo y que, desintegrándose, produce una energía que nutre mi Ser. Es evidente la imposibilidad de traducir esto en palabras, porque las palabras forman parte del mundo únicamente temporal. Solamente lo que sucede antes puede prestarse a mi estudio. Por lo demás, es todo lo que tengo que conocer, porque esto es lo único que depende de los medios de que dispongo para mi proceso liberador. No tengo que saber exactamente cómo este gesto es salvador. Me basta saber con certidumbre que lo es. Más que todo, me interesa las condiciones en las que se produce.

Este gesto que me va a liberar de la limitación temporal tiene sus raíces en el plano temporal mismo. Es
allí donde él es enteramente engendrado. Yo debo comprender cómo esto se efectúa, qué clase de esfuerzo debo hacer, qué posibilidades tengo de perfeccionarme en la elaboración de este gesto tan particular.

Nosotros hemos visto ya que el gesto analítico es el fruto de un deseo racional que está presente en nosotros con una intensidad variable y que, antes de la decisión por la que el gesto se efectúa, se opera
una deliberación. Allí el deseo racional se opone a los deseos irracionales actualmente presentes en mi consciencia, deseos que quieren mantener su embrague sobre mi pensamiento. Vamos a estudiar este proceso suponiendo que el deseo racional triunfe y llegue a la ejecución del gesto (lo que no necesariamente es siempre así). Ensayaremos ver en este proceso dónde está el esfuerzo, cuál es la causa y cómo se modifica su intensidad a medida que el proceso se desarrolla.

Pero es necesario definir de antemano a qué corresponde la sensación de esfuerzo interior que yo experimento en el curso del juego de mis deseos irracionales ordinarios. Porque yo no podré comprender la génesis en mí del gesto analítico, que es tan particular, si no comprendo la génesis de mis gestos interiores ordinarios. Cuando tengo, en el curso del juego de un impulso en mí, la sensación de esfuerzo interior es porque al lado de él existe un impulso opuesto que se encuentra contrariado, que es tenido en jaque. Si, por ejemplo, una decisión moral triunfa en mí sobre el impulso instintivo oponente y yo me decido a ejecutar la acción moral, yo experimento, al decidir la acción y en el curso de su ejecución, una impresión de esfuerzo interior. Esta impresión corresponde a la presión del impulso tenido en jaque y produce en mí una sensación penosa que yo llamo esfuerzo. Hay allí un esfuerzo real y este esfuerzo es mío en el sentido de que es mi fuerza la que está tomando forma. No puedo decir que es un esfuerzo voluntario porque esta vida únicamente temporal que es la mía, trabaja en mí sin cesar y sin mi iniciativa. Ella es incapaz por sí sola de asegurar la relación con mi Ser total real,

Habiendo definido lo que yo llamo esfuerzo interior, contemplemos las variaciones de este esfuerzo a lo largo del proceso. Al momento en que empiezo a considerar las dos acciones opuestas que puedo realizar, en ese instante en que ninguna de las dos moviliza todavía mi fuerza hacia la ejecución de su propósito, el esfuerzo es nulo porque ninguna de las dos fuerzas ha sido puesta en jaque. Pero, desde que mi deliberación empieza a operar, yo imagino en el curso de esta deliberación el juego de cada una de ellas, y por esta imaginación yo les permito movilizarse, tomar forma, hacer jugar en mí mi fuerza bajo el aspecto de dos fuerzas particulares opuestas. Ambas se enfrentan, se comparan y, poco a poco, aparece entre ellas un desequilibrio: una triunfa sobre la otra. Desde que el desequilibrio aparece, la impresión de esfuerzo comienza a aparecer. Mientras más la deliberación se aproxima a la decisión que le pondrá término y a la ejecución que coincidirá exactamente con la decisión real, más aumenta la impresión de esfuerzo. Esto sucede porque las fuerzas que se movilizan en mí aumentan al mismo tiempo. Al instante en que la deliberación termina, el esfuerzo interior alcanza su máximo, el que depende de la intensidad dinámica de la fuerza vencida.

Volvamos ahora a la génesis del gesto analítico, gesto que supone la victoria de la motivación racional sobre uno o muchos impulsos irracionales. Más exactamente, el adversario que se opone a la motivación racional es un impulso irracional único, que es el deseo de mantener el embrague de mi mundo interior instintivo sobre mi pensamiento. Mi deseo racional es deseo de levantar ese embrague y el deseo irracional es deseo de mantenerlo. Retrocedamos al instante inicial de la deliberación. Este instante no es aquel donde va a comenzar el desequilibrio entre dos deseos que van a movilizar mi fuerza, pues el impulso irracional ya está presente y plenamente desarrollado mientras que la motivación racional no ha hecho más que nacer. El desequilibrio no va a comenzar, existe desde ya al máximo. El deseo irracional que quiere mantener el embrague no aumenta porque era máximo desde la partida, queda como estaba. Al contrario, el deseo racional aumenta a medida que mi imaginación considera su realización; la diferencia disminuye entonces. Pero se diría: Cómo la deliberación es posible? Cómo el deseo irracional, poseyendo su pleno desarrollo, permite al deseo racional aparecer y desarrollarse? No hay ahí un milagro increíble, una derogación de las leyes naturales del psiquismo? Sí, hay ahí un milagro, pero es que la motivación racional está dotada de un valor cualitativo que no puede compararse con el impulso irracional. Ella es la manifestación en lo temporal de un principio divino que le agrega un aspecto cuantitativo por el cual puede medirse con la cantidad del impulso irracional. Aún siendo cuantitativamente ínfima, la motivación racional puede acrecentarse siempre que reciba de mi aspecto temporal una cantidad al menos igual a la de su adversario.

El Bien y el Mal

El Bien y el Mal

Sabemos que la metafísica tradicional nos muestra la creación universal como si fuera el juego concomitante y conciliado de dos fuerzas que se oponen y se complementan. La creación, por lo tanto, resulta del juego de tres fuerzas: una fuerza positiva, una fuerza negativa y una fuerza conciliadora. Esta Ley de Tres puede simbolizarse por medio de un triángulo: los dos vértices inferiores representan los principios inferiores de la creación, positivo y negativo; el vértice superior representa el Principio Superior o Conciliador.

Los dos principios inferiores son, en la sabiduría china, las dos grandes fuerzas cósmicas: el Yang, positivo, masculino, seco, caliente, y el Yin, negativo, femenino, húmedo, frío. Son también el Dragón Rojo y el Dragón Verde, cuya lucha incesante es el motor creador de las Diez mil Cosas.

El diagrama del T’ai-kí está compuesto de una parte negra, el Yin, y de otra blanca, el Yang – cuyas superficies son rigurosamente iguales – y de un círculo que rodea a las dos y que es el Tao, el Principio Superior Conciliador. La parte negra encierra un punto blanco, y la parte blanca un punto negro, para demostrar que ningún elemento es absolutamente positivo ni absolutamente negativo. El dualismo primordial Yang-Yin incluye todas las oposiciones que podamos imaginar: verano-invierno, día-noche, movimiento-inmovilidad, belleza-fealdad, verdad-error, vida-muerte, construcción-destrucción, etc.

Esta última oposición resulta particularmente clara en uno de los aspectos hindúes de la Tríada de que hablamos: bajo la autoridad de Brahma, Principio Supremo, la creación es la obra simultánea de Vishnú, El Conservador y de Shiva, el Destructor.

La creación del universo tal como nosotros lo percibimos se desarrolla en el tiempo; es decir, que el juego de los dos principios inferiores es temporal. Pero estos dos principios en si mismos no podrían ser considerados temporales, puesto que no podrían estar sometidos a los límites que resultan de su acción: son intermediarios situados entre el Principio Superior y el universo creado, que es la manifestación de este Principio. La creación universal se desarrolla, pues, en el tiempo, pero ella en sí misma es un proceso intemporal, al que no se le puede asignar o negar comienzo o fin, puesto que estas palabras no tienen ningún sentido fuera de los límites del tiempo. Las teorías científicas más modernas están de acuerdo en esto con la metafísica y no le ven al universo ni comienzo ni fin.

Hay que comprender bien todo esto para librarse definitivamente de la concepción infantil según la cual un Creador, encarado de manera antropomórfica, habría puesto en marcha una vez el movimiento universal. Mi cuerpo, por ejemplo, no ha sido creado solamente el día que fui concebido: está creándose constantemente. En cada instante de mi vida, mi cuerpo es el lugar donde nacen y mueren las células que lo componen, y esta lucha equilibrada en mí entre el Yang y el Yin es lo que me está creando hasta mi muerte.

En esta Tríada intemporal que crea sin cesar nuestro mundo temporal, se ve la perfecta igualdad de los dos principios inferiores. Como su colaboración es necesaria para que aparezca el conjunto de los fenómenos – por pequeño que cada uno sea – es imposible asignar una superioridad, cualitativa o cuantitativa, a uno u otro de estos dos principios. En determinado fenómeno vemos que predomina el Yang, en otro, el Yin; pero los dos Dragones se equilibran exactamente en la totalidad espacial y temporal del universo. Por eso en la Metafísica Tradicional el triángulo que simboliza la Triada creadora ha sido siempre un triángulo equilátero cuya base es rigurosamente horizontal.

La igualdad de los dos principios inferiores entraña necesariamente la igualdad de sus manifestaciones encaradas abstractamente. Si Shiva es igual a Vishnú, por qué habría de ser la vida superior a la muerte? Esto que decimos es perfectamente evidente desde el punto de vista abstracto en que nos colocamos en este momento. Desde este punto de vista, por qué habríamos de ver la menor superioridad en la construcción con respecto a la destrucción, en la afirmación con respecto a la negación, en el placer con respecto al sufrimiento, en el amor con respecto al odio, etc.?

Si abandonamos ahora el pensamiento intelectual puro, teórico, abstracto, y volvemos a nuestra psicología concreta, comprobamos dos cosas: en primer lugar, nuestra parcialidad innata por las manifestaciones positivas: vida, construcción, bondad, belleza, verdad. Esto se explica fácilmente porque esta parcialidad es la traducción intelectual de una preferencia afectiva, y porque ella es el resultado lógico del deseo de existir que hay en el hombre. Pero también comprobamos algo cuya explicación es menos fácil: cuando el metafísico imagina al hombre realizado, libre de todo determinismo irracional, libre interiormente, identificado con el Principio Supremo y adhiriéndose perfectamente al orden cósmico, liberado de la necesidad irrracional de existir y de la preferencia consiguiente por la vida en contra de la muerte, el metafísico experimenta la intuición indiscutible de que sus acciones son amantes y constructoras, no odiosas y destructoras. Nosotros no decimos que el hombre realizado es amante y apasionado de la construcción, porque este hombre ha superado los sentimientos dualistas del hombre común pero sólo podemos ver sus acciones como amantes y constructivas. Por qué parece que la parcialidad que ha desaparecido del hombre realizado debe persistir en su comportamiento? Hemos de contestar esta pregunta, si deseamos comprender enteramente el problema del Bien y del Mal.

Muchos filósofos han razonado con bastante acierto para criticar nuestra visión afectiva del Bien y del Mal y negarle un valor absoluto, pero a menudo lo han hecho en favor de un sistema que, no sólo rechazaba esta visión en cuanto tiene de errónea, sino que también negaba lo que tiene de justa y que, al llevar al hombre más allá de un Bien y de un Mal abolidos, lo dejaba desorientado con respecto a la conducta práctica de su vida, o lo entregaba a una moral inversa. La dificultad no está en criticar nuestra visión afectiva del Bien y del Mal, sino en hacerlo de manera que la integre, sin destruirla, en una comprensión donde todo se concilie.

Ante todo, veamos en forma sucinta en qué consiste el error que el hombre comete habitualmente cuando enfrenta este problema. El hombre ve, fuera de él y en sí mismo, fenómenos positivos y fenómenos negativos, constructores y destructores. En virtud de su deseo de existir, necesariamente prefiere la construcción a la destrucción. Como está dotado de un intelecto abstracto, generalizador, se eleva hasta la concepción de la construcción en general y de la destrucción en general. Es decir, hasta el concepto de los dos principios inferiores, positivo y negativo. En este peldaño del pensamiento, la preferencia afectiva se convierte en parcialidad intelectual, y el hombre piensa que el aspecto positivo del mundo es el Bien, que este es el único legítimo y que debe eliminarse, en forma gradualmente más completa, el aspecto negativo que es el Mal. De ahí la nostalgia de un paraíso que se concibe desprovisto de todo aspecto negativo. En este plano imperfecto del pensamiento, si bien el hombre concibe la existencia de los dos principios inferiores, no concibe, en cambio, la del Principio Superior que los concilia. En consecuencia, no ve más que el carácter antagónico de los dos Dragones, no ve su aspecto complementario. Ve que los dos Dragones luchan, pero no ve que colaboran en esta lucha. Por eso siente necesariamente el deseo absurdo de ver que por fin el Sí triunfa en forma definitiva sobre el No. Por ejemplo, cuando distingue en sí impulsos constructores – que denomina cualidades – e impulsos destructores – que llama defectos – piensa que su evolución justa debe consistir en eliminar por completo sus defectos y en sentirse animado únicamente por cualidades. Así como ha imaginado el paraíso, imagina el santo, hombre en que sólo reina un perfecto positivismo, y trata de copiar este modelo. En el mejor de los casos, esta forma de actuar cumple una especie de encauzamiento de los reflejos condicionados, por el cual los impulsos negativos se inhibirían en beneficio de los positivos. Es evidente que tal evolución es incompatible con la realización que supone la síntesis conciliadora de los polos positivo y negativo, de modo que estos dos polos, sin dejar de oponerse, puedan por fin colaborar armónicamente.

Esta concepción dualista Bien – Mal sin la idea del Principio Superior Conciliador, es la que el hombre adquiere espontánea y naturalmente cuando carece de iniciación metafísica. Es incompleta, y por ello errónea, pero es interesante ver la verdad que contiene dentro de sus limites. Si la parcialidad intelectual en favor del Bien, causada por la ignorancia, es equivocada, la preferencia afectiva innata en el hombre por el Bien no debe considerarse equivocada puesto que existe en el plano afectivo irracional en el que ningún elemento está de acuerdo con la Razón ni en contra de ella. Esta preferencia tiene ciertamente una causa, una razón de ser que nuestro intelecto racional no debe rechazar a priori sino, por el contrario, debe tratar de comprender.

Planteemos el problema de la mejor forma posible. Mientras los dos principios inferiores, concebidos por el intelecto puro, son rigurosamente iguales en su antagonismo complementario, por qué cuando se los encara desde el punto de vista práctico afectivo, parecen desiguales, y el principio positivo parece indiscutiblemente superior al principio negativo? Si al dibujar el triángulo de la Triada, denominamos los vértices inferiores sí relativo y no relativo, por qué al buscar un nombre para el vértice superior, nos sentimos inclinados a denominarlo Sí Absoluto en lugar de No Absoluto? Si los vértices inferiores son amor relativo y odio relativo, por qué el vértice superior no puede ser concebido más que como Amor Absoluto y no como Odio Absoluto? Por qué la palabra creación – aunque la creación supone tanta destrucción como construcción – evoca necesariamente en nuestro espíritu la idea de construcción y de ningún modo la idea de destrucción?

Porque cuando la existencia de los principios inferiores (positivo y negativo) se concibe fuera de su funcionamiento, vemos que se derivan de una Causa Primera con respecto a la cual ambos son rigurosamente iguales. Pero cuando los contemplamos en operación, vemos que el juego de la fuerza activa causa el juego de la fuerza pasiva. La primera es acción y la segunda, reacción. Esto hace que el principio positivo posea una indiscutible superioridad sobre el principio negativo. Ella no consiste en una anterioridad cronológica, puesto que la acción y la reacción son simultáneas, sino en una anterioridad causal. Podría expresarse esto diciendo que el Principio Superior al despertar a los dos principios inferiores llega al negativo a través del positivo.

Al llegar a este punto podemos comprender que todo fenómeno constructivo manifiesta el juego de la fuerza activa (acción) y que todo fenómeno destructivo manifiesta el juego de la fuerza pasiva (reacción). Por esta razón, el hombre realizado es tan constructivo en cada instante como las circunstancias se lo permiten. Este hombre, en efecto, está liberado de los reflejos condicionados; ya no reacciona más, es activo, y al ser activo es constructor. Su comportamiento es constructivo – sin que eso signifique un fin premeditado – porque procede de una actividad pura y se adapta a las circunstancias de una manera nueva, una manera constantemente inventada.

Hubert Benoit

Traducido y extractado por Carmen Bustos de
H. Benoit.- La Doctrine Suprême.-Le Courrier du Livre.

Alquimia Interior

Alquimia Interior

Todo aquel que desee comprender el Zen no debe perder de vista en ningún momento que se trata de la vía abrupta. El Zen, por cuanto niega que el hombre tenga que conquistar una liberación o que tenga que elevarse en forma alguna, no podría admitir que su condición pueda ir mejorando poco a poco hasta llegar a ser por fin normal. El acontecimiento del satori no es más que un instante entre dos períodos de nuestra vida. Se asemeja a la línea que separa una zona de sombra de una zona de luz, no tiene más existencia real que esa línea. 0 bien veo las cosas tal como son, o. bien las veo como no son. No existe período alguno durante el cual yo vería poco a poco la Realidad del Universo.

Pero aunque la noción de progresividad no esté en relación con la Realización misma, aunque la transformación sea rigurosamente abrupta, el Zen enseña que esta transformación está precedida por cambios sucesivos en las formas de nuestro funcionamiento interior. Decimos sucesivos y no progresivos para recordar que esta evolución que precede al satori no corresponde a una aparición gradual de la Realidad, sino a simples cambios graduales de las modalidades de nuestra ceguera.

Una vez recordado claramente este punto, es interesante que pongamos nuestra atención en esta evolución gradual (pero no progresiva) que precede al satori. A medida que se profundiza nuestra comprensión o vista penetrante observamos que nuestra vida interior espontánea – emociones e imaginaciones – se modifica. Tú te conviertes en aquello que piensas, dice la sabiduría hindú. Esta modificación evolutiva es comparable a la destilación que, aplicada a un cuerpo cualquiera, lo purifica, lo sutiliza. Cuando se destila una maceración de frutas y se obtiene de ella el alcohol, la modificación del producto primitivo consiste en una rarificación cuantitativa y una exaltación cualitativa. Hay menos materia, pero la materia es más fina; hay menos fuerza grosera – el alcohol es menos pesado que los frutos de donde ha sido extraído – pero existe una mayor potencia sutil: la ingestión del alcohol produce efectos que la ingestión de frutas no podría producir. Las destilaciones sucesivas acentúan esta modificación de las sustancias tratadas. La alquimia de la Edad Media, con sus retortas, sus alambiques y su búsqueda de la quintaesencia, era una representación simbólica del proceso interior que estamos estudiando. Cuanto más se sutiliza una sustancia, menos perceptibles a la vista son sus características esenciales: el aspecto visible del fruto evoca claramente lo que dará al ser consumido; el alcohol, por el contrario, aunque posee una fuerza acumulada, se presenta en un aspecto más borroso. La palabra sutilizar, en el lenguaje corriente, significa hacer desaparecer, La sutilización es también, como hemos dicho, una purificación. La sustancia más sutil es, al mismo tiempo, más simple.

La comprensión evolutiva representa una destilación de nuestro mundo interior, es decir, de nuestro material de imágenes. Hay purificación, sutilización, simplificación, de este material y, correlativamente, de todos nuestros procesos imaginativo-emotivos. Este proceso de destilación que se debe al trabajo de la intuición intelectual corresponde a la idea de que nuestra evolución interior justa no destruye nada pero lo realiza todo. La aparente muerte del hombre viejo no es en realidad una destrucción. Cuando extraigo el alcohol del fruto, no destruyo su esencia, la purifico, la concentro, la realizo. Hay muerte aparente porque hay disminución de lo visible, de lo perceptible por los sentidos y la mente; pero nada ha sido destruido por el hecho de que cese de existir la creencia en la realidad de una percepción. La realización del ser humano lleva consigo la desaparición de la ilusoria realidad de las imágenes percibidas por los sentidos y la mente.

La condición del hombre desde su nacimiento es sentirse fundamentalmente insatisfecho. Cree que le falta alguna cosa, lo que él es y lo que él tiene no le conviene. Espera otra cosa, una verdadera vida; busca la solución de su pretendido problema; reivindica tales y cuales situaciones en la existencia. No hay que destruir esa actitud reivindicadora que engendra todos nuestros sufrimientos, hay que completarla. Todos nuestros afectos individuales derivan de nuestro apego central a la imagen de nuestro ego, a la imagen de yo-en-cuanto-distinto por asociación identificadora entre una imagen particular y esta imagen general. Mientras más se profundiza mi comprensión, más se anulan estas asociaciones. Mi apego se purifica, se sutiliza, se concentra: se vuelve menos y menos aparente, más y más no-manifestado. La reivindicación apegada no disminuye ni un solo átomo antes del satori, pero se purifica y se realiza a medida que se aproxima el instante de la transformación abrupta donde se conciliarán apego y desapego.

Mi amor propio es un aspecto de mi actitud reivindicadora. El también se purifica a medida que yo comprendo. Parezco más modesto a quienes me observan desde afuera. Pero comprendo muy bien que no es así. Mi amor propio se vuelve cada vez más sutil y concentrado de suerte que se lo ve menos. Se realiza tendiendo, en un sentido hacia el cero de la perfecta humildad y, en otro sentido, hacia el infinito no-manifestado de mi dignidad absoluta.

La angustia que está asociada a la reivindicación egotista experimenta la misma modificación gradual. Es un grave error creer que la comprensión pueda agravar la inquietud del hombre. Las falsas informaciones, al introducir en nuestra mente creencias apremiantes, pueden aumentar nuestra angustia. Pero la intuición de la verdad la sutiliza, por el contrario, disminuyendo su aspecto manifestado y aumentando su aspecto no-manifestado. La angustia profunda, de la que derivan todas las angustias particulares manifestadas, no disminuye un átomo antes del satori, pero es gradualmente más no-manifestada. El practicante del Zen, a medida que evoluciona (sin progresar), siente cada vez menos angustia. Cuando ella ha llegado a ser casi totalmente no manifestada, el satori está próximo.

La agitación interior del hombre traduce el conflicto existente entre el movimiento vital, por una parte, y el rechazo de la limitación temporal que condiciona este movimiento, por otra. Colocado ante su vida tal como esta es, el hombre la desea y al mismo tiempo no la desea. Esta agitación se purifica a medida que la comprensión produce la disminución del rechazo con respecto a la limitación temporal. El movimiento vital no es alcanzado, en tanto que disminuye lo que se le opone. De tal modo este movimiento se purifica: la agitación desaparece, nuestra máquina funciona cada vez mejor.

La evolución que estamos estudiando supone – ante todo – la sutilización de nuestro material de imágenes. Ellas pierden poco a poco su aparente densidad, su ilusoria objetividad. Se tornan más sutiles, más amplias, más generales, más abstractas. Su poder de hacer surgir nuestra energía vital en contracturas emotivas disminuye. Todo el proceso imaginativo-emotivo pierde su intensidad, su violencia. Nuestro film imaginativo presenta menos contrastes, nuestro ensoñar interior se alivia.

Se puede considerar que el satori es un despertar, ya que nuestra condición actual – con respecto a ese despertar – es una especie de dormir en el que nuestro pensamiento consciente es el sueño. Hay algo verdadero en esta manera de ver, pero esto encierra una trampa en la que puede caer nuestra comprensión. Siempre soy propenso a querer representarme las cosas y a olvidar que el satori – acontecimiento interior inimaginable – no puede ser asimilado analógicamente a nada de lo que yo conozco. De tal modo, tengo tendencia a suponer una analogía entre el satori – despertar definitivo – y el despertar que experimento todos los días cuando paso del sueño a la vigilia. En esta ilusoria analogía reaparece de manera insidiosa la concepción progresiva. Así como mi despertar común me parece un progreso en relación con mi sueño, el satori sería un super despertar, un despertar verdadero, un progreso supremo en relación a mi estado de vigilia actual. Así como mi despertar común me devuelve una consciencia de la que carecía mientras dormía, el satori me habrá de dar una super consciencia que me faltaría ahora. Esta concepción falsa – puesto que estoy de toda la eternidad en el estado de satori y puesto que, a pesar de las apariencias, no me falta nada – entraña ideas equivocadas acerca del proceso interior que precede al satori-acontecimiento. Entre el dormir profundo y la vigilia, paso por el estado del dormir con sueños. La aparición de la actividad consciente, en el curso del dormir, avanza en el sentido del despertar: cuanto más sorprendente, emocionante, urgente e ilusoriamente objetivo sea el sueño, más próximo estoy al despertar. Siguiendo mi falsa analogía progresista puedo llegar a creer que el satori ha de estar precedido de una exacerbación de mi pensamiento consciente, de mi film imaginativo. Creo que una hiperactividad mental, en el éxtasis o en la pesadilla, al llegar a un punto crítico de tensión, obtendrá el estallido de la última barrera y la entrada en un estado de super consciencia cósmica. Todo esto está en completa contradicción con la concepción abrupta del Zen. Observemos cómo se vuelve a encontrar, en esta quimera progresista, la identificación egotista que entraña la ilusoria adoración de nuestro consciente. Nuestro universo imaginario interior, centrado en nuestro ego, pretende que es el universo. El consciente que fabrica ese universo se asimila en esta forma a la Mente Cósmica, y entonces no es sorprendente que contemos con ese consciente para conquistar la Realización.

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En realidad, durmiendo o en vela, estoy desde ahora en el estado de satori. Sueño y vigilia entran por igual en este estado. El estado de satori desempeña, en relación con el dormir y la vigilia, el papel de una hipóstasis que los concilia. Sumergidos en lo intemporal, dormir y vigilia son dos modalidades extremas del funcionamiento de mi organismo psicosomático, extremos entre los cuales oscilo. Entre el dormir profundo y el estado de vigilia, el dormir soñando ocupa una posición intermedia, que supone proyección sobre la base del triángulo de su límite superior. De ahí la sabiduría trascendental del sueño. Su pensamiento simbólico, en el que se expresan las situaciones de nuestro microcosmos particular desprovistas de toda ilusoria objetividad del mundo exterior, es actualmente en nosotros el único pensamiento capaz de ver determinadas cosas tal como son. Por eso, el pensamiento del sueño se expresa de manera simbólica, ya que las cosas-tal-como-son no pueden ser expresadas adecuadamente de manera directa.

En esta perspectiva correcta, tratemos de concebir cómo se traduce en nuestro consciente, en nuestro sueño despierto, la evolución gradual no-progresiva que precede al satori. Nuestro sueño despierto, como todo en nosotros, se cumple gradualmente sutilizándose, lejos de hacerse más terminante, más aparentemente real, más alucinante. Se aligera, por el contrario, se hace menos opaco, menos denso, más volátil; es menos adhesivo, menos viscoso.

Las cargas afectivas que llevaban imágenes disminuyen, nuestro universo interior se iguala. Bajo ese sueño despierto cada vez más liviano, nosotros cumplimos con mayor plenitud el dormir de nuestra condición egotista actual. En resumen, la ejecución de nuestro pensamiento consciente se aproxima, en cierto sentido, al dormir profundo. Y al mismo tiempo que nuestro pensamiento consciente se aproxima al dormir, se diferencia de éste desarrollando hasta el máximo sus posibilidades intelectuales sutiles. Hay aproximación real en lo no-manifestado, alejamiento aparente en lo manifestado. Según el aforismo hermético: Lo que está arriba es como lo que está abajo; lo que está abajo es como lo que está arriba.

La actividad imaginativa se sutiliza y tiende hacia la no-manifestación, aun cuando la mente se mantiene despierta, es decir, continúa funcionando. Una concentración sobre nada se desarrolla por debajo de la atención siempre captada por las imágenes. Mi estado se asemeja entonces al del sabio distraído; pero, a la inversa del sabio que está distraído porque su atención está concentrada en algo que tiene forma, yo estoy distraído porque mi atención está concentrada sobre algo in-formal, ni concebido ni concebible.

Todo el proceso imaginativo-emotivo se aligera. Esto se traduce por el hecho de que me siento dichoso sin motivo aparente. No soy dichoso porque la existencia me parezca buena sino que la existencia me parece buena porque soy dichoso. La evolución que precede al satori no implica exacerbación de la angustia sino, por el contrario, un alivio gradual de la angustia manifestada. Un equilibrio neutralizador de angustia fundamental precede al instante en que veremos directa y definitivamente que nuestra angustia ha sido siempre ilusoria. Esto enlaza con la idea de que nuestra nostalgia de la realización desaparece a medida que nos acercamos al asilo del reposo.

Las Bases Metafísicas del Análisis

El problema del destino del hombre, de la manera como él debe vivir, del bien y del mal en sus acciones, su sufrimiento, su persecución tan difícil de la felicidad, su estupor ante la muerte que parece arrancarle todo cuanto él posee, todas estas interrogantes han sido justamente ligadas, durante tanto tiempo como puedan remontarse nuestros conocimientos, a la idea que el hombre era capaz de una evolución interior, de un desarrollo espiritual. A todo lo largo de la historia de la humanidad se encuentran las grandes líneas inmutables de una Metafísica tradicional cuyos principios constituyen las bases intemporales de una ciencia de este desarrollo del hombre.

Las adquisiciones con que el psicoanálisis ha enriquecido la psicología no se colocan al margen de la Metafísica Tradicional, porque ésta, desde el punto de vista en el cual está situada, lo abarca todo. Y es interesante ver cómo los hechos observados se integran en la concepción metafísica general, porque el análisis posee la eficacia que la experiencia ha demostrado. Esta confrontación de los hechos con las ideas de todos los tiempos es necesaria para dirigir de manera justa el manejo de este método psicológico poderoso cuyos efectos pueden ser, según cómo se lo aplique, tan nefastos como saludables.

La Metafísica Tradicional enseña que el principio de la Trinidad preside la creación continua del Universo. En todas las sabidurías antiguas se encuentra esta concepción primordial, Los egipcios reverenciaban tres dioses: Shu, el Aire; Tefinet, el Vacío, y Atum, que domina los dos primeros y los concilia. En el país de Sumer, es Anu, rey del Cielo, Enlil, rey de la Tierra, y Ea, dios supremo. En Persia, Ormuzd es el dios del Bien, Ahriman el dios del Mal, y Mithra es el tercer gran dios. Entre los indúes, Brahma, el Creador, es asistido por Vishnú, el Conservador de los seres, y por Shiva, el Destructor. Pero es en el símbolo chino del Tai-Chi o Hecho Supremo, que se expresa más perfectamente la idea trinitaria. Allí, los dos dioses del dualismo son representados por las dos partes, una negra y una blanca, de un círculo al que divide una línea sinuosa; y el gran dios que los equilibra está representado por un círculo exterior que los encierra.

La parte negra es el Yin, femenino, húmedo. frío, negativo; la parte blanca es el Yang, masculino, seco, cálido, positivo; el círculo que los rodea es el Tao, principio conciliador que reglamenta las relaciones alternantes de los dos principios opuestos, del Yin y del Yang.

Todo el universo es así creado por la síntesis trinitaria: dos principios opuestos, uno positivo, el otro negativo, situados sobre el mismo plano, y teniendo el mismo valor, son armonizados, conciliados, arbitrados, por un principio supremo sin el cual ellos se anularían.

Y el hombre es un microcosmos construido a la imagen del macrocosmos. La creación de su Ser real es el producto de dos principios opuestos, positivo y negativo, situados en el plano natural temporal, en el plano donde juegan las pasiones del hombre, arbitradas por un principio superior intemporal, espiritual. Y este principio espiritual es representado en el hombre por su Razón divina que nosotros llamaremos también Inteligencia Independiente. Nosotros precisaremos más adelante cómo concebimos esta Inteligencia Independiente. Digamos solamente ahora que ella es esta posibilidad que tiene el hombre de pensar, sin sufrir la influencia de sus pasiones, de una manera imparcial.

La realización del hombre se efectúa por la toma de posesión de su mundo interior. Y ella se cumple cuando el hombre, colocado sobre el plano de su Inteligencia Independiente, ve a la vez en él los dos principios, afirmativo y negativo, que, iguales en valor y opuestos el uno al otro, residen sobre el plano de los fenómenos. Entonces él realiza la síntesis equilibrada de su Ser total.

Este punto de vista, el único que da la visión justa, no incluye ninguna emoción ordinaria ante la visión de tal o cual elemento en el plano inferior. En efecto, según la Metafísica Tradicional, los dos principios, afirmativo y negativo, constructor y destructor, se balancean exactamente al interior del todo de un ser dado. Para el ojo que los abarca juntos, su total es rigurosamente nulo en su plano y ellos sólo valen en tanto que elementos de la síntesis ternaria. Se puede entonces decir que toda observación de sí que implique una aprobación o una crítica, una alegría o un sufrimiento, un Bien o un Mal, no está efectuada desde el punto de vista conveniente. En efecto, toda aprobación o crítica prueba que el equilibrio no es exacto entre los dos principios inferiores; uno es visto como predominante sobre el otro y esto sólo puede ocurrir cuando el hombre que los ve está situado en ese mismo plano. En tal caso es imposible una visión rigurosamente total porque esa visión sólo puede tener por objeto las manifestaciones de los principios inferiores y no estos principios mismos en su unidad respectiva. La visión total de sí, visión unificante, da por abolida toda distinción entre el Bien y el Mal, y toda persistencia de esta distinción prueba que esta visión no ha sido obtenida. Dicho de otra manera, toda observación de sí que incluya una emoción ordinaria de contento o de sufrimiento no está efectuada desde el punto de vista que es el único justo.

Se ve la necesidad en que se encuentra el hombre que quiere realizar su Ser de abandonar voluntariamente la distinción del Bien y del Mal en la que ha vivido hasta ahora y todas las emociones que a ella están ligadas. En el pecado original, Adán come el fruto del árbol del Bien y del Mal, es decir que él pierde el principio conciliador de la síntesis ternaria y cae en el dualismo donde el Ser no podría realizarse.

Se preguntará por qué, a la visión del Bien y del Mal, están ligadas emociones de alegría y de sufrimiento. Por qué el Bien aparece superior al Mal siendo que ambos son igualmente necesarios a la síntesis trinitaria? Por qué los dos principios aparecen desiguales cuando falta el principio conciliador? Esto proviene del hecho de que existen ciertas relaciones entre el principio superior y los principios inferiores, entre los mundos intemporal y temporal, relaciones que se expresan en el Simbolismo. El plano espiritual
es afirmación, construcción, y el simbolismo no puede relacionar este plano a la vez a los dos principios inferiores opuestos, sino solamente al principio inferior constructor, al Bien. Si el hombre prefiere necesariamente el Bien al Mal, es porque, en la profundidad de su conciencia, él sólo tiende hacia un único valor que es la realización de su Ser espiritual.

El hombre debe abandonar la distinción del Bien y del Mal para realizar la síntesis trinitaria de su Ser. Actuando así, él obtiene su liberación, porque la esclavitud del hombre encerrado en el dualismo, no es, como muchos lo creen, la esclavitud del Mal, sino la esclavitud de la distinción del Bien y del Mal.

Abandonando esta distinción, el hombre debe dejar necesariamente todas las emociones ordinarias de las cuales ella es la única causa. Hemos dicho que este abandono debía ser voluntario. En efecto, va a producirse una lucha porque frente a la fuerza temporal que constituye la emoción ordinaria, otra fuerza deberá aparecer, fuerza intemporal que, en la medida en que aparecerá, será necesariamente victoriosa a causa de su naturaleza superior misma. Pero la emoción ordinaria desde que nace en el hombre toma por asalto su atención y la capta siempre en una cierta medida. El fin de la lucha interior consiste justamente en arrancar a la emoción temporal todo lo que ella ha captado de atención, y es solamente cuando la totalidad de esta atención ha sido arrancada que se obtiene la visión estabilizante de la síntesis trinitaria.

La visión justa es entonces una visión sin emoción ordinaria y ella se obtiene por la extinción de esta emoción al arrancarle, por el juego de la Inteligencia Independiente voluntaria, la atención que había capturado. Cómo comprender la realización de este anonadamiento? Para obtener la visión trinitaria, que es una síntesis, la Inteligencia Independiente anula la visión parcial, relativa, que la emoción quiere retener en el plano inferior, por un análisis, es decir, por una descomposición en elementos distintos. En efecto, la visión parcial del plano inferior, en tanto que parcial, es necesariamente heterogénea. Los elementos que la constituyen no tienen la conexión orgánica que sólo puede ser la consecuencia de un todo. Visto desde el principio superior para quien sólo un todo tiene una realidad, este conjunto heterogéneo aparece como una pura nada. Y, visto así, este conjunto que, mientras parecía real, podía retener la atención, ahora ya no es capaz de ello y, soltando presa, se reabsorbe integrándose en la totalidad del principio, integrado él también en la síntesis trinitaria.

Todo ocurre como si la fuerza de vida que, por la captura de la atención estaba ligada a la atención ordinaria, al soltarse pasa a nutrir la realización naciente del Ser del sujeto. Hay muerte sobre el plano inferior y nacimiento en el plano superior, muerte temporal, nacimiento espiritual.

Se comprende que este proceso no se pueda hacer más que en el momento mismo en que la emoción está viva en el hombre, cuando él es afectado como sujeto. Por lo tanto, el análisis sobre emociones antiguas, hecho en un momento en que sólo el intelecto está en juego, no tendría ninguna eficacia inmediata porque
la fuerza de la emoción ya no está presente y no puede entonces ser transferida de un plano a otro. Este no podría tener más que una eficacia secundaria, preparando el retorno de otro análisis hecho en un momento en que la emoción esté presente. La Inteligencia Independiente realmente es esta visión imparcial en la que el hombre se ve como si él fuera otro. Pero ella no tiene eficacia si el hombre es en verdad, a causa del tiempo transcurrido, otro, es decir, ya no es un sujeto sino un objeto para su visión. Esta sólo es eficaz si
el hombre es a la vez otro y el mismo, a la vez sujeto y objeto.

El anonadamiento de las emociones, del cual hemos dicho que es necesario a la síntesis del Ser, no debe evidentemente ser comprendido como un anonadamiento definitivo, y el hombre que realizare la plenitud de su Ser no sería un hombre en el que ya no se produjeran más emociones ordinarias. El anonadamiento de la emoción es un proceso instantáneo, es decir, ocurre en este instante que es la intersección del tiempo y de la eternidad. Esto no modifica en nada el juego del principio que, funcionando en el plano temporal, ha producido la emoción y continuará produciendo otras nuevas. El anonadamiento no afecta más que al producto de esta fuente profunda. Este producto ha desaparecido, vacío de su contenido de fuerza de vida que ha sido arrebatado en beneficio del Ser real. Pero la fuente continúa y es indispensable que así sea para que continúe la realización del Ser que se nutre de sus efectos. Es así que se puede representar al hombre que hiciera actuar continuamente su Inteligencia Independiente como un hombre sin emociones, porque ellas serían vaciadas de su contenido y en consecuencia muertas a su aparición; pero no como un hombre sin deseos porque la muerte de los deseos es incompatible con la vida corporal.

Hemos dicho que el abandono de la posición dualista, de la distinción del Bien y del Mal, involucraba el abandono de las emociones antes de tener consciencia de su función dualista. Así vemos nosotros ahora, en la marcha inversa que es la práctica de la vida interior, que el hombre que quiere abandonar sus emociones para nutrir su Ser debe tomar consciencia de su posición dualista y de la necesidad en la que él se encuentra de abandonarla. Y es preciso comprender aquí que lo que hemos llamado la distinción del Bien y de Mal debe ser entendido en la aceptación la más vasta y que ella se encuentra detrás de la totalidad de los fenómenos psicológicos, porque no hay ninguno de ellos que no produzca una resonancia emotiva. Nosotros hemos hablado de emociones de contento de sí y de sufrimiento de sí experimentados cuando el hombre se observa a sí mismo. Es evidente que todas las emociones de contento y de sufrimiento en general son asimilables a las primeras porque toda percepción tiene por objeto una parte del sujeto afectada por el mundo exterior o por un juicio que él mismo formula. Lo que llamamos distinción del Bien y del Mal engloba, entonces, de una manera general, toda distinción de placer y de desplacer.

Hemos visto que los dos principios inferiores, constructor y destructor, aunque iguales ante la mirada de la síntesis trinitaria, no parecen iguales ante la mirada del hombre situado en su plano, y que el simbolismo explica esta desigualdad. A causa de este simbolismo, se puede decir que de una cierta manera las emociones de contento son menos falsas que las de sufrimiento. Y esto por dos motivos: en primer lugar, el sufrimiento atrapa al hombre más que el contento; capta más su atención. separándola del polo intemporal donde ella debería estar. Así el hombre es más perjudicado por su sufrimiento que por su placer. Por otra parte, las dos clases de emoción deben ser consideradas de manera muy diferente desde el punto de vista de su utilización posible para la realización del Ser.

En efecto, a causa de la relación simbólica que existe entre ellas y el plano inferior, y en consecuencia también entre la emoción de placer ordinario y la alegría inmóvil del plano superior, el hombre que siente el placer es comparable a un hombre dormido que soñara que está despierto y en quien la voluntad de despertar no tiene ninguna razón para actuar. El hombre que siente placer no puede encontrar en esta situación ninguna razón para comprender la necesidad de dejar, por el juego analítico de la Inteligencia Independiente, el plano en el que se encuentra. Por su correspondencia simbólica, el placer contiene algo de relativamente justo que impide a la Inteligencia Independiente arrebatar la fuerza que le está ligada. Todo lo que puede hacer la Inteligencia Independiente ante el placer, es hacer salir de la sombra el sufrimiento que existe siempre como polo complementario de todo placer y utilizar entonces la fuerza de este sufrimiento. Este fenómeno de desplazamiento de la consciencia del placer al sufrimiento se observa
a veces espontáneamente. Una emoción de placer muy elevada y muy intensa, experimentada por ejemplo en el arte o en el amor, vira al sufrimiento cuando alcanza un cierto grado. Así entonces, ya que el placer aprisiona al hombre menos vigorosamente que el sufrimiento, el hombre no podrá elevarse directamente desde él al plano del Ser, sino que deberá pasar por el polo de sufrimiento contenido en la misma emoción.
Y se ve que esta última es la única real porque es la única emoción utilizable desde el punto de vista del Ser. Esto explica las palabras del Buda: Todo es sufrimiento. El hombre que pasara constantemente su vida realizando su Ser, no conocería más que dos emociones: sobre el plano inferior de su ser, la fuente profunda de su vida no elaboraría más que sufrimiento, y la realización de su Ser, efectuada sin cesar a partir de ese sufrimiento, mantendría en él la alegría inmóvil del plano superior.

Hemos visto que la síntesis trinitaria del Ser se realizaba cuando la Inteligencia Independiente anulaba la emoción y le robaba su fuerza. Y hemos dicho que el anonadamiento de la emoción no era el anonadamiento del deseo, del impulso existente detrás de esta emoción. Es que en efecto la emoción debe ser considerada como la vía desviada por donde se descarga la fuerza del impulso cuando la Inteligencia Independiente no funciona. El impulso mismo no es contrario a la realización del Ser, incluso es indispensable. Es solamente la desviación de su fuerza en emoción la que es falsa y que debe ser anulada para que la fuerza reencuentre su vía normal.

Esto hará comprender que, si bien el método general de la realización interior es el mismo para todos los hombres, los gestos interiores correctos por los cuales esta realización deberá efectuarse son diferentes para cada uno de ellos. Si fuera el impulso el que debiera ser anonadado por la Inteligencia Independiente, este gesto de muerte sería el mismo para todos. Pero el gesto de vida que no anula más que la emoción y libera la fuerza del impulso, debe ser adaptado exactamente a la estructura particular del sujeto.

Es decir que el análisis, que es la modalidad según la cual actúa la Inteligencia Independiente, es un trabajo esencialmente individual y de ninguna manera un remedio uniforme distribuido indiferentemente a todos. La intensidad y la cualidad de los impulsos varía en todos los hombres. Y el análisis debe dar al sujeto la visión de su estructura original.

Este no será eficaz sino en la medida en que sea exacto. Será necesario descomponer los mecanismos de los impulsos que existen detrás de las emociones, A veces ciertas emociones, al comienzo invisibles, deberán ser hechas conscientes, deberán ser rechazadas, antes de que sus mecanismos productores puedan ser descompuestos. Y estas emociones rechazadas deberán ser buscadas detrás del comportamiento del sujeto, el que será examinado con minuciosidad. Es para realizar todo este trabajo que ha sido creada la técnica analítica.

El trabajo interior se servirá entonces de la observación del comportamiento. Pero nosotros vamos a ver que él va también a modificar este comportamiento y utilizar esta modificación para la realización de su meta. Nosotros vamos a ver que el esfuerzo hecho por el hombre para obtener la visión justa de sí mismo
no se va a realizar durante un largo tiempo para terminar en una modificación brusca y única de su vida. Al contrario, la visión producirá modificaciones sucesivas de esta vida y cada una de esas modificaciones producirá a su vez un profundizamiento de la visión.

El comportamiento del hombre es lo que él hace, es su manifestación, es el conjunto de las actitudes exteriores por las cuales él manifiesta sus actitudes interiores. Pero nosotros sabemos que no se hace nada en el mundo que no sea según la ley de la trinidad. Cómo comprender que el hombre haga algo sin que funcione en él su principio conciliador superior, la Inteligencia Independiente? Hay allí una derogación de la ley de tres? No. Pero, para explicarse este hecho, es preciso saber que el hombre es una criatura compleja en la que se observa el juego de dos principios conciliadores, o equilibradores, diferentes. La Inteligencia Independiente es el principio conciliador de naturaleza divina cuya actuación realiza la síntesis trinitaria del Ser y, como lo hemos visto, el juego de ese principio, si bien es posible en el hombre, no es necesario ni constante. El es necesario a la construcción del Ser intemporal del hombre, pero no a la construcción de su ser temporal. A esta construcción temporal la preside otro principio conciliador, emanado de Dios como todos los principios, pero no de naturaleza plenamente divina. Es un principio conciliador natural, el mismo principio que actúa igualmente en el animal privado de Razón divina. Y este principio, a la inversa del primero, actúa en el hombre de una manera necesaria y constante.

Podemos estudiar el juego del principio conciliador natural cuando él actúa solo, sin que actúe el principio superior. El principio natural es capaz de hacer la síntesis temporal del hombre, pero no la síntesis de su Ser total. El obvía esta insuficiencia creando en el hombre lo que en el lenguaje analítico se llama compensaciones. Estos son sistemas de actitudes interiores y exteriores, normas de comportamiento, que ahorran más o menos perfectamente al hombre el sufrimiento producido por la necesidad insatisfecha de realizar su Ser total. Son máscaras colocadas delante de vacíos, imitaciones del Ser real, así como hemos visto al placer simular la alegría inmóvil del plano superior, o como el sueño simula la vigilia y protege así el dormir.

Las compensaciones, a fuerza de actuar, construyen hábitos, automatismos psíquicos. La compensación,
al comienzo simple movimiento interior, adquiere así un elemento estático y llega a ser una especie de situación-obstáculo colocada delante de la visión justa e impidiéndole producirse. Ella mantiene la visión parcial, por lo tanto errónea, del plano inferior. Un círculo vicioso se establece así, porque mientras más la visión se afirma, más disminuyen las oportunidades de la visión justa, más la visión se parcializa y se falsea aumentando la importancia de la compensación.

Se comprende inversamente que el juego voluntario y metódico de la Inteligencia Independiente, obteniendo la visión desde lo alto que es la única justa en la medida en que es obtenida, hace aparecer la absurdidad de la compensación desde el punto de vista del Ser y la destruye en esa misma medida. La actitud interior falsa que ha sido así aclarada desaparece, y el comportamiento exterior que le correspondía es abandonado y reemplazado por un comportamiento justo. Este comportamiento rectificado no es una pantalla opaca como lo era el comportamiento compensador, y su transparencia descubre otros mecanismos compensatorios situados detrás de él que podrán a su turno sufrir la acción de la visión justa, y así sucesivamente. Pues los mecanismos psicológicos se encajan desde la superficie del ser hacia su profundidad y deben ser rectificados progresivamente en este orden.

Se ve que la realización interior aunque no consiste, propiamente hablando, en nada exterior visible en el plano temporal, no podría efectuarse sin acarrear consecuencias visibles. Los comportamientos compensadores son, ya lo hemos dicho, situaciones-obstáculos, y ciertas relaciones que el sujeto ha establecido entre él y las gentes y las cosas que lo rodean deben ser rotas para que el trabajo interior pueda progresar.

Hubert Benoit

Traducido y extractado por Carmen Bustos de
“Métaphysique et Psychanalyse” Le Courrier du Livre.

Más Información:
Hubert Benoit.- “De la Réalisation Intérieure
“Le Courrier du Livre.