Conocimiento e Inocencia.

Conocimiento e Inocencia.

Cuando hablo del Zen a un auditorio Occidental, la mayoría educado en la tradición cristiana, la primera pregunta que generalmente se me formula es: cual es el concepto del Zen sobre la moralidad? Si el Zen pretende estar por encima de todos los valores morales, qué nos enseña a nosotros, simples mortales?

Si comprendo bien el cristianismo, é1 deriva de la autoridad moral de Dios, dador del Decálogo, y se nos dice que si lo transgredimos de cualquiera forma que sea, seremos castigados y lanzados al fuego eterno. Es por esta razón que los ateos son considerados como gente peligrosa, porque, no teniendo Dios, no respetan los códigos morales. El adepto del Zen, no teniendo un Dios análogo al Dios cristiano, pero que habla de superar el dualismo del bien y del mal, de lo justo y lo injusto, de la vida y la muerte, de la verdad y del error, este adepto del Zen será, é1 también, objeto de sospecha. La idea de los valores sociales, profundamente arraigada en el espíritu occidental, está íntimamente ligada a la religión, de manera que ellos son inducidos a pensar que religión y ética son una sola y misma cosa y que la religión no está dispuesta a relegar la moral al segundo plano. Pero pareciera que el Zen lo hace, y de allí viene la pregunta que me plantean. He escrito en uno de mis libros: Todos los valores morales y toda la práctica social emanan de esta vía no-condicionada que es la vacuidad. En este caso bien y mal no son más que diferenciaciones secundarias. Qué es lo que las diferencia y cómo sabría yo qué hace que el bien sea otra cosa que el mal? En otros términos, puedo yo – y cómo puedo. en este caso – deducir una ética de la ontología del Budismo Zen?

Todos somos seres sociales y la ética es nuestra relación con la vida social. El adepto del Zen no puede vivir fuera de la sociedad. No puede desinteresarse de los valores éticos. Pero é1 quiere tener el corazón enteramente libre de todas las impurezas salidas del conocimiento que hemos adquirido al comer el fruto del árbol prohibido. Cuando se regresa al estado de inocencia, todo lo que se hace está bien. San Agustín dijo: Ama a Dios y haz lo que quieras. Una vez despertado el Conocimiento en el Jardín del Edén donde reinaba la lnocencia, aparece la diferenciación entre el bien y el mal. Igualmente, de la Vacuidad del Espíritu se eleva misteriosamente un pensamiento, y se tiene el mundo de las multiplicidades.

El vocablo Inocencia debe ser comprendido en el sentido del estado espiritual en el cual vivían los habitantes del Jardín del Edén alrededor del Arbol de la vida, los ojos no abiertos, desnudos, sin sentir vergüenza, sin el conocimiento del bien y del mal. Por Conocimiento se debe comprender todo lo que se opone a la Inocencia particularmente a un par de ojos discriminatorios abiertos al bien y al mal.

La idea judeocristiana de la Inocencia es la interpretación moral de la doctrina búdica de la Vacuidad, que es metafísica, en tanto que la idea judeocristiana del Conocimiento corresponde, desde el punto de vista epistemológico, a la noción búdica de la Ignorancia, aunque la lgnorancia sea superficialmente lo contrario del Conocimiento. La filosofía búdica considera toda discriminación – moral o metafísica – como el producto de la Ignorancia que oscurece la luz primera del No-condicionado, el cual es la Vacuidad. Pero esto no quiere decir que haya que eliminar el mundo entero por ser el resultado de la Ignorancia. Igual sucede con el Conocimiento, pues él es el resultado de haber perdido la Inocencia comiendo el fruto prohibido. Pero ningún cristiano ni judío, que yo sepa, ha intentado jamás deshacerse del Conocimiento para recuperar el Paraíso, y poder gozar, como al principio, de la Inocencia en toda su plenitud.

Lo que debemos comprender bien entonces es el sentido de Conocimiento e Inocencia, es decir, penetrar a fondo la relación que existe entre los dos conceptos opuestos: de una parte, Inocencia y Luz original, de la otra, Conocimiento e Ignorancia. Desde un cierto punto de vista parecen ser irreductiblemente contradictorios, pero, desde otro, son complementarios, Si nos atenemos a nuestra manera humana de pensar, no se podía poseer ambos al mismo tiempo. Pero nuestra vida real está hecha del apoyo del uno al otro, o mejor dicho, de su inseparable colaboración.

La pretendida oposición entre Inocencia y Conocimiento o entre Ignorancia y Luz original no es del mismo género de la que se ve entre lo blanco y lo negro, entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre ser o no ser, o entre tener o no tener. La oposición es, por así decir, entre continente y contenido, entre el fondo y el primer plano de la escena, entre el terreno y los jugadores que se mueven en él. El bien y el mal juegan sus roles opuestos sobre el terreno que permanece neutro, indiferente y libre o vacío. Es como la lluvia que cae sobre los justos y los injustos; como el sol que se eleva sobre el bien y sobre el mal, sobre nuestros enemigos y sobre nuestros amigos. En un cierto sentido, el sol es inocente y perfecto, como lo es también la lluvia. Pero el hombre, que ha perdido la Inocencia y adquirido el Conocimiento, diferencia al justo del injusto, al bien del mal, a los enemigos de los amigos.

La Inocencia y el Conocimiento deben ser mantenidos en buen equilibrio. Para esto, el Conocimiento debe ser disciplinado y al mismo tiempo es necesario apreciar el valor de la Inocencia en su justa relación con el Conocimiento.

El concepto metafísico de la Vacuidad puede traducirse en términos de economía, por la pobreza; ser pobre, no poseer nada : Dichosos los pobres en espíritu Eckhart da la definición siguiente: Hombre pobre es aquel que no tiene necesidad de nada, que no sabe nada y que no tiene nada. Esto es posible cuando un hombre está vacío de sí mismo y todas las cosas, cuando el espíritu está totalmente purificado del Conocimiento o de la Ignorancia que poseemos después de la pérdida de la Inocencia. Dicho de otro modo, recuperar la Inocencia es ser pobre. Es sorprendente y bastante extraño que Eckhart defina a un hombre pobre como no sabiendo nada. Es esta una afirmación de gran importancia. El Conocimiento comienza cuando el espíritu está repleto de todas clases de pensamientos mancillados, donde el peor es el del yo. Pues todos los males, todas las poluciones parten de nuestro apego a este yo. Como dirían los budistas, la realización de la Vacuidad no es ni más ni menos que penetrar en la no-existencia de un yo substancial. Es el más grande obstáculo en nuestra disciplina espiritual y, en realidad, consiste no en desembarazarse del yo, sino más bien en darse cuenta desde el comienzo que no hay semejante existencia. Esta toma de conciencia significa ser pobre en espíritu. Ser pobre no significa empobrecerse; ser pobre significa no estar, desde el principio, en posesión de nada y no en despojarse de lo que se tiene. Nada a ganar, nada a perder; nada a dar, nada a tomar, ser simplemente tal como se es, y por lo tanto ser rico de posibilidades inagotables . Esto es ser pobre en el sentido más propio y más característico de la palabra, y esto es lo que nos dicen todas las experiencias religiosas. No ser absolutamente nada, es serlo todo. Cuando se está en posesión de cualquier cosa, esa cosa impedirá a todas las otras cosas entrar.

Se tiende generalmente a imaginar que, si el espíritu o el corazón están vacíos del yo y de todas las cosas, queda un lugar disponible para que Dios venga a ocuparlo. Esto es un gran error. El pensamiento mismo, por ligero que sea, de hacer lugar para algo es una traba tan enorme como una montaña. Un monje vino hacia Ummon, uno de los grandes maestros Zen del siglo X, y le dijo: Si un hombre no tiene un pensamiento que ocupe su consciencia, qué imperfección tiene él?. Ummon rugió: El Monte Sumeru !

Eckhart enuncia de forma típicamente cristiana un pensamiento parecido:Si un hombre esta vacío de todas las cosas, de todas las criaturas, de é1 mismo de Dios, y si Dios pudiera todavía encontrar lugar en él para actuar, nosotros diríamos: mientras ese lugar exista, este hombre no es pobre de la pobreza más íntima. Pues Dios no tiene en vista que este hombre tenga en é1 un lugar reservado para Su acción, porque la verdadera pobreza de espíritu exige que el hombre sea vacío de Dios y de todas sus obras, de manera que, si Dios quiere actuar en el alma, es el hombre mismo quien debe ser el lugar en el cual El actuará, y así le placerá a El hacerlo. Pues si Dios encontrase una vez una persona así de pobre, El tomaría la responsabilidad de Su propia acción, porque Dios actúa en Sí mismo. Es ahí, en esa pobreza, que el hombre recobra el ser eterno que fue, que es y que será para siempre.

Según mi interpretación de Eckhart, Dios es al mismo tiempo el lugar donde El obra y la obra misma. El lugar es el cero o la vacuidad en tanto que Ser, mientras que la obra cumplida en el lugar del cero es el infinito o la Vacuidad en tanto que Llegar a Ser. Entonces es realizada la esencia de la pobreza. El ser es el llegar a ser y el llegar a ser, el ser. Cuando el uno está separado del otro, se tiene una pobreza torcida y coja. La pobreza perfecta no es recuperada sino cuando la vacuidad perfecta es la plenitud perfecta.

Citando otra vez a Eckhart: En mi pasaje al más allá… sobrepaso todas las criaturas y no soy ni Dios, ni criatura: soy lo que era, lo que permanecerá de ahora en adelante y para siempre. Recibo entonces un impulso que me transporta por encima de todos los ángeles. En este impulso concibo tales riquezas pasajeras que no soy satisfecho de Dios en tanto que Dios, en tanto que siendo todas sus obras santas, pues en ese pasaje al más allá descubro que Dios y yo somos idénticos. …

No sé cómo mis lectores cristianos aceptarán estas afirmaciones, pero desde el punto de vista budista hay que hacer una reserva. Por transcendente que pueda ser en sí esta experiencia de pasaje al más allá, sobrepasando toda forma de condicionamiento, se queda expuesto a formular una interpretación deformada. El maestro Zen nos dirá entonces de transcender o de rechazar la experiencia misma. Estar absolutamente desnudo, ir más allá de la recepción de un impulso de cualquier naturaleza que sea, estar perfectamente liberado de toda posible trampa que nos hayamos tendido nosotros mismos después de la adquisición del Conocimiento: esta es la finalidad del entrenamiento Zen. Entonces, solamente, nos encontramos ser de nuevo los simples Fulanitos de Tal que hemos sido siempre.

Se podrían enumerar muchas virtudes a las cuales deben aspirar los monjes, budistas o cristianos. La más fundamental es, a mis ojos, la pobreza. Esta corresponde, desde el punto de vista ontológico, a la Vacuidad, y desde el punto de vista psicológico a la ausencia del yo o a la Inocencia. La existencia de la que gozamos en el Jardín del Edén simboliza la Inocencia. Cómo recuperar o, mejor dicho. cómo reconocer que poseemos ya esta primitividad de espíritu en el seno de la industrialización y del propagandismo de vida fácil es la grave pregunta que exige de nosotros, hombres modernos, una solución afortunada. Cómo realizar la sabiduría transcendente de la prajna en un mundo donde el desarrollo del Conocimiento es por todas partes estimulado de mil y una formas? Se nos exige imperativamente una solución, de la forma más enérgica. La época de los Padres del Desierto ha pasado definitivamente, y nosotros esperamos que un nuevo sol se eleve sobre el horizonte del egoísmo y de la vileza en todos los dominios.

Daisetz T. Suzuki

Extractado por Viola Fishman de
Thomas Merton.- El Zen y los Pájaros del Deseo.- Kairós

 

 

Correcta Manera de Vivir para el Budista Occidental

Correcta Manera de Vivir para el Budista Occidental

La adopción del Budismo en la cultura occidental es un proceso de ir desarrollando las potencialidades de hombres y mujeres laicos. Nuestra tarea es hacer accesible el Budismo en el contexto de la cultura occidental y ser tan claros en esta tarea como lo fueron los maestros que lo introdujeron en Japón desde China.

Esta tarea comienza por el examen de lo que los antiguos maestros dijeron o no dijeron acerca de sus propias tradiciones, y luego considerar qué podríamos decir nosotros en cambio. Por ejemplo, Hakuin declaró que todos los seres son Buda por naturaleza, y que este cuerpo real es el Buda. Sin embargo, él no dijo que este cuerpo real es un Bodhisattva, un ser iluminando al mundo.

Interpreto esta omisión como una limitación del Mahayana. Puede haber algo pasivo en Este cuerpo real es el Buda. Es Sakyamuni simplemente aceptándose bajo el árbol Bodhi. El está totalmente iluminado, pero nada sucede. No fue hasta que se levantó y buscó a sus primeros discípulos que él empezó a hacer girar la rueda del Dharma. Este es el proceso que el Budismo ha seguido por siglos y milenios. Durante la mayor parte del tiempo, el Budismo ha estado sentado debajo del árbol Bodhi, apreciándose a sí mismo, y llegando sólo gradualmente a recordar a la inmensa cantidad de sus fieles discípulos.

Y todos aquellos discípulos -tanto gente común como monjes y monjas, tanto seres inanimados como pájaros y árboles – son claramente la responsabilidad del Budista Mahayana, que hace votos cada día para salvarlos. Esta fe nuestra, el Gran Vehículo que transporta a todos los seres a la otra orilla, surgió dos mil años atrás; pero, curiosamente, hasta donde yo sé, ningún instructor ha comentado los votos ni dicho claramente Tu mismo eres el Mahayana, Tú mismo con tus modestas limitaciones eres responsable del transporte de gente, animales, océanos y bosques a la otra orilla. Seguramente, estando todo el planeta en grave peligro, es tiempo que estas cosas se digan.

Lamentablemente, la responsabilidad social ha sido negativamente subrayada en el Budismo hasta ahora. Al establecer la Correcta Manera de Vivir, por ejemplo, el Buda fue explícito acerca de la forma equivocada de vivir, como las guerras, el tráfico y manufactura de armamento, la toma de prisioneros y la prostitución. Aún la persecución de cualesquiera de estas ocupaciones dañinas, es una de las clases de trasgresión más básicas. Me parece que los Budistas occidentales podrían estar preguntando: Cual es la manera de vivir correcta? Después de todo, cual es el estilo de vida correcto? Cuál es el gran esfuerzo continuo que cumple con nuestros votos de Bodhisattva, no sólo en el monasterio sino también en la vida diaria?

Volviendo a nuestras fuentes, encontramos a la Bodhisattva Kuan-Yin ofreciendo respuestas. Su nombre significa Oye los sonidos del Mundo, los sonidos del sufrimiento y también los del gozo. Ella oye a los pájaros y a los niños, al trueno y a los océanos, y ellos son su esencial naturaleza. En una de sus representaciones ella tiene mil brazos, y en cada mano sostiene un instrumento de trabajo: un martillo, una espátula, un lápiz, un utensilio de cocina, un rayo. Ella ha permitido al mundo cultivar su carácter, y también ha tenido que desarrollar sus propias habilidades para hacerlo efectivo. Ella es el arquetipo de la Manera Correcta de Vivir: alguien que usa las herramientas del mundo del trabajo diario para nutrir a todos los seres y hacer girar la Rueda del Dharma.

El nutrir empieza con la experiencia de la inclusión. Contengo esta nueva vida, piensa la mujer embarazada, y esta experiencia es el fundamento de su maternidad. Como María, ese arquetipo materno, ella sabe que es la madre de todos. Y como María, Kuan-Yin también contiene a todos y a todo. Para ser cálidamente próximo en la forma que Kuan-Yin lo es, y seguir su camino, tengo que oír la multitud de sonidos dentro de mi propio cráneo y piel, y darme cuenta que mi cráneo y mi piel son tan permeables como el cielo estrellado. El cielo estrellado habita en ellos.

El Sutra Hua-yen utiliza una imagen para ilustrar la inclusión. Es la Red de Indra, con una joya en cada unión de la Red, que refleja perfectamente a todas las otras joyas y que verdaderamente las contiene a todas. Otra imagen en el Sutra es la Torre de Maitreya, la cual el peregrino Sudhana encuentra hermosamente adornada, conteniendo un número infinito de otras torres.

La feliz expresión de Thich Nhat para inclusión es inter-ser. Cuando ustedes experimenten personalmente el inter-ser, entonces sabrán que la realización de ustedes es la realización de todos los otros. Para seguir a Kuan-Yin tienen que hacer girar la Rueda del Dharma con sus características individuales, no en forma aislada, sino con todos y todo como si fuera un organismo individual.

El anhelo de realización está encarnado en otro arquetipo: el Buda como un recién nacido. Dando siete pasos hacia cada uno de los puntos cardinales, anunció: Arriba los cielos, abajo los cielos, y sólo yo, el Honrado por el Mundo. Este es el grito de cada recién nacido, humano y no humano, animado e inanimado Aquí estoy yo! Comienzo y termino aquí!

Completamente único ! No hay nadie más con el rostro de usted, nunca lo ha habido, jamás lo habrá. Este es el Nirmanakaya, ese especial ser que ha surgido por misteriosas afinidades. No hay esencia, y cada una de las afinidades depende de todas las otras. Reunidas forman una especie de bulto aquí y otro allá. Ahora un niño, ahora un pez, ahora una piedra o una nube.

Cada uno de estos cuerpos es una manifestación ansiosa del gran potencial universal, cada uno bebiendo en las profundidades de la madre, del padre, de las hermanas y los hermanos, del viento, de los árboles, del mar en la ribera, con un talento personal y particular. La realización de este talento es la pasión permanente de los infantes de todas las especies. Y continúa siéndolo al desplegarse con cada satisfacción hasta el último aliento. Los seres humanos comparten esta pasión con todos los seres, incluidos aquellos llamados inanimados. Miren cómo la piedra resiste a la destrucción, cómo el suelo se purifica a sí mismo.

Pero, mediante un esfuerzo dirigido, la piedra puede ser destruida y el suelo aniquilado; y también el ser humano puede ser eliminado, y las vacas, corderos, árboles y miles de otros seres pueden ser explotados por una perniciosa manera de vivir. Esta explotación es tan voraz hoy en día, que podría decirse que estamos abusando del planeta en la forma como un borracho abusa de su cuerpo, acercándose a una muerte prematura. Esta no será sólo su muerte o la mía. Será la muerte de Shakespeare, Beethoven, Kuan-Yin, océanos y bosques.

Solamente los seres humanos son responsables por la creación de esta temeraria rodada hacia la destrucción, y sólo los seres humanos pueden cambiar esto. El giro extra de ADN en los genes humanos evidencia la percepción de que, como individuos, incluimos a todas las otras personas, tanto como a los animales y las plantas, y pone de manifiesto también nuestro motivo para darles nombre, según el Génesis. El impulso al darse cuenta de esta supremacía, puede conducir a una conspiración para explotar a todos los seres con el objeto de exaltar a uno solo, o a una conspiración para permitir el florecimiento de las incontables especies: el tejedor Maya, el pato ornitorrinco, el hibisco kauaiensis, el gorrión vulgar. Cuando esta unicidad y diversidad es llevada plenamente a efecto, el bosque está en su máximo esplendor, la granja, plena de hortalizas, la ciudad con cientos de festividades, las estrellas, en su curso.

La realización, ya sea de la granja, del bosque, del desierto, del río o del océano, es la realización del todo, en un sistema dinámico de constante destrucción, renovación, evolución y entropía. Mediante el cultivo inteligente, ustedes y yo podemos encontrar que la experiencia de inclusión del propio Buda, es, después de todo, también la nuestra, que el vasto proceso universal es el panorama de nuestros propios cerebros. Gradualmente se vuelve claro el cómo mantener el universo completo en su máximo esplendor.

Al mismo tiempo, por supuesto, estamos todos nosotros comiéndonos unos a otros. La danza dual de destrucción y renovación de Shiva. Los árboles murieron para que este papel pudiera vivir. Los cereales mueren para que podamos comerlos. Incluso en el Kalpa del fuego, cuando todos los universos sean quemados, las llamas del holocausto harán germinar las semillas de algo; aún no sabemos qué. Entre tanto, con la mente tan abierta como sea posible, mi estilo de vida y el de ustedes será modesto y los corazones estarán agradecidos. Será claro lo que es apropiado hacer y lo que no. Kuan-Yin tiene un ilimitado sentido del equilibrio.

El equilibrio es un asunto de compasión y por compasión me remito a la etimología de la palabra: sufriendo con los otros. Veinticinco años atrás viajé por Asia, y en algunos países encontré mansiones rodeadas por altos muros que terminaban en vidrios quebrados insertos en el concreto. En los Estados Unidos los muros son menos notorios, pero tienen cientos de estilos de exclusividad diferentes. Y aun así todo es interdependiente. Los barrios marginales sustentan a los suburbios. Los suburbios sustentan a Palm Beach. Este a las prisiones. Las prisiones sustentan a los jueces. La forma equivocada de vivir no refuta al Buda.

Entonces, la pregunta es: Cómo se práctica ? Como un antiguo maestro Zen decía: La práctica del Dharma en este ávido mundo…. he ahí el poder de una sabia visión. La Manera Correcta de Vivir está en el medio del Octuple Sendero, el sendero que comienza con la Visión Correcta: Estamos aquí brevemente, y somos parte los unos de los otros.

Hui-Neng, que fue figura clave en el establecimiento del Zen en China (donde se llamaba Ch’an) dijo: Vuestro primer voto: salvar a todos los seres, debe ser: Voto para salvarlos en mi propia mente. Fácil de decir, pero difícil de realizar; pero si ellos son realmente salvados en nuestra mente, y logramos mover nuestros traseros de debajo del árbol Bodhi y nos esforzamos con nuestras propias habilidades bien desarrolladas, entonces hay esperanzas.

Esperanza, porque, querámoslo o no, estamos en íntima comunicación. No somos un desparramo de individuos aislados con las mismas ideas, sino un organismo, con cada célula conteniendo a todas las otras células. Una es verde, y todas son verdes. La idea de ustedes en un virus en mi sangre, y mi idea lo es en la de ustedes.

Estos no son sólo conceptos Budistas, sino verdades perennes ejemplificadas por muchos sucesos simultáneos alrededor del mundo que contienen promesas de paz, justicia social, y un genuino interés por la vida en la Tierra, donde antes ha dominado la violencia, la represión y la explotación.

Robert Aitken

Más información:
Deshimaru.- La práctica del Zen.- Kairós
Dhiravamsa.- Retorno al Origen.- Los libros de la Liebre de Marzo.
Suzuki, D.T.- Manual de Budismo Zen.- Kier.
Vivir el Zen.- Kairós.

Este artículo fue publicado en el N 11 de la Revista ALCIONE

Equilibrio

Equilibrio

 

Con una consciencia meditativa sabemos cómo abordar cada experiencia y, por consiguiente, no caemos atrapados por expectativas, frustraciones ni decepciones.

ZenGarden

Desde una perspectiva concluyente, sólo existe la consciencia o atención pura. La consciencia admite todas las pautas, toda la experiencia. En cuanto las “experiencias” se filtran por los sentidos y empiezan a acumularse pautas de percepción,  todas las imágenes, recuerdos y representaciones forman lo que llamamos “consciencia”. Esto no significa que aparece una consciencia substancial, original o específica. Creemos que hay una consciencia, pero ésta es tan sólo una colección de pautas que se han acumulado como el polvo: esta acumulación es lo que llamamos “yo”. Si pudiéramos barrer todas estas pautas como si de vaciar la mente se tratara, no encontraríamos absolutamente consciencia alguna. Sólo queda la consciencia, la consciencia presente, que siempre se halla disponible en el interior de nuestro cuerpo, el interior de nuestra energía.

Alumno: ¿Cómo sé que me encuentro en un estado de atención consciente? ¿Me lo dirán mis sensaciones?

Rimpoche: No. Las sensaciones están en la consciencia. Cuando somos conscientes de algo, esto tiene lugar dentro de la consciencia –percibimos conscientemente la existencia de árboles y montañas, y así sucesivamente-. Organizamos en abstracto nuestra experiencia según determinadas pautas por medio de palabras y conceptos, imágenes e ideas, pero el elevado estado meditativo de consciencia no existe dentro de la consciencia misma. Va más allá del conocimiento sensorial, más allá de los símbolos, conceptos, ideas. Sin esta más profunda consciencia, y aunque puede que en la meditación experimentemos sensaciones positivas, de mucho júbilo, seguimos estando bajo el dominio de nuestras acciones habituales.

Alumno: Estoy algo desconcertado, entonces, con respecto a la meditación que se concentra en algo en particular, como en el caso de la visualización o las instrucciones de un maestro de meditar de cierta manera.

Rimpoche: La visualización es una manera de meditar, y muy útil al principio. Sin embargo,  los meditadores avanzados se dan cuenta de que nadie hace nada. Esto es lo que señalan las instrucciones, y cuando nos damos cuenta de ello, ya no hay necesidad de instrucciones porque ya estamos “ahí”.

Alumno: ¿Cuál es la relación entre “concentración”, “consciencia” y “atención consciente”?

Rimpoche: Puede que cuando nos concentramos estamos en una cierta consciencia pero no estemos en el estado de atención consciente. La consciencia sin este estado es como la leche sin nata o una naranja sin jugo.

Alumno: ¿Puede uno estar en el estado de atención consciente sin concentración?

Rimpoche: Sí. Es lo que estamos tratando de poner en práctica. Primero nos concentramos; después, percibimos conscientemente, y después de eso, nuestra atención consciente aumenta y se prolonga hasta que, por último, es ilimitada. Es muy importante derribar nuestros bloques conceptuales porque, en cierto modo, la concentración forma un caparazón alrededor de la meditación… algo tangible o substancial con lo cual podemos tratar. La consciencia directa trata de penetrar el caparazón.

Alumno: ¿Cómo podemos renunciar a la consciencia y, no obstante, seguir siendo conscientes?

Rimpoche: Debemos desprendernos de cualquier idea, cualquier posición, cualquier logro al que estemos aferrándonos. Escondiéndonos en los pensamientos limitamos la atención consciente. Existe el peligro de que todas las imágenes y los pensamientos que aparecen en la meditación se vuelvan tan fascinantes que no queramos renunciar a ellos, permaneciendo en su ámbito, creemos ser muy poderosos y tenerlo todo bajo control –la mente, los pensamientos, la meditación-. Ciertas visualizaciones y algunos mantras tienden un puente entre la consciencia y la atención consciente: ayudan a dejar ese tipo de meditación consciente. También podemos purificar el cuerpo, el habla y el corazón actuando de manera positiva.

Alumno: ¿Puede ser la concentración una manera de aumentar la atención consciente?

Rimpoche: Gradualmente sí, pero lleva mucho tiempo establecer firmemente la concentración, y dar lugar a una intensa concentración no significa necesariamente que también estemos dando lugar a una atención consciente.

Alumno: ¿Cómo podemos saber cuando estamos meditando correctamente?

Rimpoche: El nivel inferior de meditación tiene una base dualista, con un “yo” que es consciente de algo; el nivel superior de meditación va más allá de la consciencia. Aún estando meditando percibimos pensamientos, imágenes y objetos, todavía estamos aferrándonos a las percepciones sensoriales. Y mientras estemos en el ámbito de la consciencia, experimentaremos distintas sensaciones físicas, emociones e interpretaciones: arriba, abajo; alegre, triste; equilibrado, desequilibrado.

Es posible que cuando meditemos, a menudo nos parezca tener menos trastornos emocionales, perturbaciones o distracciones. Pero esto no significa que estemos trascendiendo el nivel ordinario, pues aún quedan pautas negativas. Observar nuestros pensamientos, y concentrarnos en refinar nuestras percepciones son herramientas transitorias que pueden ponernos alegres y contentos. Pero si queremos llegar al estado de consciencia meditativa debemos trascender la percepción sensorial o intelectual, que se centra en los objetos. En otras palabras, debemos ir más allá de la consciencia.

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Alumno: ¿Cómo se va más allá de la consciencia?

Rimpoche: ¡Con la consciencia directa! Sin embargo, parece que al meditar siempre queremos estar haciendo algo –entrar en contacto con algo sustancial-. Siempre queremos resultados…. De otra manera nos parece que nuestra experiencia no vale la pena. Podemos meditar durante cuatro o cinco años sin encontrar nada tangible, y la meditación puede parecernos obscura, soñolienta y aburrida. Es posible que nos desilusionemos y dejemos de meditar. De modo que nos encontramos en una difícil situación: ¡lo que estamos buscando es lo que estamos dejando!

Alumno: ¿Quiere decir que lo que aprendemos con la meditación podría inducirnos a dejar la práctica?

Rimpoche: Lo que dejamos son las expectativas. Esto puede desconcertarnos, ya que habitualmente creemos que si no poseemos algo, ese algo no tiene nada que ver con nosotros.

Alumno: ¿Cuáles son entonces los beneficios de la meditación, si esta no tiene nada que ver conmigo?

Rimpoche: Los beneficios no son tangibles. Se encuentran al no adoptar posturas y al trascender el ego al máximo posible. La atención consciente no es nada tangible, y este “nada” no puede sostenerse ni señalarse. La atención consciente no es un ente. Si hablamos de él, no es más que ruido. Si nos damos cuenta de esto, puede que pensemos: “¿qué estoy haciendo? Estar aquí no tiene ningún valor claro”. Pero tal actitud sería negativa.

Alumno: ¿Le parece así a usted?

Rimpoche: Menciono esto porque a menudo la gente pregunta “¿ha tenido alguna ‘experiencia’?”. Creemos que es muy importante tener una ‘experiencia’, y continuamente juzgamos nuestra meditación, insistiendo en tener una ‘experiencia’. Puede convertirse en un deseo que nos agobie. Queremos estar alegres y tranquilos. Algunas personas creen que es importante ver visiones, llegar a otros dominios o comunicarnos con espíritus invisibles.

Alumno: Es mucho más agradable, digamos, que estar deprimidos.

Rimpoche: Es cierto. Pero cuando profundizamos en la meditación y más experimentamos los niveles superiores, estas sensaciones ya no están presentes y nos convertimos en atención consciente –la experiencia no nos distrae-. No la atraemos hacia nosotros, ni la apartamos.

Alumno: Pareciera que usted está diciendo que si una persona se iluminara, se desilusionaría.

Rimpoche: Exactamente. Eso creo. Nos desilusionamos porque no se cumplen nuestras expectativas. Hemos creado increíbles fantasías –todo lo que pudiéramos imaginar o esperar-, pero cuanto más desarrollamos una atención consciente, más nos damos cuenta de que estas suposiciones, sueños y fantasías, no existen.

¿No es peligroso descartar nuestras más apreciadas ilusiones? Puede que hayamos estado meditando una o dos horas diarias durante seis o siete años, y hayamos creído que estábamos consiguiendo algo, pero ahora nos damos cuenta de que no hay nada que conseguir.

Podrías preguntar “¿por qué debo molestarme en meditar? Si la meditación no es provechosa para mis sentimientos, mis percepciones, mi estado físico o mental, ¿de qué sirve?”.

Alumno: ¿No sirve para algo?

Rimpoche: Nos puede ayudar a estar contentos y relajados. Pero al ir experimentándola más a fondo, comprendemos que este tipo superior de meditación simplemente “es”; no tiene ninguna finalidad en sí misma.

Alumno: ¿Por qué enseña usted meditación, entonces?

Rimpoche: La finalidad de enseñar es decepcionar a la gente. ¡La gente necesita decepción! Siempre hay decepción si esperamos algo.

Alumno: Yo espero una decepción -¡pero no la deseo!-.

Rimpoche: Es la única manera de que despiertes. En cuanto hay más decepción, puedes despertar.

Alumno: Yo debiera estar muy despierto. Me parece que una vida llena de aventuras amorosas sería más fácil que la meditación. La vida nos proporciona ya bastante decepción.

Rimpoche: Es cierto. Un buen meditador siempre aprende y trabaja con la decepción. Sabe cómo enfrentarse con el mundo y con todas las experiencias con que se topa en la vida; ése es el verdadero proceso de aprendizaje. La manera inteligente de meditar es realmente dirigir nuestra atención a nuestra vida, pues de otra manera simplemente vivimos sin aprovechar nuestro conocimiento espiritual.

Estoy diciendo, entonces, que la meditación nos devuelve a la vida. Puede que tengamos que luchar, pero si estamos resueltos a atravesar obstáculos en lugar de tratar de escapar de ellos o eludirlos, podremos experimentar todo –ver, oír, oler- y participar ágilmente en cada situación en lugar de tener que escondernos o protegernos. Cuando gozamos de una consciencia meditativa sabemos abordar cada experiencia directamente y, por consiguiente, no somos atraídos y atrapados por expectativas, decepciones o desilusiones. Cuando vivimos de esta manera, comprobamos que la vida tiene mucho sentido y valor.

Sin embargo, generalmente nos parece que la tristeza y la intranquilidad son negativas, mientras que la dicha y la jovialidad son positivas. Siempre asumimos posturas. No obstante, la atención consciente no es alegre ni triste, no es positiva ni negativa. La atención consciente no adopta ninguna postura más que el equilibrio. Por ejemplo, podemos aprender a pasar muy rápido de un estado emocional a otro. Podemos estar enojados durante dos minutos y jubilosos durante otros dos, cambiando muchas veces de negativo a positivo, de positivo a negativo. Gradualmente llegamos a tener tal adaptabilidad que podemos estar en cualquiera de los dos estados sin dificultad. Podemos cambiar. Antes no teníamos la libertad de elegir cómo ser. Ahora tenemos una opción.

Monje-meditando

Alumno: ¿Quién tiene una opción?

Rimpoche: La mente tiene una opción. Si estamos enojados, deprimidos, o en algún otro estado emocional, y podemos cambiarlo de inmediato, de pronto empezamos a tener adaptabilidad y equilibrio. Por lo general simplemente expresamos las emociones y nos encerramos en una determinada o en una serie específica de acontecimientos. Luego nos lleva mucho tiempo calmarnos, analizar o digerir la situación, y transformar la experiencia en algo más aceptable. Pero la atención consciente es rápida. Es como una carga eléctrica. Podemos cambiar al instante cualquier situación.

Alumno: ¿Está usted diciendo, entonces, que cuando se presenta una situación, en lugar de sólo reaccionar ante ella debiéramos hacer experimentos con ella? ¿Qué cuando alguien dice algo podemos enojarnos o estar contentos? ¿Qué podemos hacer experimentos?

Rimpoche: Exactamente. Haz experimentos con tus pensamientos y reacciones. A veces esto te alegrará y otras veces te desconcertará. Es posible que estés aferrándote a cierta imagen que tienes de ti mismo, o que no quieras reconocer honestamente una verdad acerca de ti. Puedes descubrir que cuando pasas rápidamente de un estado a otro te intranquilizas. Tal vez te cuesta tranquilizarte y luego cuando lo haces puede resultarte muy difícil enojarte y muy difícil volver a tranquilizarte. De modo que a veces debes ser firme para horadar tu resistencia. Observa atentamente quién es el que se refrena y cuál es el origen del bloqueo. Practica cambiar muy rápidamente de un estado a otro, y explora el lado opuesto.

Alumno: ¿Pero qué sucede con el proceso de toma de decisiones? ¿Qué haré de mi vida? ¿Cuál es la mejor acción en una situación?

Rimpoche: Confía en tu estado de atención consciente, y tu cuerpo y tu mente se ocuparán de sí mismos.

Alumno: ¿Quiere decir que no importa qué hace uno, ni en qué tipo de trabajo participa?

Rimpoche: No puedes extraviarte ni ser perjudicado, porque la atención consciente es como el sol, que siempre da la luz… nunca oscuridad. ¿Por qué es tan importante poner el énfasis en la atención consciente? Porque no recoge emociones ni ofuscaciones, no acumula pautas de carácter, no crea sufrimiento. La atención consciente es como el loto: tiene sus raíces en el cieno, pero la flor es siempre pura. Por lo tanto, prolonga todos los días el estado de atención consciente tanto como puedas.

Antídotos para el Falso Orgullo

Antídotos para el Falso Orgullo

6350903984014014Obra de Ángel Rey Vazquez

 

El orgullo es una concepción, un modo de ver las cosas, por el que exageramos una cualidad que poseemos –fuerza física o belleza, educación, clase social o talento- y que nos conduce a considerarnos superiores a los demás.

Esta actitud conlleva muchos inconvenientes. Bajo la influencia del orgullo, tratamos de asegurarnos que otros se enteren de lo buenos que somos. Hablamos de nuestros logros; buscamos impresionar a los demás para ganar elogios, reputación o dinero. El orgullo provoca que miremos desde arriba a aquellos que pensamos que carecen de nuestras buenas cualidades.

Cuando la presunción nos domina, resultamos realmente patéticos. Si fuéramos honestos con nosotros mismos, veríamos que bajo el disfraz no creemos que somos realmente buenos. Para convencernos de lo contrario intentamos desesperadamente persuadir a los demás de que poseemos ciertas cualidades que son excelentes. Pensamos que si otros consideran que somos importantes es que debemos serlo. En el fondo, todos nosotros, seres comunes, tenemos una pobre imagen de nosotros mismos, ni siquiera la persona con aspecto distinguido que según el modelo mundano personifica el éxito, se siente lo bastante bien. Cuando nos resulta difícil admitir nuestra propia inseguridad, la enmascaramos con el orgullo.

¿Cómo es posible que personas que parecen tener éxito no se sientan bien consigo mismas? Ellos, como nosotros, buscan en el exterior la autoafirmación, el elogio, y el reconocimiento. Así ignoramos nuestra capacidad para llegar a ser sabios y compasivos. Aunque busquemos en el exterior la felicidad y el amor propio, estas cualidades sólo pueden ser verdaderamente alcanzadas mediante un desarrollo interno.

El orgullo nos hace actuar de forma ridícula: alardeamos de apariencia física pareciendo a menudo estúpidos a los ojos de los demás. Criticamos libremente a los otros y después nos desconcierta que la gente no quiera compartir nuestra compañía. Tratamos a los demás injustamente y más tarde protestamos porque no hay armonía en la sociedad. Cuando las personas se sienten orgullosas y descuidan los sentimientos de los demás, rompen la armonía de grupo.

Aunque la gente orgullosa exige el respeto de los demás, el respeto no se puede forzar. De hecho, la sociedad respeta a aquellos que son humildes. Ninguno de los agraciados con el Premio Nobel de la Paz es frívolo y arrogante. Cuando Su Santidad el Dalai Lama recibió este gran premio en 1989, no se lo atribuyó a sí mismo sino a la actitud sincera y altruista y a las acciones que emanan de la compasión.

Podemos respetar a todo el mundo. Las personas que son más pobres, menos cultas o tienen menos talentos que nosotros poseen en realidad muchas cualidades y capacidades de las que nosotros carecemos. Cada ser humano merece ser respetado, simplemente porque tiene sentimientos. Cada persona merece al menos ser escuchada. Los que son arrogantes no pueden apreciar esto y son condescendientes e intolerantes. Las personas confiadas son amables, humildes y aprenden de todos. De este modo, crean una atmósfera de armonía y respeto mutuo entre los demás.

El orgullo es uno de los principales obstáculos para incrementar la sabiduría y desarrollar las capacidades internas. Al creerse a sí mismas cultas, excelentes y con talento, las personas orgullosas se vuelven autocomplacientes. Ni quieren ni pueden aprender de otros. Su orgullo les sume en un estado de inactividad.

Confiar en uno mismo

A menudo se confunde la confianza en uno mismo con el orgullo, a la vez que la persona asocia la humildad  a un pobre concepto de sí misma. Sin embargo, actuar con arrogancia no significa que nos sintamos seguros, y ser humilde no quiere decir que tengamos una pobre imagen de nosotros mismos. Las personas con confianza son también humildes porque no tienen nada que defender o demostrar al mundo.

Nos resulta muy difícil analizarnos con objetividad. Tendemos a infravalorarnos o a sobreestimarnos, oscilando entre los pensamientos extremos de que o bien somos inútiles y antipáticos o bien somos fantásticos. En ninguno de los dos casos hacemos una evaluación precisa de nosotros mismos porque todos poseemos algunas cualidades positivas así como ciertos rasgos de nuestra personalidad que necesitamos mejorar.

No podemos eliminar nuestros defectos ocultándolos o compitiendo con otros arrogantemente para probar que somos mejores; pero podemos reconocer honestamente nuestras debilidades y tratar de corregirlas. De igual modo, la seguridad en uno mismo proviene no de reclamar vanidosamente nuestras cualidades sino de examinar nuestras habilidades y capacidades y desarrollarlas.

En este sentido, será útil recordar que poseemos la capacidad de llegar a ser un buda, es decir, aquella persona que ha eliminado todos los oscurecimientos y que ha desarrollado completamente todas las cualidades beneficiosas. Esto puede sonar al principio como una afirmación extraña; pero a medida que comencemos a entender la naturaleza de buda y el sendero a la Iluminación, nuestra convicción y su validez se incrementarán. Esta preciosa naturaleza búdica representa nuestro noble linaje. No se pierde nunca, y nadie nos la puede arrebatar. Sabiendo esto, tendremos una base estable y realista para confiar en nosotros mismos.

Podemos aceptarnos tal y como somos y tener fe en nuestra capacidad para llegar a ser personas más amables e inteligentes. Esta visión equilibrada de nosotros mismos nos proporciona espacio mental para apreciar y respetar a los demás porque todos los seres humanos poseen ciertas cualidades dignas de consideración. Las personas seguras de sí mismas son capaces de admitir lo que no saben, y se sienten consecuentemente felices y deseosas de aprender de otros. De esta manera, sus buenas cualidades y conocimientos se incrementan.

Cuando poseemos buenas cualidades, los demás las perciben de un modo natural. No tenemos necesidad de proclamarlas. Mahatma Gandhi es un buen ejemplo de ello. Vivía y se vestía con sencillez y, en vez de alabarse a sí mismo, se mostraba siempre respetuoso con los demás. Aunque evitaba difundir sus virtudes, su triunfante trabajo y grandeza como ser humano se hicieron evidentes a los ojos del mundo.

Pacificar el orgullo

¿Qué técnicas podemos emplear para contrarrestar el orgullo? Como el orgullo es una actitud equivocada y limitadora, si desarrollamos una visión amplia podremos ver la situación de un modo más realista. De este modo, reduciremos nuestro orgullo.

Por ejemplo, si somos orgullosos debido a nuestra educación, necesitamos entonces comprender que todos nuestros conocimientos se deben al amable esfuerzo de nuestros profesores. Cuando nacimos éramos completamente ignorantes e incapaces, siquiera de alimentarnos a nosotros mismos, o de pedir lo que necesitábamos. Todo lo que sabemos –incluso saber hablar o poder atarnos los zapatos- lo debemos a la amabilidad de otros que nos han enseñado. Entonces, ¿por qué sentirse orgulloso? Sin el cuidado y la atención de los demás, sabríamos muy poco y tan sólo habríamos desarrollado unas pocas habilidades. Pensar de este modo nos libera del orgullo.

Del mismo modo, si nos sentimos orgullosos porque tenemos dinero, podemos recordar que el dinero no ha sido siempre nuestro. Si proviene de nuestra familia, o de una herencia, resultará más adecuado mostrar gratitud hacia esas personas que alimentar nuestro propio orgullo. Aunque nosotros hayamos ganado ese dinero, de cualquier modo estos ingresos provienen de otros, ya sea de nuestros empresarios, o bien de nuestros empleados, o quizá de nuestros clientes. Gracias al empresario que nos dio el empleo, o a nuestros empleados que ayudaron a que el negocio prosperara, tenemos ahora dinero. En este sentido, estas personas han sido muy amables con nosotros.

Puede que no estemos acostumbrados a recordarla amabilidad de los demás de este modo, pero si pensamos en ello veremos que es razonable. Aunque sintamos que hemos triunfado a pesar de los deseos insanos de algunos otros, de hecho nuestro solo esfuerzo no ha sido suficiente para procurarnos el éxito. Dependemos de los demás. Sabiendo esto, las personas sienten gratitud –no orgullo- hacia los demás.

Podemos sentirnos orgullosos de nuestra juventud, belleza, fuerza, o valor, pero estas cualidades son impermanentes. Quizá pensemos que seremos jóvenes, bellos y fuertes o atléticos durante un largo tiempo, pero estos son atributos fugaces. Aunque las arrugas no aparezcan de repente, vamos envejeciendo segundo a segundo, vamos perdiendo los dientes uno a uno, y gradualmente nuestros cuerpos pierden su belleza.

Nuestra sociedad intenta impedir el envejecimiento ocultándolo; pero, de hecho ese que hoy es un vigoroso deportista irá envejeciendo poco a poco hasta llegar el día en que ya anciano se sentará en la grada apoyándose en un bastón. La que hoy es una hermosa reina llegará inevitablemente a convertirse en una dama encorvada. ¿De qué podemos sentirnos orgullosos cuando vemos que nuestros cuerpos van envejeciendo paulatinamente?

Si nuestros cuerpos son capaces y atractivos, podemos apreciar estas cualidades sin ser presuntuosos. Del mismo modo, podemos alegrarnos de corazón de cualquier talento, buena fortuna o conocimiento que poseamos, pero sin ser altivos ni presuntuosos. En vez de ser orgullosos, utilizaremos cualquier cualidad que poseamos para beneficiar a los demás.

Con el fin de dominar el orgullo con respecto a nuestra propia inteligencia, basta, tan sólo, con que contemplemos cualquier materia compleja que no conocemos. Al hacerlo reconoceremos nuestras limitaciones y automáticamente el orgullo se disipará. Con una visión más equilibrada de nosotros mismos, utilizaremos nuestra energía para mejorarnos y ayudar a los demás.

 

Thubten Chödron

Ref.: Corazón Abierto, Mente Lúcida, Ed. Dharma

 

 

El Ciprés en el Patio

El Ciprés en el Patio

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La esencia del zen es el despertar. Por eso no se habla de Zen, sino que se experimenta. Pero el despertar es un gran fenómeno que irradia como el sol. Al hombre despierto se le reconoce por signos particulares. Ante todo, la libertad: no se deja influir por las vicisitudes de la vida, por el miedo, la alegría, la ansiedad, el éxito, el fracaso, etc. Después, por la fuerza espiritual, revelada por la calma, por la sonrisa inefable, por la serenidad. Podría decirse sin temor a exagerar que la sonrisa, la mirada, la palabra y la acción de la persona despierta constituyen el lenguaje del despertar.

Ese lenguaje lo emplean los maestros zen para guiar a los practicantes. Un maestro zen se sirve de los conceptos y de las palabras, como todo el mundo; pero no está condicionado ni apresado por esos conceptos ni por esas palabras. El lenguaje del zen tiende siempre a destruir los hábitos de los que no saben pensar más que por medio de conceptos. Tiende a provocar crisis que sirven para hacer que se desencadene el momento precioso del despertar. Examinemos este fragmento de conversación:

Tchao Tcheu: Qué es el camino?
Nan Tsiuan: Nuestra mente cotidiana.
Tchao Tcheu: Entonces, es necesario realizarlo?
Nan Tsiuan: La intención de realizar el camino envuelve una contradicción con el propio camino.
Tchao Tcheu: Y si no se tiene ninguna intención, cómo se puede saber que se está en el camino?
Nan Tsiuan: El camino no depende de lo que se sabe o de lo que no se sabe. Si se sabe, ese saber está constituido solamente por ideas especulativas. Si no se sabe, esa ignorancia no difiere de las cosas inanimadas. Si se llega al estado de no-duda, un universo ilimitado se abre ante uno en el cual las cosas no son más que una. Y qué se puede discriminar en ese mundo indiscriminante?

Esta conversación tiende a mostrar los obstáculos creados por el método conceptual y, al mismo tiempo, empeña al hombre en el camino de la realización no discriminativa. Si la mente del hombre está madura, la iluminación se podrá producir en él inmediatamente.

Un maestro zen que ha obtenido el despertar posee una capacidad extraordinaria para comprender a los alumnos que trabajan bajo su dirección. Y porque comprende bien la mentalidad de su discípulo puede recomendarle métodos eficaces para iniciarlo en el mundo del despertar. El lenguaje del zen es uno de esos medios. Y para que pueda ayudar al practicante, ese lenguaje debe:

a) Tener poder para liberar a la persona de los prejuicios y del apego a los conocimientos (puntos de vista).

b) Convenir a la persona a la que va dirigido.

c) Ser un medio hábil y eficaz.

El medio hábil puede ser una declaración verbal o un simple gesto. Los grandes maestros poseen lo que el budismo llama la sabiduría de los medios hábiles (upaya-jnana), o capacidad de crear y emplear diferentes medios según convenga a distintas ocasiones y mentalidades. Las conversaciones entre Tchao Tcheu y Nan Tsiuan son un ejemplo de medios hábiles. El ciprés en el patio y la flor mostrada por Buda en silencio, también son medios hábiles.

Pero esos medios no son verdaderamente hábiles si no convienen a las circunstancias particulares. Deben ser eficaces y por eso responder exactamente a una necesidad real y a una mentalidad particular. Si el maestro no es capaz de comprender la mentalidad del alumno, tampoco será capaz de crear esos medios hábiles y eficaces. Un único medio no puede ser empleado en cualquier circunstancia y por ello el maestro debe crear otros muchos apoyándose en su comprensión de la mentalidad de los individuos o grupos. En el budismo se habla de las ochenta y cuatro mil puertas de entrada a la realidad. El budismo zen subraya la extrema importancia de la eficacia y de la habilidad de los medios empleados por los maestros zen para el despertar de sus discípulos.

Si te encuentras a Buda, mátalo
Uno de los grandes poderes de los medios hábiles es liberar a los seres de la cárcel de sus conocimientos y prejuicios. Estamos apegados a nuestros conocimientos, a nuestras costumbres y prejuicios; el lenguaje del zen debe ser capaz de liberarnos. En el budismo el saber constituye el mayor obstáculo para el despertar, al que se le llama obstáculo de conocimiento y se trata de los conocimientos basados en los conceptos. Si estamos dominados por esos conocimientos no tendremos posibilidad de ir más allá y realizar en nosotros el despertar. El Sutra de las cien parábolas cuenta la historia de un joven viudo que vivía con su hijo de cinco años. Un día, al volver a su casa la encontró incendiada; había perdido a su hijo. Cerca de la casa quemada estaba el cadáver carbonizado de un niño que él creyó que era el suyo; y en ese estado de ánimo lloró a su hijo y preparó la cremación del cuerpo según los ritos de la India. Guardó las cenizas en un saquito que llevaba siempre consigo, noche y día, en el trabajo y en el descanso. Pero resultó que su hijo no había muerto carbonizado, sino que lo habían secuestrado unos forajidos. Un día el niño se escapó y volvió a la casa de su padre. Llegó a medianoche, cuando su padre iba a acostarse, llevando siempre consigo el famoso saquito. Llamó a la puerta. Quién es?, preguntó el padre. Soy tu hijo. Mentira. Mi hijo murió hace tres meses. Y se empeñó en no abrir. Al fin, el niño tuvo que irse y el pobre padre perdió para siempre a su hijo tan querido

Esta parábola nos enseña que cuando se ha admitido determinada cosa como verdad absoluta y nos hemos aferrado a ella, ya no se acepta abrir la puerta aunque la verdad misma venga a llamar. El practicante del zen debe ejercitarse para poder liberarse de su apego a los conocimientos y abrir la puerta de su ser para que pueda entrar la verdad. Su maestro debe ayudarle también en esos esfuerzos. El maestro zen Lin-Tsi dijo una vez: Si te encuentras a Buda, mátalo; si te encuentras al patriarca, mátalo. Para quien sólo tiene devoción esta declaración es terrible porque lo trastoca todo. Pero su efecto depende de la mentalidad y de las capacidades de quien la escucha. Si la persona es fuerte, tendrá capacidad para liberarse verdaderamente de toda autoridad, sea cual fuere, y cumplir en sí la última verdad. La verdad es la propia realidad, no los conceptos. Si nos aferramos a los conceptos y los consideramos la realidad, perderemos la realidad. Por eso hay que matarlos para que la realidad pueda realizarse y revelarse. Matar a Buda es sin duda el único medio para ver a Buda. El concepto que nos hayamos formado de Buda impide ver al propio Buda.

Ve y lava tu cuenco
La finalidad de la práctica es volver a sí mismo para contemplar la propia naturaleza. Pero cómo hacer para ver la propia naturaleza? Es menester poner luz en cada acto de nuestra existencia, vivir la vida de manera que la atención esté presente en todo momento.

El maestro zen que ha obtenido el despertar es un hombre con los ojos abiertos a la realidad viva. Tras permanecer perdido durante años en el mundo de los conceptos, ha decidido volver para ver el ciprés en el patio y su propia naturaleza. Por eso no puede dejar a su discípulo vagabundear por el mundo de los conceptos y perder así su propia vida, que es el despertar. Y siente compasión cada vez que su discípulo se contenta con plantear preguntas sobre los principios del budismo, sobre el dharmakaya, sobre el tathata, etc. Este joven, piensa, quiere empeñarse en la búsqueda de la realidad a través de los conceptos. Y hace todo lo que puede para arrancar a su alumno del mundo de las ideas y ponerle en el mundo de la realidad viva

Un día un monje le pidió al maestro Tchao Tcheu que le hablara del zen. Tchao Tcheu le preguntó: Has desayunado ya? Si, maestro, ya he desayunado. Entonces ve a lavar tu cuenco.

Ve a lavar tu cuenco es como decir ve y vive una vida de realización. En lugar de dar explicaciones a quien pregunta sobre el zen, el maestro abre la puerta e invita a esa persona a entrar directamente en el mundo de la realidad del zen. Ve a lavar tu cuenco no contiene ningún significado secreto que haya que explorar o explicar; es una declaración muy simple, directa y clara. No hay enigma alguno. Tampoco es un símbolo. Se trata de un hecho, de un hecho muy concreto.

La respuesta justa
Los términos budistas, como tathata (la realidad en sí), svabhava (naturaleza propia), dharmakaya (el cuerpo de la realidad última), nirvana (extinción), etc., sugieren conceptos que nada tienen que ver con la realidad viva. El budismo zen no considera importantes las abstracciones y los símbolos. Lo importante es la realidad misma, el despertar, la atención. Se comprende por qué las cuestiones planteadas sobre tathata, buddha, dharmakaya, etc., han sido alteradas por no pocos maestros zen. Pongamos el caso de una cuestión propuesta muchas veces por los estudiantes del zen a sus maestros: Qué es el Buda? He aquí unas pocas respuestas:
– El Buda? Está en el santuario.
– Está hecho de arcilla y recubierto de oro.
– No digas tonterías.
– El peligro viene de tu boca.
– Estamos rodeados de montañas.
– Mira ese hombre con el pecho desnudo que camina descalzo.

Estas respuestas quizá nos desconcierten, pero el que ha vivido con plena atención puede abrirse camino hacia el despertar con alguna de estas respuestas. Quien ha estado anclado en el mundo de las abstracciones puede saltar directamente al corazón de la realidad gracias a una de estas respuestas.

El kong-an y su función
Se dice que habrá unas mil setecientas declaraciones o breves coloquios entre los maestros zen y sus discípulos que sirven de kong-an (en vietnamita, o koan, en japonés). Se entiende por kong-an una especie de tema de meditación, aunque no sea exactamente un tema. Kong-an, palabra china, quiere decir documento oficial, documento jurídico o documento de valor oficial. Algunas veces, en lugar de kong-an, se emplean las palabras co tac o thoai dau, que quieren decir respectivamente formatos clásicos y la esencia de una conversación. En el zen los kong-an se emplean como objetos de adiestramiento. El practicante se sirve de un kong-an para meditar hasta que su mente llega al despertar. Se podría decir arbitrariamente que el kong-an es como un problema matemático que el estudiante ha de resolver proponiendo una respuesta. Con todo, siempre hay una gran diferencia entre el kong-an y el problema matemático. La solución de este último está incluida en el problema mismo, mientras que la respuesta al kong-an reside en la vida del practicante.

En otras palabras, el kong-an es un instrumento útil para el trabajo del despertar, como un azadón es útil para labrar la tierra. Lo que se obtiene de la labor de la tierra depende del hombre que la trabaja, y no del azadón. El kong-an no es un enigma que hay que resolver; por eso no se puede decir en verdad que sea un tema o un objeto de meditación. Y al no ser ni tal tema ni tal objeto, el kong-an no es más que uno de los medios hábiles que ayudan al practicante a alcanzar su fin.

Los kong-an estuvieron muy de moda durante la dinastía de los Tang, en China. Cada uno de los practicantes del zen tenía un kong-an para trabajar en él. Pero antes de ese período, los maestros zen no necesitaban los kong-an. Por consiguiente, el kong-an no es absolutamente indispensable para la práctica del zen. Viene a ser, más o menos, uno de los medios hábiles creados por los maestros zen para ayudar a los que trabajan bajo su dirección.

Pero los kong-an también pueden llegar a ser grandes obstáculos para el despertar si los practicantes creen que la verdad está escondida en ellos y que se pueden interpretar en términos conceptuales. El maestro zen Hakuin (de la secta Rinzai) tenía la costumbre de levantar una mano y preguntar a sus discípulos: Cuál es el sonido de una mano aplaudiendo?. Eso es un kong-an. Reflexionamos, queremos saber cuál es el sonido emitido por una sola mano. Es que hay alguna honda significación escondida en esa pregunta? Si no la hay, por qué la propuso Hakuin? Y si la hay, cómo dar con ella? Como una locomotora que tiene siempre los raíles frente a ella y se lanza hacia delante, nuestro entendimiento establece siempre por delante los principios de la lógica cuando se empeña en la búsqueda de la verdad. Sin embargo, resulta que aquí los raíles están muchas veces cortados o han sido retirados. El hábito sigue intentando establecer raíles imaginarios para que la locomotora del intelecto pueda seguir adelante. Pero cuidado! Porque avanzar así sería caer en el abismo

El Dharma viviente

El Dharma viviente

Durante muchas vidas hemos ignorado nuestro potencial para despertar y hemos seguido en cambio las demandas de nuestro ego. Hay un momento, sin embargo, en que llega a ser claro que nuestros anhelos egoístas nos han conducido sólo al aburrimiento, la ansiedad y la frustración. Entonces, podemos empezar a mirar por satisfacciones más perdurables, y esa búsqueda puede conducirnos al Dharma, las enseñanzas de Buda.

Porque nos hacemos innumerables expectaciones del Dharma, es fácil perder interés cuando no hay resultados inmediatos. Descubrimos que se necesita esfuerzo para perseverar en el camino de la iluminación, somos persuadidos fácilmente de nuestra búsqueda por amigos, por la familia y por nuestros propios deseos. Es fácil quedar cogido entre nuestros deseos por disfrutar y nuestros intentos por seguir las enseñanzas y fortalecer nuestra práctica. Por esta razón, una vez que encontramos una enseñanza que puede ayudarnos, es importante que nos quedemos con ella, que nos sumerjamos en el Dharma tanto como podamos. Haciendo esto hacemos realidad la verdadera naturaleza de las enseñanzas, y encontramos que el Dharma es un camino de vida en el cual los deseos egoístas no tienen significado ni atracción.

Seguir el Dharma toma tiempo, paciencia, esfuerzo y disciplina. Hay que desarrollar comprensión y habilidad en la meditación. Comprender que el verdadero poder es la habilidad de controlar nuestra mente y nuestras emociones. Y que eso sólo puede ser alcanzado por medio de nuestros propios esfuerzos.

Debido a que la real experiencia de iluminación puede venir solamente a través de nuestras propias acciones, debemos hacer que todas nuestras acciones contribuyan a nuestro crecimiento. Aún las actividades ordinarias, tales como trabajar en la cocina o en una fábrica, ofrecen una oportunidad para desarrollar nuestro darnos cuenta y nuestra voluntariosidad por servir a otros. Nunca falta una oportunidad para evaluarnos nosotros mismos, enfrentarnos con nosotros mismos, ser honestos y sinceros. Empieza a surgir en nuestros corazones una verdadera devoción, confianza y aceptación. Más tarde, cuando debemos enfrentar situaciones difíciles, no olvidaremos las enseñanzas de nuestra comprensión interna; estas dificultades se volverán nuevas oportunidades para crecer y despertar interiormente.

Es nuestra motivación, nuestra concentración, nuestra atención cuidadosa, lo que es importante; podemos transmutar cualquier cosa que hagamos, transformando el polvo en oro. Cuando aceptamos todos los aspectos de la vida, encontramos que podemos aprender de cada situación, Viene la fortaleza y el estímulo y la confianza la siguen.

Cuando la confianza y la devoción son combinadas con una toma de consciencia de la responsabilidad que tenemos para los otros, nos conducen a la verdadera compasión por todos los seres vivientes, y, por lo tanto, a la iluminación. La devoción y la compasión se complementan la una a la otra y sostienen nuestra práctica. Cuando nuestra compasión es lo suficientemente fuerte, ella inspira nuestra devoción; y cuando tenemos ambas, devoción y compasión, hay una amorosa apertura a toda la vida sentiente en equilibrio y armonía.

Es muy simple. La devoción y la compasión pueden llevarnos muy próximos a la absoluta realidad. La devoción abre el corazón, donde reside nuestra energía esencial, o sea, nuestro estado de alerta, el que se manifiesta como nuestro guía interior. La devoción significa someterse a esta energía más elevada. La sumisión requiere apertura, permitir al Dharma alcanzar nuestros corazones. La compasión proporciona la puerta. Una vez que nos abrimos, todos los conceptos dualistas se disuelven como si fueran nubes. Aceptamos cada parte de nuestra experiencia porque cada cosa es vista como apropiada y armoniosa. Podemos tener todavía que vencer muchos obstáculos, pero aprendemos a aceptar nuestros defectos con gentileza. Una vez que aprendemos a abrirnos a través del Dharma, encontramos que él es nuestro valioso y confiable guía, nuestro siempre presente amigo y compañero. Al abrirnos, reconocemos las enseñanzas de Buda en toda nuestra experiencia.

Cuando el Dharma entra en nuestras mentes, nuestros corazones y nuestros sentimientos, y fluye a través de nuestro torrente sanguíneo, somos el Dharma viviente. No hay paredes entre nosotros y el Dharma. Esto es la sumisión a nuestra verdadera naturaleza.

Refugio

Tomamos refugio en nuestro propio maestro como una manifestación del Buda. Tomamos refugio en el Dharma, en las enseñanzas representadas por las escrituras y comentarios en el canon Budista. Tomamos refugio en el Sangha, nuestros compañeros de viaje en el camino – pasado, presente y futuro – cuya propia práctica y esfuerzos nos estimulan continuamente.

Es natural empezar por seguir a los que, creemos, están espiritualmente más alto que nosotros. En la mayor parte de las veces esto es bueno, aprendemos a colocar menos énfasis en nuestros propios deseos, a respetar las necesidades de otros, a ser creyentes. Pero no podemos aprender mucho más sólo de maestros y libros; finalmente necesitamos abrirnos a nuestra propia comprensión, realizar verdades espirituales desde nuestra experiencia interna. Cuando nos abrimos genuinamente, entonces establecemos nuestra relación interna con el Buda, el Dharma y la Sangha. Empezamos a despertar a la iluminación.

Las acciones espirituales son aquellas que ocurren naturalmente cuando actuamos con un corazón abierto. Aunque las enseñanzas sólo indican el camino a esa apertura, y no es fácil viajar hacia donde la enseñanza indica. Muchos aprenden a actuar de acuerdo a las enseñanzas, no muchos aprenden a vivirlas efectivamente. Por ejemplo, las enseñanzas dicen que debemos desprendernos del ego. Podemos tal vez tratar de desprendernos de nuestro auto interés juntándonos a un grupo espiritual, y gastando nuestro tiempo en estudiar las escrituras. Pero el ego está tan en su casa en una biblioteca como en un monasterio o en un cinema, y aún más que eso, hay muchos que están muy orgullosos de su conocimiento, de sus visualizaciones, meditaciones, iniciaciones, sadhanas, mandalas, etc. y hay aún otros que están orgullosos de sus experiencias religiosas.

La iluminación, sin embargo, no tiene nada que ver con conceptos o adquisiciones. El desprendimiento real del ego ocurre cuando vemos que no hay diferencia entre interno y externo, cuando encontramos la sabiduría de Buda dentro de nosotros. En nuestro nivel samsárico, podemos suponer que el Buda descubrió alguna extraordinaria sabiduría, la cual nosotros podemos recoger de las enseñanzas que él dejó. Pero el Buda-Dharma no es esa clase de enseñanza. Lo que el Buda realizó centurias atrás está dentro de la consciencia misma; no hay nada en su realización que le pertenezca a él. La calidad de la iluminación está siempre ahí, siempre accesible. Algunos podrán decir que mirar dentro de nosotros buscando verdades espirituales es egocéntrico y egoísta y que el no-ego y el no-egoísmo consisten en trabajar por otros en el mundo. Pero, hasta que encontremos nuestra verdad interior, nuestro trabajo en el mundo siempre girará alrededor de nuestros yoes. Mientras pensemos acerca del mundo en términos de yo y otros nuestras acciones serán egoístas. Nuestro yo nos seguirá donde vayamos, así los resultados positivos serán limitados.

Antes de poder ayudar a otros, necesitamos encontrar tanta fortaleza como podamos dentro de nosotros mismos. Podemos encontrarla permitiendo al Buda y el Dharma que vengan a vivir dentro de nosotros. La mayoría de nosotros, sin embargo, no somos todavía capaces de experimentar esta verdad interior. Podemos tratar, pero por ahora parece que debemos vivir en el nivel más superficial orientado al sujeto-objeto.

Es por esto que la meditación es tan importante. En ella podemos tener realizaciones experienciales que rompen nuestra manera conceptual de tratar con las experiencias, y estas realizaciones nos ayudan a ver desde un punto de vista más iluminado. Contactamos la calma y claridad que yace bajo el nivel conceptual. La meditación es entonces nuestro refugio, porque podemos recurrir a ella cada vez que necesitamos que nos dé equilibrio. El tomar refugio en nosotros mismos de esta manera, nos da una base más fuerte y una mayor confianza para lidiar con la vida diaria. Esto es refugio en un nivel más alto.

El refugio fundamental yace en un constante contacto con el estado meditativo dentro del cual descubrimos la inmediatez del Ser en el que no existen distinciones artificiales. En este, el más alto de los niveles, vemos toda experiencia como el puro estado de alerta que alcanzamos a través de la meditación. Nos damos cuenta que no hay Buda, ni Dharma, ni Sangha. No hay sujeto, ni objeto, ni un yo que tenga que refugiarse; el concepto de tomar refugio ha desaparecido. Una vez que sabemos cómo no refugiarnos y una vez que comprendemos que no existe el concepto de un yo que necesita ser reforzado, tenemos verdadera protección, la experiencia religiosa es una parte de nosotros. Ella está ahora en un plano enteramente diferente del nivel ordinario de sensaciones y percepciones. Es ver, oír, sentir, tocar, todas las dimensiones de la experiencia que están plenamente vivas, infinitamente ricas.

La fuente para aprender y estudiar el Dharma está siempre a mano; no tenemos que salir a comprar una copia de él, porque está siempre presente en nuestra experiencia. Este Dharma viviente es la enseñanza. Cuando nos abrimos a él, cuando contactamos esta experiencia viva, veremos la esencial unidad de todos los seres. En el más profundo nivel, ya no hay un refugio porque el ego ya no existe. Hay solamente un mandala perfecto en todas dimensiones.

Amor y Compasión

Al profundizar nuestra comprensión de la existencia se abre la puerta de la compasión. El desarrollo del darnos cuenta del dolor y la ignorancia que, igual que todos los demás, experimentamos, estimula la simpatía, de allí la empatía. Esta evolucionante preocupación por los otros inspira un sentimiento de amor; un amor que pierde sus conexiones con nuestros conceptos y sentidos, un amor que es sin sujeto u objeto.

La compasión es la habilidad de experimentar plenamente la situación de otro. Generalmente, tendemos a meternos dentro de nosotros mismos. Dado que encontramos tan difícil relacionarnos con los otros, aun con nuestros buenos amigos, dedicamos nuestros esfuerzos a protegernos. Nuestra preocupación casi nunca va más allá de nosotros mismos, de nuestras necesidades y deseos personales. La preocupación y la responsabilidad por otros, ambos básicos para la compasión, tienen poca oportunidad de crecer.

Una manera de aprender compasión es cultivar el deseo de ayudar a otros. Este simple gesto automáticamente abre el corazón. Ensanchamos nuestra perspectiva y aumentamos nuestra sensibilidad a las necesidades de otros, y esto nos conduce a desarrollar la habilidad de ser de efectiva ayuda. Eventualmente podemos aprender a amar sin ulterior motivo o sentido del ego. Este sentimiento de amor inegoísta estimula una apertura que permite que la compasión surja naturalmente. Podemos entonces actuar con capacidad y compasión en todas circunstancias.

La apertura en último término significa compasión. Mientras más te dejas abrir, más capaz serás de comunicarte con amigos, familia y otros. En vez de suprimir o tratar de evitar tus sentimientos, tanto como puedas, abre tu corazón, tus sentimientos, tu personalidad total. Ábrete a tus más profundos niveles de sentimiento. Tu puedes hacer esto en la relajación, la llave de la meditación.

Quédate muy tranquilo, respira muy suave y gentilmente, y mantiene tu mente alerta. Una vez que la relajación está establecida de esta manera, ella sanará tus sentimientos internos. Entonces vendrá un calor interior. Con él y con la relajación interna, sentirás más apertura, y con esta apertura, mayor comunicación. Porque este calor interno se transforma en sabiduría y, gracias a él, serás capaz de ver la situación de otra gente más claramente, y con esta claridad también puedes aprender más sobre ti mismo, abriendo tu naturaleza interna.

Cuando tu corazón realmente se abra, tú puedes comunicarte con todos los seres, con toda existencia. Puedes ver la naturaleza de samsara. La apertura es la llave de la compasión, así una vez que puedas desarrollar más apertura, el ego y el auto aferramiento perderán su poder. Al estar menos autocentrado, tú podrás ver que cada individuo debe ir a través de este ciclo de samsara. Aprendes a aceptar más a los otros, y la compasión crecerá más profunda y más abarcante.

La compasión genuina está más allá de los pensamientos, más allá del ego, libre de todas creencia de que hay un yo envuelto en el acto de compasión. La verdadera compasión, por lo tanto, genera un profundo sentido de aceptación y aún perdón hacia aquellos que nos han causado dolor o desdicha. Cuando somos sensibles a la debilidad y egoísmo en otros nos damos cuenta que el daño que ellos hacen es simplemente debido a la ignorancia.