Presencia y Esencia

Presencia y Esencia

En general, la gente raramente tiene, y nunca reconoce como tal, la experiencia de la esencia. Así, empezaremos por considerar una clase de experiencia relacionada con ella, de la cual se siente y se habla más comúnmente: la cualidad de presencia. La expresión estoy presente se usa a menudo en círculos espirituales y psicológicos, asumiéndose que el significado es comprendido. Nos preguntamos: Qué significa esta expresión? Qué significa, en realidad, estar presente? La mayoría del tiempo la expresión no es usada de una manera muy definida o clara; si se le pregunta, la mayoría de la gente es incapaz de explicar lo que significa estar presente.

Pero debe haber una condición real que garantice el uso de la expresión estoy presente. Ella significa literalmente que hay un Yo que está presente en el tiempo. Es exacto este significado literal?

Obviamente cuando decimos estoy presente no significamos exactamente que estamos conscientes, de otra manera lo diríamos así. Hay una diferencia entre el significado de estoy presente y el significado de estoy consciente, aunque los dos puedan coincidir frecuentemente Qué hace que digamos presente en lugar de consciente? Qué hay en la experiencia de estoy presente que sea diferente de la experiencia de estoy consciente?

Queremos averiguar el significado de presencia contemplando y analizando la efectiva experiencia de presencia. Examinemos una situación familiar, la experiencia estética. Mis ojos captan la visión de una hermosa rosa roja. De repente mi vista está más clara, mi olfato más penetrante. Me parece estar en mi vista, me parece estar en mi olfato. Hay más de mí aquí, viendo, oliendo y apreciando la rosa.

Este fenómeno no es simplemente uno de consciencia acrecentada, sino cuanto más de la rosa es experienciado a través de mis ojos y fosas nasales, así tanto más de la rosa es experienciado a través de mi sistema perceptual.

En la experiencia de presencia aumentada, es como si yo encontrara mis percepciones a medio camino. Es como si algo de mí, algo más o menos palpable, está presente en mis ojos y en mi nariz. Algo en mí, además de mis canales perceptuales, está participando en la experiencia de la rosa y esto es algo que no es memoria, ni asociaciones pasadas con respecto a las rosas.

En un sentido, mi mayor consciencia realmente aumenta la presencia de la rosa, o de cualquier otro objeto estético, tal como un trozo de música o una pintura. Algunas veces una mayor consciencia aumenta solamente cierta cualidad de un objeto: la belleza de la rosa, su color, su olor o su frescura. Pero algunas veces la rosa como rosa, como una presencia en sí misma, es sentida. Si esa experiencia es suficientemente profunda, nuestra propia presencia es intensificada. Me parece estar más aquí, sería la expresión adecuada. Pero, qué es esta presencia? Hay realmente un yo que esté más presente o qué es, exactamente? Puede ser la experiencia del asombro cuando se es confrontado con la inmensidad del océano o la grandeza de una cadena de montañas. Puede ser la experiencia de admiración cuando uno es testigo del heroísmo en un individuo o en un grupo, o del coraje o intrepidez de un explorador.

Estamos considerando los momentos, aunque raros, cuando sentimos como si hubiera algo más de nosotros participando de la experiencia. Queremos entender lo que significa más de nosotros Más de qué? Cuál es el elemento que da a nuestra experiencia este sabor de presencia?

Estamos también conscientes que algunos individuos tienen mayor presencia que otros. Decimos El tiene más presencia, o El tiene una presencia imponente. Pero, podemos decir a qué nos estamos refiriendo realmente? No nos estamos refiriendo a la cualidad de la presencia de la mente, la cual es una mayor consciencia. La presencia en sí misma es más que eso.

La presencia puede también ser sentida en momentos de intensa y profunda emoción cuando una persona está plenamente sintiendo un estado emocional, no controlándolo o inhibiéndolo, cuando está involucrado sinceramente en el sentimiento, totalmente inmerso en él de una manera libre y espontánea sin juicio o vacilación. Esto generalmente sucede cuando la persona se siente totalmente justificada en sentir las emociones.

Por ejemplo, un individuo podría tener la experiencia de una pérdida, como la muerte de un ser querido, y así sentirse justificado de sentir la pena y la tristeza. Podría involucrarse tanto en la tristeza, estar tan inmerso en ella, que los sentimientos se profundizarán como si estuvieran a millas de profundidad, llegando a honduras y profundidades cada vez mayores. Este estado podría llegar a ser tan excesivo y denso a medida que se llega a estar más inmerso en él, tan hondo y tan profundo como para sentirse penetrado por una especie de presencia. Es como si la profundidad y la hondura fueran una presencia real, palpable y completamente clara allí.

Otro ejemplo: una persona puede sentirse justificada de tener ira e indignación por ser insultada o tratada injustamente. El enojo puede llegar a ser tan fuerte que si se deja llevar sin reservas por este sentimiento, la persona experimentará en su ira una especie de fuerza que la potencia. Esta fuerza o poder es tan claramente manifiesto que asume una presencia palpable. Es como si el poder creciente de la irrestricta emoción evocara más de la persona. El se siente tan presente en la emoción, tan en su centro, que una presencia substancial claramente sentida parece impregnar la emoción y llenar el cuerpo. Su cuerpo se siente lleno de poder, tan densamente que el poder llega a ser una presencia. Esta presencia parece ser la fuente de la emoción y del poder, ambos en ella y detrás o bajo ella. En tales momentos, la persona experimenta un intenso contacto con el cuerpo, junto con una asombrosa capacidad de usarlo y dirigirlo. Es como si en ese momento el individuo realmente existiera en sus brazos, por ejemplo, y por ello poder usados con una inusual capacidad de control, eficacia e inmediatez.

Bien, qué es esta presencia que existe en los brazos, en el cuerpo, que parece traer consigo poder, energía, contacto y consciencia? Vemos que la presencia es más una realidad que una idea o metáfora. Estamos teniendo la sensación de que la presencia es mucho más profunda, más real que sentimiento o emoción. Nos estamos acercando, aunque todavía vagamente, a una apreciación de lo que es la presencia.

La presencia que uno experimenta no tiene que ser la propia y no tiene que ser individual. Uno puede experimentar la presencia de otro. Todo un grupo puede estar consciente de una presencia. Incluso uno que no esté particularmente sintonizado con la cualidad de la presencia no puede sino contactarla en algunas circunstancias únicas e inusuales. Una de tales situaciones es que una madre dé a luz una creatura.

Algunas veces, cuando la madre no está bajo medicamentos, cuando ella está participando plenamente en el nacimiento, su presencia puede manifestarse. La madre puede sentir una plenitud, una fuerza, una determinación sólida, una inconfundible sensación de que ella está presente en la experiencia, enteramente involucrada en ella.

La situación de dar a luz es real; no es social, y no puede ser fingida. Para que una mujer lo pueda hacer en plena consciencia, sin la ayuda de medicamentos anestésicos, ella tiene que emplear a fondo todos sus recursos, aunar toda su fuerza muscular y su determinación, y estar genuinamente presente.

Esta total presencia de la mujer también puede ser percibida por otros. Uno puede verla como la presencia de intensidad, de intenso sentimiento o sensación, o intensa energía y atención. Uno también puede estar consciente de que la mujer está presente en una forma inusual para ella. Parece tener una plenitud, parece tener un fulgor, una radiación. La presencia es inconfundible, hermosa y poderosa.

Si uno es sensitivo y consciente, puede darse cuenta que la experiencia de presencia en esta situación no reside sólo en la madre. Si todos los presentes están participando plenamente -y esto a menudo sucede en tales ocasiones por su dramática intensidad- entonces la presencia invade la habitación, llenándola e impregnándola. Hay una intensidad en la habitación, una vitalidad palpable, la sensación de una presencia viviente.

La experiencia de presencia se siente más claramente cuando la creatura ha nacido, cuando ha entrado al mundo. Uno puede entonces experimentar un cambio, una expansión en la energía de la habitación. Uno siente que ella tiene definitivamente una nueva presencia, una presencia fresca. Se experimenta a la creatura no solamente como un cuerpo, sino como algo mucho más vivo y mucho más profundo. Uno puede, si está sensitivamente atento, contemplar al recién llegado como una presencia clara y definida. La creatura es un ser. Un ser está presente, sin nombre, sin historia, Y allí, está bendiciendo.

Uno puede, en efecto, observar que diferentes recién nacidos tienen diferentes cualidades de presencia. La cualidad de la presencia no es un asunto de tamaño, de apariencia o de qué sexo tienen. Cada uno parece tener su propia y única cualidad de presencia, la cual es completamente obvia al nacer, y que continúa siendo el modo de ser de esa particular creatura. Uno puede captar la emergente presencia como una dulzura, una suavidad, una ternura. 0 la presencia es sentida como una paz, un silencio, una quietud. Sin embargo, otro nos confronta con una presencia de claridad, luminosidad y alegría. Otro puede llenar la habitación con fuerza, solidez y firmeza.

Esta experiencia de una situación que es llenada con cierta presencia también puede sentirse en la pureza y soledad de la naturaleza. En momentos de quietud y soledad, una persona llega a estar consciente de que el ambiente natural en sí mismo tiene una presencia que afecta profundamente su mente y corazón. No es raro, cuando uno no está ocupado con las preocupaciones del mundo, cuando la mente está vacía y tranquila, que la naturaleza se presente no sólo como los objetos que la constituyen, sino como una presencia viviente.

Una cadena de montañas altas y rocosas puede entonces sentirse como una inmensidad, una solidez, una inmovilidad, que está viva, que está ahí. Esta inmensidad e inmovilidad parecen algunas veces confrontarnos, afectarnos, no como un objeto inanimado sino como una presencia clara y pura, Parece contactarnos, tocarnos. Y si somos abiertos y sensitivos podemos participar en esta inmensidad. Podemos sentirnos uno con la inmensidad, la inmovilidad, la vastedad.

Tal como las montañas tienen su presencia particular, así la tienen los bosques, océanos, ríos y praderas, Uno puede sentir la presencia de un árbol, como Krishnamurti relata en una de sus contemplaciones solitarias:

Había una intensidad alrededor del árbol, no la terrible intensidad de alargarse, de tener éxito, sino la intensidad de estar completo, simple, solo y sin embargo parte de la tierra. Los colores de las hojas, de las pocas flores, del tronco oscuro, estaban intensificadas miles de veces .

Podemos extender nuestra investigación considerando la presencia en una situación de peligro. Una persona frente a un extraordinario peligro, cuando su habilidad de funcionar podría esperarse que estuviera reducida, se salvará por un sorprendente poder o capacidad que surge desde dentro. Su percepción lleganá a ser repentinamente aguda, su mente lúcida, su cuerpo ágil y de respuesta rápida. El experimentará un nivel de coraje e inteligencia con los cuales no cuenta normalmente, una extraordinaria fuerza y voluntad, un dominio inusual sobre su mente, emociones y movimientos.

En tales ocasiones podrían realizarse grandes proezas en respuesta a necesidades vitales. Una persona podría sentir nebulosa o lúcidamente que un poder ha despertado en ella. Es como si todo el ser se hubiera reunido en una intensidad integrada, que hace posible la emergencia de una fuerza tranquila, una presencia conmovedora que, deliberadamente y con conocimiento, actúa de acuerdo a las necesidades del momento. La excitación se ha ido, las emociones están ausentes, la mente está en silencio. Lo que queda es exactamente lo que se necesita para afrontar la emergencia.

En aquellas raras crisis de vida y muerte, cuando nuestras ordinarias capacidades de percepción y acción nos fallan, puede emerger en nosotros un poder hasta ahora desconocido: una presencia tranquila y serena que puede hacerse cargo y actuar sin ser estorbada por nuestros pensamientos y estados emocionales. Esta condición no es simplemente experimentada como la ausencia de pensamientos molestos y conflictos emocionales. Hay más bien una presencia positiva de poder, de una inteligencia superior que no es fisica, emocional o mental.

Vida interior, vida exterior

Vida interior, vida exterior

Muchos indicadores, que una observación imparcial puede transformar bien pronto en certeza, nos conducen a presentir que hay en nosotros dos naturalezas: una personal o individual, relativamente accesible a nuestros modos de percepción habituales; ella es a la vez orgánica y psíquica (o animal y anímica). La otra, menos fácil de percibir, es sentida como nuestra participación en alguna cosa mucho más vasta que el individuo, a la que llamamos espiritual, o universal. La atención que los hombres le dedican a esta última es muy variable según cada cual y según los momentos de la vida. Sin embargo, casi todos deben reconocer que, en ciertos momentos al menos, han sentido en ellos junto con sus tendencias egocéntricas y personales, esta necesidad de infinito o de absoluto.

A partir del momento en que un hombre se vuelve hacia sí mismo, se interrogue y se esfuerce en comprender de alguna manera lo que él es y lo que podría ser, le parece que podría ser de dos maneras diferentes, tener – por decir así – dos actividades, dos maneras de vivir con diferente sentido. Una, enteramente vuelta hacia el exterior, centrada ante todo en la eficacia, la utilidad, el rendimiento del individuo en el cuadro de la sociedad a la que pertenece. Esta manera de vivir es la que ha desarrollado la civilización occidental en la que cada uno de sus miembros, para llegar a ello, ha seguido numerosos años de educación, de formación, de aprendizaje, de estudios, especialización, reciclaje, etc. La eficacia final en la vida exterior es el valor mayor según el cual se clasifica a los individuos.

La otra manera de ser, la otra clase de actividad, concierne a la vida interior. Ella está centrada, ante todo, en la realización de las posibilidades contenidas en potencia en el individuo, el desarrollo de las facultades y las cualidades propias que caracterizan su naturaleza humana y la incorporación (o el retorno) a niveles de vida o a mundos que la vida y la actividad exteriores no dejarían ni siquiera suponer. Esta manera de vivir, bien poco conocida por la civilización occidental, es la que más se ha desarrollado en ciertas civilizaciones orientales. Su realización, para aquellos que allí se internan, necesita todavía más tiempo y esfuerzos en la formación, búsqueda y estudios metódicos de los que demanda la vida exterior.

Estas dos formas de vida pueden parecer al comienzo como contradictorias, y lo son en efecto, de cierta manera. Es evidente, sin embargo, que cada una corresponde a una de las naturalezas del hombre, y que un hombre completo debiera vivir a la vez la una y la otra. Ellas son inherentes a la naturaleza humana, la que comporta en ella misma una permanente contradicción.

Aquellas grandes doctrinas, y las vías tradicionales que han llegado hasta nosotros, no han olvidado ni el uno ni el otro de estos dos aspectos del hombre. Ellas nos dicen, cada una a su manera, que estas dos naturalezas marcan la pertenencia del hombre a dos grandes corrientes de igual importancia que cruzan el universo existente, asegurando el equilibrio. Una es la corriente de la creación, la que nacida del nivel primordial se derrama en las diversas formas de la manifestación y, desde ese punto de vista, es una corriente involutiva. La otra es la corriente que puede llamarse de espiritualización, porque a partir de las formas manifestadas, retorna al nivel primordial – retorna a Dios – y es así una corriente de evolución. Por su doble naturaleza, con los dos aspectos de su vida, el hombre pertenece a la una y a la otra. Tiene los pies sobre la tierra y la cabeza en los cielos. El forma un puente, es un nivel de intercambio, es un
mediador entre esas dos corrientes. Puede ser que esta mediación – necesaria para que el hombre no se extravíe en una o la otra corriente – marque su realización efectiva.

Por lo que nos concierne en lo inmediato, desde el punto donde nosotros estamos colocados – únicamente, o casi, en la vida exterior -conocemos, o creemos conocer, una de las dos naturalezas, aquella en la que vivimos cotidianamente: nuestra naturaleza ordinaria. La vida la solicita sin cesar y sin cesar ella responde a la vida. La otra naturaleza está más y más olvidada detrás de ella, al comienzo en forma latente y disminuída, más tarde, sumergida, ahogada en el inconsciente, y finalmente, perdida. En tanto que ella no esté todavía demasiado sepultada, surge inopinadamente de tiempo en tiempo, en momentos de lucidez donde se impone a nosotros (generalmente en momentos difíciles) sin que sepamos de dónde nos viene. Al costado de lo que somos de ordinario, estos momentos tienen un sabor tal que no nos dejan en paz. Conservamos la sensación de nuestra insuficiencia y la más o menos mala conciencia de haber sentido que no somos lo que deberíamos ser. Pero no necesitamos de esos momentos para seguir viviendo y, si deseamos sentirnos de nuevo tranquilos, no tenemos más que olvidarlos. En la vida corriente, todo está dado. para ayudarnos a ese olvido. Por lo tanto, si un hombre quiere ser un día plenamente él mismo, el restablecimiento del equilibrio perdido entre sus dos naturalezas y sus dos formas de vida es el primer trabajo necesario.

Es por esto que todo lo que expondremos a continuación se dirige solamente a aquellos que están atentos a esos momentos particulares y, deseando clarificar lo que ellos representan aceptan, por lo tanto, no seguir permaneciendo tranquilos. Una evolución interior y el trabajo que ella necesita no pueden ser llevados a cabo sino cuando están auténticamente motivados por la toma de consciencia de nuestras insuficiencias y de nuestras fallas, con el malestar que de allí se deriva. Esto es inherente al resurgimiento en sí de esta segunda naturaleza – dejada de lado u olvidada en el curso de nuestra formación – con las contradicciones interiores y los conflictos que este resurgimiento engendra. Nada es gratuito: la aceptación de este malestar inevitable es el primer tributo que el hombre debe pagar para ir a la búsqueda de sí mismo.

Puede ser que en una tal búsqueda se corra el riesgo de oscilar entre la beatitud imbécil (como sería la ignorancia deliberada) y un cierto masoquismo (que sería enfatizar en forma excesiva este malestar, llamado por algunos angustia metafísica). La sola actitud justa – y por cierto difícil – es el reconocimiento exacto, con la esperanza de resolverlos, de nuestro malestar y de nuestro conflicto interior tal como ellos son.

Una tal esperanza, una tal tentativa no son evidentemente concebibles sino cuando conocemos las circunstancias presentes, y es por eso que la pregunta de lo que somos en realidad, en una o la otra de nuestras naturalezas con todo lo que ello significa, aparece desde el comienzo como la más fundamental de todas. Para un hombre que quiere un día ser plenamente él mismo, la búsqueda de la verdad de lo que él es resulta la más imperiosa de todas las necesidades. Es ella la que lo conduce a este conocimiento de sí al cual se dedican todas las escuelas tradicionales.

Este conocimiento no podría limitarse sólo a sí mismo. Cómo el individuo podría comprenderse, si no está colocado en un contexto general? El hombre participa en el conjunto de la vida sobre la tierra. El es uno de sus elementos, posiblemente el principal, y el estudio de la significación de esa vida es inseparable del estudio sobre sí. Además, la vida sobre la tierra de la cual el hombre participa no es más que un nivel, un escalón que tiene su lugar y su papel en los intercambios de fuerzas al interior del sistema solar al que la tierra pertenece. Este sistema solar no es más que un elemento entre otros y, en definitiva, el estudio del hombre – estudio de sí – para ser completo se revela inseparable de una perspectiva cósmica general.

El hombre es un ser tan complejo que puede ser considerado de maneras muy diferentes, que dan más o menos cuenta de su estructura y de las relaciones entre sus diversos componentes. La manera más completa y la más útil para la búsqueda que planteamos, es considerar que su cuerpo orgánico, el único que es inmediatamente accesible al examen, comporta el agrupamiento de diferentes funciones físicas y psicológicas, dirigidas por centros que dan a la energía vital fundamental la forma específica propia de cada una. Está hecho de un conjunto de cualidades individuales.. Unas son innatas: constituyen el aspecto fundamental, inicial de cada hombre y por ello pueden ser llamadas su esencia. Las otras son un conjunto de capacidades adquiridas, impuestas por el medio ambiente en el curso del desarrollo. A causa de su carácter superpuesto (que se compara con la máscara de un comediante llamada en la antigüedad persona) se la denomina personalidad.

En efecto, esta. personalidad y la forma según la cual se agrupan sus diversos factores, se estructura en cada hombre en torno a uno, dos o tres trazos fundamentales propios de su esencia, y dan a todo lo que queda fijado en ella un aspecto particular. Pero, además, en cada hombre la personalidad se constituye de manera diferente, más o menos estereotipada, según cada una de las situaciones-tipo del medio ambiente a las cuales un hombre determinado tiene que enfrentar habitualmente. Así, un mismo hombre adquiere en el curso de su vida múltiples aspectos diferentes, múltiples personajes (o sub-personalidades), múltiples yo, independientes los unos de los otros, cada uno autodenominándose yo cuando aparece hablando en representación de todos los otros yo.

Al costado de esta vida orgánica, el hombre participa en otros niveles de vida menos inmediatamente accesibles: una vida psíquica o, más bien, anímica – en algunos, además, una vida espiritual – las que tienen sus facultades y sus funciones. El hombre pasa así por estados diversos: dormir, soñar, estado de vigilia y a veces momentos de apertura más amplios hacia la vida. Son momentos de despertar a la belleza, a la armonía, a la necesidad de infinito, y estos son los momentos – sin que él lo sepa – en que despierta a su ser interior. El ve esos estados diferentes sucederse en él según un modo más o menos caprichoso y, a menudo, se le escapan. En todo este conjunto, se elaboran estructuras: tenemos sobre nosotros y sobre el mundo en que vivimos, ideas e imaginaciones que son nuestras. Tenemos una sensibilidad, deseos, una emotividad que colorea nuestra vida de un estilo que le es propio. Tenemos comportamientos particulares en la vida exterior tanto como en nuestra vida interior. Pero la característica más fundamental, y a la vez menos aparente – acaso no necesitamos buscarla para descubrirla? – es la fantástica mecanicidad de todo este conjunto. Por una suma de hábitos, de reacciones automáticas y de condicionamientos establecidos por repetición a lo largo de la vida, todo este ensamblaje que somos se mantiene por sí mismo y bien pronto se encierra en limitaciones de las que ya no se sale más.

Aparece, no obstante, en ciertos momentos como una intuición de que algo en nosotros es posible: una libertad interior, una armoniosa unidad y la participación en la vida de un mundo mejor. Influencias que nos parecen a, veces venir de lejos nos tocan hasta en nuestra vida ordinaria y reavivan esta intuición; como ocurre con ciertos mitos, ciertas formas de arte, las tradiciones y las religiones. En efecto, estas influencias nos aportan un momento de apertura interior, una oportunidad de despertar y, si estamos atentos, podemos reconocer que algo en nosotros responde a ello: es un sentimiento religioso o un sentimiento espiritual interior que sentimos que nos eleva. Así pueden desarrollarse en algunos de nosotros una sensibilidad y una atracción casi magnética por todo lo que puede orientarnos en ese sentido. Más y más claramente, la pregunta se nos plantea: no será posible dar a nuestra vida una calidad diferente a la ordinaria?, Esta calidad que se vislumbra en esos momentos de despertar?

No delatarnos

No delatarnos

En muchas ocasiones, involuntariamente revelamos lo que desearíamos ocultar. Hay innumerables situaciones en las que el control de las expresiones es fundamental para el éxito, en las que éste es esencial para la felicidad de otros o de la propia. Quien no pueda controlar sus expresiones, incluyendo no solamente la expresión facial, sino gestos, posturas, movimientos, actitud, tono de voz, etc., es realmente un niño. No esperamos que un niño se controle; su virtud es ser espontáneo. Pero cuando llegamos a ser adultos, nos deshacemos de lo infantil.

De lo primero que debemos darnos cuenta es que en ocasiones somos esencialmente transparentes para cualquier observador entrenado. Vivimos en una casa de vidrio semejante a esas colmenas de observación que permiten que apicultores capacitados examinen a las abejas trabajando. La colmena en que vivimos es nuestro cuerpo físico, y, mientras no ejercitemos un real control sobre él, todos sus movimientos, posturas y gestos, son manifestaciones naturales de nuestro estado psíquico interior. Por ejemplo, despierto en la mañana y escucho una mala noticia. Mi cuerpo manifiesta de inmediato mi depresión. Aparecen líneas en mi cara, los ángulos de mi boca descienden, mis gestos son desanimados y mi aspecto, decaído. Cualquier persona familiarizada conmigo se da cuenta de que algo anda mal, y un observador entrenado, aunque nunca antes me hubiese visto, podría ser igualmente perceptivo. Pero este es sólo un ejemplo de nuestra automanifestación. Todos nuestros estados se muestran, desde el más general al más mínimo, en cambios físicos visibles o perceptibles a un observador externo. Pero si no fuera porque a menudo no existe tal observador entrenado, podríamos estar delatándonos constantemente. Y en realidad, no hacemos otra cosa.

Asumiendo que deseamos ser capaces de ocultarnos y no seguir viviendo transparentemente en el mundo, la primera cosa por hacer es convertirnos en observadores de nosotros mismos. Muy pocas personas saben cómo se ven en este, ese u otro estado de ánimo, 0 como revelan realmente sus estados subjetivos con sus posturas, gestos, tonos de voz y actitud. Como condición para controlar esas expresiones es sumamente necesario conocer cuáles son. Así, el primer paso en el camino de no delatarnos es el descubrimiento y comprensión de la manera particular en que lo hacemos. Aprendamos primero a mirarnos y oírnos como los otros nos ven y oyen. Después puede ser posible aprender como no ser evidentes. Pero no podemos empezar el aprendizaje de no delatarnos hasta no conocer nuestros actuales modos y expresiones cuenta-cuentos habituales.

Cómo lograr esto? Poniéndonos a la obra sistemáticamente con un espíritu de curiosidad experimental. Te han contado que te delatas y deseas saber como lo haces. Empieza por observarte a tí mismo especialmente en aquellos momentos en los que estás a punto de dejar caer la guardia. Por ejemplo, te sientes molesto. Entonces miras el espejo y ves como tu cara expresa desagrado. Habla, y escucha el tono de tu voz. Camina, y observa tu aspecto y tu conducta. 0 si te sientes muy orgulloso por algo, observa como, en forma totalmente involuntaria, todas tus expresiones y movimientos se reunen en un solo aplauso. Cada uno de nosotros tiene un limitado repertorio de expresiones para todos los estados que experimentamos. Nuestra primera tarea es familiarizarnos con nuestro repertorio. Sólo cuando nos hayamos observado en todos los estados, seremos cautos con nuestros modos habituales de expresión.

El siguiente paso es practicar expresiones en ausencia de sentimientos a expresar. Esto, por supuesto, es un proceso normal en el entrenamiento de un actor, pero nosotros lo planeamos con un objetivo superior. Frente a un espejo, de preferencia mural, practica con perfecta sangre fría la expresión que imaginas apropiada a esta, esa, u otra emoción o estado de ánimo. Piensa, por ejemplo, que acabas de recibir buenas noticias, y trata de expresar tu estado interior con movimientos adecuados. 0 trata que tu rostro exprese admiración, indignación, desconfianza, afecto o indiferencia. Este recorrido sobre las escalas de nuestros instrumentos de expresión es muy útil en muchos casos. Pero, por sobre todo, nos hace darnos cuenta de la separación práctica que puede existir entre nuestras expresiones y nuestros sentimientos internos. Obviamente, si podemos aprender a expresar sin sentimientos, también podemos sentir sin expresarlo, lo que constituye el elemento más importante en el arte de no delatarnos,

Hay dos pasos ulteriores en el curso completo, y el primero es no expresar la emoción ni el estado de ánimo que estás sintiendo. Sientes pena, preocupación, indignación, celos o desconfianza. Exactamente cuando estés experimentando una de esas emociones y estés involuntariamente a punto de revelarla, resiste el impulso, No dejes que tus músculos adecúen su acción a tu estado de ánimo; permite que, al menos, se queden inmóviles. Si este esfuerzo de no expresión es realizado en el mismo momento en el que nuestro cuerpo está más ansioso de revelar nuestros secretos, los resultados se justificarán por sí mismos. No necesitamos estar comprobando que estamos logrando un cierto dominio sobre nuestro cuerpo cuenta-cuentos, pues lo sentiremos y sabremos. Un hombre que puede decir que no a sus músculos en la exuberante y automática representación de sus humores o emociones, está en vías de obtener grandes poderes.

El último paso puede ser fácil si el anterior ha sido logrado realmente y no sólo en la imaginación. Consiste en expresar lo opuesto o, por lo menos, algo diferente a lo que estás sintiendo en el momento. El penúltimo paso, como ya hemos visto, es la no expresión de una emoción común. El actual y último paso es la expresión positiva , pero de una emoción diferente u opuesta a la recientemente experimentada. Esto también debe ser practicado frente al espejo antes de probarlo en la vida. Te sientes sin suerte, desdichado y en el límite de lo que puedes soportar. Todo y todos son aborrecibles. Te preguntas por qué has nacido. Estás harto de la vida. Parado frente al espejo, haz que tu cuerpo exprese lo opuesto a esa melancólica mezcla de pensamientos, sentimientos y sensaciones. Hazte aparecer radiante, cariñoso y lleno de alegría de vivir; simula la expresión física de emociones que no estás sintiendo; pretende, con tus posturas, gestos, expresión facial y conducta, que estás sintiendo realmente lo que aparentas. Simula tan hábilmente que tu conducta engañe al propio Diablo, es decir, a tu propio mal ánimo, Naturalmente, esto es mucho más difícil hacerlo en la vida.

Ante la gente y en circunstancias problemáticas, esta conducta es como el empleo de técnicas de ju-jitsu fuera del gimnasio. Sin embargo, la vida debe ser nuestro objetivo y las circunstancias reales, la prueba de nuestra eficiencia.

A. R. Orage

Traducido y extractado por Carmen Bustos de:
“Psychological Exercises & Essays”
Samuel Weiser Inc.

Economizando Nuestra Energía

Economizando Nuestra Energía

El cuerpo humano es una máquina capaz de realizar trabajo, y la energía para realizarlo se deriva de los alimentos, el aire y las impresiones. Comemos comida, respiramos aire y recibimos impresiones a través de los órganos de los sentidos. El intercambio entre estas tres formas de nutrición crea la variedad de energías que manifestamos.

Estas energías son de tres tipos: física, emocional y mental, y para cada uno de estos gastos de energía es necesario crear los recursos en nosotros. Por supuesto que no podemos gastar más que nuestros ingresos, No sólo no podemos hacer físicamente más de lo que nuestra alimentación lo permite, sino que tampoco podemos sentir o pensar más de lo que nos permitan los correspondientes ingresos. Estaremos cansados de pensar y no pensaremos más; estaremos cansados de las sensaciones y no sentiremos más, tal como nos cansamos dell ejercicio físico. La fatiga en cualquiera de estos aspectos significa la misma cosa, esto es, que hemos agotado temporalmente nuestra energía almacenada. Luego de dormir, o comer, o cambiar de aire o situación, podemos nuevamente actuar, sentir o pensar; pero por el momento estamos vacíos.

Hay, sin embargo, dos tipos de fatiga: imaginaria y real. Es bastante común que la gente piense que está cansada cuando en realidad no lo está. Dada una nueva motivación, la persona se sorprende de la energía que encuentra disponible. Este fenómeno en términos físicos, se suele llamar el segundo aliento, y es como si fuera una segunda reserva de energía a la que se puede echar mano sólo cuando la primera está exhausta. El mismo fenómeno puede ocurrir respecto del sentir y el pensar, aunque generalmente desistimos después de agotado el primer aliento. Pero podemos, por así decir, proponernos pasar de la primera fatiga al segundo aliento o reserva.

La fatiga real, muy distinta de una mera primera fatiga, sucede cuando la segunda o, quizás, la tercera reserva ha sido agotada. Entonces es necesario el descanso y la recuperación, o la máquina se derrumbará. Nuestra máquina está construída de modo tal que prácticamente todos los días creamos dentro de nosotros uno a uno los tres tipos de energía. No invertimos más que una pequeña parte de nuestros ingresos en las tareas que realizamos. Sin embargo, nos acostamos cansados, extenuados. Por qué ocurre eso?

La máquina humana puede ser comparada con una fábrica de tres pisos, cada uno de los cuales está dedicado a una forma de trabajo particular. En la planta baja está nuestra vida física, en el segundo piso la emocional, y en el tercer piso nuestra vida intelectual. Cuando estamos trabajando en uno de los tres pisos, no es necesario que los otros estén también en actividad. No encendemos las luces de toda nuestra casa cuando estamos en una sola habitación, sería un desperdicio de electricidad. De igual forma no debemos estar usando energía de los tres compartimentos de nuestro organismo cuando en realidad sólo estamos usando uno de ellos. Por ejemplo, si estamos pensando, no es necesario que el cuerpo esté también gastando energía; o si estamos trabajando físicamente, no es necesario que la mente vagabundee y gaste energía haciendo nada. Debemos aprender a interrumpir la energía en cada piso a voluntad para que que la máquina no funcione cuando no estamos en esa habitación para guiarla.

Toda acción inconsciente desperdicia energía; sólo la acción consciente la ahorra. Así, el primer principio de economía es el actuar en forma consciente y voluntaria, sin permitir que cualquier actividad escape a nuestra atención y derroche la energía por su cuenta. Las tres principales fuentes de pérdida corresponden a los tres compartimentos de nuestro organismo y pueden ser definidas como: esfuerzo muscular inconsciente, vagancia mental y preocupación o lamentación.

Examine el estado de sus músculos en este instante. Note que lo más probable es que esté sentado con un esfuerzo completamente innecesario. Sus piernas están trabadas, los músculos de su cuello están tensos, su mandíbula está apretada, sus brazos están en actitud de levantar un peso. Esto significa que usted tiene las luces encendidas en las habitaciones de la planta baja, aunque de hecho no las necesita puesto que está leyendo en el tercer piso. El medidor está corriendo inútilmente en desmedro de su bolsillo. El remedio es relajar el cuerpo cuando no esté en uso. Siempre que no lo esté usando, déjelo suelto. A causa de haber vivido constantemente en tensión, el cuerpo no se relaja por su cuenta, pero puede ser entrenado para ello. El consecuente ahorro de energía es enorme.

El pensamiento sin propósito es dejar la luz encendida en el tercer piso cuando ella no es necesaria. Pero todo el mundo lo hace. Observe a sus compañeros de viaje en un bus o en el metro. Ellos no están abocados a la solución de un problema definido. Su mente sólo se está paseando por los incidentes del día, los de ayer o los del año pasado. No están tratando de llegar a ninguna conclusión. De hecho, no están pensando; pero su mecanismo mental está siendo ocupado por asociaciones de ideas; y como está procesando sucesos, recuerdos, imágenes, consume energía. Cuando más tarde quieramos realmente pensar, usando nuestro cerebro con un propósito definido, encontraremos que nuestra cuota diaria de energía mental se ha agotado. El remedio es nunca pensar sin objetivo. Cuando sorprenda a su mente girando por su cuenta, ya sea soñando de día, sumergida en imaginaciones, perdida en recuerdos, hágala pensar en forma precisa. Diga las tablas de multiplicar al revés, recite algunos versos. Redacte una carta o un discurso. Elabore claramente su plan de acción para el día de mañana. Enumere con exactitud los sucesos del día. Haga cualquier cosa que usted intente hacer, pero no permita que lo haga su mente por su cuenta. Este esfuerzo puede parecer agotador, pero en realidad es refrescante. Emplea sangre que es llevada al cerebro. El pensar en forma inconsciente es, por el contrario, una mera hemorragia que lleva al agotamiento.

La preocupación, o los sentimientos involuntarios, son la tercera causa de nuestra fatiga, aún más común que la producida por el desperdicio mental y el corporal. Como Shelley dijo: Miramos el pasado y el presente y suspiramos por lo que ya no está. Acerca de los acontecimientos de ayer y de mañana es absurdo que sintamos y nos lamentemos por ellos, ya que no están presentes y sólo existen en la memoria o en la imaginación. Este hábito nos roba la energía con la que debiéramos sentir lo que sucede hoy. Llamamos sentimentales a aquellos que acostumbran habitar en los eventos del pasado o del futuro. Las luces de su segundo piso están siempre encendidas. Al mismo tiempo es notorio que los sentimentales no sienten con intensidad las situaciones del presente inmediato. Ellos viven intensamente el ayer o el mañana, nunca el hoy. El remedio consiste en concentrar la atención en la persona o situación inmediatamente presente. Aquí, justo enfrente de nosotros, y no en la memoria o la imaginación, es donde está aquello acerca de lo cual tendríamos que sentir, simpatizar, ayudar. Deje que el mañana y el ayer se cuiden a sí mismos.

Los que practiquen estos tres métodos se encontrarán muy pronto con más energía porque ahora ellos saben que hacer con ella. Les será difícil cansarse.

A.R. Orage

Traducido y extractado por Farid Azael de
A. R. Orage.- “Psychological Exercises & Essays”
Samuel Weiser Inc.

Semblanza de Fontainebleau

Semblanza de Fontainebleau

1928

Durante este invierno me percaté de un deseo creciente de ir al Prieuré y realizar un trabajo verdadero con Gurdjieff. No podía formular claramente lo que quería hacer allí; pero a medida que transcurría el tiempo, el deseo de ir se hizo tan intenso que no pude resistirme. No era un deseo por escapar de la vida y sus responsabilidades, pues en este momento la fortuna me favorecía como no lo había hecho antes. Tenía todo lo que la vida ordinaria, el mundo, me ofrecía amigos y conocidos interesantes, una casa en el campo y un piso en Nueva York, automóviles, un trabajo satisfactorio que daba dinero; especialmente, Orage y el grupo -; pero todo esto tenía poco peso en la balanza frente al hecho de ir donde Gurdjieff.

El Prieuré
Este anhelo de ser lo que uno debía ser, de tener un ser, de ser capaz de hacer, de comprender, ha sido expresado por poetas y místicos hindúes, sufíes y cristianos – desde el punto de vista de un exiliado que añora el hogar, o más a menudo, el amante que añora a la amada. El dolor en el plexo solar que acompaña este anhelo de perfección es similar al que siente el exiliado o el amante.

Finalmente, después de mucha lucha interna, abandonamos nuestra vida en Nueva York y partimos hacia Francia. Antes de partir le dije a Orage: confío en que no pase demasiado tiempo antes de que nos encontremos de nuevo. Él respondió: somos del tipo de personas que siempre se encontrarán. No iré al Prieuré este año. En realidad, empiezo a sentir que mi trabajo aquí está llegando a su fin; quizá otros dos o tres años más, y entonces podremos encontrarnos en Inglaterra.

Llegamos a Fontainebleau-Avon a comienzos de Junio. En el coche que tomamos en la estación mis sentimientos estaban sensibles, como siempre, a los paisajes, sonidos y olores familiares: el tren que pasaba bajo el puente, el ruido del tranvía, el aroma del pino aserrado, la llegada al portón y el sonido del timbre con el letrero: Sonnez fort, y el chapoteo de la fuente del patio. No tenía idea de lo que iba a suceder, pero sentía que era algo muy importante para mí.

Gurdjieff nos dio una calurosa bienvenida, al igual que los demás. No expliqué por qué había venido en realidad, como ya dije, no podía formular claramente la razón -; pero, como lo probaron los acontecimientos, él sí lo comprendía.

G. I. Gurdjieff
Durante las primeras semanas trabajamos como de costumbre, dentro de la casa o en los jardines, y salíamos con Gurdjieff en su auto. En julio nos llevó, a la señora de Hartmann y a mí, a Biarritz y a Lourdes. En el camino comencé a pensar en lo que mi idiota significaba para mí, pues hasta entonces no tenía la menor idea. Me decidí a preguntárselo tan pronto como tuviera una oportunidad. Sabía que si podía descubrir su significado tendría una clave para mi estado y mi conducta para eso tan simple para otros pero oculto para mí mismo -. Hasta entonces, cada vez que le había preguntado sobre mi idiota él había desviado el tema o ni siquiera me había respondido.

Un día nos detuvimos en un restaurante en la carretera y comimos a la sombra de un agradable jardín arbolado. Hacía bastante calor, la comida y el armagnac estuvieron particularmente buenos, y el sudor corría por nuestros rostros. Cuando, durante el ritual del brindis por los idiotas, llegamos a mi categoría, le pedí que me dijera lo que significaba. Al comienzo no quiso. Pero insistí y casi le rogué para que me diera siquiera una pista. Poco después comenzó a hablar, y entonces me lo dijo en una frase de cinco palabras. Me sorprendí de la claridad y sencillez de sus palabras, y bajo la influencia de su presencia y del clarividente efecto del armagnac vi mi rasgo principal, algo que nunca había siquiera sospechado.

Cuando partimos y nos pusimos en camino pensé en ello, y vi cómo esta cosa había sido mi peor enemigo incluso desde mi niñez. Era quizá el factor principal entre las causas que formaron el patrón de mi vida y que me habían traído tantas dificultades y echado a perder tantas cosas en mis relaciones con otras personas. También me di cuenta de que si no hubiera sido por Gurdjieff y su método, yo habría podido ser siempre el mismo, repitiendo y comportándome de la misma manera. No puedo recordar el nombre del lugar en donde almorzamos, pero tengo una imagen vívida de cuando estábamos sentados en la enramada aquel cálido día, enjugando la transpiración de nuestros rostros.

Es sorprendente y hasta espantoso que uno pueda vivir durante años con una falsa imagen de sí mismo; y aún poseyendo un deseo de saber, no tener una imagen verdadera de cómo uno se manifiesta. Cómo pueden saberlo los muertos cuando hasta para los que están comenzando a despertar del sueño les es tan difícil?

Desde ese día algo comenzó a cambiar en mí.

En Biarritz, Gurdjieff empezó a ponernos dificultades. Nos reunimos con su hermano Dimitri y su esposa, y ellos, con uno de sus hijos, entraron al auto. Gurdjieff hizo sentar a su hermano en el asiento delantero, junto a él, y yo entre ellos entre esos dos hombres robustos -. Era un auto pequeño, con espacio para cuatro personas solamente. Con el equipaje en la parte posterior y nosotros seis apiñados, estábamos muy incómodos, y a medida que transcurría el día esto se volvió una verdadera tortura, pero decidí no dejarme llevar por la situación. Al final Dimitri Ivanich y su esposa Astra Gregorievna no pudieron aguantar más, y regresaron a Fontainebleau por tren; Gurdjieff, la señora de Hartmann y yo seguimos nuestro camino; yo seguía sentado en la parte delantera.

En Lourdes fuimos al lugar donde estaban los lisiados, los mutilados y los enfermos. Filas y filas de pobres criaturas esperando ser curadas, algunas de ellas casi monstruosas. Poco después nos encontramos con un largo cortejo fúnebre; conducían a un obispo a su tumba. Era impresionante, con el tañido de las campanas, el incienso, el canto de los sacerdotes y de los monjes mientras recorrían el camino bordeado por la gente la ceremonia pomposa de la religión organizada -.

A menudo, mientras continuábamos nuestro camino, Gurdjieff creaba mentalmente pasajes de Relatos de Belcebú, y se los dictaba en ruso a la señora de Hartmann, sentada en la parte posterior, lista con un cuaderno y un lápiz. Cuando nos ganaba el sopor y comenzábamos a divagar, o si Gurdjieff mismo necesitaba un choque para mantenerse despierto mientras conducía, armaba una escena, y a veces nos gritaba con lo que parecía ser cólera. Nos despertábamos rápidamente. Luego nos deteníamos en un café, o para tomar armagnac y comer sándwiches a un lado del camino, y entonces él nos hablaba. Al recorrer el campo, Gurdjieff parecía ser capaz, casi literalmente, de descubrir con su olfato la mejor comida, el mejor producto local, de manera que cada día comíamos algo nuevo y sabroso.

Gurdjieff y alumnos contemplando Danzas”
A veces me sonsacaba, me hacía decir cosas, y luego, con una mirada de compasión, sacudía su cabeza; y yo me daba cuenta de que había expuesto alguna de mis debilidades o imperfecciones. Estos incidentes, estos choques constantes que sacaban a relucir uno y luego otro de mis aparentemente innumerables enemigos interiores, permanecieron en mi memoria.

Aproximadamente un día después de nuestro regreso al Prieuré, Gurdjieff me puso a trabajar con otros dos hombres, excavando una trinchera en el bosque. Era agradable trabajar en la sombra, y cuando parábamos para descansar era aún más agradable sentarnos a charlar sobre ideas de altura. Pasaron algunos días en medio de esta labor agradable. Luego, primero uno de los hombres fue encargado de otro trabajo, después el otro, y terminé trabajando solo. Gurdjieff me pidió que cavara hasta encontrar un manantial que decían estaba en algún lugar de los alrededores, el manantial sobre el que había hablado cinco años antes.

Como los días pasaban y nadie se me acercaba y no había ninguna señal de agua, una resistencia comenzó a surgir en mí, una rebelión en contra de lo que mi mente sabía que debía hacerse. No se trataba de la dificultad del arduo trabajo físico. En la Columbia Británica había sido un buen excavador de pozos, haciendo explotar cada centímetro con nitroglicerina un trabajo difícil y peligroso. Lo que ahora tenía que superar era una rebelión una tremenda resistencia del cuerpo y los sentimientos a continuar esta tarea sosa, monótona y aparentemente sin propósito, en medio del calor sofocante -. Después de trabajar durante algunos días tuve que cavar una trinchera larga y profunda y un pozo hondo en la gruesa arcilla. Nadie se acercó a mí, y ya no me llamaban a comer en el comedor inglés. Luego Gurdjieff llevó a mi esposa y otras personas de viaje, en su auto, lo cual aumentó mis dificultades emocionales, ya que no había cosa que yo disfrutara más que viajar con él.

Cuando regresó algunos días después y vino a ver mi trabajo su primera aparición en dos semanas -, le dije: no hay agua aquí; es inútil continuar. Él sólo comentó: debe haber agua aquí. Debe encontrarla. Ahora cave aquí. Señaló hacia otro lugar y se marchó. De manera que comencé nuevamente. Pero un pensamiento insistente me atormentaba. Me preguntaba por qué había abandonado mi vida cómoda e interesante en los Estados Unidos para venir aquí a trabajar como un peón y ser humillado. Era sólo un capricho de Gurdjieff el mantenerme ocupado? Caí en un estado de desilusión y desaliento. Al mismo tiempo había un sentimiento interior de que la tarea debía ser cumplida, y que éste, quizá, era el primer esfuerzo verdadero que yo había realizado jamás.

Aproximadamente un día más tarde, después del té, fui a descansar a mi habitación. La postura física de acostarme boca arriba pudo haber aumentado el sentimiento de desaliento; el hecho es que estaba a punto de abandonar, cuando tomé y abrí el Pilgrims Progress, y leí:

Entonces vi que todos prosiguieron, salvo Cristián que se retrasó, y no siguió hablando sino consigo mismo, a veces entre suspiros, a veces confortablemente; también leía a menudo el Pergamino que uno de los iluminados le había dado, con lo que se reanimó.

Vi entonces que todos continuaron hasta llegar al pie de una Colina, en cuya base corría un Manantial. También en el mismo lugar había dos caminos además del que venía directamente del Portón; uno doblaba a la izquierda, el otro a la derecha al pie de la Colina; pero el camino estrecho conducía directamente a la Colina (y el nombre del que subía por el costado de la Colina es Dificultad). Cristián fue ahora hacia el Manantial y bebió de él para refrescarse, y luego comenzó a subir la Colina, diciendo:

Esta Colina, aunque elevada, deseo subirla;
La dificultad no me perturbará;
Pues percibo que el camino de la vida está aquí;
Ven, Corazón, anímate; no te desalientes y temas;
Aunque difícil, éste es el camino correcto.
Mejor que el equivocado, que es fácil, donde al final está la aflicción.

Los otros dos también llegaron al pie de la Colina. Pero viendo que ésta era empinada y alta, y que había otros dos caminos, suponiendo que podrían encontrarse nuevamente con el que Cristián había tomado, al otro lado de la Colina, resolvieron ir por esos caminos (el nombre de uno de ellos es Peligro y el otro Destrucción). Entonces uno tomó el camino que se llama Peligro que lo condujo a un gran Bosque; y el otro tomó el camino Destrucción, que lo condujo a un vasto campo lleno de obscuras Montañas, y cayó para no levantarse más.

Miré entonces hacia Cristián, que subía la Colina, donde dejó de correr para caminar, y luego de caminar para arrastrarse sobre las rodillas, debido a lo empinado del lugar. A mitad de camino, hacia la cima de la Colina había una agradable Glorieta, hecha por el Señor de la Colina, para que los Viajeros fatigados se refrescaran.

Gurdjieff, su vida, su ensenanza.

Gurdjieff, su vida, su ensenanza.

gurSu Vida:

George I. Gurdjieff nació en Alexandropol, al sur del Cáucaso, en 1877. Su madre era armenia y su padre, griego de ascendencia y heredero de una tradición oral muy antigua, marcó su infancia con innumerables relatos y poemas.

Educado en la religión cristiana ortodoxa, el joven Gurdjieff atrajo la atención de sus educadores y por ello recibió una enseñanza privilegiada. Destinado por su ambiente a la medicina o al sacerdocio, dejó muy pronto las opciones que se le ofrecían para seguir otros caminos. El estaba obsesionado por la idea de que debía existir en alguna parte un conocimiento más real que respondiera mejor a su necesidad de encontrar un sentido y una finalidad a la existencia humana,

Desapareció por más de veinte años dedicado incansablemente a su empeño por contactarse con las más antiguas tradiciones. Tendió un velo sobre este período de su vida y es poco lo que se conoce de ella que pueda ser corroborado independientemente de su autobiografía, Encuentros con Hombres Notables. Se debía acaso a algún juramento?

Hacia 1912 apareció en Rusia. Impactaba a quienes se le aproximaban por la profundidad y la coherencia de su enseñanza, donde parecía fundir los conocimientos de oriente y de occidente. Desde entonces Gurdjieff consagraría su vida a tratar de trasmitir todo lo que había adquirido con tanto esfuerzo.

La primera guerra mundial, y después la revolución rusa, lo hicieron desplazarse desde Moscú a San Petersburgo, Essentuki y Tiflis, entre otras ciudades, hasta 1920. Después pasó por Constantinopla y Berlín, y llegó a París en 1922. Sus actividades entre los años 1917 al 1929 pueden ser conocidas gracias a dos obras escritas sobre él. Una es En busca de lo milagroso: Fragmentos de una enseñanza desconocida de P. D. Ouspensky, la que fue publicada póstumamente en 1949. La segunda es Nuestra vida con Mr. Gurdjieff de Thomas y Olga de Hartmann, que fue publicada por primera vez en 1964, y reeditada en 1983 y 1992.

En París arrendó provisoriamente una casa, para mudarse en octubre de 1922 a Fontainebleau, en el castillo del Prieuré, ubicado al sur de París. Allí instaló su Instituto para el Desarrollo Armonioso del Hombre. Numerosos discípulos franceses, ingleses y norteamericanos, vinieron a compartir la vida comunitaria en el Prieuré, colaborando en los trabajos domésticos de la granja, aprendiendo a tejer alfombras y practicando movimientos y danzas , entre otras actividades.

En 1923 Gurdjieff presentó a sus alumnos en el Teatro de los Campos Elíseos en una primera exhibición pública de danzas sagradas y movimientos, con la intención de mostrar al público occidental la importancia de la relación con el cuerpo en un camino de conocimiento integral.

Al año siguiente, en un viaje a Estados Unidos, dio una serie de representaciones con el mismo objeto. A su regreso, en 1924, un grave accidente automovilístico lo obligó a restringir progresivamente sus actividades hasta que, al comienzo de los años 30, abandonó Prieuré y se instaló en París en un pequeño departamento, que no dejaría hasta su muerte, dedicándose casi por entero a la redacción de sus obras.

A partir de 1934 se reunieron grupos en torno a él, en especial alumnos franceses. Escritores, artistas, científicos, no dejaron de afluir hacia Gurdjieff, aún durante la ocupación. Después de la guerra retornaron los alumnos ingleses y norteamericanos, quienes lo siguieron hasta su muerte ocurrida el 29 de octubre de 1949. Entonces su nombre y su obra eran todavía desconocidas para el gran público.

Su Enseñanza:

El sistema de ideas de Gurdjieff y sus valores fue tan complejo e interconectado que, volviendo atrás, es difícil seleccionar un aspecto o una idea como la básica. El elemento común fue el principio de que sus ideas necesitaban ser redescubiertas en la experiencia del alumno. Por esto decía que el estudio de la psicología comienza con el estudio de uno mismo.

Para difundir sus enseñanzas, fue creando distintos Centros de estudio e investigación en cada una de las ciudades que visitó antes de llegar a París. El más evolucionado de ellos, llamado El Instituto para el Desarrollo Armonioso del Hombre fue el de Fontainebleau, el que funcionó desde 1922 a 1934 en los terrenos de una mansión que había pertenecido a un miembro de la aristocracia francesa del siglo 18. Una de las actividades características en estos institutos era el estudio de las danzas coreográficas originales de Gurdjieff. Durante los años en Rusia fueron llamadas Gimnasias Sagradas, y después en Francia, Movimientos.

El apoyo financiero para las actividades de Gurdjieff en Europa Occidental vino inicialmente de Inglaterra, donde sus ideas encontraron aceptación, y donde, desde inicios del año 1920 a su muerte en 1947, Ouspensky tuvo su principal residencia. Más tarde, con el viaje de Gurdjieff a Nueva York y Chicago en 1924, un considerable número de americanos lo siguieron, en gran medida gracias a los exitosos esfuerzos de A. R. Orage en atraer a escritores y artistas norteamericanos. Gurdjieff volvió a los Estados Unidos en varias ocasiones durante los períodos de 1929 al 1939.

Gurdjieff estuvo en Francia por más de una década antes de que sus alumnos franceses expresaran interés en sus ideas y métodos. Desde 1925 a 1935, mientras estaba absorto en escribir sus proyectos, sus ideas y movimientos estaban siendo presentados lentamente en círculos franceses por Alexander y Jeanne de Salzmann, dos de sus alumnos que se habían unido a él en Rusia.

Después de la muerte de Ouspensky, su viuda Sophia indicó a los seguidores de su esposo en Inglaterra y América que hicieran contacto directo con Gurdjieff, quien vivía en París. El período final de su vida, en 1948 – 1949, se transformó en años de gran cosecha, cuando tanto éstos como nuevos alumnos venían a París y eran presentados a Gurdjieff, quien a esa altura estaba ya muy enfermo.

Algunos de los alumnos del grupo de John G. Bennett en Londres, fueron invitados a formar parte de la gran familia de Gurdjieff, Un día típico en el concurrido apartamento de Gurdjieff se iniciaba a las 12.30 o 13.00 horas con una o dos horas de lectura de alguno de los manuscritos no publicados de Gurdjieff. La lectura era seguida por una comida de media tarde altamente ritualizada. Después de la comida se iban y sólo retornaban casi a las 21.30 o 22.00 horas para otra lectura y una cena más tarde, y frecuentemente escuchaban música de un armonio tocado por el propio Gurdjieff. Normalmente los invitados se despedían a las 2:30 a.m.

En el año que siguió a la muerte de Gurdjieff en París en octubre de 949, fue publicado el primer volumen de su trabajo de tres volúmenes Todo y todas las cosas. Este fue titulado Cuentos de Belzebú a su nieto: Una crítica imparcial de la vida del hombre. El libro escrito en el formato de una novela de ciencia ficción, trata de la caída del hombre y del surgimiento inicial de civilizaciones y costumbres que evocan en el individuo impulsos y asociaciones transformándolos en criaturas hechas a la Imagen de Dios. El libro busca derribar la visión del mundo que el lector tiene y, al final, esto evoca en él sentimientos de compasión y esperanza por sí mismo, y por toda la humanidad.

El uso que hicieron las Sociedades Gurdjieff de las historias de Belzebú varía. Algunos de los pequeños grupos independientes vieron el libro como un texto canónico que, como el Nuevo Testamento en la Iglesia Cristiana, es objeto de paráfrasis e interpretaciones. Los grupos asociados con las Fundaciones Gurdjieff, sin embargo, generalmente evitaron la discusión del significado de los pasajes de Gurdjieff en su libro principal. Es como si ellos creyeran que el impacto del libro tiene que ser recibido directa e individualmente. Por lo tanto, según este punto de vista, mientras menos se diga acerca de las ideas expresadas en los Cuentos de Belzebú mejor es.

Podría resultar erróneo el concluir que todo intento de aplicar estándares científico-sociales a la interpretación de textos religiosos -incluyendo el que discutimos- esté limitado a reducir lo trascendental a lo mundano. En el capítulo 27 en las Historias de Belzebú, Gurdjieff describe cómo, en un período prehistórico, un gran santo produjo una transformación de la perspectiva político-social y religiosa en su gente. El logra este objetivo reorganizando la psiquis de sus coterráneos, lo cual resulta en que participan más rica y orgánicamente en lo político, social e incluso en las transacciones económicas de la sociedad. Como resultado de este cambio de perspectiva, desaparecieron en breve cargas morales de larga data en la sociedad, tal como la esclavitud y las castas sociales.

En la asimilación de estos hechos el lector es dejado con múltiples impresiones: una es que, en el caso de las relaciones humanas cotidianas, somos gobernados por sentimientos más que por aquellos conceptos típicamente asociados con la presencia (o ausencia) del poder económico y político; entonces tal destacable cambio seguramente tendría que ser el trabajo de un gran santo. Gurdjieff observa al final de este capítulo que la gente contemporánea tiene tan sólo una vaga noción de una remota organización sacerdotal de la sociedad, la cual supone equivocadamente haber sido un período de tiranía religiosa. Tal vez entonces estos fragmentos de información que han sido preservados por algunas antiguas civilizaciones tengan otra interpretación. Finalmente el lector puede interrogarse acerca de cómo en su propia vida aparecen los sentimientos de consciencia.

Por un lado, existen notables diferencias en las interpretaciones dadas a los libros de Gurdjieff por los grupos que lo siguen: y por otro lado, hay consenso en el poco interés mostrado por la biografía del fundador de su movimiento. Generalmente se observa una mínima curiosidad en los detalles de la vida de Gurdjieff. Tal vez porque él decía que la vida era para vivirla en el presente: sólo las ideas, música y gimnasia sacra eran importantes. Si la tendencia de los nuevos movimentos religiosos se dirige al culto de la personalidad, el movimiento Gurdjieff con toda seguridad no comparte tal tendencia.

La forma cómo Gurdjieff interactuó con la sociedad y con individuos de diferente temperamento, resulta sutilmente instructiva. La calidad de su instrucción era indirecta. Aunque ella no puede ser imitada, lo cierto es que lo armonioso de su actitud atrevida y flexible se mantuvo desde los primeros acontecimientos ocurridos en episodios de su vida.

Gurdjieff preparó a seis o siete personas claves, quienes como discípulos hicieron duraderas contribuciones a la preservación de su enseñanza. Estos primeros discípulos fueron en gran medida responsables de la transmisión de sus ideas, música, movimientos y textos sagrados.

El mejor conocido en Occidente es P.D. Ouspensky, quien expuso el sistema en Inglaterra y América desde los inicios de 1920 hasta su muerte en 1947. Su libro En busca de lo milagroso, que abarca los años 1915 al 1924, fue publicado póstumamente con la autorización de Gurdjieff. Ouspensky logró expresar por escrito el sistema expuesto por Gurdjieff y, en alguna medida, su poder para trabajar con personas a través de las ideas. Ouspensky fue el discípulo clave en diseminar estas ideas en EEUU, donde él y su esposa se refugiaron durante la segunda guerra mundial,

Un segundo discípulo clave fue Thomas de Hartmann, un compositor que había trabajado para la aristocracia rusa antes de la primera guerra mundial. Gurdjieff trabajó con de Hartmann en 1920, componiendo lo que más tarde se publicara como la música de Gurdjieff/Hartmann, en la que se puede ver el marco musical dentro del cual se desarrollan los Movimientos Gurdjieff.

Es dudoso que las gimnasias sagradas de Gurdjieff pudieran ser preservadas sin la participación de Jeanne de Salzmann, coreógrafa y bailarina. Ella, por propia iniciativa, continuó enseñando los movimientos cuando, a fines de los 20 e inicios de los 30, Gurdjieff había puesto su atención en otros propósitos, Sólo al final de los años 30, Madame de Salzmann tuvo éxito en que Gurdjieff renovara su interés en la enseñanza de sus singulares ejercicios para el desarrollo de aptitudes interiores.

Los escritos de Gurdjieff en 3 volúmenes no podrían haberse materializado sin la colaboración administrativa y editorial de Olga de Hartmann, la aristócrata esposa del compositor ruso, y gran seguidora de Gurdjieff, y de Alfredo R. Orage, un prominente editor inglés. La señora de Hartmann fue la persona a la cual Gurdjieff dictó la mayoría de sus escritos y quien trabajó con Orage y otros en la traducción del texto ruso al francés y al inglés.