Se puede adquirir la intuición?

La intuición puede ser más fácil de describir que de definir. No es un pensamiento y no es un sentimiento. Quizás es una clase de compuesto químico producto de ambos. Sus resultados toman la forma de juicios rápidos, generalmente sobre insuficiente evidencia para una deducción 1ógica. Donde la razón es pedestre y tiene que caminar paso a paso, la intuición salta, brinca, o vuela hacia las conclusiones. Es un regalo de la naturaleza y emerge donde es escuchada. Algunas personas la tienen, otras no, unas menos y otras más. Y en general, es más común entre las mujeres que entre los hombres. Las conclusiones derivadas de la intuición son a menudo asombrosamente correctas, sin embargo, no son absolutamente ciertas. Aun los mismos intuitivos han aprendido bastante de la experiencia de dudar de sus intuiciones más evidentes. De hecho, las intuiciones son de la naturaleza de las adivinanzas, y, sin embargo, ellas pueden alcanzar un alto grado de posibilidad, y al fin probar ser correctas, pero sólo los más arriesgados podrían confiar en ellas previo a la evidencia.

La afinidad de la intuición y la adivinación sugiere una manera de desarrollar y adiestrar el don. Nos hemos familiarizado con los juegos de adivinación en nuestra infancia; y es interesante resaltar que la adivinación es una cualidad natural en la mente juvenil. Comúnmente nuestros padres y profesores desalientan tanto como les es posible esta tendencia y tratan de sustituirla por el razonamiento. Ellos pueden ser muy sabios al cultivar la razón, pero actúan cuerdamente al hacerlo a expensas del posible desarrollo de la intuición? Suponga que la tendencia hacia la adivinación, manifestada en todos los niños imaginativos, pudiera ser el germen de la facultad de la intuición, y que por el cultivo deliberado de esta manera de llegar a conclusiones, la intuición pueda desarrollarse realmente, no tendríamos dos poderes donde ahora, por regla general, tenemos sólo uno? Si la intuición se compara con la razón como el volar al caminar, no podríamos desarrollar ambos métodos de locomoción sin sacrificar el uno por el otro? Sugerimos el cultivo deliberado de la adivinación en los niños a la par con el cultivo de la razón. Deberían ser estimulados los juegos de adivinación en las fiestas infantiles, e idearse y practicarse ejercicios de adivinación en las escuelas.

Los posibles medios de desarrollar la intuición deben ser necesariamente diferentes para los adultos. Ellos no pueden revivir las tempranas tendencias infantiles, no pueden ser niños nuevamente para regresar hasta donde las dejaron de lado. Al menos los métodos no son los mismos. Por qué medios puede un adulto tratar de reparar los defectos de su educación y ejercitar un don que ha sido ignorado, si no, totalmente muerto?

No puede ser pensamiento en el sentido ordinario de la palabra, tampoco puede ser sentimiento. Hay entonces un proceso que no sea ni lo uno ni lo otro y, al mismo tiempo, que no sea una adivinación infantil, pero que tenga, por lo menos, afinidad con la intuición y sea capaz de producir progresivamente resultados satisfactorios? Creemos que lo hay, y le daremos el nombre de trabajo psicológico para distinguirlo del pensamiento ordinario, el sentimiento y la adivinación.

Usted tiene un amigo con quien ha peleado por algo más o menos intrascendente. Hay un malentendido entre ustedes, que ninguno de los dos parece poder disipar. Usted y él tratan de hacerlo, pero sus esfuerzos sólo empeoran las cosas. Qué se puede hacer? Trate de hacer lo siguiente: escriba una carta, como si fuera de parte de su amigo para usted, la que lo complacería por entero si la recibiera. Ponga en ella exactamente las palabras que le gustaría que su amigo le escribiera o dijera. Descubrirá que este esfuerzo mental no es exactamente pensamiento, tampoco sentimiento ni adivinación, ya que usted tiene medios de verificar su exactitud. En resumen, es intuición deliberada o, como lo hemos llamado, trabajo psicológico.

0 usted duda de lo que cierta gente piensa realmente de usted. Saber la opinión que ellos tienen de usted le sería de un gran valor. Quizás su futuro dependa de su juicio, pero usted no está seguro de cuál es. Nuevamente aquí hay una oportunidad para un trabajo psicológico deliberado. Imagínese que a ellos se les solicita que expresen la sincera opinión que tengan sobre usted. Escriba lo que usted imagina que dirían sobre usted si se les preguntara. Se sorprenderá de cuán diferente es el resultado de las expectativas que ahora tiene usted; y, en segundo lugar, cuán cercana a la verdad resultaría esta prueba. Algo en nosotros nunca se auto engaña, y un esfuerzo como el que acabamos de describir es un medio para llegar a nuestra propia auto revelación consciente de la verdad sobre nosotros.

Una de las experiencias más comunes de la vida es la de ofender y ser ofendidos sin intención. Gente valiosa nos decepciona en algo, haciendo que desistamos de futuras relaciones. Sin saber por qué, nos alejamos. Por otra parte, gente que se interesaba en nosotros deja de hacerlo. No sabemos la causa de su frialdad o indiferencia y lo atribuimos a capricho. En ambos casos un poco de esfuerzo psicológico lograría posiblemente resultados clarificadores.

Si se encuentra en el primer caso, intente deliberadamente descubrir que es lo que lo alejó de sus amistades y, de la misma manera, imagine lo que él o ella debiera haber hecho o debería hacer para recuperar su estimación. No es suficiente que usted sepa que desea ser tratado de forma diferente, usted debe saber exactamente cómo deseaba o desea ser tratado. No es de importancia alguna que su amigo debiera actuar sobre la base de este descubrimiento, usted no necesita decirle lo que debiera o debe hacer. Que usted lo haya comprendido ya tiene suficiente valor en sí mismo.

En el segundo caso, debido posiblemente a haber sido mal interpretado, repase los incidentes de la última reunión con esa persona haciéndose estas dos preguntas: Qué esperaba de mí en ese momento mi amigo, y qué le di yo? El esfuerzo para responder estas preguntas sinceramente no es sólo un ejercicio de intuición, sino que incidentalmente ayudaría en la aclaración de antiguos malentendidos y prevendría nuevos. Varios ejercicios similares se le ocurrirán a quien estudie esto con seriedad, teniendo todos un valor práctico inmediato, retirándolos de la categoría de juegos, y además tendrán un valor de desarrollo personal que incluso trasciende su valor inmediato. En resumen, comparten la naturaleza de la doctrina cristiana tan enseñada y tan poco practicada: Haz a los otros lo que te gustaría que te hicieran a ti. Nunca podremos ser cristianos practicantes usando sólo la razón y el sentimiento. Unicamente por medio de la intuición entrenada podemos llegar a la verdad de cómo quisiéramos ser tratados y cómo debiéramos tratar a nuestro prójimo.

A. R. Orage.

Traducido y extractado por Patricia Zárraga de
“Psychological Exercises & Essays”
Samuel Weiser Inc.

El buscador

El buscador

1.- Estar presente a cada respiración. No dejes vagar tu atención ni por la duración de un simple aliento. Recuérdate siempre en toda circunstancia.

2.- Mantiene tu atención delante de ti a cada paso que des. Tú deseas la libertad y no debes olvidarlo nunca.

3.- Tu marcha va hacia tu hogar. Recuerda que vas viajando desde el mundo de apariencias hacia el mundo de la Realidad.

4.- Soledad entre la multitud. En toda tu actividad exterior permanece internamente libre. Aprende a no identificarte con nada, cualquiera que ello sea.

5.- Recuerda a tu Amigo: Dios. Deja que la plegaria de tu lengua sea la plegaria de tu corazón.

6.- Regresa a Dios. Ninguna otra meta que no sea obtener la Realidad.

7.- Lucha contra los pensamientos intrusos. Mantiene tu mente en lo que estás haciendo, sea exterior o interiormente.

8.- Sé constantemente consciente de la cualidad de la Divina Presencia. Que se te haga un hábito reconocer la Presencia de Dios en tu corazón.

J. G. Bennett.
Hacer lo que Uno Quiere

Hacer lo que Uno Quiere

No hay nada más importante que hacer lo que queremos, siempre que sepamos primero qué es lo que queremos y, en segundo lugar, poder realmente hacerlo. Pero ahí empiezan las dificultades: nosotros no sabemos lo que queremos, y, cuando lo descubrimos, también nos damos cuenta de que a menudo no podemos de hecho hacerlo, y no porque la gente o las circunstancias nos lo impidan, sino por la falta de suficiente voluntad, o poder, o conocimiento.

Esto no es extraño, considerando qué es lo que somos y cómo hemos llegado a serlo. Diríamos que hay dos personas en cada uno de nosotros: una derivada de la herencia de nuestros padres y otra compuesta por todas las influencias que hemos recibido de la sociedad en la que hemos nacido. A causa de la herencia podemos llegar a ser una clase de persona, y por instrucción y educación podemos llegar a ser otra totalmente distinta.

Considera un ejemplo particular, propio o ajeno. Tus padres pertenecen a un ancestro que ha vivido por cientos de años en el campo; pero, debido a circunstancias accidentales sobre las cuales no has tenido control, has sido atraído por la vida en la ciudad y entrenado para una ocupación en ella. Toda tu herencia clama por una vida de actividad física vigorosa con todos los deseos y necesidades correspondientes, pero todo tu entrenamiento te dispone a ocupaciones sedentarias y a las necesidades y deseos que las acompañan. El problema es encontrarte a ti mismo entre estos dos lados del conflicto. Cuál eres tú realmente, el de la herencia o el del medio ambiente? Cuáles son tus agrados y tus desagrados? Y cuál de tus dos mitades hará lo que tú quieres?

No podemos decir cuál lado es el más fuerte, puesto que cada caso varía. En algunas instancias el medio ambiente hace menos efecto que la herencia o, como decimos, la sangre habla. Algunas veces sucede que un hombre o una mujer abandona repentinamente la carrera impuesta por la educación y vuelve a sus inclinaciones hereditarias. En otros casos, la fuerza del ambiente es más poderosa que la herencia; y el moldeado de la sociedad permanece inquebrantable. Miles de personas mueren como hombres de negocios o mujeres de sociedad, solamente gracias a que su educación ha sido mucho más fuerte que la herencia. La sociología, puede decirse, ha superado a la biología. La sociedad ha frustrado lo que la naturaleza ha intentado.

Es siempre, sin embargo, algo que debamos lamentar? Imagina que un hombre por herencia tuviera predisposición criminal, en cuyo caso puede decirse que la victoria de la sociedad es sin duda lo mejor. De hecho, sólo cuando las tendencias hereditarias son más valiosas que aquellas producto del entrenamiento, es que hay una pérdida real.

Pero cómo descubriremos cuáles son nuestras tendencias hereditarias? Ciertamente que al ser anteriores a nuestro entrenamiento social sobre impuesto, deberían ser más naturales, es decir, más cercanas a nosotros mismos. Pero cuando empezamos a pensar conscientemente acerca de ello, la voz de la herencia es ya confusa entre el barullo de voces del ambiente. Nuestras tendencias hereditarias pueden ser malas o buenas, pero si nunca hemos tenido la oportunidad de distinguirlas, no conocemos cómo son. Y en este caso no tenemos libertad para elegir, favorecerlas o restringirlas. La lucha entre nuestra biología y nuestro comportamiento social continúa inconscientemente . No somos amos en nuestra propia casa, pero sí sirvientes y víctimas.

Como un primer paso hacia la discriminación entre nuestros gustos y tendencias nativas y las adquiridas, lo mejor es comenzar con cosas pequeñas. Generalmente, cuando la gente empieza por primera vez a percibir en ellos esta doble tensión, se inclina por eliminar la evidencia. Al darse cuenta repentina de la esclavitud de su naturaleza al medio ambiente, estalla en una rebelión desenfrenada. El que toda la literatura moderna empezara con La Casa de Muñecas de Ibsen. es sólo la manifestación de las reacciones consecuentes al descubrimiento de que en cada uno de nosotros hay dos personas: una propia de la naturaleza y la herencia, y otra producto de la educación y la sociedad. Y toda la subsiguiente revuelta no es más que el intento de contrarrestar o mitigar o controlar los efectos de la sociedad sobre lo que la herencia nos ha dado. Los intentos generalmente fallan porque son demasiado ambiciosos. No es posible estar repentinamente seguro de que tu herencia es distinta de tus deseos adquiridos, y, aun teniendo el conocimiento, la fuerza de voluntad para descartar los unos en favor de la otra no siempre está disponible.

Todo sugiere, en efecto, que empecemos modestamente y con cosas pequeñas. Si aprendemos a distinguir entre ambas voces en relación con pequeñas cosas, y en alguna circunstancia donde nada serio esté involucrado, seremos pronto capaces de discriminar en asuntos más importantes. Además el desarrollar poder en pequeñas cosas nos permite adquirir poder para tratar eficazmente las grandes cosas. Nuestra gran rebelión, si tuviéramos que realizarla, ya no será caótica y destructiva, sino una revolución constitucional.

Cada día y cada momento del día nos provee de gran cantidad de material para ejercitarnos. Para empezar, deseamos descubrir lo que realmente nos gusta, no lo que nuestra flojera nos impulsa a pretender que nos gusta, tampoco lo que la conveniencia nos hace decir que nos gusta, sino las acciones, las cosas, las personas, las ocupaciones, las circunstancias, que no solamente fantaseamos que nos gustan o nos gustarían, sino que en realidad nos gustan.

Que actuemos o no según los gustos y disgustos que descubrimos en nosotros es asunto aparte, Puede ser que nuestra razón esté de acuerdo con que lo hagamos, si podemos. Pero puede ser igualmente razonable que no lo hagamos, o no inmediatamente , o con nuestra capacidad actual. Lo primero es lo primero. Y lo primero es descubrir lo que son nuestros gustos y tendencias nativas y hereditarias.

Despiertas en la mañana y te propones levantarte. Pregúntate si realmente deseas hacerlo, y sé honesto al respecto. Tomas un baño: es realmente porque quieres, o te escabullirías si pudieras? Tomas desayuno: es el desayuno que prefieres, o simplemente aquel determinado por la sociedad? Deseas, de hecho, comértelo? Vas a tu oficina o, siendo mujer, vas a hacer las tareas domésticas o sociales del día: era eso lo que querías hacer? Podrías, por tu propia libre elección, estar donde quieres estar y hacer lo que haces? Asumiendo que, por ahora, aceptas la situación general, estás específicamente haciendo lo que quieres? Hablas como te place a ti , o como le place a los otros? Ellos te gustan realmente o sólo pretendes que te gustan? Recuerda que no se trata de actuar por gustos o disgustos, sino sólo descubrir cuáles son realmente. Durante el día, cada momento te ofrece una nueva oportunidad de autocuestionamiento: Realmente quiero hacer esto, o no? En el ocio vespertino, qué te gustaría hacer realmente? Qué te entretiene de verdad: el teatro, el cine, conversar, leer, la música, los juegos, y exactamente cuáles? No se puede repetir demasiado que hacer lo que a uno le gusta vendrá más adelante. De hecho, ocurrirá por sí mismo. Lo más importante es saber qué quieres.

El método aquí sugerido puede parecer trivial a aquellos acostumbrados a la extravagancia de la Iiteratura revolucionaria ; pero intentamos decir que una semana de esta práctica convencerá a cada cual de su mágica eficacia.

A. R. Orage.

Traducido y extractado por Patricia Zárraga de
“Psychological Exercises & Essays”
Samuel Weiser Inc.