La Historia del Hombre que vendió su Alma

La Historia del Hombre que vendió su Alma

Por las calles de una gran ciudad, un viajero se dio de manos a boca con un hombre cuyo rostro expresaba un gran dolor, que él no podía descifrar. El viajero, curioso explorador del alma humana, le detuvo y le habló así: “Amigo, qué tristeza es esa que va usted mostrando a los hombres tan inmensa, que no puede ocultarse, y tan profunda, que no puede nadie sondear?”

Entonces el hombre aquel respondió así: No soy yo el que está triste, sino mi alma, de la que no puedo librarme. Y mi alma es más triste que la muerte; por eso la odio y por eso ella me odia a mí.” El viajero le dijo: “Si me vende usted su alma, se verá libre de ella. ” “Amigo – respondió el otro -, cómo voy a venderle mi alma?” “Muy fácilmente – le contestó el viajero – no tiene usted más que condescender y vendérmela en su justo precio, y en el mismo momento ella se vendrá conmigo a mi mandato. Pero cada alma tiene su verdadero precio, y sólo en ese precio puede venderse, ni por más ni por menos.”

A ésto replicó el otro: “A qué precio puedo vender mi alma, esta cosa tan despreciable?” El viajero respondió: “Cuando un hombre vende por primera vez su alma se parece al traidor Judas; el precio no debe, pues, pasar de treinta dineros. Pero luego, cuando el alma ha ido pasando de mano en mano, su valor disminuye, pues el alma de un semejante es de poco valor para los demás.”

Y de esta manera vendió aquel hombre su alma por treinta dineros. Y el viajero la cogió y siguió adelante con ella. Pronto empezó a ver el hombre que sin alma no podía ya cometer ningún pecado. Por más que le tendía los brazos, el Pecado no quería nada con aquel hombre. No tiene alma – decía el Pecado, y pasaba de largo – Para qué detenerme en tí? De un hombre sin alma no puedo esperar la mínima ganancia.” Y el hombre que no tenía alma vivía así muy triste. Tocaban sus manos el fango, pero no se manchaban; ardía su corazón en la concupiscencia, y siempre estaba limpio; y aunque se le abrasaban los labios en un ansia de fuego, permanecían, sin embargo, fríos.

Y volvió a nacer en su corazón el deseo de recuperar su alma perdida. Y se echó a andar por el mundo en busca del viajero que se la había comprado, con objeto de comprársela a su vez y de que su cuerpo pudiese gozar de nuevo del Pecado. Pasado mucho tiempo, lo encontró al fin. Y el viajero no pudo contener la risa al escucharle. “Al poco tiempo me cansé de tu alma y se la vendí a un judío en menos dinero del que te la compré”, le dijo. ” Qué lástima ! – murmuró el hombre – si me lo hubieras dicho, yo te hubiese dado más por ella.” El viajero respondió: No lo hubieras podido hacer, un alma no puede comprarse y venderse más que en su justo precio. La tuya perdió bastante entre mis manos. Para venderla tuve que pedir menos de lo que te había pagado.” Y el hombre se separó del comprador y caminó por toda la tierra en pos de su alma perdida.

Y un día, que estaba sentado en una tienda de cierta ciudad, pasó una mujer a su lado, le miró y le dijo: “Amigo, por qué estás tan triste? Yo creo que no existe motivo para tanta tristeza.” Y el hombre replicó: “Estoy triste porque no tengo alma, y voy en su busca.” Y la mujer habló así: “Hace muy poco compré una noche un alma que había recorrido muchas manos, y que me vendieron por una cantidad irrisoria; pero es una cosa tan despreciable, que me desprendería de ella de muy buena gana. Ahora bien, la he comprado por una canción, y ya sabes que un alma sólo puede venderse en su debido precio. Cómo voy a venderla, si vale menos que una canción? Y eso que no fue más que por una canción frívola, que le canté por un vaso de vino al hombre que me la vendió.”

Al oir esto, el hombre exclamó: ” Esa es mi alma ! Véndemela y te daré por ella todo lo que tengo.” La mujer dijo entonces: No la he pagado más que con una canción, y sólo puedo venderla en lo que vale. Grita, gime y anhela estar libre. Cómo le daré la libertad?”. El hombre sin alma inclinó la cabeza sobre el pecho de la mujer y oyó cómo el alma allí cautiva lloraba por verse libre y volver al cuerpo que había abandonado.

“Ahora sí que estoy seguro – dijo él – de que es mi propia alma. Si me la vendes, te daré mi cuerpo, que vale menos que una canción de tus labios.” Y ella, a cambio del cuerpo, le entregó el alma, que lloraba por verse libre y volver a su propia mansión. Pero apenas la sintió dentro, se irguió aterrado, exclamando: “Qué has hecho? Qué inmunda cosa es ésta que ha tomado posesión de mí? El alma que me has dado no es mi alma.”

La mujer dijo entonces, riendo: “Tu alma, antes de que tú la entregases al cautiverio, era un alma libre en
un cuerpo libre. No la reconoces ya porque viene del mercado de esclavos? Mira qué gran amor siente tu alma, que te reconoce y vuelve a ti porque tú has vendido tu cuerpo a la esclavitud. ” Y así fue como el hombre que había vendido su alma por treinta dineros la volvió a recuperar al precio de su cuerpo.

Oscar Wilde

Extractado por Farid Azael de
Oscar Wilde.- Obras Completas.- Aguilar

El Maestro de Sabiduría

El Maestro de Sabiduría

Desde su infancia le habían inculcado, como a todos, el perfecto conocimiento de Dios, y hasta cuando no era más que un niño, muchos santos, así como ciertas santas mujeres que vivían en la ciudad libre, donde él naciera, habían quedado maravilladas de sus respuestas graves y sabias.

Y cuando sus padres le entregaron la túnica y el anillo de la edad viril, los besó y los abandonó para recorrer el mundo, porque quería hablar de Dios al mundo. Pues había por aquel tiempo en el mundo muchas gentes que no conocían a Dios o que sólo tenían de Él un conocimiento incompleto, o adoraban los falsos dioses que habitan en los bosques sagrados y no se preocupan de sus adoradores.

Y poniendo su rostro de frente al sol, emprendió la marcha, caminando sin sandalias, como había visto andar a los santos, llevando colgados en su cintura un zurrón de cuero y un cantarillo de barro cocido para el agua.

Y mientras caminaba a lo largo del sendero, sentíase lleno de esa gran alegría que proviene del conocimiento perfecto de Dios, y sin cesar elevaba a Dios sus alabanzas. Y al cabo de algún tiempo arribó
a un país desconocido, donde se alzaban muchas ciudades.

Y atravesó once ciudades. Y algunas de estas ciudades estaban en los valles; otras, a orillas de grandes ríos, y otras, asentadas sobre colinas. Y en cada ciudad encontró un discípulo que le amó y le siguió; y una gran multitud de cada ciudad también le siguió; y el conocimiento de Dios se difundió por toda la tierra, y muchos reyes se convirtieron. Y los sacerdotes de los templos en que había ídolos vieron que la mitad de su ganancia se perdía y que cuando a mediodía tocaban sus tambores nadie o muy pocos acudían con pavos reales y con ofrendas de carne, como era costumbre en el país antes de su llegada.

Sin embargo, cuanto más aumentaba la multitud que le seguía, cuanto mayor era el número de sus discípulos, más aumentaba su aflicción.

Y él ni sabía porqué era tan grande su aflicción, pues hablaba siempre de Dios y según la plenitud del conocimiento perfecto de Dios, que Dios mismo le había dado.

Y una tarde salió de la undécima ciudad, que era una ciudad de Armenia, y sus discípulos y una gran multitud le siguieron, y subió a una montaña y se sentó sobre una roca que había en ella. Y sus discípulos se agruparon a su alrededor, y la multitud se arrodilló en el valle.

Y él hundió la cabeza en sus manos y lloró, y dijo a su alma:
-Por qué estoy lleno de aflicción y de temor, y por qué cada uno de mis discípulos es como un enemigo
que avanza a plena luz?

Y su alma le respondió, y dijo:
– Dios te llenó del conocimiento perfecto de Él mismo, y tú has dado esta ciencia a los demás; has dividido la perla de gran precio y has repartido, cortándola en retazos, la túnica sin costura. El que difunde la sabiduría se roba a sí mismo. Es como quien da un tesoro a un ladrón. Acaso Dios no es más sabio que tú? Quién eras tú para revelar el secreto que Dios te ha confiado? Yo era rica un día y tú me has empobrecido. Yo vi a Dios un día y ahora me lo has ocultado.

Y de nuevo lloró, porque sabía que su alma le decía la verdad y que había dado a los demás el perfecto conocimiento de Dios, y que su fe le abandonaba en relación con el número de los que creían en él.
Y se dijo a sí mismo: “No volveré a hablar de Dios. El que difunde la sabiduría se roba a sí mismo”.

Y algunas horas después sus discípulos salieron a su encuentro, e inclinándose hasta la tierra, le dijeron:
– Maestro, háblanos de Dios, porque tú posees el perfecto conocimiento de Él y ningún hombre más que tú lo posee.

Y él les contestó:
– Os hablaré de todas las demás cosas que hay en el Cielo y en la Tierra; pero no os hablaré de Dios. Ni ahora ni nunca os volveré a hablar de Dios.

Y ellos se irritaron con él y le dijeron:
– Nos has traído al Desierto para que podamos escucharte. Quieres despedirnos hambrientos a nosotros y a la gran multitud que invitaste a que te siguiera?

Y él les respondió:
– No os hablaré de Dios.

Y la multitud murmuró contra él y le dijo:
– Nos has traído al Desierto y no nos has dado alimento para comer. Háblanos de Dios, y esto nos bastará.

Pero él no contestó una palabra. Porque sabía que si les hablaba de Dios perdería su tesoro.

Y los discípulos se marcharon tristemente y la multitud regresó a sus casas. Y muchos murieron en el camino.

Y cuando él se encontró solo, se levantó y volviendo su rostro hacia la luna, viajó durante siete lunas sin hablar a ningún hombre y sin contestar a ninguna pregunta. Y cuando la séptima luna estuvo en menguante, llegó a un desierto, que es el desierto del Gran Río. Y encontrando vacía una caverna habitada en otro tiempo por un centauro, la tomó por vivienda y tejió una estera de juncos para acostarse y se hizo eremita. Y hora tras hora el eremita hablaba a Dios, que le había permitido conservar algún conocimiento de Él y de su grandeza. Y una tarde, estando el eremita sentado ante la caverna que había elegido como vivienda, divisó a un joven de rostro perverso y hermoso que pasaba sencillamente vestido y con las manos vacías, y todas las mañanas volvía con las manos llenas de púrpura y perlas. Pues era un ladrón y robaba a las cavernas de mercaderes.

Y el eremita lo miró y tuvo compasión de él; pero no le dijo una palabra, porque sabía que quien dice una palabra pierde su fe.

Y una mañana, cuando regresaba el joven con las manos llenas de púrpura y de perlas, se detuvo, frunció las cejas, golpeó en la arena con el pie y dijo al eremita:

– Por qué me miras siempre de ese modo cuando paso? Qué es lo que veo en tus ojos? Porque ningún hombre me ha mirado nunca de ese modo. Y es para mí un aguijón y una tristeza.

Y el eremita le respondió:
– Lo que ves en mis ojos es compasión, es la compasión la que te mira por mis ojos.

Y el joven rió con burla y gritó al eremita en tono amargo:
– Tengo púrpura y perlas en mis manos, y tú no tienes más que una estera de juncos para acostarte. Qué compasión vas a tener de mí? Y por qué sientes esa compasión?

– Tengo compasión de ti dijo el eremita- porque tú no tienes ningún conocimiento de Dios.

-Es una cosa preciosa el conocimiento de Dios?- preguntó el joven, y se acercó a la entrada de la caverna.

– Es más precioso que toda la púrpura y todas las perlas del mundo – respondió el eremita.

-Y tú lo posees? dijo el ladrón acercándose todavía más.

– Antaño respondió el eremita- poseía realmente el perfecto conocimiento de Dios. Pero, en mi locura, lo he repartido y dividido entre otros hombres. Sin embargo, aún ahora semejante recuerdo sigue siendo para mí más precioso que la púrpura y las perlas.

Y cuando el ladrón oyó esto tiró la púrpura y las perlas que llevaba en sus manos y, desenvainando una espada puntiaguda de curvado acero, dijo al eremita:

– Dame ahora mismo ese conocimiento de Dios que posees, o te mataré sin vacilar! Cómo no iba yo a matar al que posee un tesoro mayor que el mío?

– No sería preferible para mí ir a los parajes más alejados de la Casa de Dios y alabarle que vivir en el mundo y no conocerle? Mátame si esta es tu voluntad. Pero no entregaré mi conocimiento de Dios dijo el eremita abriendo sus brazos.

Y entonces el ladrón se prosternó de rodillas y le suplicó; pero el eremita no quiso hablarle de Dios ni darle su tesoro, y el ladrón se levantó y dijo al eremita:

– Sea como quieras. Voy a ir a la Ciudad de los Siete Pecados, que está solamente a tres días de marcha de aquí, y por mi púrpura me darán placer y por perlas me venderán alegría.

Y recogiendo la púrpura y las perlas se marchó rápidamente. El eremita le llamó a grandes gritos y le siguió y le imploró. Durante tres días siguió al ladrón por el camino, y le suplicó que volviera y que no entrase en la Ciudad de los Siete Pecados.

Y a cada paso el ladrón se volvía a mirar al eremita, y le llamaba y le decía:

-Quieres darme ese conocimiento de Dios, que es más precioso que la púrpura y las perlas? Si accedes a dármelo, no entraré en la ciudad.

Y el eremita le contestaba siempre:
– Te daré todo lo que tengo, excepto una sola cosa, porque esta cosa no me está permitido darla.

Y al atardecer del tercer día llegaron los dos ante las grandes puertas color escarlata de la Ciudad de los Siete Pecados.

Y llegaron hasta ellos los ruidos de mil carcajadas. Y el ladrón respondió echándose a reír y llamó a la puerta repentinamente.

Y cuando estaba llamando, el eremita corrió hacia él y, cogiéndole de la túnica, le dijo:

– Abre tus manos y pon tus brazos alrededor de mi cuello, acerca tu oído a mis labios y te daré el conocimiento de Dios que me queda.

Y el ladrón entonces se detuvo.

Y cuando el eremita le hubo entregado su conocimiento de Dios, se desplomó en el suelo y lloró y unas grandes tinieblas le ocultaron la ciudad y al ladrón, de tal modo, que ya no volvió a verlos.

Y estando allí, inclinado y deshecho en lágrimas, notó que alguien estaba de pie a su lado, y aquel que estaba a su lado tenía los pies de bronce y los cabellos como de lana fina.

Y levantó al eremita, y le dijo:
– Hasta aquí has tenido el perfecto conocimiento de Dios. Desde ahora tendrás el perfecto amor de Dios. Por qué lloras?

Y le besó.

Oscar Wilde

Extractado por Farid Azael de
Wilde, Oscar.- Obras Completas.- Aguilar

El Artista

El Artista

ElArtista Un día nació en su alma el deseo de esculpir la estatua del Placer que dura un instante. Y se fue por el mundo en busca de bronce, porque no podía contemplar sus obras más que en bronce.

Pero el bronce había desaparecido del mundo entero y en ninguna parte de la Tierra podía encontrarse, salvo el bronce empleado en la estatua del Dolor que se sufre toda la vida.

Y era precisamente él mismo quien con sus propias manos había modelado esa estatua, colocándola en la tumba del único ser al que amó en su vida. Erigió, pues, en la tumba de aquella mujer fallecida aquella estatua que era creación suya, para que fuese como señal del amor del hombre que es inmortal, y como símbolo del dolor humano que se sufre durante toda la vida.

Y en el mundo entero no había mas bronce que el de esa estatua. Cogió entonces la estatua que había creado antaño, la metió en un gran horno y la entregó al fuego.

Y con el bronce de la estatua del Dolor que se sufre toda la vida cinceló la estatua del Placer que dura un instante.

Oscar Wilde

Extractado por Farid Azael de
Wilde, Oscar.- Obras Completas.- Aguilar.

Las Ruinas Circulares

Las Ruinas Circulares

Nadie lo vio desembarcar unánime anoche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoran los incendios de antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres.

El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si anduviera la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba en un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y que sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistirían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro.

Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo.

Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara río abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombre derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido… En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer, y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, agua abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis.

Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre qué humillación incomparable, que vértigo ! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noche secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia que otro estaba soñando.

Jorge Luis Borges
Cuento de la India

Cuento de la India

Una vez había una pareja que no tenía niños y que tenía muchos deseos de tener uno. Oraron al Dios Shiva, uno de los dioses hindúes, y finalmente su deseo fue concedido. Pero existía una condición: su hijo no viviría más allá de su cumpleaños número 25. Incluso así, la pareja era muy feliz. Su hijo creció sano, bien educado e inteligente y pronto llegó el momento de casarlo. Su padre se tomó considerable trabajo para encontrarle una novia adecuada. Finalmente encontró a la hija de una familia muy devota y sintiéndose satisfecho hizo todos los arreglos para la boda. Al principio la madre del joven objetó que sería malo casarlo con una mujer que tendría que quedar viuda tan pronto, pero su padre insistió en que no existiría miseria en la vida de esta pareja. Todo marcharía bien.

Los jóvenes se casaron y pasaron los años. A medida que el joven se aproximaba a los 25 años de edad su madre comenzó a llenarse de miedo y tristeza, pero su padre de alguna manera se mantenía calmado, asegurándole a su mujer que nada ocurriría. El temido día llegó y pasó sin incidentes y luego el siguiente día y luego el siguiente. La madre del joven se calmó pero estaba perpleja, ¿cómo podía ser? El mismo Dios Shiva había fijado la fecha. El padre, viendo que su esposa estaba profundamente perturbada por los eventos, sugirió que fueran a la casa de su hijo donde ella encontraría respuesta a su pregunta.

Llegaron antes de la salida del sol y se ubicaron por afuera, frente a una ventana desde donde a la luz tenue de una pequeña cocina, pudieron ver a la joven nuera preparando el desayuno para su hijo. Observaron cómo ella batía la leche fresca para preparar mantequilla, y con cada movimiento del batido ella cantaba Shiva. Luego ubicaba la mantequilla en una fuente en la cocina para hacer ghee y al revolver la mantequilla que se derretía ella cantaba Shiva, Shiva. Asimismo mientras picaba las cebollas y el ajo fresco, el nombre de su Maestro del cielo estaba en sus labios. Y así cuando ella colocaba los condimentos dentro de la masa de la parantha (*), su clara y dulce voz cantaba con añoranza: Shiva, Shiva, Shiva.

Tiempo después, la simple comida en la que ella había estado trabajando por varias horas la sirvió a su esposo, él la comió con gran apetito y luego se fue a su trabajo. Al volver a casa los padres, la mujer le dijo al esposo: “fue lindo ver a nuestra nuera sirviendo a su esposo con tal devoción, pero todavía no entiendo por qué él está aún vivo.” El replicó: “querida, es cierto que el señor Shiva decretó que la vida de nuestro hijo iba a ser corta pero incluso el señor Shiva debe atender los rezos de sus devotos. Tú viste la forma en que esa mujer rezaba al señor Shiva al preparar la comida. Sus oraciones se introdujeron en la misma comida. Cada día, la muerte está esperando para llevarse a nuestro hijo y cada día él come esa comida y la muerte debe mantenerse fuera. Mientras ellos continúen con esta rutina divina, nuestro hijo no puede morir.”

 

Relato transcrito de

“Alimentos para la Salud y la Curación”

Yogi Bhajan

Guru Nanak Dev Publicaciones, 1983

 

(*) Parantha: Es un chapati relleno, frito en ghee.

La Cruz

La Cruz

 Subía lentamente, algo encorvado por el peso de la cruz, pero contento, muy contento.

El encuentro con aquel forastero que le había confiado el secreto del Anciano de la Montaña, le tenía muy feliz. Siempre se había quejado amargamente de la vida que le había tocado en suerte, del excesivo dolor que acompañaba los sucesos de su vida. Muchas veces, distintas personas le dijeron que sus penas no eran diferentes ni mayores que las de otros más duramente tratados por la vida, y que a nadie le pasaban más cosas que las que necesitaban para ser felices, ni eran estas de una dimensión mayor al peso que cada cual podía soportar. Sin embargo, estaba convencido de que un sino fatal acompañaba su existencia.

Por eso él quería cambiar su cruz.

Tan absorto se encontraba en sus pensamientos acerca de lo que haría luego de bajar la montaña, que, olvidando por completo la carga que soportaba sobre sus hombros, ascendía con gran entusiasmo, procurando descubrir el lugar donde el Anciano aguardaba, desde siempre, a quienes habían recibido una cruz equivocada.

Detrás de él, el madero vertical rezongaba sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso. En algún momento que no pudo precisar, notó que la naturaleza había silenciado su ritmo; los sonidos que instantes atrás llenaban el espacio de sensaciones conocidas, se habían ausentado. Con algo de temor detuvo su andar y, mirando sorprendido en derredor, descubrió una frágil figura de misterioso aspecto, que lo miraba fijamente con sus añosos ojos oscuros.

– ¿Eres tú el Anciano de la Montaña? –preguntó.

El aludido no respondió, pero algo le dijo en su interior que efectivamente era él.

Pasada la primera impresión, pudo percatarse que más allá, diseminadas en un gran espacio, se encontraban las más preciosas cruces que jamás alguien viera. Las había grandes, pequeñas, de madera, de marfil, de metales, de colores diversos y de diferentes texturas. Era un espectáculo maravilloso que le impresionaba y que le costaba creer.

– Deja tu cruz junto a las otras y escoge entre todas las que ves, aquella que tú crees que te corresponde llevar.

En cuanto terminó de hablar, el Anciano desapareció del lugar tan rápida y misteriosamente como había aparecido, sin dejar rastro y sin decir nada más.

Hubiera querido agradecérselo, pero no supo dónde encontrarlo. Como hacía tanto tiempo que soñaba con esta oportunidad, desentendiéndose de toda otra idea, con gran entusiasmo se dedicó a elegir la cruz que más pudiera gustarle.

La tarea, sin embargo, no fue fácil. Unas cruces eran muy bellas, pero demasiado débiles y quebradizas; otras eran más firmes, pero toscas y mal terminadas; algunas eran desproporcionadas o muy costosas y adornadas; otras demasiado simples; encontraba adecuadas las de metal, pero algo pesadas. En fin, estaba comenzando a desanimarse cuando, sobre la tierra y apartada del resto, encontró una que le pareció perfecta. Se emocionó porque era como si la hubieran hecho a su medida; de hermosa madera, muy bien trabajada y de peso conveniente. Era la cruz que siempre había soñado.

La puso sobre su hombro y, luego de mirar sin resultado en todas direcciones, buscando al Anciano de la Montaña que tan desinteresadamente le había hecho feliz, emprendió rápidamente el camino de regreso.

Detrás de él, el madero vertical seguía rezongando sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso.

Andrés de la Maza.