La Victima

La Victima

En nuestra cultura y nuestra época, la palabra víctima evoca la negatividad que va asociada a las experiencias más oscuras y dolorosas: sufrimiento, injusticia, impotencia y muerte. Casi siempre concebimos la víctima en su sentido secular, tal vez porque hemos perdido en gran medida el sentido de lo sagrado en lo mundano, y apenas sentimos la honda resonancia de las antiguas llamadas que nos hacen los dioses y diosas casi olvidados. Nuestro mundo es unilateralmente secular, y estamos confinados en él. Sin otro mundo al que recurrir en busca de ayuda o justicia, la víctima en los Estados Unidos de hoy es simplemente víctima del mundo del crimen, la miseria, las enfermedades contagiosas y las drogas.

Cordelia:No somos los primeros que, con
la mejor intención, hemos incurrido en lo peor.
Por ti, rey oprimido, soy derribada…

Lear:Sobre tales sacrificios, Cordelia mía,
los dioses mismos arrojan incienso.

(Shakespeare, El Rey Lear)

La figura arquetípica de la víctima está llena de connotaciones sociales, asociaciones religiosas y paradojas psicológicas, pero aquí me limitaré a dos aspectos: el secular y el sagrado. Hablaré menos de la experiencia psicosocial de víctimas concretas que de la figura de la víctima en la psique, una imagen arquetípica que aparece con la misma multiplicidad de formas que las heridas, injusticias y sacrificios.

Todos somos víctimas, aunque algunos de nosotros en quienes la figura interior de la víctima está rechazada o proyectada, podemos no percibir una profunda resonancia psíquica en los momentos, críticamente importantes, en que hay sufrimiento. Todos sufrimos, sea por azar o por algún designio aparentemente inescrutable. En un mundo cada vez más caótico, todos tenemos mucho menos control sobre nuestro bienestar del que querríamos. Y tarde o temprano, la Muerte nos acoge como víctimas.

La imagen arquetípica de la víctima es una personificación del modo en que un individuo o un grupo se imaginan a sí mismo sufriendo. Esta es la víctima sagrada, con sus asociaciones concomitantes de eternidad y trascendencia. La sacralidad de la imagen de la víctima remite sobre todo a su apartamiento, su interioridad como figura psíquica y su significado interior.

Un acto criminal es cierto acontecimiento que impone la condición de víctima sobre un individuo o un grupo, generalmente a través de medios violentos. El momento y el lugar de esta acción la hacen secular: ocurre en el mundo, en la dimensión temporal. La distinción entre secular y sagrado, el ahí fuera y el aquí dentro, no los hace incompatibles, pues eso significaría escindir el arquetipo.

La palabra víctima evoca también el miedo y la inseguridad terribles que suscita el azar arbitrario, o el miedo igualmente terrible de haber sido señalado, escogido, para un dolor insoportable. Sólo utilizamos la palabra en relación con las experiencias que tememos: víctima del cáncer, víctima de violación, víctima de accidente, víctima de enfermedad mental, víctima del hambre. Quien o qué sea lo que victimiza es importante para el conjunto de la experiencia de la víctima, pues son estos agentes cáncer, violador, coche o avión los que crean el contexto en el que la persona se convierte en víctima. Parte del horror de la victimización procede de darse cuenta de que la víctima y el agente comparten una terrible afinidad: algo del uno puede hallarse en el otro. Esto no significa que sean simplemente dos caras de la misma moneda; ambos pueden constituirse en una sola persona al mismo tiempo, la cual puede victimizarse a sí misma. Para la víctima, el agente tiene el poder de inflingir sufrimiento y dolor, de negar la justicia, de causar muerte. Y dado que la víctima es, por definición, impotente, la emoción primaria que siempre acompaña a la victima es el miedo.

Sin embargo, precisamente porque provoca semejante miedo y una negatividad total, es posible que ninguna otra imagen arquetípica muestre tan claramente la necesidad de la psique humana de dar significado al sufrimiento. El primer grito desesperado de la víctima es: por qué yo? El horror del acto violento grita buscando algún significado en el dolor, algún propósito de la congoja; no puede haber aceptación de la propia condición de víctima si la psique no reconoce su sacralidad. Podemos soportar mucho dolor, mucho más del que podemos merecer o del que podemos considerarnos capaces de soportar, pero Jung tenía razón cuando dijo que los seres humanos no pueden tolerar una vida sin sentido.

Al mantener juntos estos dos aspectos de la imagen de la víctima, podemos percibir en ella múltiples significados y emociones sin rechazar la desesperación y el terror primarios que despierta. Quizá la única salida del infierno lleno de sentido de la condición secular de víctima sea el infierno lleno de sentido que la aleja del azar y la desesperación hacia la vivencia de un propósito consciente.

La New Age norteamericana no es un clima favorable para las víctimas; la New Age es para triunfadores, no para fracasados. El creador de víctimas, relativamente inconsciente, de la psique colectiva norteamericana, parece ser cada vez más hostil a ellas; de hecho, tal hostilidad probablemente produce cada vez más víctimas. Sólo hace falta observar el creciente número de víctimas del crimen, el abuso infantil, las drogas, el sida, la contaminación, las estafas y los ismos de toda índole.

El aparente antídoto contra la condición de víctima es la paranoia; no te fíes de nadie, pon en tu hogar cerraduras antirrobo, practica sexo a salvo en tu propia cama, abróchate el cinturón de seguridad, ponte un casco y mantén la cabeza fría en el trabajo, conoce tus derechos cuando trates con policías, terapeutas y vendedores zalameros. La idea es que cuanto más te protejas, menos probabilidades tienes de convertirte en víctima. La imagen de la víctima ha sido devaluada por la tan querida idea norteamericana de que las víctimas son sencillamente perdedores que no se esforzaron bastante para ganar.

La imagen de la víctima secular y las situaciones en que aparece, atraen una actitud negativa hacia ella, generalmente acusadora. Dado que el significado de la condición de víctima es inseparable del contexto cultural, la víctima siempre parecerá culpable en una cultura que sobre todo valora el dominio, la conquista, el poder, la competición: precisamente lo necesario para crear víctimas.

La víctima personifica características que están en conflicto con el sistema de valores, que lo amenazan o desafían. El ejemplo más obvio es la percepción de los judíos por arte de los nazis como un pueblo infeccioso y poderoso que corrompía la pureza de la sociedad aria y tomaría el control del mundo. La proyección ocurre en todas partes, en cada uno de nosotros, personal y colectivamente. Las víctimas seculares se crean así a través de la proyección: quienes apoyan y mantienen los valores dominantes proyectan su propio miedo ante la impotencia, el desamparo, la debilidad y la vulnerabilidad sobre todo aquel que pueda ser victimizado. Y dado que nuestra cultura no exhibe una distribución equitativa del poder, hay más víctimas que agentes: habrá victimas individuales y colectivas como los negros, los judíos, indios norteamericanos, lesbianas y gays, viejos, disminuidos, etc. etc.

Por supuesto, la víctima será culpada por cualquier problema que caiga sobre ella. Dado que la víctima ha de soportar el efecto, ella o él debe de algún modo ser la causa. Quizá la raíz de ello esté en la antigua idea cristiana de que el pecado atrae su justo castigo, mientras que la bondad merece bendición. De este modo, el sufrimiento de la víctima se comprende como un castigo de la justicia divina a través de un agente humano; donde hay castigo debe haber pecado. La idea sigue viva y coleando, aunque ahora expresada en términos seculares: la víctima merece lo que obtiene. En términos New Age, la víctima ha creado su propia realidad.

Pero, en realidad, no siempre creamos nuestro propio sufrimiento; pensar de otro modo es caer en la inflación negativa de imaginarnos con una capacidad semidivina de hacer que sucedan cosas tremendas. En aras de la madurez psicológica, debemos separar la idea de que somos responsables de nuestras acciones de la suposición de que las víctimas son responsables de su estado. Si no podemos hacer esta distinción, la víctima se convierte entonces en una figura patologizada que neurótica y unilateralmente considera al mundo creador de víctimas. En ese caso nos identificamos inconscientemente con la víctima, ya sea introyectando la culpa o proyectando la acusación. La tarea psicológica, sin embargo, no es necesariamente eliminar la acusación sino colocarla donde le corresponde.

El horror, la vergüenza y la impotencia de la víctima ante el agente, y la acusación colectiva que refuerza estos sentimientos, desvalorizan a la víctima en una cultura que desprecia la debilidad. Pero al mismo tiempo, es precisamente el horror, la vergüenza y la impotencia lo que despierta nuestra sensación de tragedia, nuestra empatía, nuestra indignación ante la injusticia, y a veces nuestro amor. Percibimos a la víctima como esa figura dentro de cada uno de nosotros que es débil, que sufre, que se siente injustamente acusada y no puede exigir justicia. La figura de la víctima personifica la paradoja de soportar un sufrimiento insoportable; tal vez por ello es capaz de conmovernos y despertar nuestra compasión, empatía, aflicción y amor. Sólo un psicópata es insensible al sufrimiento y el poder de la víctima, pues el psicópata no está en contacto con el poder de Eros y por tanto no puede relacionarse con el dolor.

La experiencia de la figura de la víctima en nuestra propia psique nos hace conscientes de la capacidad humana para el sacrificio.

La víctima sagrada

Muchos diccionarios definen víctima básicamente como una persona que sufre un acto perjudicial o destructivo, causado por un agente personal o impersonal; sin embargo, el antiguo significado de la palabra equipara víctima con sacrificio. Su significado original, el de la palabra latina victima, es el de animal destinado al sacrificio, y se aplica a toda criatura viviente que se mata o se ofrece a un dios o a un poder divino. La palabra sacrificio procede del latín sacer, de donde deriva nuestra palabra sagrado; su significado original se aplica a lo que es venerado, escogido, destinado al sacrificio, dedicado a un dios o a una finalidad religiosa.

Es curioso el hecho de que sacer también significa penalizado, maldito y criminal. La víctima, pues, puede ser a la vez inocente y maldita. Aunque esta maldición quizá no describa adecuadamente la naturaleza de la condición de víctima, a menudo encaja con la sensación de la víctima de estar maldita, escogida para el castigo. La imagen de la víctima suele aparecer en la vida psíquica como el maldito, tal como ocurre en la figura del chivo expiatorio, el escogido para expiar los pecados de los muchos, precisamente porque es inocente y no merece ese destino.

En su precioso ensayo Cancer in Myth and Dream; Russell Lockhart señala la paradoja de que la palabra víctima tiene en raíces latinas más antiguas el significado de incremento y crecimiento. (Corresponde a la raíz griega auxo, que significado también acrecentamiento y crecimiento, y es el nombre de una de las dos charites (gracias) atenienses, Auxo, la creciente). La imagen de la víctima se despliega así como un complicado tejido de significados aparentemente contradictorios. Simultáneamente evoca ideas y emociones colectivas de miedo, negatividad, poder divino, santidad, persecución, duda, inocencia, congoja, crecimiento, sacrificio, condena. Así, la imagen de la víctima puede mostrarse en el ámbito secular como fea, temible y secretamente despreciada, o puede aparecer como algo sagrado, bello y deseable.

El modo en que la víctima percibe conscientemente su sufrimiento puede aportarle significado: uno no es simplemente sacrificado sino que se vuelve capaz de realizar o llevar a cabo un sacrificio. La victimización, pues, es tanto la condición de una relación significativa con un dios como la condición de un sufrimiento sin sentido.

Los ámbitos de los sagrado y lo secular no son incompatibles; tales palabras son simples instrumentos para ayudarnos a distinguir aspectos de la experiencia. La tarea psicológica de la víctima es percibirlos unidos, hacer que lo secular sea sagrado, hacer del propio sufrimiento un sacrificio digno: honrar la herida, valorar lo vulnerable, cultivar la compasión por la propia alma lastimada.

Acerca del Sentido en Jung

Acerca del Sentido en Jung


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Cuanto más penetraba Jung en las leyes de los procesos arquetípicos que subyacen a las manifestaciones del inconsciente, más esencial le parecía el papel que jugaba la consciencia. El hombre posee una consciencia que no sólo percibe y reacciona a lo que experimenta, sino que es consciente de percibir y comprender lo que está experimentando. Posee la facultad de la reflexión (literalmente, inclinarse hacia atrás) y la comprensión y, a través del reconocimiento del mundo exterior e interior, la de auto-transformación y consciencia ampliada de sí. La consciencia del hombre también es una función espiritual. Lo eleva por encima del reino animal, aún cuando desde otro punto de vista puede considerarse como un animal diferenciado impulsado por el instinto. La consciencia cognitiva y reflexiva ejerce una actividad creadora, superponiendo sobre la existencia del mundo exterior e interior el hecho de que son conocidos. De esta manera les atribuye realidad: el mundo se convierte en el mundo fenoménico y como en una segunda cosmogonía el hombre confirma su existencia para el Creador.Cuando Jung contempló la ancha llanura desde las colinas bajas en las planicies de África Oriental y observó las vastas manadas de gacelas, antílopes y cebras en la quietud silenciosa, tuvo una especie de experiencia primigenia de la función creadora de la consciencia. Treinta años después recapituló en sus memorias: Pastando, las cabezas asintiendo, las manadas se movían adelante como lentos ríos. Casi no se escuchaba sonido alguno excepto el grito melancólico de un ave de presa. Aquella era la quietud del eterno comienzo, el mundo tal como siempre había sido, en el estado del no-ser; pues hasta entonces nadie había estado presente para saber que era este mundo Allí el sentido cósmico de la consciencia se tornó asombrosamente claro para mí El hombre es indispensable para completar la creación; él es el segundo creador del mundo, el que por sí solo le ha dado al mundo su existencia objetiva, sin la cual, lo no visto, no escuchado, comiendo silenciosamente, dando a luz, muriendo, asintiendo sus cabezas durante cientos de millones de años, hubiera continuado en la profunda noche del no-ser hasta su fin desconocido. La consciencia humana creó la existencia objetiva y el sentido y el hombre encontró su sitio indispensable en el gran proceso del ser.

El hombre también goza de un sitio indispensable en el mundo espiritual, con sus seculares procesos de transformación. Como se ha visto, su consciencia juega un papel creador en la evolución y diferenciación de las imágenes arquetípicas de Dios. Podría decirse que logra el milagro de una segunda teogonía. Como co-creador de la realidad exterior e interior él y su consciencia tienen una responsabilidad cósmica. Jung habla incluso del milagro de la consciencia reflexiva en el que culmina la totalidad de la tendencia evolutiva de la naturaleza. La importancia de la consciencia es tan grande que no puede dejar de sospecharse que el elemento del sentido está oculto en algún sitio dentro del monstruoso torbellino biológico, sin sentido aparente, y que el sendero de su manifestación se encontraba en última instancia en el nivel de los vertebrados de sangre caliente poseedores de un cerebro diferenciado; encontrado como por casualidad, imprevisiblemente y sin embargo sentido de alguna manera, atisbado y manoteado desde algún oscuro instinto.

La misma idea se encuentra en Meister Eckhart: La naturaleza más recóndita de todo grano es el trigo; de todo metal, el oro; de toda ave, el hombre, y en Thomas Mann: En lo profundo de mi alma abrazo la creencia de que con el Así sea de Dios, que creó al cosmos de la nada, y con la generación de vida a partir de lo inorgánico, fue el hombre lo que se intentaba crear en última instancia y que con él se inició el gran experimento, cuya falla debida a la culpa del hombre sería la falla de la creación en sí, equivalente a su refutación. Ya sea que esto sea o no así, sería bueno que el hombre se comportara como si así lo fuera.

El mito del sentido de Jung es el mito de la consciencia. La tarea metafísica del hombre reside en la continua ampliación de la consciencia en general y de su destino como individuo en la creación de consciencia individual de sí mismo. Es la consciencia la que otorga un sentido al mundo. Sin la consciencia reflexiva del hombre el mundo se convierte en una gigantesca máquina sin sentido, pues hasta donde sabemos el hombre es la única criatura que puede descubrir el sentido, escribió Jung a Erich Neumann (Marzo de 1959). Y a una joven mujer que había sido víctima de los embates de un destino arduo le escribió en Junio de 1956: El don de una consciencia ampliada de sí es respuesta suficiente incluso a los sufrimientos de la vida, de otra manera carecería de sentido y sería insoportable. Aunque el sufrimiento de la creación que Dios dejó imperfecta no puede eliminarse mediante la revelación de la buena voluntad de Dios hacia el hombre, de todas maneras puede mitigarse y adquirir sentido.

Sin embargo, el énfasis de Jung sobre la consciencia jamás se pretendió como una devaluación del inconsciente, ni tampoco imaginó que pudiera ser conquistada. El reemplazo del inconsciente por la consciencia es desde todo punto de vista impensable considerando que el alcance de ambos no puede compararse y que la consciencia adquiere su poder creador sólo por estar enraizada en el inconsciente, incluso aunque el individuo no tenga idea de su existencia. La alta estima en que Jung tenía a la consciencia estaba presente en el germen desde el comienzo, aunque llegó a reconocer el papel fundamental que juega en el destino humano sólo a lo largo de los años. Para comenzar confió en los poderes creadores del inconsciente, pues aún no había explorado las profundidades de su naturaleza paradójica. Fue esto lo que provocó que se equivocara al darle una oportunidad a los comienzos del nacional-socialismo, a pesar de todas sus reservas objetivas. Lo vio, correctamente, como una erupción de fuerzas colectivas del inconsciente, aunque por aquel entonces todavía se inclinaba a dar al mito del inconsciente precedencia sobre el mito de la consciencia.

Sus ideas básicas acerca del mito de la consciencia y el sentido del mismo pueden encontrarse en sus memorias. Esto no es ninguna casualidad, pues no consideraba el libro un trabajo científico y la respuesta a la pregunta del sentido no era para él una respuesta científica. Todas las respuestas son una interpretación o conjetura humana, una confesión o una creencia. Es creada por la consciencia y su expresión es un mito.

Jung creó su respuesta basándose en la sabiduría obtenida a lo largo de años de trabajo de investigación. En un breve pasaje de sus memorias describió una vez más cómo la ambivalencia de la imagen de Dios del Antiguo Testamento lleva al mito de la encarnación necesaria de Dios y por último a la experiencia sintetizadora del sí-mismo: Las contradicciones internas necesarias en la imagen de un Dios Creador pueden reconciliarse en la unidad y totalidad del sí-mismo En la experiencia del sí-mismo ya no son Dios y hombre los que se reconcilian, como antes, sino los opuestos dentro de la propia imagen de Dios. Ese es el sentido del servicio divino, el servicio que el hombre puede rendir a Dios: que la luz pueda surgir de la obscuridad, que el Creador pueda ser consciente de su creación y el hombre consciente de sí mismo. Esa es la meta, o una de las metas, que hace que el hombre cobre sentido dentro del esquema de la creación y al mismo tiempo le confiere sentido a la misma. Es un mito explicativo que ha tomado forma dentro de mí gradualmente a lo largo de las décadas. Es una meta que puedo reconocer y valorar y que por tanto me satisface. La limitación a una afirmación subjetiva no menoscaba en absoluto el mito explicativo de Jung. Se cristalizó gradualmente a partir del conocimiento del hombre y su psique, más profundo que la mayoría del conocimiento de nuestra era, y constituye una continuación significativa del mito judeo-cristiano de dos mil años de antigüedad. Por ende no sólo se aplica a Jung, sino que su importancia trasciende lo personal.

Jung se percató de ello, pues continúa: No creo que mis reflexiones acerca del sentido del hombre y su mito sean una verdad final, pero siento que esto es lo que puede y quizá deba – decirse al final de la era de Piscis en vista de la próxima era de Acuario (el Portador de Agua), que posee una figura humana. Jung escribió estas palabras a los ochenta y cuatro años, contemplando el futuro distante. Podría concluirse que al final de su vida tuvo la sensación de haber descargado la responsabilidad cósmica del hombre lo mejor que pudo y de haber concluido la tarea de ampliación de la conciencia que se le había encomendado, al igual que nos es encomendada a cada uno de nosotros. En las memorias, el capítulo acerca de su obra finaliza con estas palabras: Tengo la sensación de que he hecho todo lo que podía hacer. Sin duda esa obra de vida podría haber sido aún mayor y mejor hecha; pero eso es todo lo que pude hacer

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Cuando en 1958 Erich Neumann leyó el borrador del último capítulo de las memorias, que contienen las últimas ideas de Jung acerca del sentido, le escribió una carta expresando su acuerdo general aunque manifestando algunos reparos. Los pasajes cruciales son los siguientes: Precisamente porque la psique y los arquetipos con su significado evolucionaron a lo largo de la evolución natural, su significado no es extraño a la naturaleza sino que pertenece a ella desde el comienzo, o así me lo parece Esto es lo único que me parece objetable: Para qué sirve la creación? La respuesta, aquella que brilla sólo en sí misma, cuando no es reflejada puede resplandecer con infinitas variedades, es tan vieja como el mundo, pero me satisface.

Jung vio el sentido en la relación recíproca entre la profundización de la consciencia de sí en el hombre y una revelación de la imagen de Dios (expresada metafóricamente como la consciencia de sí de Dios); para Neumann no existía este efecto retroactivo en Dios, ni tampoco era necesario que así fuera. La respuesta de Jung (marzo de 1959) nos ofrece una vez más el fundamento de su perspectiva o confesión. La carta dice en parte: Puesto que una creación sin la consciencia reflexiva del hombre no posee un sentido discernible, la hipótesis de un sentido latente atribuye al hombre una importancia cosmogónica, una verdadera raison dêtre. Si, por otro lado, el sentido latente se atribuye al Creador como un plan de creación consciente, surge la pregunta: Por qué el Creador produciría todo este fenómeno del mundo si ya conoce aquello en lo que se puede reflejar, y por qué debería reflejarse si ya es consciente de sí mismo? Por qué debería crear junto a su propia omnisciencia, una segunda consciencia, inferior: millones de espejillos empañados cuando ya sabe de antemano con exactitud cómo es la imagen que éstos reflejan?

Poco tiempo después Jung escribió casi lo mismo en una carta a Miguel Serrano (Septiembre de 1960): (La luz de la consciencia) es preciosa no sólo para mí, pero sobre todo a la oscuridad del Creador, que necesita al hombre para iluminar su creación. Si Dios hubiese previsto su mundo, sería tan sólo una máquina sin sentido, y la existencia del hombre, un capricho extravagante. Mi intelecto puede pensar esta posibilidad, pero todo mi ser le contesta No.

El valor que Jung le confirió a la plegaria surge de esta intuición religiosa, permeada de sentimiento, sobre una relación Yo-Tú entre el hombre y Dios. En una carta (Septiembre de 1943) dice: He pensado mucho en la plegaria. Esta es muy necesaria porque convierte al Más Allá imaginado en una realidad inmediata y nos transporta a la dualidad del ego y el Otro obscuro. Al escucharnos a nosotros mismos ya no se puede negar que nos hemos dirigido a Aquello. Entonces surge la pregunta: Qué sucederá Contigo y conmigo? Y el Tú trascendental y el Yo inmanente? Se abre así el camino de lo inesperado, atemorizante e inevitable, con la esperanza de un recodo auspicioso o un desafiante No pereceré bajo la voluntad de Dios excepto que yo así lo desee también. Sólo entonces así lo siento yo – la voluntad de Dios es perfecta. Sin mí es tan sólo su voluntad todopoderosa, una fatalidad aterrorizante aún en su gracia, vacía de vista y oído, vacía de conocimiento precisamente por esa razón. Yo me uno a ello, como un miligramo tremendamente pesado sin el cual Dios hubiese creado su mundo en vano

El Puer Aeternus

El Puer Aeternus

PuerAeternus

 

Puer aeternus es el nombre de un dios de la antigüedad. Estas palabras proceden de las Metamorfosis de Ovidio y allí se aplican al niño-dios de los misterios eleusinos. Ovidio habla del niño-dios Iacchus, llamándole puer aeternus y alabando su papel en aquellos misterios. En épocas posteriores, el niño-dios fue identificado con Dionisios y con el dios Eros. Es el joven divino que nace de noche en este típico misterio del culto materno de Eleusis, y es un personaje redentor. Es un dios de la vida, la muerte y la resurrección el dios de la divina juventud – correspondiente a dioses orientales como Tammuz, Attis y Adonis. Así, el rótulo puer aeternus significa joven eterno, pero también lo empleamos para designar cierto tipo de hombre joven de comportamientos característicos, que intentaré describir seguidamente.

En general, el hombre que se identifica con el arquetipo del puer aeternus permanece demasiado tiempo en la psicología adolescente; es decir, todas las características que son normales en un joven de dieciséis o diecisiete años se prolongan en la vida posterior, acompañadas en muchos casos de una dependencia excesiva de la madre. Las dos perturbaciones típicas de un hombre con un destacado complejo materno son, como señala Jung, la homosexualidad y el donjuanismo. En este último caso, la imagen de la madre la imagen de una mujer perfecta que le dará todo al hombre y que carece del menor defecto se busca en cada mujer. Él busca una diosa madre, de modo que siempre que se ve fascinado por una mujer acaba luego descubriendo que se trata de un simple ser humano. Tras haberla conocido sexualmente todo el encanto se desvanece, y él se va decepcionado para seguir proyectando de nuevo la imagen maternal sobre una mujer tras otra. Anhela eternamente la mujer maternal que le rodeará con sus brazos y satisfará todas sus necesidades. Ello a menudo va acompañado de la actitud romántica del adolescente.

Generalmente experimenta grandes dificultades para adaptarse a la situación social. En algunos casos hay una especie de individualismo asocial: siendo alguien especial, uno no tiene por qué adaptarse, pues eso sería imposible para un genio así, etc. Además, surge una actitud arrogante hacia otras personas, debido tanto a un complejo de inferioridad como a falsos sentimientos de superioridad. Tales personas suelen tener grandes dificultades para encontrar el tipo adecuado de trabajo, pues todo lo que encuentran nunca acaba de ser adecuado o no es exactamente lo que andaban buscando. Siempre hay un pelo en la sopa. La mujer nunca es la mujer adecuada; es agradable como compañera, pero …. Siempre hay un pero que impide el matrimonio o cualquier otro tipo de compromiso.

Todo ello conduce a una forma de neurosis que H.G. Baynes ha descrito como vida provisional; es decir, la extraña actitud y sensación de que la mujer todavía no es lo que uno quiere, existiendo siempre la fantasía de que en el algún momento futuro llegará lo que se busca. Si esta actitud se prolonga, implica un constante rechazo interior a comprometerse con el momento presente. A menudo esta neurosis va acompañada, en mayor o menor grado, de un complejo de salvador o mesías, con el pensamiento secreto de que algún día uno será capaz de salvar al mundo, de que hallará la última palabra en filosofía, religión, política, arte o cualquier otro campo. Esto puede llevar a una típica megalomanía patológica; o puede haber trazas de ella en la idea de que el momento de uno todavía no ha llegado.

La situación que este tipo de persona siempre teme es el estar atado a algo. Hay un miedo terrorífico de estar atrapado, de entrar completamente en el espacio y el tiempo y ser el ser humano concreto que uno es. Siempre hay miedo de verse cogido en una situación de la que podría ser imposible escapar. Toda situación así es un infierno. Al mismo tiempo, hay algo altamente simbólico una fascinación por deportes peligrosos, especialmente el vuelo y el alpinismo dirigido a alcanzar lo más alto posible; ello simboliza el escapar de la madre, de la tierra, de la vida ordinaria. Cuando el complejo está muy pronunciado, muchos de estos hombres mueren a temprana edad en accidentes de aviación o de escalada. Lo que se expresa de este modo es un anhelo espiritual exteriorizado.

Una representación dramática de lo que el vuelo significa realmente para el puer la encontramos en un poema de John Magee. Poco después de haber escrito el poema, Magee murió en un accidente aéreo:

Altos Vuelos

Oh! Me he escabullido de las hoscas ataduras de la Tierra
y he danzado en los cielos con alas aureoladas de risas;
he trepado hacia el sol, y me he unido al agitado regocijo
de las nubes que el sol separa y hecho cien cosas
que nunca soñaste – revoloteado y remontado y bamboleado
allí en el alto silencio que el sol ilumina. Cernido ahí,
he cazado al viento clamoroso, y he lanzado
mi impaciente nave por los caprichosos palacios del aire…..

Arriba, arriba en el alto, delirante, ardiente azul
he coronado grácilmente las alturas barridas por el viento.
Donde nunca voló una alondra, ni tan siquiera un águila .
Y, cuando con mente silenciosa y elevada, he hollado
la alta e inmaculada santidad del espacio,
he sacado la mano y tocado el rostro de Dios.

A los puer no les suelen gustar los deportes que exigen paciencia o un largo aprendizaje, ya que el puer aeternus en el sentido negativo del término suele ser de naturaleza muy impaciente. Conozco a un joven, un ejemplo clásico de puer aeternus, que practicó el montañismo durante períodos tremendamente largos, pero odiaba tanto cargar con una mochila que prefería entrenarse para ser capaz de dormir a la intemperie. También aprendió a ir prácticamente sin comida, simplemente para no tener que cargar peso. Anduvo durante años por las montañas de Europa y de otros continentes, durmiendo bajo los árboles o en la nieve. En cierto modo, llevó a cabo una existencia muy heroica, sólo para liberarse de tener que ir a un refugio o cargar con una mochila. Podríamos decir que esto era simbólico, ya que un joven así en la vida real no quiere estar agobiado por ningún tipo de carga; lo único que rechaza absolutamente es asumir responsabilidad por algo o tener que cargar con el peso de una situación.

En general, la cualidad positiva de estos jóvenes es cierta espiritualidad que procede de un contacto relativamente directo con el inconsciente colectivo. Muchos tienen el encanto de la juventud y el efecto seductor de un trago de champán. Por lo común, es muy agradable conversar con los pueri aeterni; suelen tener temas interesantes que hablar y producen un efecto estimulante sobre el oyente; no le gustan las situaciones convencionales; formulan preguntas profundas y van directamente en pos de la verdad; generalmente buscan una religión genuina, búsqueda que es típica de quienes se acercan a los veinte años de edad. El encanto juvenil del puer aeternus suele prolongarse a las etapas posteriores de la vida.

Sin embargo, hay otro tipo de puer en el que no se aprecia el encanto de la eterna juventud y a través del cual no brilla el arquetipo de la juventud divina. Por el contrario, vive en un continuo aturdimiento soñoliento, lo cual también es una característica adolescente: el muchacho somnolento, indisciplinado y pataslargas que se limita a ir vagando por ahí, con su mente deambulando de un lado para otro, de modo que a veces una tiene ganas de echarle un cubo de agua fría por la cabeza. Pero el aturdimiento soñoliento es sólo un aspecto externo, y si conseguimos atravesarlo encontraremos una prolífica fantasía que guarda en su interior.

Hasta aquí he dado un breve resumen de las principales características de algunos jóvenes atrapados en el complejo materno y que se identifican con el arquetipo del puer. He ofrecido una descripción básicamente negativa de ellos porque ésa es su apariencia superficial, pero como veremos, no hemos explicado la clave del asunto. La cuestión es por qué el problema de este tipo psicológico, el joven atado a la madre, se ha vuelto tan prominente en nuestro tiempo. Como sabemos, la homosexualidad creo que el donjuanismo no tanto – se incrementa más y más; incluso afecta a menores de edad, y me parece que el problema del puer aeternus cada vez tiene mayor actualidad.

Sin duda, las madres siempre han intentado mantener a sus hijos en el nido, y algunos hijos siempre han tenido dificultades para liberarse y han preferido continuar disfrutando los placeres del nido; pero no vemos claramente por qué esto, en sí un problema natural, ha tenido que convertirse en un problema clave de nuestra época. Creo que es la cuestión más profunda e importante que hemos de plantearnos, porque el resto es más o menos evidente. Un hombre con un complejo materno siempre tendrá que habérselas con su tendencia a volverse puer aeternus. Qué solución hay?, se podría preguntar. Si un hombre descubre que tiene un complejo materno, que es algo que le ha llegado no algo que él mismo haya provocado – qué puede hacer con ello? En Símbolos de Transformación, el doctor Jung habló de una solución trabajar – y habiendo dicho esto, dudó un minuto y pensó Es realmente tan simple? Es la única cura? Puedo expresarlo así?. Pero el trabajo es la única palabra desagradable que ningún puer aeternus quiere oír, y el doctor Jung llegó a la conclusión de que era la respuesta correcta. Mi experiencia también me indica que a través del trabajo es como un hombre puede liberarse de esta especie de neurosis juvenil.

Aquí hay, sin embargo, algunos malentendidos, ya que el puer aeternus puede trabajar, como pueden hacerlo todos los primitivos o la gente con un débil complejo egoico, cuando está fascinado o entusiasmado. Entonces puede trabajar veinticuatro horas seguidas o incluso más, hasta que caiga. Pero lo que no puede hacer es trabajar en una mañana triste y lluviosa cuando hay tareas aburridas y uno tiene que ponerse a ellas a la fuerza; ésta es la única cosa que habitualmente el puer aeternus no aguanta y que intentará evitar con cualquier excusa. El análisis de un puer aeternus llega tarde o temprano a este problema. Sólo cuando el ego se ha fortalecido suficientemente puede superarse el problema y se da la posibilidad de empeñarse en el trabajo. Naturalmente, aunque uno conozca el objetivo, cada caso individual es distinto. Personalmente he comprobado que no sirve de mucho ir predicando a la gente que deberían trabajar, porque acaban enfadándose y marchándose.

Por lo que he visto, el inconsciente generalmente intenta crear un compromiso, indicar la dirección en la que puede brotar el entusiasmo o en la que la energía psicológica fluirá con naturalidad, pues naturalmente es más fácil ponerse a trabajar en lo que a uno le atrae. No es tan duro como trabajar cuesta arriba en contra del propio flujo de energía. Por tanto, suele ser aconsejable esperar un poco, ver hacia dónde va el flujo natural de interés y energía y entonces intentar que la persona trabaje ahí. Pero en toda área laboral llega siempre el momento en que toca afrontar la rutina. Todo trabajo, incluso el trabajo creativo, contiene cierta cantidad de rutina aburrida, que es donde el puer aeternus huye y llega de nuevo a la conclusión de que no es esto!. En tales momentos, si uno recibe apoyo del inconsciente, se producen sueños que muestran que debería perseverar y superar el obstáculo. Si tiene éxito, la batalla está ganada.

En una carta Jung dice del puer: Creo que la actitud del puer aeternus es un mal inevitable. La identidad con el puer implica una puerilidad psicológica que más vale dejar de lado. Siempre lleva a golpes externos que muestran la necesidad de otra actitud. Pero la razón no consigue nada, porque el puer aeternus siempre es un agente del destino.

Marie-Louise von Franz

Traducido y extractado por Julián Alvarez de
M. L. von Franz.- Puer Aeternus: A Psychological Study of the Adult Struggle with the Paradise of Childhood

Las imagenes arquetipicas

Las imagenes arquetipicas

Las imágenes arquetípicas ofrecen un rico reflejo de nuestra experiencia interior y de nuestra interaccion con el mundo exterior. Como descubrió Jung cuando fue en busca de el mito que le vivía a él, resulta transformador el encuentro con una dimensión del inconsciente que es una fuente transpersonal, viviente y creativa, de inagotable energía y orientación.

Muchos de nosotros, cuando por primera vez leemos a Jung, sentimos reconocer inmediatamente la dimensión de experiencia para la que él usaba la palabra arquetípico. Recuerdo la primera vez que le leí, cuando tenía veintipocos años y me imaginaba completa y gozosamente definida por los papeles de esposa y madre. De repente empecé a comprenderme a mí misma a medida que prestaba atención a mis sueños, los cuales me introdujeron en una insospechada multitud de potenciales inexplorados y pendientes de ser reconocidos y nutridos. También descubrí que aquellos papeles tenían dimensiones arquetípicas y numinosas (tanto amenzadoras como vitalizadoras) a las que había sido ciega por estar inmersa en sus aspectos más triviales. El reconocimiento de que compartía con otros mis sentimientos más profundos, mis más hondas esperanzas y temores, mis éxitos más valorados y mis más deplorados fracasos, me dio un sentido totalmente nuevo de estar contectada con el conjunto de la humanidad, no sólo mediante relaciones externas sino en el mismo núcleo de mi ser.

Sentía que esta experiencia era muy real. Jung me había introducido a una nueva palabra y, lo más importante, a una nueva visión de mí misma que reconocí a la vez como liberadora y desafiante. Aunque tuve muchas reservas teóricas respecto a los detalles de su exposión, la reflexión sobre la teoría junguiana de los arquetipos continúa renovando mi gratitud por el modo en que nos ayuda personal y teóricamente- a traspasar los límites de una psicología exclusivamente basada en la historia personal y los factores patológicos.

Jung denominó a las imágenes a través de las cuales se manifiesta el inconsciente imágenes arquetípicas. Empleó la palabra arquetípico a fin de comunicar el poder que tienen ciertas imágnes para contectarnos con lo que se muestra como la fuente misma de nuestro ser. La palabra griega arjé indica principio, origen; tipo deriva de un verbo griego que significa modelar y del correspondiente sustantivo que indica una imagen o modelo. Así arquetipo significa el modelo a partir de lo cual se configuran las copias, el patrón subyacente, el punto inicial a partir del cual algo se despliega. Aunque Jung a veces mencionaba los arquetipos como algo impreso en nuestra psiques, también emplea esta etimología de forma más dinámica cuando define las imágenes arquetípicas como aquellas que pueden impresionarnos: “Estas asociaciones e imágenes arquetípicas. nos impresionan, influyen y fascinan.

Jung distinguía entre arquetipos e imágenes arquétipicas. Reconoció que lo que llega a nuestra consciencia son siempre imágenes arquetípicas, manifestaciones concretas y particulares que están influidas por factores socioculturales e individuales. Sin embargo, los arqutipos mismos carecen de forma y son irrepresentables; hablando con propiedad son más psicoides que psíquicos: El arquetipo como tal es un factor psicoide que pertenece, por así decir, al extremo invisible y ultravioleta del espectro psíquico No debemos olvidar que lo que denominamos arquetipo es en sí mismo irrepresentable, pero podemos visualizarlo a través de sus efectos, es decir, las imágenes arquetípicas. Los arquetipos mismos, dice Jung, son vacíos y carentes de forma, nunca podemos verlos excepto cuando se vuelven conscientes, cuando se llenan de contenido individual.

El postulado de una realidad de los arquetipos externa a sus manifestaciones es una cuestión muy debatida cuyas dimensiones metafísicas dejaré de lado en gran medida. Dado que tiendo a ver los arquetipos como abstracciones de imágenes concretas y diversificadas, al igual que otros muchos críticos y seguidores recientes de Jung no me intereso mucho por tales dimensiones, precisamente porque me interesa la psique, el alma y la actividad imaginativa, que considero la actividad más característica de la psique.

El interés de Jung por las imágenes arquetípicas refleja más énfasis en la forma del pensamiento inconsciente que en el contenido. Nuestra capacidad para responder a la experiencia como criaturas creadoras de imágenes es heredada, se nos da con nuestra humanidad. Las imágenes arquetípicas no son restos de pensamiento arcaico ni un depósito muerto, sino parte de un sistema viviente de interacciones entre la psique humana y el mundo exterior. Las imágenes arquetípicas que aparecen en mis sueños brotan de la misma capacidad humana que dio lugar a las antiguas mitologías de nuestros remotos antepasados. Los mitos no son causas de las manifestaciones contemporáneas e individuales, sino que existen en el mismo plano como analogías.

Centrarnos en lo arquetípico permite subrayar la importancia que tienen nuestras imágenes para convertirnos en quienes somos. Nuestras vidas son configuradas por nuestros pensamientos y actos y, aun más poderosamente, por nuestras fantasías y sueños y los complejos de carga afectiva con los que respondemos a las personas y acontecimientos con que diariamente nos tropezamos. No soy sólo lo que he pensado, como proponía Descartes, ni lo que he hecho, como pretenden los existencialistas, sino también, como Gaston Bachelard ha mostrado tan poderosamente, lo que he imaginado y recordado.

Christine Downing

Traducido y extractado por Farid Azael de
C. Downing.- Mirrors of the Self.

Sincronicidad

Sincronicidad

F. David Peat.- Editorial Kairós

Para el escéptico, la coincidencias son como los comodines en la baraja de la vida; para el investigador, son la llave a la sincronicidad. Al igual que los físicos buscan una teoría de campo unificada, Carl Jung y otros buscaban la sincronicidad, eso es, el principio unificador tras las coincidencias significativas, la consciencia individual y la totalidad del espacio y el tiempo. En este libro, el autor une ambas búsquedas en un intrigante viaje para mostrarnos la conexión entre la teoría cuántica y la sincronicidad, para abrir el camino hacia un nuevo entendimiento sobre el puente entre mente y materia.

Explorando la naturaleza de la energía, del tiempo, del azar, la causalidad y la coincidencia, el autor profundiza en las otras de Jung, Pauli, Prigogine, Bohm, Wheeler y otros. Lo que emerge es la evidencia de un orden oculto, de un universo creativo que se expresa a sí mismo en muchas vidas individuales.

C. G. Jung, su vida, su obra. (parte 3)

C. G. Jung, su vida, su obra. (parte 3)

Las diferentes etapas del proceso alquímico en la psicoterapia

Nigredo: la materia prima es pulverizada, calcinada, disuelta, fundida. La nigredo tiene su paralelo en el proceso de individuación, en el encuentro con la sombra. Todo lo que se había criticado en los demás, se presenta en los sueños, como parte del propio modo de ser. Las ilusiones que uno tenía de uno mismo y del mundo, se desvanecen. Se le arrebata al yo su omnipotencia y se ve enfrentado al poderoso inconsciente.

Este estado puede ser muy duradero, porque deben hacerse conscientes todas las oscuridades y todas las personalidades parciales autónomas, (complejos autónomos) que deben ser reconocidos y moralmente dominados.

Albedo: Aquí corresponde la integración del componente íntimo, propio, correspondiente al sexo contrario, el ánimus en la mujer y el ánima en el hombre.

Durante esta segunda etapa continúa la del Nigredo, porque la sombra es como la hidra de siete cabezas , las cuales renacen después de haber sido cortadas.

Albedo es una operación menos violenta que el Nigredo, pero en ella es de honda sabiduría mantener el fuego que no queme o destruya y a la vez que no enfríe el proceso. Psicológicamente, se refiere a la transferencia entre paciente y médico o a una gran pasión amorosa fuera del tratamiento. En el simbolismo alquimista, el problema es proyectado como “boda mística “de los elementos y expresado en múltiples variantes.

Una gran relación amorosa es advertida como proyección del ánimus o ánima, respectivamente, sobre otra persona y con ella frecuentemente se produce una relación basada en una común inconsciencia donde están todas las contradicciones presentes.

En una relación amorosa, existen siempre cuatro figuras: el hombre y su ánima y la mujer y su ánimus. En estos cuatro elementos se dan todos los innumerables fenómenos posibles de rechazo y de atracción. Este hecho nos obliga a dar nuestra atención a la psique inconsciente. Para los alquimistas es más fácil que para nosotros, porque ellos intentaban obtener la piedra filosofal mediante la boda alquimista en la retorta. Nosotros debemos realizarla en nosotros mismos y esto nos afecta muy profundamente

Los participantes de la” boda alquímica”, son descritos como hermano y hermana, madre e hijo, etc. Su unión es un incesto, este aspecto tiene la finalidad de hacernos conscientes la proyección. Nos obliga a darnos cuenta de que en último término, se trata de una íntima unión de los componentes de nuestra propia personalidad, de un “desposorio espiritual” como vivencia interior no proyectada. Alude a la unificación de los contrarios en el Sí mismo. Después de la etapa de Albedo sigue:

Rubedo o citrinitas (enrojecimiento o color dorado). El trabajo está concluido, es abierta la retorta y la “piedra filosofal” comienza a irradiar una acción cósmica curadora.

La Piedra Filosofal: En los textos más antiguos de la alquimia, se reitera el tema de la piedra filosofal “por Dios donada y que puede transformar todos los metales en oro”, y que según algunos, está oculta en el cuerpo humano y ha de ser extraída del mismo. La piedra constituye un símbolo de lo eterno, lo que da fuerza vital. Es el misterio de Dios en la materia y se llama también “piedra que posee un espíritu o un alma: Pneuma”.

Algunos maestros intuían que se trataba de un desarrollo a través de la meditación, del propio hombre “interior” que se reflejaría también en el exterior. La piedra alquimista es también identificada con Mercurio y como figura divina y tripartita del Anthropos, es el cuerpo de la resurrección, que es tanto espiritual como somático y de tal sutileza que puede penetrarlo todo.

Las Cuatro Funciones:

Jung descubrió que las realizaciones adaptativas voluntarias se pueden dividir en 4 funciones principales: percepción, intuición, sentimiento y pensamiento. Ellas funcionan de a pares como en un balancín:


Sentimiento versus Pensamiento
Percepción versus Intuición
 

Al funcionar una de ellas, se inhibe su contraria. No se puede pensar y sentir al mismo tiempo. Tampoco se puede intuir y percibir a la vez, la primera de estas funciones está dirigida hacia el interior y la segunda, hacia el exterior.

El yo se fundamenta en una base corporal y una base psíquica. La primera se manifiesta por estímulos que nacen del interior del cuerpo, que, en parte, son percibidos psíquicamente y que están asociados con el yo
y que, en parte, permanecen por debajo del umbral de la consciencia. La base psíquica, consta del campo
de la consciencia y del conjunto de contenidos inconscientes.

La segunda se desarrolla a partir de contactos del cuerpo con el entorno y más adelante a partir de contactos con el mundo interior. Se establece paulatinamente la diferencia entre sujeto y objeto y entre dentro y fuera. Esta teoría no puede ser comprendida sin la experiencia del mundo subliminal: lo inconsciente.

En el curso de la evolución de sus vidas, todas las personas desarrollan más alguna de las cuatro funciones adaptativas. la que utilizan en forma predominante. También se puede desarrollar una segunda y una tercera. La cuarta, Jung la llamó” función infravalorada” o función menospreciada. Lo que hacemos con esta función, es en gran medida incontrolado y cae bajo la influencia de la personalidad 2: lo inconsciente. Tanto el yo como el inconsciente son estructuras subliminales. Ambas contienen luz y oscuridad. Jung define al yo como “una personificación relativamente constante del inconsciente”. Cuando protegió la lucecita en su sueño, no reprimió la existencia de lo inconsciente, que es el espíritu que se halla a la altura de la oscuridad del mundo. Lo más patente de dicho espíritu es su carácter histórico, su vastedad en el tiempo, su intemporalidad. El representa el espíritu de los tiempos, colectivo, operante en lo inconsciente del hombre y que se manifiesta y transforma a través de los siglos de historia del espíritu humano.

El Mandala

El radiolario es una imagen arquetípica a la cual Jung denominó “mandala”, palabra sánscrita que significa círculo mágico.

El mandala es el centro y corresponde a la naturaleza microcósmica del alma, es la vía hacia la individuación, es experimentado como el centro interior de la psique. Jung descubrió que la evolución es una circunvalación en torno al Sí mismo, centro de un mandala.

El símbolo del Anthropos cósmico y el mandala tienen un mismo sentido, ambos aluden a una unidad interior y última de la psique. El mandala simboliza en su punto central la unidad última de todos los arquetipos, así como la multiplicidad del mundo fenoménico y que constituye por ello la correspondencia empírica al concepto metafísico del Unus Mundus.

Buda el gran símbolo oriental de esta unidad, era representado en un principio como una rueda de doce radios. En occidente, Cristo se representa a menudo como centro de un mandala con los cuatro evangelistas. El mandala representa un antiquísimo símbolo de la divinidad y del cosmos. Todos los filósofos de la naturaleza quisieron representar de alguna forma la divinidad. Con Platón y Plotino, aparece claramente establecido que esta imagen primordial, es el movimiento circular propio del alma y del espíritu que rige todo.

El cosmos mismo es una esfera perfecta, como copia del organismo, del ser. Plotino lo demostró matemáticamente y fue transmitida por él a la Era Cristiana: centro de todo ser es lo Uno que irradia por todos lados hacia el infinito. Este Uno está rodeado por la envoltura esférica correspondiente al “alma del mundo”, (ánima mundi), y alrededor de ella, por el cosmos visible. El centro es la esfera espiritual que es
en sí misma unidad, totalidad, divinidad.

Con el tiempo esa imagen del mandala evolucionó de esfera referida a la divinidad, al cosmos o al alma del mundo, a convertirse en el símbolo del alma individual y finalmente en imagen del “yo ideal” o” yo absoluto” o Sí mismo, que está en contraposición con el yo empírico.

En su sueño del radiolario vemos que esta imagen se reveló a sí misma de un modo activo. Para muchos místicos, entre ellos Eckhart, el hombre es portador de una chispa divina, es por eso que para ellos es importante el autoconocimiento, no egocéntricamente subjetivo del yo acerca de sí mismo, sino en un sentido del conocimiento de este “fondo del alma.” El mandala se diferencia de la imagen de un dios personal por su aspecto femenino y por su índole matemático- geométrico. Su esencia alude a orientación en el caos, a sentido y a orden.

Jung construyó una torre redonda en cuya entrada grabó la inscripción “El Santuario de Filemón – La penitencia de Fausto”. Siempre manifestó que su impulso estaba más por el respeto a los derechos humanos, la historia del espíritu y la continuidad de la cultura.

Sincronicidad

Los modelos de pensamiento que elaboró Jung tienen un paralelo con los de la física moderna. El concepto de complementariedad, como lo aplica la física cuántica a la relación partícula – onda, y la psicología profunda, a la existente entre los contenidos de la consciencia y lo inconsciente. Todos los procesos son energéticos, y hay una cierta relatividad en tiempo y espacio, en el ámbito de las partículas y en estratos profundos del inconsciente, y en ambos sectores no pueden excluirse las condiciones del observador.

Existen datos de que ambos aspectos de energía, físico y psíquico, podrían ser dos aspectos de lo mismo. Así el mundo de la materia, sería una imagen subliminal del mundo de la psique y viceversa. Jung a este hecho lo llamó “fenómeno de la sincronicidad,” es la vinculación entre el acontecimiento interior y exterior.

Los acontecimientos, entonces, no serían causales sino en un sentido de simultaneidad con respecto al individuo que los vivencia. El arquetipo en el inconsciente debe estar activado, esto hace como si apareciera también fuera de la psique. A este aspecto del arquetipo lo llamó “trasgresivo”, porque pasa al mundo de la materia.

Para poder explicar el fenómeno científicamente, imaginó un principio de ordenación acausal. En la naturaleza existen ordenaciones que no tienen explicaciones causales, la más evidente es el tiempo de semi vida de las partículas. Esto sucede en microfísica, existe una especie de ordenación, pero no se puede determinar el momento de la destrucción espontánea de la partícula. Otro ejemplo, serían los números enteros naturales, que son especialmente “primitivos”, son estructuras arquetípicas propias de la profundidad del inconsciente. Muestran una ordenación acausal de la psique. Jung llamó “fenómenos marginales”, a las ordenaciones acausales no explicables de algo interior y algo exterior.

En los fenómenos de sincronicidad, surgen imágenes en el campo visual interno, que se encuentran en relación de analogía, con arreglo a un sentido y con respecto a acontecimientos objetivos, sin que pueda demostrarse alguna clase de relación entre ambas. Esto presupone un sentido apriorístico de la propia naturaleza que tiene su existencia antes que la conciencia humana o un “factor formal” en la naturaleza que no puede explicarse de un modo causal. Jung, lo denomina “saber absoluto”, porque se encuentra desligado de nuestro saber consciente.

De este saber absoluto en la naturaleza, Jung supone que depende el comportamiento inteligente de seres inferiores desprovistos de cerebro, porque el saber absoluto, parece ser independiente del conocimiento que brindan los órganos sensoriales y alude así a la existencia de un sentido inmanente en la naturaleza, que no puede ser sino transcendental.

Los fenómenos de sincronicidad son “actos creadores en el tiempo” porque se encuentra en un espacio-tiempo irrepresentable. Se producen dentro de un marco de ordenación existente con anterioridad. Son de naturaleza parapsicológica. El conocimiento de la ordenación nos afecta como “sentido”. Esta es la causa por la que en la antigüedad se lo ha considerado un fenómeno divino.

El I Ching o Libro de las Mutaciones” emplea la sincronicidad en su vertiente práctica. Los chinos en su cultura, siempre se han esforzado más bien por la captación intuitiva de la totalidad del mundo, más que
por el conocimiento de parcialidades. Los comentadores de esta obra han tratado de explicar mediante una “identidad de sentido” la simultaneidad entre el estado psíquico del consultante y un proceso físico sincronista y ordenado en 64 imágenes situacionales típicas.