La Consciencia como Acto Puro

La Consciencia como Acto Puro

La consciencia es a la vez la primera impresión que tenemos de nuestro estado psicofísico y la intuición que tenemos de un plano en nosotros a partir del cual pensamos. Nos encontramos entonces, de una parte, delante del plano del Yo ingenuo interesado en el mundo y en sí mismo y, por otra parte, frente al plano del Yo educado que vive en la presencia de sí y que sobrevuela su vida a partir de esa posición privilegiada tal como ella se desenrolla pero, cómo ilustrar esta intuición de un plano superior. que crea su propio espacio espiritual, es decir, que se define como inmanente ?

Procedamos en forma simple. Representémonos una mujer desconsolada que solloza su desesperación en el cementerio delante de la tumba de su marido recientemente sepultado. Su dolor no puede ser más personal. Ella es enteramente su dolor, Ella escucha sus sollozos desgarradores que pasan a través de su garganta. Sus gritos son salidos del cuerpo con el que ella se compenetra.

Ella se dice: Nadie puede llorar, languidecer, desgarrarse de una manera más auténtica. Sufro, pero soy única en mi dolor. Sé que me están mirando, pero esto es más fuerte que yo. Es preciso que me dé en espectáculo. Los otros me ayudan a llorar. A causa de ellos, mi sufrimiento se transforma en sensual, en obsceno. Me parece que yo gritaba así cuando hacía el amor con él. Ay, Dios, qué rico era ! Y toda esta gente que me contempla, ellos me devoran con sus ojos. Qué experiencia la que estoy viviendo ! Sufro y al mismo tiempo me veo sufrir. Es curioso, no me puedo detener. Mientras más lloro, más ganas me dan de llorar. Podría muy bien morirme. Espero que no se me haya corrido el rimmel. Debo tener el aspecto de una verdadera loca. Oh, que amarga es la copa que está delante de mí ! Soy verdaderamente yo quien llora así ? Una vez representé una escena parecida en el colegio. Entonces, es cierto. Es cierto, sí, pero es como un sueño. Lloro demasiado, ni siquiera escucho la voz de las personas que me sostienen. Quiero dejarme caer en este hoyo abierto.

Sujétenme. Estoy poseída por mi dolor. Tengo miedo de tomarlo demasiado en serio. Todos estos brazos que me retienen me dan el coraje de morir. Y si ellos me dejaran
ir ? Qué me pasaría ?”

Es necesario haber vivido una experiencia de este género para comprender qué es la consciencia como acto puro e inmanente. Ella se ve sufrir y se observa. Ella se da en espectáculo y al mismo tiempo lo comprende. Por un lado, participa en el sufrimiento; ella es el sufrimiento transformado en mirada. Por otro lado, ella es indiferencia; se desliza sobre su dolor como sobre capas de pensamiento calmo. Ella se interroga: “Soy insensible a lo que estoy viviendo ? Cómo se explica que no sea afectada ? Soy dos personas ? Estoy en camino de caer en la locura ? Sufro y no sufro. Soy lo que soy sin serlo enteramente. Es esto la muerte ?”

Es evidente que la consciencia que tiene la posibilidad de interrogarse así, aparte de estar atenta a sus interrogaciones, es una consciencia más allá de la muerte. Ella está en un estado que le permitiría asistir a su propia muerte como si contemplara una obra de teatro sentada en primera fila. Presente a sí misma en la vida, permanecería presente a sí misma en la muerte. Por lo demás, ella se siente segura de sí, sin el artificio de paréntesis de duda metódica. Ella planea en el espacio, es pura libertad. Para qué podría servir ? En el estado en que se encuentra, ella es inútil. Cuál sería su valor ? Ninguno. Ningún tipo de valor tiene sentido aquí. Ella es gratuita. Y qué es lo que significa ? Ella se significa arbitrariamente, se identifica con lo que es. Su ser es ni más ni menos que la nada, pero una nada pensante. Y pensando, ella se sabe espíritu.

El espíritu es confrontado a la carne-espectáculo. Lo físico se ha ocultado como representación para ceder el lugar a la carne que es vida. Yo muero, me veo morir. Soy un cadáver, una idea que muere. Me retiro para estar conmigo. Morir es enmudecer. Sufrir, es entrenarse a enmudecer. Lo que resta de mí cuando estoy ocupado en vivir, en sufrir, en percibir, es un acto puro.

No es necesario que muera para sentirlo. No estoy siempre conmigo mismo ? No ? Pues tanto peor. Esto me enseñará. Cada vez que me veo ser, me doy cuenta de que soy más que lo que veo y, por lo tanto, nada que pueda ver. Soy esta transparencia, esta claridad que flota por encima de la mesa de operaciones donde los cirujanos se afanan sobre mi cuerpo. Y, a pesar de ello, sé bien que mi alma no es distinta de mi cuerpo, que ella es un principio de vida, un soplo. Mientras contemplo, no sufro, Floto como un pensamiento. Soy ese cuerpo que está siendo operado, pero podría ser no importa qué.
Por qué estoy en esto ? Ah, sí, ya me acuerdo ! Es necesario que aprenda algo.
Cómo me siento bien ! No echo de menos el calor de la vida. Es como vivir de otra manera. La consciencia como acto puro y como inmanencia es un vivir más allá de un cuerpo, un estar en el mundo sin tener realmente presencia en él. Yo bien hubiera podido escapar a mi lucidez, mi transparencia, pero no. Estaré siempre conmigo, absorbiendo todo mi ser en mi comprehensión, en tanto que estoy en pensamiento. Desde que me percibo como acto puro, la materia se volatiliza. No soy un fantasma obsesionado! Mi carne no es más que una matriz sutil de mis pensamientos. Lo que se llama el mundo natural, el mundo de la vida, la ley de la especie, es cine, pero – atención – un cine donde yo encarno mi propio rol. Si yo no aceptara vivir esta forma de psicodrama, sería menos claro a mis propios ojos. Debo aceptarlo todo diciéndome que puedo elegir los roles. A cada instante, sobrevuelo mi vida y puedo cambiar de rol. No es antes del nacimiento, como lo creía Platón, que se elige una manera de vivir, sino viviendo la vida, improvisando en un sobrevuelo un nuevo punto de vista más sabio.

Kant está más cerca de la verdad hablando de la elección trascendental de un carácter inteligible que viene a coronar el carácter empírico. Le faltaba solamente la teoría de la vivencia. Sólo Husserl con su intuición ha podido comprender la idealidad de la vivencia, pero después de demasiado esfuerzo para que sea verdaderamente así que las cosas sucedan. La Consciencia suprema integra con facilidad a su plan los resultados de lo vivido, pero bajo formas de significación sutil. Basta, para tener acceso a ello, de un poco de voluntad. Hay mucho de esto en el inmaterialismo. Sólo una metafísica de la luz permite esta facilidad superior que desafía la ley del trabajo.

André Moreau

Traducido y extractad por Carmen Bustos de
Question de
Editions Ritz.
París.

El Hombre y su Realización

El Hombre y su Realización

El hombre moderno está proyectado fuera de su cuerpo, huye a su interioridad dejando a un lado los conocimientos tradicionales y milenarios para perderse en el torbellino. Es el ambiente que él ha creado y que ahora lo absorbe por entero. A este respecto, la anécdota del filósofo chino Tchuang- Tsé describe muy bien nuestra situación actual:

“Un hombre tenía miedo de la sombra de su cuerpo y le causaba pánico la huella de sus pasos. Para escapar de ello, empezó a correr. Pero, mientras más corría, más huellas dejaba tras de sí y menos su sombra lo abandonaba. Imaginando que tal vez iba demasiado lento, siguió corriendo cada vez más rápido sin permitirse descansar. A causa de tanto esfuerzo, murió por agotamiento. No sabía que para suprimir su sombra, era suficiente colocarse donde no diera el sol, y para evitar las huellas de sus pasos, le habría bastado con quedarse tranquilo. ”

Es solamente la búsqueda de este lugar umbrío y de esta tranquilidad la que permitirá encontrar la respuesta a las verdaderas aspiraciones del hombre moderno y resolver las incoherencias propias a la enloquecida carrera de nuestra civilización. Si es en realidad un asunto personal el acceder a esta sombra apaciguante idéntica al fondo de nosotros mismos, de todas maneras, nos parece interesante llevar esta búsqueda a nivel de escritores, pensadores, filósofos, para que la posibilidad de un desarrollo del ser en el hombre sea además una preocupación central.

Los verdaderos filósofos son hombres de reflexíón y de meditación. Ellos rehusan escindir la filosofía y, por consecuencia, destruírla, dividirla no puede conducir más que a su desintegración. La preferencia dada a la psicología y a la sociología quiebra la unidad de la filosofía y acarrea la desaparición de la metafísica. A este respecto, una vez más, nada es nuevo. El gusano se inflitró en el fruto desde el siglo XIII con la extensión de la escolástica esclerosante.

En una perspectiva tradicional, la filosofía se atiene al descubrimiento de secretos, ella devela, descifra. El filósofo es un vidente, ve por dentro, traspasa la exterioridad de la corteza de la letra. Sabe que el hombre en tanto que microcosmos es una totalidad y que nada está separado. Todo converge hacia un orden, una medida. El hombre, siendo a la vez terrestre y celeste, no lleva en él una oposición sino una jerarquía de niveles. Pero, puede ocurrir que la filosofía, ignorante de la verdadera tradición, se oriente hacia otras salidas. Ella arriesga, alejándose de la sabiduría, a no seguir respondiendo a su nombre. Su tarea consiste en plantear problemas y examinarlos, pero no interesarse en búsquedas que no le atañen. Operando en un constante dualismo, tales como los del cuerpo y del alma, del hombre y del cosmos, ella se dedica a la exterioridad. De ahí el peligro de adherirse a 1as cosas sin, por lo tanto, amar la vida y coger su sentido profundo.

Estamos ahora en un período de transición. No es el primero ni será el último. La novedad consiste en su carácter acelerado, hemos pasado de la diligencia a los Ferrari. Tenemos, por otra parte, una mayor consciencia del hombre y de los peligros corridos por la humanidad. Que el hombre se desacralice, le hace perder necesariamente la vía que conduce a la sabiduría. A esto se debe que la filosofía sea cuestionada tal como lo es el hombre mismo. La dimensión humana es una conquista, ella no se puede realizar más que al interior de la sabiduría o, al menos, de una aproximación a la sabiduría, de una orientación hacia ella.

El hombre privado de raíces, desacralizado, se banaliza. No es más que un personaje sociológico; se aniquila su misterio y sus poderes secretos. Un hombre tal no es más que un producto de un supermercado. La dimensión humana no se puede adquirir sino por la interioridad, que le permite ocupar el lugar que se le devuelve y al que tiene derecho. La prensa, la radio, la televisión, las revistas estilo “Digest”, confieren al hombre un saber horizontal que lo “infla” y que le da la ilusión de un conocimiento que le hace correr el riesgo de creerlo suficiente. De todos modos, se presenta un factor nuevo que me parece esencial. La visión del hombre se extiende – geográficamente hablando – y lo arranca a su confinamiento, el de su familia, su patria, el conjunto de sus pequeñas preocupaciones cotidianas, de sus propias obsesiones. Así, él puede extender su campo de interés y de apertura. Hoy día, son traducidos numerosos textos pertenecientes a tradiciones diversas, que se encuentran en las librerías y pueden consultarse en las bibliotecas. Anteriormente, sólo un historiador de religiones comparadas podía tener conocimiento de las diversas tradiciones. En la actualidad, la lectura de textos provenientes de la China, de la India, del Tibet, del Japón, forman parte de la cultura del hombre moderno. Numerosas obras concernientes a temas esenciales son un aporte precioso que favorece el conocimiento de sí, del cosmos, del Principio Unificador. Estos textos pueden dar una nueva aproximación a la noción del tiempo, del espacio, de la historia y de la metahistoria, de la psicología y de su superación. Hay ahí un enriquecimiento de un valor inestimable.

El pensamiento oriental puede llegar a ser como la crecida de un río, lavando el terreno que inunda, permitiendo así nuevas siembras y nuevas cosechas. Bien entendido que no se trata de confundir el apofatismo cristiano con la vacuidad búdica. No se trata de mezclar las vías sino de comprender que las tradiciones se entrelazan y se complementan. Si la metafísica oriental pudiera enseñar al occidental la importancia de la meditación, la preferencia dada a la contemplación sobre la acción, sería un logro extraordinariamente precioso y nuestra sabiduría encontraría en ello un gran beneficio. El hombre occidental, ligado originariamente a una tradición griega y judeo-cristiana, puede rehusar estos diversos aportes y encerrarse con menosprecio en su fortaleza. O, al contrario, puede recibirlos como una invitación a conocer mejor sus propios origenes y regocijarse de vías que no son las suyas, pero que poseen indudabiemente su propia belleza. Por otra parte, el abanico de conocimientos propuestos al buscador, no le será beneficioso más que en la medida en que, desapegado de diversos autoritarismos, llegue a ser capaz de ponerlos en práctica y decidir por sí mismo su valor.

Sabemos bien, por la Leyenda del Gran Inquisidor, que el hombre mediocre ama la autoridad, que es para él una facilidad. Ciertos instructores venidos del Extremo Oriente y escasos de discípulos, encuentran presas fáciles en occidente. Gracias a su proselitismo, ellos provocan “conversiones”, si es que puede llamarse así a los entusiasmos pasajeros de sus discípulos. Se puede estudiar una metafísica, una religión, sin llegar a transformarse en un adepto incondicional. De todos modos, es normal que “tomar refugio” pueda convenir a muchos individuos incapaces de soportar su soledad. Esta necesidad del hombre de “someterse” a una ética, a una forma de autoridad tranquilizante, no es siempre una prueba de libertad interior, Los autoritarismos, sean políticos o confesionales, son a menudo comparables a sistemas de campos de concentración. Es a propósito que empleo el término “confesional” y no “religioso”. Las diversas formas de intolerancia bloquean al hombre. Reducir adultos a un estado infantil y gregario, o prolongar voluntariamente su inmadurez, me parece grave. Las formas de intolerancia se modifican y pueden cambiar de lado. En este caso los verdugos pasan a ser víctimas y viceversa. De todas maneras, el hombre se “cosifica” cuando es sometido a autoritarismos que se le imponen desde el exterior. Él pierde contacto con sus propias raíces, es cortado de su dinamismo interior, de sus energías. Cuando el hombre no puede oir la voz interior susceptible de guiarlo y de favorecer en él un movimiento creador, pasa a escuchar únicamente las voces exteriores que se imponen a él y lo influencian. Está aislado del cosmos. Habiendo perdido su eje, por falta de unidad, está desorientado, no es más que un robot, un producto artificial. Está “cerrado” respecto a sí mismo y al universo. Es normal que su mente y su corazón sean receptáculos de la polución que fermenta en su interior y que favorece una licencia ilimitada.

Esta polución yace en su mente y en su corazón. Desde el momento que el hombre está poluto, también lo está la naturaleza a su alrededor. Los diversos eventos están presentes en el hombre antes de proyectarse al exterior. “Lo que sucede en el mundo tiene una fuente interior espiritual”, decía Berdiaev. Así el mal que afecta a la naturaleza, al cosmos, está primero en el hombre antes de exteriorizarse. Creo que las relaciones entre el hombre y el cosmos implican lazos extraordinariamente estrechos. Nada puede ser disociado. El hombre mismo es una totalidad, el interior y el exterior no hacen más que uno. Un pseudo-sabio puede presentar una enseñanza de sabiduría y estafar a sus auditores si su vida privada no está de acuerdo con sus dichos. En este caso es como un vendedor que no utiliza los productos cuya explotación promociona. No se se trata sino de charlatanismo. Hombres que se hacen llamar “maestros” y que son impostores.

La verdadera evolución es de orden espiritual, es decir, que se presenta al nivel del espíritu, que es el ápice del alma. Sin embargo, hay que pasar antes por el plano psicológico, a condición de no quedarse allí definitivamente. Es obvio que, por ignorancia de una otra dimensión, muchos individuos quedan fijados ahí. Tomemos un ejemplo: el de la religión. La religión del alma (nivel psíquico) provoca una indiscutible alienación. Ella es autoritaria, considera aquello a lo que da el nombre de verdad como un objeto. Más aún, fabrica un Dios que no es más que un ídolo. En nombre de ese Dios ella juzga, excomulga, masacra, asesina, enciende hogueras. Experimentando la necesidad de etiquetar, de clasificar sistemáticamente, de asegurar a los hombres que se enrolan bajo su báculo, denigra a todos los que son atraídos por lo misterioso y lo sagrado pues se colocan en un nivel que a ella se le escapa. Esta religión del alma niega el mundo del intelecto puro y el mundo intermedio situado entre el intelecto y el mundo sensible. De este modo el mundo sensible pierde su función de reflejar, deja de ser un espejo. Pegada a la historia, al despliegue de eventos lineales, esta religión del alma ignora que los eventos de la historia sagrada deben considerarse al presente en el sentido de las palabras del Apocalipsis: “Vino, viene, vendrá”. Lo que significa que el evento interiorizado está siempre vivo pero que no puede ser captado sino por el superconsciente; el que sobrepasa infinitamente la consciencia psicológica.

La religión del espíritu pertenece a los hombres del Octavo Día, a los de la historia sagrada donde el tiempo está formado por unidades de tiempo discontinuo, para emplear el lenguaje de Henry Corbin. La intelígencia espiritual provoca el despliegue del sentido ínterior. El Octavo Día simboliza la resurrección, cuando lo creado accede a lo increado. Sólo la mirada interior es capaz de una tal visión. La raza de estos hombres, que pertenecen a la religión del espíritu, es la de los profetas, los místicos, los videntes, los sabios, los poetas, todos aquellos que son movidos por su Espíritu Santo, es decir, los iniciados, los iluminados, los que poseen la experiencia de la vida divina, de la unión divina, y que se abstienen de charlar sobre Dios.

Los místicos poseen una experiencia de Dios porque son discretos cuando se trata de hablar de Dios. El Eterno se oculta a fin de ser buscado y encontrado. La expresión quaerere Deum es significativa, porque se puede temer que el movimiento de búsqueda sea tal que exista un riesgo, el de no saber discernir los instantes donde no hay que buscar. El Cantar de los Cantares ilustra ésto. Este canto contemplativo es a la vez el de la búsqueda y el del encuentro. Cuando se ha encontrado, ya no hay nada que buscar. Este encuentro tiene lugar cuando Dios nace en el alma y el alma en Dios. Meister Eckhart ha expresado magníficamente este doble habitar: él es un misterio.

El Vacío como Símbolo: De la Nada al Todo

El Vacío como Símbolo: De la Nada al Todo

El concepto de vacío podría considerarse como un escalafón completo de niveles de significado, desde el más banal hasta el más trascendente, y en el que cada uno de extremos viene a ser como el opuesto aparente del otro. Entre sus acepciones más cotidianas, señala el diccionario: Falto de contenido. Vano, sin fruto. Hueco, falto de solidez. Fatuo, presuntuoso. Falta de una persona o cosa que se echa de menos, etc. En las ciencias físicas, el vacío alude a la ausencia de materia, y aún de aire mismo, lo que constituye un significado similar al del lenguaje común, esto es, a la ausencia de materia, a la oquedad, a lo que puede ser llenado o rodeado con materia, pero que en sí mismo no es más que ausencia, carencia, nada.

Las ciencias humanistas, y en particular la psicología, aplican el término vacío en dos formas generales que vienen a ser extensión de su sentido físico: por una parte, como se señala más arriba, para describir caracterológicamente al tipo humano fatuo, al que vive en la apariencia de sí mismo, al que construye meras fachadas de personalidad sin cultivar su contenido, sin arraigarse en las cualidades reales de su ser, que como tales permanecen inactivas y sin desarrollar. Por otra parte, se emplea para designar la carencia afectiva de lo ausente o perdido, de lo nunca tenido, de lo soñado y acaso nunca conocido, de aquello que podría constituir el sentido, el propósito o la dirección de una vida (por ejemplo, en el llamado síndrome del nido vacío, o en el sentimiento de vacío existencial). Designa ese algo que tan a menudo parece faltar para sentirse pleno con la propia vida, y que puede ser un ideal, una persona, un lugar, hasta pequeñas cosas como un libro, un lugar añorado o la nostalgia de un recuerdo infantil.

La pérdida repentina de una persona amada puede dejar una inmensa sensación de vacío cuando la vida era llenada por esa presencia, y ese vacío del otro, esa ausencia, se hace extensiva a todo lo que rodeara la relación: los lugares compartidos, los objetos que utilizaba, las fechas que conmemoraba, las ideas que expresara, los colores que prefería, la música de su elección, etc. No se reduce a la ausencia del otro, sino a la del otro más todo su mundo, todas sus interacciones con las personas, los objetos, consigo mismo y sus recuerdos, y a las experiencias en común. En este ámbito entonces, el vacío perceptual es infinitamente mayor que la simple falta de un cuerpo físico presente. El otro sigue ahí en todo, y sin embargo, no está. Es una presencia dolorosamente ausente. A dónde huir? dice Marguerite Yourcenar en Fuegos- Tú llenas el mundo. No puedo huir más que en ti. Este vacío no sólo se experimenta como físico, es un vacío simbólico de límites inmensos y omniabarcantes.

En todos estos casos el vacío viene a ser la carencia, el espacio por llenar, lo que falta para que un cuerpo o un ser pueda considerarse o sentirse completo. Así pues, puede designar tanto a una carencia física, material, como a una emotiva, anímica, o espiritual, y es palpable que la carencia vivida como falta de sentido, de propósito, de experimentar el significado de la propia vida, es casi una pandemia en nuestras sobre pobladas ciudades modernas. Los sentimientos de vacío pueden ser agudos, frente a una pérdida (un duelo, el nido vacío, el cese en las funciones laborales), o sin causa determinable. O crónicos, que pueden tener causa conocida pero fijarse en un tiempo prolongado, o bien no tener origen detectable por quien los experimenta, y que se perciben como la falta de algo vago e impreciso, como un anhelo difuso que permea de tristeza o ansiedad la existencia sin que se pueda establecer con claridad el objetivo deseado o la forma de conseguirlo. O bien éste parece completamente inalcanzable por su aparente distancia o por la sensación de la propia falta de herramientas para lograrlo.

Como contrapunto semántico a los sentidos tanto físicos como anímicos del vacío, encontramos la proposición taoísta que parece elevar al vacío a un nivel esencial, como la sustancia de la cosa misma y lo que en definitiva determina su sentido o propósito.

Treinta rayos convergen en el cubo de una rueda,
pero es de su vacío que depende la utilidad del carro.
Modelando la arcilla se hacen vasijas,
pero es de su vacío que depende la utilidad de la vasija.
Se horadan puertas y ventanas para hacer una habitación,
pero es de su vacío que depende la utilidad de la habitación.
En consecuencia,
así como nos beneficiamos con lo que es,
debemos reconocer la utilidad de lo que no es.

(Tao Te King, XI. Lao Tsé.- s. III a.C).

Se puede notar aquí la casi inversión del significado, por cuanto el vacío no es ya la carencia, lo que falta para ser completo, sino lo que otorga el propósito, en este caso, de los objetos señalados. Se podría hacer extensiva esta versión del concepto más allá de los objetos materiales o utilitarios? Por ejemplo, al vacío existencial, o al vacío de algo o alguien en particular? Lo intentaremos dilucidar un poco más adelante.

Antes, destacar que el vacío taoísta sigue siendo lo que no está, la oquedad, el espacio en un sentido físico, pero que constituye sin embargo un espacio dinámico y lleno de propósito, casi se podría decir, de posibilidades de creación, de sentido. No es igual el vacío dentro de la vasija que aquel que la rodea. El vacío interior no es la nada, sino lo que otorga la cualidad al objeto. Es muy interesante el énfasis oriental en el sustrato espacial aparentemente vacío que es el que le otorga sentido a lo que es más rápidamente evidente, especialmente a nuestros ojos occidentales, esto es, la materia visible que conforma el objeto.

Esta visión de lo manifiesto en constante juego con lo inmanifiesto, en el que no es más importante la cosa que el espacio del que surge o que lo rodea, es una constante en el taoísmo, en gran parte del arte oriental tradicional y, si nos extendemos un poco más, en casi toda la música. Las notas musicales son las sonoridades que parecen surgir de un espacio vacío, detenerse, volver a él, dispersarse o concentrarse en él, y no tienen sentido sin el espacio en el que se manifiestan y con el que se alternan. El silencio, en la música, viene a ser como el espacio que le da el sentido, el carácter, a la música misma. Las notas vienen a ser como la voz del vacío. Y del mismo modo las pinceladas en la pintura oriental tradicional, nunca ocupando todo el espacio, de modo de darle semejante protagonismo a lo manifiesto tanto como al espacio en blanco del que surgen, como en un equilibrio dinámico entre lo que es y lo que no es. A veces pareciera que otras formas quieren aparecer en alguna parte sobre el papel de arroz, y en otras, parece que ciertas formas quisieran sumirse en el vacío para desaparecer.

En el budismo, el vacío o vacuidad viene a ser la misteriosa vivencia central motivo de búsqueda de todas las prácticas. Aunque no todos los autores parecen coincidir en los detalles, sí parece haber consenso en considerar a la Vacuidad como la realidad última de la que surge todo lo manifiesto, vacuidad inmutable pero de la que el practicante perseverante puede ir obteniendo experiencias de diverso grado. A través de la meditación el discípulo comienza con el entrenamiento de vaciar su propia mente individual de contenidos, a fin de ser capaz de reflejar la vacuidad mayor, y, si avanza en su práctica, llegar a tener experiencias de gradual participación con la vacuidad absoluta, muchas veces considerada como sinónimo de Nirvana. Se indica que, cuando es alcanzada, desaparece toda dualidad sujeto/objeto, experimentándose como una identidad de la forma y la vacuidad.

Aunque esta sea una experiencia no transmisible y que sólo pueda ser alcanzada por la consciencia, la vivencia de aquellos que la han experimentado parece coincidir entre sí. La vacuidad no como vacío, como nada, sino como sustrato de lo que lo vacío y la forma surgen, en el que lo manifiesto y lo inmanifiesto desaparecen como dualidad. La forma es vacuidad y la vacuidad, forma, dice el Sutra del Corazón. Se alcanza así un sentido de lo vacío como lo absoluto, el sustrato del que el todo surge o es potencialmente creable, la fuente original del que emergen el ser y el no ser, el vacío y la forma.

Estos conceptos, más allá de la lógica racionalista, enriquecen particularmente la visión occidental de tendencia sesgada que privilegia la forma, lo manifiesto, lo desplegado, por sobre el sustrato creador, el vacío, el absoluto sin atributos que genera la totalidad de la manifestación, incluyendo el vacío material. Para el budismo toda forma es un fenómeno transitorio sin existencia independiente pues, al surgir de la vacuidad es, en esencia, la vacuidad misma. En esta visión, finalmente no hay distinción entre realidad y apariencia, entre lo que crea y lo creado, entre lo uno y lo múltiple, excepto en la consciencia del que contempla, que es la que genera la distinción o dualidad, de acuerdo a su nivel de realización. Una vez más, y a diferencia de la acepción materialista, el vacío viene a ser lo opuesto de la nada.

Por contraste, para una gran mayoría del mundo occidental, el vacío, asimilable, como se dijo, a la carencia, a la falta, a lo que necesitaría para (ser feliz, sentirse completo, tener paz, éxito, etc.), es casi sinónimo de dolor y sufrimiento. Probablemente de ahí nuestro énfasis en la forma, en lo tangible, en lo manifestado, al estar tan fuertemente arraigado el que la carencia es sufrimiento, en que el vacío produce dolor. Nos cuesta mucho más percibir la unidad esencial detrás de las apariencias, y buscamos huir del dolor como de la plaga y la muerte, aferrándonos a la forma, a lo que llena el vacío, a lo que ocupa el espacio, e ignorando la plenipotencialidad del espacio mismo, ya sea físico, anímico o espiritual.

Como ejemplo, la pintura occidental clásica no deja lugar al vacío, llena la tela hasta los bordes, la enmarca bien, se asegura de que no quede ningún espacio, ningún dolor, ningún sufrimiento, que la ilusión de lo representado sea total, que quedemos inmersos hipnóticamente en la escena y nos olvidemos del sufrimiento. Una hermosa escena bucólica o palaciega de un Watteau, por ejemplo, no deja ningún espacio a la realidad, nos sumerge en su belleza compacta que niega toda otra posibilidad. Por ese mismo proceso nos ayuda también a ignorar la realidad que es forma y vacío, en su danza de surgimiento y disolución cíclica y constante. Queremos siempre olvidar el dolor y la muerte, tratamos de anestesiarnos a través de llenar los sentidos de forma para olvidar el vacío, para no experimentarlo, para alejar la muerte y la ausencia; los llenamos así de sustitutos. Parece sólo un punto de vista estético, pero que configura nuestra visión de mundo y nuestras ansiedades en una magnitud cuantiosa.

Es difícil estar sereno y en paz cuando la propia visión ignora al menos la mitad de la realidad, que puede ser mucho más de la mitad según la perspectiva desde la que se contemple. Algunas filosofías podrían considerar que la gran mayoría de nosotros intenta ignorar la realidad completa, al aferrarnos sólo a fenómenos transitorios, de la vacuidad absoluta. Hasta los físicos podrían coincidir en lo mismo: cuánta materia hay realmente en un simple átomo? En un sistema solar?

Volvamos entonces a Lao Tsé, y a su declaración de que la esencia de las cosas está en el vacío que contienen. Está pendiente el asunto de si se podría extrapolar esta afirmación a algo más que los objetos. Vamos a arriesgar una hipótesis con pretensiones unificadoras de los diferentes aspectos del vacío hasta aquí considerados. No se trata de una hipótesis científica, sino de una interpretación simbólica, y por tanto, irracional, y acaso translógica.

Psicoterapia Transpersonal

Psicoterapia Transpersonal

Si nuestra ciencia de la salud mental ha de llegar a ser más efectiva, los psicoterapeutas tendrán que equilibrar su conocimiento de las técnicas y conceptos psicológicos con una disposición contemplativa.

La psicoterapia transpersonal, tal como la definen los psicoterapeutas cuya práctica clínica incluye este tipo de trabajo, es el aspecto de la terapia que trasciende los objetivos del ego y conecta lo psicológico con la práctica espiritual. Tradicionalmente, la terapia occidental se ha preocupado sobre todo por la psicodinámica, la modificación del comportamiento y el crecimiento personal. Se ha considerado que una personalidad bien adaptada es sana y se ha ignorado mayormente todo aspecto del ser que trascienda la personalidad. Durante las últimas décadas han aparecido numerosas psicologías del yo cuya meta es ayudar a los individuos a que se adapten a la sociedad y alcancen sus objetivos personales en la vida. Además, las orientaciones existencialistas y humanísticas han asignado un lugar central a la búsqueda de significado y a la indagación de la identidad individual. El mundo interior de la psique ha sido explorado en profundidad por la psicología analítica de Carl Jung y otros. Sin embargo, sólo en la década de 1970 han empezado a interesarse los terapeutas occidentales por la investigación personal de la meditación y de otras técnicas orientadas a la alteración de la consciencia, y a incorporar las técnicas orientales a la práctica de la terapia.

En tanto que el ámbito de lo transpersonal era previamente dominio exclusivo del gurú o maestro espiritual, a los psicoterapeutas que trabajan con el tipo de problemas humanos que ponen en juego los valores, el significado y el propósito se les ha hecho cada vez más evidente que cuando el crecimiento psicológico trasciende la personalidad, plantea invariablemente cuestiones de naturaleza espiritual. Con frecuencia se considera que la psicoterapia orientada a la resolución de conflictos psicodinámicos y al crecimiento personal es una buena preparación para las disciplinas espirituales que se ocupan exclusivamente de los dominios transpersonales del ser. La terapia transpersonal, sin embargo, es un intento de facilitar el crecimiento de los clientes no sólo con vistas a lograr el fortalecimiento del yo y la identidad existencial, sino también, yendo más allá de la identidad del ego, a pasar a los territorios de la realización transpersonal y de la trascendencia.

El dominio de la psicoterapia transpersonal se extiende, pues, más allá de los objetivos y las formas de adaptación que son tradicionales del ego. Aunque se dirige a las necesidades y aspiraciones básicas de éste, como pueden ser la necesidad de auto estima y de consolidar relaciones interpersonales satisfactorias, no se detiene en esto; considera también los motivos, experiencias y potencialidades accesibles a los individuos que ya han alcanzado en su vida un nivel de desenvolvimiento práctico satisfactorio.

En su investigación de esas personas relativamente sanas, Abraham Maslow encontró una amplia variedad de lo que él llamaba meta motivos, por ejemplo los impulsos hacia la verdad, la estética, la auto realización, etc. El prefijo meta, tal como se usa aquí significa algo superior o trascendente e indica que estos motivos están más allá de las necesidades de supervivencia básicas y se extienden a las vivencias de identidad y a modos del ser que no están limitados por las fronteras habituales del ego. Cuando se manifiestan, tales motivos y experiencias son análogos a los que se describen y buscan en las grandes disciplinas religiosas y espirituales, que ahora empiezan a ser comprensibles en términos psicológicos.

Maslow describió de la siguiente manera la correspondencia de los metamotivos con la experiencia transpersonal: Los metamotivos ya no son, por consiguiente, sólo intrapsíquicos y organísmicos. Son igualmente internos y externos. Ello significa que la distinción entre el propio ser y lo que no lo es se ha deshecho (o ha sido trascendida). Ahora hay menos diferenciación entre el mundo y la persona. Esta se convierte en un ser ampliado. Identificar lo que hay de más elevado en el propio ser con los valores supremos del mundo de afuera significa, hasta cierto punto por lo menos, una fusión con lo que no es el propio ser.

Se puede decir, entonces, que la psicoterapia transpersonal abarca una gama de la experiencia humana más vasta que la que constituía en el pasado la preocupación predominante de la psicoterapia en Occidente. Las experiencias o vivencias transpersonales, entendiendo como tales las que extienden la percepción más allá de los límites del ego, forman parte integral del proceso terapéutico. El trabajo pionero realizado por Stanislav Grof sobre la terapia con sustancias psicodélicas durante la década de los sesenta y principios de los setenta fue uno de los primeros indicios de que las experiencias transpersonales se presentaban a la vez como significativas y como terapéuticas, y de que potencialmente estaban al alcance de todos. Además, un número cada vez mayor de personas tenían experiencias transpersonales fuera de todo marco terapéutico, como resultado del difundido empleo de las sustancias psicodélicas o de la
práctica de disciplinas como el yoga o la meditación. Los que encontraban perturbadoras tales experiencias sentían, con frecuencia, que la intervención psicoterapéutica era inapropiada o que iba en detrimento de las experiencias mismas cuando no tenía en cuenta el valor potencial de estas.

Se hizo así cada vez más obvia la necesidad de contar con terapeutas que tuvieran un conocimiento personal de estos campos; y los profesionales que comenzaron a investigar estas disciplinas encontraron en ellas instrumentos útiles para trabajar no sólo con sus clientes, sino consigo mismos. Algunos terapeutas empezaron a incorporar a su práctica regular algunas técnicas meditativas para la relajación y
la concentración. Otros fueron más lejos y empezaron a sugerir la práctica de otras disciplinas, como el yoga, además de la terapia. La apreciación cada vez mayor de la importancia de tratar el cuerpo, las emociones, la mente y el espíritu como un todo coincidió con la aparición de la medicina holista, que a su vez insistía en tratar a la persona entera en vez de centrarse en síntomas específicos.

Aunque la palabra psicoterapia significó originariamente la atención o el cuidado del aliento o el espíritu (alma), ha llegado a estar asociada a la práctica médica. La psicoterapia transpersonal no excluye lo que tradicionalmente se considera mejorar, pero además incluye una amplia variedad de técnicas para trabajar con el cuerpo, las emociones, la mente y el espíritu, tomadas tanto de la psicología oriental como de la occidental. Así pues, un terapeuta transpersonal, al mismo tiempo que trabaja con los sueños y la fantasía puede sugerir que en el curso del tratamiento se tengan en consideración la dieta y el ejercicio físico. Aunque no es probable que haya profesionales expertos en todos los campos, la apreciación del valor del trabajo con el cuerpo, de la meditación y de la atención consciente en la práctica diaria da como frecuente resultado recomendaciones que pueden ser consideradas como adiciones a la psicoterapia, siendo en realidad parte integral de la búsqueda de la salud y el bienestar. Un terapeuta transpersonal puede ser ecléctico en el empleo de diversas técnicas en la terapia, pero el matiz transpersonal de la orientación depende del contexto en que se emplean dichas técnicas. Un contexto transpersonal está condicionado por los valores, creencias, actitudes y puntos de vista sobre la naturaleza humana que adopta el terapeuta como elementos para la práctica de la psicoterapia. De un terapeuta transpersonal se puede esperar, pues, que examine las creencias que determinan la naturaleza de su trabajo.

Un contexto transpersonal ofrece una visión ampliada de la capacidad humana para el bienestar situándola en una perspectiva basada en su relación con los intentos previos de abordar las cuestiones perennes del bienestar psicológico.

Tradiciones espirituales, como el sufismo, pueden enseñarnos sobre la salud mental, especialmente en lo que se refiere al tratamiento de la persona entera, en vez de limitarse al ego o a la personalidad. Se trata de una postura, contexto o marco de referencia particular dentro del cual se pueden emplear diversos métodos. Su enfoque echa los cimientos para una mayor integración de las perspectivas oriental y occidental en lo que al estudio de la consciencia se refiere.

El alcanzar cierto grado de soberanía personal significa reconocer tanto los enormes problemas a que se enfrentan los seres humanos como los pasmosos éxitos obtenidos. Autores como Bugental insisten en el carácter central que asume el proceso en la terapia y llaman la atención sobre la importancia de la relación entre terapeuta y cliente. Mientras hombres y mujeres no acepten su propia naturaleza y se den cuenta cabal de que son autores y no víctimas de su destino escribe – todos sus esfuerzos están condenados al fracaso..

En el intento de abarcar con mayor amplitud la experiencia humana, la psicoterapia transpersonal añade, a los conceptos psicológicos tradicionales de salud, los aspectos asociados a los niveles transpersonales del ser.

Meddard Boss

Extractado por Tatiana Reyes de
Walsh y Vaughan.- Más Allá del Ego.- Kairós

La Sofrología

La Sofrología

Fundamentos:
Esta ciencia, que se dedica a estudiar los cambios de consciencia en el ser humano, fue fundada en España en 1960 por el neuropsiquiatra colombiano Alonso Caycedo. El autor recogió conocimientos y aportes de distintas culturas y ciencias, tanto de Occidente como de Oriente, tales como:

1- Hipnosis. De la cual Caycedo posteriormente se alejó en busca de una mayor autonomía en la relación entre sofrólogo y alumno, dándole gran importancia a la participación activa de este último.

2.- La Fenomenología, del griego fainomerio, que significa aclarar con su propia luz.
Aquí se respeta la identidad del sujeto y del objeto sin que uno sustituya al otro, es decir, hay que vivir el fenómeno sin emitir ningún juicio. De otra forma, podríamos decir que el sofrólogo llega a ser un fenomenalogo que observa y capta la pluridimensionalidad de las cosas. Cada fenómeno, en su pluridimensionalidad, permite ser visto de distintas maneras y a la vez tomar consciencia de la existencia real de lo que no se ve. El posible es tan verdadero como lo que llamamos real.

3.- El griego antiguo. De allí Caycedo nos trae toda la semántica de la sofrología y se interesa particularmente en la terapia con la voz. El sofrólogo utiliza la palabra suave y monocorde para conducir a
la sofronización.

4.- El yoga y el budismo Zen. De estas fuentes extrae elementos y ejercicios que fue seleccionando a través de su propia práctica, nacida en los viajes al Oriente.

El objetivo fundamental de la sofrología está orientado al desarrollo armónico del ser humano y a la transformación positiva de su existencia.

Por medio de la sofronización, que es el proceso que lleva a la modificación de los niveles de consciencia, es factible traer del inconsciente al consciente facultades y aptitudes muy importantes en el proceso de desarrollo y conocimiento de sí mismo.

Cada ser humano recorre cotidianamente tres estados de consciencia: la vigilia (que es el estado de actividad), el sueño, y el nivel alfa o sofroliminal, que está presente al despertar antes de abrir los ojos y justo antes de dormir. Este estado alfa es fácil de lograr, pero lo interesante es alargar este período para obtener el máximo de ventajas, ya que una imagen o sugestión multiplica su fuerza cuando se encuentra en este nivel de consciencia.

El Estado de Consciencia Sofrónica:
Este es el estado buscado por la sofrología, y se caracteriza porque el individuo está en armonía consigo mismo y con el exterior, Posee una gran facultad de adaptación, una profunda consciencia de sus mecanismos internos y la serenidad necesaria frente a los sucesos externos. Está equilibrado fisiológica y psicológicamente. En realidad, buscar o esperar este estado constituye el resultado de toda forma de yoga, meditación o tarea espiritual. El punto extremo de este estado de consciencia es la experiencia liberadora llamada samadhi, nirvana, satori o reino de los cielos, es decir, un estado que traspasa el límite de la sofrología.

Objetivos:
En síntesis podríamos decir que los objetivos básicos de la sofrología, enunciados por su fundador, son:

– El estudio científico de la consciencia humana.

– La práctica de un entrenamiento de la personalidad para desarrollar o conquistar la consciencia.

– La práctica de una disciplina existencial basada en una filosofía humanista y trascendental de la consciencia.

Al ir tras estos objetivos, es necesario partir por redescubrir el cuerpo, ya que en esta era muchos trastornos de la personalidad están a menudo ligados a una corporalidad mal vivida. No debemos olvidar que el cuerpo es la base del triángulo de la personalidad humana. Si ella es estable y sólida se estará en mejores condiciones para comprender los problemas emocionales y, una vez equilibrados los aspectos emocionales, se puede avanzar en la búsqueda interior.

Un segundo aspecto importante es la adaptación al mundo exterior. Con ejercicios de relajación dinámica se crean nuevas respuestas a la agresión del medio, permitiéndole al individuo volver a situarse en su mundo social.

Finalmente, es importante crear una consciencia positiva, re-aprender a sonreír, mirar el mundo con ojos nuevos, suprimiendo el aura negativa que a menudo llevamos a cuestas por experiencias del pasado. Con alegría en el corazón se puede vivir plenamente la vida.

Principios de la sofrología.
Podemos enunciar los siguientes:

1.- El esquema corporal como realidad vivida.
Con frecuencia las personas tienen una imagen corporal falsa o desvalorizada, Hay una diferencia entre la verdadera imagen y la imagen imaginaria y, si esta diferencia es grande, la consecuencia ineludible es un malestar constante. Reconciliar estas dos imágenes nos permite recentrarnos, ser responsables de ella, y más importante aun, liberarnos de la mirada de aprobación del otro para existir en forma natural.

Las técnicas sofrológicas que nos permiten reapropiarnos de nuestro propio cuerpo están basadas fundamentalmente en el sentir la sensación. La progresiva incorporación a la consciencia del esquema corporal aumenta el campo de esta última. De este modo podría decirse que el esquema corporal puede ser considerado como la base misma de la consciencia.

2.- El principio de acción positiva.
Lo positivo existe y hay que darle el lugar que merece. Si hay algo negativo, lo positivo también está presente. Es el Yin-Yang que nos muestra claramente que los opuestos complementarios no pueden existir el uno sin el otro.

En toda circunstancia podemos tratar de ver lo positivo. Es una gimnasia que nos permite relativizar y cambiar el comportamiento. La realidad es subjetiva, ya que ella, en el fondo, no es otra cosa que lo que construimos. De alguna forma el mundo exterior es el reflejo de nuestro propio mundo interior.

Con la sofrología podemos neutralizar el filtro negativo que hemos creado a lo largo del tiempo. Esto es factible de lograr si nos acostumbramos a pensar y sentir positivamente, desdramatizando los problemas y teniendo en cada circunstancia la atención y la mirada ingenua, como si fuera la primera vez.

3.- El principio de la realidad objetiva.
Buscar lo positivo no significa taparse los ojos a la realidad. Generalmente apreciamos esta realidad según nuestro marco de referencia educacional y cultural. En este caso es necesario no quedarse en las apariencias, sino que debemos ir a la realidad profunda, con las manos desnudas, como lo plantea la fenomenología.

La realidad objetiva nos permite conocer nuestros deseos más allá de los miedos y los deseos superficiales, así podremos llegar a ser más eficientes y más justos. Ver las cosas como esperamos que sean no es más que una ilusión, verlas como son nos impide decepcionarnos, a la vez que nos permite una adecuada adaptación. De esta forma podremos ser autónomos en nuestros comportamientos, libres de nuestras pasiones, miedos y exaltaciones.

Niveles del trabajo sofrológico:
Estas demarcaciones, como en todo trabajo de crecimiento, de ninguna manera son rígidas, sino que, por sobre todo, representan esquemas de ordenamiento, ya que para todo aquel que ha caminado en la búsqueda de sí, no es novedad lo variado y personal que es el camino.

Primer Nivel o Físico:
Este nivel es el más conocido y practicado y es el que corresponde a todas las técnicas de relajación del cuerpo y las percepciones de este. Además de la relajación estática, tenemos el extenso campo de la relajación dinámica, que desarrolla la sensorialidad a partir de la práctica de ejercicios nacidos del Hatha Yoga. A este nivel también pertenecen todos los ejercicios de percepción y visualización orientados al conocimiento y aceptación del cuerpo, ya que muchos trastornos de la personalidad están ligados a la corporalidad mal vivida. Esta auto visualización – extraída de antiguas técnicas tibetanas – nos ayuda a modificar actitudes y logra resultados impactantes a nivel fisiológico, por eso también es de gran uso en la rehabilitación física posterior a traumatismos y enfermedades, así como también en los casos de obesidad.

Segundo Nivel o Emocional:
En este campo tan fluido y cambiante se privilegian los sentimientos agradables, ya que la sofrología postula que si se parte de sentimientos positivos es más fácil enfrentar la realidad en buena forma.

Los modernos sistemas de comunicaciones nos llevan a vivir en una Aldea Global , lo que nos permite tener acceso a toda la información planetaria; pero, a la vez, la imposibilidad de actuar eficazmente frente
a la proliferación de noticias catastróficas, da lugar a una angustia que a menudo nos paraliza y nos lleva
a desconocer nuestro propio rol de célula del mundo.

Si realmente reconocemos que cada uno de nosotros es el mundo y no estamos aislados de él, podremos tomar consciencia de que para cada uno existe la posibilidad del cambio de conducta. Así, cada emoción negativa que dejemos atrás en nuestro proceso de transformación positiva, será una cuota de aire limpio
en ese mundo gris. La suerte, el éxito, y todas esas profecías que en algún momento nos pueden parecer inalcanzables, están directamente relacionadas con nuestra capacidad de cultivar lo positivo.

Tercer Nivel o de la Intuición:
Aquí nos enfrentamos a un campo de posibilidades muy amplio, ya que no encontraremos las fronteras limitadas de la materia sino que podremos acceder a otros niveles de consciencia. A este nivel tenemos la posibilidad de reconstruir el pasado en forma positiva a partir de un trabajo de activación del mismo, constituido por los acontecimientos positivos. Estos, aunque descoloridos, siempre están presentes entre los recuerdos negativos.

Más adelante, el campo es mayor aun, ya que por el uso de visualizaciones, imaginería y trabajos con mandalas, se van produciendo nuevas aperturas de consciencia que tienen manifestaciones muy individuales, las que, en general, se refieren al acceso a experiencias místicas personales y, por sobre todo, a un acercamiento a la meditación.

Cuarto Nivel o Trascendental:
A este nivel ya no hay fronteras de ningún tipo, es más abstracto y poco se puede comentar sobre él, ya que los ejercicios son mínimos y corresponden a aquellos aportados por la fenomenología. El hombre se abre hacia lo cósmico y aparecen esas experiencias inolvidables e indescriptibles tan ardientemente deseadas a cierto nivel de consciencia, como las de totalidad, unicidad o, más abstractamente, un acercamiento a lo insondable….

Conversación con Jean-Marie Isch:
Su mirada está tocada por la poesía cálida de los pequeños pueblos de Francia, como aquel en el que nació; pero también convergen en ella los misterios colectados a lo largo de los viajes llenos de contacto humano y de aquellos paisajes más primigenios de sus búsquedas místicas y de desarrollo personal.

Su trabajo como orientador espiritual y social en diferentes comunidades le hizo tomar contacto con el dolor humano en todas sus formas e intensidades. Pronto se dio cuenta de que sus herramientas eran escasas y que existían innumerables trabas de tipo burocrático que limitaban las posibilidades de ayuda significativa frente a las grandes necesidades. Este impacto removió muchas cosas dentro de él, haciéndosele imperativo ampliar sus propias fronteras en busca del conocimiento de sí. Comprendía que, sólo partiendo de su propio desarrollo personal, sería capaz de entregar elementos válidos a los otros. Así fue como tomó contacto en París con esta nueva ciencia, la que, además de dar respuestas a sus innumerables interrogantes, lo sorprendió por su dinámica y por los rápidos resultados en pro del mejoramiento de las condiciones de vida. Es impresionante cómo en pocas sesiones se pueden ir manifestando cambios visibles, por ejemplo, el aumento de la imaginación, de la memoria, del deseo de hacer algo. También permite una mayor concentración, aumento de la sensibilidad, una recuperación y dinamización energética, lo que finalmente se traduce en frecuentes y progresivas aperturas de consciencia.

Como se trabaja a nivel de la consciencia, para Jean-Marie es claro que por medio del trabajo sofrológico
es posible tener excelentes resultados en cualquier ámbito. Reconoce el gran impacto en el campo de la educación, donde el trabajo con los niños es de gran rapidez, sobre todo en aquellos que demuestran una palpable falta de interés o imposibilidad de concentración. Ayudar tempranamente a un individuo a ser él mismo es algo maravilloso porque, al mismo tiempo, se está haciendo una gran contribución a la sociedad. Sólo siendo ese ser único que se está destinado a ser, se tendrá la capacidad de asumir su verdadero lugar en beneficio de la armonía de la humanidad.

El Amor Consciente

El Amor Consciente

Generalmente, solemos considerar que las relaciones íntimas son adecuadas cuando satisfacen nuestras necesidades de amistad, seguridad, sexo y autoestima. Sin embargo, si aspiramos a convertir nuestras relaciones en un sendero – un sendero sagrado – nos veremos obligados a ampliar nuestra perspectiva y a asumir una visión más comprehensiva que, incluyendo todas esas necesidades, no se halle, sin embargo, circunscrito a ellas. Nuestro tema tiene que ver con el cultivo del amor consciente, de ese amor que puede inspirar el desarrollo de una consciencia más expandida y la evolución de las personas implicadas.

Sin embargo, no debemos demostrarnos demasiado idealistas porque las relaciones íntimas nunca funcionan a un solo nivel. Vivimos simultáneamente en diferentes niveles y cada uno de ellos tiene sus propias necesidades concretas.

Niveles de conexión

El vínculo más primario que podemos encontrar en la pareja es la necesidad de una fusión simbiótica originada en el deseo de alcanzar el alimento emocional del ego del que carecimos en nuestra infancia. Obviamente, esto es algo por lo que atraviesan muchas parejas que, cuando acaban de conocerse, atraviesan una fase simbiótica que les lleva a cortar temporalmente otras actividades o amistades y a pasar la mayor parte del tiempo juntos. El estadio simbiótico de una relación puede así contribuir a que ambas personas lleguen a establecer un profundo vínculo emocional. No obstante, si la simbiosis se convierte en la principal motivación de la relación o si perdura demasiado tiempo, termina convirtiéndose
en un factor limitador que establece una dinámica paterno (o materno)-filial que limita el rango de expresión e interacción de ambas personas, destruye los roles masculino y femenino de la relación y termina creando pautas de comportamiento adictivas.

Más allá de la necesidad primitiva de fusión simbiótica, el deseo fundamental que aparece en una relación es el de compañerismo, un deseo que puede asumir formas más o menos sofisticadas. El compañerismo constituye un ingrediente esencial de toda relación, pero ciertas personas, sin embargo, parecen no desear nada más de su pareja.

Otro nivel posterior de relación es el que se establece en el caso de que los amantes no sólo compartan las actividades y la compañía del otro sino que también tengan intereses, objetivos y valores parecidos. Así pues, cuando una pareja empieza a crear un mundo común podemos afirmar que ambos se adentran en el nivel de la comunidad, un tipo de relación que, al igual que el compañerismo, constituye una forma terrenal y concreta de relación.

Sin embargo, más allá del hecho de participar de los mismos valores e intereses del otro, se encuentra el nivel de la comunicación, un nivel en el que somos capaces de compartir todo aquello que ocurre en nuestro interior, es decir, todos nuestros pensamientos, expectativas, experiencias y sentimientos. Establecer una buena comunicación es una tarea mucho más difícil que tratar simplemente de crear una situación de compañerismo o de comunidad. Este nivel requiere que cada miembro de la pareja sea totalmente sincero al expresar lo que ocurre en su interior y tenga el valor suficiente como para superar los inevitables obstáculos que aparecen ante cualquier intento de compartir dos verdades diferentes. La buena comunicación es, con toda certeza, el elemento más importante de cualquier relación cotidiana sana.

Un nivel todavía más desarrollado de la comunicación es la comunión. Más allá del hecho de compartir los pensamientos y los sentimientos existe el reconocimiento profundo del ser de otra persona, un reconocimiento que suele descubrirse en el silencio, tal vez mientras miramos a los ojos de nuestra pareja, estamos haciendo el amor, paseando por el bosque o escuchando música. Es como si, de pronto, nos sintiéramos percibidos y conmovidos en aquel núcleo profundo del ser que trasciende a la personalidad. Seguimos siendo plenamente nosotros mismos pero, al mismo tiempo, estamos completamente en contacto con nuestra pareja. Este tipo de relación es tan extraño y sorprendente que no suele pasar desapercibido. Por otra parte, aunque la comunicación pueda ser fruto de un trabajo deliberado, la comunión, por su parte, es completamente espontánea y se encuentra más allá de nuestra voluntad. La comunicación y la comunión son formas de actividad más profundas y sutiles que la compañía y la comunidad y tienen lugar, respectivamente, en el nivel de la razón y en el del corazón.

La profunda intimidad de la comunión puede alimentar el anhelo a superar completamente la dualidad, una aspiración, en definitiva, por lograr la unión completa con la persona amada. No obstante, aunque este anhelo expresa una necesidad auténticamente humana, se dirige, en realidad, hacia lo infinito, lo absoluto y lo divino. Pero cuando este deseo de unión definitiva permanece ligado a una relación concreta suele terminar creando problemas y reduciendo nuestra aspiración por la realización espiritual a la idealización, a la inflación psíquica y a la adicción. La forma más adecuada de orientar nuestra aspiración hacia la unión consiste en una práctica espiritual auténtica – como la meditación, por ejemplo – que nos enseñe a ir más allá de la mente dicotómica en todas las áreas de nuestra existencia. Así pues, aunque apunten en esa dirección, las relaciones íntimas pueden alentar este tipo de prácticas pero jamás pueden llegar a sustituirla.

Toda relación tiene áreas más o menos intensas, a lo largo de este continuo de conexión. Las parejas que comparten una relación profunda de ser a ser, que mantienen un buen nivel de comunicación, que tienen intereses y valores comunes y que disfrutan naturalmente de la compañía del otro, logran establecer un equilibrio ideal entre el cielo y la tierra, por así decirlo. La sexualidad, por su parte, puede operar en cualquiera de estos niveles: como una forma de unión simbiótica, como compañía corporal, como un ejercicio compartido, como una forma de comunicación o como una comunión profunda.

El amor consciente sólo aparece cuando ambas personas logran establecer una comunión esencial que trasciende a la personalidad. En esos momentos de comunión, estamos simultáneamente en contacto con nuestra propia esencia y con la esencia de nuestra pareja y, sin embargo, seguimos siendo individualidades separadas. Por más próximos que nos hallemos nunca podemos llegar a compartir plenamente nuestros mundos ni a saber del todo cómo son las cosas para la otra persona. Así pues, aunque podamos compartir ciertos momentos fugaces de unidad en los que nuestra esencia permanece en contacto, la unión completa siempre estará fuera de nuestro alcance.

No existe modo alguno de retener a otra persona ni de poder usar la relación como una forma de escapar de la soledad. Nuestra pareja es sólo un préstamo temporal que nos concede el universo, un préstamo que ignoramos cuándo se nos reclamará. En el fondo de la devoción a otra persona anida la dulce y melancólica plenitud de un corazón que sólo anhela desbordarse.

La soledad es, a fin de cuentas, lo que nos impulsa a salir de nosotros mismos. Por consiguiente, no es necesario que nos aislemos porque la soledad como simple presencia, es lo que compartimos con todas las criaturas de la tierra, es el trasfondo del que brotan todos los tesoros: un anhelo desbordante que nos hace salir de nosotros mismos, escribir un poema, componer una canción o crear algo hermoso.

Cuando valoramos nuestra soledad podemos ser nosotros mismos y entregarnos más plenamente. Entonces ya no necesitaremos que los demás nos protejan o nos hagan sentir bien sino que, en lugar de eso, estaremos en condiciones de ayudarles para que sean ellos mismos. El amor consciente sólo puede brotar como el fruto maduro de un corazón herido.

Todas las tradiciones espirituales coinciden en afirmar que la persecusión de nuestra propia felicidad no conduce a la verdadera satisfacción porque los deseos personales se multiplican de continuo generando nuevas frustraciones. La verdadera felicidad – la que nadie puede arrebatarnos – emana de la apertura de nuestro corazón, de su proyección hacia el mundo que nos rodea y se complace con el bienestar de nuestos semejantes. Si queremos preocuparnos por el desarrollo y la evolución de las personas a las que amamos es necesario poner en funcionamiento las capacidades más profundas de nuestro ser y evolucionar nosotros mismos. La evolución exige la puesta en marcha de todas nuestras cualidades.

Así pues, todas las dificultades propias de las relaciones constituyen, en realidad, una oportunidad excepcional: descubrir el camino sagrado del amor cuya llamada nos alienta a cultivar la plenitud y la profundidad de nuestro ser.

La otra orilla del amor

El logro más elevado del amor, el amor consciente, encamina a los amantes más allá de ellos mismos y los lleva a conectar plenamente con la totalidad de la vida. En realidad, el verdadero amor carecerá de espacio para desarrollarse hasta el momento en que se proyecte hacia el exterior. El punto más elevado de la relación amorosa apunta al logro de un sentimiento de hermandad con toda forma de vida, lo que Teilhard de Chardin denominaba “amor por el universo”. Sólo de este modo podrá el amor – como afirmaba Teilhard – “convertirse en luz y poder ilimitados”.

El sendero del amor se propaga en círculos. Comienza en el hogar, encontrando nuestro sitio, haciéndonos amigos de nosotros mismos y descubriendo que, bajo la confusión y el engaño de nuestro propio egoísmo, se esconde la riqueza intrínseca de nuestro ser. Cuando llegamos a establecer contacto con esa plenitud fundamental que anida en nuestro interior descubrimos que tenemos mucho más que ofrecer a nuestra pareja de lo que anteriormente imaginábamos.

Cuando dos personas se preocupan por el desarrollo de la consciencia y el espíritu de su pareja tienden naturalmente a compartir su amor con los demás. Y, de este modo, las nuevas cualidades emergentes – la generosidad, el coraje, la compasión y la sabiduría, por ejemplo – se extienden más allá del círculo de su propia relación. Estas relaciones son el “hijo espiritual ” de la pareja, lo que su unión puede ofrecer al mundo. Una pareja florecerá, pues, cuando su visión y su actividad no se centren exclusivamente en ellos mismos sino, por el contrario, cuando sean capaces también de incluir a la comunidad de la que participan.

Pero, como señala Teilhard de Chardin, el amor entre dos personas puede expandirse todavía más. Cuando más profunda y apasionadamente se ame una pareja, mayor será su preocupación por el estado del mundo en el que viven, más conectados estarán con el planeta y, en consecuencia, se ocuparán de cuidar del mundo y de todos los seres que necesiten su ayuda. El logro máximo y la más plena expresión del amor se alcanza cuando éste llega a abarcar a toda la creación enriqueciendo y fortaleciendo entonces, a su vez, la vida de la pareja. Este es el gran amor y el gran camino que nos conduce hasta el mismo corazón del universo.

John Welwood

Extractado por Farid Azael de
Trascender el Ego
Edición de Roger Walsh y Frances Vaughan
Kairós.