El Cambio de Vida

El Cambio de Vida

El cambio de vida, o proceso de individuación, es una posibilidad psíquica innata, pero su desarrollo representa tanto una bendición como una pesada tarea. Es una bendición porque la persona aprende a vivir más armoniosamente sobre la base de una mayor comprensión; pero es una pesada tarea porque ese enriquecimiento interno hay que ganarlo muy duramente. Según la Dra. Jacobi, la consecuencia inicial es que el individuo se libera premeditada e inevitablemente de no ser más que un rostro entre la gente-masa, inconsciente de sí misma. Esto conlleva el aislamiento, pero también la fe en el propio camino. Se convierte en un solitario, es una individualidad que, consciente de su destino interior, emprende su camino de un modo positivo.

No resulta sorprendente que la mayoría de las personas se atemorice ante las tensiones y las dificultades inevitables asociadas con este proceso y elijan, por lo tanto, la línea del menor esfuerzo limitándose a enfrentarse a sus necesidades biológicas y materiales. Muchos se dejan absorber por la búsqueda de la felicidad sin pensar que ella considerada como sensaciones placenteras tan continuas e intensas como sea posible no es la finalidad destinada al hombre al ser creado. El verdadero propósito de la vida es una tarea que continúa hasta el final: el desarrollo del ser humano del modo más completo posible. Esto produce algo de valor inestimable e imperecedero, es la paz interior, y con ella, la forma más alta de felicidad.

Quienes han prestado la atención debida a sus impulsos interiores, sienten con claridad en un momento dado que necesitan convertirse en ellos mismos. Hasta entonces se han preocupado de su profesión, su familia, la educación de sus hijos; en suma, de las necesidades de la vida cotidiana. Esta es una fase esencial del desarrollo humano, ante todo tenemos que saber actuar adecuadamente en el mundo externo. La profundización de la vida interior se produce después, en la segunda mitad de la vida. La edad en la que se inicia este anhelo de encontrarse consigo mismo es alrededor de los treinta y cinco a cuarenta años. Es la época en que las dificultades y fallas inherentes al modo de vida adoptado hasta entonces se dejan sentir, habiendo que superar barreras levantadas en años anteriores. También es la época en que problemas que han sido ignorados (consciente o inconscientemente) exigen alguna solución.

Estos problemas pueden estar tanto en la casa como en el trabajo. Pueden surgir dificultades en la familia porque los hijos ven poco al padre, que se halla bajo una constante presión de trabajo; continuar con la actividad laboral que se tiene puede traer muchos dolores de cabeza. Hay que hacer un intento para llegar a las fuentes psíquicas de las tensiones y sopesar circunstancias que hasta entonces se han subestimado, buscando alguna esperanza de comportarse mejor en el futuro. Resulta necesario eliminar todo lo que no pueda tener un buen uso en el entorno y todo lo que resulte decadente en la psiquis. En esta época, algunas personas pueden tener una crisis nerviosa. Sin embargo, para muchas otras es la oportunidad de ampliar su gama de actividades.

Se siente la necesidad de un cambio, de romper con lo viejo a fin de saborear lo nuevo y también de poner de relieve la propia individualidad. Jung describe así el proceso de crisis que conducirá a un cambio de vida: Entre los treinta y cinco y los cuarenta años observamos los preparativos para un cambio significativo en la psiquis humana. Al principio, este cambio tiene lugar de un modo inconsciente y apenas perceptible. Incluso síntomas indirectos del cambio se hacen apenas presentes, porque él surge gradualmente del inconsciente humano. Hay a menudo una alteración gradual en el carácter de la persona; en otros casos se exhiben algunos rasgos que se habían perdido en la niñez.

La persona empieza a formarse una posición más influyente en la sociedad. Pareciera como si al final lograra entender las cosas, como si estuviera siguiendo el curso adecuado por la vida con los principios e ideales correctos. El peligro introducido por estas ideas y convicciones personales es que, con gran frecuencia, quien las tiene las considera de aplicación general y, por lo tanto, puede introducirse no sólo una cierta rigidez de actitud hacia sí mismo y los demás, sino también una tendencia a considerar esas ideas como algo irrebatible en este mundo todavía en proceso de cambio. Una nueva consecuencia es que no se siente inclinado a prescindir de estos valores cuando cambia su psiquis. Por esto, en el período relativamente plácido que se produce entre los treinta y ocho y los cuarenta años es posible que sus valores, su actitud moral y sus opiniones se cristalicen de tal modo que interfieran en el camino del nuevo desarrollo, comportándose como un estorbo. Por desgracia, es muy probable que esta persona establezca un esquema de pensamientos y conducta casi inflexibles.

Puede darse que en este período el individuo se sienta mucho mejor y piense que aún la vida tiene mucho que ofrecerle. Algunos simplemente perciben las corrientes de la parte inconsciente de su psiquis, la que puede emerger en los sueños y desempeñar su parte en la preparación para el difícil aunque creativo y formativo período por el que pasa la persona. Una vez más, ella se enfrenta a la elección de ponerse de acuerdo con su desarrollo interior o retroceder hasta los valores que le fueron de utilidad en épocas más juveniles.

Aunque en las mujeres los síntomas de la menopausia aparecen por término medio alrededor de los cuarenta y siete años, los primeros signos de la crisis se presentan en la psiquis mucho antes, entre los cuarenta y los cuarenta y dos. Estos síntomas mentales no se limitan en absoluto al sexo femenino. Por el contrario, los hombres sufren también de cambios psíquicos entre los cuarenta y dos y los cuarenta y siete años, y en ambos sexos este período merece el nombre de cambios de vida. Hablaremos sobre todo de los cambios de vida psíquicos asociados con esta época de la vida, más que de los detalles fisiológicos de la menopausia.

No todo el mundo experimenta conscientemente estos cambios. Hablando en términos generales, podemos distinguir dos grupos, aunque evidentemente haya numerosos subgrupos intermedios. Los del primer grupo se adaptan gradualmente a otras perspectivas de vida y apenas son conscientes de los cambio interiores, experimentando simplemente este período como difícil. Las cosas no resultan tan bien como de costumbre, pero no se preguntan por la razón de ello. Los del segundo grupo son más conscientes de lo que les está sucediendo y en términos generales sufren por ello mucho más. Sin embargo, se hallan en posición de aprender mucho, especialmente en relación a sus deseos e impulsos interiores. Llegan, o pueden llegar, así a una perspectiva más consciente y armoniosa, lo que es uno de los objetivos del proceso de individuación inherente a la vida.

Es difícil predecir cómo va a reaccionar alguien ante los cambios interiores. En gran parte dependerá de la actitud consciente y del modo en que han sido asimiladas las experiencias previas; incluso de si ha habido o no capacidad o voluntad de asimilarlas. Cuando menos preparada esté una persona para este cambio, más se verá afectada por él, siempre que se produzca realmente y la persona no esté estancada en un estado infantil o adolescente. En este caso terminaría en una neurosis crónica.

Al final de la tercera década y comienzos de la cuarta, la vida suele recorrer líneas fijas en todos los aspectos. La familia está creciendo, la posición social está asentada, la persona se halla establecida en su trabajo o profesión y tiene su lugar en el mundo. En suma, la fase de alcanzar las metas externas casi se ha completado. En esta época, la gente se pregunta porqué sigue haciendo las cosas que hace, a que propósito sirve su vida, etc. Gradualmente, va sintiendo que en la vida tiene que haber algo más que la simple satisfacción de las necesidades básicas. Con el crecimiento de la incertidumbre interior llega la comprensión de que se ha experimentado muy poco en la vida y de que es mucho lo que uno se ha perdido.

Especialmente en los hombres, se produce una notable reducción en los deseos sexuales hacia los cuarenta y dos años, fenómeno estrechamente vinculado con el proceso biológico y psicológico del ser humano. Los sentimientos de devaluación y ansiedad que esta reducción de la potencia o del deseo sexual pueden despertar, son a menudos el origen de todo género de compensaciones en esta época de la vida. Serán intentos espasmódicos de demostrar que uno sigue perteneciendo a la generación más joven, que se sigue siendo alguien con quién se puede contar, etc. No en vano se da a este período el nombre de segunda juventud.

Por los sentimientos de incertidumbre, con las sobrecompensaciones resultantes y la inclinación a prestar atención a esa voz interior que habla de desarrollo continuo, una persona puede abandonar su rumbo durante un tiempo y vagar a la deriva en un océano de sentimientos difusos y ansiedades. Los cuestionamientos, cada vez más importantes, concernientes al significado de la vida y al propósito de las propias actividades, contribuyen considerablemente a este estado de cosas. Las consecuencias usuales son las perturbaciones psíquicas y psicosomáticas, todo tipo de enfermedades, divorcios, cambios de ocupación, cambios de casa y de ciudad, pérdidas financieras, etc.

Estos son sólo algunos de los numerosos acontecimientos que se producen más o menos repentinamente en esta época de la vida. Si se han experimentado pocas dificultades en la crisis de la pubertad, hay buenas posibilidades de que a los cuarenta y dos años la persona pierda totalmente el equilibrio. Es decir, cuando el ego está poco desarrollado tendrá la sensación de que sus actividades se hallan sometidas a impulsos arbitrarios e incontrolables, a pesar de ser bien consciente de toda la situación. Por el contrario, si el ego está firmemente anclado en la psiquis, la persona descubre en este período que todos los factores reprimidos del inconsciente personal se combinan para formar una única y significativa contraparte a la psiquis consciente desequilibrada. Esto puede producir perturbaciones psíquicas que en algunos casos serán muy graves. En esta fase de la vida se paga el precio de haber elegido una identidad negativa o de haberla elegido en una época muy temprana de la adolescencia.

Los síntomas de la crisis pueden mostrarse durante varios de los años siguientes. Los arquetipos del padre y de la madre empiezan a desempeñar un nuevo papel internamente. Lo ideal es que en esta época de la vida ya no se unan a los padres reales. Sin embargo, no es así, Jung ha encontrado una y otra vez a personas que se identifican mucho más con la juventud que se les escapa cuando sus padres están vivos que cuando están muertos. Cuando los padres viven aún, hay mayor probabilidad de que se reproduzcan en una etapa tardía de la vida los procesos psíquicos retrasados. He observado principalmente esta situación en los casos en que el padre sobrevivió durante mucho tiempo. Después de la muerte del padre, se produjo una transición precipitada y casi catastrófica hacia la madurez, escribe Jung.

Los arquetipos del padre y de la madre, que contienen en esencia la dualidad de la vida en la propia psiquis, han exigido una transformación gradual en los años anteriores. Sin embargo, esta transformación sólo puede producirse cuando uno sabe cómo encontrar un objetivo equilibrado en la segunda mitad de la vida: problema que parece resumir la crisis. Los cambios psíquicos que han estado produciéndose interiormente surgen ahora a la consciencia con trastornos nerviosos asociados, inclinaciones destructivas, reducción de la actividad y sensación de que nada sirve para nada. Los síntomas típicos son las depresiones, el aumento de la inestabilidad, la ansiedad y en el hombre problemas por la potencia sexual, todos los cuales empeoran cuando no se está preparado para enfrentarse al hecho de que los ideales juveniles no se ajustan ya con las condiciones de vida.

Error y Mentira

Error y Mentira

Desde que surge la conciencia de su estar en el mundo, el hombre comienza a “hacer su vida”, esto es, lo que va a “Ser”. En este “hacer”, por la esencia de su Ser verdadero, el hombre yerra, pero el “error” en él
se muestra como elemento básico y fundamental para una vida humana. Que el error sea propio de la esencia de su Ser verdadero? Imposible ! En nuestra sociedad el error es sentido como algo negativo y hasta diabólico que se da en el hombre. Veámoslo:

1.- El error en el hombre procede de la ignorancia, polo contrario de la sabiduría. Cuando alguien nada sabe tampoco yerra como ocurre al animal. No llega a ser sabio quien no puede errar.

2.- Del error también resulta el dolor, que es el más poderoso estímulo que empuja al hombre a buscar y descubrir la verdad y, como consecuencia, a corregir la acción equivocada.

3.- La vida humana, es un camino que oscila entre el errar y el acertar. El primer paso en ese camino es el de errar y el segundo que es la consecuencia del primero, es el de acertar. De esa manera, si el error no es confundido con la mentira, el hombre crece, progresa y madura.

4.- No hay desarrollo, ni maduración para quien no yerra, porque el saber en el hombre tiene su origen en la captación, por el contraste, de los polos de realidades que la objetividad de la consciencia ha dividido en dos. En nuestro caso lo captado son los polos del errar frente al acertar.

5.- Sin embargo, no basta errar para acertar y, menos aún, para alcanzar la certeza de la verdad que conduzca a progresar, desarrollarse y madurar. Para este último efecto lo aprehendido no basta. La verdad que sustituya el acto equivocado debe además ser confirmada por el dolor adicional que trae.

6.- Desgraciadamente en nuestra sociedad no acostumbramos a aceptar el error cuando incurrimos en él
y, por el contrario, procuramos y ponemos todo nuestro empeño en negar el hecho y ocultarlo, o bien, defender y encontrar los mejores argumentos para justificarnos del acto errado. Nuestra conducta revela que creemos que incurrir en error nos desprestigia, nos despoja de valor y nos hace despreciables y/o dignos de castigo. Sin embargo, la mentira con que se excusa el error, se acepta, no se repudia, no se castiga y no se estima que desprestigia.

7.- Cúal debería ser nuestra actitud frente al error y que lugar debería éste ocupar en la vida para la consideración de los valores que la sustentan para nuestro progreso, desarrollo y maduración y para dar sentido a la vida y cumplir nuestro destino?

La respuesta obvia a la hipótesis planteada en un comienzo debería ser: aprender a reconocer los errores en razón del dolor, las preocupaciones, las angustias, y todo aquello que nos incomoda de cualquier manera; acostumbrarnos a no ocultarlos, a reconocerlos y, finalmente a rectificarlos. Ese cambio de actitud es el que debemos propiciar y conseguir. Constituiría el más grande de los adelantos a que puede aspirar
el hombre de nuestra época tanto en lo moral, como en lo espiritual y en lo pragmático. Debería ser el fundamento más sólido de la educación y de las exigencias públicas y privadas. La mentira y la falsedad en cualquiera de sus formas en la vida privada o pública en cambio, deberían ser las repudiadas y las castigadas.

Mario Fernández
La Búsqueda del Equilibrio Emocional

La Búsqueda del Equilibrio Emocional

Hay un principio filosófico que dice El hacer sigue al ser, lo que significa que primero está el ser humano como tal y luego lo que puede realizar en su vida. Sin embargo, desde su primera infancia, el niño empieza a ser enseñado sobre lo que debe hacer, y el hacer será su objetivo predominante en la vida. Lógicamente, esto no tiene nada de malo, al contrario, cada ser humano necesita aprender alguna actividad que le garantice el realizar su propio proyecto de vida.

Pero, nos preguntamos basta una profesión, un oficio, o sencillamente saber hacer algo para ser feliz? Quienes lo logran no han olvidado algo muy importante, cuidar con el mismo empeño a su propio ser. Es decir, consideran que primero son personas, con inteligencia, sentimientos, emociones, anhelos, deseos de superación, etc., que necesitan ser tomados en cuenta para darle un objetivo real a ese quehacer diario. Así logran evitar que se produzca esa sensación de hastío y de cansancio después de un día de trabajo abrumador.

Cómo cuidar entonces a este ser humano que tanto lo necesita? Ya que está compuesto de una parte material y otra espiritual, tiene que cuidar tanto su cuerpo como su alma y su espíritu. Sabemos que la salud del cuerpo es muy importante, pero también lo es – y muchísimo más – la del alma, o psiquis, junto con la capacidad trascendente del espíritu humano.

En el mundo en que vivimos, por largas épocas se ha sobrevalorado una de las facultades de la psiquis: la inteligencia racional o intelecto, con el consecuente descuido de la parte afectiva y volitiva del hombre. No se ha dado la misma importancia al conocimiento de los sentimientos, emociones y pasiones, y a lo que significa la voluntad en el ejercicio de la acción humana. Son innumerables las estadísticas sobre el C.I. (coeficiente intelectual) de miles de personas para determinar la capacidad de seguir determinado tipo de estudios. No se puede negar su utilidad; pero se hace cada vez más evidente que un alto C. I. no garantiza el éxito en la vida si no se tiene el mismo aprecio por lo que hoy se ha llamado la inteligencia emocional.

El autor, Daniel Goleman, ha tenido un éxito sorprendente con su libro La Inteligencia Emocional, donde revoluciona el concepto de inteligencia diciendo que en su aspecto emocional garantiza un mayor bienestar en la vida. Nos parece que este best-seller está dando respuesta a ese anhelo tantas veces postergado de miles de personas que quieren ser apreciadas por lo que son y no sólo por lo que puedan producir o por el servicio que puedan prestar.

Dentro del aspecto afectivo, las emociones desempeñan un papel extraordinariamente importante y decisivo en el quehacer humano. Con razón se dice que en esencia, todas las emociones son impulsos para actuar. La raíz misma de la palabra emoción es motere, verbo latino que significa mover, además del prefijo e que significa alejarse.

En todo lo que realizamos, utilizamos tanto los sentimientos como el raciocinio. Pero en muchas ocasiones las emociones avasallan al intelecto aplastando la razón. De ahí la gran importancia que tiene el saber manejar bien la parte emocional para mantener el equilibrio entre el corazón y la cabeza. Todos sabemos que el descontrol de las emociones negativas oscurece el entendimiento, haciéndonos actuar en forma irracional mientras estamos en su poder. Cuántas desgracias se producen por esta causa!

Existe una serie de emociones negativas con sus muchas combinaciones y variables. Algunos teóricos proponen familias básicas de emociones. Una de ellas es la enunciada por Daniel Goleman en su obra ya citada, la que por su extensión puede servir de gran ayuda para el conocimiento personal en un momento dado. Las principales emociones básicas y sus variables serían las siguientes:

Ira: Furia, ultraje, resentimiento, cólera, exasperación, indignación, aflicción, acritud, animosidad, fastidio, irritabilidad, hostilidad, violencia y odio.

Tristeza: Congoja, pesar, melancolía, pesimismo, pena, autocompasión, soledad, abatimiento, desesperación, depresión (que puede ser muy grave en casos patológicos).

Temor: Ansiedad, aprensión, nerviosismo, preocupación, consternación, inquietud, cautela, incertidumbre, pavor, desconfianza, miedo, terror (el que a un nivel patológico puede transformarse en fobia y pánico).

Disgusto: Desdén, desprecio, menosprecio, aborrecimiento, aversión, repulsión, rechazo.

Vergüenza: Culpabilidad, molestia, disgusto, remordimiento, humillación, arrepentimiento, mortificación, contrición,

Sorpresa: Conmoción, asombro, desconcierto, sobrecogimiento.

Placer: Felicidad, alegría, alivio, contento, dicha, deleite, diversión, disfrute sensual, estremecimiento, embeleso, gratificación, satisfacción, euforia, extravagancia, éxtasis y (como extremo patológico) manía.

Amor: Aceptación, simpatía, confianza, amabilidad, afinidad, empatía, devoción, adoración, ágape (amor espiritual).

A pesar de la cantidad de variables de las emociones básicas que incluye esta lista, sin embargo, no da respuesta a todas aquellas que experimenta el ser humano.

Existen, además, los estados de ánimo que se diferencian de las emociones en que son más permanentes. Una persona puede tener en un momento dado un ataque de ira que luego se le pasa. En cambio, otra puede estar irritable y de mal genio en forma permanente.

A pesar de que tenemos una mente intelectual y una mente emocional, ambas se intercomunican en forma constante y son esenciales la una para la otra. Es por eso que cuando se aclaran nuestras ideas confusas, o nuestras dudas, sentimos inmediatamente un alivio emocional y una tranquilidad interior.

Muchas veces se piensa que una persona con un alto grado de conocimiento académico no debiera tener desequilibrios emocionales. Lo que sucede es que la inteligencia académica tiene muy poco que ver con la vida emocional. A menudo decimos de alguien con grandes logros académicos: como profesional, excelente; como persona, ni hablar. Se comprueba cada día más que ser brillante intelectualmente no basta. Sin un cultivo constante de la parte emocional, estamos destinados no sólo a no lograr nuestros objetivos en la vida, sino, además, a fracasar rotundamente en nuestro anhelo de realizarnos. Cada vez con mayor frecuencia las empresas están comprendiendo la importancia de este problema, y proporcionan a sus empleados cursos y seminarios relacionados con el equilibrio emocional, la motivación, la alegría, el aprecio y respeto a las demás personas, la empatía, etc.

Quién no ha tenido que soportar la expresión amargada, la falta de interés por los demás, de tantos empleados de servicios básicos que hacen su trabajo automáticamente, como robots? A nadie se le ocurre que nuestro rostro no nos pertenece, salvo en los escasos momentos en que nos miramos al espejo. Muchas veces nuestra imagen nos impacta. Después, ese rostro se lo imponemos a los demás que tienen que aceptarlo. Si queremos mostrar desagrado a alguien no necesitamos abrir la boca, nos basta con nuestra expresión facial. Al contrario, una sonrisa es siempre bienvenida y suaviza cualquier situación tensa. Pero esa sonrisa tiene que ser espontánea, no una mueca estereotipada.

En todas las épocas los seres humanos han sufrido desequilibrios emocionales y patologías aberrantes derivadas de ellos. Pero en la actualidad pareciera que estuviéramos llegando a un paroxismo emocional enfermizo. Basta escuchar las noticias para quedar deprimidos por tanta negatividad. Por qué el 80% de las noticias se refieren a violencia, asesinatos, violaciones, drogas, corrupción de toda índole? Acaso no existen personas que a diario hacen el bien, que se esfuerzan por ser mejores, que ayudan a quienes lo necesitan, no sólo en cuanto a la miseria material, sino también en esa miseria psíquica y espiritual en la cual se sumergen ricos y pobres?

Es un hecho que personas más estables emocionalmente son capaces de poner orden en su vida afectiva lo que redunda en mejores relaciones interpersonales, mayor productividad en el trabajo, más capacidad de automotivarse y más perseverancia en sus objetivos. Todo esto las lleva a ser personas exitosas. Muchas veces se piensa que este equilibrio emocional es cuestión de temperamento y no de esfuerzo personal, siendo que el trabajo sobre sí mismo es mucho más arduo que el que realizamos externamente para ganarnos la vida.

Para lograr este nivel, es primordial el propio conocimiento en especial en lo que se refiere a las emociones, sentimientos y pasiones, en síntesis: nuestra vida afectiva. El hecho de observar las emociones que sentimos en el momento en que se producen dentro de nosotros por un estímulo externo – persona, cosa, hecho, circunstancia – es fundamental para nuestro autoconocimiento. Esta es la base del método de Observación de Sí que es uno de los medios más eficaces para lograr el equilibrio emocional, con un muy alto rendimiento en beneficios, tanto para nosotros como para los que nos rodean.

Es lo que llamamos la flecha de dos puntas. Es la capacidad de darnos cuenta simultáneamente del estímulo que nos está provocando una emoción negativa y de la emoción misma, distinguiendo cuál de ellas es la que nos está invadiendo. Este trabajo, realizado en el momento que se produce, nos da la oportunidad de disolver el efecto negativo del estímulo y de mantener la calma interior y exterior, sin necesidad de una represión que acumularía más carga emocional.

El esfuerzo consciente de darse cuenta exige el estar alerta psíquicamente, de lo contrario, la incapacidad de reconocer las emociones nos deja a merced de ellas. Este ejercicio se hace difícil al comienzo, pero la constancia en practicarlo da como resultado un equilibrio emocional envidiable. Nada se compara a la paz interior, la tranquilidad y la alegría de no ser esclavos de emociones negativas que destruyen la salud, amargan la existencia y pueden apresurar su término.

La consciencia de uno mismo nos da la posibilidad de ordenar nuestra vida afectiva; es fuente de automotivación y de dominio de sí, lo que redunda en creatividad, permitiéndonos lograr nuestros objetivos personales. También nos permite reconocer las emociones de los demás, lo que nos hace desarrollar empatía en nuestras relaciones con ellos, y, a la vez, impide que nos dejemos manejar por emociones negativas ajenas.

Esta descripción – nacida de nuestra experiencia en Cursos de Observación de Sí – confirma lo que expresa Daniel Goleman: A primera vista podría parecer que nuestros sentimientos son evidentes; una reflexión más cuidadosa nos recuerda épocas en las que hemos sido demasiado inconscientes de lo que sentíamos en realidad respecto a algo, o despertábamos tarde a esos sentimientos. Los psicólogos usan el término metacognición, yo prefiero la expresión autoconsciencia (self-awareness) en el sentido de una atención progresiva a los propios estados internos.

Según Goleman: esta autoconsciencia – consciencia de uno mismo – en el sentido de una atención progresiva a los propios estados internos, abarca todo lo que pasa por la consciencia en forma imparcial, como un testigo que tiene interés, pero que no reacciona. Es la diferencia, por ejemplo, que existe entre una furia asesina en relación a alguien y la elaboración de un pensamiento autorreflexivo: Esto que siento es “Ira, incluso mientras uno está furioso.

La práctica de escuchar los propios sentimientos es recomendada por varios connotados psicólogos. Jung hablaba de escuchar a su ánima, o principio femenino, (que representa la afectividad en el hombre); y también de escuchar los mensajes del inconsciente, según aparecen en los sueños.

Carl Rogers recomienda la atención y la aceptación de los propios sentimientos. Según lo cita William Johnston: Soy más eficaz cuando puedo escucharme con tolerancia y ser yo mismo. Con el transcurso de los años he adquirido una mayor capacidad de autoobservación que me permite saber con más exactitud que antes lo que siento en cada momento. Puedo reconocer que estoy enojado o que experimento rechazo hacia esa persona, que siento calidez y afecto hacia este individuo, o que mi relación con alguien determinado me produce ansiedad y temor. Todas estas actitudes son sentimientos que creo poder identificar en mí mismo.

Lo interesante en esta búsqueda del equilibrio emocional es tener siempre presente que la mente intelectual y la emocional están en permanente interacción. El mantener el equilibrio entre la cabeza y el corazón nos facilita alcanzar la paz interior, un don inapreciable en el mundo en que vivimos. Sin este equilibrio, es prácticamente imposible ser eficiente en el trabajo, manifestar capacidad creativa, establecer gratas relaciones humanas, y mantener la tranquilidad en las innumerables situaciones conflictivas que nos toca vivir.

Relaciones Personales

Relaciones Personales

El esquema que regirá las relaciones personales de un individuo se empieza a delinear desde la primera infancia. Se origina en lo que la psicología denomina ansiedad básica. Se entiende por ello el sentimiento de desamparo y aislamiento que experimenta un niño frente a un mundo potencialmente hostil. El niño pequeño se ve rodeado de gigantes – como los que aparecen en los cuentos de hadas -, algunos son benevolentes, otros, crueles y amenazadores.

Es posible citar una serie de factores adversos en el ambiente que rodea al niño, los que pueden conjugarse de diversas maneras: indiferencia, actitudes desdeñosas, protección exagerada, ninguna o excesiva responsabilidad, falta de expresiones de cariño, aislamiento de los otros niños, sentirse involucrado en los desacuerdos de los padres, injusticia, discriminación, promesas no cumplidas, etc.

Ante estas condiciones pertubadoras, motivado por su inseguridad y sus miedos, el niño va creándose una táctica inconsciente que le permita sobrevivir y desarrollarse hasta llegar a ser un adulto. Sus estrategias pasan a constituirse en tendencias duraderas que se incorporan a su personalidad y que condicionan en forma permanente su manera de relacionarse con los demás.

Lo que al comienzo parecía ser un cuadro caótico, se va definiendo en tres líneas de conducta entre las que el niño elige de preferencia una: puede moverse hacia la gente, contra la gente o aparte de la gente. En el primer caso, acepta su impotencia y su debilidad y busca congraciarse para sentirse apoyado . En el segundo caso, se siente rodeado de un ambiente hostil y decide defenderse tomando la iniciativa en el ataque: quien pega primero, pega dos veces. En el tercer caso, sólo desea aislarse, que se olviden de él
y que lo dejen tranquilo en su mundo propio.

Esto crea tres tipos diferentes de personalidad. Veámoslas en detalle:

Movimiento hacia la Gente

El Tipo Dócil.

– Necesidad compulsiva de afecto y aprobación: busca que lo quieran, que lo deseen, que lo amen, que lo acepten, que lo aprueben.

– Necesidad compulsiva de un compañero(a): amigo (a), amante, esposo(a) que le proporcione todo lo que
espera de la vida, y que acepte hacerse cargo de las responsabilidades del bien y del mal.

– El manipular para lograr algo se convierte en tarea predominante.

– Como sus necesidades de compañía son compulsivas, si son frustradas producen ansiedad y desolación.

– Por falta de distinción de sus necesidades tiende a exagerar su cordialidad.

– Necesita ser necesario e importante para los demás, especialmente para una persona en particular.

– Necesita ser ayudado, protegido, guiado.

– Cree que su frenética búsqueda de afecto es genuina, cuando en realidad es una insaciable necesidad de sentirse seguro.

– Tiende a pensar que todos son buenos, dignos de su confianza, lo que le ocasiona terribles decepciones y aumenta su inseguridad.

– Da ciegamente a los demás esperando retribución, y se siente profundamente turbado si el pago no se materializa.

– Tiende a subordinarse, ocupar un segundo lugar, dejar el primer puesto a otros.

Inhibiciones:

– Le impiden hacer las cosas para sí mismo y gozar de ellas.

– La experiencia no compartida con otro, por ejemplo: comida, espectáculo, concierto, paisaje, etc., pierden significación.

– Trata de evitar miradas rencorosas, discusiones, peleas, competencia.

– Procura ser conciliador, no guardar rencor, aceptar responsabilidades, acusarse a sí mismo, excusarse ante una crítica inmerecida o un ataque inesperado.

Actitudes hacia sí mismo:

– Sentimiento de debilidad e impotencia: Pobre de mí.

– Abandonado a sus propios recursos se siente perdido.

– En sus relaciones sentimentales trasmite un mensaje implícito de: Tienes que amarme, protegerme, no abandonarme, porque soy tan débil e impotente.

– Tiende a valorarse por la opinión de los demás. Su estimación sube y baja según la aprobación o reproche de los demás, el afecto o falta de él.

– Cualquier falta de atención hacia su persona es catastrófica.

– Cualquier crítica, desaire o abandono, es un peligro terrible.

Factores contradictorios:

– Tendencias agresivas fuertemente reprimidas.

– Falta de interés por los demás.

– Actitudes de desafío.

– Tendencias explotadoras inconscientes.

– Propensión a dominar a los demás.

– Necesidad de destacarse y disfrutar triunfos vindicativos.

– Estos factores nacen de experiencias desdichadas.

– El individuo no es consciente de estos factores contradictorios: pide porque es miserable y domina bajo
la capa de amor (Chantaje sentimental).

– La hostilidad reprimida puede aparecer en explosiones de mayor o menor vehemencia, en forma de irritabilidad o arrebatos de genio.

Movimiento Contra la Gente

El Tipo Agresivo:

– Da por supuesto que todo el mundo es hostil, y se niega a admitir que no lo sea.

– Para él la vida es una lucha de todos contra todos.

– Su actitud a veces es manifiesta, pero con más frecuencia está cubierta por una capa de cortesía, imparcialidad y fraternidad mientras nadie dude de que es él quien manda.

– En él todo está encaminado a ser, convertirse, o al menos, parecer duro.

– El mundo para él es una selva donde el fuerte aniquila al más débil.

-Puede ejercer el poder, manipular indirectamente o preferir ser una eminencia gris; en este último caso se manifiestan las tendencias sádicas, usando a los demás para sus propios fines.

– Experimenta una fuerte necesidad de explotar a los demás, de burlarlos, de servirse de ellos.

– Las cualidades que desarrolla son diametralmente opuestas al tipo dócil.

– Considera todos los sentimientos. suyos y de los demás, como sentimentalismos necios,

– El amor para él tiene un papel insignificante. No es que no se enamore, o no se case, pero el interés principal es que la otra persona pueda hacerle destacar su propia posición.

– Trata por todos los medios de ser un buen luchador, así como el dócil procura contemporizar.

– Siempre pierde mal y exige la victoria.

– Reconocer un error le parece imperdonable, lo considera una demostración de debilidad o una completa tontería.

– Es un estratega en la planificación y previsión, tratando de imponerse como el más fuerte, el más buscado, el más inteligente, el más eficiente.

– Por otra parte, la esterilidad emocional altera la calidad de su trabajo,

Inhibiciones:

– El tipo agresivo parece carecer de inhibiciones. Puede imponer sus deseos, dar órdenes, expresar su cólera, defenderse. Pero en realidad tiene las mismas inhibiciones que el tipo dócil.

– Ellas están en el área emocional y conciernen a su incapacidad de amistad, amor, afecto, comprensión, goce desinteresado. Esto último se considera una pérdida de tiempo.

– Cualquier sentimiento de simpatía, bondad o actitud dócil sería incompatible con la estructura de vida que se ha construido.

Actitudes hacia sí mismo:

– Necesita destacarse, tener éxito, prestigio o reconocimiento en alguna forma.

– Siente una necesidad subjetiva de demostrarse que es eficiente.

– Está siempre alerta para demostrar a los otros – y a sí mismo – que es el más fuerte, honrado y realista.

Factores Contradictorios:

– Para él la falta de piedad es fuerza; la falta de consideración para con los demás, honradez; y realismo, su persecución de fines egoístas.

– Se siente atraído hacia el tipo dócil, como éste hacia él. Esto está inspirado por su necesidad de combatir su blandura interior.

– El reconocimiento aparece como una solución a sus conflictos, convirtiéndose en el espejismo salvador que persigue.

– Todas sus tendencias más suaves son reprimidas para reforzar las agresivas y hacerlas más compulsivas aún.

Movimiento de Alejamiento de la Gente

El Tipo Desapegado:

– Desvío del propio yo.

– Entumecimiento de la experiencia emocional.

– Inseguridad de lo que realmente es, quiere, odia, desea, espera, teme, cree o le molesta.

– Se siente espectador ante sí mismo y ante la vida en general.

– Se angustia cuando el mundo se inmiscuye en sus asuntos.

Inhibiciones:

– Determinación consciente o inconsciente de no tener relaciones emocionales con los demás.

– Todas las cualidades que adquiere son para no verse comprometido.

– Se basta a sí mismo, y para lograrlo es ingenioso: restringe sus necesidades.

– Lo que más desea es que nada le importe mucho.

– Su necesidad de retiro es grande.

– Su lema: No molestar ni ser molestado. Prefiere dormir, trabajar y comer a solas.

– Su necesidad más fuerte: la independencia compulsiva e indiscriminada.

– Hipersensibilidad a la coacción, influencia, obligación, etc.

– No soporta la presión física como cuellos, collares, cinturones, zapatos, etc.

– El que otros esperen que haga ciertas cosas o proceda de un modo especial le provoca irritación y rebeldía.

– Considera los consejos como una dominación y se resiste a ellos.

Actitudes hacia sí mismo:

– Traza en torno a él una especie de círculo mágico donde nadie puede penetrar.

– Se observa con una especie de interés objetivo como si mirara una obra de arte.

Factores contradictorios:

– Sin embargo, si su desapego se rompe, busca frenéticamente afecto y protección y no soporta la soledad.

– Está dispuesto a plegarse a cualquier indignidad por una tendencia compulsiva de intimidad humana.

– Cualquier amenaza de dependencia le hará retirarse emocionalmente.

– La capacidad de creación puede ser una forma de salvación.

– Le da más importancia a la inteligencia que a las emociones.

– Las relaciones sexuales son muy importantes para el desapegado, son como un puente hacia los demás. Si no las tiene, las relaciones imaginarias las reemplazan.

– Está inconscientemente decidido a permanecer como es.

– Defiende con vigor su desapego si se lo atacan.

– La persona callada y reflexiva puede tener una cólera helada, y perder los estribos si atacan su independencia.

– Entre el amor y la independencia elige la independencia.

Resumen de los Tres Movimientos:

– Hacia los demás – tipo dócil – busca una relación amistosa entre el mundo y él.

– Contra la gente – tipo agresivo – se defiende ante un mundo competitivo.

– Aparte de la gente – tipo desapegado – espera serenidad e integridad.

Todas estas motivaciones son normales, el problema está en que en los tipos analizados anteriormente estas son tendencias compulsivas que producen angustia. Por ejemplo, el deseo de una soledad fecunda no es una neurosis. El desapego es recomendado en todas las grandes religiones, y puede ser de gran beneficio en un camino de crecimiento. El aislamiento voluntario es necesario en algunas de sus etapas para una mejor realización.

Sofía Roepke

Más Información:
Karen Horney.- Neurosis y Madurez.- Editorial Psique
Karen Horney.- Nuestros Conflictos Interiores.- Editorial Psique
Karen Horney.-La Personalidad Neurótica de Nuestro Tiempo.- Paidós

El Pasado y El Presente

El Pasado y El Presente

Aunque no es posible todavía dar plena cuenta de las relaciones entre pasado y presente, se dispone de suficiente material para intentar hacer una clasificación incompleta como la que sigue:

1- El influjo de la constitución (herencia).
2- El entrenamiento del individuo (condicionamiento a través del influjo ambiental).
3- Recuerdos futuristas.
4- La compulsión de repetición (lo incompleto de situaciones).
5- Acumulación de experiencias no digeridas (traumas y otros recuerdos neuróticos).

1- Respecto a la constitución, la relación entre pasado y presente es más bien obvia. Tomemos como ejemplo el funcionamiento de la glándula tiroides. El cretinismo (mixedema) se debe a algo que sucedió en el pasado. El ahondar en el pasado tiene valor alguno a no ser el de gratificar nuestra curiosidad científica, o de instruirnos respecto al origen de la enfermedad, de tal modo que este conocimiento pueda ayudarnos a curarla hoy? Añadimos continuamente hormonas tiroideas para solucionar una deficiencia actual de tiroxina.

2- Se puede comparar el entrenamiento del individuo con la construcción de carreteras; el objetivo es dirigir el tráfico de la manera más económica. Pero si el condicionamiento no es muy profundo está sujeto a deterioro, del mismo modo que se pueden destruir las carreteras mal construidas. El deterioro tiende hacia la aniquilación. Las viejas carreteras desaparecerán; nuestras mentes olvidarán. Si embargo, algunas carreteras están construidas del mismo modo que las viejas calzadas romanas. Una vez que hemos aprendido a leer, muchos años de no lectura pueden dejar todavía intacta la capacidad de leer. Pero si se realiza un reacondicionamiento, si se dirige el tráfico hacia nuevas carreteras, la situación será diferente: si nos vemos compelidos a hablar un lenguaje extranjero y utilizar poco nuestra lengua materna, experimentamos un deterioro en esta última y después de algunos años nos podrá resultar difícil recordar palabras que con anterioridad teníamos automáticamente a la mano. El reacondicionamiento, por otra parte, el volver a la lengua materna tomará menos tiempo del que tomó aprenderla en la infancia.

Cuando intentamos detener el progreso de una neurosis tratamos de reacondicionar al paciente a las funciones biológicas, llamadas de ordinario normales o naturales. Al mismo tiempo, no debemos olvidar el entrenamiento, el condicionamiento, de actitudes no desarrolladas. Podemos apreciar los métodos de F. M. Alexander desde el punto de vista del reacondicionamiento, si no olvidamos la necesidad de diluir al mismo tiempo el influjo dinámico de la gestalt equivocada. Cuando simplemente sobreponemos una gestalt a otra, enjaulamos, reprimimos, pero sin embargo mantenemos viva la gestalt equivocada; al anular esta última liberamos energías para que funcione toda la personalidad.

3- La expresión recuerdos teleológicos futuristas suena paradójica, pero con frecuencia recordamos experiencias pasadas para propósitos futuros. Desde el punto de vista psicoanalítico la categoría más interesante de este tipo es la señal de peligro. Cuando han ocurrido varios accidentes automovilísticos en el mismo lugar de una carretera es posible que las autoridades pongan una señal de peligro. No se erige esta señal de peligro en memoria de los que murieron; se crea con el propósito de salvaguardar contra accidentes futuros. Para un neurótico la señal de peligro no es, como dice Freud, el ataque de ansiedad. La persona nerviosa coloca sus recuerdos como señales de alto por todas partes, donde quiera que adivina la posibilidad de peligro. Este procedimiento le parece razonable; parece actuar de acuerdo con el proverbio: Una vez mordido, dos veces cauteloso. Puede, por ejemplo, haberse enamorado y haber sufrido una desilusión. Por ello se cuida mucho de que se repita ese desastre. En cuanto siente el más ligero signo de afecto pone en escena (consciente o inconscientemente) el recuerdo de su experiencia desagradable como luz roja de alto. No tiene en cuenta en absoluto el hecho de que comete un error histórico, que la situación actual puede diferir considerablemente de la anterior. Desenterrar situaciones traumáticas del pasado podría proporcionar aún más material para señales de peligro, podría restringir aún más las actividades y las esferas vitales del neurótico, ya que no ha aprendido a diferenciar entre situaciones anteriores y presentes.

4- Un punto muy delicado de tratar es la compulsión de repetición, en sí un descubrimiento admirable de Freud al que por desgracia éste llevó a conclusiones absurdas. Vio en la monotonía de las repeticiones una tendencia hacia la osificación mental. Freud sostiene que estas repeticiones llegan a ser rígidas y sin vida como materia inorgánica. Sus especulaciones acerca de esta tendencia negadora de la vida lo llevaron a conjeturar que existe un impulso definido que actúa detrás del telón: un instinto de muerte o de nirvana. Concluyó además que, del mismo modo que la libido orgánica se manifiesta como amor, el instinto de muerte se manifiesta como una tendencia a destruir. Hasta llegó a explicar la vida como una lucha permanente entre el instinto de muerte y la libido inquietante. Esta persona antirreligiosa reentroniza a Eros y Thanatos, el científico y ateo regresa a los dioses que había luchado por destruir toda la vida.

En mi opinión la construcción de Freud encierra varios errores. No concuerdo con él en que la gestalt de la compulsión de repetición tiene el carácter de rigidez, aunque en los hábitos existe una clara tendencia hacia la osificación. Sabemos que cuanto mayor es la persona o menos elástica es su visión de la vida, más difícil, más imposible se hace cualquier cambio de hábitos. Cuando condenamos algunos hábitos y los llamamos vicios suponemos que es deseable un cambio. No obstante, en la mayoría de los casos han llegado a convertirse en parte de la personalidad hasta tal grado, que todos los esfuerzos conscientes no pueden cambiarlos y todos los esfuerzos se reducen a resoluciones ridículas que engañan a la consciencia, de momento, sin influir en realidad.

Tampoco los principios son menos obstinados. Son substitutos de una visión independiente. El que los posee se encontraría perdido en el océano de los acontecimientos si no fuera capaz de orientarse por medio de estos apoyos fijos. De ordinario, hasta se siente orgulloso de ellos y no los considera debilidades, sino una fuente de fuerza. Se apoya en ellos debido a la insuficiencia de su propio juicio independiente.

La dinámica de los hábitos no es homogénea. Algunos están dictados por la economía de energía y son reflejos condicionados. Con frecuencia los hábitos son fijaciones u originalmente han sido fijaciones. Se les mantiene vivos por miedo, pero podría cambiárseles en reflejos condicionados. Esta manera de ver implica que un simple análisis de los hábitos es tan insuficiente para romperlos como lo son las resoluciones.

La estructura de la apropiada compulsión de repetición es bastante distinta de la de los hábitos y principios. Elegimos con anterioridad el ejemplo de una persona que se siente una y otra vez desilusionada por sus amigos. Difícilmente llamaríamos a esto un hábito o un principio. Pero qué es entonces esta repetición compulsiva? Para responder a esta pregunta debemos dar un rodeo.

K. Lewin realizó los siguientes experimentos de memoria: a cierto número de personas se les daba algunos problemas para que los solucionaran. No se les decía que se trataba de una prueba de memoria sino que tenían la impresión de que se realizaba una prueba de inteligencia. Se les pedía al día siguiente que escribieran los problemas que recordaban y, cosa bastante rara, recordaban bastante mejor los problemas no solucionados que los que habían solucionado. La teoría de la libido nos llevaría a esperar lo opuesto, es decir, que la gratificación narcisista haría que la gente recordase sus éxitos. O todos tenían los complejos de inferioridad de Adler y recordaban sólo las tareas no resueltas como aviso para hacerlo mejor la próxima vez? Ambas explicaciones resultan insatisfactorias.

La palabra solución indica que desaparece una situación confusa, se disuelve. Respecto a las acciones del neurótico obsesivo, se ha advertido que las obsesiones han de ser repetidas hasta que se ha terminado su tarea. Cuando se anula un deseo de muerte psicoanalíticamente o de otra forma, el interés por realizar los ritos obsesivos (la anulación del deseo de muerte) se retraerá hacia el fondo y más tarde desaparece de la mente.

Cuando un gatito trata de trepar a un árbol y fracasa, repite sus intentos una y otra vez hasta que lo logra. Cuando un maestro descubre errores en la tarea de su alumno le hace repetirla, no para que repita los errores, sino para entrenarlo en la solución apropiada. Entonces se completa la situación. Maestro y discípulo pierden todo interés en ella del mismo modo que perdemos el interés al haber resuelto un crucigrama.

Repetir una acción hasta dominarla es la esencia del desarrollo. Una repetición mecánica que no tenga como propósito la perfección es contraria a la vida orgánica, contraria al holismo creador (Smuts). Se mantiene el interés mientras la tarea emprendida no está terminada. Una vez completa desaparece el interés hasta que una tarea nueva crea otra vez interés. No hay caja de ahorro de la que el organismo (como sugiere la teoría de la libido) pueda sacar la cantidad de interés requerida.

Las repeticiones compulsivas tampoco son automáticas. Por el contrario son intentos enérgicos de resolver problemas importantes de la vida. La necesidad de amistad, en sí misma, es una expresión muy sana del deseo de contacto humano. La persona permanentemente desilusionada está equivocada sólo en cuanto busca este amigo ideal una y otra vez. Podría negar la desagradable realidad por medio del soñar despierto o hasta con alucinaciones; podría tratar de convertirse él mismo en este ideal o moldear a su amigo según él, pero no puede llegar a realizar sus deseos. No percibe que comete un error fundamental : busca la causa de su fracaso en la dirección equivocada: fuera, en vez de dentro de sí mismo. Considera a sus amigos la causa de su desilusión, sin darse cuenta de que sus propias expectativas son las responsables. Cuanto más ideales son sus expectativas, menos se conforman a la realidad, más difícil será el problema del contacto. Este problema no encontrará solución y no cesará la compulsión de repetición hasta que haya ajustado sus expectativas de lo imposible con las posibilidades de la realidad.

Así pues, la compulsión de repetición no es mecánica ni está muerta, sino muy viva.

No alcanzo a ver cómo puede deducirse de esto un místico instinto de muerte. Este es el único caso en el que Freud abandonó el terreno sólido de la ciencia y se adentró en el reino del misticismo, como lo hizo Jung con su desarrollo especial de la teoría de la libido y su concepción del Inconsciente Colectivo.

No me compete a mí descubrir qué motivó a Freud a inventar este instinto de muerte. Tal vez la enfermedad o la cercanía de la vejez le hizo desear la existencia de ese instinto de muerte que podría descargarse bajo la forma de agresión. Si esta teoría fuera correcta, cualquier persona suficientemente agresiva tendría el secreto para prolongar la vida. Los dictadores vivirían ad infinitum.

Freud emplea en forma intercambiable los términos instinto de nirvana e instinto de muerte. Mientras que no hay nada que pueda justificar la concepción del instinto de muerte, el instinto de nirvana podría encontrar cierta justificación. Se puede protestar contra la palabra instinto y aplicar en su lugar la palabra tendencia. Toda necesidad altera el equilibrio del organismo. El instinto da la dirección en que está alterado el equilibrio, como Freud dijo del instinto sexual.

Goethe tenía una teoría similar a la de Freud, pero para él no la libido sino la destrucción, simbolizada por Mefistófeles, se presentaba como el alterador del amor por una paz sin condiciones. Pero esta paz ni es incondicional ni eterna. La gratificación restablecerá la paz orgánica y el equilibrio hasta que, muy pronto, otro instinto presente sus exigencias.
Tomar erróneamente el instinto por la tendencia hacia el equilibrio es como confundir los objetos que se pesan en una balanza con la balanza misma. Podríamos llamar a este impulso inherente de llegar al descanso por medio de la gratificación de un instinto la búsqueda del nirvana.

El Misterio de estar Sano

El Misterio de estar Sano

Ninguno de nosotros es indiferente a la salud. Pero, cuando estamos sanos, raramente sentimos la sensación del asombroso dinamismo que significa estar vivos ni apreciamos el hecho de que existir es algo realmente frágil. Cuando este equilibrio se rompe por la enfermedad, nos quedamos conmocionados hasta un punto inimaginable. El poder ser entonces capaces de efectuar el más simple acto cotidiano nos parece un milagro.

Cuando estamos sanos de nuevo, nos encontramos con una identidad renovada, restableciendo todas las capacidades que dan sentido a nuestra vida, Nos sentimos más que agradecidos, palpándonos como si fuera la primera vez que lo hacemos. Entonces hablamos de sanación. Queremos compartir ese regalo con otros. Pero, qué es estar sanos? Consiste solamente en volver a la vida cotidiana en un estado satisfactorio? Considero que no. Se trata de una alquimia dentro de nuestras células. Volver a estar sanos consiste en vislumbrar el proceso universal de encarnación. Nuestra propia carne vibra con una mayor unión a la vida.

Cuando yo ejercía como médico tradicional me alegraba al contemplar el restablecimiento de la salud en mis pacientes. Pero hoy sé que esto es mucho más que volver al estado anterior. La sanación verdadera significa ampliar el círculo de nuestro ser y hacernos más incluyentes, más capaces de amar. Va más allá de nosotros, va hacia toda la humanidad.

Por qué están unidos a menudo el sufrimiento y la sanación? Es el gran drama de la materia ascendiendo hacia el espíritu y del espíritu encarnándose en la materia. Es el sufrimiento el proceso por el cual los viejos recuerdos incrustados en nuestra carne son traídos gradualmente a nuestra consciencia? Quizás, si no hubiera sufrimiento, podríamos dejar nuestro cuerpo atrás en nuestro viaje de transformación. Podríamos salir volando de este mundo como espíritus etéreos, y todo sería placentero y perfecto.

Pero aún más maravilloso es el hecho de que no salgamos volando. Nuestra consciencia crece precisamente porque no puede desligarse de la carne. La consciencia es traída a la tierra como lo es la humanidad mortal. Todas las grandes verdades metafísicas se hacen palpables en la paradoja que significa la vida de todos los días. He aquí un enorme desafío al que rara vez nos enfrentamos. Pero, de vez en cuando, gracias a la enfermedad uno de nosotros se introduce auténticamente en ese drama grande y misterioso que culmina en una sanación. Y cuanto mayor es la sanación, más plenamente nos vuelve a sumergir en la vida.

Después de pasar varios años explorando este proceso de transformación y de ser testigo de él, he deducido algunas conclusiones que apuntan a las fuerzas subyacentes que existen en las distintas modalidades de sanación. Debo advertir antes que esta comprensión puede ser tanto una carga como un regalo. A intentar traducir en palabras lo que antes era un misterio se pierde cierta inocencia o estado de gracia. Tan pronto como se cree atraparlo, se escapa. El hecho de sanar debe ser un proceso de relación y de redescubrimiento constante, momento a momento. Cuanto más sabemos acerca de la sanación, más nos conduce simultáneamente hacia algo incognoscible, algo que es en esencia espiritual.

La sanación, en su sentido más profundo, es un misterio. La medicina moderna, con el pretexto de ser científica, se apoya en observaciones cuya naturaleza última no puede explicar. Cierto manual de farmacología empieza advirtiendo al lector que, en resumen, nadie sabe cómo funciona un fármaco. Por supuesto que el médico tradicional decide olvidarse de esto y llega realmente a creer que sabe lo que está haciendo.

Es innegable que muchas de estas fórmulas funcionan según una predicción. Pero, como resultado en un determinado tratamiento, más buscamos aliviar síntomas que una sanación definitiva. Cuando se niega el misterio, se puede sentir una creciente y obsesionante sensación de malestar entre la comunidad médica. Debemos hacernos preguntas y buscar comprendernos a nosotros mismos y a nuestro mundo, sin olvidar que en el borde perimetral de nuestra experiencia, en la frontera de nuestros conocimientos, permanece un grande e impenetrable misterio, del cual fluirá – o no – la sanación.

Donde veamos que emerge una nueva manera de estar sano veremos también sanación. Encontramos ciertos individuos que han traspasado la frontera de la realidad convencional: el sanador, el místico, el chamán, el verdadero científico. Es realmente el fruto recogido por ellos lo que ha estado “sanando” a la humanidad a lo largo del tiempo. Estos frutos son la base de lo que llamamos cultura. Pero cada uno de nosotros tendría que hacer crecer con plenitud en su interior el árbol de la vida. La cultura empieza a morir, igual que nosotros, cuando inconscientemente dejamos de cultivar el árbol que da esos frutos. Todo lo que ha sido demostrado y – en ocasiones – considerado sagrado, sólo es una plataforma para saltar a mayores posibilidades. Aquello que iluminaba la sanación de ayer puede convertirse hoy en una prisión limitante, a no ser que descubramos por nosotros mismos una nueva relación con la vida que pueda hacer producir nuevos frutos.

Allí está – según mi opinión – el hilo de oro que lo enlaza todo. Se trata de nuestra capacidad de unión, de llegar a ser uno con nosotros mismos, con los demás, y con la vida en un sentido más amplio. La sanación, cualquiera que sea y cómo ocurra, lleva a cada individuo y a la humanidad como un todo hacia una relación más inclusiva, menos obstructora con todo lo emergente en esta aventura planetaria. Se trata de una relación ilimitada con nuestras sensaciones, pensamientos, sentimientos, imágenes, sueños, y también – a medida que trascendemos el concepto de separación – con otras personas y con aquello que llamamos Dios.

Si analizamos cuidadosamente esta posibilidad de relación, descubriremos que hay tres factores que influyen traspasando nuestros condicionamientos y permitiendo la aparición de un estado armonioso entre nuestros aspectos instintivo y espiritual. Más allá de las técnicas de sanación y de transformación, estos factores son funciones de la consciencia misma. Están más allá del tiempo y de los anales históricos. No importa que seamos aborigen, curandero, chamán, médico naturista, psicoterapeuta, psíquico, o simplemente una persona “normal”, igual el proceso de sanación implica los siguientes factores o fuerzas:

1.- Compromiso creativo: Participación en la vida de forma original, espontánea y alejada de todo prejuicio.

2.- Intensidad: Es la atención profunda de la que emana nuestro compromiso con la vida.

3.- Amor incondicional: Inclusión, sentimiento implícito de totalidad primordial.

Estos tres factores nos plantean nuevas ideas acerca del proceso de sanación. Recordemos a Freud: él observó de qué manera la mente inconsciente de sus pacientes se expresaba a través de sueños, o de imágenes espontáneas en lo que él llamaba “asociación libre”. Al ayudarlos a integrar esos contenidos en su mente consciente, contribuyó a sanar ciertas dolencias. Sus resultados exitosos no se basaron simplemente en sus ideas sino en la calidad de la relación que estableció entre la parte consciente y la inconsciente de la psiquis de sus enfermos.

La originalidad de Freud, entre otras cosas, influenciaba su manera de “escuchar”. En su casa de Londres visité la habitación en la que tenía su consulta. Se sentaba a la cabecera del sofá donde se instalaba el paciente, apartando su vista de él. No escuchaba de manera distraída; estaba totalmente atento, pero relajado. Podían transcurrir semanas o meses antes de que empezara a tomar apuntes de las sesiones. El hecho de escribir podía aprisionar prematuramente su captación del paciente en suposiciones o moldes condicionados. Dejaba que su comprensión y su relación con el enfermo fueran evolucionando naturalmente. Siempre podía ocurrir un momento inesperado en el que la psiquis se expresara de manera nueva. Había en Freud una apertura, una confianza en que aparecería alguna posibilidad no realizada, la que sería aceptada e incorporada dentro del marco acogedor de la terapia.

ElMisterioDeEstarSanoContrariamente a la mayoría de sus colegas, Freud escuchaba lo que nunca se había dicho en una consulta médica. Su manera de escuchar hacía que el paciente pudiera franquearse como jamás lo había hecho antes. Esta clase de atención es la que todo buen terapeuta, sacerdote o sanador debe prestar al otro. En ese estado de comunión se engendra una energía sanadora. La intensidad de esta atención es el mejor regalo que podemos obsequiar a los demás. Entonces aparece un orden superior de consciencia, una energía que, para la gente sensitiva, es literalmente una presencia. En ella somos transformados sutil y profundamente. Se trata de un estado superior de energía al que se une una mayor consciencia y un incremento de la intuición y de la inteligencia. Es como si el pensamiento, el sentimiento, la acción y la sensación se unieran en un nuevo nivel psicofísico.

Podemos experimentar algo como eso al abrir la Biblia, o un libro de poesías que nos eleva, o un artículo en una revista científica que muestra un cambio de perspectiva. En este nuevo compromiso creativo se libera nuestra energía.

Siempre los nuevos tratamientos de una enfermedad dan mejores resultados cuando se originan que cuando se han vuelto repetitivos. La cualidad creativa espontánea aplicada por sus creadores parece poseer una mayor capacidad de sanación.

Desde el punto de vista exterior, lo que hacemos es: tomar un medicamento, orar, recurrir a un curandero, hacer ejercicio, cuidar la dieta. Esto parece ser la causa de la respuesta sanadora. No se nos ocurre tomar en cuenta la disposición de ánimo con la que ejecutamos la acción. Actualmente, hasta la medicina tradicional ha empezado a establecer una nueva relación con nuestra condición humana, además del enfoque científico. Porque la creatividad científica puede convertirse fácilmente en algo dogmático.

En física, cuando atendemos al aspecto de las partículas de la luz, dejamos de lado la función de las ondas. Un fenómeno similar ocurre cuando intentamos comprender el porqué de la sanación. Si asignamos un nombre a la recuperación de la salud a fin de captarlo conscientemente, deja de estar conectado a su cualidad más universal. En medicina, cuando disponemos de nuevos conocimientos destinados a sanar, empezamos a pensar en términos de aplicación, fórmulas y técnicas. Así vamos en camino de congelar la fuerza sanadora universal que al comienzo pensábamos liberar.

He pasado años armonizando interacciones humanas de energía de alto nivel y observando la unificación resultante y el incremento de la consciencia. Se presentan sentimientos expansivos de bienestar y amor, estados de apertura mística y curaciones físicas (que se acostumbran llamar “remisiones espontáneas”). Primero tiene lugar la relación más profunda con la vida en ese momento, y después sobreviene todo lo demás.

Pero una comprensión consciente de las fuerzas que actúan en esos momentos no basta para crear esa unificación que buscamos, especialmente cuando estamos deseando que ocurra una sanación. Existe un elemento de gracia, un someterse a los propósitos de la vida. Al nombrar estos factores, he intentado ir más allá del fenómeno externo y acceder a una dimensión más universal. Precisamente por esta incapacidad de armonizarlos con nuestros propósitos, la sanación o cualquier transformación fundamental permanecerá en el misterio.

Vivimos un tiempo en el que el intelecto ha arrebatado muchos secretos al mundo material. Intentamos hacer lo mismo con nuestra psiquis. De allí la aparición de todas esas publicaciones de autoayuda que se renuevan constantemente, con diversas fórmulas de mejoramiento personal. Tales esfuerzos pueden conllevar una relación creativa con la vida o encerrar una acción manipuladora de los demás y de nuestro ambiente. Todo depende de si hemos hecho un descubrimiento por nosotros mismo o si estamos intentando huir de la vida hacia alguna ilusión de seguridad. De todas maneras, ningún esfuerzo conscientemente realizado garantiza la sanación verdadera. Debemos rendirnos a ese misterio más profundo, aunque eso nos humille o hiera nuestro orgullo.

La verdadera sanación – no el alivio temporal de síntomas o una aparente conquista de la ciencia sobre una enfermedad – nunca se produce de acuerdo a nuestras propias condiciones. Cualquier respuesta espontánea de entrega a la vida lleva consigo la capacidad de cambiar el nivel de energía de la consciencia, dando por resultado una transformación. Pero dentro de tal vitalidad espontánea existe algo que siempre permanece impredecible, algo que es fe y gracia. Cuando aplicamos una fórmula, obtenemos un resultado a menudo transitorio: sólo un cambio de síntomas, un aplazamiento del problema. Esto es lo que yo llamo perturbación. Durante algún tiempo aparecen ideas nuevas, nuevos sentimientos, nueva comprensión, incluso puede “remitir” la enfermedad. Algunas de ellas parecen haber “sanado”. Pero, en un sentido más profundo, esto no es sanación. En realidad, el círculo no se ha ampliado. Podemos pasar a ser más vulnerables aun a una nueva enfermedad, porque el proceso mismo de intentar cambiar las cosa en nuestros propios términos no nos deja escuchar directamente a la vida.