La creatividad en Personas Autorrealizadas

La creatividad en Personas Autorrealizadas

Tuve que cambiar mis ideas acerca de la creatividad en cuanto comencé el estudio de personas que eran positivamente saludables, altamente desarrolladas y maduras, autorrealizadas. Tuve que renunciar a mis conceptos estereotipados de que la salud, el genio, el talento y la productividad eran sinónimos. Una considerable proporción de mis sujetos, aunque saludables y creativos en un sentido particular que ya describiré, no eran productivos en el sentido habitual, ni tenían gran talento o genio, ni eran poetas, compositores, inventores, artistas o intelectuales creativos. También era obvio que algunos de los grandes talentos de la humanidad evidentemente no eran personas psicológicamente saludables, como Wagner, Van Gogh o Byron. Algunos lo eran y algunos no. Eso estaba claro. Muy pronto tuve que llegar a la conclusión
de que el gran talento era no sólo relativamente independiente de la virtud o de un sano carácter, sino que además sabíamos muy poco acerca de él. Hay, por ejemplo, alguna evidencia de que el gran talento musical o matemático es más heredado que adquirido. Parecía claro entonces que la salud y un talento especial eran variables separadas, tal vez sólo levemente relacionadas, tal vez no. Podemos asimismo admitir que, en principio, la psicología sabe muy poco acerca del talento especial de tipo genio. No diré más acerca de esto, circunscribiéndome en cambio a ese tipo de creatividad más vasta que es la herencia universal de cada ser humano que nace, y que parece tener algo que ver con la salud psicológica.

Además, pronto descubrí que, como la mayoría de la gente, había estado pensando en la creatividad en términos productivos, y que, en segundo lugar, había confinado inconscientemente la creatividad a ciertas áreas convencionales del esfuerzo humano, asumiendo inconscientemente que cualquier pintor, cualquier poeta, cualquier compositor, estaba llevando una vida creativa. Artistas, científicos, inventores, escritores, podían ser creativos, Y nadie más. Inconscientemente había asumido que la creatividad era la prerrogativa exclusiva de ciertos profesionales.

Pero estas expectativas fueron destruidas por varios de mis sujetos. Por ejemplo: una mujer poco letrada, de situación modesta, ama de casa y madre a tiempo completo, no hizo ninguna de estas cosas convencionalmente creativas. Así y todo fue una maravillosa cocinera, madre, esposa y ama de casa. Con muy poco dinero, su casa estaba de algún modo siempre bella. Era una perfecta anfitriona. Sus comidas eran banquetes. Su gusto en telas, platería, cristales, vajilla y amoblado era impecable. En todas estas áreas ella era original, novedosa, ingeniosa, inesperada, inventiva. Tuve que llamarla creativa. Aprendí de ella, y de otros como ella, que una sopa de primera clase es más creativa que una pintura de segunda clase, y que, generalmente, la cocina, o la maternidad, o las labores domésticas podían ser creativas y que no necesariamente la poesía lo es. Esta incluso podía ser no creativa.

Otra de mis sujetos se dedicaba a lo que podría ser llamado servicio social en el más amplio sentido de la palabra. Vendando heridas, auxiliando a los despojados, no sólo en forma personal, sino en una organización que ayudaba a mucha más gente de la que ella individualmente podría.

Otro era un psiquiatra, un clínico puro que jamás escribió nada o creó alguna teoría o investigación, pero que disfrutaba en su diario trabajo de ayudar a la gente a crearse a sí mismos. Este hombre se aproximaba a cada paciente como si fuera único en el mundo, sin jerga, expectativas o presuposiciones, con inocencia
y candor e incluso gran sabiduría, al estilo taoísta. Cada paciente era un ser humano único y, por lo tanto, un problema completamente nuevo para ser entendido y resuelto, en una forma totalmente nueva. Su gran éxito, aun con casos muy difíciles, validaba su manera creativa -más que estereotipada u ortodoxa- de hacer las cosas. De otro hombre aprendí que emprender una organización mercantil podía ser una actividad creativa. De un joven atleta aprendí que una maniobra perfecta podía ser un producto tan estético como un soneto, y que es posible aproximarse a ella con el mismo espíritu creativo.

Una vez se me aclaró que una competente chelista, que yo había considerado reflexivamente como creativa -acaso porque la asociaba con música creativa o compositores creativos?- en realidad sólo tocaba bien
lo que otro había escrito, Ella era una intérprete, como lo es el actor o comediante habitual. Un buen mueblista o jardinero o modisto podría ser realmente más creativo. Yo tenía que hacer un juicio individual en cada instancia, ya que casi cualquier rol o trabajo podía ser tanto creativo como no creativo.

En otras palabras, aprendí a aplicar la palabra creativo -y también la palabra estética- no sólo a productos, sino también en una forma caracterológica a la gente, a las actividades, procesos y aptitudes. Y además llegué a aplicar la palabra creativo a muchos productos distintos de los modelos convencionalmente aceptados como poemas, teorías, novelas, experimentos o pinturas.

La consecuencia fue que encontré necesario distinguir la creatividad como talento particular de la creatividad autorrealizante (AR) que emana más directamente de la personalidad, y que se exhibe ampliamente en las actividades habituales de la vida, por ejemplo, en cierto tipo de humor. Aparecía como una tendencia a hacer cualquier cosa creativamente, como ser labores domésticas, enseñanza, etc. Frecuentemente aparecía como que un aspecto esencial de la creatividad AR era un tipo especial de perceptividad -esto lo vemos en el niño de la fábula que captó que el rey no tenía ropas- lo que también contradice la noción de creatividad como productos. Esta gente puede ver lo fresco, lo nuevo, lo concreto, lo ideográfico, tan bien como lo genérico, lo abstracto, lo destacado, lo categorizado, y lo clasificado. Consecuentemente, ellos viven mucho más en el mundo real de lo natural que en el verbalizado de los conceptos, abstracciones, expectativas, creencias y estereotipos que la mayoría de la gente confunde con el mundo real, Esto está muy bien expresado en la frase de Rogers: apertura a la experiencia.

Todos mis sujetos eran más espontáneos y expresivos que la gente promedio. Eran más naturales, menos controlados e inhibidos en su comportamiento, el que parecía fluir más fácil y libremente y con menores bloqueos y autocrítica. Esta habilidad para expresar ideas e impulsos sin obstrucción ni temor al ridículo resultó ser un aspecto esencial de la creatividad AR. Rogers lo ha expresado en forma excelente como persona plenamente funcionante .

Otra observación fue que la creatividad AR era en muchos aspectos como la creatividad de los niños felices y seguros. Era espontánea, sin esfuerzo, inocente, fácil, una especie de libertad de estereotipos y clichés. Parecía provenir en gran medida de una inocente libertad de percepción, de una inocente y desinhibida espontaneidad y expresividad. Casi cualquier niño puede percibir más libremente, sin expectativas a priori, acerca de lo que puede o debe ser esto o aquello, o de lo que siempre ha estado allí. Y casi cualquier niño puede componer una canción, un poema, un baile, una pintura, un acertijo o un juego con el estímulo del momento, sin planificación o intento previos.

Era en este sentido infantil que mis sujetos eran creativos. Para evitar malentendidos, ya que mis sujetos no eran niños -todos estaban entre los 50 y los 60- tengo que decir que ellos habían conservado o recobrado al menos estos dos aspectos principales de la infancia: no estaban rotulados, sino abiertos a la experiencia, y eran fácilmente espontáneos y expresivos, Si los niños son ingenuos, entonces mis sujetos habían obtenido una segunda ingenuidad, como la llamaba Santayana. Su inocencia de percepción y expresividad estaba combinada con mentes adultas.

En cualquier caso, esto suena como si estuviéramos tratando con una característica fundamental, inherente a la naturaleza humana, una potencialidad que ha sido dada a todos o a la mayoría de los seres humanos al nacer, la que es a menudo perdida o sepultada o inhibida en cuanto la persona es educada.

Mis sujetos eran además diferentes de la persona promedio en otra característica que hace más probable
la creatividad. Las personas AR no se atemorizan por lo desconocido, lo misterioso, lo enigmático, y a menudo son positivamente atraídas por esto. Lo escogen para escudriñarlo, analizarlo o absorberse en ello. No desdeñan lo desconocido, no lo ignoran, no huyen, ni tratan de creer que en verdad es conocido. Tampoco lo organizan, o dicotomizan o rotulan prematuramente. No se aferran a lo familiar, ni su búsqueda de la verdad es una necesidad catastrófica de certeza, seguridad, delimitación y orden, como lo vemos en
el daño cerebral severo de Goldstein o en el neurótico compulsivo-obsesivo. Ellos pueden -cuando la situación objetiva lo requiere- ser cómodamente desordenados, desparramados, anárquicos, caóticos, vagos, dubitativos, imprecisos, indefinidos, inexactos o incorrectos. Todo esto es, en ciertos momentos, deseable en ciencia, arte, o en la vida en general.

De este modo resulta que la duda, las tentativas, la incertidumbre, con su consecuente necesidad de aplazar decisiones -lo que para la mayoría es una tortura- puede ser para algunos un desafío placenteramente estimulante, un nivel alto en la vida más que uno bajo.

Una observación que hice me ha complicado por muchos años, pero ahora comienzo a entenderla. Era la
que describí como la resolución de las dicotomías en gente autorrealizada. Yo tenía que ver en forma diferente muchas de las oposiciones y polaridades que todos los psicólogos habían considerado como una línea recta continua. Por ejemplo, no podía decidir si mis sujetos eran egoístas o no. Eran muy generosos
en un sentido y muy egoístas en otro. Y estas dos características estaban fusionadas, no como incompatibles, sino más bien como una unidad o síntesis sensible, dinámica. Habían reunido los opuestos de tal manera como para hacerme notar que la consideración del egoísmo y del no-egoísmo como contrarios mutuamente excluyentes, es propia de un bajo nivel de desarrollo de la personalidad. Mis sujetos tenían también muchas otras dicotomías resueltas en unidades: conocimiento versus acción, corazón versus cabeza, deseos versus hechos. Estas se estructuraban tal como el deber se volvía placer y el placer se fundía con el deber. La distinción entre trabajo y diversión llegó a ser imperceptible. Cómo podría, el hedonismo egoísta, ser opuesto al altruísmo, cuando este último se convierte en egoísmo placentero? Las personas más maduras de todas fueron también marcadamente infantiles. Estas mismas personas, los egos más poderosos y más definidamente singulares, eran también aquellos que podían ser fácilmente los más carentes de ego, autotrascendentes y enfocados en los problemas.

Esto es precisamente lo que hace el gran artista. El es capaz de reunir colores antagónicos, formas que luchan entre sí, disonancias de todas clases, en una unidad. Y es también lo que hace el gran teórico cuando junta hechos dispersos e inconexos de modo que vemos que verdaderamente se pertenecen entre sí. Y así también el gran estadista, el gran terapeuta, el gran filósofo, el gran progenitor, el gran inventor. Todos ellos son integradores, capaces de unificar elementos separados e incluso opuestos.

Hablamos aquí de la habilidad para integrar y de la capacidad para moverse entre la integración interior de la persona y su habilidad para hacer esto mismo en cualquier actividad que esté desempeñando en el mundo. Tanto como la creatividad es constructiva, sintetizadora, unificadora e integradora, tanto depende de la integración interna de la persona.

Tratando de resolver por qué todo esto era así, me pareció que gran parte de ello podía ser atribuido a la relativa ausencia de miedo en mis sujetos. Seguramente ellos estaban poco socializados; es decir, parecían temer menos lo que otra gente pudiera decir, preguntar, o burlarse. Tenían menos necesidad de otras personas, y, por lo tanto, al ser menos dependientes podían ser menos temerosos y menos hostiles en relación a ellas. Quizás lo más importante, sin embargo, era su carencia de temor con respecto a sus propia intimidad, sus propios impulsos, emociones, pensamientos. Se aceptaban más a ellos mismos que lo que lo hace el promedio. Es esta aprobación y aceptación de su naturaleza más profunda la que hacía más posible el percibir valientemente la realidad del mundo. Es también lo que hacía más espontáneo su comportamiento, menos controlado, menos inhibido, menos planificado, menos predispuesto y diseñado. Eran menos temerosos de sus propios pensamientos aun cuando éstos parecieran chiflados necios o alocados. Tenían menos miedo de ser motivo de burla o desaprobación. Podían permitirse ser inundados
por la emoción. Al contrario, la gente promedio y la neurótica reprime el miedo tanto como se miente a sí misma. Esas personas controlan, inhiben, reprimen y suprimen. Ellas desaprueban su más auténtico Yo y esperan que los demás también lo hagan.

Freud y la Psicología Profunda

Freud y la Psicología Profunda


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Hace unos pocos decenios, la palabra psicología apenas se oía, salvo en discusiones entre filósofos, moralistas y estudiantes de técnicas religiosas ideadas para purificar y santificar las vidas de relativamente pocos individuos. La psicología era materia de estudio universitario. La ciencia médica le prestaba poca atención. Los trastornos mentales, la histeria, la insania -otrora atribuida a causas “ocultas” de “posesiones” demoníacas-, considerábanse principalmente enfermedades incurables, y a los individuos afligidos por ellas se los estigmatizaba como parias y, en ocasiones, como criminales. A la cordura y a la racionalidad se las veía como señales de lo divino en el hombre, y como se creía que el individuo tenía “libre albedrío” y que “era dueño” de su mente y sus sentimientos, perder el equilibrio mental y el control de sí significaba renunciar más o menos adrede a la propia naturaleza divina, convirtiéndose en presa de fuerzas animales o demoníacas. En la mayoría de los casos a los insanos se los trataba de conformidad con aquello.

Durante el siglo XIX empezaron a cuestionarse agudamente las ideas relativas a la naturaleza del hombre, no puestas en tela de juicio durante siglos. Los filósofos materialistas de la escuela alemana las cuestionaban en términos generales, procurando demostrar que todas las actividades del alma y de la mente humanas pueden reducirse y explicarse como productos de procesos bioquímicos, materiales. Más específicamente, los fenómenos psicológicos pasaron a quedar bajo el examen de los hombres cuya tarea era curar a los enfermos. Desde la época de Anton Mesmer, a fines del siglo XVIII, las enfermedades que lindaban entre lo puramente físico y lo psicológico -y en particular todas las formas de “histeria”- habían atraído la atención de los investigadores. La serie de variados intentos por curar estas enfermedades condujo, a su tiempo, hacia el psicoanálisis y Sigmund Freud.

Desde entonces, la psicología moderna se dividió en varias ramas: muy básicamente, la “psicología experimental” de laboratorios de Facultades según la línea del Conductismo y el estudio de los fenómenos primarios de atención, acción refleja, asociación de ideas, etc., y los varios tipos de psicoterapia que procuran curar las enfermedades de la mente y el interior del hombre. Los que discutiremos principalmente serán los géneros de psicoterapia que no se ocupan específicamente de la cura de formas agudas de insania, sino cuyo fin básico es más bien llevar a los hombres y mujeres de nuestra era caótica a un sentido mayor de salud y cordura (psicológica, moral y mental) y a una realización más vibrante de sus energías interiores. Los tipos de perturbaciones que estas psicoterapias intentan curar son producidas esencialmente por el desajuste de los individuos respecto de sus medios  ambientes: la familia, la escuela, los amigos, la sociedad. Se ocupan del conflicto básico entre lo individual y lo colectivo, entre el ego y todo lo que no es el ego, o sea, el “mundo externo”.

Tal conflicto es absolutamente básico en la naturaleza humana, y sólo en ella. El privilegio del hombre es llegar a individualizarse respecto de la multitud de la tribu, de la comunidad socio-religiosa en la que nació. El privilegio del hombre es sentirse “separado” como un “yo”, un ego que tiene características únicas. Ese es su privilegio, y su carga o responsabilidad trágica. Eso le convierte en un dios, o en un demonio.

Todos los psicoterapeutas, de Freud en adelante, se ocupan esencialmente del ego: del modo en que el ego se desarrolla, madura o no logra madurar, cristaliza según pautas sociales de aquiescencia o rebelión, se transforma venciendo sus limitaciones, y, en casos extraordinarios, se vuelve parte de una integración espiritual mayor. Sin embargo, cada escuela de psicoterapeutas asume un enfoque particular de los problemas del ego, y ordinariamente recalca un tipo de perturbación a expensas de las otras. Esto es así en gran medida porque el psicólogo no logra captar al ser humano íntegro como una totalidad orgánica, y especialmente porque no tiene modo de representarse directamente la estructura de esta totalidad.

Aquí entra la astrología; pues, en la carta natal, el astrólogo tiene un medio para estudiar la pauta global de las funciones, facultades e impulsos de una persona. Puede estudiar el diagrama de su evolución desde el nacimiento en adelante. Por tanto, puede ocuparse de la persona total, más bien que de sólo uno o dos impulsos y actividades fundamentales que contribuyen al crecimiento de la consciencia y del ego -o a su malformación y destrucción eventual-. Sin embargo, el tipo de psicología que es característica de la mayoría de los astrólogos y libros de texto astrológico es, por regla general, enteramente incapaz de cumplir con estas posibilidades. Es un tipo de psicología que aún se basa en las obras de Ptolomeo y Aristóteles -un tipo “clásico” empapado de antiguos conceptos religiosos y éticos, y aún de escaso contacto con el fermento de las ideas que Freud  y sus sucesores desataron sobre el mundo moderno-.

Freud no es un fenómeno único. Existe una correlación básica entre las actitudes hacia la vida que Darwin y Freud promovieran y popularizaran. Pues en estos dos pioneros hallamos la expresión de una rebelión profunda contra la “clásica” confianza en los factores intelectuales y racionales de la naturaleza humana, basada en las explicaciones que la teoría religiosa y el racionalismo del siglo XVIII daban para justificar los fenómenos biológicos y psicológicos, la génesis de las especies naturales y de los egos individuales de los seres humanos. Mientras los psicólogos clásicos y religiosos creían en un alma dada por Dios, y los biólogos creían que Dios había creado separadamente cada especie de entidades vivas, Darwin y Freud renunciaban al concepto de semejante creación “en lo alto”, y procuraban retratar un desarrollo progresivo y evolutivo de las especies y los egos “desde lo profundo”. Así nació la “psicología profunda” -una psicología que se hunde audazmente en las profundidades subconscientes del alma humana, una psicología evolutiva del ego.

Lo que Darwin y Freud intentaban destruir era el denominado concepto platónico de un mundo “espiritual” de Ideas o Arquetipos, anterior al mundo “físico” de los organismos materiales. Estos Arquetipos, siendo “Emanaciones” directas de la Mente Universal y sus Jerarquías Divinas, no se consideraba que estuvieran “evolucionando”. Se decía que habían sido creados completos y perfectos. La evolución sólo había de hallarse en el mundo material: un lento intento de organismos físicos o psicológicos de aproximarse cada vez más cerca a las pautas ideales que constituyen la “Realidad”.

Por otro lado, la psicología “clásica” se basa en el supuesto de que el hombre es un “alma divina” que opera en relación más o menos estrecha con un cuerpo material y una “personalidad” condicionada por la tierra. Toda persona es un “hijo de Dios”; o, en términos más filosóficos, primero de todo, es una entidad espiritual, cuya estructura y función esenciales son establecidas como un Arquetipo antes del nacimiento, y se perpetúan después de la muerte del cuerpo. Esta entidad espiritual es el yo “real”; y a él pertenecen los atributos espirituales de voluntad, carácter, discriminación entre el bien y el mal, moralidad y racionalidad, y creatividad mental. Estos atributos están en constante conflicto con los deseos y pasiones del cuerpo y la psique ligados a la tierra.

Durante la época Victoriana, habiéndose el género humano hallado repentinamente en posesión de  tremendos poderes materiales, enfrentó un incremento generalizado de la virulencia del conflicto entre los atributos espirituales y los deseos personales en procura del propio engrandecimiento y satisfacción -en especial, porque bajo los golpes de la crítica intelectual se desvanecía el poder de las restricciones religiosas y sociales del pasado-. Los resultados fueron evidentes: los “hechos de la vida” contradecían a cada paso a las máximas morales y a los ideales pomposos. Los seres humanos procuraban, cada vez más, llevar dos vidas a la vez. Se multiplicaban las neurosis, las psicosis y los casos de esquizofrenia. El peligro se tornaba tanto social como personal.

Tenía que ocurrir algo. Así como la osteopatía y la cirugía tuvieron que desarrollarse para la época en la que se multiplicaban las malformaciones y los accidentes ocupacionales con la difusión del maquinismo y de los trabajos oficinescos de encierro artificial, de igual modo la psicoterapia (la curación del alma o la “psique” personal, condicionada por la tierra) tuvo que descubrir técnicas que pudieran aliviar el estado generalizado de locura mansa que era la característica del ciudadano civilizado y mecanizado de la Era post-Victoriana. Cuando como resultado de algún profundo conflicto interior y de miedo, una persona se ve obligada a cumplir acciones repetidamente, no sólo contra su denominada “voluntad”, sino sin saber que las está cumpliendo, la psicología clásica cesa de tener significado práctico alguno. Si no sé quién soy o qué hago -entonces, para todos los fines prácticos, el término “yo” perdió su significado-. La persona bajo hipnosis está en semejante condición; pero también lo está el hombre con una “neurosis de compulsión” -sólo que en grado menor-. La psicología clásica liquidaba el problema declarando “insano” al hombre, y que la entidad espiritual dentro de él había “abandonado el cuerpo”.

Sin embargo, cuando el linde entre cordura y locura lo atestan millones de ciudadanos externamente normales, al problema no se lo puede desechar tan sumariamente. Ha de volver a formularse el problema de la cordura y la racionalidad -o mejor aún, el significado de voluntad, de personalidad, de ego-. La formulación no puede ser un juicio de blanco y negro sobre la base de consciencia o nada. Deberá admitir grados de grises: inconsciente, subconsciente, semiconsciente, consciente durante un tiempo… tal vez una consciencia de grados variables de brillo y poder penetrante; en algunos casos, una consciencia que logre acceder a los reinos que están más allá del alcance normal inclusive de la “luz blanca” -¿podríamos decir una consciencia ultravioleta?-.

Tal “escala” de consciencia sugiere la existencia de un proceso evolutivo; un proceso de crecimiento desde las raíces hacia arriba, un emerger desde las profundidades. El “yo individual, en vez de verse como un Yo arquetípico a priori -como alguna “pauta de perfección” que trasciende a la vida orgánica en la tierra- empieza a entenderse como el resultado final de la vida humana, como una victoria a ganar, como el resultado de un lento esfuerzo en pos de la integración y la individualización (o “individuación”). Y este esfuerzo puede malograrse, como lo puede el nacimiento. El “yo”-consciencia puede nacer sano, o emerger de la profundidad oscura e inconsciente del instinto malformado y retorcido por frustraciones y presiones de toda índole.

El hecho de que el ego emerja del instinto ocurre a través de los años de la niñez -¡puede inclusive ser condicionado por causas prenatales!-. Por tanto, las enfermedades de la voluntad y de la mente, y la predisposición a shocks psicológicos y colapsos morales-patológicos deberán rastrearse hasta lo que ocurrió durante los primerísimos años de vida. Por ello, el psiquiatra debe remontarse a estos comienzos del yo individual, tal como el naturalista darwiniano estudia particularmente aquellos restos del fosilizado pasado que muestran formas nuevas de vida que emergen de especies más viejas. El naturalista y el paleontólogo buscan sus claves a partir de fósiles profundamente metidos en viejas rocas traídas a la superficie de la tierra por cataclismos o largos siglos de erosión. El psicoanalista debe también hallar su camino hacia abajo, rumbo a las profundidades, rumbo a los estratos de la consciencia infantil -o aprovechar las erupciones psicológicas y la crisis cataclísmica del crecimiento del “alma” que traerán a la superficie recuerdos, largo tiempo olvidados, de shocks y frustraciones.

Sin embargo, normalmente los recuerdos conscientes de la mente, deformados ya por la fatiga o el miedo, no pueden ser de ayuda real para el psicólogo ávido de explorar el contenido del sector existente entre los instintos conscientes y las primeras vislumbres de la consciencia del ego. El ego resiste esta exploración tanto como un niño resistiría reingresar en el seno materno que condicionara su mismísima estructura. No obstante, cada mañana, al despertar, se experimenta de nuevo este proceso del emerger de la consciencia desde la inconsciencia. En esta “fase liminar” de la actividad mental, tiende a reproducirse el tipo de condiciones que prevalecían en la infancia. A estas condiciones las llamamos “sueños”. Cada mañana, cuando soñamos, somos nuevamente infantes que pugnan por emerger del seno materno de los instintos e ingresar en los problemas de la consciencia del ego y la adaptación de éste a nuestro complejo medio ambiente. Así, aprendiendo a entender el mundo de los sueños, también nos familiarizamos con los intentos que la consciencia efectuó y efectúa constantemente para afirmarse y ocuparse del poder de los instintos.

La Perspectiva  Fenomenológica  Analítica

La Perspectiva Fenomenológica Analítica

El psicoterapeuta y algunas de sus actitudes desde el punto de vista de la perspectiva fenomenológica analítica

Los procedimientos de ayuda psicológica apuntan a la comprensión y a la resolución del sufrimiento humano. Dentro de este procedimiento el rol del terapeuta y su nivel de real exposición frente al paciente, es un tema de vital importancia para la Psicología Analítica.

El Mito del Sanador Herido (Sharp, 1994) nos ayuda a comprender la relación que se da entre terapeuta y paciente, en el que los sistemas psíquicos de ambos se ven afectados durante el proceso de psicoterapia, y en el cual el terapeuta, a pesar de que se presume sus heridas están relativamente conscientes después de un largo análisis personal, se reconstelan en situaciones particulares y en el trabajo con pacientes con heridas similares.

Mi planteamiento es que para que dicha exposición a otro se dé conscientemente, debe existir una profunda vocación de terapeuta y una mirada fenomenológica-analítica para con la experiencia humana; utilizando los conceptos emanados del último Seminario (La Práctica de la Psicoterapia), como son la actitud de humildad, la actitud de testigo, la de ignorancia del propio conocimiento, etc.

Estos conceptos se perciben en los relatos de diversos psicoterapeutas junguianos con más de 30 años de experiencia profesional, y corresponden a actitudes que se van desarrollando a lo largo de la carrera del psicoterapeuta.

El terapeuta dentro del proceso de la psicoterapia

Pareciera ser que ha sido una ilusión el creer que el trabajo del psicoterapeuta sólo se hace a través del uso de la mente racional, de las explicaciones causales y de una postura de neutralidad, utilizando una metodología aséptica y propiciando una actitud de experto.

Dentro de la educación formal de los psicoterapeutas, aún hoy son formados con el objetivo de poder distinguir absolutos, de conocer la verdad y funcionar dentro de los parámetros polares de lo que es correcto o incorrecto, normal o anormal. Pero, cuando leemos a autores como Jung y Roberto Assagioli – médico psiquiatra vienés, contemporáneo de Jung, pionero del psicoanálisis en Italia y fundador de la teoría denominada Psicosíntesis (Assagioli, 1996)) – uno comienza a entender el camino transitado por estos hombres (ambos de formación Psicoanalítica) desde visualizar la psicoterapia sólo como una explicación causal del sufrimiento humano, a la apertura de una psicología más humana, vista más como un proceso que como un fin, la que requiere de un trabajo profundo por parte del terapeuta el que es considerado como un partícipe integral de la terapia y que es afectado por ésta.

Pero qué significa realmente el que el terapeuta sea parte del proceso? estamos dispuestos a ser parte del proceso o preferimos seguir con esa actitud de neutralidad que hasta ahora algunas teorías nos señalan que se debe tener?

El Mito del Sanador Herido es explicado por Daryl Sharp en el libro Lexicon Jungiano (Sharp, 1994) como una dinámica arquetípica que se puede constelar en una relación analítica, en que ambos se ven afectados. Según este paradigma, las heridas del analista, (que se presume están relativamente conscientes después de un largo análisis personal) viven una existencia sombría. Siempre pueden ser reconsteladas en situaciones particulares, y especialmente si se trabaja con alguien que tiene heridas similares.

La importancia de la relación inconsciente entre el analista y el paciente como la que se comunica en forma consciente, en términos del proceso curativo, es que derivará en dos implicaciones muy significativas como son:

a) Que la sanación sólo puede ocurrir si el analista tiene una relación progresiva con el inconsciente. De otro modo, quizás él o ella se identifique con el arquetipo del salvador, una forma de inflación.

b) La psicología profunda es una profesión peligrosa, ya que el analista siempre está propenso a ser infectado por las heridas del otro o a percibir las propias. Y esto se produce porque ambos estamos en el proceso, no estamos observando desde fuera como si el otro es el que tiene los problemas.

Estas implicaciones nos llevan a comprender lo que Jung nos quiso decir con que el tratamiento psicológico no funciona independientemente de la relación terapéutica. Es decir que las heridas del paciente activarían las del analista, y éste reaccionaría identificándose con lo que está ocurriendo, y de un modo u otro, consciente o inconscientemente, devolvería esta percepción al paciente.

Como dice el propio Jung en todo tratamiento psicológico efectivo, el médico influenciará al paciente, pero esta influencia sólo tiene lugar si el paciente tiene una influencia recíproca sobre el medico y
es inútil que el médico se escude de la influencia del paciente y busque rodearse de una cortina de humo de autoridad profesional o paternal. Al hacerlo, sólo se niega a sí mismo la posibilidad de usar un importante órgano de información (Jung, 1966)

El llamado de la vocación

Cómo se explica entonces que ciertas personas pongan en juego su tranquilidad o armonía alcanzada, para abrirse al otro, y juntos transitar el camino del proceso de transformación psicológica?

Desde mi punto de vista, aquí radica la importancia del auto conocimiento y madurez del terapeuta. Es aquí donde nos enfrentamos con el tema del servicio, es decir, el buscar ejercer de catalizador de otro en su proceso de desarrollo e individuación.

Curiosamente cuando estas preguntas se hacen conscientes, se producen eventos de sincronía como el abrir hace pocos días un libro de la antropóloga chilena Patricia May y leer: El árbol se da por el simple impulso interior de expresar su tesoro, aquel que lleva grabado en su semilla y continúa el quienes somos detrás de todas las construcciones fundadas en el ego, es lo que nos lleva a vivir en un constante cálculo y nos impide expresar el centro de nuestro ser, nuestra alma (May, 2003).

Es decir, el tema de servir al otro en la búsqueda de su propia alma viene del propio proceso de individuación y es como un algo que te empuja, como dice Patricia May La tradición mesoamericana dice que todo niño nace con una piedra preciosa en el centro de su corazón, y esto me hace recordar el significado de vocación que viene de vocare y que quiere decir voz que habla (May, 2003).

Con relación a este tema Joseph B. Wheelwright, doctor en medicina y analista jungiano por más de 40 años, expresó: Nunca me he alejado de la idea de que ser analista jungiano es una vocación , no una elección profesional. Me asombra encontrar candidatos que apenas tienen un compromiso total en relación a su propio crecimiento psíquico y a la gente con quién trabajan (Spiegelman et al.,
1990) .

Como señalaba anteriormente, pareciera ser que aparte de tener una vocación para recibir al otro en el trabajo de psicoterapia, se irían desplegando o desarrollando en él algunas actitudes que en cierta
forma son características de la Psicología Analítica.

Actitudes desde la perspectiva fenomenológica-analitica

De la lectura del trabajo de varios terapeutas junguianos (Spiegelman et al., 1990), tuve la experiencia de corroborar el cómo éstos van adquiriendo con la práctica algunas de las actitudes que revisamos en
el Seminario La Práctica de la Psicoterapia, desde la perspectiva fenomenológica y en el contexto de la psicoterapia.

La Actitud de Humildad
Cuando uno conversa o lee sobre la experiencia de terapeutas que llevan muchos años haciendo psicoterapia, se puede observar el cómo ellos aseguran que el poder de curación está en el paciente y
no en cuán experto sea el terapeuta. Esto es paradojal con la tendencia de los terapeutas que están comenzando en la práctica de la psicoterapia (donde me incluyo), en que se manifiesta la angustia de querer saber y poder controlar la mayor cantidad de variables posibles con el objeto de dar respuesta a las inquietudes y sufrimientos del paciente.

Cito textual a continuación a uno de ellos, Adolf Guggenbuhl-Craig, doctor en medicina:
Así pues……… en la terapia hago muy poca cosa. Para empezar no prometo curar a nadie. Escucho al paciente e intento formarme una somera idea de quién es, escuchando sus relatos externos e internos…. Me interesa mucho su pasado cultural, social, etnológico y religioso…..interpreto los sueños, las fantasías, los acontecimientos, pero sobre todo con imágenes, no con conceptos. Amplío más que interpreto. Intento no dar consejos, aunque los pacientes los esperan. (Spiegelman et al., 1990).

En esta actitud de humildad se va logrando entender que el paciente mantiene su propio sanador interno en la sombra, pero potencialmente disponible. Esto es muy bello, pues nos habla de una psicología que
al hacer consciente esto, está poniendo en el otro la capacidad de poder seguir viviendo haciéndose cargo de su vida, de una forma autónoma y madura.

Actitud de Ignorancia
Cuando utilizo el concepto de ignorancia me refiero a que el terapeuta no puede creer tener el control de todos los factores que entran en juego en la psicoterapia, no sólo en relación a la teoría propiamente tal, sino también a ser capaz de admitir los errores que se puedan cometer. El analista Mario Jacoby señala:

Yo suelo tratar de escribir algunas notas por la tarde sobre el contenido y el ambiente de cada una de las sesiones. Principalmente intento reconstruir y retener los momentos y las circunstancias en las que me he sentido indiscreto, como un intruso, pasándome de la raya, moralista, falto de ánimo, o simplemente utilizando intervenciones rutinarias vacías, etc. Creo que, como analistas, necesitamos afrontar los patinazos que cometemos, pero con la suficiente tolerancia ante el hecho de que no podemos ser unos analistas ideales. (Spiegelman et al., 1990)

Esta actitud es la que nos hace estar seguros de que ningún análisis es capaz de desterrar para siempre
la inconsciencia. El analista debe seguir aprendiendo perpetuamente y nunca olvidar que cada caso nuevo revela nuevos problemas y así da origen a suposiciones inconscientes que jamás se han constelado.

Actitud fenomenológica o experiencial frente al objeto de estudio
La Psicología Analítica trata de entender el fenómeno de la vida psíquica respetando la integridad de la experiencia, y su sentido. Para esto, a pesar de existir diversos supuestos teóricos en la base, son eliminados tanto como sea posible al estar frente a frente con el paciente en el proceso terapéutico.

La antropóloga Patricia May lo dice de una forma muy hermosa: es como volver a las cosas mismas, implica una actitud hospitalaria que es sensible a lo que habita en lo oculto (May, 2003). En la voz de
J. Wheelwright, analista jungiano: La relación analista – paciente constituye el punto crucial, y lucho duramente para tratar de describir como Dios manda qué es lo que hago. Trato de no ser tan diferente dentro de mi consulta de cómo soy con mi familia o mis amigos. No utilizo ningún tipo de fachada o de técnica. He aprendido a tratar la terapia como una relación, un proceso, y trato firmemente de dejar mis teorías fuera de este proceso porque no quiero que nada interfiera en mi experiencia inmediata. (Spiegelman et al., 1990)

Reflexiones finales

En este artículo he tratado de exponer algunos conceptos e ideas que me parecen cruciales para llegar a ser un terapeuta en la línea de la Psicología Analítica y, porqué no decirlo, en cualquier línea. He tratado de acentuar la similitud encontrada entre los conceptos vistos en el Seminario y algunos relatos directos de psicoterapeutas junguianos que han trabajado durante décadas, y han desarrollado estas formas de concebir la realidad y el concepto de lo que un paciente es y lo que realmente se espera que suceda en la psicoterapia.

Cuando supe que Jung tenía en su puerta una imagen de Filemón como signo de apertura hacia el inconsciente, me maravilló pues esa imagen representa todas las actitudes que hemos desarrollado en este trabajo. También es una apertura hacia el descubrir la vocación y seguir el llamado, y también abrir la propia herida para que otro pueda sanarse, y continuar en este proceso de individuación.

Quisiera recalcar que la imagen del sanador herido me parece que deja fuera el aspecto positivo y que omite las risas y la sensación positiva de ayudar al otro cuando emergen aspectos importantes a la consciencia.

Danza Misteriosa

Danza Misteriosa

Lynn Margulis y Dorion Sagan.- Editorial Kairós

Nada tan complejo, debatible y, a menudo, ideologizado como los temas relacionados con la sexualidad humana. De ahí el enorme valor de un libro como este, que nos ofrece una fascinante perspectiva evolucionista. Hay un origen ancestral, mucho mas remoto de lo que sospechamos, en nuestras emociones, pasiones, perversiones y sentimientos relacionados con el acto del amor.

Este libro combina la investigación científica con la filosofía, el psicoanálisis, la religión, la política. Se trata de entender nuestro presente explorando una herencia complejísima que emerge del pasado. Una herencia que podemos ignorar, pero de la cual no podemos escapar.

Lynn Magulis es una de las figuras más eminentes de la actual biología norteamericana. Profesora en la Universidad de Massachusetts, es miembro de la National Academy of Sciences.

Dorion Sagan es esayista. Conjuntamente con Margulis ha publicado el libro Microcosmos.

Los 10 Secretos de la Abundante Felicidad

Los 10 Secretos de la Abundante Felicidad

Adam J. Jackson.-Editorial Sirio

Recorres el mundo en busca de una felicidad
que está siempre al alcance de tu mano.
Horacio

Si preguntamos a la gente qué es lo que más desean en esta vida la respuesta más común será: Quiero ser feliz.

Por qué son felices tan pocas personas? Por qué la industria de los antidepresivos es una de las más florecientes? Por qué tan pocos seres humanos se consideran a sí mismos felices? No será que hemos estado buscando la felicidad en lugares equivocados?

Estoy convencido que todos tenemos la capacidad de ser felices. No importa el dinero que tengas o no tengas, no importa el tipo de trabajo ni el lugar donde vivas. Cualesquiera que sean tus circunstancias presentes, tienes en ti mismo no sólo el poder de ser feliz, sino el poder de experimentar una gran abundancia de felicidad.

La Abundancia de Felicidad no es sólo librarse de la depresión y del dolor, sino que más bien consiste en una sensación de alegría, de contento y de maravillado asombro ante la vida. Esto no significa que sea posible, ni siquiera deseable, vivir en éxtasis continuo; hay momentos en los que nuestras vidas se ven afectadas por tragedias y pérdidas personales y es totalmente natural sentir tristeza, pena y decepción. Pero hay diversas formas de hacer frente a tales experiencias y, con mucha frecuencia, podemos convertir en triunfos los obstáculos y las adversidades de la vida.

Al contrario de lo que ocurre en la mayoría de las parábolas, todos los personajes que aparecen en este libro están basados en seres reales. Por supuesto, he cambiado sus nombres y he modificado algunas circunstancias, pero todos ellos triunfaron sobre sus crisis personales y todos hallaron la felicidad tal como se expone en cada uno de los capítulos. Espero que sus relatos te ayuden y te inspiren a seguir su ejemplo y a experimentar las bendiciones de la Abundante Felicidad.

El Tiempo

El Tiempo

Todas las cosas tienen extensión y duración. Medimos la extensión según lo alto, lo largo y lo ancho; la duración según el tiempo. Todas estas cuatro dimensiones son medidas aplicadas por el hombre. Esta silla frente a mí no es de un metro de altura, pero yo la puedo medir así y, si arrojo al suelo la silla, su altura será tan sólo de 50 centímetros convirtiendo su altura anterior en su anchura. Se mide el tiempo según una dimensión: la longitud. Decimos hace largo y corto tiempo, pero nunca hablamos de tiempo ancho o estrecho. La expresión ya es tiempo (en inglés it is high time, literalmente: es tiempo alto) probablemente tiene su origen en la marea alta o en el reloj de agua. Mientras que para una medida objetiva tomamos puntos fijos (a.C. y d.C., a.m. y p.m.), el punto cero psicológico es el siempre presente, que se alarga, según nuestra organización, hacia delante y hacia atrás como el gusanillo que se abre camino comiendo el queso y dejando rastros de su existencia tras de sí.

Omitir las dimensiones del tiempo conduce a falacias lógicas, a engaños en los argumentos: la lógica sostiene que a = a, y que, por ejemplo, puede ponerse en otro contexto una manzana. Esto es correcto mientras sólo se considere la extensión de la fruta, como casi siempre se hace. Pero es incorrecto en cuanto se toma en cuenta su duración. La manzana verde, el fruto sabroso y el podrido son tres fenómenos diferentes del acontecimiento espacio-temporal manzana. Pero por ser utilitaristas, naturalmente tomamos la fruta comestible como referente cuando empleamos la palabra manzana.

En cuanto olvidamos que somos eventos espacio-temporales, chocan las ideas y la realidad. Las demandas de emociones perdurables (amor eterno, lealtad eterna) podrían llevar a la desilusión, la belleza efímera a la depresión. Las personas que han perdido el ritmo del tiempo pronto serán anticuadas.

Y qué es este ritmo del tiempo?

En apariencia nuestra organización posee un óptimo en la experiencia del sentido del tiempo: la duración. Se expresa esto en el lenguaje como paso-pasar-pasado (en francés, le pas-passer-passé; en alemán, ver-gehen-Ver-gangenheit). Así pues, para nosotros, el punto cero es la velocidad que pasa. El tiempo avanza. El tiempo vuela, o se arrastra o hasta se detiene, todavía denota la desviación de más y menos. Un juicio así contiene su opuesto psicológico; nos gustaría que el tiempo que vuela redujera su marcha y que se apresurase cuando se arrastra.

La concentración en las cosas como eventos espacio-temporales se experimenta como paciencia, la tensión entre un deseo y su realización como impaciencia. Evidentemente, en este caso, existe la imagen tan sólo en extensión, al desunirse el componente tiempo como impaciencia. De esta forma entra en la vida y psicología humanas la consciencia del tiempo o el sentido del tiempo.

Einstein opina que el sentido del tiempo es cuestión de experiencia. El niño de pecho despierta cuando la tensión del hambre ha llegado a ser tan elevada que interrumpe el sueño. Esto no se debe a sentido alguno del tiempo: por el contrario, el hambre ayuda a crear ese sentido. Aunque no conocemos ningún equivalente orgánico del sentido del tiempo, debe suponerse su existencia, aunque sólo sea por la exactitud con que algunas personas pueden dar la hora correcta.

Cuanto mayor es el retardo de la satisfacción del deseo, más grande la impaciencia, en caso de que la concentración siga sobre el objeto de gratificación. La persona impaciente quiere la conjunción inmediata, sin tiempo, de su visión con la realidad. Cuando se espera el tranvía, la idea tranvía puede deslizarse hacia el fondo y uno podría entretenerse pensando, observando, leyendo o con cualquier pasatiempo que haya a mano hasta que el tranvía llegue. Pero cuando el tranvía permanece como figura en la mente, entonces aparece como impaciencia, y dan ganas de correr para salir al encuentro del tranvía. Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. Cuando se suprime la tendencia a correr hacia el tranvía (y este autocontrol ha llegado a ser en la mayoría de nosotros, automático e inconsciente) se entra en un estado de inquietud, de molestia; cuando uno es demasiado inhibido como para desahogarse renegando y poniéndose nervioso y reprime esta impaciencia, probablemente la transformará en ansiedad, dolor de cabeza o en algún otro síntoma.

A cierta persona se le pidió que explicara la teoría de la relatividad de Eisntein. Contestó: Cuando pasas una hora con tu chica, el tiempo vuela; una hora parece un minuto; pero si estás sentado en una estufa caliente, el tiempo se arrastra, los segundos parecen horas. Esto no se ajusta a la realidad psicológica. En una hora de amor, cuando el contacto es perfecto, el factor tiempo no entra en absoluto en el cuadro. Pero si la chica llega a convertirse en un estorbo, se pierde el contacto con ella y llega el aburrimiento, entonces se comenzará a contar los minutos hasta que uno pueda liberarse de ella. También se experimentará el factor tiempo, en caso de que el tiempo sea limitado, cuando se pretende meter todo lo posible en los minutos de que se dispone.

Sin embargo, la regla tiene sus excepciones. Los recuerdos reprimidos en nuestro Inconsciente, según Freud, carecen de tiempo. Esto significa que no están sujetos a cambio mientras permanezcan en un sistema aislado del resto de la personalidad. Son como sardinas en una lata que, en apariencia, permanecen para siempre como si tuvieran 6 semanas o la edad de cuando fueron pescadas. Mientras están aisladas del resto del mundo hay muy poco cambio hasta que (al ser comidas u oxidarse), vuelven a entrar en el metabolismo del mundo.

El centro de nuestro tiempo como acontecimientos humanos conscientes en tiempo y espacio es el presente. No hay otra realidad más que el presente. Nuestro deseo de conservar más del pasado o de anticipar el futuro podría cubrir por completo este sentido de realidad. Aunque podemos aislar el presente del pasado (causas) y del futuro (propósito), toda renuncia al presente como centro de la balanza como el fiel de nuestra vida – conducirá a una personalidad desequilibrada. No importa que la inclinación sea hacia la derecha (excesiva rectitud) o hacia la izquierda (impulsividad), que se rompa el equilibrio hacia delante (futuro) o hacia atrás (pasado), se puede perder el equilibrio en todas las direcciones.

Esto tiene aplicación a todo y naturalmente también al tratamiento psicoanalítico. La única realidad aquí existente es la entrevista analítica. Todo lo que experimentamos allí lo experimentamos en el presente. Esta debe ser la base para cualquier intento de reorganización orgánica. Cuando recordamos, recordamos en ese preciso segundo y con cierto propósito; cuando pensamos en el futuro anticipamos cosas futuras, pero lo hacemos en el momento presente y debido a diversas causas. La predilección por el pensamiento ya sea histórico o futurista, siempre destruye el contacto con la realidad.

La falta de contacto con el presente, la falta de sentido actual de nosotros mismos lleva a huir, ya sea hacia el pasado (pensamiento histórico) o hacia el futuro (pensamiento de anticipación). Tanto Epimeteo Freud como Prometeo Adler, cooperando con el deseo del neurótico de cavar en el pasado o salvaguardar el futuro, han perdido el punto arquimedeo de reajuste. Al renunciar al presente como referente permanente, las ventajas de retroceder al pasado para sacar provecho de nuestras experiencias y errores se convierte en su opuesto, llegando a ser nocivo para el desarrollo. Nos hacemos sentimentales o adquirimos el habito de culpar a los padres o a las circunstancias (resentimiento). Con frecuencia el pasado se convierte en una “consumación” que ha de desearse con devoción . Brevemente, desarrollamos un carácter retrospectivo. El carácter prospectivo, por el contrario, se pierde en el futuro. Su impaciencia lo conduce a anticipaciones fantásticas que en contraste con la planeación – consumen nuestro interés por el presente y su contacto con la realidad.

Freud posee la intuición correcta al creer que el contacto con el presente es esencial. Exige atención libremente movible, que significa darse cuenta de todas las experiencias; pero lo que sucede es que lentamente, pero con seguridad, el paciente y el analista llegan a condicionarse por dos cosas; primero, por la técnica de asociaciones libres, de la fuga de ideas, y, segundo, por un estado en que analista y paciente forman, por así decir, una compañía para pescar recuerdos, con lo que desaparece la atención libremente movible. En la práctica, la apertura mental llega a estrecharse en un interés casi exclusivo por el pasado y la líbido.

Freud no es exacto en cuestión de tiempo. Cuando dice que el tiempo tiene una pierna en el presente y la otra en el pasado, incluye los pocos días pasados en el presente. Pero lo que sucedió, aunque solo sea hace un minuto, es pasado, no presente. La diferencia entre la concepción de Freud y la mía puede parecer irrelevante y, sin embargo, no es sólo asunto de pedantería, sino un principio que implica aplicaciones prácticas. Una fracción de segundo puede significar la diferencia entre vida y muerte, como veríamos en la coincidencia de la caída de una piedra que mata a un hombre.

El descuido del presente hizo necesaria la introducción de la “transferencia”. Cuando no dejamos lugar a la actitud espontánea y creadora del paciente, entonces tenemos que buscar explicaciones en el pasado, suponer que transfiere cada parte de su conducta de tiempos remotos a la situación analítica ( o, siguiendo el pensamiento teleológico de Adler) debemos limitarnos a descubrir qué propósitos, qué arreglos tiene el paciente en mente, qué planes tiene en su manga.

No niego en absoluto que todo tiene su origen en el pasado y tiende a un desarrollo ulterior, pero lo que yo quiero precisar es que el pasado y el futuro determinan su rumbo continuamente según el presente y tienen que relacionarse con él. Sin la referencia al presente llegan a carecer de sentido. Examinemos una cosa concreta, una casa edificada hace años que se origina en el pasado y tiene un propósito, en concreto, que se viva en ella. Qué sucede a la casa cuando uno se satisface con sólo el hecho histórico de que haya sido edificada? Si no se la cuida, la casa se convertirá en ruinas, sujeta como está al influjo del viento y del tiempo de sequía y al agua y a otros influjos destructores que, aunque pequeños y a veces invisibles, tienen un efecto acumulativo.

Freud ha sacudido nuestros conceptos de causalidad, moral y responsabilidad; pero se detuvo a medio camino: no condujo el análisis a sus últimas conclusiones. Dijo que no somos tan buenos o malos como creemos ser, pero que inconscientemente, en la mayoría de los casos, somos peores, a veces mejores. De acuerdo con ello transfirió la responsabilidad del Ego al Id. Además desenmascaró las causas intelectuales como racionalizaciones y decidió que el Inconsciente proporciona las causas para nuestras acciones.

Cómo podemos reemplazar el pensamiento causal? Cómo superamos las dificultades de apoyarnos en el presente y lograr un comprensión científica sin buscar razones? Ya he mencionado antes las ventajas que brotan del pensamiento funcional. Si tenemos el valor de intentar seguir a la ciencia moderna en su decisión de que no hay respuestas últimas al por qué? llegamos a un descubrimiento muy reconfortante: se puede responder a todas las preguntas relevantes preguntando :”Cómo?”, “Dónde?” y “Cuándo?” La descripción detallada es idéntica a la concentración y al conocimiento acrecentado. La investigación requiere descripciones detalladas sin descuidar el contexto. El resto es cuestión de opinión o teoría, fe o interpretación.

Aplicando nuestras ideas del presente podemos mejorar nuestra memoria y nuestros poderes de observación. Decimos que los recuerdos vienen a nuestra mente: nuestro Ego es más o menos pasivo respecto a ellos. Pero si retrocedemos a una situación, e imaginamos que estamos realmente en el lugar y entonces describimos con detalle lo que vemos o hacemos, empleando el tiempo presente, mejoraremos mucho nuestra capacidad de recordar.

Dentro de la concepción de Freud el pensamiento futurista, que en la psicología de Adler ocupa el primer plano, está relegado a una posición de importancia secundaria (por ejemplo, ventajas secundarias de una enfermedad). Freud adhirió a las causas, aunque en la Psicopatología de la vida cotidiana expuso muchos ejemplos para demostrar que el olvido y el recuerdo tienen tendencias y no solamente causas. Por un lado, los recuerdos determinan la vida del neurótico y, por otro, recuerda u olvida con ciertos propósitos. Un soldado anciano quizá recuerde acciones de las que puede vanagloriarse, y hasta inventaría recuerdos con el propósito de vanagloriarse.

Frederick Perls

Extractado de
F. Perls.- Yo, Hambre y Agresión.-Fondo Cultura Económica