La Búsqueda del Equilibrio Emocional

La Búsqueda del Equilibrio Emocional

Hay un principio filosófico que dice El hacer sigue al ser, lo que significa que primero está el ser humano como tal y luego lo que puede realizar en su vida. Sin embargo, desde su primera infancia, el niño empieza a ser enseñado sobre lo que debe hacer, y el hacer será su objetivo predominante en la vida. Lógicamente, esto no tiene nada de malo, al contrario, cada ser humano necesita aprender alguna actividad que le garantice el realizar su propio proyecto de vida.

Pero, nos preguntamos basta una profesión, un oficio, o sencillamente saber hacer algo para ser feliz? Quienes lo logran no han olvidado algo muy importante, cuidar con el mismo empeño a su propio ser. Es decir, consideran que primero son personas, con inteligencia, sentimientos, emociones, anhelos, deseos de superación, etc., que necesitan ser tomados en cuenta para darle un objetivo real a ese quehacer diario. Así logran evitar que se produzca esa sensación de hastío y de cansancio después de un día de trabajo abrumador.

Cómo cuidar entonces a este ser humano que tanto lo necesita? Ya que está compuesto de una parte material y otra espiritual, tiene que cuidar tanto su cuerpo como su alma y su espíritu. Sabemos que la salud del cuerpo es muy importante, pero también lo es – y muchísimo más – la del alma, o psiquis, junto con la capacidad trascendente del espíritu humano.

En el mundo en que vivimos, por largas épocas se ha sobrevalorado una de las facultades de la psiquis: la inteligencia racional o intelecto, con el consecuente descuido de la parte afectiva y volitiva del hombre. No se ha dado la misma importancia al conocimiento de los sentimientos, emociones y pasiones, y a lo que significa la voluntad en el ejercicio de la acción humana. Son innumerables las estadísticas sobre el C.I. (coeficiente intelectual) de miles de personas para determinar la capacidad de seguir determinado tipo de estudios. No se puede negar su utilidad; pero se hace cada vez más evidente que un alto C. I. no garantiza el éxito en la vida si no se tiene el mismo aprecio por lo que hoy se ha llamado la inteligencia emocional.

El autor, Daniel Goleman, ha tenido un éxito sorprendente con su libro La Inteligencia Emocional, donde revoluciona el concepto de inteligencia diciendo que en su aspecto emocional garantiza un mayor bienestar en la vida. Nos parece que este best-seller está dando respuesta a ese anhelo tantas veces postergado de miles de personas que quieren ser apreciadas por lo que son y no sólo por lo que puedan producir o por el servicio que puedan prestar.

Dentro del aspecto afectivo, las emociones desempeñan un papel extraordinariamente importante y decisivo en el quehacer humano. Con razón se dice que en esencia, todas las emociones son impulsos para actuar. La raíz misma de la palabra emoción es motere, verbo latino que significa mover, además del prefijo e que significa alejarse.

En todo lo que realizamos, utilizamos tanto los sentimientos como el raciocinio. Pero en muchas ocasiones las emociones avasallan al intelecto aplastando la razón. De ahí la gran importancia que tiene el saber manejar bien la parte emocional para mantener el equilibrio entre el corazón y la cabeza. Todos sabemos que el descontrol de las emociones negativas oscurece el entendimiento, haciéndonos actuar en forma irracional mientras estamos en su poder. Cuántas desgracias se producen por esta causa!

Existe una serie de emociones negativas con sus muchas combinaciones y variables. Algunos teóricos proponen familias básicas de emociones. Una de ellas es la enunciada por Daniel Goleman en su obra ya citada, la que por su extensión puede servir de gran ayuda para el conocimiento personal en un momento dado. Las principales emociones básicas y sus variables serían las siguientes:

Ira: Furia, ultraje, resentimiento, cólera, exasperación, indignación, aflicción, acritud, animosidad, fastidio, irritabilidad, hostilidad, violencia y odio.

Tristeza: Congoja, pesar, melancolía, pesimismo, pena, autocompasión, soledad, abatimiento, desesperación, depresión (que puede ser muy grave en casos patológicos).

Temor: Ansiedad, aprensión, nerviosismo, preocupación, consternación, inquietud, cautela, incertidumbre, pavor, desconfianza, miedo, terror (el que a un nivel patológico puede transformarse en fobia y pánico).

Disgusto: Desdén, desprecio, menosprecio, aborrecimiento, aversión, repulsión, rechazo.

Vergüenza: Culpabilidad, molestia, disgusto, remordimiento, humillación, arrepentimiento, mortificación, contrición,

Sorpresa: Conmoción, asombro, desconcierto, sobrecogimiento.

Placer: Felicidad, alegría, alivio, contento, dicha, deleite, diversión, disfrute sensual, estremecimiento, embeleso, gratificación, satisfacción, euforia, extravagancia, éxtasis y (como extremo patológico) manía.

Amor: Aceptación, simpatía, confianza, amabilidad, afinidad, empatía, devoción, adoración, ágape (amor espiritual).

A pesar de la cantidad de variables de las emociones básicas que incluye esta lista, sin embargo, no da respuesta a todas aquellas que experimenta el ser humano.

Existen, además, los estados de ánimo que se diferencian de las emociones en que son más permanentes. Una persona puede tener en un momento dado un ataque de ira que luego se le pasa. En cambio, otra puede estar irritable y de mal genio en forma permanente.

A pesar de que tenemos una mente intelectual y una mente emocional, ambas se intercomunican en forma constante y son esenciales la una para la otra. Es por eso que cuando se aclaran nuestras ideas confusas, o nuestras dudas, sentimos inmediatamente un alivio emocional y una tranquilidad interior.

Muchas veces se piensa que una persona con un alto grado de conocimiento académico no debiera tener desequilibrios emocionales. Lo que sucede es que la inteligencia académica tiene muy poco que ver con la vida emocional. A menudo decimos de alguien con grandes logros académicos: como profesional, excelente; como persona, ni hablar. Se comprueba cada día más que ser brillante intelectualmente no basta. Sin un cultivo constante de la parte emocional, estamos destinados no sólo a no lograr nuestros objetivos en la vida, sino, además, a fracasar rotundamente en nuestro anhelo de realizarnos. Cada vez con mayor frecuencia las empresas están comprendiendo la importancia de este problema, y proporcionan a sus empleados cursos y seminarios relacionados con el equilibrio emocional, la motivación, la alegría, el aprecio y respeto a las demás personas, la empatía, etc.

Quién no ha tenido que soportar la expresión amargada, la falta de interés por los demás, de tantos empleados de servicios básicos que hacen su trabajo automáticamente, como robots? A nadie se le ocurre que nuestro rostro no nos pertenece, salvo en los escasos momentos en que nos miramos al espejo. Muchas veces nuestra imagen nos impacta. Después, ese rostro se lo imponemos a los demás que tienen que aceptarlo. Si queremos mostrar desagrado a alguien no necesitamos abrir la boca, nos basta con nuestra expresión facial. Al contrario, una sonrisa es siempre bienvenida y suaviza cualquier situación tensa. Pero esa sonrisa tiene que ser espontánea, no una mueca estereotipada.

En todas las épocas los seres humanos han sufrido desequilibrios emocionales y patologías aberrantes derivadas de ellos. Pero en la actualidad pareciera que estuviéramos llegando a un paroxismo emocional enfermizo. Basta escuchar las noticias para quedar deprimidos por tanta negatividad. Por qué el 80% de las noticias se refieren a violencia, asesinatos, violaciones, drogas, corrupción de toda índole? Acaso no existen personas que a diario hacen el bien, que se esfuerzan por ser mejores, que ayudan a quienes lo necesitan, no sólo en cuanto a la miseria material, sino también en esa miseria psíquica y espiritual en la cual se sumergen ricos y pobres?

Es un hecho que personas más estables emocionalmente son capaces de poner orden en su vida afectiva lo que redunda en mejores relaciones interpersonales, mayor productividad en el trabajo, más capacidad de automotivarse y más perseverancia en sus objetivos. Todo esto las lleva a ser personas exitosas. Muchas veces se piensa que este equilibrio emocional es cuestión de temperamento y no de esfuerzo personal, siendo que el trabajo sobre sí mismo es mucho más arduo que el que realizamos externamente para ganarnos la vida.

Para lograr este nivel, es primordial el propio conocimiento en especial en lo que se refiere a las emociones, sentimientos y pasiones, en síntesis: nuestra vida afectiva. El hecho de observar las emociones que sentimos en el momento en que se producen dentro de nosotros por un estímulo externo – persona, cosa, hecho, circunstancia – es fundamental para nuestro autoconocimiento. Esta es la base del método de Observación de Sí que es uno de los medios más eficaces para lograr el equilibrio emocional, con un muy alto rendimiento en beneficios, tanto para nosotros como para los que nos rodean.

Es lo que llamamos la flecha de dos puntas. Es la capacidad de darnos cuenta simultáneamente del estímulo que nos está provocando una emoción negativa y de la emoción misma, distinguiendo cuál de ellas es la que nos está invadiendo. Este trabajo, realizado en el momento que se produce, nos da la oportunidad de disolver el efecto negativo del estímulo y de mantener la calma interior y exterior, sin necesidad de una represión que acumularía más carga emocional.

El esfuerzo consciente de darse cuenta exige el estar alerta psíquicamente, de lo contrario, la incapacidad de reconocer las emociones nos deja a merced de ellas. Este ejercicio se hace difícil al comienzo, pero la constancia en practicarlo da como resultado un equilibrio emocional envidiable. Nada se compara a la paz interior, la tranquilidad y la alegría de no ser esclavos de emociones negativas que destruyen la salud, amargan la existencia y pueden apresurar su término.

La consciencia de uno mismo nos da la posibilidad de ordenar nuestra vida afectiva; es fuente de automotivación y de dominio de sí, lo que redunda en creatividad, permitiéndonos lograr nuestros objetivos personales. También nos permite reconocer las emociones de los demás, lo que nos hace desarrollar empatía en nuestras relaciones con ellos, y, a la vez, impide que nos dejemos manejar por emociones negativas ajenas.

Esta descripción – nacida de nuestra experiencia en Cursos de Observación de Sí – confirma lo que expresa Daniel Goleman: A primera vista podría parecer que nuestros sentimientos son evidentes; una reflexión más cuidadosa nos recuerda épocas en las que hemos sido demasiado inconscientes de lo que sentíamos en realidad respecto a algo, o despertábamos tarde a esos sentimientos. Los psicólogos usan el término metacognición, yo prefiero la expresión autoconsciencia (self-awareness) en el sentido de una atención progresiva a los propios estados internos.

Según Goleman: esta autoconsciencia – consciencia de uno mismo – en el sentido de una atención progresiva a los propios estados internos, abarca todo lo que pasa por la consciencia en forma imparcial, como un testigo que tiene interés, pero que no reacciona. Es la diferencia, por ejemplo, que existe entre una furia asesina en relación a alguien y la elaboración de un pensamiento autorreflexivo: Esto que siento es “Ira, incluso mientras uno está furioso.

La práctica de escuchar los propios sentimientos es recomendada por varios connotados psicólogos. Jung hablaba de escuchar a su ánima, o principio femenino, (que representa la afectividad en el hombre); y también de escuchar los mensajes del inconsciente, según aparecen en los sueños.

Carl Rogers recomienda la atención y la aceptación de los propios sentimientos. Según lo cita William Johnston: Soy más eficaz cuando puedo escucharme con tolerancia y ser yo mismo. Con el transcurso de los años he adquirido una mayor capacidad de autoobservación que me permite saber con más exactitud que antes lo que siento en cada momento. Puedo reconocer que estoy enojado o que experimento rechazo hacia esa persona, que siento calidez y afecto hacia este individuo, o que mi relación con alguien determinado me produce ansiedad y temor. Todas estas actitudes son sentimientos que creo poder identificar en mí mismo.

Lo interesante en esta búsqueda del equilibrio emocional es tener siempre presente que la mente intelectual y la emocional están en permanente interacción. El mantener el equilibrio entre la cabeza y el corazón nos facilita alcanzar la paz interior, un don inapreciable en el mundo en que vivimos. Sin este equilibrio, es prácticamente imposible ser eficiente en el trabajo, manifestar capacidad creativa, establecer gratas relaciones humanas, y mantener la tranquilidad en las innumerables situaciones conflictivas que nos toca vivir.

Relaciones Personales

Relaciones Personales

El esquema que regirá las relaciones personales de un individuo se empieza a delinear desde la primera infancia. Se origina en lo que la psicología denomina ansiedad básica. Se entiende por ello el sentimiento de desamparo y aislamiento que experimenta un niño frente a un mundo potencialmente hostil. El niño pequeño se ve rodeado de gigantes – como los que aparecen en los cuentos de hadas -, algunos son benevolentes, otros, crueles y amenazadores.

Es posible citar una serie de factores adversos en el ambiente que rodea al niño, los que pueden conjugarse de diversas maneras: indiferencia, actitudes desdeñosas, protección exagerada, ninguna o excesiva responsabilidad, falta de expresiones de cariño, aislamiento de los otros niños, sentirse involucrado en los desacuerdos de los padres, injusticia, discriminación, promesas no cumplidas, etc.

Ante estas condiciones pertubadoras, motivado por su inseguridad y sus miedos, el niño va creándose una táctica inconsciente que le permita sobrevivir y desarrollarse hasta llegar a ser un adulto. Sus estrategias pasan a constituirse en tendencias duraderas que se incorporan a su personalidad y que condicionan en forma permanente su manera de relacionarse con los demás.

Lo que al comienzo parecía ser un cuadro caótico, se va definiendo en tres líneas de conducta entre las que el niño elige de preferencia una: puede moverse hacia la gente, contra la gente o aparte de la gente. En el primer caso, acepta su impotencia y su debilidad y busca congraciarse para sentirse apoyado . En el segundo caso, se siente rodeado de un ambiente hostil y decide defenderse tomando la iniciativa en el ataque: quien pega primero, pega dos veces. En el tercer caso, sólo desea aislarse, que se olviden de él
y que lo dejen tranquilo en su mundo propio.

Esto crea tres tipos diferentes de personalidad. Veámoslas en detalle:

Movimiento hacia la Gente

El Tipo Dócil.

– Necesidad compulsiva de afecto y aprobación: busca que lo quieran, que lo deseen, que lo amen, que lo acepten, que lo aprueben.

– Necesidad compulsiva de un compañero(a): amigo (a), amante, esposo(a) que le proporcione todo lo que
espera de la vida, y que acepte hacerse cargo de las responsabilidades del bien y del mal.

– El manipular para lograr algo se convierte en tarea predominante.

– Como sus necesidades de compañía son compulsivas, si son frustradas producen ansiedad y desolación.

– Por falta de distinción de sus necesidades tiende a exagerar su cordialidad.

– Necesita ser necesario e importante para los demás, especialmente para una persona en particular.

– Necesita ser ayudado, protegido, guiado.

– Cree que su frenética búsqueda de afecto es genuina, cuando en realidad es una insaciable necesidad de sentirse seguro.

– Tiende a pensar que todos son buenos, dignos de su confianza, lo que le ocasiona terribles decepciones y aumenta su inseguridad.

– Da ciegamente a los demás esperando retribución, y se siente profundamente turbado si el pago no se materializa.

– Tiende a subordinarse, ocupar un segundo lugar, dejar el primer puesto a otros.

Inhibiciones:

– Le impiden hacer las cosas para sí mismo y gozar de ellas.

– La experiencia no compartida con otro, por ejemplo: comida, espectáculo, concierto, paisaje, etc., pierden significación.

– Trata de evitar miradas rencorosas, discusiones, peleas, competencia.

– Procura ser conciliador, no guardar rencor, aceptar responsabilidades, acusarse a sí mismo, excusarse ante una crítica inmerecida o un ataque inesperado.

Actitudes hacia sí mismo:

– Sentimiento de debilidad e impotencia: Pobre de mí.

– Abandonado a sus propios recursos se siente perdido.

– En sus relaciones sentimentales trasmite un mensaje implícito de: Tienes que amarme, protegerme, no abandonarme, porque soy tan débil e impotente.

– Tiende a valorarse por la opinión de los demás. Su estimación sube y baja según la aprobación o reproche de los demás, el afecto o falta de él.

– Cualquier falta de atención hacia su persona es catastrófica.

– Cualquier crítica, desaire o abandono, es un peligro terrible.

Factores contradictorios:

– Tendencias agresivas fuertemente reprimidas.

– Falta de interés por los demás.

– Actitudes de desafío.

– Tendencias explotadoras inconscientes.

– Propensión a dominar a los demás.

– Necesidad de destacarse y disfrutar triunfos vindicativos.

– Estos factores nacen de experiencias desdichadas.

– El individuo no es consciente de estos factores contradictorios: pide porque es miserable y domina bajo
la capa de amor (Chantaje sentimental).

– La hostilidad reprimida puede aparecer en explosiones de mayor o menor vehemencia, en forma de irritabilidad o arrebatos de genio.

Movimiento Contra la Gente

El Tipo Agresivo:

– Da por supuesto que todo el mundo es hostil, y se niega a admitir que no lo sea.

– Para él la vida es una lucha de todos contra todos.

– Su actitud a veces es manifiesta, pero con más frecuencia está cubierta por una capa de cortesía, imparcialidad y fraternidad mientras nadie dude de que es él quien manda.

– En él todo está encaminado a ser, convertirse, o al menos, parecer duro.

– El mundo para él es una selva donde el fuerte aniquila al más débil.

-Puede ejercer el poder, manipular indirectamente o preferir ser una eminencia gris; en este último caso se manifiestan las tendencias sádicas, usando a los demás para sus propios fines.

– Experimenta una fuerte necesidad de explotar a los demás, de burlarlos, de servirse de ellos.

– Las cualidades que desarrolla son diametralmente opuestas al tipo dócil.

– Considera todos los sentimientos. suyos y de los demás, como sentimentalismos necios,

– El amor para él tiene un papel insignificante. No es que no se enamore, o no se case, pero el interés principal es que la otra persona pueda hacerle destacar su propia posición.

– Trata por todos los medios de ser un buen luchador, así como el dócil procura contemporizar.

– Siempre pierde mal y exige la victoria.

– Reconocer un error le parece imperdonable, lo considera una demostración de debilidad o una completa tontería.

– Es un estratega en la planificación y previsión, tratando de imponerse como el más fuerte, el más buscado, el más inteligente, el más eficiente.

– Por otra parte, la esterilidad emocional altera la calidad de su trabajo,

Inhibiciones:

– El tipo agresivo parece carecer de inhibiciones. Puede imponer sus deseos, dar órdenes, expresar su cólera, defenderse. Pero en realidad tiene las mismas inhibiciones que el tipo dócil.

– Ellas están en el área emocional y conciernen a su incapacidad de amistad, amor, afecto, comprensión, goce desinteresado. Esto último se considera una pérdida de tiempo.

– Cualquier sentimiento de simpatía, bondad o actitud dócil sería incompatible con la estructura de vida que se ha construido.

Actitudes hacia sí mismo:

– Necesita destacarse, tener éxito, prestigio o reconocimiento en alguna forma.

– Siente una necesidad subjetiva de demostrarse que es eficiente.

– Está siempre alerta para demostrar a los otros – y a sí mismo – que es el más fuerte, honrado y realista.

Factores Contradictorios:

– Para él la falta de piedad es fuerza; la falta de consideración para con los demás, honradez; y realismo, su persecución de fines egoístas.

– Se siente atraído hacia el tipo dócil, como éste hacia él. Esto está inspirado por su necesidad de combatir su blandura interior.

– El reconocimiento aparece como una solución a sus conflictos, convirtiéndose en el espejismo salvador que persigue.

– Todas sus tendencias más suaves son reprimidas para reforzar las agresivas y hacerlas más compulsivas aún.

Movimiento de Alejamiento de la Gente

El Tipo Desapegado:

– Desvío del propio yo.

– Entumecimiento de la experiencia emocional.

– Inseguridad de lo que realmente es, quiere, odia, desea, espera, teme, cree o le molesta.

– Se siente espectador ante sí mismo y ante la vida en general.

– Se angustia cuando el mundo se inmiscuye en sus asuntos.

Inhibiciones:

– Determinación consciente o inconsciente de no tener relaciones emocionales con los demás.

– Todas las cualidades que adquiere son para no verse comprometido.

– Se basta a sí mismo, y para lograrlo es ingenioso: restringe sus necesidades.

– Lo que más desea es que nada le importe mucho.

– Su necesidad de retiro es grande.

– Su lema: No molestar ni ser molestado. Prefiere dormir, trabajar y comer a solas.

– Su necesidad más fuerte: la independencia compulsiva e indiscriminada.

– Hipersensibilidad a la coacción, influencia, obligación, etc.

– No soporta la presión física como cuellos, collares, cinturones, zapatos, etc.

– El que otros esperen que haga ciertas cosas o proceda de un modo especial le provoca irritación y rebeldía.

– Considera los consejos como una dominación y se resiste a ellos.

Actitudes hacia sí mismo:

– Traza en torno a él una especie de círculo mágico donde nadie puede penetrar.

– Se observa con una especie de interés objetivo como si mirara una obra de arte.

Factores contradictorios:

– Sin embargo, si su desapego se rompe, busca frenéticamente afecto y protección y no soporta la soledad.

– Está dispuesto a plegarse a cualquier indignidad por una tendencia compulsiva de intimidad humana.

– Cualquier amenaza de dependencia le hará retirarse emocionalmente.

– La capacidad de creación puede ser una forma de salvación.

– Le da más importancia a la inteligencia que a las emociones.

– Las relaciones sexuales son muy importantes para el desapegado, son como un puente hacia los demás. Si no las tiene, las relaciones imaginarias las reemplazan.

– Está inconscientemente decidido a permanecer como es.

– Defiende con vigor su desapego si se lo atacan.

– La persona callada y reflexiva puede tener una cólera helada, y perder los estribos si atacan su independencia.

– Entre el amor y la independencia elige la independencia.

Resumen de los Tres Movimientos:

– Hacia los demás – tipo dócil – busca una relación amistosa entre el mundo y él.

– Contra la gente – tipo agresivo – se defiende ante un mundo competitivo.

– Aparte de la gente – tipo desapegado – espera serenidad e integridad.

Todas estas motivaciones son normales, el problema está en que en los tipos analizados anteriormente estas son tendencias compulsivas que producen angustia. Por ejemplo, el deseo de una soledad fecunda no es una neurosis. El desapego es recomendado en todas las grandes religiones, y puede ser de gran beneficio en un camino de crecimiento. El aislamiento voluntario es necesario en algunas de sus etapas para una mejor realización.

Sofía Roepke

Más Información:
Karen Horney.- Neurosis y Madurez.- Editorial Psique
Karen Horney.- Nuestros Conflictos Interiores.- Editorial Psique
Karen Horney.-La Personalidad Neurótica de Nuestro Tiempo.- Paidós

El Pasado y El Presente

El Pasado y El Presente

Aunque no es posible todavía dar plena cuenta de las relaciones entre pasado y presente, se dispone de suficiente material para intentar hacer una clasificación incompleta como la que sigue:

1- El influjo de la constitución (herencia).
2- El entrenamiento del individuo (condicionamiento a través del influjo ambiental).
3- Recuerdos futuristas.
4- La compulsión de repetición (lo incompleto de situaciones).
5- Acumulación de experiencias no digeridas (traumas y otros recuerdos neuróticos).

1- Respecto a la constitución, la relación entre pasado y presente es más bien obvia. Tomemos como ejemplo el funcionamiento de la glándula tiroides. El cretinismo (mixedema) se debe a algo que sucedió en el pasado. El ahondar en el pasado tiene valor alguno a no ser el de gratificar nuestra curiosidad científica, o de instruirnos respecto al origen de la enfermedad, de tal modo que este conocimiento pueda ayudarnos a curarla hoy? Añadimos continuamente hormonas tiroideas para solucionar una deficiencia actual de tiroxina.

2- Se puede comparar el entrenamiento del individuo con la construcción de carreteras; el objetivo es dirigir el tráfico de la manera más económica. Pero si el condicionamiento no es muy profundo está sujeto a deterioro, del mismo modo que se pueden destruir las carreteras mal construidas. El deterioro tiende hacia la aniquilación. Las viejas carreteras desaparecerán; nuestras mentes olvidarán. Si embargo, algunas carreteras están construidas del mismo modo que las viejas calzadas romanas. Una vez que hemos aprendido a leer, muchos años de no lectura pueden dejar todavía intacta la capacidad de leer. Pero si se realiza un reacondicionamiento, si se dirige el tráfico hacia nuevas carreteras, la situación será diferente: si nos vemos compelidos a hablar un lenguaje extranjero y utilizar poco nuestra lengua materna, experimentamos un deterioro en esta última y después de algunos años nos podrá resultar difícil recordar palabras que con anterioridad teníamos automáticamente a la mano. El reacondicionamiento, por otra parte, el volver a la lengua materna tomará menos tiempo del que tomó aprenderla en la infancia.

Cuando intentamos detener el progreso de una neurosis tratamos de reacondicionar al paciente a las funciones biológicas, llamadas de ordinario normales o naturales. Al mismo tiempo, no debemos olvidar el entrenamiento, el condicionamiento, de actitudes no desarrolladas. Podemos apreciar los métodos de F. M. Alexander desde el punto de vista del reacondicionamiento, si no olvidamos la necesidad de diluir al mismo tiempo el influjo dinámico de la gestalt equivocada. Cuando simplemente sobreponemos una gestalt a otra, enjaulamos, reprimimos, pero sin embargo mantenemos viva la gestalt equivocada; al anular esta última liberamos energías para que funcione toda la personalidad.

3- La expresión recuerdos teleológicos futuristas suena paradójica, pero con frecuencia recordamos experiencias pasadas para propósitos futuros. Desde el punto de vista psicoanalítico la categoría más interesante de este tipo es la señal de peligro. Cuando han ocurrido varios accidentes automovilísticos en el mismo lugar de una carretera es posible que las autoridades pongan una señal de peligro. No se erige esta señal de peligro en memoria de los que murieron; se crea con el propósito de salvaguardar contra accidentes futuros. Para un neurótico la señal de peligro no es, como dice Freud, el ataque de ansiedad. La persona nerviosa coloca sus recuerdos como señales de alto por todas partes, donde quiera que adivina la posibilidad de peligro. Este procedimiento le parece razonable; parece actuar de acuerdo con el proverbio: Una vez mordido, dos veces cauteloso. Puede, por ejemplo, haberse enamorado y haber sufrido una desilusión. Por ello se cuida mucho de que se repita ese desastre. En cuanto siente el más ligero signo de afecto pone en escena (consciente o inconscientemente) el recuerdo de su experiencia desagradable como luz roja de alto. No tiene en cuenta en absoluto el hecho de que comete un error histórico, que la situación actual puede diferir considerablemente de la anterior. Desenterrar situaciones traumáticas del pasado podría proporcionar aún más material para señales de peligro, podría restringir aún más las actividades y las esferas vitales del neurótico, ya que no ha aprendido a diferenciar entre situaciones anteriores y presentes.

4- Un punto muy delicado de tratar es la compulsión de repetición, en sí un descubrimiento admirable de Freud al que por desgracia éste llevó a conclusiones absurdas. Vio en la monotonía de las repeticiones una tendencia hacia la osificación mental. Freud sostiene que estas repeticiones llegan a ser rígidas y sin vida como materia inorgánica. Sus especulaciones acerca de esta tendencia negadora de la vida lo llevaron a conjeturar que existe un impulso definido que actúa detrás del telón: un instinto de muerte o de nirvana. Concluyó además que, del mismo modo que la libido orgánica se manifiesta como amor, el instinto de muerte se manifiesta como una tendencia a destruir. Hasta llegó a explicar la vida como una lucha permanente entre el instinto de muerte y la libido inquietante. Esta persona antirreligiosa reentroniza a Eros y Thanatos, el científico y ateo regresa a los dioses que había luchado por destruir toda la vida.

En mi opinión la construcción de Freud encierra varios errores. No concuerdo con él en que la gestalt de la compulsión de repetición tiene el carácter de rigidez, aunque en los hábitos existe una clara tendencia hacia la osificación. Sabemos que cuanto mayor es la persona o menos elástica es su visión de la vida, más difícil, más imposible se hace cualquier cambio de hábitos. Cuando condenamos algunos hábitos y los llamamos vicios suponemos que es deseable un cambio. No obstante, en la mayoría de los casos han llegado a convertirse en parte de la personalidad hasta tal grado, que todos los esfuerzos conscientes no pueden cambiarlos y todos los esfuerzos se reducen a resoluciones ridículas que engañan a la consciencia, de momento, sin influir en realidad.

Tampoco los principios son menos obstinados. Son substitutos de una visión independiente. El que los posee se encontraría perdido en el océano de los acontecimientos si no fuera capaz de orientarse por medio de estos apoyos fijos. De ordinario, hasta se siente orgulloso de ellos y no los considera debilidades, sino una fuente de fuerza. Se apoya en ellos debido a la insuficiencia de su propio juicio independiente.

La dinámica de los hábitos no es homogénea. Algunos están dictados por la economía de energía y son reflejos condicionados. Con frecuencia los hábitos son fijaciones u originalmente han sido fijaciones. Se les mantiene vivos por miedo, pero podría cambiárseles en reflejos condicionados. Esta manera de ver implica que un simple análisis de los hábitos es tan insuficiente para romperlos como lo son las resoluciones.

La estructura de la apropiada compulsión de repetición es bastante distinta de la de los hábitos y principios. Elegimos con anterioridad el ejemplo de una persona que se siente una y otra vez desilusionada por sus amigos. Difícilmente llamaríamos a esto un hábito o un principio. Pero qué es entonces esta repetición compulsiva? Para responder a esta pregunta debemos dar un rodeo.

K. Lewin realizó los siguientes experimentos de memoria: a cierto número de personas se les daba algunos problemas para que los solucionaran. No se les decía que se trataba de una prueba de memoria sino que tenían la impresión de que se realizaba una prueba de inteligencia. Se les pedía al día siguiente que escribieran los problemas que recordaban y, cosa bastante rara, recordaban bastante mejor los problemas no solucionados que los que habían solucionado. La teoría de la libido nos llevaría a esperar lo opuesto, es decir, que la gratificación narcisista haría que la gente recordase sus éxitos. O todos tenían los complejos de inferioridad de Adler y recordaban sólo las tareas no resueltas como aviso para hacerlo mejor la próxima vez? Ambas explicaciones resultan insatisfactorias.

La palabra solución indica que desaparece una situación confusa, se disuelve. Respecto a las acciones del neurótico obsesivo, se ha advertido que las obsesiones han de ser repetidas hasta que se ha terminado su tarea. Cuando se anula un deseo de muerte psicoanalíticamente o de otra forma, el interés por realizar los ritos obsesivos (la anulación del deseo de muerte) se retraerá hacia el fondo y más tarde desaparece de la mente.

Cuando un gatito trata de trepar a un árbol y fracasa, repite sus intentos una y otra vez hasta que lo logra. Cuando un maestro descubre errores en la tarea de su alumno le hace repetirla, no para que repita los errores, sino para entrenarlo en la solución apropiada. Entonces se completa la situación. Maestro y discípulo pierden todo interés en ella del mismo modo que perdemos el interés al haber resuelto un crucigrama.

Repetir una acción hasta dominarla es la esencia del desarrollo. Una repetición mecánica que no tenga como propósito la perfección es contraria a la vida orgánica, contraria al holismo creador (Smuts). Se mantiene el interés mientras la tarea emprendida no está terminada. Una vez completa desaparece el interés hasta que una tarea nueva crea otra vez interés. No hay caja de ahorro de la que el organismo (como sugiere la teoría de la libido) pueda sacar la cantidad de interés requerida.

Las repeticiones compulsivas tampoco son automáticas. Por el contrario son intentos enérgicos de resolver problemas importantes de la vida. La necesidad de amistad, en sí misma, es una expresión muy sana del deseo de contacto humano. La persona permanentemente desilusionada está equivocada sólo en cuanto busca este amigo ideal una y otra vez. Podría negar la desagradable realidad por medio del soñar despierto o hasta con alucinaciones; podría tratar de convertirse él mismo en este ideal o moldear a su amigo según él, pero no puede llegar a realizar sus deseos. No percibe que comete un error fundamental : busca la causa de su fracaso en la dirección equivocada: fuera, en vez de dentro de sí mismo. Considera a sus amigos la causa de su desilusión, sin darse cuenta de que sus propias expectativas son las responsables. Cuanto más ideales son sus expectativas, menos se conforman a la realidad, más difícil será el problema del contacto. Este problema no encontrará solución y no cesará la compulsión de repetición hasta que haya ajustado sus expectativas de lo imposible con las posibilidades de la realidad.

Así pues, la compulsión de repetición no es mecánica ni está muerta, sino muy viva.

No alcanzo a ver cómo puede deducirse de esto un místico instinto de muerte. Este es el único caso en el que Freud abandonó el terreno sólido de la ciencia y se adentró en el reino del misticismo, como lo hizo Jung con su desarrollo especial de la teoría de la libido y su concepción del Inconsciente Colectivo.

No me compete a mí descubrir qué motivó a Freud a inventar este instinto de muerte. Tal vez la enfermedad o la cercanía de la vejez le hizo desear la existencia de ese instinto de muerte que podría descargarse bajo la forma de agresión. Si esta teoría fuera correcta, cualquier persona suficientemente agresiva tendría el secreto para prolongar la vida. Los dictadores vivirían ad infinitum.

Freud emplea en forma intercambiable los términos instinto de nirvana e instinto de muerte. Mientras que no hay nada que pueda justificar la concepción del instinto de muerte, el instinto de nirvana podría encontrar cierta justificación. Se puede protestar contra la palabra instinto y aplicar en su lugar la palabra tendencia. Toda necesidad altera el equilibrio del organismo. El instinto da la dirección en que está alterado el equilibrio, como Freud dijo del instinto sexual.

Goethe tenía una teoría similar a la de Freud, pero para él no la libido sino la destrucción, simbolizada por Mefistófeles, se presentaba como el alterador del amor por una paz sin condiciones. Pero esta paz ni es incondicional ni eterna. La gratificación restablecerá la paz orgánica y el equilibrio hasta que, muy pronto, otro instinto presente sus exigencias.
Tomar erróneamente el instinto por la tendencia hacia el equilibrio es como confundir los objetos que se pesan en una balanza con la balanza misma. Podríamos llamar a este impulso inherente de llegar al descanso por medio de la gratificación de un instinto la búsqueda del nirvana.

El Misterio de estar Sano

El Misterio de estar Sano

Ninguno de nosotros es indiferente a la salud. Pero, cuando estamos sanos, raramente sentimos la sensación del asombroso dinamismo que significa estar vivos ni apreciamos el hecho de que existir es algo realmente frágil. Cuando este equilibrio se rompe por la enfermedad, nos quedamos conmocionados hasta un punto inimaginable. El poder ser entonces capaces de efectuar el más simple acto cotidiano nos parece un milagro.

Cuando estamos sanos de nuevo, nos encontramos con una identidad renovada, restableciendo todas las capacidades que dan sentido a nuestra vida, Nos sentimos más que agradecidos, palpándonos como si fuera la primera vez que lo hacemos. Entonces hablamos de sanación. Queremos compartir ese regalo con otros. Pero, qué es estar sanos? Consiste solamente en volver a la vida cotidiana en un estado satisfactorio? Considero que no. Se trata de una alquimia dentro de nuestras células. Volver a estar sanos consiste en vislumbrar el proceso universal de encarnación. Nuestra propia carne vibra con una mayor unión a la vida.

Cuando yo ejercía como médico tradicional me alegraba al contemplar el restablecimiento de la salud en mis pacientes. Pero hoy sé que esto es mucho más que volver al estado anterior. La sanación verdadera significa ampliar el círculo de nuestro ser y hacernos más incluyentes, más capaces de amar. Va más allá de nosotros, va hacia toda la humanidad.

Por qué están unidos a menudo el sufrimiento y la sanación? Es el gran drama de la materia ascendiendo hacia el espíritu y del espíritu encarnándose en la materia. Es el sufrimiento el proceso por el cual los viejos recuerdos incrustados en nuestra carne son traídos gradualmente a nuestra consciencia? Quizás, si no hubiera sufrimiento, podríamos dejar nuestro cuerpo atrás en nuestro viaje de transformación. Podríamos salir volando de este mundo como espíritus etéreos, y todo sería placentero y perfecto.

Pero aún más maravilloso es el hecho de que no salgamos volando. Nuestra consciencia crece precisamente porque no puede desligarse de la carne. La consciencia es traída a la tierra como lo es la humanidad mortal. Todas las grandes verdades metafísicas se hacen palpables en la paradoja que significa la vida de todos los días. He aquí un enorme desafío al que rara vez nos enfrentamos. Pero, de vez en cuando, gracias a la enfermedad uno de nosotros se introduce auténticamente en ese drama grande y misterioso que culmina en una sanación. Y cuanto mayor es la sanación, más plenamente nos vuelve a sumergir en la vida.

Después de pasar varios años explorando este proceso de transformación y de ser testigo de él, he deducido algunas conclusiones que apuntan a las fuerzas subyacentes que existen en las distintas modalidades de sanación. Debo advertir antes que esta comprensión puede ser tanto una carga como un regalo. A intentar traducir en palabras lo que antes era un misterio se pierde cierta inocencia o estado de gracia. Tan pronto como se cree atraparlo, se escapa. El hecho de sanar debe ser un proceso de relación y de redescubrimiento constante, momento a momento. Cuanto más sabemos acerca de la sanación, más nos conduce simultáneamente hacia algo incognoscible, algo que es en esencia espiritual.

La sanación, en su sentido más profundo, es un misterio. La medicina moderna, con el pretexto de ser científica, se apoya en observaciones cuya naturaleza última no puede explicar. Cierto manual de farmacología empieza advirtiendo al lector que, en resumen, nadie sabe cómo funciona un fármaco. Por supuesto que el médico tradicional decide olvidarse de esto y llega realmente a creer que sabe lo que está haciendo.

Es innegable que muchas de estas fórmulas funcionan según una predicción. Pero, como resultado en un determinado tratamiento, más buscamos aliviar síntomas que una sanación definitiva. Cuando se niega el misterio, se puede sentir una creciente y obsesionante sensación de malestar entre la comunidad médica. Debemos hacernos preguntas y buscar comprendernos a nosotros mismos y a nuestro mundo, sin olvidar que en el borde perimetral de nuestra experiencia, en la frontera de nuestros conocimientos, permanece un grande e impenetrable misterio, del cual fluirá – o no – la sanación.

Donde veamos que emerge una nueva manera de estar sano veremos también sanación. Encontramos ciertos individuos que han traspasado la frontera de la realidad convencional: el sanador, el místico, el chamán, el verdadero científico. Es realmente el fruto recogido por ellos lo que ha estado “sanando” a la humanidad a lo largo del tiempo. Estos frutos son la base de lo que llamamos cultura. Pero cada uno de nosotros tendría que hacer crecer con plenitud en su interior el árbol de la vida. La cultura empieza a morir, igual que nosotros, cuando inconscientemente dejamos de cultivar el árbol que da esos frutos. Todo lo que ha sido demostrado y – en ocasiones – considerado sagrado, sólo es una plataforma para saltar a mayores posibilidades. Aquello que iluminaba la sanación de ayer puede convertirse hoy en una prisión limitante, a no ser que descubramos por nosotros mismos una nueva relación con la vida que pueda hacer producir nuevos frutos.

Allí está – según mi opinión – el hilo de oro que lo enlaza todo. Se trata de nuestra capacidad de unión, de llegar a ser uno con nosotros mismos, con los demás, y con la vida en un sentido más amplio. La sanación, cualquiera que sea y cómo ocurra, lleva a cada individuo y a la humanidad como un todo hacia una relación más inclusiva, menos obstructora con todo lo emergente en esta aventura planetaria. Se trata de una relación ilimitada con nuestras sensaciones, pensamientos, sentimientos, imágenes, sueños, y también – a medida que trascendemos el concepto de separación – con otras personas y con aquello que llamamos Dios.

Si analizamos cuidadosamente esta posibilidad de relación, descubriremos que hay tres factores que influyen traspasando nuestros condicionamientos y permitiendo la aparición de un estado armonioso entre nuestros aspectos instintivo y espiritual. Más allá de las técnicas de sanación y de transformación, estos factores son funciones de la consciencia misma. Están más allá del tiempo y de los anales históricos. No importa que seamos aborigen, curandero, chamán, médico naturista, psicoterapeuta, psíquico, o simplemente una persona “normal”, igual el proceso de sanación implica los siguientes factores o fuerzas:

1.- Compromiso creativo: Participación en la vida de forma original, espontánea y alejada de todo prejuicio.

2.- Intensidad: Es la atención profunda de la que emana nuestro compromiso con la vida.

3.- Amor incondicional: Inclusión, sentimiento implícito de totalidad primordial.

Estos tres factores nos plantean nuevas ideas acerca del proceso de sanación. Recordemos a Freud: él observó de qué manera la mente inconsciente de sus pacientes se expresaba a través de sueños, o de imágenes espontáneas en lo que él llamaba “asociación libre”. Al ayudarlos a integrar esos contenidos en su mente consciente, contribuyó a sanar ciertas dolencias. Sus resultados exitosos no se basaron simplemente en sus ideas sino en la calidad de la relación que estableció entre la parte consciente y la inconsciente de la psiquis de sus enfermos.

La originalidad de Freud, entre otras cosas, influenciaba su manera de “escuchar”. En su casa de Londres visité la habitación en la que tenía su consulta. Se sentaba a la cabecera del sofá donde se instalaba el paciente, apartando su vista de él. No escuchaba de manera distraída; estaba totalmente atento, pero relajado. Podían transcurrir semanas o meses antes de que empezara a tomar apuntes de las sesiones. El hecho de escribir podía aprisionar prematuramente su captación del paciente en suposiciones o moldes condicionados. Dejaba que su comprensión y su relación con el enfermo fueran evolucionando naturalmente. Siempre podía ocurrir un momento inesperado en el que la psiquis se expresara de manera nueva. Había en Freud una apertura, una confianza en que aparecería alguna posibilidad no realizada, la que sería aceptada e incorporada dentro del marco acogedor de la terapia.

ElMisterioDeEstarSanoContrariamente a la mayoría de sus colegas, Freud escuchaba lo que nunca se había dicho en una consulta médica. Su manera de escuchar hacía que el paciente pudiera franquearse como jamás lo había hecho antes. Esta clase de atención es la que todo buen terapeuta, sacerdote o sanador debe prestar al otro. En ese estado de comunión se engendra una energía sanadora. La intensidad de esta atención es el mejor regalo que podemos obsequiar a los demás. Entonces aparece un orden superior de consciencia, una energía que, para la gente sensitiva, es literalmente una presencia. En ella somos transformados sutil y profundamente. Se trata de un estado superior de energía al que se une una mayor consciencia y un incremento de la intuición y de la inteligencia. Es como si el pensamiento, el sentimiento, la acción y la sensación se unieran en un nuevo nivel psicofísico.

Podemos experimentar algo como eso al abrir la Biblia, o un libro de poesías que nos eleva, o un artículo en una revista científica que muestra un cambio de perspectiva. En este nuevo compromiso creativo se libera nuestra energía.

Siempre los nuevos tratamientos de una enfermedad dan mejores resultados cuando se originan que cuando se han vuelto repetitivos. La cualidad creativa espontánea aplicada por sus creadores parece poseer una mayor capacidad de sanación.

Desde el punto de vista exterior, lo que hacemos es: tomar un medicamento, orar, recurrir a un curandero, hacer ejercicio, cuidar la dieta. Esto parece ser la causa de la respuesta sanadora. No se nos ocurre tomar en cuenta la disposición de ánimo con la que ejecutamos la acción. Actualmente, hasta la medicina tradicional ha empezado a establecer una nueva relación con nuestra condición humana, además del enfoque científico. Porque la creatividad científica puede convertirse fácilmente en algo dogmático.

En física, cuando atendemos al aspecto de las partículas de la luz, dejamos de lado la función de las ondas. Un fenómeno similar ocurre cuando intentamos comprender el porqué de la sanación. Si asignamos un nombre a la recuperación de la salud a fin de captarlo conscientemente, deja de estar conectado a su cualidad más universal. En medicina, cuando disponemos de nuevos conocimientos destinados a sanar, empezamos a pensar en términos de aplicación, fórmulas y técnicas. Así vamos en camino de congelar la fuerza sanadora universal que al comienzo pensábamos liberar.

He pasado años armonizando interacciones humanas de energía de alto nivel y observando la unificación resultante y el incremento de la consciencia. Se presentan sentimientos expansivos de bienestar y amor, estados de apertura mística y curaciones físicas (que se acostumbran llamar “remisiones espontáneas”). Primero tiene lugar la relación más profunda con la vida en ese momento, y después sobreviene todo lo demás.

Pero una comprensión consciente de las fuerzas que actúan en esos momentos no basta para crear esa unificación que buscamos, especialmente cuando estamos deseando que ocurra una sanación. Existe un elemento de gracia, un someterse a los propósitos de la vida. Al nombrar estos factores, he intentado ir más allá del fenómeno externo y acceder a una dimensión más universal. Precisamente por esta incapacidad de armonizarlos con nuestros propósitos, la sanación o cualquier transformación fundamental permanecerá en el misterio.

Vivimos un tiempo en el que el intelecto ha arrebatado muchos secretos al mundo material. Intentamos hacer lo mismo con nuestra psiquis. De allí la aparición de todas esas publicaciones de autoayuda que se renuevan constantemente, con diversas fórmulas de mejoramiento personal. Tales esfuerzos pueden conllevar una relación creativa con la vida o encerrar una acción manipuladora de los demás y de nuestro ambiente. Todo depende de si hemos hecho un descubrimiento por nosotros mismo o si estamos intentando huir de la vida hacia alguna ilusión de seguridad. De todas maneras, ningún esfuerzo conscientemente realizado garantiza la sanación verdadera. Debemos rendirnos a ese misterio más profundo, aunque eso nos humille o hiera nuestro orgullo.

La verdadera sanación – no el alivio temporal de síntomas o una aparente conquista de la ciencia sobre una enfermedad – nunca se produce de acuerdo a nuestras propias condiciones. Cualquier respuesta espontánea de entrega a la vida lleva consigo la capacidad de cambiar el nivel de energía de la consciencia, dando por resultado una transformación. Pero dentro de tal vitalidad espontánea existe algo que siempre permanece impredecible, algo que es fe y gracia. Cuando aplicamos una fórmula, obtenemos un resultado a menudo transitorio: sólo un cambio de síntomas, un aplazamiento del problema. Esto es lo que yo llamo perturbación. Durante algún tiempo aparecen ideas nuevas, nuevos sentimientos, nueva comprensión, incluso puede “remitir” la enfermedad. Algunas de ellas parecen haber “sanado”. Pero, en un sentido más profundo, esto no es sanación. En realidad, el círculo no se ha ampliado. Podemos pasar a ser más vulnerables aun a una nueva enfermedad, porque el proceso mismo de intentar cambiar las cosa en nuestros propios términos no nos deja escuchar directamente a la vida.

La creatividad en Personas Autorrealizadas

La creatividad en Personas Autorrealizadas

Tuve que cambiar mis ideas acerca de la creatividad en cuanto comencé el estudio de personas que eran positivamente saludables, altamente desarrolladas y maduras, autorrealizadas. Tuve que renunciar a mis conceptos estereotipados de que la salud, el genio, el talento y la productividad eran sinónimos. Una considerable proporción de mis sujetos, aunque saludables y creativos en un sentido particular que ya describiré, no eran productivos en el sentido habitual, ni tenían gran talento o genio, ni eran poetas, compositores, inventores, artistas o intelectuales creativos. También era obvio que algunos de los grandes talentos de la humanidad evidentemente no eran personas psicológicamente saludables, como Wagner, Van Gogh o Byron. Algunos lo eran y algunos no. Eso estaba claro. Muy pronto tuve que llegar a la conclusión
de que el gran talento era no sólo relativamente independiente de la virtud o de un sano carácter, sino que además sabíamos muy poco acerca de él. Hay, por ejemplo, alguna evidencia de que el gran talento musical o matemático es más heredado que adquirido. Parecía claro entonces que la salud y un talento especial eran variables separadas, tal vez sólo levemente relacionadas, tal vez no. Podemos asimismo admitir que, en principio, la psicología sabe muy poco acerca del talento especial de tipo genio. No diré más acerca de esto, circunscribiéndome en cambio a ese tipo de creatividad más vasta que es la herencia universal de cada ser humano que nace, y que parece tener algo que ver con la salud psicológica.

Además, pronto descubrí que, como la mayoría de la gente, había estado pensando en la creatividad en términos productivos, y que, en segundo lugar, había confinado inconscientemente la creatividad a ciertas áreas convencionales del esfuerzo humano, asumiendo inconscientemente que cualquier pintor, cualquier poeta, cualquier compositor, estaba llevando una vida creativa. Artistas, científicos, inventores, escritores, podían ser creativos, Y nadie más. Inconscientemente había asumido que la creatividad era la prerrogativa exclusiva de ciertos profesionales.

Pero estas expectativas fueron destruidas por varios de mis sujetos. Por ejemplo: una mujer poco letrada, de situación modesta, ama de casa y madre a tiempo completo, no hizo ninguna de estas cosas convencionalmente creativas. Así y todo fue una maravillosa cocinera, madre, esposa y ama de casa. Con muy poco dinero, su casa estaba de algún modo siempre bella. Era una perfecta anfitriona. Sus comidas eran banquetes. Su gusto en telas, platería, cristales, vajilla y amoblado era impecable. En todas estas áreas ella era original, novedosa, ingeniosa, inesperada, inventiva. Tuve que llamarla creativa. Aprendí de ella, y de otros como ella, que una sopa de primera clase es más creativa que una pintura de segunda clase, y que, generalmente, la cocina, o la maternidad, o las labores domésticas podían ser creativas y que no necesariamente la poesía lo es. Esta incluso podía ser no creativa.

Otra de mis sujetos se dedicaba a lo que podría ser llamado servicio social en el más amplio sentido de la palabra. Vendando heridas, auxiliando a los despojados, no sólo en forma personal, sino en una organización que ayudaba a mucha más gente de la que ella individualmente podría.

Otro era un psiquiatra, un clínico puro que jamás escribió nada o creó alguna teoría o investigación, pero que disfrutaba en su diario trabajo de ayudar a la gente a crearse a sí mismos. Este hombre se aproximaba a cada paciente como si fuera único en el mundo, sin jerga, expectativas o presuposiciones, con inocencia
y candor e incluso gran sabiduría, al estilo taoísta. Cada paciente era un ser humano único y, por lo tanto, un problema completamente nuevo para ser entendido y resuelto, en una forma totalmente nueva. Su gran éxito, aun con casos muy difíciles, validaba su manera creativa -más que estereotipada u ortodoxa- de hacer las cosas. De otro hombre aprendí que emprender una organización mercantil podía ser una actividad creativa. De un joven atleta aprendí que una maniobra perfecta podía ser un producto tan estético como un soneto, y que es posible aproximarse a ella con el mismo espíritu creativo.

Una vez se me aclaró que una competente chelista, que yo había considerado reflexivamente como creativa -acaso porque la asociaba con música creativa o compositores creativos?- en realidad sólo tocaba bien
lo que otro había escrito, Ella era una intérprete, como lo es el actor o comediante habitual. Un buen mueblista o jardinero o modisto podría ser realmente más creativo. Yo tenía que hacer un juicio individual en cada instancia, ya que casi cualquier rol o trabajo podía ser tanto creativo como no creativo.

En otras palabras, aprendí a aplicar la palabra creativo -y también la palabra estética- no sólo a productos, sino también en una forma caracterológica a la gente, a las actividades, procesos y aptitudes. Y además llegué a aplicar la palabra creativo a muchos productos distintos de los modelos convencionalmente aceptados como poemas, teorías, novelas, experimentos o pinturas.

La consecuencia fue que encontré necesario distinguir la creatividad como talento particular de la creatividad autorrealizante (AR) que emana más directamente de la personalidad, y que se exhibe ampliamente en las actividades habituales de la vida, por ejemplo, en cierto tipo de humor. Aparecía como una tendencia a hacer cualquier cosa creativamente, como ser labores domésticas, enseñanza, etc. Frecuentemente aparecía como que un aspecto esencial de la creatividad AR era un tipo especial de perceptividad -esto lo vemos en el niño de la fábula que captó que el rey no tenía ropas- lo que también contradice la noción de creatividad como productos. Esta gente puede ver lo fresco, lo nuevo, lo concreto, lo ideográfico, tan bien como lo genérico, lo abstracto, lo destacado, lo categorizado, y lo clasificado. Consecuentemente, ellos viven mucho más en el mundo real de lo natural que en el verbalizado de los conceptos, abstracciones, expectativas, creencias y estereotipos que la mayoría de la gente confunde con el mundo real, Esto está muy bien expresado en la frase de Rogers: apertura a la experiencia.

Todos mis sujetos eran más espontáneos y expresivos que la gente promedio. Eran más naturales, menos controlados e inhibidos en su comportamiento, el que parecía fluir más fácil y libremente y con menores bloqueos y autocrítica. Esta habilidad para expresar ideas e impulsos sin obstrucción ni temor al ridículo resultó ser un aspecto esencial de la creatividad AR. Rogers lo ha expresado en forma excelente como persona plenamente funcionante .

Otra observación fue que la creatividad AR era en muchos aspectos como la creatividad de los niños felices y seguros. Era espontánea, sin esfuerzo, inocente, fácil, una especie de libertad de estereotipos y clichés. Parecía provenir en gran medida de una inocente libertad de percepción, de una inocente y desinhibida espontaneidad y expresividad. Casi cualquier niño puede percibir más libremente, sin expectativas a priori, acerca de lo que puede o debe ser esto o aquello, o de lo que siempre ha estado allí. Y casi cualquier niño puede componer una canción, un poema, un baile, una pintura, un acertijo o un juego con el estímulo del momento, sin planificación o intento previos.

Era en este sentido infantil que mis sujetos eran creativos. Para evitar malentendidos, ya que mis sujetos no eran niños -todos estaban entre los 50 y los 60- tengo que decir que ellos habían conservado o recobrado al menos estos dos aspectos principales de la infancia: no estaban rotulados, sino abiertos a la experiencia, y eran fácilmente espontáneos y expresivos, Si los niños son ingenuos, entonces mis sujetos habían obtenido una segunda ingenuidad, como la llamaba Santayana. Su inocencia de percepción y expresividad estaba combinada con mentes adultas.

En cualquier caso, esto suena como si estuviéramos tratando con una característica fundamental, inherente a la naturaleza humana, una potencialidad que ha sido dada a todos o a la mayoría de los seres humanos al nacer, la que es a menudo perdida o sepultada o inhibida en cuanto la persona es educada.

Mis sujetos eran además diferentes de la persona promedio en otra característica que hace más probable
la creatividad. Las personas AR no se atemorizan por lo desconocido, lo misterioso, lo enigmático, y a menudo son positivamente atraídas por esto. Lo escogen para escudriñarlo, analizarlo o absorberse en ello. No desdeñan lo desconocido, no lo ignoran, no huyen, ni tratan de creer que en verdad es conocido. Tampoco lo organizan, o dicotomizan o rotulan prematuramente. No se aferran a lo familiar, ni su búsqueda de la verdad es una necesidad catastrófica de certeza, seguridad, delimitación y orden, como lo vemos en
el daño cerebral severo de Goldstein o en el neurótico compulsivo-obsesivo. Ellos pueden -cuando la situación objetiva lo requiere- ser cómodamente desordenados, desparramados, anárquicos, caóticos, vagos, dubitativos, imprecisos, indefinidos, inexactos o incorrectos. Todo esto es, en ciertos momentos, deseable en ciencia, arte, o en la vida en general.

De este modo resulta que la duda, las tentativas, la incertidumbre, con su consecuente necesidad de aplazar decisiones -lo que para la mayoría es una tortura- puede ser para algunos un desafío placenteramente estimulante, un nivel alto en la vida más que uno bajo.

Una observación que hice me ha complicado por muchos años, pero ahora comienzo a entenderla. Era la
que describí como la resolución de las dicotomías en gente autorrealizada. Yo tenía que ver en forma diferente muchas de las oposiciones y polaridades que todos los psicólogos habían considerado como una línea recta continua. Por ejemplo, no podía decidir si mis sujetos eran egoístas o no. Eran muy generosos
en un sentido y muy egoístas en otro. Y estas dos características estaban fusionadas, no como incompatibles, sino más bien como una unidad o síntesis sensible, dinámica. Habían reunido los opuestos de tal manera como para hacerme notar que la consideración del egoísmo y del no-egoísmo como contrarios mutuamente excluyentes, es propia de un bajo nivel de desarrollo de la personalidad. Mis sujetos tenían también muchas otras dicotomías resueltas en unidades: conocimiento versus acción, corazón versus cabeza, deseos versus hechos. Estas se estructuraban tal como el deber se volvía placer y el placer se fundía con el deber. La distinción entre trabajo y diversión llegó a ser imperceptible. Cómo podría, el hedonismo egoísta, ser opuesto al altruísmo, cuando este último se convierte en egoísmo placentero? Las personas más maduras de todas fueron también marcadamente infantiles. Estas mismas personas, los egos más poderosos y más definidamente singulares, eran también aquellos que podían ser fácilmente los más carentes de ego, autotrascendentes y enfocados en los problemas.

Esto es precisamente lo que hace el gran artista. El es capaz de reunir colores antagónicos, formas que luchan entre sí, disonancias de todas clases, en una unidad. Y es también lo que hace el gran teórico cuando junta hechos dispersos e inconexos de modo que vemos que verdaderamente se pertenecen entre sí. Y así también el gran estadista, el gran terapeuta, el gran filósofo, el gran progenitor, el gran inventor. Todos ellos son integradores, capaces de unificar elementos separados e incluso opuestos.

Hablamos aquí de la habilidad para integrar y de la capacidad para moverse entre la integración interior de la persona y su habilidad para hacer esto mismo en cualquier actividad que esté desempeñando en el mundo. Tanto como la creatividad es constructiva, sintetizadora, unificadora e integradora, tanto depende de la integración interna de la persona.

Tratando de resolver por qué todo esto era así, me pareció que gran parte de ello podía ser atribuido a la relativa ausencia de miedo en mis sujetos. Seguramente ellos estaban poco socializados; es decir, parecían temer menos lo que otra gente pudiera decir, preguntar, o burlarse. Tenían menos necesidad de otras personas, y, por lo tanto, al ser menos dependientes podían ser menos temerosos y menos hostiles en relación a ellas. Quizás lo más importante, sin embargo, era su carencia de temor con respecto a sus propia intimidad, sus propios impulsos, emociones, pensamientos. Se aceptaban más a ellos mismos que lo que lo hace el promedio. Es esta aprobación y aceptación de su naturaleza más profunda la que hacía más posible el percibir valientemente la realidad del mundo. Es también lo que hacía más espontáneo su comportamiento, menos controlado, menos inhibido, menos planificado, menos predispuesto y diseñado. Eran menos temerosos de sus propios pensamientos aun cuando éstos parecieran chiflados necios o alocados. Tenían menos miedo de ser motivo de burla o desaprobación. Podían permitirse ser inundados
por la emoción. Al contrario, la gente promedio y la neurótica reprime el miedo tanto como se miente a sí misma. Esas personas controlan, inhiben, reprimen y suprimen. Ellas desaprueban su más auténtico Yo y esperan que los demás también lo hagan.

Freud y la Psicología Profunda

Freud y la Psicología Profunda


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Hace unos pocos decenios, la palabra psicología apenas se oía, salvo en discusiones entre filósofos, moralistas y estudiantes de técnicas religiosas ideadas para purificar y santificar las vidas de relativamente pocos individuos. La psicología era materia de estudio universitario. La ciencia médica le prestaba poca atención. Los trastornos mentales, la histeria, la insania -otrora atribuida a causas “ocultas” de “posesiones” demoníacas-, considerábanse principalmente enfermedades incurables, y a los individuos afligidos por ellas se los estigmatizaba como parias y, en ocasiones, como criminales. A la cordura y a la racionalidad se las veía como señales de lo divino en el hombre, y como se creía que el individuo tenía “libre albedrío” y que “era dueño” de su mente y sus sentimientos, perder el equilibrio mental y el control de sí significaba renunciar más o menos adrede a la propia naturaleza divina, convirtiéndose en presa de fuerzas animales o demoníacas. En la mayoría de los casos a los insanos se los trataba de conformidad con aquello.

Durante el siglo XIX empezaron a cuestionarse agudamente las ideas relativas a la naturaleza del hombre, no puestas en tela de juicio durante siglos. Los filósofos materialistas de la escuela alemana las cuestionaban en términos generales, procurando demostrar que todas las actividades del alma y de la mente humanas pueden reducirse y explicarse como productos de procesos bioquímicos, materiales. Más específicamente, los fenómenos psicológicos pasaron a quedar bajo el examen de los hombres cuya tarea era curar a los enfermos. Desde la época de Anton Mesmer, a fines del siglo XVIII, las enfermedades que lindaban entre lo puramente físico y lo psicológico -y en particular todas las formas de “histeria”- habían atraído la atención de los investigadores. La serie de variados intentos por curar estas enfermedades condujo, a su tiempo, hacia el psicoanálisis y Sigmund Freud.

Desde entonces, la psicología moderna se dividió en varias ramas: muy básicamente, la “psicología experimental” de laboratorios de Facultades según la línea del Conductismo y el estudio de los fenómenos primarios de atención, acción refleja, asociación de ideas, etc., y los varios tipos de psicoterapia que procuran curar las enfermedades de la mente y el interior del hombre. Los que discutiremos principalmente serán los géneros de psicoterapia que no se ocupan específicamente de la cura de formas agudas de insania, sino cuyo fin básico es más bien llevar a los hombres y mujeres de nuestra era caótica a un sentido mayor de salud y cordura (psicológica, moral y mental) y a una realización más vibrante de sus energías interiores. Los tipos de perturbaciones que estas psicoterapias intentan curar son producidas esencialmente por el desajuste de los individuos respecto de sus medios  ambientes: la familia, la escuela, los amigos, la sociedad. Se ocupan del conflicto básico entre lo individual y lo colectivo, entre el ego y todo lo que no es el ego, o sea, el “mundo externo”.

Tal conflicto es absolutamente básico en la naturaleza humana, y sólo en ella. El privilegio del hombre es llegar a individualizarse respecto de la multitud de la tribu, de la comunidad socio-religiosa en la que nació. El privilegio del hombre es sentirse “separado” como un “yo”, un ego que tiene características únicas. Ese es su privilegio, y su carga o responsabilidad trágica. Eso le convierte en un dios, o en un demonio.

Todos los psicoterapeutas, de Freud en adelante, se ocupan esencialmente del ego: del modo en que el ego se desarrolla, madura o no logra madurar, cristaliza según pautas sociales de aquiescencia o rebelión, se transforma venciendo sus limitaciones, y, en casos extraordinarios, se vuelve parte de una integración espiritual mayor. Sin embargo, cada escuela de psicoterapeutas asume un enfoque particular de los problemas del ego, y ordinariamente recalca un tipo de perturbación a expensas de las otras. Esto es así en gran medida porque el psicólogo no logra captar al ser humano íntegro como una totalidad orgánica, y especialmente porque no tiene modo de representarse directamente la estructura de esta totalidad.

Aquí entra la astrología; pues, en la carta natal, el astrólogo tiene un medio para estudiar la pauta global de las funciones, facultades e impulsos de una persona. Puede estudiar el diagrama de su evolución desde el nacimiento en adelante. Por tanto, puede ocuparse de la persona total, más bien que de sólo uno o dos impulsos y actividades fundamentales que contribuyen al crecimiento de la consciencia y del ego -o a su malformación y destrucción eventual-. Sin embargo, el tipo de psicología que es característica de la mayoría de los astrólogos y libros de texto astrológico es, por regla general, enteramente incapaz de cumplir con estas posibilidades. Es un tipo de psicología que aún se basa en las obras de Ptolomeo y Aristóteles -un tipo “clásico” empapado de antiguos conceptos religiosos y éticos, y aún de escaso contacto con el fermento de las ideas que Freud  y sus sucesores desataron sobre el mundo moderno-.

Freud no es un fenómeno único. Existe una correlación básica entre las actitudes hacia la vida que Darwin y Freud promovieran y popularizaran. Pues en estos dos pioneros hallamos la expresión de una rebelión profunda contra la “clásica” confianza en los factores intelectuales y racionales de la naturaleza humana, basada en las explicaciones que la teoría religiosa y el racionalismo del siglo XVIII daban para justificar los fenómenos biológicos y psicológicos, la génesis de las especies naturales y de los egos individuales de los seres humanos. Mientras los psicólogos clásicos y religiosos creían en un alma dada por Dios, y los biólogos creían que Dios había creado separadamente cada especie de entidades vivas, Darwin y Freud renunciaban al concepto de semejante creación “en lo alto”, y procuraban retratar un desarrollo progresivo y evolutivo de las especies y los egos “desde lo profundo”. Así nació la “psicología profunda” -una psicología que se hunde audazmente en las profundidades subconscientes del alma humana, una psicología evolutiva del ego.

Lo que Darwin y Freud intentaban destruir era el denominado concepto platónico de un mundo “espiritual” de Ideas o Arquetipos, anterior al mundo “físico” de los organismos materiales. Estos Arquetipos, siendo “Emanaciones” directas de la Mente Universal y sus Jerarquías Divinas, no se consideraba que estuvieran “evolucionando”. Se decía que habían sido creados completos y perfectos. La evolución sólo había de hallarse en el mundo material: un lento intento de organismos físicos o psicológicos de aproximarse cada vez más cerca a las pautas ideales que constituyen la “Realidad”.

Por otro lado, la psicología “clásica” se basa en el supuesto de que el hombre es un “alma divina” que opera en relación más o menos estrecha con un cuerpo material y una “personalidad” condicionada por la tierra. Toda persona es un “hijo de Dios”; o, en términos más filosóficos, primero de todo, es una entidad espiritual, cuya estructura y función esenciales son establecidas como un Arquetipo antes del nacimiento, y se perpetúan después de la muerte del cuerpo. Esta entidad espiritual es el yo “real”; y a él pertenecen los atributos espirituales de voluntad, carácter, discriminación entre el bien y el mal, moralidad y racionalidad, y creatividad mental. Estos atributos están en constante conflicto con los deseos y pasiones del cuerpo y la psique ligados a la tierra.

Durante la época Victoriana, habiéndose el género humano hallado repentinamente en posesión de  tremendos poderes materiales, enfrentó un incremento generalizado de la virulencia del conflicto entre los atributos espirituales y los deseos personales en procura del propio engrandecimiento y satisfacción -en especial, porque bajo los golpes de la crítica intelectual se desvanecía el poder de las restricciones religiosas y sociales del pasado-. Los resultados fueron evidentes: los “hechos de la vida” contradecían a cada paso a las máximas morales y a los ideales pomposos. Los seres humanos procuraban, cada vez más, llevar dos vidas a la vez. Se multiplicaban las neurosis, las psicosis y los casos de esquizofrenia. El peligro se tornaba tanto social como personal.

Tenía que ocurrir algo. Así como la osteopatía y la cirugía tuvieron que desarrollarse para la época en la que se multiplicaban las malformaciones y los accidentes ocupacionales con la difusión del maquinismo y de los trabajos oficinescos de encierro artificial, de igual modo la psicoterapia (la curación del alma o la “psique” personal, condicionada por la tierra) tuvo que descubrir técnicas que pudieran aliviar el estado generalizado de locura mansa que era la característica del ciudadano civilizado y mecanizado de la Era post-Victoriana. Cuando como resultado de algún profundo conflicto interior y de miedo, una persona se ve obligada a cumplir acciones repetidamente, no sólo contra su denominada “voluntad”, sino sin saber que las está cumpliendo, la psicología clásica cesa de tener significado práctico alguno. Si no sé quién soy o qué hago -entonces, para todos los fines prácticos, el término “yo” perdió su significado-. La persona bajo hipnosis está en semejante condición; pero también lo está el hombre con una “neurosis de compulsión” -sólo que en grado menor-. La psicología clásica liquidaba el problema declarando “insano” al hombre, y que la entidad espiritual dentro de él había “abandonado el cuerpo”.

Sin embargo, cuando el linde entre cordura y locura lo atestan millones de ciudadanos externamente normales, al problema no se lo puede desechar tan sumariamente. Ha de volver a formularse el problema de la cordura y la racionalidad -o mejor aún, el significado de voluntad, de personalidad, de ego-. La formulación no puede ser un juicio de blanco y negro sobre la base de consciencia o nada. Deberá admitir grados de grises: inconsciente, subconsciente, semiconsciente, consciente durante un tiempo… tal vez una consciencia de grados variables de brillo y poder penetrante; en algunos casos, una consciencia que logre acceder a los reinos que están más allá del alcance normal inclusive de la “luz blanca” -¿podríamos decir una consciencia ultravioleta?-.

Tal “escala” de consciencia sugiere la existencia de un proceso evolutivo; un proceso de crecimiento desde las raíces hacia arriba, un emerger desde las profundidades. El “yo individual, en vez de verse como un Yo arquetípico a priori -como alguna “pauta de perfección” que trasciende a la vida orgánica en la tierra- empieza a entenderse como el resultado final de la vida humana, como una victoria a ganar, como el resultado de un lento esfuerzo en pos de la integración y la individualización (o “individuación”). Y este esfuerzo puede malograrse, como lo puede el nacimiento. El “yo”-consciencia puede nacer sano, o emerger de la profundidad oscura e inconsciente del instinto malformado y retorcido por frustraciones y presiones de toda índole.

El hecho de que el ego emerja del instinto ocurre a través de los años de la niñez -¡puede inclusive ser condicionado por causas prenatales!-. Por tanto, las enfermedades de la voluntad y de la mente, y la predisposición a shocks psicológicos y colapsos morales-patológicos deberán rastrearse hasta lo que ocurrió durante los primerísimos años de vida. Por ello, el psiquiatra debe remontarse a estos comienzos del yo individual, tal como el naturalista darwiniano estudia particularmente aquellos restos del fosilizado pasado que muestran formas nuevas de vida que emergen de especies más viejas. El naturalista y el paleontólogo buscan sus claves a partir de fósiles profundamente metidos en viejas rocas traídas a la superficie de la tierra por cataclismos o largos siglos de erosión. El psicoanalista debe también hallar su camino hacia abajo, rumbo a las profundidades, rumbo a los estratos de la consciencia infantil -o aprovechar las erupciones psicológicas y la crisis cataclísmica del crecimiento del “alma” que traerán a la superficie recuerdos, largo tiempo olvidados, de shocks y frustraciones.

Sin embargo, normalmente los recuerdos conscientes de la mente, deformados ya por la fatiga o el miedo, no pueden ser de ayuda real para el psicólogo ávido de explorar el contenido del sector existente entre los instintos conscientes y las primeras vislumbres de la consciencia del ego. El ego resiste esta exploración tanto como un niño resistiría reingresar en el seno materno que condicionara su mismísima estructura. No obstante, cada mañana, al despertar, se experimenta de nuevo este proceso del emerger de la consciencia desde la inconsciencia. En esta “fase liminar” de la actividad mental, tiende a reproducirse el tipo de condiciones que prevalecían en la infancia. A estas condiciones las llamamos “sueños”. Cada mañana, cuando soñamos, somos nuevamente infantes que pugnan por emerger del seno materno de los instintos e ingresar en los problemas de la consciencia del ego y la adaptación de éste a nuestro complejo medio ambiente. Así, aprendiendo a entender el mundo de los sueños, también nos familiarizamos con los intentos que la consciencia efectuó y efectúa constantemente para afirmarse y ocuparse del poder de los instintos.