El Hijo prodigo

El Hijo prodigo

  El Bosco
 
La Parábola del Hijo Pródigo ha sido considerada la perla de las parábolas, no sólo por representar un tema tan cercano y humano, posible de acaecer en cualquier familia, sino por su profunda simbología, de varios niveles de significación. Deja, asimismo, áreas de penumbra que suscitan más sugerencias que certezas, invitándonos a la reflexión. El texto del Evangelio de San Lucas, en la versión de la Biblia de Jerusalén, expresa:
Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado! Pero él le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.
Desde el punto de vista de una familia habitual, se comprende perfectamente la secuencia. En el desarrollo humano, el padre es la imagen y arquetipo de lo que el niño puede llegar a ser. Es quien le da la vida y lo forma, a su imagen y semejanza, según sus propias creencias, cultura y valores. Sin diferenciarse en los inicios del padre, pronto el niño lo convierte en su héroe y protector, a menudo idealizándolo, hasta que llega a la adolescencia, etapa en la que se produce el quiebre. El ídolo se derrumba y el joven siente la necesidad de construir sus propios y valores y conductas sobre la base de su experimentación personal entre sus iguales. Ya no absorbe pasivamente lo que recibe de su progenitor, y a menudo esta diferenciación toma ribetes rebeldes o se produce en medio de constantes enfrentamientos. En la construcción de una identidad propia, ésta es una etapa necesaria, que puede ser relativamente amigable o respetuosa o bien francamente confrontacional, pero que conduce a la individualización del joven, más allá de su tronco de origen, y con más o menos éxito en sus resultados. Cuando este proceso de diferenciación no se produce y se mantiene un sometimiento pasivo a la autoridad que el padre representa, difícilmente se constituirá una personalidad sana o una base de seguridad interna mínimas.
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Astrológicamente, el momento del quiebre está determinado por la ubicación de Saturno, el planeta que representa la ley y la autoridad en la carta, en una posición opuesta en 180 a la que tiene en la carta natal de una persona. La órbita de Saturno dura alrededor de 29 años, por lo que entre los 14 y 15 años de edad se encuentra antagónico a su lugar de origen. Así pues, todo lo que se respetó, veneró y creyó desde el nacimiento se ve ahora como una futilidad, un entorpecimiento o una imposición ajena a la propia elección. Este es el momento que da comienzo a la parábola. El Hijo Pródigo desestima todo el bienestar que ha tenido en casa del Padre y las normas por las que hasta entonces se ha regido, y siente la necesidad de formar su propio mundo a su manera, y experimentar alejándose de su origen. Es pródigo porque en su ardor juvenil derrocha todo aquello que hasta entonces fuera su vida: orden, bienes, principios, costumbres. Ya sabemos que no le va muy bien y anhela regresar; si lo interpretamos astrológicamente, tras haberse superado la oposición de Saturno, y al verse en tan miserable estado, experimenta un despertar del sueño, y al más puro estilo saturnino, siente que debe bajar la rodilla a tierra y humillarse ante su padre para ser perdonado.
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El Padre de la parábola resulta ser extremadamente benévolo, y lo recibe, no sólo sin reproches ni sermones cosa que rara vez ocurre – sino que espléndidamente, sin querer saber nada de explicaciones. Aparece aquí la figura del hermano resentido por la recepción otorgada por el padre al derrochador, injusta a sus ojos. Él, que jamás ha cometido falta, no ha sido nunca así festejado. Para cualquier observador resulta un resentimiento comprensible y hasta justificado. La perseverancia, el trabajo constante, el apego al orden y las costumbres del hogar, no resultan premiadas; por contraste con la recepción brindada al disoluto, casi parece un gesto de menosprecio. Se muestra aquí que el amor del Padre, y su alegría por reencontrar al Hijo perdido son tan inmensos, que nada reprocha y todo perdona; ni siquiera tiene que perdonar en verdad, pues nunca ha estado ofendido. No ama más a uno que otro, pero el gozo del reencuentro lo supera todo. Para quien verdaderamente ama, este resulta un comportamiento normal y natural, y para cualquier individuo, la alegría de recuperar lo que se creía muerto o perdido un ser querido, la salud de un órgano, un objeto significativo – supera en mucho al gozo que tiene, al menos en ese momento, de la suma de todos sus otros bienes o pertenencias.

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Desde la interpretación religiosa, el Padre que ama a su Hijo por sobre todas las cosas es Cristo, quien con su amor redime al pecador. La misión de Cristo no es estar con los santos, sino donde está la necesidad, donde está el pecador, acoger al extraviado. El Hijo Pródigo es, naturalmente, el pecador, que experimenta una conversión y vuelve a la luz y el orden paternos. Este Hijo ha caído lo más bajo que un judío podía caer, sin poder siquiera comer el alimento de los cerdos en la porqueriza. El experimentar esa miseria extrema es lo que lo lleva a tomar consciencia del camino que lo ha llevado hasta aquí, para decidir regresar. Este es el momento más dramático de la Parábola: Me levantaré, iré a mi Padre El Padre siempre está aguardando, pero es el Hijo quien debe ponerse en pie y hacer el duro camino de regreso al hogar. Si no hay una decisión interna y personal, no hay conversión, no hay consciencia ni comprensión. Puede haber gracia, pero no se puede contar con ella. Esta decisión, este me levantaré es el que hace tan emotivo el reencuentro posterior. Pero no puede ser sólo una decisión de un instante, debe ser una voluntad que permanezca durante todo el regreso. El regreso no es un retorno geográfico, sino un inmenso proceso de reconstrucción de todo lo mancillado. No basta darse cuenta, enumerar, reprocharse, sentir remordimientos, planear enmendar; hay que hacerlo. En la vida de todos los días, actuar de acuerdo a lo que se ha establecido como el bien, lo bello y la verdad, hasta que se restablezca como una forma de ser. No se borra de una plumada, o sólo con ideas teóricas o un buen propósito pasajero, lo que se ha distorsionado durante largos períodos; debe practicarse hasta encarnarse. De este modo es posible la redención, el descubrir que a pesar de todo siempre siguió siendo amado y que más que ser perdonado necesita perdonarse, pues fue su propia vida la principal perjudicada (tras toda acción se deberá afrontar la reacción a ella, aunque de algún modo el ser humano siempre espera que alguien con más autoridad -un Padre-, le certifique que la reacción ha equilibrado a la acción). Se puede suponer que la gracia, o la luz del Padre, o la evocación de su imagen, lo iluminen o alienten durante el penoso regreso, pero el Hijo lo debe hacer con su esfuerzo si quiere ganarse su posición de Hijo otra vez y disfrutar del calor del Hogar.

Desde esta misma interpretación religiosa, el hermano celoso representaría a los fariseos, y por extensión a todos aquellos apegados a la letra de la ley más que a su espíritu, a los que se sienten en gracia tan irreprochable que tratan de evitar que los pecadores participen también del amor del Padre, ambicionando guardarlo sólo para sí. Por contraposición a la posición farisaica, el Padre hace una fiesta cada vez que un extraviado retorna al Hogar.

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En una visión más amplia, puede concebirse al Padre como el origen de un mundo, de un Universo, a partir de una Voluntad inicial o Gran Aliento, esto es, desde lo más sutil hasta la más basta y densa materia que configura todas las cosas. Es el camino de involución de la creación – ya sea que se lo considere desde el punto de vista del Génesis bíblico o del Big Bang – es decir, desde el Absoluto hasta la materia. Este camino descendente implica expansión, diferenciación, interacción y también libertad, tanto para que intervenga el azar como el libre albedrío. No todo está determinado. El desarrollo de cualquier mundo alcanza un punto crítico de expansión y diferenciación, tras lo cual comienza el camino de regreso o de evolución, en el que lo múltiple vuelve a lo Uno, o la existencia a la esencia, a través de procesos de concentración. En el recorrido, se ha obtenido consciencia.

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De este modo, todo lo que es posible dentro del Gran Aliento original, se manifestará, aunque no esté predeterminado en sus detalles o formas precisas, pero es guiado por el Orden y Propósito del mismo. En todo el trayecto, tanto el descendente como el ascendente, existe por tanto una permanente Identidad de lo Uno con su creación, de lo pequeño con lo grande. La criatura nunca deja de ser una con su creador, el mundo nunca está aparte de la Voluntad Primera. Pero la creación debe retornar a través de sus propios procesos, por más que estén concebidos desde el punto de partida como posibles. Considerado desde esta perspectiva, el Hijo Pródigo bien puede representar un universo completo, desde su nacimiento, pasando por la inmersión hasta los últimos confines de la oscuridad en el mundo físico, hasta que el roce alcance una intensidad suficiente como para volverlo hacia el punto original y comenzar el ascenso. El retorno trae a otro Hijo que el que partió; es el mismo, y sin embargo no lo es. Ahora es un Hijo dolorosamente consciente de sí mismo, de la separación, del desarraigo y de su inconsciencia implícita, aunque nunca haya sido verdaderamente escindido del espíritu primordial. Pero eso sólo lo sabe al regresar.
 
Rembrandt

El Hijo, la criatura, inicia su viaje para diferenciarse e individualizarse, y retorna para individuarse. Desde esta misma interpretación, el Hermano sería aquella parte que el Creador guarda para sí. Es tan parte del Creador como el Hijo que es lanzado a la manifestación, pero no es esta la ocasión para que se actualice todo su potencial. Si el Hijo Pródigo, en su retorno, escenifica la re-ligazón, la fusión consciente con el origen, el Hermano sería la fusión inconsciente, oceánica e indiferenciada; entre ambos hay todo un mundo de distancia. En el Bhagavad Gita, Krishna dice: Con un fragmento de mí impregno el mundo, es decir, sólo una ínfima proporción del potencial es comprometido en la explicitación de un mundo, un universo, un ser humano. Lo demás, espera su momento en implicado silencio y anonimato.
 
La parábola del Hijo Pródigo se refiere a temas muy sensibles a todo ser que busca salir del aislamiento del exilio. Habla de creación, amor, dolor, culpa, retorno, redención, humildad, pertenencia y separación. El Padre puede ser considerado como la propia consciencia superior proyectada, en definitiva, aquello que en germen ya soy pues me precede, y que debo actualizar.

El hombre es el único ser vivo que siempre nace en cautiverio: un alma interpenetrada en un cuerpo, y sólo a través del cual, y mediante la realización de la intención correcta, puede retornar. De algún modo esta breve historia nos permite también vislumbrar el profundo sentido del sufrimiento consciente en los seres humanos.

Del Ello al Tu

Del Ello al Tu

El hombre se torna un Yo a través del . Aquello que lo confronta desaparece, los fenómenos de la relación se condensan o se disipan. En esta alternación la consciencia del compañero que no cambia, del Yo, se hace más clara y cada vez más fuerte. Seguramente ella aparece aún comprometida en la trama de la relación con el ; es la consciencia gradual de lo que tiende hacia el sin ser el . Pero se afirma con una fuerza creciente hasta que el lazo se rompe y el Yo se encuentra, como en el espacio de un relámpago, en presencia de sí mismo, como si se tratara de un extraño; pero pronto retoma posesión de sí y desde entonces se ofrece conscientemente a la relación.

Sólo entonces puede constituirse la otra palabra primordial. Pues sin duda el de la relación ha palidecido muchas veces, pero sin tornarse en el Ello de un Yo, en objeto de una percepción o de una experiencia impersonal, como lo será más tarde. Se ha vuelto en cierto modo un Ello para sí, un Ello, primeramente desatendido, puesto en reserva y que, para nacer, espera que se produzca un nuevo fenómeno de relación. El cuerpo que madura en una persona se distingue ya de su medio en la medida en que se siente portador de sus impresiones y ejecutor de sus impulsos. Pero esta distinción fue simplemente un esfuerzo rudimentario y poco orgánico de orientación, y no una absoluta separación del Yo y su objeto. Mas ahora, el Yo destacado emerge, transformado. Reducido de su plenitud circunstancial a un punto funcional, a un sujeto que experimenta y utiliza, el Yo encara y toma posesión de todo Ello existente en y por sí mismo, para formar la otra palabra primordial del lenguaje.

El hombre que se ha hecho consciente del Yo, el hombre que dice YoEllo, se coloca ante las cosas como observador, en vez de colocarse frente a ellas para el viviente intercambio de la acción recíproca. Inclinado sobre las cosas, con la lupa objetivadota de su mirada de miope, y ordenándolas una a una en un panorama, gracias al telescopio objetivador de su mirada de présbite, las aísla para considerarlas sin ningún sentimiento de exclusividad, o las dispone en un esquema de observación sin ningún sentimiento de universalidad.

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Sólo podrá encontrar el sentimiento de exclusividad en una relación; el sentimiento de universalidad, sólo a partir de una reacción. Ahora, por primera vez, experimenta las cosas como sumas de cualidades. Ciertamente ha amasado en su memoria cualidades pertenecientes al recordado; pero sólo ahora, por primera vez, las cosas se componen para él de sus cualidades. Con el simple recuerdo de la relación, conservado en estado de sueño, de imagen o de pensamiento, según su complexión propia, ensancha el núcleo, la substancia que se le había revelado vigorosamente en el con todas sus cualidades. Y también ahora por primera vez dispone las cosas en el espacio y el tiempo, en conexión causal, cada una con su lugar propio y su curso, su medida y su condición.

El , es verdad, aparece en el espacio, pero aparece en ese frente a frente exclusivo en el que todo el resto de los seres sólo puede servir como un fondo del cual él emerge, sin encontrar allí ni su límite ni su medida. El también aparece en el tiempo, pero en el instante que posee por sí mismo la plenitud: no es vivido en una cadena fija y sólidamente articulada, sino que es vivido en una duración cuya dimensión puramente intensiva sólo se define en términos que le son propios. Finalmente, el aparece simultáneamente actuando y sujeto a acción, pero no está comprometido en una cadena de causas. Pues la relación de reciprocidad en que está con el Yo es al tiempo el origen y el fin del fenómeno. Una de las verdades fundamentales del mundo es: Sólo el Ello puede ser dispuesto dentro de un orden. Cuando dejan de ser nuestro para tornarse nuestro Ello, las cosas se convierten en coordinables. El no conoce ningún sistema de coordinación.

Mas al haber llegado a este punto, es menester también expresar la otra parte de la verdad básica sin la cual esta parte quedaría como un fragmento inutilizable: un mundo ordenado no es el orden del mundo. Hay momentos de profundidad silenciosa en los que miráis el orden del mundo en su plena presencia. Entonces se oye como un destello el sonido del cual el mundo ordenado es la notación indescifrable. Esos momentos son inmortales, y los más, fugitivos. No se puede retener de ellos ningún contenido, pero su virtud se entrega en la creación y en el conocimiento del hombre; efluvios de esta virtud penetran en el mundo ordenado y lo descongelan, lo licuan una y otra vez. Esto acontece en la historia del individuo y en la historia de la especie.

Para el hombre el mundo es doble, en conformidad con su propia doble actitud. Percibe todo lo que le rodea, las simples cosas, los seres vivientes en cuanto cosas. Percibe lo que ocurre en torno de sí, los meros hechos y las acciones en cuanto hechos; las cosas compuestas de cualidades y los hechos compuestos de momentos; las cosas tomadas en la red del espacio, los sucesos tomados en la red del tiempo; las cosas y los hechos delimitados por otras cosas y por otros hechos, mensurables entre ellos, comparables entre ellos, un mundo bien ordenado, un mundo aislado. Este mundo merece hasta cierto punto nuestra confianza. Tiene densidad y duración. Su ordenamiento puede ser abarcado con la mirada.; se lo tiene bajo la mano, se lo puede representar con los ojos cerrados y examinarlo con los ojos abiertos. Está siempre allí, contiguo a tu piel, si lo consientes, acurrucado en tu alma, si lo prefieres, es tu objeto, permanece siéndolo mientras así lo deseas; te es familiar, ya sea en ti o fuera de ti. Lo percibes, haces de él tu verdad, se deja captar, pero no se te entrega. Es el solo objeto sobre el cual puedas entenderte con otro; aunque se presenta diferentemente a cada uno, está siempre pronto para servirte de objeto común. Pero no es el lugar donde puedas encontrarte con otro. No podrías vivir sin él, su sólida realidad te conserva; pero si mueres en él, tu sepulcro estará en la nada.

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Por otro lado, el hombre que encara lo que existe y lo que deviene como su interlocutor siempre lo confronta simplemente como un ser singular; y a cada cosa la confronta simplemente como un ser. Lo que existe se le descubre en el acontecer, y lo que acontece se le presenta como lo que es. Sólo le está presente esa cosa única, pero ella implica el mundo en su totalidad. Medida y comparación se borran; de ti depende que una parte de lo inconmensurable se vuelva para ti realidad. Esos encuentros no se ordenan de manera de formar un mundo, sino que cada uno es una señal del orden del mundo. No están ligados entre sí, sino que cada uno te garantiza tu solidaridad con el mundo.

El mundo que se te aparece bajo esta forma apenas merece tu confianza, porque continuamente adquiere otro aspecto; no puedes tomarle la palabra. No tiene densidad, pues todo en él lo penetra todo; no tiene duración, pues aparece sin que se le llame y se desvanece cuando se lo retiene. No puede ser examinado, y si quieres hacerlo susceptible de examen, lo pierdes. Viene a ti, viene a revelarte; pero si no te alcanza y no te encuentra, se disipa; pero vuelve en otra forma. No está fuera de ti. Toca lo profundo de tu ser, y al llamarlo alma de mi alma nada de excesivo has dicho. Pero cuídate de querer transportarlo en su alma, pues lo aniquilarías. Es para ti la presencia; sólo por él tienes presencia. Puedes convertirlo en un objeto para ti, puedes experimentarlo, utilizarlo. Hasta estás constreñido a hacerlo una y otra vez. Pero en cuanto lo haces, ya no tienes más presencia. Entre él y tú hay reciprocidad de dones: le dices y te das a él; él te dice y se da a ti. No puedes con nadie entenderte a su respecto. En el encuentro con él, estás con él sólo. Pero él te enseña a encontrarte con otros y a sobrellevar el encuentro. Por el favor de sus apariciones y por la solemne melancolía de sus partidas, te conduce hasta el en el cual las líneas paralelas de las relaciones se encuentran. Nada hace para conservarte en vida; sólo te ayuda a atisbar la eternidad.

El mundo del Ello es coherente en el espacio y en el tiempo. El mundo del no es coherente ni en el espacio ni en el tiempo. Cada , una vez transcurrido el fenómeno de la relación, se vuelve forzosamente un Ello.

Cada Ello, si entra en la relación, puede volverse un . Tales son los dos privilegios básicos del mundo del Ello. Llevan al hombre a encarar el mundo del Ello como el mundo en el que ha de vivir y en el cual el vivir es cómodo, como el mundo que le ofrece toda suerte de atractivos y estímulos, de actividades, de conocimientos. En esta crónica de beneficios sólidos, los momentos en que se realiza el aparecen como extraños episodios líricos y dramáticos de un encanto seductor, ciertamente, pero que nos llevan a peligrosos extremos que diluyen la solidez del contexto bien trabado y dejan atrás de ellos más inquietud que satisfacción, quebrantando nuestra seguridad; se los encuentra inquietantes y se los juzga inútiles. Como es menester, después de tales momentos, volver a la realidad, por qué no quedar en la realidad?, por qué no llamar al orden a la aparición que se nos presenta y enviarla de oficio hacia el mundo de los objetos?, por qué, si uno no puede evitar decir a un padre, a una mujer, a un compañero, no decir pensando en Ello? Producir el sonido con la ayuda de los órganos vocales no es, en verdad, pronunciar esa inquietante palabra fundamental. Más aún: murmurar desde el fondo del alma un amoroso es algo sin peligro si no se tiene otra intención que la de experimentar y utilizar.

No se puede vivir en el solo presente. La vida sería devorada si no se hubieran tomado precauciones para superarlo rápida y totalmente. Pero es posible vivir en el pasado únicamente; más todavía: sólo en el pasado cabe organizar una vida. Para ello es suficiente dedicar todos los momentos a experimentar y a utilizar, y entonces no nos quemarán más.

Con toda la seriedad de lo verdadero has de escuchar esto: el hombre no puede vivir sin el Ello. Pero quien sólo vive con el Ello, no es un hombre.

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Las líneas de las relaciones, si se las prolonga, se encuentran en el eterno. Cada particular abre una perspectiva sobre el eterno; mediante cada particular la palabra primordial se dirige al eterno. A través de esa relación del de todos los seres se realizan y dejan de realizarse las relaciones entre ellos: el innato se realiza en cada relación y no se consuma en ninguna. Sólo se consuma plenamente en la relación directa con el único que, por su naturaleza, jamás puede convertirse en Ello: Dios.

Martin Buber

 

Extractado por Pablo Cáceres de
Yo y Tú.- Editorial Galatea.

El Pasado y El Futuro

El Pasado y El Futuro

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Aunque no sabemos acerca del tiempo más que es una de las cuatro dimensiones de nuestra existencia, podemos definir el presente. El presente es el punto cero, siempre en movimiento, de los opuestos pasado y futuro. La personalidad bien equilibrada toma en cuenta el pasado y el futuro sin abandonar el punto cero del presente, sin considerar el pasado y el futuro como realidades. Todos somos capaces de dirigir la mirada hacia atrás y hacia delante, pero la persona incapaz de enfrentarse a un presente desagradable y que vive ante todo en el pasado o el futuro, envuelta en el pensamiento histórico o futurista no está adaptada a la realidad. De esta forma la realidad además de la formación fondo-figura – asume un nuevo aspecto proporcionado por el sentido de actualidad.

Se reconoce que el soñar despierto es una de las pocas ocupaciones consideradas como huida del punto cero del presente hacia el futuro, y en ese caso es común referirse a esto como un escape de la realidad. Por otro lado, hay personas que acuden al analista sólo con el deseo de obrar de acuerdo con la idea popular acerca del psicoanálisis: desenterrar todos los recuerdos o traumas infantiles posibles. Con un carácter retrospectivo, el analista puede malgastar años siguiendo esta caza del pato salvaje. Por estar convencido de que ahondar en el pasado es una panacea para la neurosis, sólo colabora con la resistencia del paciente a enfrentar la neurosis.

El constante ahondar en el pasado tiene además otras desventajas, en cuanto no toma en cuenta lo opuesto, el futuro, y no comprende por ello todo un grupo de neurosis. Examinemos un caso típico de neurosis de anticipación: Una persona, al ir a acostarse, se preocupa acerca de cómo dormirá; por la mañana tiene una gran resolución respecto al trabajo que realizará en su oficina. Al llegar allí no cumplirá sus resoluciones, sino que preparará todo el material que pretende comunicar al analista, aunque no ofrecerá este material en el análisis. Cuando llega el momento de emplear los hechos ya preparados, su mente se ocupa en que espera cenar con su amiga, pero durante la cena hablará a la joven acerca de todo el trabajo que tiene que realizar antes de ir a la cama, etc., etc. Este ejemplo no es una exageración, porque hay muchas personas que siempre están unos pocos pasos o millas más allá del presente. Jamás recogen los frutos de sus esfuerzos, ya que sus planes nunca establecen contacto con el presente, o sea, con la realidad.

De qué sirve hacer que una persona, perseguida por un miedo inconsciente de inanición, se de cuenta de que su miedo se originó en la pobreza experimentada durante su infancia? Es mucho más importante demostrar que, al dirigir su mirada hacia el futuro y tratar de conseguir seguridad, echa a perder su vida presente, que su ideal de acumular riquezas superfluas está separado y aislado del sentido de la vida. Es esencial que esa persona aprenda el sentido de sí mismo, que restaure todos sus impulsos y necesidades, todos los placeres y dolores, todas las emociones y sensaciones que hacen que la vida sea digna de vivirse y que han llegado a convertirse en un fondo o han sido reprimidas a favor de su ideal dorado. Debe aprender a realizar otros contactos en la vida además de sus relaciones de negocios. Debe aprender a trabajar y a jugar.

Esta gente desarrolla una neurosis clara una vez que han perdido su único contacto con el mundo: el contacto de negocios. Se conoce esto como la neurosis del hombre de negocios retirado. De qué le sirve un análisis histórico, a no ser para proporcionarle un pasatiempo que llene unas pocas horas de su vida vacía? A veces un juego de cartas podría servir al mismo propósito. A la orilla del mar se encuentra con frecuencia este tipo de persona (que no tiene contacto con la naturaleza) que se negaba a dejar la cargada habitación de juego para echar una mirada a la belleza de una puesta de sol. Más bien seguía apegado a su ocupación sin sentido de intercambiar cartas, de permanecer con su naipe en vez de entrar en contacto con la naturaleza.

Otros tipos que miran hacia el futuro son los preocupados: los aficionados a consultar predicciones de astrólogos, tarotistas, videntes, etc., los que ponen la seguridad ante todo y nunca quieren correr riesgos.

Los historiadores, los arqueólogos, los que buscan explicaciones y los quejosos miran en la dirección opuesta, y el más apegado al pasado es la persona infeliz en la vida porque sus padres no le proporcionaron una educación adecuada; o el sexualmente impotente porque adquirió un complejo de castración cuando su madre lo amenazó con cortarle el pene como castigo por masturbarse.

El descubrimiento de una causa en el pasado rara vez es el factor decisivo en la curación. La mayoría de las personas de nuestra sociedad no han tenido una educación ideal, la mayoría de las personas ha experimentado amenazas de castración en su niñez sin llegar a ser impotentes. Conozco un caso en el que salieron a la superficie todos los detalles posibles de ese complejo de castración sin que influyeran esencialmente en la impotencia. El analista había interpretado la repulsión del paciente por el sexo femenino. El paciente había aceptado la interpretación, pero nunca había logrado sentir, experimentar la náusea. Así, no pudo cambiar la repulsión en su opuesto, el apetito.

La persona retrospectiva evita asumir la responsabilidad de su vida y sus acciones; prefiere culpar a algo que sucedió en el pasado en vez de dar pasos para remediar la situación presente. Para tareas manejables no se necesitan chivos expiatorios o explicaciones.

En el análisis del carácter retrospectivo se encuentra siempre un síntoma preciso: la supresión del llanto. La aflicción es una parte del proceso de resignación, necesario para superar la dependencia del pasado. Este proceso, llamado el sufrimiento del duelo, es uno de los descubrimientos más ingeniosos de Freud. El hecho de que la resignación requiera la acción de todo el organismo demuestra lo importante que es el sentido de uno mismo, cómo la experiencia y expresión de las emociones más profundas que son necesarias para ajustarse después de haber perdido un contacto valioso. Para volver a tener la posibilidad de hacer un nuevo contacto, debe concluirse la tarea de la aflicción. Aunque ha pasado el triste acontecimiento, el muerto no está muerto; aún está presente. El sufrimiento del duelo se hace en el presente: lo decisivo no es lo que la persona muerta significaba para el afligido, sino lo que todavía significa para él. La pérdida de una muleta no tiene importancia cuando uno fue herido hace unos cinco años y ya está curado; importa tan sólo si todavía está cojo y necesita la muleta.

Aunque he tratado de desaprobar el pensamiento futurista e histórico, no deseo producir una impresión equivocada. No debemos despreciar por completo el futuro (por ejemplo, planear) o el pasado (situaciones no concluidas) pero debemos darnos cuenta de que el pasado se ha ido, dejándonos cierto número de situaciones inconclusas y que el planear debe ser una guía hacia la acción, no una sublimación o un substituto de ella.

La gente con frecuencia comete errores históricos. Con esta expresión no me refiero a confundir los datos históricos sino a tomar erróneamente el pasado por situaciones actuales. En la esfera legal hay leyes todavía válidas que hace mucho han perdido su raison dêtre. Personas religiosas mantienen también dogmáticamente ritos que tuvieron en otro tiempo sentido, pero que están fuera de lugar en una civilización diferente. Cuando al judío antiguo no se le permitía conducir un vehículo en sábado, la cosa tenía sentido, ya que el animal de carga debería tener un día de descanso; pero el judío piadoso de la actualidad se somete a molestias innecesarias al negarse a utilizar un tranvía que en todo caso sigue caminando. Transforma algo con sentido en un sin-sentido, al menos así nos parece a nosotros. El lo ve desde un ángulo diferente. El dogma no podría retener su dinámica, ni siquiera podría existir si no estuviera sostenido por el pensamiento futurista. El creyente cumple la ley religiosa con el fin de estar en el libro bueno de Dios, para lograr prestigio como persona religiosa o para evitar desagradables remordimientos de conciencia. No debe sentir el error histórico que comete, pues de otra forma su gestalt vital, el sentido de su existencia, se resquebrajaría y se vería hundido en una confusión mayor por la pérdida de su sostén.

Los errores futuristas son parecidos a los históricos. Contamos con algo, esperamos algo y nos sentimos desilusionados, tal vez muy desgraciados, cuando no se realizan nuestras esperanzas. En ese caso nos sentimos muy inclinados a culpar o al destino, a otras personas o a nuestra propia falta de capacidad, pero no estamos preparados para percibir el error fundamental de esperar que la realidad haya de coincidir con nuestros deseos. Evitamos ver que somos los responsables de la desilusión que surge de nuestra expectativa, de nuestro pensamiento futurista, especialmente cuando pasamos por alto la realidad de nuestras limitaciones. El psicoanálisis no ha tenido en cuenta este factor esencial, aunque ha tratado en abundancia las reacciones de desilusión.

El error histórico más importante del psicoanálisis clásico es la aplicación indiscriminada del término regresión. El paciente evidencia un desamparo, una confianza en su madre impropios de un adulto, y se convierte en un niño de tres años. Nada hay que decir en contra de un análisis de su infancia (si es que se recalca en forma suficiente el error histórico del paciente) pero, para darse cuenta de un error, debemos ponerlo en contraste con su opuesto, la conducta correcta. Cuando se deletrea en forma errónea una palabra no se puede eliminar el error a no ser que se conozca el deletreo correcto. Esto puede aplicarse de la misma forma a los errores históricos o futuristas.

El paciente en cuestión tal vez nunca ha alcanzado la madurez de un adulto y no sabe cómo se sentiría al ser independiente de su madre, cómo establecer contacto con otras personas; y mientras no se le haga sentir esta independencia, no puede darse cuenta de su error histórico. Damos por descontado que tiene este sentimiento y estamos muy dispuestos a suponer que ha alcanzado la posición adulta y ha sufrido una regresión a la infancia tan sólo temporalmente. Nos sentimos inclinados a pasar por alto la cuestión de las situaciones. Como su conducta es normal en situaciones que no ofrecen dificultades o en asuntos que requieren reacciones similares a las que se espera de un niño, damos por sentado que esencialmente es un adulto. Sin embargo, cuando surgen situaciones más difíciles, demuestra que no ha desarrollado una actitud madura. Cómo podemos esperar que sepa cómo cambiar si no percibe la diferencia entre conducta infantil y madura? No habría regresado si su yo fuera ya maduro, si hubiera asimilado y no tan sólo copiado (introyectado) la conducta adulta.

Podemos concluir, pues, que el futuro inmediato está contenido en el presente, especialmente en sus situaciones no concluidas (consumación del ciclo instintivo). Grandes partes de nuestro organismo están construidas para propósitos. Los movimientos sin propósito, por ejemplo, sin sentido, pueden variar desde peculiaridades ligeras hasta la conducta inexplicable del demente.

Al concebir el presente como el resultado del pasado descubrimos tantas escuelas de pensamiento como descubrimos causas. La mayoría de la gente cree en una causa primaria como un creador, otros se adhieren fatalísticamente a la constitución heredada como el único factor reconocible y decisivo, mientras que para otros el influjo ambiental es la única causa de nuestra conducta. Algunas personas han descubierto que la economía es la causa de todo mal, otros, la infancia reprimida. En mi opinión el presente es la coincidencia de muchas causas que lleva al cuadro siempre cambiante, caleidoscópico, de situaciones que nunca son idénticas.

Frederick Perls

Extractado por Alicia Rivera de
F. Perls.- Yo, Hambre y Agresión.- Fondo Cultura Económica

Las Conciencias

Las Conciencias

Existen dos sentidos de la palabra conciencia, y hay consenso implícito en escribirlas en castellano de forma diferente:

Se dice: he tomado consciencia de…. En esta expresión la palabra consciencia es sinónimo de conocimiento. Esta conciencia es la facultad de conocer. Es llamada la
consciencia psicológica.

Decimos también: Mi conciencia no me reprocha nada, Juzguen en conciencia. En estas expresiones la palabra conciencia designa un centro de referencia interno.

Antes de efectuar una acción, reflexionamos buscando aquello que es mejor. Este algo en nosotros es la conciencia. Ella nos indica el camino del bien. Ella es un llamado. Después de actuar, sucede que nos sentimos insatisfechos de nosotros mismos, como si no hubiéramos seguido una fuerza interior, aquello que nos pedía nuestro camino de crecimiento. Es la conciencia reaccionando como un juez. Entonces es llamada conciencia moral.

Libertad, responsabilidad, conciencia

El ser humano tiene la facultad de escoger sus actos. No está librado sólo a sus instintos, como el animal, Él es libre.

Sus actos decididos libremente favorecen o no el crecimiento de su ser. De allí las satisfacciones o insatisfacciones, percepción vaga o clara de su responsabilidad. Quién va a indicarle los caminos de su crecimiento y por lo tanto los buenos actos ? Quién va a indicarle los atolladeros y por lo tanto sus malos actos ? Aquí encontramos la verdadera noción del bien y del mal:

Es bueno lo que construye el ser. Es malo lo que bloquea o frena el crecimiento del ser.
Quién va a marcar el camino de bien y de mal ? Ya que el ser humano nace desprovisto de criterio, consideremos la importancia que tiene el otro para ayudarnos a acceder al conocimiento del bien y del mal.

En un principio los padres y el entorno inmediato le inculcarán las primeras nociones del bien y del mal. Llegará el día en que él mismo será capaz de discernir entre su bien y su mal. Este mecanismo interno que le hace llamar buenos a ciertos actos y malos a otros, es la conciencia. En el punto de partida, éste será la conciencia de los padres. Más adelante él se dará a sí mismo sus criterios del bien y del mal. Puede llegar el día en que él discernirá en el nivel de su ser profundo, otra conciencia, la verdadera.

1.- Tres tipos de conciencia

Las presentaremos en su orden de aparición, En la edad adulta funcionan en forma simultánea, pero cada uno tiende a remitirse más a una que a otra.

a) – La Conciencia Socializada

Las primeras nociones del bien y del mal que hemos conocido nos han sido inculcadas por nuestro medio familiar. Hemos internalizado un conjunto de prohibiciones, de imperativos, toda una constelación de nociones mentales que han constituido nuestra primera conciencia. Los diversos grupos en los cuales hemos vivido también nos han marcado por su escala de valores.

Aún hoy estamos impregnados de esta moral aprendida en nuestra infancia y en nuestra juventud. El mecanismo de internalización de los valores de un medio permanece durante toda la vida. Adoptamos fácilmente el código moral de los universos sociales en los cuales vivimos y podemos constatar en nosotros la coexistencia de diversas morales que guían nuestras acciones dependiendo de nuestro paso de un universo a otro:

– moral de los negocios;

– moral del medio social al cual pertenecemos;

– moral profesional o ética profesional;

– moral política;

– moral sindical;

– moral religiosa;

– moral familiar.

Puede resultar de aquí una falta de unidad del ser.

De hecho uno no decide su vida por sí mismo, somos llevados por el super-ego, estamos alienados, vivimos en un cierto infantilismo, somos como corderos de un rebaño. Vivimos una moral colectiva.

Esta alienación es a menudo inconsciente. Ella se vuelve consciente el día en que uno decide alejarse de esta influencia social. En ese momento tomamos conciencia del poder de los lazos que nos ceñían.

El centro de referencia para actuar son los otros: sus principios, sus formas de actuar, sus reglamentos, sus leyes.

En el corazón de este mecanismo de la conciencia socializada se encuentra la necesidad imperiosa de ser reconocido, estimado, amado, de no desagradar, de no crearse problemas con los demás. Al no encontrar solidez, seguridad en uno mismo, uno la busca en la aprobación de los otros.

Escapar a esta conciencia socializada no es fácil ya que llevar a cabo actos que pasen por alto las normas aprendidas del medio, provoca un sentimiento de inseguridad de inquietud, y a veces, aun de angustia. Entonces tenemos tendencia a culpamos y nos esforzamos por volver al camino recto.

El pedir perdón a aquellos a quienes creemos haber afligido es a menudo un medio de apaciguar esta angustia, esta inquietud. Esto juega el papel de tranquilizante psicológico. Además es un medio de reconquistar la estima, de la cual nos creemos privados y la que necesitamos imperiosamente.

Es a esa conciencia a la que se refiere el escrupuloso.

La conciencia socializada se encuentra en el nivel del funcionamiento sensible, impulsivo, espontáneo. Es en este nivel que nacen los instintos. Ella tiende a encuadrarlos, a canalizarlos hacia lo que las sociedades – familiar, religiosa, política y económica – llaman bien y mal.

Cuando estas sociedades ya no consiguen encauzar de esta manera las presiones instintivas de sus miembros, ya sea porque ellas mismas ponen en tela de juicio sus nociones del bien y del mal, ya sea porque los interesados se resisten, nos encontramos frente a un vacío de obligaciones sociales.

Aquellos que tienen una conciencia personal salen adelante. Los otros flotan de una corriente de pensamiento a otra o se instalan en la fantasía de sus instintos.

b) – La Conciencia Cerebral

Con la adolescencia se despierta la capacidad de tener ideas personales y de decidir la vida por uno mismo. Se produce entonces un rechazo de la conciencia socializada heredada de la fase precedente. Al mismo tiempo se construye un código personal de moral cuyos elementos son sacados de aquí y de allá, y reunidos en ensayos de síntesis personal.

En la edad adulta este código personal se ha vuelto relativamente estable. Es la expresión del ideal de vida que uno ha escogido y que se esfuerza por realizar. Este funcionamiento de conciencia es captado al nivel de la cabeza, de allí el nombre de conciencia cerebral.

Las faltas a esta conciencia crean un sentimiento de culpabilidad. Uno se siente decepcionado, humillado, vejado, amargado. Se había apuntado más alto. Uno se creía capaz de algo mejor.

c) – La Conciencia Profunda

Existe en nosotros otra conciencia que no es la voz de los demás ( conciencia socializada), ni la voz de nuestras ambiciones personales (conciencia cerebral). Es la voz de nuestro ser en crecimiento, Para percibirla hay que interiorizarse al nivel de la zona profunda y preguntarse: qué siento yo que sea bueno para mí ahora ? qué decisión debo tomar para ser fiel a lo que siento que es lo mejor de mí ? qué iría en la dirección de la vida que siento en lo más profundo de mí mismo ? qué es lo que anhela vivir en mí ?

Hay que dejar aflorar las respuestas, fluir las intuiciones. Hay que frenar la conciencia cerebral, que siempre tiene las respuestas listas.

Los llamados que nacen en este nivel profundo presentan muchas características:

Son realistas. Corresponden a las capacidades reales del ser. No están más allá de las fuerzas como lo están a menudo los llamados de la conciencia cerebral. Están en la medida de las fuerzas de hoy y de la situación presente.

Ayudan a llegar a ser uno mismo. Construyen la personalidad de acuerdo a lo que ella es. No piden una docilidad a los otros como aquellos que provienen de la conciencia socializada.

Parecen provenir de más allá de uno mismo, de una instancia que, a la vez, es más grande que nosotros y que, sin embargo, coincide bien con nosotros. De allí el carácter de absoluto que se le reconoce a esta conciencia profunda cuando se nos vuelve familiar.

El examen de conciencia hecho en este nivel para detectar aquello que anhela vivir en nosotros, para discernir lo que sería bueno cambiar en nuestra vida, para descubrir las orientaciones profundas que deberíamos tomar, es muy beneficioso para un desarrollo del ser y para una construcción de la personalidad.

Allí percibimos no sólo invitaciones a ser sino que encontramos además las energías vitales que hacen ser. Es a la vez una confrontación y una comunión con el ser de donde uno sale más vitalizado.

Cuando uno percibe que es infiel a estas líneas de crecimiento o a estos llamados no se tiene un sentimiento de culpabilidad como en la referencia a las otras conciencias.

Se siente una melancolía apacible. Uno se siente pobre, débil, limitado, pero no se sufre, se lo acepta, Y se comulga nuevamente con los flujos de vida que nacen a esta profundidad.

2.- Evolución de la personalidad y niveles de conciencia

a) – Aprender o discernir nuestros funcionamientos de conciencia

A lo largo de nuestra vida hay coexistencia y funcionamiento simultáneo de las tres formas de conciencia. Es importante poder distinguirlas, saber a cuál de ellas nos referimos más espontáneamente y cuál predomina.

Al momento de tomar una decisión cuál es nuestro reflejo ? Qué es lo que los demás esperan que yo haga ? Qué va a agradarles o a desagradarles? Conciencia socializada.

Qué es lo que debo hacer ? Qué es preciso que haga ? Algunas personas tienen un sentimiento muy agudo de su deber y tienden siempre a cumplirlo. Conciencia cerebral.

En profundidad, qué es lo que siento que es bueno que haga ? Conciencia profunda.

Por cierto que en una decisión interfieren las tres conciencias. Es bueno ser capaces de distinguir sus funcionamientos para vivir lúcidamente la vida en el sentido del cumplimiento de sí.

Luego de actuar, uno se siente a veces insatisfecho, incómodo. Es importante pesquisar a qué se debe esta incomodidad y ante quién nos sentimos culpables.

La inquietud, la inseguridad son el índice de funcionamiento de la conciencia socializada. Hemos transgredido quizás ciertas reglas sociales. Aquello que está mal a sus ojos, yo lo he hecho.

El desagrado de sí, la decepción, la amargura, la humillación, son el índice de funcionamiento de la conciencia cerebral. Es ante el ideal de sí mismo que uno se siente culpable. Aquello que está mal a mis ojos, yo lo he hecho.

Si no es ni uno ni otro de estos sentimientos, es quizás que hemos sido infieles a lo mejor de nosotros mismos, a nuestro ser en profundidad y al Absoluto que encontramos allí.
Aquello que está mal a Tus ojos, yo lo he hecho.

Esta clarificación permite conocerse y readecuarse.

b) – Edad psicológica y niveles de conciencia

La evolución psicológica y moral de un ser no sigue necesariamente a la evolución biológica. Incluso se pueden tener comportamientos infantiles o de adolescentes a los 50 años. Se pueden caracterizar las etapas de la evolución psicológica en referencia al funcionamiento de la conciencia predominante:

La infancia se caracteriza por el predominio de la conciencia socializada. La adolescencia comienza por el rechazo de la conciencia socializada y el inicio de la conciencia cerebral. La edad adulta se caracteriza por el predominio de la conciencia cerebral.

Por último el sabio es aquel que ha sabido tomar distancia respecto a los demás y a sí mismo y que habitualmente se refiere a su conciencia profunda para actuar.

Uno puede tener una edad psicológica diferente según las etapas de su vida. Por ejemplo, se puede ser adulto en la vida profesional, infantil en la vida religiosa y adolescente en las relaciones familiares y políticas. Claramente la unidad no se ha realizado, no se ha alcanzado la estabilidad, la madurez.

c) – No podemos ahorrarnos la fase adolescente.

Esta fase se caracteriza por el rechazo de la conciencia socializada y el deseo de gobernarse a sí mismo de acuerdo al ideal de sí que uno se ha forjado entonces. Es una fase de tanteos en la búsqueda de sí y de su idea. Vendrá una estabilización y esta será la fase adulta.

La Relación con los Otros

La Relación con los Otros

Sea en terapia, en cursos de formación, en intercambios personales o íntimos, es frecuente escuchar una queja que expresa un rechazo, una repulsa, o un cuestionamiento de la conducta de otro:

“El (ella) no comprende nada – él (ella) no me entiende – él (ella) jamás me ha amado ~ él (ella) no habla sino de sí mismo (a) – él (ella) no piensa más que en sí – él (ella) prefiere a los muchachos – él (ella) no ha soportado jamás a las niñas”

Este “él (ella)” a quien se acusa es a menudo un padre (madre), un ser amado, alguien próximo. En todo caso, un ser decepcionante que ha frustrado nuestras expectativas, que nos ha herido sentimentalmente. Nosotros le echamos encima todo nuestro resentimiento, lo acusamos de todas las insuficiencias, lo hacemos responsable de todo lo malo que nos sucede, de nuestros fracasos y lágrimas. Esta omnipotencia atribuida al otro, estas proyecciones, estas quejas y estas repulsas, tienen como resultado librarnos de la responsabilidad de hacernos cargo de nosotros mismos. Nos será entonces difícil admitir que en una relación somos responsables de lo que experimentamos y de nuestros resentimientos.

En efecto, las sensaciones que circulan en nosotros, es nuestro cuerpo quien las experimenta, los sentimientos que nos atraviesan, es nuestra sensibilidad quien la siente. El hacernos responsables de nuestros propios afectos nos puede ayudar a cambiar muchas cosas en nuestras relaciones con los otros y, aún, en relación con nosotros mismos.

Si acepto adoptar este punto de vista: “soy responsable de lo que siento”, muchas de mis actitudes y maneras de pensar deberán modificarse. Mi opinión sobre los otros y sobre mí mismo tendrá que transformarse. Esto es laborioso como una ascesis, tan natural y espontánea es la tendencia de proyectar sobre el otro el problema que tenemos con él.

Esta toma de consciencia de mi propia responsabilidad por lo que vivo, me ha dado, en cuanto a mí, un sentimiento de libertad inesperado que ha favorecido en mucho mi autonomía, en particular en mis relaciones personales, en las que yo me sentía a menudo dependiente y a veces alienado. Si considero que una relación tiene dos extremidades, me incumbe hacerme cargo de la extremidad que me toca.

A partir de esa hipótesis, podemos enfrentar un mejor manejo de la polución que inevitablemente se produce en toda relación; regular el impacto y la resonancia de los mensajes del otro sobre nosotros; aprender a re-encuadrar los eventos, los “problemas o las agresiones inevitables que surgen del trato cotidiano; hacernos cargo directamente de la satisfacción de un cierto número de necesidades elementales.

Todo cuerpo viviente excreta desechos. Es el signo mismo de que está vivo. Y, paradojalmente, esta producción de desechos testimonia su vitalidad, su dinamismo. Si una relación está viva, ella producirá desechos. Excretará escorias, parásitos que, si no son tomados en cuenta y evacuados, emponzoñarán, en el sentido fuerte del término, las relaciones y a veces la vida personal, profesional y social.

En estado de hibernación relacional, se producen mucho menos desechos. Esto explica el estado de minusvida, de momificación de ciertas personas que viven a muy poquito fuego, a pasitos, una vida pequeñita.

El miedo mata más el Amor
que no importa qué plaga.


De donde vienen esos desechos y qué son? Vienen en particular de mal entendidos inherentes a toda tentativa de relación:

– Lo que yo digo y que no es entendido.

– Yo respondo, no a lo que dijo el otro, sino a lo que yo he comprendido de lo que dijo el otro.

– Yo descifro y asocio con unos filtros y una sensibilidad que me son propios… sin reconocer la sensibilidad, los códigos o los sistemas de valor del otro.

– Olvido de negociar conmigo mismo mis miedos, mis deseos, mis recursos, mis límites, antes de negociar con el otro.

– Trato de hacer entrar al otro en mis creencias.

– Quiero convencerlo de la justeza de mi punto de vista… por su bien.

– Quiero cambiarlo,

Es mucho más fácil ser desdichado que ser feliz
y…vamos de preferencia por el camino fácil.


A cada tentativa de intercambio, me arriesgo a ser influenciado, a ser decepcionado, a sentirme inseguro, a ser sobrepasado por el otro a veces más allá de mis posibilidades. Puedo también elegir, priorizar mis intentos. Unas expectativas demasiado cargadas, demasiado investidas de esperanzas de aprobación del entorno o del otro, me van a hacer vulnerable a todas las frustraciones cuando las respuestas sean insuficientes o diferentes de lo que yo había proyectado. Nosotros imaginamos, con frecuencia demasiado fácilmente, cómo debe comportarse el otro y lo encerramos (sin que él lo sepa) en un marco de comportamiento-respuesta que él debería tener respecto a nosotros. Esta es la fuente de una infinidad de decepciones, frustraciones y malestar que demandarán en seguida un gran gasto de energía para superarlos. Debo entonces ser más lúcido, más selectivo y más realista en mis expectativas. Puedo también hacerme cargo directamente de varias de mis necesidades en lugar de hacer responsable al otro de su satisfacción, Este último aspecto constituye una de las fuentes más mortales de frustración mutua que puede infligirse una relación hombre-mujer:

“Yo te hago responsable de la satisfacción de mis necesidades y de mis expectativas, de mi estado de suficiencia o de insuficiencia, lo que quiere decir también de mis frustraciones, de mi sufrimiento, de mi pesar o de mi gusto por la vida.”

La sola manera de no correr jamás el riesgo de
morir de sed es transformarse en una fuente.
Es difícil manejar el impacto, la resonancia, las emociones negativas suscitadas por los actos o las palabras de otro hacia nosotros. En efecto, no tenemos ninguna inmunidad frente a la carga negativa de ciertos mensajes. Una pequeña frase sin importancia, una palabra de connotación afectiva va a resonarnos dentro, va literalmente a proyectarnos fuera de nosotros o nos envenenará. Cada cual ha podido hacer una experiencia de ese tipo cuando después de una conversación, de un llamado telefónico, al recibir una carta, experimentamos un sentimiento difuso de malestar, de tensión, de angustia, que viene como un ácido, un veneno persistente, a trastornar nuestro organismo, nuestros pensamientos, durante varias horas, a veces durante varios días. Sabemos mal como diferenciarnos de los otros y, por lo tanto, de sus impactos. La regla en este terreno podría ser: “Mientras más mala sea la comunicación, más es preciso mantener activa la relación, es decir, escuchar conservando la atención y la apertura, en lugar de alejarse y romper la relación. Será, por ejemplo, necesario reformular lo dicho invitando al otro a extenderse sobre los términos del primer mensaje. Se le puede pedir que lo exprese con sus propias palabras que estarán más cerca de su pensamiento, permitiéndole así una mejor definición del asunto que cuando lo interpretaba a través de las palabras de otro. La invitación a adoptar un lenguaje propio lo llevará a ocupar “su lugar” en la relación y a interesarse en cambios que le serían más sugerentes.

Hay dificultad en aceptar que la persona
más importante del mundo para ti, eres tú,
y la más importante para mí, soy yo.
Concretamente esto puede traducirse como: “Mientras más dificultades tenga en una relación, más debo guardar el contacto para crear, no la oposición, sino la aproximación”. Y esto por medios simples:

– Hacer reformular el mensaje cada vez que éste es incompleto o ambiguo, hacer precisar la intencionalidad, el sentido, dado por el otro. Qué me dijo realmente ? La madre que dice a su hija: “Me pregunto a quien te vas a parecer si continúas así…”

– Releer la carta recibida, demandar la significación de las palabras o de los actos. Invitar a decir más, en lugar de apoderarse del mensaje como de un todo.

– No dejarse encerrar, o encerrarse uno mismo en el primer sentido (agresivo, desvalorizador) que se ha dado al mensaje.

Es aquel que recibe el mensaje quien
le da la significación que él elige.
Nosotros comprendemos a menudo a contrasentido, según nuestro grado de vulnerabilidad, de intolerancia a flor de piel. Nuestra selectividad nos impide comprender, o puede deberse también a la falta de claridad en la expresión del otro (ambivalencia, doble mensaje). La mayor parte del tiempo, el otro (o nosotros en su representación) nos propone dos posiciones relacionales:

– aceptación, aprobación, sumisión, o pseudo aceptación.

– oposición, rechazo, bloqueo, huída o dimisión.

Estos son los dos grandes ejes más frecuentes de la comunicación interpersonal, en particular el de la oposición. Cuántas veces nos escuchamos decir:- Ah, no !, no estoy de acuerdo… ” y cuánta energía perdida en contradecir, luchar, menoscabar el punto de vista o la posición del otro. Cuánto tiempo gastado, cuántos sufrimientos vanos en mantener en muchas relaciones próximas la pseudo-aceptación, la falsa aprobación, el “sí, pero…”, el bloqueo, el sabotaje o el rechazo.

Tu vida vendrá siempre en tu ayuda, a condición
de que hagas un esfuerzo por comprenderla.
Proponemos dos posiciones relacionales positivas, constructivas:

– Salir de la oposición para crear la aproximación. Acercar nuestro punto de vista al costado del otro no sobre el del otro. Esto supone aceptar situarse, definirse, “es aquí donde yo estoy, este es mi punto de vista, mi posición, mi proyecto…”

– Crear una dinámica de confrontación con el otro. Confrontarse es ser capaz de tres maneras de relacionarse:

1.- Confirmar al otro:

“Sí, entendí tu punto de vista.” “Si comprendí bien, lo que tú quieres es ir de vacaciones a la montaña, y no a la playa”.

La palabra más dinámica del lenguaje relacional es Sí. Confirmar no es aprobar, aceptar, estar de acuerdo, sino que quiere decir:

“Te reconozco, te tomo en cuenta, como diciendo esto, proponiendo esto…

Es un punto importante a nuestro favor cuando reconocemos al otro tal como él se vive, se percibe, se siente. Este poder de confirmación permite que el intercambio sea hecho sobre una base de escucha y reciprocidad favorable.

2.- Afirmación de sí.

Después de haber confirmado al otro, puedo asumir mi posición, aportar mi punto de vista. Esto supone que soy capaz de definirme, de situarme, de afirmarme frente al otro. Muchos de nosotros no sabemos, no nos atrevemos a afirmarnos y preferimos mantener la oposición. Cuando sentimos malestar de definirnos, de reconocer nuestro deseo, preferimos identificarnos con el del otro o negarlo, o luchar en contra.

3.- Poner en evidencia la diferenciación.

Después de haber confirmado al otro, después de haberse afirmado delante de él, introducir la diferenciación: “Tenemos dos puntos de vista diferentes, tenemos una divergencia sobre tal o cual aspecto. No tenemos la misma vivencia del hecho.”

Es sobre la aceptación de estas diferencias que nace el respeto al otro y a uno mismo. Ser reconocido, reconocerse en su diferenciación, es salir de la búsqueda de aprobación, de la dependencia, hacia una mejor afirmación de sí.

Cuando se ha sido herido, se puede aliviar el malestar, el sufrimiento o el resentimiento que se instala, por un acto simbólico.

Por ejemplo, escribir sin censura y aún de manera ultrajante, expresando la cólera, la desesperación, las acusaciones. Escribir para sí mismo y romper después la carta cuando la tormenta se haya apaciguado. Simbolizar la situación representándola con objetos. Otorgarse una gratificación inmediata, un baño tibio (el agua absorbe lo negativo) como un apósito para la herida. Dibujar o pintar el estado de ánimo interior.

Cualquiera de estos actos introduce una ligera distancia entre el hecho y nosotros, lo que nos permite no identificarnos totalmente con el sentimiento de cólera, de rechazo, de pesar, o de sentirnos malvados o nulos.

Localizar cuál parte de mí es la que ha sido herida, qué imagen de mí fue estropeada. Localizar el resentimiento. Por ejemplo, las burlas o críticas sobre mi físico me recuerdan las burlas de mi padre cuando yo me ruborizaba.

Teniendo otra visión sobre mí, sobre el otro, sobre la situación, efectuando un re-enfoque, se puede reversar la polarización de los sentimientos.

Viendo el aspecto positivo de un evento, se modifica su influencia y esto permite afirmarse diferentemente, sobreponerse al sentimiento de fracaso, provocar una comunicación más auténtica a partir de un enfrentamiento.

Psicoanálisis del Amor

Ignace Lepp
Ediciones Carlos Lohlé.

Es imposible hablar seriamente de los problemas relativos al amor y a la sexualidad, sin referirse a la suma de experiencias y de reflexiones acumuladas por los especialistas de la psicología profunda. Descubrimos así en este libro hasta qué punto el amor desempeña un papel fundamental en la existencia de los seres que menos lo sospechan. Vemos cómo el impulso amoroso se halla sujeto a desviaciones, a “perversiones” diversas y cómo puede sublimarse hasta las cimas de la amistad y de la comunion mística.

En esta obra no se hallarán especulaciones abstractas, ni polémicas, sino un examen sagaz de los muchos obstáculos que impiden a los hombres y mujeres de nuestro tiempo alcanzar el amor auténtico y equilibrado. Se estudian aquí todas las formas del amor, todas las variedades de temperamentos afectivos. Constituye, por consiguiente, un libro sumamente útil para los padres y los educadores, además de ser interesante y provechoso para cualquier persona culta.