La Perspectiva  Fenomenológica  Analítica

La Perspectiva Fenomenológica Analítica

El psicoterapeuta y algunas de sus actitudes desde el punto de vista de la perspectiva fenomenológica analítica

Los procedimientos de ayuda psicológica apuntan a la comprensión y a la resolución del sufrimiento humano. Dentro de este procedimiento el rol del terapeuta y su nivel de real exposición frente al paciente, es un tema de vital importancia para la Psicología Analítica.

El Mito del Sanador Herido (Sharp, 1994) nos ayuda a comprender la relación que se da entre terapeuta y paciente, en el que los sistemas psíquicos de ambos se ven afectados durante el proceso de psicoterapia, y en el cual el terapeuta, a pesar de que se presume sus heridas están relativamente conscientes después de un largo análisis personal, se reconstelan en situaciones particulares y en el trabajo con pacientes con heridas similares.

Mi planteamiento es que para que dicha exposición a otro se dé conscientemente, debe existir una profunda vocación de terapeuta y una mirada fenomenológica-analítica para con la experiencia humana; utilizando los conceptos emanados del último Seminario (La Práctica de la Psicoterapia), como son la actitud de humildad, la actitud de testigo, la de ignorancia del propio conocimiento, etc.

Estos conceptos se perciben en los relatos de diversos psicoterapeutas junguianos con más de 30 años de experiencia profesional, y corresponden a actitudes que se van desarrollando a lo largo de la carrera del psicoterapeuta.

El terapeuta dentro del proceso de la psicoterapia

Pareciera ser que ha sido una ilusión el creer que el trabajo del psicoterapeuta sólo se hace a través del uso de la mente racional, de las explicaciones causales y de una postura de neutralidad, utilizando una metodología aséptica y propiciando una actitud de experto.

Dentro de la educación formal de los psicoterapeutas, aún hoy son formados con el objetivo de poder distinguir absolutos, de conocer la verdad y funcionar dentro de los parámetros polares de lo que es correcto o incorrecto, normal o anormal. Pero, cuando leemos a autores como Jung y Roberto Assagioli – médico psiquiatra vienés, contemporáneo de Jung, pionero del psicoanálisis en Italia y fundador de la teoría denominada Psicosíntesis (Assagioli, 1996)) – uno comienza a entender el camino transitado por estos hombres (ambos de formación Psicoanalítica) desde visualizar la psicoterapia sólo como una explicación causal del sufrimiento humano, a la apertura de una psicología más humana, vista más como un proceso que como un fin, la que requiere de un trabajo profundo por parte del terapeuta el que es considerado como un partícipe integral de la terapia y que es afectado por ésta.

Pero qué significa realmente el que el terapeuta sea parte del proceso? estamos dispuestos a ser parte del proceso o preferimos seguir con esa actitud de neutralidad que hasta ahora algunas teorías nos señalan que se debe tener?

El Mito del Sanador Herido es explicado por Daryl Sharp en el libro Lexicon Jungiano (Sharp, 1994) como una dinámica arquetípica que se puede constelar en una relación analítica, en que ambos se ven afectados. Según este paradigma, las heridas del analista, (que se presume están relativamente conscientes después de un largo análisis personal) viven una existencia sombría. Siempre pueden ser reconsteladas en situaciones particulares, y especialmente si se trabaja con alguien que tiene heridas similares.

La importancia de la relación inconsciente entre el analista y el paciente como la que se comunica en forma consciente, en términos del proceso curativo, es que derivará en dos implicaciones muy significativas como son:

a) Que la sanación sólo puede ocurrir si el analista tiene una relación progresiva con el inconsciente. De otro modo, quizás él o ella se identifique con el arquetipo del salvador, una forma de inflación.

b) La psicología profunda es una profesión peligrosa, ya que el analista siempre está propenso a ser infectado por las heridas del otro o a percibir las propias. Y esto se produce porque ambos estamos en el proceso, no estamos observando desde fuera como si el otro es el que tiene los problemas.

Estas implicaciones nos llevan a comprender lo que Jung nos quiso decir con que el tratamiento psicológico no funciona independientemente de la relación terapéutica. Es decir que las heridas del paciente activarían las del analista, y éste reaccionaría identificándose con lo que está ocurriendo, y de un modo u otro, consciente o inconscientemente, devolvería esta percepción al paciente.

Como dice el propio Jung en todo tratamiento psicológico efectivo, el médico influenciará al paciente, pero esta influencia sólo tiene lugar si el paciente tiene una influencia recíproca sobre el medico y
es inútil que el médico se escude de la influencia del paciente y busque rodearse de una cortina de humo de autoridad profesional o paternal. Al hacerlo, sólo se niega a sí mismo la posibilidad de usar un importante órgano de información (Jung, 1966)

El llamado de la vocación

Cómo se explica entonces que ciertas personas pongan en juego su tranquilidad o armonía alcanzada, para abrirse al otro, y juntos transitar el camino del proceso de transformación psicológica?

Desde mi punto de vista, aquí radica la importancia del auto conocimiento y madurez del terapeuta. Es aquí donde nos enfrentamos con el tema del servicio, es decir, el buscar ejercer de catalizador de otro en su proceso de desarrollo e individuación.

Curiosamente cuando estas preguntas se hacen conscientes, se producen eventos de sincronía como el abrir hace pocos días un libro de la antropóloga chilena Patricia May y leer: El árbol se da por el simple impulso interior de expresar su tesoro, aquel que lleva grabado en su semilla y continúa el quienes somos detrás de todas las construcciones fundadas en el ego, es lo que nos lleva a vivir en un constante cálculo y nos impide expresar el centro de nuestro ser, nuestra alma (May, 2003).

Es decir, el tema de servir al otro en la búsqueda de su propia alma viene del propio proceso de individuación y es como un algo que te empuja, como dice Patricia May La tradición mesoamericana dice que todo niño nace con una piedra preciosa en el centro de su corazón, y esto me hace recordar el significado de vocación que viene de vocare y que quiere decir voz que habla (May, 2003).

Con relación a este tema Joseph B. Wheelwright, doctor en medicina y analista jungiano por más de 40 años, expresó: Nunca me he alejado de la idea de que ser analista jungiano es una vocación , no una elección profesional. Me asombra encontrar candidatos que apenas tienen un compromiso total en relación a su propio crecimiento psíquico y a la gente con quién trabajan (Spiegelman et al.,
1990) .

Como señalaba anteriormente, pareciera ser que aparte de tener una vocación para recibir al otro en el trabajo de psicoterapia, se irían desplegando o desarrollando en él algunas actitudes que en cierta
forma son características de la Psicología Analítica.

Actitudes desde la perspectiva fenomenológica-analitica

De la lectura del trabajo de varios terapeutas junguianos (Spiegelman et al., 1990), tuve la experiencia de corroborar el cómo éstos van adquiriendo con la práctica algunas de las actitudes que revisamos en
el Seminario La Práctica de la Psicoterapia, desde la perspectiva fenomenológica y en el contexto de la psicoterapia.

La Actitud de Humildad
Cuando uno conversa o lee sobre la experiencia de terapeutas que llevan muchos años haciendo psicoterapia, se puede observar el cómo ellos aseguran que el poder de curación está en el paciente y
no en cuán experto sea el terapeuta. Esto es paradojal con la tendencia de los terapeutas que están comenzando en la práctica de la psicoterapia (donde me incluyo), en que se manifiesta la angustia de querer saber y poder controlar la mayor cantidad de variables posibles con el objeto de dar respuesta a las inquietudes y sufrimientos del paciente.

Cito textual a continuación a uno de ellos, Adolf Guggenbuhl-Craig, doctor en medicina:
Así pues……… en la terapia hago muy poca cosa. Para empezar no prometo curar a nadie. Escucho al paciente e intento formarme una somera idea de quién es, escuchando sus relatos externos e internos…. Me interesa mucho su pasado cultural, social, etnológico y religioso…..interpreto los sueños, las fantasías, los acontecimientos, pero sobre todo con imágenes, no con conceptos. Amplío más que interpreto. Intento no dar consejos, aunque los pacientes los esperan. (Spiegelman et al., 1990).

En esta actitud de humildad se va logrando entender que el paciente mantiene su propio sanador interno en la sombra, pero potencialmente disponible. Esto es muy bello, pues nos habla de una psicología que
al hacer consciente esto, está poniendo en el otro la capacidad de poder seguir viviendo haciéndose cargo de su vida, de una forma autónoma y madura.

Actitud de Ignorancia
Cuando utilizo el concepto de ignorancia me refiero a que el terapeuta no puede creer tener el control de todos los factores que entran en juego en la psicoterapia, no sólo en relación a la teoría propiamente tal, sino también a ser capaz de admitir los errores que se puedan cometer. El analista Mario Jacoby señala:

Yo suelo tratar de escribir algunas notas por la tarde sobre el contenido y el ambiente de cada una de las sesiones. Principalmente intento reconstruir y retener los momentos y las circunstancias en las que me he sentido indiscreto, como un intruso, pasándome de la raya, moralista, falto de ánimo, o simplemente utilizando intervenciones rutinarias vacías, etc. Creo que, como analistas, necesitamos afrontar los patinazos que cometemos, pero con la suficiente tolerancia ante el hecho de que no podemos ser unos analistas ideales. (Spiegelman et al., 1990)

Esta actitud es la que nos hace estar seguros de que ningún análisis es capaz de desterrar para siempre
la inconsciencia. El analista debe seguir aprendiendo perpetuamente y nunca olvidar que cada caso nuevo revela nuevos problemas y así da origen a suposiciones inconscientes que jamás se han constelado.

Actitud fenomenológica o experiencial frente al objeto de estudio
La Psicología Analítica trata de entender el fenómeno de la vida psíquica respetando la integridad de la experiencia, y su sentido. Para esto, a pesar de existir diversos supuestos teóricos en la base, son eliminados tanto como sea posible al estar frente a frente con el paciente en el proceso terapéutico.

La antropóloga Patricia May lo dice de una forma muy hermosa: es como volver a las cosas mismas, implica una actitud hospitalaria que es sensible a lo que habita en lo oculto (May, 2003). En la voz de
J. Wheelwright, analista jungiano: La relación analista – paciente constituye el punto crucial, y lucho duramente para tratar de describir como Dios manda qué es lo que hago. Trato de no ser tan diferente dentro de mi consulta de cómo soy con mi familia o mis amigos. No utilizo ningún tipo de fachada o de técnica. He aprendido a tratar la terapia como una relación, un proceso, y trato firmemente de dejar mis teorías fuera de este proceso porque no quiero que nada interfiera en mi experiencia inmediata. (Spiegelman et al., 1990)

Reflexiones finales

En este artículo he tratado de exponer algunos conceptos e ideas que me parecen cruciales para llegar a ser un terapeuta en la línea de la Psicología Analítica y, porqué no decirlo, en cualquier línea. He tratado de acentuar la similitud encontrada entre los conceptos vistos en el Seminario y algunos relatos directos de psicoterapeutas junguianos que han trabajado durante décadas, y han desarrollado estas formas de concebir la realidad y el concepto de lo que un paciente es y lo que realmente se espera que suceda en la psicoterapia.

Cuando supe que Jung tenía en su puerta una imagen de Filemón como signo de apertura hacia el inconsciente, me maravilló pues esa imagen representa todas las actitudes que hemos desarrollado en este trabajo. También es una apertura hacia el descubrir la vocación y seguir el llamado, y también abrir la propia herida para que otro pueda sanarse, y continuar en este proceso de individuación.

Quisiera recalcar que la imagen del sanador herido me parece que deja fuera el aspecto positivo y que omite las risas y la sensación positiva de ayudar al otro cuando emergen aspectos importantes a la consciencia.

Danza Misteriosa

Danza Misteriosa

Lynn Margulis y Dorion Sagan.- Editorial Kairós

Nada tan complejo, debatible y, a menudo, ideologizado como los temas relacionados con la sexualidad humana. De ahí el enorme valor de un libro como este, que nos ofrece una fascinante perspectiva evolucionista. Hay un origen ancestral, mucho mas remoto de lo que sospechamos, en nuestras emociones, pasiones, perversiones y sentimientos relacionados con el acto del amor.

Este libro combina la investigación científica con la filosofía, el psicoanálisis, la religión, la política. Se trata de entender nuestro presente explorando una herencia complejísima que emerge del pasado. Una herencia que podemos ignorar, pero de la cual no podemos escapar.

Lynn Magulis es una de las figuras más eminentes de la actual biología norteamericana. Profesora en la Universidad de Massachusetts, es miembro de la National Academy of Sciences.

Dorion Sagan es esayista. Conjuntamente con Margulis ha publicado el libro Microcosmos.

Los 10 Secretos de la Abundante Felicidad

Los 10 Secretos de la Abundante Felicidad

Adam J. Jackson.-Editorial Sirio

Recorres el mundo en busca de una felicidad
que está siempre al alcance de tu mano.
Horacio

Si preguntamos a la gente qué es lo que más desean en esta vida la respuesta más común será: Quiero ser feliz.

Por qué son felices tan pocas personas? Por qué la industria de los antidepresivos es una de las más florecientes? Por qué tan pocos seres humanos se consideran a sí mismos felices? No será que hemos estado buscando la felicidad en lugares equivocados?

Estoy convencido que todos tenemos la capacidad de ser felices. No importa el dinero que tengas o no tengas, no importa el tipo de trabajo ni el lugar donde vivas. Cualesquiera que sean tus circunstancias presentes, tienes en ti mismo no sólo el poder de ser feliz, sino el poder de experimentar una gran abundancia de felicidad.

La Abundancia de Felicidad no es sólo librarse de la depresión y del dolor, sino que más bien consiste en una sensación de alegría, de contento y de maravillado asombro ante la vida. Esto no significa que sea posible, ni siquiera deseable, vivir en éxtasis continuo; hay momentos en los que nuestras vidas se ven afectadas por tragedias y pérdidas personales y es totalmente natural sentir tristeza, pena y decepción. Pero hay diversas formas de hacer frente a tales experiencias y, con mucha frecuencia, podemos convertir en triunfos los obstáculos y las adversidades de la vida.

Al contrario de lo que ocurre en la mayoría de las parábolas, todos los personajes que aparecen en este libro están basados en seres reales. Por supuesto, he cambiado sus nombres y he modificado algunas circunstancias, pero todos ellos triunfaron sobre sus crisis personales y todos hallaron la felicidad tal como se expone en cada uno de los capítulos. Espero que sus relatos te ayuden y te inspiren a seguir su ejemplo y a experimentar las bendiciones de la Abundante Felicidad.

El Tiempo

El Tiempo

Todas las cosas tienen extensión y duración. Medimos la extensión según lo alto, lo largo y lo ancho; la duración según el tiempo. Todas estas cuatro dimensiones son medidas aplicadas por el hombre. Esta silla frente a mí no es de un metro de altura, pero yo la puedo medir así y, si arrojo al suelo la silla, su altura será tan sólo de 50 centímetros convirtiendo su altura anterior en su anchura. Se mide el tiempo según una dimensión: la longitud. Decimos hace largo y corto tiempo, pero nunca hablamos de tiempo ancho o estrecho. La expresión ya es tiempo (en inglés it is high time, literalmente: es tiempo alto) probablemente tiene su origen en la marea alta o en el reloj de agua. Mientras que para una medida objetiva tomamos puntos fijos (a.C. y d.C., a.m. y p.m.), el punto cero psicológico es el siempre presente, que se alarga, según nuestra organización, hacia delante y hacia atrás como el gusanillo que se abre camino comiendo el queso y dejando rastros de su existencia tras de sí.

Omitir las dimensiones del tiempo conduce a falacias lógicas, a engaños en los argumentos: la lógica sostiene que a = a, y que, por ejemplo, puede ponerse en otro contexto una manzana. Esto es correcto mientras sólo se considere la extensión de la fruta, como casi siempre se hace. Pero es incorrecto en cuanto se toma en cuenta su duración. La manzana verde, el fruto sabroso y el podrido son tres fenómenos diferentes del acontecimiento espacio-temporal manzana. Pero por ser utilitaristas, naturalmente tomamos la fruta comestible como referente cuando empleamos la palabra manzana.

En cuanto olvidamos que somos eventos espacio-temporales, chocan las ideas y la realidad. Las demandas de emociones perdurables (amor eterno, lealtad eterna) podrían llevar a la desilusión, la belleza efímera a la depresión. Las personas que han perdido el ritmo del tiempo pronto serán anticuadas.

Y qué es este ritmo del tiempo?

En apariencia nuestra organización posee un óptimo en la experiencia del sentido del tiempo: la duración. Se expresa esto en el lenguaje como paso-pasar-pasado (en francés, le pas-passer-passé; en alemán, ver-gehen-Ver-gangenheit). Así pues, para nosotros, el punto cero es la velocidad que pasa. El tiempo avanza. El tiempo vuela, o se arrastra o hasta se detiene, todavía denota la desviación de más y menos. Un juicio así contiene su opuesto psicológico; nos gustaría que el tiempo que vuela redujera su marcha y que se apresurase cuando se arrastra.

La concentración en las cosas como eventos espacio-temporales se experimenta como paciencia, la tensión entre un deseo y su realización como impaciencia. Evidentemente, en este caso, existe la imagen tan sólo en extensión, al desunirse el componente tiempo como impaciencia. De esta forma entra en la vida y psicología humanas la consciencia del tiempo o el sentido del tiempo.

Einstein opina que el sentido del tiempo es cuestión de experiencia. El niño de pecho despierta cuando la tensión del hambre ha llegado a ser tan elevada que interrumpe el sueño. Esto no se debe a sentido alguno del tiempo: por el contrario, el hambre ayuda a crear ese sentido. Aunque no conocemos ningún equivalente orgánico del sentido del tiempo, debe suponerse su existencia, aunque sólo sea por la exactitud con que algunas personas pueden dar la hora correcta.

Cuanto mayor es el retardo de la satisfacción del deseo, más grande la impaciencia, en caso de que la concentración siga sobre el objeto de gratificación. La persona impaciente quiere la conjunción inmediata, sin tiempo, de su visión con la realidad. Cuando se espera el tranvía, la idea tranvía puede deslizarse hacia el fondo y uno podría entretenerse pensando, observando, leyendo o con cualquier pasatiempo que haya a mano hasta que el tranvía llegue. Pero cuando el tranvía permanece como figura en la mente, entonces aparece como impaciencia, y dan ganas de correr para salir al encuentro del tranvía. Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. Cuando se suprime la tendencia a correr hacia el tranvía (y este autocontrol ha llegado a ser en la mayoría de nosotros, automático e inconsciente) se entra en un estado de inquietud, de molestia; cuando uno es demasiado inhibido como para desahogarse renegando y poniéndose nervioso y reprime esta impaciencia, probablemente la transformará en ansiedad, dolor de cabeza o en algún otro síntoma.

A cierta persona se le pidió que explicara la teoría de la relatividad de Eisntein. Contestó: Cuando pasas una hora con tu chica, el tiempo vuela; una hora parece un minuto; pero si estás sentado en una estufa caliente, el tiempo se arrastra, los segundos parecen horas. Esto no se ajusta a la realidad psicológica. En una hora de amor, cuando el contacto es perfecto, el factor tiempo no entra en absoluto en el cuadro. Pero si la chica llega a convertirse en un estorbo, se pierde el contacto con ella y llega el aburrimiento, entonces se comenzará a contar los minutos hasta que uno pueda liberarse de ella. También se experimentará el factor tiempo, en caso de que el tiempo sea limitado, cuando se pretende meter todo lo posible en los minutos de que se dispone.

Sin embargo, la regla tiene sus excepciones. Los recuerdos reprimidos en nuestro Inconsciente, según Freud, carecen de tiempo. Esto significa que no están sujetos a cambio mientras permanezcan en un sistema aislado del resto de la personalidad. Son como sardinas en una lata que, en apariencia, permanecen para siempre como si tuvieran 6 semanas o la edad de cuando fueron pescadas. Mientras están aisladas del resto del mundo hay muy poco cambio hasta que (al ser comidas u oxidarse), vuelven a entrar en el metabolismo del mundo.

El centro de nuestro tiempo como acontecimientos humanos conscientes en tiempo y espacio es el presente. No hay otra realidad más que el presente. Nuestro deseo de conservar más del pasado o de anticipar el futuro podría cubrir por completo este sentido de realidad. Aunque podemos aislar el presente del pasado (causas) y del futuro (propósito), toda renuncia al presente como centro de la balanza como el fiel de nuestra vida – conducirá a una personalidad desequilibrada. No importa que la inclinación sea hacia la derecha (excesiva rectitud) o hacia la izquierda (impulsividad), que se rompa el equilibrio hacia delante (futuro) o hacia atrás (pasado), se puede perder el equilibrio en todas las direcciones.

Esto tiene aplicación a todo y naturalmente también al tratamiento psicoanalítico. La única realidad aquí existente es la entrevista analítica. Todo lo que experimentamos allí lo experimentamos en el presente. Esta debe ser la base para cualquier intento de reorganización orgánica. Cuando recordamos, recordamos en ese preciso segundo y con cierto propósito; cuando pensamos en el futuro anticipamos cosas futuras, pero lo hacemos en el momento presente y debido a diversas causas. La predilección por el pensamiento ya sea histórico o futurista, siempre destruye el contacto con la realidad.

La falta de contacto con el presente, la falta de sentido actual de nosotros mismos lleva a huir, ya sea hacia el pasado (pensamiento histórico) o hacia el futuro (pensamiento de anticipación). Tanto Epimeteo Freud como Prometeo Adler, cooperando con el deseo del neurótico de cavar en el pasado o salvaguardar el futuro, han perdido el punto arquimedeo de reajuste. Al renunciar al presente como referente permanente, las ventajas de retroceder al pasado para sacar provecho de nuestras experiencias y errores se convierte en su opuesto, llegando a ser nocivo para el desarrollo. Nos hacemos sentimentales o adquirimos el habito de culpar a los padres o a las circunstancias (resentimiento). Con frecuencia el pasado se convierte en una “consumación” que ha de desearse con devoción . Brevemente, desarrollamos un carácter retrospectivo. El carácter prospectivo, por el contrario, se pierde en el futuro. Su impaciencia lo conduce a anticipaciones fantásticas que en contraste con la planeación – consumen nuestro interés por el presente y su contacto con la realidad.

Freud posee la intuición correcta al creer que el contacto con el presente es esencial. Exige atención libremente movible, que significa darse cuenta de todas las experiencias; pero lo que sucede es que lentamente, pero con seguridad, el paciente y el analista llegan a condicionarse por dos cosas; primero, por la técnica de asociaciones libres, de la fuga de ideas, y, segundo, por un estado en que analista y paciente forman, por así decir, una compañía para pescar recuerdos, con lo que desaparece la atención libremente movible. En la práctica, la apertura mental llega a estrecharse en un interés casi exclusivo por el pasado y la líbido.

Freud no es exacto en cuestión de tiempo. Cuando dice que el tiempo tiene una pierna en el presente y la otra en el pasado, incluye los pocos días pasados en el presente. Pero lo que sucedió, aunque solo sea hace un minuto, es pasado, no presente. La diferencia entre la concepción de Freud y la mía puede parecer irrelevante y, sin embargo, no es sólo asunto de pedantería, sino un principio que implica aplicaciones prácticas. Una fracción de segundo puede significar la diferencia entre vida y muerte, como veríamos en la coincidencia de la caída de una piedra que mata a un hombre.

El descuido del presente hizo necesaria la introducción de la “transferencia”. Cuando no dejamos lugar a la actitud espontánea y creadora del paciente, entonces tenemos que buscar explicaciones en el pasado, suponer que transfiere cada parte de su conducta de tiempos remotos a la situación analítica ( o, siguiendo el pensamiento teleológico de Adler) debemos limitarnos a descubrir qué propósitos, qué arreglos tiene el paciente en mente, qué planes tiene en su manga.

No niego en absoluto que todo tiene su origen en el pasado y tiende a un desarrollo ulterior, pero lo que yo quiero precisar es que el pasado y el futuro determinan su rumbo continuamente según el presente y tienen que relacionarse con él. Sin la referencia al presente llegan a carecer de sentido. Examinemos una cosa concreta, una casa edificada hace años que se origina en el pasado y tiene un propósito, en concreto, que se viva en ella. Qué sucede a la casa cuando uno se satisface con sólo el hecho histórico de que haya sido edificada? Si no se la cuida, la casa se convertirá en ruinas, sujeta como está al influjo del viento y del tiempo de sequía y al agua y a otros influjos destructores que, aunque pequeños y a veces invisibles, tienen un efecto acumulativo.

Freud ha sacudido nuestros conceptos de causalidad, moral y responsabilidad; pero se detuvo a medio camino: no condujo el análisis a sus últimas conclusiones. Dijo que no somos tan buenos o malos como creemos ser, pero que inconscientemente, en la mayoría de los casos, somos peores, a veces mejores. De acuerdo con ello transfirió la responsabilidad del Ego al Id. Además desenmascaró las causas intelectuales como racionalizaciones y decidió que el Inconsciente proporciona las causas para nuestras acciones.

Cómo podemos reemplazar el pensamiento causal? Cómo superamos las dificultades de apoyarnos en el presente y lograr un comprensión científica sin buscar razones? Ya he mencionado antes las ventajas que brotan del pensamiento funcional. Si tenemos el valor de intentar seguir a la ciencia moderna en su decisión de que no hay respuestas últimas al por qué? llegamos a un descubrimiento muy reconfortante: se puede responder a todas las preguntas relevantes preguntando :”Cómo?”, “Dónde?” y “Cuándo?” La descripción detallada es idéntica a la concentración y al conocimiento acrecentado. La investigación requiere descripciones detalladas sin descuidar el contexto. El resto es cuestión de opinión o teoría, fe o interpretación.

Aplicando nuestras ideas del presente podemos mejorar nuestra memoria y nuestros poderes de observación. Decimos que los recuerdos vienen a nuestra mente: nuestro Ego es más o menos pasivo respecto a ellos. Pero si retrocedemos a una situación, e imaginamos que estamos realmente en el lugar y entonces describimos con detalle lo que vemos o hacemos, empleando el tiempo presente, mejoraremos mucho nuestra capacidad de recordar.

Dentro de la concepción de Freud el pensamiento futurista, que en la psicología de Adler ocupa el primer plano, está relegado a una posición de importancia secundaria (por ejemplo, ventajas secundarias de una enfermedad). Freud adhirió a las causas, aunque en la Psicopatología de la vida cotidiana expuso muchos ejemplos para demostrar que el olvido y el recuerdo tienen tendencias y no solamente causas. Por un lado, los recuerdos determinan la vida del neurótico y, por otro, recuerda u olvida con ciertos propósitos. Un soldado anciano quizá recuerde acciones de las que puede vanagloriarse, y hasta inventaría recuerdos con el propósito de vanagloriarse.

Frederick Perls

Extractado de
F. Perls.- Yo, Hambre y Agresión.-Fondo Cultura Económica

Del Ello al Tu

Del Ello al Tu

El hombre se torna un Yo a través del . Aquello que lo confronta desaparece, los fenómenos de la relación se condensan o se disipan. En esta alternación la consciencia del compañero que no cambia, del Yo, se hace más clara y cada vez más fuerte. Seguramente ella aparece aún comprometida en la trama de la relación con el ; es la consciencia gradual de lo que tiende hacia el sin ser el . Pero se afirma con una fuerza creciente hasta que el lazo se rompe y el Yo se encuentra, como en el espacio de un relámpago, en presencia de sí mismo, como si se tratara de un extraño; pero pronto retoma posesión de sí y desde entonces se ofrece conscientemente a la relación.

Sólo entonces puede constituirse la otra palabra primordial. Pues sin duda el de la relación ha palidecido muchas veces, pero sin tornarse en el Ello de un Yo, en objeto de una percepción o de una experiencia impersonal, como lo será más tarde. Se ha vuelto en cierto modo un Ello para sí, un Ello, primeramente desatendido, puesto en reserva y que, para nacer, espera que se produzca un nuevo fenómeno de relación. El cuerpo que madura en una persona se distingue ya de su medio en la medida en que se siente portador de sus impresiones y ejecutor de sus impulsos. Pero esta distinción fue simplemente un esfuerzo rudimentario y poco orgánico de orientación, y no una absoluta separación del Yo y su objeto. Mas ahora, el Yo destacado emerge, transformado. Reducido de su plenitud circunstancial a un punto funcional, a un sujeto que experimenta y utiliza, el Yo encara y toma posesión de todo Ello existente en y por sí mismo, para formar la otra palabra primordial del lenguaje.

El hombre que se ha hecho consciente del Yo, el hombre que dice YoEllo, se coloca ante las cosas como observador, en vez de colocarse frente a ellas para el viviente intercambio de la acción recíproca. Inclinado sobre las cosas, con la lupa objetivadota de su mirada de miope, y ordenándolas una a una en un panorama, gracias al telescopio objetivador de su mirada de présbite, las aísla para considerarlas sin ningún sentimiento de exclusividad, o las dispone en un esquema de observación sin ningún sentimiento de universalidad.

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Sólo podrá encontrar el sentimiento de exclusividad en una relación; el sentimiento de universalidad, sólo a partir de una reacción. Ahora, por primera vez, experimenta las cosas como sumas de cualidades. Ciertamente ha amasado en su memoria cualidades pertenecientes al recordado; pero sólo ahora, por primera vez, las cosas se componen para él de sus cualidades. Con el simple recuerdo de la relación, conservado en estado de sueño, de imagen o de pensamiento, según su complexión propia, ensancha el núcleo, la substancia que se le había revelado vigorosamente en el con todas sus cualidades. Y también ahora por primera vez dispone las cosas en el espacio y el tiempo, en conexión causal, cada una con su lugar propio y su curso, su medida y su condición.

El , es verdad, aparece en el espacio, pero aparece en ese frente a frente exclusivo en el que todo el resto de los seres sólo puede servir como un fondo del cual él emerge, sin encontrar allí ni su límite ni su medida. El también aparece en el tiempo, pero en el instante que posee por sí mismo la plenitud: no es vivido en una cadena fija y sólidamente articulada, sino que es vivido en una duración cuya dimensión puramente intensiva sólo se define en términos que le son propios. Finalmente, el aparece simultáneamente actuando y sujeto a acción, pero no está comprometido en una cadena de causas. Pues la relación de reciprocidad en que está con el Yo es al tiempo el origen y el fin del fenómeno. Una de las verdades fundamentales del mundo es: Sólo el Ello puede ser dispuesto dentro de un orden. Cuando dejan de ser nuestro para tornarse nuestro Ello, las cosas se convierten en coordinables. El no conoce ningún sistema de coordinación.

Mas al haber llegado a este punto, es menester también expresar la otra parte de la verdad básica sin la cual esta parte quedaría como un fragmento inutilizable: un mundo ordenado no es el orden del mundo. Hay momentos de profundidad silenciosa en los que miráis el orden del mundo en su plena presencia. Entonces se oye como un destello el sonido del cual el mundo ordenado es la notación indescifrable. Esos momentos son inmortales, y los más, fugitivos. No se puede retener de ellos ningún contenido, pero su virtud se entrega en la creación y en el conocimiento del hombre; efluvios de esta virtud penetran en el mundo ordenado y lo descongelan, lo licuan una y otra vez. Esto acontece en la historia del individuo y en la historia de la especie.

Para el hombre el mundo es doble, en conformidad con su propia doble actitud. Percibe todo lo que le rodea, las simples cosas, los seres vivientes en cuanto cosas. Percibe lo que ocurre en torno de sí, los meros hechos y las acciones en cuanto hechos; las cosas compuestas de cualidades y los hechos compuestos de momentos; las cosas tomadas en la red del espacio, los sucesos tomados en la red del tiempo; las cosas y los hechos delimitados por otras cosas y por otros hechos, mensurables entre ellos, comparables entre ellos, un mundo bien ordenado, un mundo aislado. Este mundo merece hasta cierto punto nuestra confianza. Tiene densidad y duración. Su ordenamiento puede ser abarcado con la mirada.; se lo tiene bajo la mano, se lo puede representar con los ojos cerrados y examinarlo con los ojos abiertos. Está siempre allí, contiguo a tu piel, si lo consientes, acurrucado en tu alma, si lo prefieres, es tu objeto, permanece siéndolo mientras así lo deseas; te es familiar, ya sea en ti o fuera de ti. Lo percibes, haces de él tu verdad, se deja captar, pero no se te entrega. Es el solo objeto sobre el cual puedas entenderte con otro; aunque se presenta diferentemente a cada uno, está siempre pronto para servirte de objeto común. Pero no es el lugar donde puedas encontrarte con otro. No podrías vivir sin él, su sólida realidad te conserva; pero si mueres en él, tu sepulcro estará en la nada.

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Por otro lado, el hombre que encara lo que existe y lo que deviene como su interlocutor siempre lo confronta simplemente como un ser singular; y a cada cosa la confronta simplemente como un ser. Lo que existe se le descubre en el acontecer, y lo que acontece se le presenta como lo que es. Sólo le está presente esa cosa única, pero ella implica el mundo en su totalidad. Medida y comparación se borran; de ti depende que una parte de lo inconmensurable se vuelva para ti realidad. Esos encuentros no se ordenan de manera de formar un mundo, sino que cada uno es una señal del orden del mundo. No están ligados entre sí, sino que cada uno te garantiza tu solidaridad con el mundo.

El mundo que se te aparece bajo esta forma apenas merece tu confianza, porque continuamente adquiere otro aspecto; no puedes tomarle la palabra. No tiene densidad, pues todo en él lo penetra todo; no tiene duración, pues aparece sin que se le llame y se desvanece cuando se lo retiene. No puede ser examinado, y si quieres hacerlo susceptible de examen, lo pierdes. Viene a ti, viene a revelarte; pero si no te alcanza y no te encuentra, se disipa; pero vuelve en otra forma. No está fuera de ti. Toca lo profundo de tu ser, y al llamarlo alma de mi alma nada de excesivo has dicho. Pero cuídate de querer transportarlo en su alma, pues lo aniquilarías. Es para ti la presencia; sólo por él tienes presencia. Puedes convertirlo en un objeto para ti, puedes experimentarlo, utilizarlo. Hasta estás constreñido a hacerlo una y otra vez. Pero en cuanto lo haces, ya no tienes más presencia. Entre él y tú hay reciprocidad de dones: le dices y te das a él; él te dice y se da a ti. No puedes con nadie entenderte a su respecto. En el encuentro con él, estás con él sólo. Pero él te enseña a encontrarte con otros y a sobrellevar el encuentro. Por el favor de sus apariciones y por la solemne melancolía de sus partidas, te conduce hasta el en el cual las líneas paralelas de las relaciones se encuentran. Nada hace para conservarte en vida; sólo te ayuda a atisbar la eternidad.

El mundo del Ello es coherente en el espacio y en el tiempo. El mundo del no es coherente ni en el espacio ni en el tiempo. Cada , una vez transcurrido el fenómeno de la relación, se vuelve forzosamente un Ello.

Cada Ello, si entra en la relación, puede volverse un . Tales son los dos privilegios básicos del mundo del Ello. Llevan al hombre a encarar el mundo del Ello como el mundo en el que ha de vivir y en el cual el vivir es cómodo, como el mundo que le ofrece toda suerte de atractivos y estímulos, de actividades, de conocimientos. En esta crónica de beneficios sólidos, los momentos en que se realiza el aparecen como extraños episodios líricos y dramáticos de un encanto seductor, ciertamente, pero que nos llevan a peligrosos extremos que diluyen la solidez del contexto bien trabado y dejan atrás de ellos más inquietud que satisfacción, quebrantando nuestra seguridad; se los encuentra inquietantes y se los juzga inútiles. Como es menester, después de tales momentos, volver a la realidad, por qué no quedar en la realidad?, por qué no llamar al orden a la aparición que se nos presenta y enviarla de oficio hacia el mundo de los objetos?, por qué, si uno no puede evitar decir a un padre, a una mujer, a un compañero, no decir pensando en Ello? Producir el sonido con la ayuda de los órganos vocales no es, en verdad, pronunciar esa inquietante palabra fundamental. Más aún: murmurar desde el fondo del alma un amoroso es algo sin peligro si no se tiene otra intención que la de experimentar y utilizar.

No se puede vivir en el solo presente. La vida sería devorada si no se hubieran tomado precauciones para superarlo rápida y totalmente. Pero es posible vivir en el pasado únicamente; más todavía: sólo en el pasado cabe organizar una vida. Para ello es suficiente dedicar todos los momentos a experimentar y a utilizar, y entonces no nos quemarán más.

Con toda la seriedad de lo verdadero has de escuchar esto: el hombre no puede vivir sin el Ello. Pero quien sólo vive con el Ello, no es un hombre.

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Las líneas de las relaciones, si se las prolonga, se encuentran en el eterno. Cada particular abre una perspectiva sobre el eterno; mediante cada particular la palabra primordial se dirige al eterno. A través de esa relación del de todos los seres se realizan y dejan de realizarse las relaciones entre ellos: el innato se realiza en cada relación y no se consuma en ninguna. Sólo se consuma plenamente en la relación directa con el único que, por su naturaleza, jamás puede convertirse en Ello: Dios.

Martin Buber

 

Extractado por Pablo Cáceres de
Yo y Tú.- Editorial Galatea.

El Pasado y El Futuro

El Pasado y El Futuro

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Aunque no sabemos acerca del tiempo más que es una de las cuatro dimensiones de nuestra existencia, podemos definir el presente. El presente es el punto cero, siempre en movimiento, de los opuestos pasado y futuro. La personalidad bien equilibrada toma en cuenta el pasado y el futuro sin abandonar el punto cero del presente, sin considerar el pasado y el futuro como realidades. Todos somos capaces de dirigir la mirada hacia atrás y hacia delante, pero la persona incapaz de enfrentarse a un presente desagradable y que vive ante todo en el pasado o el futuro, envuelta en el pensamiento histórico o futurista no está adaptada a la realidad. De esta forma la realidad además de la formación fondo-figura – asume un nuevo aspecto proporcionado por el sentido de actualidad.

Se reconoce que el soñar despierto es una de las pocas ocupaciones consideradas como huida del punto cero del presente hacia el futuro, y en ese caso es común referirse a esto como un escape de la realidad. Por otro lado, hay personas que acuden al analista sólo con el deseo de obrar de acuerdo con la idea popular acerca del psicoanálisis: desenterrar todos los recuerdos o traumas infantiles posibles. Con un carácter retrospectivo, el analista puede malgastar años siguiendo esta caza del pato salvaje. Por estar convencido de que ahondar en el pasado es una panacea para la neurosis, sólo colabora con la resistencia del paciente a enfrentar la neurosis.

El constante ahondar en el pasado tiene además otras desventajas, en cuanto no toma en cuenta lo opuesto, el futuro, y no comprende por ello todo un grupo de neurosis. Examinemos un caso típico de neurosis de anticipación: Una persona, al ir a acostarse, se preocupa acerca de cómo dormirá; por la mañana tiene una gran resolución respecto al trabajo que realizará en su oficina. Al llegar allí no cumplirá sus resoluciones, sino que preparará todo el material que pretende comunicar al analista, aunque no ofrecerá este material en el análisis. Cuando llega el momento de emplear los hechos ya preparados, su mente se ocupa en que espera cenar con su amiga, pero durante la cena hablará a la joven acerca de todo el trabajo que tiene que realizar antes de ir a la cama, etc., etc. Este ejemplo no es una exageración, porque hay muchas personas que siempre están unos pocos pasos o millas más allá del presente. Jamás recogen los frutos de sus esfuerzos, ya que sus planes nunca establecen contacto con el presente, o sea, con la realidad.

De qué sirve hacer que una persona, perseguida por un miedo inconsciente de inanición, se de cuenta de que su miedo se originó en la pobreza experimentada durante su infancia? Es mucho más importante demostrar que, al dirigir su mirada hacia el futuro y tratar de conseguir seguridad, echa a perder su vida presente, que su ideal de acumular riquezas superfluas está separado y aislado del sentido de la vida. Es esencial que esa persona aprenda el sentido de sí mismo, que restaure todos sus impulsos y necesidades, todos los placeres y dolores, todas las emociones y sensaciones que hacen que la vida sea digna de vivirse y que han llegado a convertirse en un fondo o han sido reprimidas a favor de su ideal dorado. Debe aprender a realizar otros contactos en la vida además de sus relaciones de negocios. Debe aprender a trabajar y a jugar.

Esta gente desarrolla una neurosis clara una vez que han perdido su único contacto con el mundo: el contacto de negocios. Se conoce esto como la neurosis del hombre de negocios retirado. De qué le sirve un análisis histórico, a no ser para proporcionarle un pasatiempo que llene unas pocas horas de su vida vacía? A veces un juego de cartas podría servir al mismo propósito. A la orilla del mar se encuentra con frecuencia este tipo de persona (que no tiene contacto con la naturaleza) que se negaba a dejar la cargada habitación de juego para echar una mirada a la belleza de una puesta de sol. Más bien seguía apegado a su ocupación sin sentido de intercambiar cartas, de permanecer con su naipe en vez de entrar en contacto con la naturaleza.

Otros tipos que miran hacia el futuro son los preocupados: los aficionados a consultar predicciones de astrólogos, tarotistas, videntes, etc., los que ponen la seguridad ante todo y nunca quieren correr riesgos.

Los historiadores, los arqueólogos, los que buscan explicaciones y los quejosos miran en la dirección opuesta, y el más apegado al pasado es la persona infeliz en la vida porque sus padres no le proporcionaron una educación adecuada; o el sexualmente impotente porque adquirió un complejo de castración cuando su madre lo amenazó con cortarle el pene como castigo por masturbarse.

El descubrimiento de una causa en el pasado rara vez es el factor decisivo en la curación. La mayoría de las personas de nuestra sociedad no han tenido una educación ideal, la mayoría de las personas ha experimentado amenazas de castración en su niñez sin llegar a ser impotentes. Conozco un caso en el que salieron a la superficie todos los detalles posibles de ese complejo de castración sin que influyeran esencialmente en la impotencia. El analista había interpretado la repulsión del paciente por el sexo femenino. El paciente había aceptado la interpretación, pero nunca había logrado sentir, experimentar la náusea. Así, no pudo cambiar la repulsión en su opuesto, el apetito.

La persona retrospectiva evita asumir la responsabilidad de su vida y sus acciones; prefiere culpar a algo que sucedió en el pasado en vez de dar pasos para remediar la situación presente. Para tareas manejables no se necesitan chivos expiatorios o explicaciones.

En el análisis del carácter retrospectivo se encuentra siempre un síntoma preciso: la supresión del llanto. La aflicción es una parte del proceso de resignación, necesario para superar la dependencia del pasado. Este proceso, llamado el sufrimiento del duelo, es uno de los descubrimientos más ingeniosos de Freud. El hecho de que la resignación requiera la acción de todo el organismo demuestra lo importante que es el sentido de uno mismo, cómo la experiencia y expresión de las emociones más profundas que son necesarias para ajustarse después de haber perdido un contacto valioso. Para volver a tener la posibilidad de hacer un nuevo contacto, debe concluirse la tarea de la aflicción. Aunque ha pasado el triste acontecimiento, el muerto no está muerto; aún está presente. El sufrimiento del duelo se hace en el presente: lo decisivo no es lo que la persona muerta significaba para el afligido, sino lo que todavía significa para él. La pérdida de una muleta no tiene importancia cuando uno fue herido hace unos cinco años y ya está curado; importa tan sólo si todavía está cojo y necesita la muleta.

Aunque he tratado de desaprobar el pensamiento futurista e histórico, no deseo producir una impresión equivocada. No debemos despreciar por completo el futuro (por ejemplo, planear) o el pasado (situaciones no concluidas) pero debemos darnos cuenta de que el pasado se ha ido, dejándonos cierto número de situaciones inconclusas y que el planear debe ser una guía hacia la acción, no una sublimación o un substituto de ella.

La gente con frecuencia comete errores históricos. Con esta expresión no me refiero a confundir los datos históricos sino a tomar erróneamente el pasado por situaciones actuales. En la esfera legal hay leyes todavía válidas que hace mucho han perdido su raison dêtre. Personas religiosas mantienen también dogmáticamente ritos que tuvieron en otro tiempo sentido, pero que están fuera de lugar en una civilización diferente. Cuando al judío antiguo no se le permitía conducir un vehículo en sábado, la cosa tenía sentido, ya que el animal de carga debería tener un día de descanso; pero el judío piadoso de la actualidad se somete a molestias innecesarias al negarse a utilizar un tranvía que en todo caso sigue caminando. Transforma algo con sentido en un sin-sentido, al menos así nos parece a nosotros. El lo ve desde un ángulo diferente. El dogma no podría retener su dinámica, ni siquiera podría existir si no estuviera sostenido por el pensamiento futurista. El creyente cumple la ley religiosa con el fin de estar en el libro bueno de Dios, para lograr prestigio como persona religiosa o para evitar desagradables remordimientos de conciencia. No debe sentir el error histórico que comete, pues de otra forma su gestalt vital, el sentido de su existencia, se resquebrajaría y se vería hundido en una confusión mayor por la pérdida de su sostén.

Los errores futuristas son parecidos a los históricos. Contamos con algo, esperamos algo y nos sentimos desilusionados, tal vez muy desgraciados, cuando no se realizan nuestras esperanzas. En ese caso nos sentimos muy inclinados a culpar o al destino, a otras personas o a nuestra propia falta de capacidad, pero no estamos preparados para percibir el error fundamental de esperar que la realidad haya de coincidir con nuestros deseos. Evitamos ver que somos los responsables de la desilusión que surge de nuestra expectativa, de nuestro pensamiento futurista, especialmente cuando pasamos por alto la realidad de nuestras limitaciones. El psicoanálisis no ha tenido en cuenta este factor esencial, aunque ha tratado en abundancia las reacciones de desilusión.

El error histórico más importante del psicoanálisis clásico es la aplicación indiscriminada del término regresión. El paciente evidencia un desamparo, una confianza en su madre impropios de un adulto, y se convierte en un niño de tres años. Nada hay que decir en contra de un análisis de su infancia (si es que se recalca en forma suficiente el error histórico del paciente) pero, para darse cuenta de un error, debemos ponerlo en contraste con su opuesto, la conducta correcta. Cuando se deletrea en forma errónea una palabra no se puede eliminar el error a no ser que se conozca el deletreo correcto. Esto puede aplicarse de la misma forma a los errores históricos o futuristas.

El paciente en cuestión tal vez nunca ha alcanzado la madurez de un adulto y no sabe cómo se sentiría al ser independiente de su madre, cómo establecer contacto con otras personas; y mientras no se le haga sentir esta independencia, no puede darse cuenta de su error histórico. Damos por descontado que tiene este sentimiento y estamos muy dispuestos a suponer que ha alcanzado la posición adulta y ha sufrido una regresión a la infancia tan sólo temporalmente. Nos sentimos inclinados a pasar por alto la cuestión de las situaciones. Como su conducta es normal en situaciones que no ofrecen dificultades o en asuntos que requieren reacciones similares a las que se espera de un niño, damos por sentado que esencialmente es un adulto. Sin embargo, cuando surgen situaciones más difíciles, demuestra que no ha desarrollado una actitud madura. Cómo podemos esperar que sepa cómo cambiar si no percibe la diferencia entre conducta infantil y madura? No habría regresado si su yo fuera ya maduro, si hubiera asimilado y no tan sólo copiado (introyectado) la conducta adulta.

Podemos concluir, pues, que el futuro inmediato está contenido en el presente, especialmente en sus situaciones no concluidas (consumación del ciclo instintivo). Grandes partes de nuestro organismo están construidas para propósitos. Los movimientos sin propósito, por ejemplo, sin sentido, pueden variar desde peculiaridades ligeras hasta la conducta inexplicable del demente.

Al concebir el presente como el resultado del pasado descubrimos tantas escuelas de pensamiento como descubrimos causas. La mayoría de la gente cree en una causa primaria como un creador, otros se adhieren fatalísticamente a la constitución heredada como el único factor reconocible y decisivo, mientras que para otros el influjo ambiental es la única causa de nuestra conducta. Algunas personas han descubierto que la economía es la causa de todo mal, otros, la infancia reprimida. En mi opinión el presente es la coincidencia de muchas causas que lleva al cuadro siempre cambiante, caleidoscópico, de situaciones que nunca son idénticas.

Frederick Perls

Extractado por Alicia Rivera de
F. Perls.- Yo, Hambre y Agresión.- Fondo Cultura Económica