El Camino del Caballero y de la Dama de sus Pensamientos

El Camino del Caballero y de la Dama de sus Pensamientos

Los seres polares

Aquel que alcance la triple victoria sobre la muerte física, astral y mental será recibido en el seno del Amor Absoluto que es sin comienzo y, en consecuencia, sin fin. El Pleroma de la tradición Ortodoxa.

Ese Amor Absoluto es accesible al alma humana incluso aquí abajo. De todas formas, ni el hombre ni la mujer pueden alcanzarlo separadamente. No es accesible más que a una pareja y a condición de una reintegración consciente y total del uno y del otro en un solo Ser por una síntesis del Yo y del Tú reales, poseyendo la fuerza de romper la corteza de sus respectivas Personalidades. Prácticamente eso no puede ocurrir más que cuando las dos Personalidades ya se encuentran avanzadas, ricas de la experiencia que han adquirido separadamente en la vida exterior.

La muerte es una de las manifestaciones del Principio de Equilibrio reaccionando automáticamente a la acción perturbadora del amor carnal en el mundo creado. Este, aunque imperfecto, da nacimiento a la vida. El amor humano es imperfecto porque es instintivo e impulsivo. En tanto que el hombre se deje ir mecánicamente en sus impulsos, su amor no servirá más que a los objetivos cósmicos del conjunto. El retirará de allí, como elemento de equilibrio y como recompensa, el placer que el amor le da; pero, tal cual es, no servirá de nada a su evolución espiritual. Y, sin embargo, el amor es el medio más seguro y más potente para completar esa evolución, Esto es así porque el Amor es el único elemento objetivo de nuestra vida. El permanece verdadero en toda la multiplicidad de sus aspectos y en toda la variedad de sus manifestaciones.

En efecto, el Amor puede servir al hombre en su evolución. Para esto, debe aplicar a ese amor esfuerzos conscientes y no dejarse conducir por impulsos. Así neutralizará en sí mismo la acción perturbadora del Amor, lo que prevendrá – y hará inútil – la intervención del Principio de Equilibrio con su acción mortificante. En este caso el aporte de la potencia que da el Amor no será gastada inmediatamente para servir a los objetivos generales sino que permanecerá en posesión del hombre. Podrá entonces ser utilizada para acelerar el crecimiento de su Personalidad y hacer progresar ésta hacia el segundo Nacimiento, primer resultado tangible de las prácticas esotéricas.

Tal es la teoría del trabajo monástico que se aplica esencialmente al Centro Instintivo del cual se busca dominar los impulsos sexuales por medio de ejercicios. Sin entrar en el examen de las ventajas e inconvenientes de ese método, es necesario decir que en la nueva Era el trabajo esotérico sale de las criptas y de los monasterios. En lo sucesivo, debe proseguir en la vida, en el mismo campo de la sociedad humana. Ciertamente, la tarea es más difícil porque no hay, como en un monasterio, la protección de un lugar para ampararse de la mayor parte de las influencias A. En desquite, la vida ofrece medios más eficaces y conduce a resultados menos frágiles. La práctica esotérica en la vida permite algo más que un simple dominio del Centro Instintivo para cultivar mejor las manifestaciones de amor por los Centros Emocional e Intelectual, y hacer surgir así el espíritu creador en sus diferentes formas. Esta cultura de un orden superior tendrá por meta centrar los esfuerzos creadores hacia el desarrollo integral de la Personalidad, el segundo Nacimiento, la cristalización de un segundo cuerpo y su conjunción con el Yo Real para alcanzar la formación de una Individualidad.

Si este trabajo se hace de a dos, hombre y mujer, puede desarrollarse con una potencia extraordinaria y dar rápidos resultados. A condición que, desde el punto de vista esotérico, estos dos seres sintonicen integralmente. Que sean una pareja perfecta, es decir, que su conjunto refleje – bajo la reserva de las particularidades de sus tipos humanos – la relación entre el Yo y el Tú absolutos anteriores a la Creación del Universo. Este es el caso de los seres que se llaman en la ciencia esotérica: Seres Polares.

El Camino

Para aquel que se compromete en la búsqueda del Camino, esta búsqueda constituye un objetivo permanente. El hombre puede entonces, sin salir de lo relativo, precisar útilmente sus nociones de lo positivo y lo negativo: todo lo que lo guía hacia el objetivo propuesto, lo ayuda a alcanzarlo o contribuye a que lo alcance, es para él un Bien; todo lo que lo desvía, lo retarda, lo detiene, lo arrastra hacia atrás y, en general, le crea obstáculos materiales o psicológicos sobre el camino que lo conduce hacia la meta buscada, es para él un Mal.

A medida que se profundiza en la progresión sobre el Camino esotérico, se intensifican las impresiones interiores, tomando a veces proporciones desmesuradas. Mientras que antes los choques internos eran superados sin gran pena, ahora pueden hacer caer al buscador en verdaderas crisis de conciencia.

A veces, no teniendo la fuerza de carácter necesaria para hacer frente a esta lucha interior entre la afirmación y la negación, lucha que acapara todo su ser y lo sumen en dudas terribles, abandona el Trabajo. En realidad, esta lucha es para él de primera necesidad. Es ella la que provoca una tensión interior que crece hasta parecer físicamente insoportable. Pero es en este momento que las fricciones entre las diversas partes de la Personalidad llegan a ser bastante intensos como para hacer brotar la llama que alumbra el corazón.

El rol de la mujer, si el trabajo es seguido por una pareja – y si la pareja es polar – será tan importante como el del hombre. Inspiradora, ella sostendrá al hombre durante sus crisis de descorazonamiento, inevitables en esta clase de trabajo que – hecho correctamente – sigue siempre la Ley de Siete. Y la mujer aportará también los choques complementarios necesarios en los momentos en que el trabajo sufra detenciones en su progresión, a pesar de los esfuerzos del hombre. Se puede decir que tal colaboración constituye un serio índice positivo de la polaridad de dos seres.

Es necesario agregar que el problema de la polaridad real de las parejas tiene una importancia crucial. Los dos seres – hombre y mujer – supuestamente polares, no podrán tener la certidumbre absoluta de su polaridad más que a posterior cuando hayan alcanzado el nivel del Hombre 4 , en el umbral del nivel 5. Es porque, aunque siendo polares en su esencia, cada uno de ellos arrastra un pasado que recubre su Yo real con una corteza distinta. Los seres a prior polares deben tener en cuenta este hecho. Es sólo en la medida en que ellos se despojan de esa corteza que resplandecerán progresivamente los trazos de ese Yo, aportándoles en cada descubrimiento el flujo de una felicidad inefable. Su amor conocerá así una amplitud siempre creciente. Y ellos se amarán más cada día, hoy más que ayer y bien menos que mañana. Este es el camino del Triunfo.

En este verdadero Romance, la actitud de la Dama contribuye en mucho, si no enteramente, a la victoria del Caballero. Su refinada intuición artística comprenderá lo que quiere decir amar: amar con todas las fibras de su ser hasta la identificación integral en un impulso glorioso hacia la misma meta.

Encuentro con el Ser Polar

El hombre solo es incompleto. Pero allí donde él es débil, el ser polar es fuerte. En conjunto forman un ser integral: su unión provoca la fusión de sus Personalidades y una cristalización más rápida de su segundo cuerpo, completo y unido en un segundo Nacimiento común.

Las leyes kármicas permiten que los seres polares se encuentren obligatoriamente en la vida, en ciertos casos más de una vez. Sólo los lazos heterogéneos realizados en esta vida por cada uno de ellos como consecuencia de movimientos libres, así como las consecuencias kármicas de una o varias existencias anteriores, hacen que el hombre y la mujer den la espalda al único ser con el cual pueden formar un Microcosmos.

Si no hubiesen taras kármicas, todo ocurriría de maravilla: dos jóvenes seres se encontrarían en un ambiente familiar y social de lo más favorable y su unión representaría un verdadero cuento de hadas. Pero la realidad no es así. Obedeciendo al Principio de Imperfección y enmudecidos por la Ley General, los dos seres predestinados cometen errores. Hundidos en la mentira, generalmente no saben apreciar el don que les es dado, y ni siquiera se reconocen.

Si esto es correcto, se plantea una pregunta angustiosa: existen medios por los cuales detectar nuestro ser polar? Una vez encontrado, no reconocerlo o dejarlo pasar es el peor error que podemos cometer, porque entonces permaneceremos anclados en nuestra vida ficticia sin luz. Acaso no podemos, e incluso no debemos sacrificar todo en favor de una unión que es la única oportunidad de nuestra vida: la promesa de un retorno al paraíso perdido?

Cuidémonos, sin embargo, de la última trampa tendida en el momento en que la felicidad inefable nos parece sonreír. Acabamos de decir: todo debe ser sacrificado; no hemos dicho: todo debe ser destruído. Si después de haberse reconocido, los dos seres polares triunfan de esta última prueba, a menudo la más penosa, la nueva vida se abrirá ante ellos, porque ellos son llamados a no ser más que Uno sobre la tierra y en los cielos.

Veamos cómo no seguir de largo después de haber encontrado nuestro álter ego, prenda de felicidad y salvación. Existe toda una serie de indicios subjetivos y objetivos que facilitan el reconocimiento del ser polar. Porque la polarización se manifiesta en todos los planos a la vez: sexual, psíquico, intelectual, espiritual.

El hombre empieza a sentir el deseo y luego la necesidad de unirse a su ser polar como consecuencia de la formación en él del Centro Magnético, y luego en función de su crecimiento. Para poder reconocer a su ser polar, el hombre debe poner en juego toda la fuerza de atención de que es capaz sobre todos los planos accesibles a su consciencia. El encuentro se produce siempre en circunstancias inesperadas y bajo una forma que no se asemeja en nada a todo lo que se pudiera imaginar.

La regla impuesta es clara: para reconocer a su ser polar, el hombre debe conocerse a sí mismo. Esto es manifiestamente lógico: para reconocer su álter ego, el hombre debe reconocer en consecuencia su propio ego. Es verdad que el Yo del cuerpo y el Yo de la Personalidad aspiran a encontrar en otro ser una respuesta perfecta. Sin embargo, es sólo identificándose con el Yo real que el hombre inmanta la unión con su ser polar.

Es con el corazón lleno de fe, agudizando en él todas sus facultades más finas de atención intuitiva, su sentido de análisis crítico llevado hasta su punto más alto, que el hombre partirá a la búsqueda del ser sin el cual él no es verdaderamente él. Como el trovador de otros tiempos, renovando la práctica del amor cortés es que podrá reencontrar a la Dama de sus Pensamientos.

Pero cuando los seres polares se encuentran, después de algunos signos perceptibles de inmediato, esos humanos todavía imperfectos, deformados por las taras kármicas, pueden adquirir la convicción objetiva de su polaridad?

He aquí algunos criterios indispensables para que un reconocimiento mutuo pueda ser considerado como teniendo un valor objetivo. Desde el primer encuentro en presencia del ser polar, el Yo de la Personalidad y el Yo del cuerpo vibran de una manera que no se asemeja en nada a lo que se haya sentido anteriormente. La razón es que esos Yoes se encuentran en presencia de su primer amor que continúa a través de los siglos. Sin tener consciencia clara de ello, los seres polares se reconocen y ese conocimiento tan antiguo como ellos mismos, se expresa por la voz de su subconsciente. Esto crea desde el instante del reencuentro una atmósfera de confianza y de sinceridad absolutas.

Allí se encuentra una piedra de toque: los seres polares no se mienten. Ellos no tienen necesidad de mentirse porque interiormente no son más que un sólo ser, del trasfondo del cual el Yo real lanza su llamado y da su asentimiento. Esta sinceridad absoluta, espontánea, constituirá de ahí en adelante la base de sus relaciones. Y esto dará a esos dos seres un sentimiento de otra manera inconcebible, de una libertad en la unidad, que pone fin a la impresión de servidumbre en la que vivimos habitualmente. Vagas reminiscencias de experiencias anteriores comienzan rápidamente a aflorar a sus consciencias de vigilia.

El Amor Transpersonal

El Amor Transpersonal

Todo el mundo habla de amor; pero bien pocos están conscientemente despiertos a las más altas posibilidades entre hombre y mujer ! Hay muchas formas de amor; pero deberíamos distinguir al menos dos niveles fundamentales en los que el amor puede operar hoy en día. Puede operar como impulso inconsciente, biológico, social y psicológico o bien como poder conscientemente reconocido, polarizado y transfigurado, utilizado por personalidades maduras al servicio de un objetivo suprapersonal libremente aceptado. Cuando el hombre y la mujer llegan a verse y evaluarse mutuamente a la luz de los nuevos ideales de masculinidad y de femineidad, cuando sus sentidos de participación deliberada y productiva en el Todo universal y social crece en intensidad y en capacidad de incluir, el amor que da fuego y sustancia a su unión debe necesariamente tomar un nuevo carácter, una nueva cualidad.

Hoy sería necesario comprender y definir esta cualidad de una manera tan clara, tan vital, tan inclusiva y convincente como fuera posible, ya que es de su desarrollo y de su expresión generalizada durante la Nueva Era de lo que dependerá la cualidad fundamental de todas las relaciones humanas de base, de los matrimonios y de los intercambios sociales, de la cultura y del comportamiento. La cualidad esencial de toda sociedad humana deriva de la cualidad del amor que une a sus hombres y mujeres.

 

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Cuando la ley tribal opera como compulsión instintiva incontestada, porque no hay individualidad suficientemente desarrollada entre los miembros de la tribu para contestarla, la unión del hombre y de la mujer está completamente condicionada por objetivos bioculturales. El hombre labra el suelo y es feliz al sentir la liberación muscular de la energía y un trabajo fructuoso. Del mismo modo, él desposa la naturaleza-tierra de la mujer y encuentra su felicidad en la liberación sexual y en su progenie. Está profundamente apegado a la sustancia productiva que él fecunda con su simiente, ya sea la tierra negra o un cuerpo vibrante. Este apego es funcional e instintivo; tiene profundas raíces en el inconsciente colectivo de todos los seres humanos. Es una fuerza compulsiva que obra en un nivel en el que no hay libertad de decisión o de selección, donde no hay personalidad. Sin embargo, es una fuerza productiva. Su única finalidad reside en el mayor incremento posible de simiente y de sustancia y, en una etapa ulterior de la evolución humana, de mercancías utilizables y de productos cultivados.Cuando ideales trascendentes comienzan a superponerse a las finalidades de la productividad biológica y cultural y buscan a fin de cuentas minimizarlos, cuando la intensidad devocional del místico o del santo se nutre de ascetismo y de experiencia subliminal o de martirio, entonces surge un nuevo tipo de amor que está dotado de un valor espiritual. Sin embargo, en este amor permanece esencialmente un tipo de emoción compulsiva, ya sea amor a Dios o a cualquier persona o imagen deificada. La pasión por el más allá puede ser una fuerza tan tiránica como el apetito sexual; sus raíces están profundamente sumergidas en el inconsciente y en el fatum. Las hojas verdes de una planta son irresistiblemente atraídas por la luz del Sol de manera que puedan realizar su función vital de fotosíntesis. De manera similar, el devoto vuelca su naturaleza emocional hacia una imagen trascendente, en el teotropismo de un amor que aspira a captar el esplendor de la divinidad y a fijarla en la sustancia-hoja de una humanidad aún muy lejos de la condición de personalidad-semilla madura.

Cuando, ulteriormente, la tendencia al individualismo comienza a afirmarse, cuando el intelecto racional y sus perspectivas analíticas atomizan la sociedad y aíslan los egos unos de otros, cuando los complejos y temores personales y las aspiraciones apasionadas a una experiencia de unión y de pérdida de sí mismo en el otro, desgarran el alma perdida, un nuevo tipo de amor compulsivo se desarrolla. Es el amor basado en el vacío y en la necesidad psicológicos. Es el amor del romántico, el amor de egos adolescentes atemorizados por la responsabilidad de ipseidad consciente y productiva. Es el erotropismo de personalidades inseguras que buscan recalentarse o ser consumidas por el fuego de Eros convertido en universal e impersonal. Este tipo de amor tiene como finalidad inicial estimular a la actividad la sustancia del alma, liberar el fuego emocional; atravesar, como un relámpago, la inercia de la carne y de la psiquis inconsciente ligada a la tierra. Vibrar, sentirse vivo y en un estado de movimiento interior, en un estado abrasador: tales son las necesidades del tipo de personalidad adolescente, del mismo modo que el alma virgen del devoto y del místico tiene necesidad de experimentar el éxtasis del amor divino, buscar el fuego del abandono de sí a la irrupción de la sustancia-luz universal.

En los dos casos, la finalidad del amor se pierde en el estremecimiento o en el éxtasis de la experiencia del amor. Los participantes son interiormente impulsados hacia el fuego torturador o hacia la luz cegadora de este amor. Prácticamente no hay selección consciente. El individuo está enamorado del amor. Él no se da cuenta conscientemente de los actos de amor por o con otro ser, ya sea este ser humano o divino. El no comparte, deliberadamente, su plenitud con otro, simplemente porque todavía no es una personalidad madura, porque su amor está condicionado por la privación y la esclavitud. Es una tentativa irracional y apasionada para compensar un egocentrismo juvenil o ulteriormente cristalizado, para quemar las estructuras limitantes del ego individual, para liberarse de sí mismo y convertirse en uno con el todo, y en primer lugar con el amado. En ciertos casos es una rebelión violenta de los seres humanos que buscan reafirmar su ego individual contra los tabúes de la vida tribal o contra las tradiciones, la ligereza y las apariencias de la sociedad.

En todos los casos, este amor, que tiene la naturaleza del fuego, busca la liberación y la emergencia en un dominio de poder y de actividad mayor o más vasto. Consume límites y servilismos; es una fuerza revolucionaria, un fervor emocional que desea ardientemente lo más allá trascendente. Presenta un vivo contraste con el amor tribal que es flameante y que aureola el trabajo que se ha hecho conjuntamente, que es una fragancia natural de una realización común en un sentido instintivo-cultural, un sentimiento feliz de participación conjugado con un organismo colectivo cuya ley estructural no es puesta en tela de juicio y que jamás es sentida como una esclavitud. Este amor biológico-social es una expresión de la voluntad de la productividad incrementada; sirve y glorifica a la simiente. En cambio, el amor del místico cristiano, de Tristán e Isolda, o de Dante por Beatriz, es un fuego devorador que trastorna, desraíza, libera y transfigura o enloquece – a los hombres y a las mujeres que desean desesperadamente liberarse del ego y de las reglas sociales y que aspiran ávidamente al mar infinito de la consciencia cósmica.

En la mayor parte de los casos, el fuego de este amor surge del sexo; pero el sexo en absoluto debe ser comprendido aquí en términos de la liberación de un poder fundamental, de esencia electromagnética con armónicos psíquicos muy potentes. No es el sexo con la finalidad de engendrar una progenie (el sexo procreador) sino la unión sexual vista como un medio para vencer la diferenciación y la polarización, para estimular en el alma la voluntad de fusión con el otro, triunfando sobre la separatividad individual, sobre el aislamiento personal y sobre la soledad. Bajo el abrasador calor psíquico engendrado por este amor sexual pero no procreador, los esquemas moleculares y atómicos de la ipseidad individual se ven profundamente modificados. La personalidad puede verse ionizada, desprovista de todo lo no esencial, libre de unirse en el éxtasis con otros individuos, bajo el poder compulsivo de energías de la raíz común, donde todos los hombres son uno en una unidad inconsciente.

Cuando está finalmente disociado del sexo, este amor que trasciende el ego y que borra la diferencia, puede ser interpretado y vivido como un impulso de unión con el Uno o, a través de un uno, con el Todo. El amante trascendente puede buscar una unión interior con Dios o una comunión exterior con la humanidad. Pero, cuando la primera búsqueda alcanza su objetivo, debe siempre desembocar en el tipo de vida ilustrado por un Buda o por un Cristo. El que se ha convertido en uno con Dios, debe asumir la carga espiritual de una humanidad descarriada y esclava de la tierra. Debe constantemente esforzarse en transformar la inconsciencia y las oscuras compulsiones del instinto en iluminación consciente. Debe demostrar la caridad irradiante que transfigura el servicio del pobre y del herido en acto de amor por todo el género humano.

Este amor compasivo no es productor de semilla, pero libera progresivamente a la humanidad en su conjunto del servilismo respecto al pensamiento de separatividad y a la inevitabilidad aparente del conflicto y de la guerra; es un poder unificador. Integra las realidades esenciales de individuos, de grupos y de naciones consumiendo en su fuego lo no esencial que engendra división y odio. Busca reconstituir, a nivel consciente, en personalidades maduras, la unidad primordial inconsciente del estado tribal, y a reconstituirla en la inclusividad total. La unanimidad tribal excluye todas las demás tribus; pero el amor trascendente traspasa las fronteras, las culturas, los credos. Tiene como finalidad el mundo uno de una humanidad global verdaderamente organizada. Con este fin, es partícipe de la ciencia y la tecnología modernas gracias a las cuales la unidad del mundo se ha convertido en un hecho real, concretamente experimentable, que ningún hombre honesto e inteligente puede ignorar.

En sus tentativas conjugadas y multipersonales para establecer un conjunto de verdades aceptables por todos los hombres por ser evidentes en sí mismas, la ciencia, como el amor trascendente, triunfa sobre las barreras rígidas con las cuales las culturas tradicionales, las religiones organizadas y el orgullo racial han asediado y obstaculizado las colectividades humanas diferenciadas. Las técnicas científicas pueden elaborar los medios generalizados necesarios para una comprensión mutua y para el intercambio personal a gran escala, si son dirigidas espiritualmente. La ciencia también es liberadora de fuego: el fuego contenido en el átomo que podría constituir la base necesaria para la integración de todos los pueblos. Y si la energía atómica es potencialmente destructora de estructuras obsoletas y de nacionalismos regresivos, el amor lo es también, pues es un fuego consumidor, una fuerza iconoclasta que destruye por el fuego las cristalizaciones personales y los objetivos prescritos por el llamamiento de porvenires creadores. Hasta que el hombre se haya establecido, individual y colectivamente, sobre el plano de la inteligencia consciente y de la capacidad de respuesta madura a los principios creadores universales, hasta que haya alcanzado el estatus que es solamente posible a la persona verdaderamente individualizada, hasta ese momento deberá haber destrucción por el fuego, deberá haber trascendencia y victoria.

Pero llega, por fin, el día en que el amor actúa de nuevo como servidor de la productividad: una productividad que ya no está condicionada por una compulsión instintiva e inconsciente y que no tiene ya un carácter biológico y tribal, sino que es la coproductividad de personas maduras en y a través de las cuales actúa Dios como Creador Universal. La clase de semilla que esta coproductividad busca incrementar por un tipo de cultura que trasciende la tierra, es una semilla ideal-espiritual o, simbólicamente hablando, celeste. La semilla de la inmortalidad personal del hombre y la semilla de una nueva cultura fundada en la plenitud del intercambio humano consciente.

La coproductividad de personas maduras en las que, y a través de las que Dios actúa el Dios Creador Universal – ofrece las bases únicas sobre las que puede construirse una nueva imagen del amor que nuestra humanidad moderna tiene necesidad tan aguda de ver exteriorizada en la estructura de sus matrimonios y de todas las actividades sociales que reúnen a hombres y mujeres en calidad de copartícipes y, potencialmente, compañeros. Estas frases pueden transmitir una tonalidad mística que las hace sonar extrañamente, de manera inasible o desprovista de sentido, para la comprensión del intelecto moderno de uno o de otro sexo.

El Misterio de la Dualidad

El Misterio de la Dualidad

El Misterio de la Unidad por la Dualidad está simbolizado por el Uno dentro del Cero. La línea recta dentro del Círculo representa la Unidad; el ángulo de dos líneas distintas que, partiendo de un único punto se alejan y divergen, representa la Dualidad. De esta manera, vemos que la Dualidad tiene su origen en la Unidad.

El punto central en el que las dos líneas se juntan es el séptimo mundo o mundo de la Realidad, mientras que las dos líneas que atraviesan los seis mundos inferiores a la Realidad se llaman mundos de la manifestación o apariencia de la Realidad. Son la sustancia de la Esencia, la forma del ser y la materia en contraposición al Espíritu.

Desde el momento en que la Unidad se bifurca, se convierte en Creación; pero la consciencia de la Unidad, que es el Alma del mundo, se manifiesta en la Dualidad que desciende del séptimo Cielo. Mediante la Dualidad se forman: el Cielo y la Tierra; el bien y el mal; la luz y la sombra; el espíritu y la materia; el Jakin y el Bohaz; el Yang y el Yin; el Sol y la luz; la expansión y la reunión; la necesidad y la libertad; el Padre y la Madre; Adán y Eva, etcétera.

En el mismo cuerpo se manifiesta la Dualidad en todo el organismo; sin embargo, esta Dualidad se concilia en el centro cerebral, en la nariz, la lengua, el ombligo, el falo. La Divinidad Única tiene dos condiciones como base de su manifestación: el Universo y el Hombre. La Unidad de la dualidad, en el cerebro del hombre, es el principio de la Creación; la Unidad de la Dualidad en la base inferior de la médula o en el IO cabalístico, es el regreso a la Divinidad. Desde el momento en el que el Yo Soy junta alrededor de sí a sus vehículos de materia, oscurece su consciencia en su propio plano, pero la comunica a sus vehículos.

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Nacimiento de Venus
El plano físico es el inferior, en el cual el ser humano encarna en el cuerpo material. El segundo es el deseo inferior, el cuerpo de los instintos y pasiones, es el cuerpo de atracción o posesión. El tercero es el de la emoción o del deseo superior, que se caracteriza por el deseo de unión. El cuarto es el mental inferior; es el de la memoria que da fijeza a los demás planos superiores. El quinto es el mental superior, sede de las cualidades. El sexto es el plano espiritual, el de la tendencia. El séptimo y último es el plano de la Unidad con el Ser Recóndito; en él no hay diferenciación: Todo es Uno y Uno es Todo.

De manera que el hombre está compuesto por siete aspectos distintos en su ser, y cada uno de ellos posee los átomos de cada aspecto, que habitan en él. El Yo Soy emana del séptimo plano de la Unidad, o cabeza, a modo de electricidad, la fuerza vital en forma dual: protectora y pasiva o receptora: masculina y femenina. Sin embargo, estos dos polos no se encuentran en parte alguna, se pierden en el espacio, y para limitar o utilizar sus fuerzas, es útil unirlas en circuito. La Unión de los Polos es el misterio de la Creación. Mientras están separados, significan emanaciones del Ser Recóndito, pero cuando se unen, desarrollan una Creación que se encamina de regreso hacia la Unidad Superior.

El hombre es el polo positivo de la Fuerza Vital que está fluyendo del Yo Soy; pero esta fuerza, en vez de perderse en el espacio infinito, después de realizar su obra en el cuerpo masculino, tiende a unirse con un ser femenino para producir el circuito y regresar por él a la Divinidad. En el punto de Unión, el Iniciado puede apoderarse de esa fuerza y emplearla en todos los siete planos anteriormente enumerados.

Dijimos que el séptimo plano es la Unidad del Todo; pero desde el séptimo hacia abajo comienzan las polaridades de la sexualidad, en las que tienen que fluir hasta llegar al plano físico; entonces, el hombre debe convertirse en canal masculino y positivo de la Fuerza Vital, y la mujer, en canal pasivo, negativo y femenino. De esto se deduce que el ser humano, en principio, es asexual o andrógino; así fue en el principio y así ha de ser en el final.

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Venus y Marte
Entretanto, ambas fuerzas del Yo Soy son manifestaciones divinas en el hombre y la mujer, y tienen que unirse en los mundos de la materia, para la Creación y el retorno a una Unidad. Sin embargo, esta unión de los dos polos tiene que realizarse forzosamente en los seis planos para que produzcan la Unidad en el séptimo.

La Energía Vital o Creadora debe descender hasta el plano físico. El Iniciado o Adepto tiene como objetivo detenerla en la base de la médula espinal para reenviarla al sexto mundo, sin derramarla en la tierra, pues no podrá seguir la senda interna si ocurriera esto. Nadie debe suponer que el adepto deba ser célibe o no tener nunca mujer por compañera o esposa. No. El adepto emplea la Fuerza Creadora de acuerdo con las leyes divinas, y su unión sexual es un Sacramento o un Sacrificio. Pero el adepto es también conocedor de las leyes divinas en él contenidas; puede ser célibe y utilizar las dos polaridades que descienden de la cabeza, unirlas en la base de la médula en la que forma el circuito del fuego serpentino, y elevarlo a la Unidad por medio de aspiración, respiración y meditación.

Entonces, los dos medios, el casamiento y el celibato, tienen por objeto unir las dos polaridades que emanan de la Unidad para que puedan retornar a ésta mediante la Unión.

Cuando la Energía Creadora desciende, como positiva, por el lado derecho de la médula espinal, y como pasiva, por el lado izquierdo, ambas polaridades tienen que unirse en la base de la espina dorsal y seguir el rumbo de regreso hacia arriba hasta llegar al sexto plano. Es lo que se halla representado en el símbolo del Caduceo. Si esta energía se derramara en el punto de la unión inferior, volvería a la tierra y arrastraría al hombre hacia la animalidad.

La Fuerza Vital se irradia desde Yo Soy, por lo tanto, es divina en su sustancia, y la expresan los diversos cuerpos del hombre, constituidos por los átomos en los diferentes planos; sin embargo, la naturaleza de esa Fuerza es muy distinta en cada plano, aunque sea una sola en toda su manifestación. Por ejemplo, podemos tomar el fuego, que es humo, calor y luz al mismo tiempo. Así también es el fuego divino en la fuerza vital: humo en el bajo vientre, esto es, instinto animal; calor o deseo en el pecho; y Luz en el cerebro, de modo que es condicionada por la naturaleza del plano en el cual opera.

Esta Fuerza Vital es la Causa de todo lo que existe; y preserva de la desintegración a toda forma viva hasta que esta llegue a evolucionar; el mismo tiempo, crea. En la primera fase es el Padre-Madre, positivo y negativo; en la segunda, es el Hijo. Es una sola para la vida, y dual para la Creación. Ya dijimos que esa Energía es positiva por el lado derecho de la médula en el hombre, y pasiva por el lado izquierdo, en la mujer. Sin embargo, el hombre representa el lado positivo en la naturaleza externa, el cual se manifiesta derramándose, y la mujer representa el lado pasivo, que espera el estímulo. El hombre estimula a la mujer en el plano físico, pero en el anímico es la mujer quien lo estimula, porque si el hombre tiene cuerpo físico positivo, su cuerpo de deseos es pasivo, mientras que la mujer es al revés del hombre: su cuerpo físico es pasivo y su cuerpo de deseos es positivo. El Reino de Dios vendrá cuando los dos sean uno y ya no haya ni masculino ni femenino, dicen las Escrituras.

El hombre y la mujer, como personas, tienen sexos definidos; pero como dioses, cada cual tiene ambos aspectos. El Iniciado debe desarrollar en su cuerpo ambos polos, para convertirse en Unidad o unirse con una mujer, para obtener el mismo fin. Con todo, existen seres que unen los dos métodos para llegar al mismo objetivo.

La humanidad puede determinar el sexo del individuo en el mundo físico, pero la Fuerza Vital es la que lo determina en los mundos internos; por eso vemos hombres afeminados y mujeres hombrunas.

La sagrada Energía Creadora obedece, como todas las cosas, al pensamiento del hombre. El tipo altamente espiritual trata siempre de espiritualizar la materia, y sus pensamientos buscan la unión de todas las cosas. La Energía de tal Ser no puede permanecer mucho tiempo en el mundo físico, y vuelve a su mundo mental superior y espiritual, mientras que el ser de tendencia material arrastra con el pensamiento la Energía Vital hacia el mundo físico. Puede crear en este mundo, pero a la manera de los animales.

Y los dos serán Uno, dijo Jesús al hablar del matrimonio. Hasta hoy, rarísimas veces hemos tenido ocasión de ver el matrimonio ideal al que el Nazareno se refiere. Todas las uniones actuales se forman en el mundo del deseo y del plano físico; son raras las que llegan al plano mental, y más raras aún las espirituales. La verdadera unión del hombre y la mujer debe llegar hasta el sexto plano; en caso contrario, nunca serán un solo cuerpo. Las uniones actuales, vistas desde el punto de vista espiritual, son concubinatos voluntarios o impuestos. Cuando la unión de dos seres no llega a todos y cada uno de los cuerpos internos, es una unión animal que puede abarcar los tres cuerpos inferiores. El amor tierno y profundo, que comienza desde el plano mental superior hacia arriba, carece del concepto de la unión sexual; cuando un matrimonio no alcanza la unión mental, es un matrimonio desdichado porque fue elaborado con deseo animal o con interés personal.

Cuando dos seres de sexos opuestos encuentran la unión mental y ambos consiguen resistir la presión de la Energía Creadora en el plano físico, esa energía forma un circuito en el mundo físico y vuelve a la Divinidad, llevando consigo la mente de los dos seres.

Ya se dijo que el cuerpo tiene siete chakras dispuestos en diferentes zonas, y que ciertos temperamentos son más proyectores que atractivos, y que en otros ocurre al revés, pero quien haya alcanzado el completo equilibrio será un Dios. Observamos que es raro el individuo que llega a semejante estado, salvo algunos genios y, aún éstos, sólo en determinado tiempo de su existencia.

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El objetivo de la unión de las dos polaridades del cuerpo es la divinización del hombre, y sólo unos pocos Iniciados siguen este método; sin embargo, la casta unión del hombre y la mujer conduce al mismo fin. También vimos que la Verdadera Unión del hombre y la mujer debe alcanzar los siete chakras o mundos como anteriormente los llamamos – porque realmente cada chakra es un mundo en sí mismo y, si la unión no se produjera en los siete, entonces sería unión imperfecta, por ser incompleta.

La unión de dos seres de diferentes sexos debe alcanzar los siete chakras en total, porque las polaridades de los chakras masculinos son diferentes de las de los femeninos y, al unirse, producen equilibrio. Sin embargo, tenemos que distinguir entre unión sexual y unión de las dos almas, con o sin matrimonio, que son cosas muy diferentes.

Si se unen dos seres instintivos de los dos sexos, la unión será animal, como sucede en los burdeles, y el equilibrio se traduce en la satisfacción de un instinto que reside en el chakra básico, positivo en el hombre y atractivo en su chakra correspondiente, o sea, el útero en la mujer. Los opuestos se unen en este plano con la diferencia corporal y vibratoria que existe entre los dos. Este chakra ejerce su influencia en el olfato y en la sexualidad. Esta unión persiste tan sólo durante el acto.