Los Tres Peces

Los Tres Peces

3 fishesHabía una vez tres peces que vivían en un charco. Ellos eran: un pez inteligente, uno semi inteligente y un pez tonto. La vida transcurría para ellos muy a la manera de los peces de cualquier lugar, hasta que un día llegó un hombre.

Llevaba una red, y el pez diestro lo vio a través del agua. Apelando a su experiencia, a los cuentos que había oído y a su habilidad, decidió ponerse en acción.

“Hay pocos lugares para esconderse en este charco – pensó – por lo tanto, fingiré estar muerto.”

Reunió sus fuerzas y saltó fuera del charco cayendo a los pies del pescador, quien quedó bastante sorprendido. Pero como el pez inteligente estaba conteniendo su respiración, el pescador supuso que estaba muerto, y lo arrojó nuevamente al agua. Entonces este pez se deslizó hacia una pequeña cavidad en la orilla.

Ahora bien, el segundo pez, el semi inteligente, no entendía del todo lo que estaba pasando. De modo que nadó hacia el pez diestro y le preguntó detalladamente acerca del asunto. “Simple – dijo el pez inteligente – fingí estar muerto; de ese modo, él me arrojó nuevamente.”

De manera que el pez semi inteligente saltó inmediatamente fuera del agua a los pies del pescador. “Extraño – pensó éste – están saltando todos a mi alrededor”. Y, como el pez semi inteligente había olvidado contener su respiración, el pescador se dio cuenta de que estaba vivo y lo puso en su bolsa.

Se dio vuelta para observar atentamente dentro del agua, y, como había quedado algo confuso por los peces que saltaban a tierra junto a él, no cerró la solapa de su bolso. El pez semi inteligente, cuando se dio cuenta de esto, aprovechó para liberarse, y moviéndose a sacudidas una y otra vez volvió al agua. Buscó al primer pez y se echó jadeante a su lado.

Mientras tanto el tercer pez, el tonto, no comprendió nada de esto, aun cuando había oído la versión del primero y del segundo pez. De manera que ellos repasaron cada detalle con él, poniendo de relieve la importancia de no respirar con el objeto de fingirse muerto.

“Muchísimas gracias. Ahora entendí”, dijo el pez tonto. Diciendo estas palabras se arrojó fuera del agua y cayó junto al pescador.

Entonces el pescador habiendo perdido ya dos peces, puso a éste en su bolsa sin molestarse en mirar si estaba respirando o no. Tiró su red una y otra vez en el charco, pero el primero y el segundo pez estaban agazapados en una hondonada de la orilla, y la solapa del bolso del pescador en esta ocasión estaba bien cerrada.

Finalmente el pescador se dio por vencido. Abrió su bolso, comprobó que el pez tonto no respiraba y lo llevó a su casa para el gato.

Historia sufi

El sufi y el tesoro escondido.

El sufi y el tesoro escondido.

Una voz celestial resonó en el sueño de un sufi y dijo: Has sufrido muchas dificultades en tu vida y te mereces una recompensa. Ve a buscar entre las hojas sueltas de los manuscritos que tu vecino ha vendido al librero. No permitas que vea lo que haces. Reconocerás un rollo de pergamino por sus colores y formas, llévatelo a un sitio recóndito y léelo en privado, no busques la compañía de nadie en este asunto. Sin embargo, no te preocupes excesivamente, pues aún cuando alguien viese el rollo no entendería su significado. Y si te lleva mucho tiempo desplegarlo, no desesperes y resiste todas las fatigas que te sucedan.

De vuelta de la visión, el joven cayó preso de una gran emoción y excitación, no solo por la promesa de aquel tesoro especial, sino por haber oído la palabra de Dios y por haber cruzado el velo del sufrimiento hacia la iluminación. Así que salió corriendo hacia la tienda del librero y durante un buen rato estuvo revolviendo entre los rollos y los papeles. Al cabo de un tiempo encontró, por casualidad, el escrito que la voz de su visión le había descrito, lo deslizó debajo del brazo y abandonó la tienda discretamente, diciéndole al librero que volvería en breve.

Se llevó el rollo a un escondrijo y allí sentado se maravilló y se quedó estupefacto, incapaz de creer que semejante tesoro hubiese estado perdido entre las hojas sueltas de una papelería. Pero entonces pensó:

Dios es el guardián de todas las cosas,
cómo puede el guardián liberar algo imprudentemente?
Aunque el escrito estuviese lleno de oro,
ni una sola pizca podría recogerse
sin Su consentimiento.
Y aunque leas cientos de libros al día,
ni una sola palabra se grabará en tu mente
sin la aprobación divina.

Escritas en el rollo estaban estas palabras: Fuera de la ciudad hay un tesoro enterrado. Ve al sepulcro del mártir, en el edificio con la cúpula, que tiene una puerta que mira al desierto. Ponte de espaldas a ella en dirección a La Mecca. Dispara una flecha con tu arco y, donde caiga, cava.

El joven siguió las instrucciones y disparó la flecha al aire, luego corrió con una picota y excavó donde la flecha se había clavado. Cavó y cavó por todo alrededor sin encontrar nada salvo su propio agotamiento. Todo los días hizo lo mismo, lanzaba flechas hacia todos los sitios desde el lugar establecido, pero nunca encontró el menor rastro del tesoro.

Finalmente, después que la situación se alargara, un rumor empezó a circular por la ciudad, que no tardó en llegar a los oídos del rey: un joven había encontrado el rollo del tesoro. Este que no era tonto del todo, entendió que no podía seguir lanzando flechas y cavando, y por miedo a ser castigado, le llevó el rollo al rey y le contó toda la historia.

Desde que encontré el rollo no he descubierto tesoro alguno, sólo he tenido problemas infinitos. Ya llevo más de un mes de angustias y esfuerzos sin resultado. Quizá vuestra fortuna descubra esta maravillosa mina de riqueza, oh gran monarca y guerrero!

Así que el rey fue también al sepulcro y disparó flecha tras flecha al aire, repitiendo durante seis meses lo que el joven había hecho. Cavó hoyos por todo el desierto en busca del tesoro en todas las direcciones posibles. El resultado fue nada, excepto frustración, pena y futilidad.

Al fin el rey enfermó de agotamiento y le devolvió al joven el rollo, diciendo que era un objeto inútil, concediéndole para siempre todos los derechos del tesoro, añadiendo que ya no quería saber nada más del asunto.

El joven juró que había aprendido del rollo que nada venía a alguien a menos que se esforzara. Dicho esto se volvió a su casa para olvidarse también de todo, pero le rogó a Dios que le concediera algo de entendimiento para que pudiese comprender lo sucedido. También se acordó de lo que el rey le había dicho:

El amor imprudente no tiene miedo de explotar,
mientras la razón busca el beneficio.
Mientras el amor sufre,
ella permanece constante, sólida y fuerte,.
Mientras arriesgas todo,
ella descansa más allá del egoísmo, sin buscar nada,
apostando cada glorioso obsequio que la vida le regala.
Sin razones, la vida da vida.
Sin razones la restituye.

Una noche, la inspiración volvió de nuevo inesperadamente. El rollo le había enseñado a tomar el arco y la flecha, pero nada estaba escrito sobre la fuerza que había de usar o la distancia que debía alcanzar. Decía que dispusiera la flecha en el arco y que dispara simplemente. Había sido él, el joven, a través de la culpa de su ego y el orgullo de su fuerza, el que había decidió lanzar la flecha lo más lejos posible.

Corrió rápidamente al sepulcro y disparó suavemente. La flecha cayó unos pocos metros más adelante, y allí, por supuesto, estaba el tesoro.

Lo real está más cerca de ti que tu cabeza,
más si lanzas la flecha de tus pensamientos lejos,
cuanto más allá llegue
a más distancia estará el tesoro.
El filósofo se inmola con el pensamiento,
déjalo que hable a su aire,
pues está de espaldas al tesoro.
Cuanto más tenses el arco,
la suerte te negará el hallazgo.

Jalaludin Rumí
La Vaca y La Isla

La Vaca y La Isla


LaVacaylaIsla
En una isla exuberante de verdor vivía una vaca en soledad. Pastaba allí hasta la caída de la noche y así engordaba cada día. Por la noche, al no ver ya la hierba, se inquietaba por lo que iba a comer al día siguiente y esta inquietud la dejaba tan delgada como una pluma. Al amanecer, el prado reverdecía y ella se ponía de nuevo a pacer con su apetito bovino hasta la puesta del sol. Estaba de nuevo gorda y llena de fuerza. Pero, en la noche siguente, volvìa a lamentarse y a adelgazar.

Por mucho tiempo que pasara, nunca se le ocurria que el prado no disminuía y que no tenía por qué inquietarse de aquel modo.

Tu ego es esa vaca y la isla es el universo. El temor del mañana adelgaza a la vaca. No te ocupes del futuro. Más vale mirar el presente. Tú comes desde hace años y los dones de Dios, sin embargo, no han disminuído nunca.

Historia Sufí
La historia de Mushkil Gusha

La historia de Mushkil Gusha

Había una vez, a menos de mil millas de aquí, un pobre leñador viudo que vivía con su hija pequeña. Todos los días iba a la montaña a cortar leña para hacer fuego, que traía a casa y ataba en haces. Después de tomar el desayuno, caminaba hasta el pueblo más cercano, donde vendía la leña y descansaba un rato antes de regresar.

Un día, al volver ya tarde a casa, la niña le dijo:
Padre, a veces deseo tener mejor comida, más cantidad y diferentes clases de cosas para comer.
Muy bien mi niña, dijo el viejo, mañana me levantaré más temprano que de costumbre, iré más lejos en la montaña donde hay más leña y traeré una cantidad mucho mayor que la habitual. Llegaré a casa más temprano y así podré atar la leña más rápido y luego iré al pueblo a venderla para que tengamos más dinero, y te traeré toda clase de cosas ricas para comer.

A la mañana siguiente, el leñador se levantó antes del alba y se fue las montañas. Trabajó duramente cortando leña, e hizo un enorme haz que acarreó sobre su espalda hasta la pequeña casa. Cuando llegó, todavía era muy temprano. Puso la carga en el suelo y golpeó la puerta diciendo:
Hija, hija, abre la puerta que tengo hambre y sed, y necesito comer algún alimento antes de ir al mercado.

Pero la puerta permaneció cerrada. El leñador estaba tan cansado que se acostó en el suelo y pronto se quedó dormido al lado del atado de leña.

La niña, que había olvidado la conversación de la noche anterior, estaba profundamente dormida. Cuando el leñador se levantó, unas horas después, el sol ya estaba alto. Golpeó nuevamente la puerta y dijo:
Hija, hija, ven pronto. Debo comer algo e ir al mercado pues es mucho más tarde que los otros días.

Como la niña había olvidado aquella conversación de la noche anterior, mientras tanto, se había levantado, arreglado la casa, y había salido a caminar . Dejó la casa cerrada suponiendo en su olvido que su padre estaba todavía en el pueblo. Fue así que el leñador se dijo:
Ya es demasiado tarde para ir a la ciudad, regresaré a las montañas y cortaré otro haz de leña, que llevaré a casa y mañana tendré doble carga para llevar al mercado.

Trabajó duramente ese día en las montañas cortando leña y atándola en fardos. . Era ya de noche cuando llegó a su casa con la leña sobre los hombros.
Puso el atado detrás de le casa, golpeó la puerta y dijo:
Hija, hija, abre que estoy cansado y no he comido nada en todo el día. Tengo doble cantidad de leña que espero llevar mañana al mercado. Esta noche tengo que dormir bien para sentirme fuerte.

Pero no hubo respuesta, pues la niña, como sintió mucho sueño al regresar a su casa, se preparó la comida y se fue a la cama. Al principio estuvo preocupada por la ausencia de su padre, pero luego se tranquilizó pensando que se había quedado a pasar la noche en el pueblo.

Nuevamente el leñador al ver que no podía entrar en su casa, cansado, hambriento y sediento, se acostó junto a la leña y de inmediato se quedó dormido. Le fue imposible permanecer despierto a pesar de la preocupación de lo que hubiera podido pasarle a su pequeña hija.

Despertó muy temprano a la mañana siguiente, aun antes de que hubiera luz.
Se sentó, miró a su alrededor, pero no pudo ver nada. Entonces ocurrió algo extraño. Le pareció escuchar una voz que decía:
Rápido, rápido, deja tu leña y ven aquí. Si lo necesitas mucho y deseas poco, tendrás una comida deliciosa.

El leñador se puso de pie y caminó en dirección hacia donde venía la voz. Anduvo, anduvo y anduvo, pero no encontró nada.

Entonces sintió más cansancio, frío y hambre que antes, y además se había perdido. Había tenido muchas esperanzas, pero eso no parecía haberlo ayudado. Ahora se sintió triste, con ganas de llorar, pero se dio cuenta de que llorar tampoco le ayudaría. Así que se acostó y se durmió. Muy poco después despertó nuevamente, tenía demasiado frío y hambre para poder dormir. Fue entonces cuando se le ocurrió relatarse a sí mismo, como si fuera un cuento, todo lo que había ocurrido después de que su hija le hubiera pedido una clase de comida diferente.

Tan pronto como terminó su historia, le pareció oír otra voz, en algún lugar por encima de él, como saliendo del amanecer, que decía:
Viejo hombre, viejo hombre, qué haces sentado aquí?
Estoy contándome mi propia historia, respondió el leñador.
Y cuál es?
El leñador repitió su narración.
Muy bien, dijo la voz.
Y a continuación le indicó que cerrara los ojos y subiera un escalón.
– Pero yo no veo ningún escalón. dijo el viejo.
No importa, haz lo que te digo ordenó la voz.

El hombre hizo lo que se le indicaba. Tan pronto hubo cerrado los ojos, descubrió que estaba parado y, levantando el pie derecho, sintió que había algo como un escalón debajo de él.

Comenzó a subir lo que parecía ser una escalera. De repente los escalones empezaron a moverse, se movían muy rápidamente, y a voz le dijo:
No abras los ojos hasta que yo te lo indique.

No había pasado mucho tiempo cuando le ordenó abrirlos. Al hacerlo, se encontró en un lugar que parecía un desierto, con el sol quemante sobre él. Estaba rodeado de cantidades y cantidades de pequeñas piedras de todas clases: rojas, verdes, azules y blancas, pero parecía estar solo; miró a su alrededor y no pudo ver a nadie. Pero la voz comenzó a hablar de nuevo:
Toma todas las piedras que puedas, cierra los ojos y baja nuevamente los escalones.

El leñador hizo lo que se la decía y, cuando abrió los ojos por orden de la voz, se encontró delante de la puerta de su propia casa. Toco la puerta y su hija le abrió. Ella le preguntó dónde había estado y el padre le contó lo ocurrido; aunque la niña apenas entendió lo que él decía porque todo le sonaba muy confuso.

Entraron en la casa, y la niña y su padre compartieron lo último que les quedaba para comer: un puñado de dátiles secos. Cuando terminaron, el leñador creyó oír nuevamente la voz, una voz como la otra que le había dicho que subiera los escalones. La voz dijo:
A pesar de que quizá tú aún no lo sabes, has sido salvado por Mushkil Gushá. Recuerda: Mushkil Gushá siempre está aquí. Asegúrate de que todos los jueves por la noche comerás unos dátiles, y darás otros a alguna persona necesitada y contarás la historia de Mushkil Gushá.. Asegúrate de que la historia de Mushkil Gushá nunca, nunca sea olvidada. Si tú haces esto y otro tanto hacen las personas a quienes tú cuentes esta historia, los que tengan verdadera necesidad siempre encontrarán su camino.

El leñador puso todas las piedras que había traído del desierto en un rincón de su casa. Parecían simples piedras y no supo qué hacer con ellas. Al día siguiente llevó sus dos enormes atados de leña al mercado y los vendió muy fácilmente, a muy buen precio. Al regresar a su casa, llevó a su hija toda clase de ricos manjares, que ella hasta entonces jamás había probado. Cuando terminaron de comer, el viejo leñador dijo:
Ahora te voy a contar toda la historia de Mushkil Gushá. Mushkil Gushá significa El disipador de todas las dificultades. Nuestras dificultades han desaparecido gracias a Mushkil Gusha, y debemos siempre recordarlo.

Durante una semana el hombre siguió como de costumbre. Fue a las montañas, trajo leña, comió algo, llevó la leña al mercado y la vendió. Siempre encontró un comprador sin dificultad.

Llegó el jueves siguiente y, como es común entre los hombres, el leñador olvidó contar la historia de Mushkil Gushá. Esa noche, ya tarde, se apagó el fuego en casa de los vecinos. Los vecinos no tenían nada con qué encenderlo y fueron a casa del leñador y le dijeron:
Vecino, vecino, por favor, danos un poco de fuego de esas maravillosas lámparas tuyas que vemos brillar a través de la ventana.
Qué lámparas? preguntó el leñador.
Ven afuera y verás, le respondieron.

El leñador salió y vio claramente toda clase de luces que brillaban, desde adentro, a través de su ventana. Entró a la casa y vió que la luz salía del montón de pequeñas piedras que había colocado en un rincón. Pero los rayos de luz eran fríos y resultaba imposible emplearlos para encender fuego, así fue que salió y les dijo:
Vecinos, lo lamento, no tengo fuego.
Y cerró la puerta golpeándola en sus narices. Los vecinos se sintieron molestos y sorprendidos, y volvieron a su casa refunfuñando. Y aquí ellos abandonan nuestra historia.

El leñador y su hija, rápidamente, taparon las brillantes luces con cuanto trapo encontraron, por miedo de que alguien viera el tesoro que tenían. A la mañana siguiente, al destapar las piedras, descubrieron que eran luminosas piedras preciosas.

Una por una, las fueron llevando a las ciudades de los alrededores, donde las vendieron a un enorme precio. El leñador resolvió entonces construir un espléndido palacio para él y su hija. Eligieron un lugar que quedaba justamente frente al castillo del rey de su país. Poco tiempo después había tomado forma un maravilloso edificio.

Ese rey tenía una hija muy bella, que al despertar una mañana vio un castillo que parecía de cuento de hadas frente al de su padre y se quedó muy sorprendida. Preguntó a su servidumbre:
Quién ha construido ese castillo? Con qué derecho hacen algo así tan cerca de nuestro hogar?
Los sirvientes salieron e investigaron y al regresar le contaron a la princesa la historia, hasta donde pudieron saberla.

La princesa entonces mandó llamar a la hija del leñador, pues estaba muy enojada, pero cuando las dos niñas se conocieron y hablaron, pronto se hicieron buenas amigas. Se veian todos los días e iban juntas a nadar y a jugar a un arroyo, que había sido hecho para la princesa por su padre.

Algunos días después del primer encuentro, la princesa se quitó un hermoso y valioso collar, y lo colgó en un árbol próximo al arroyo. Al volver, olvidó llevárselo y al llegar a casa pensó que lo había perdido. Mas la princesa, recapacitando, decidió que la hija del leñador se lo había robado. Se lo dijo a su padre, quien hizo arrestar al leñador, confiscó el castillo y le embargó todos sus bienes; el leñador fue puesto en prisión, y su hija internada en un orfelinato.

Como era costumbre en ese país, después de cierto tiempo, el leñador fue sacado de su celda y llevado a la plaza pública, donde se le encadenó a un poste, con un letrero alrededor del cuello que decía:
Esto es lo que les ocurre a aquellos que roban a los reyes.
Al principio, la gente se reunía a su alrededor, burlándose de él y tirándole cosas. El leñador se sentía muy desdichado. Pero, como es común entre los hombres, pronto se acostumbraron a ver al viejo sentado junto al poste y le prestaban cada vez menos atención. A veces le tiraban restos de comida, a veces no.

Un día escuchó decir a alguien que era jueves por la tarde. Repentinamente, llegó a su mente el pensamiento de que pronto sería la noche de Mushkil Gushá, El disipador de todas las dificultades, y que había olvidado conmemorarlo desde hacía tanto tiempo. Tan pronto como este pensamiento llegó a su mente, un hombre caritativo que pasaba por allí le arrojó unas monedas. El leñador lo llamó:
Generoso amigo, me has dado un dinero que para mí no es de ninguna utilidad, si de alguna manera tu generosidad alcanzara para comprar uno o dos dátiles y venir a sentarte conmigo para comerlos, yo te quedaría eternamente agradecido.

El Sultán que se convirtió en un Desterrado

El Sultán que se convirtió en un Desterrado

Se cuenta que un Sultán de Egipto convocó a un consejo de eruditos, y muy pronto – como suele suceder – surgió una disputa. El tema fue la Travesía Nocturna del Profeta Mahoma. Se dice que en esa ocasión el Profeta fue llevado de su lecho hasta las esferas celestes. Durante ese período vio el Paraíso y el Infierno, conferenció con Dios noventa mil veces, tuvo muchas otras experiencias, y fue devuelto a su habitación mientras su lecho estaba aún tibio. Una vasija de agua, que había sido volcada y derramada a causa del vuelo, aún no había terminado de vaciarse cuando el Profeta retornó.

Algunos sostenían que esto era posible gracias a una manera diferente de medir el tiempo. El Sultán sostenía que eso era imposible.

Los sabios dijeron que todas las cosas eran posibles para el poder divino, pero esto no satisfizo al rey.

Las noticias de este conflicto llegaron finalmente al sheikh Sufi Shahabudin, quien inmediatamente se presentó ante la Corte. El Sultán mostró la debida humildad hacia el maestro, quien dijo: Propongo proceder en seguida a mi demostración, pues sepan ya que ambas interpretaciones del problema son incorrectas, y que hay elementos verificables que pueden explicar las tradiciones, sin necesidad de recurrir a crudas especulaciones o a insípidas y desaprensivas racionalizaciones.

Había cuatro ventanas en el salón de audiencias. El sheikh ordenó que se abriera una de ellas. El Sultán miró hacia afuera. En una montaña a lo lejos vio un interminable ejército invasor, marchando hacia el castillo. Quedó terriblemente asustado.

Ruego que lo olvidéis, pues no es nada, dijo el sheikh.

Cerró la ventana y la abrió nuevamente. Esta vez no se veía un alma a través de ella.

Cuando abrió otra de las ventanas, la ciudad estaba siendo consumida por las llamas. El Sultán gritó alarmado.

No os alarméis, Sultán, pues no es nada, dijo el sheikh.

Cuando hubo cerrado y abierto nuevamente la ventana, no se veía fuego alguno.

La apertura de la tercera ventana reveló una inundación que se aproximaba al palacio.

Luego, nuevamente, no se veía tal inundación.

Cuando la cuarta ventana fue abierta, en lugar del acostumbrado desierto, surgió un jardín del paraíso, y después, al cerrar la ventana, la escena se esfumó como anteriormente.

Luego el sheikh ordenó que se trajese una vasija de agua y que el Sultán pusiera su cabeza dentro de ella por un momento. Tan pronto como hubo hecho esto, el Sultán se encontró solo en una playa desierta, un lugar desconocido para él.

En un arrebato de ira, ante este hechizo mágico, juró vengarse del alevoso sheikh.

Pronto encontró unos leñadores que le preguntaron quién era. Imposibilitado de explicar su verdadera condición, les dijo que era un náufrago. Le dieron algunas ropas, y se encaminó hacia una ciudad, donde un herrero, viéndolo vagar a la ventura, le preguntó quién era. Un mercader náufrago, ahora sin recursos, pendiente de la caridad de leñadores, contestó el Sultán.

El hombre le contó algo acerca de una costumbre de ese país. Todos los forasteros podían pedir en matrimonio a la primera mujer que abandonara la casa de baños y ella tendría que aceptar. Fue a los baños y vió salir a una hermosa dama, Le preguntó si estaba ya casada, y como lo estaba, tuvo que preguntarle a la siguiente, que era fea, y luego a la siguiente, también casada. La cuarta era realmente bella. Ella dijo que no estaba casada, pero lo apartó, ofendida por su miserable aspecto.

Repentinamente un hombre estuvo frente a él y dijo: He sido enviado aquí para buscar a un hombre harapiento. Por favor, sígueme.

El Sultán siguió al sirviente y fue llevado a una magnífica casa, en una de cuyas suntuosas habitaciones estuvo sentado durante horas. Al fin cuatro damas hermosas y magníficamente ataviadas aparecieron precediendo a una quinta que era aun más hermosa. El Sultán reconoció en ella a la última mujer a la cual se había aproximado en la casa de baños.

Ella le dio la bienvenida y le explicó que la prisa por regresar a su casa se debía a los preparativos para su llegada, y que su arrogancia era sólo una de las costumbres del país, practicada por todas las mujeres en la calle.

Luego siguió una magnífica comida. Trajeron espléndidas vestimentas que fueron obsequiadas al Sultán, mientras se ejecutaba una delicada música.

El Sultán vivió siete años con su nueva mujer, hasta que despilfarraron todo el patrimonio de ella. Entonces la mujer le dijo que ahora él debía proveer para ella y sus siete hijos.

Recordando a su primer amigo en la ciudad, el Sultán volvió al herrero en busca de consejo. Puesto que el Sultán no tenía oficio ni negocio, le aconsejó ir a la plaza del mercado y ofrecerse como mozo de carga.

En un día ganó, transportando una enorme carga, sólo una décima parte del dinero necesario para el alimento diario de su familia.

Al día siguiente el Sultán se dirigió nuevamente hacia la playa, donde encontró el lugar exacto del que había emergido hacía siete años. Dispuesto a decir sus oraciones, comenzó a lavarse en el agua, cuando repentina y dramáticamente se encontró nuevamente en el palacio, con la vasija de agua, el sheikh y sus cortesanos.

i Siete años de exilio, hombre perverso ! , rugió el Sultán. Siete años, una familia y haber tenido que ser mozo de carga ! No temes a Dios, el Todopoderoso, por esta acción?.

Pero hace sólo un instante que has puesto la cabeza en esta agua, dijo el maestro Sufi.

Sus cortesanos confirmaron esta declaración.

El Sultán no pudo convencerse de esto, y comenzó a. dar las órdenes para decapitar al sheikh.

Percibiendo mediante su sentido interior que esto iba a ocurrir, el sheikh puso en práctica la capacidad llamada Ilm el-Ghaibat: la Ciencia de la Ausencia. Esto hizo que instantánea y corporalmente se transportara a Damasco a muchos días de distancia.

Desde allí escribió una carta al rey:

Siete años pasaron para tí, como ya habrás descubierto, mientras permaneció por un
instante tu cabeza en el agua. Esto sucede mediante el ejercicio de ciertas facultades, y no tiene especial significado excepto como ilustración de lo que puede suceder. Acaso en la tradición no estaba el lecho tibio, no estaba la jarra a medio vaciar?

El elemento importante no es que algo haya sucedido o no. Es posible que todo suceda. Sin embargo, lo importante es el significado del suceso. En tu caso no hubo significado alguno. En el caso del Profeta, sí lo hubo

Historia sufi

El Sufismo en Occidente.

El Sufismo en Occidente.

La Doctrina de la gente de la comunidad.

1.- Transmitir conocimiento diferenciándolo de información.

Los estudios comunes siempre se basan en la información, no en el conocimiento. En el medio académico el maestro puede poseer conocimiento, pero enseña por medio de la información. Su conocimiento le puede decir qué información es la que debe seleccionar y como proyectarla, pero esto es algo que la doctrina académica ordinaria no tiene en cuenta, excepto para decir cosas vagas, tales como: Ese hombre tiene aptitudes, talento, una forma de ser, presencia, alcance, etc.

2.- La importancia de enseñar conocimiento.

Las personas que poseen conocimiento pueden comunicar conocimiento. Los que sólo poseen información sólo pueden transmitir información. Si el conocimiento existe, como nosotros afirmamos, es tan importante como la información y en muchos aspectos superior. Un primer paso para comunicar conocimiento es aceptar, en principio, que puede existir. Esto nos lleva a métodos para comunicarlo. Mientras continúe existiendo en la mente humana la confusión entre información y conocimiento, no podrá diferenciarse el uno del otro. La situación es análoga a un nivel primitivo de tecnología en el cual una persona puede quemar carbón y obtener algo de luz y un poco de calor, pero no sabe nada acerca de las substancias más volátiles que se encuentran en el carbón que pueden ser extraídas de él, las cuales pueden producir más luz y mejor calor, a menos costo y con mayor facilidad de transporte, almacenamiento y empleo.

3.- Barreras para la comunicación del conocimiento, consideradas desde el punto de vista del maestro.

Puesto que el aspirante a discípulo no puede ver sus propias barreras, se le puede prestar una perspectiva diferente, la del maestro, para mostrarle algo de la distancia que hay entre él y el maestro. Al principio, estas barreras incluyen las siguientes barreras dominantes; que son las dificultades que causan los mayores problemas en la comunicación:

a) Suposiciones: La falta de pensamiento coherente hace que el estudiante piense toda clase de cosas acerca de la enseñanza, y/o del maestro. Esto hace que el estudiante esté viendo las cosas incorrectas, en el momento equivocado, en la forma incorrecta.

Es algo tan arraigado, que hasta se convierte en una motivación. El estudiante, por ejemplo, piensa que la transmisión de conocimiento debe ser continua, que debe poder obtenerlo en el lugar donde cree que puede encontrarlo; que se le puede dar en la forma y en la velocidad que él exija. Todas estas cosas son absurdos generalizados en otros campos de su experiencia.

b) Condicionamiento: El estudiante ha tomado ciertos principios de las lecturas, de las cosas que ha escuchado, de estudios que ha hecho en el pasado, que él cree deben ser aplicables en el aprendizaje. Estos principios varían muy ampliamente, porque cada persona ha recogido un patrón de prejuicios diferente con respecto al aprendizaje. Por ejemplo: aquellos a quienes se les ha enseñado que el conocimiento superior está acompañado de la experiencia emocional, la buscarán en la enseñanza. Si la encuentran, esto será para ellos una comprobación, o evidencia, de la realidad de la enseñanza. Si deciden que está ausente, concluirán que ésta no es la enseñanza para ellos o ni siquiera una enseñanza u otra cosa parecida.

Ninguna enseñanza real podría, ni por un instante, transigir con tales actitudes, porque son superficiales y sintéticas, no sirven para juzgar, reconocer, o beneficiarse correctamente con una enseñanza real.

c) Las emociones humanas comunes: Están atenuadas en la vida social y profesional, pero necesitan ser expresadas y por lo tanto se infiltran dentro de la búsqueda. Se trata, en pocas palabras, de cosas tales como: voracidad, miedo, esperanza y compensaciones por incapacidades de todo tipo. Los procesos tradicionales que han sido diseñados para eliminar estos elementos se introducen deliberadamente para evitar que el discípulo dé rienda suelta a sus emociones comunes dentro del contexto de la enseñanza.

4.- La enseñanza se concentra sobre el individuo, el grupo, y su propio ser.

Esto quiere decir que no cualquier enseñanza dogmática – cuyos principios y prácticas pueden ser resumidos en unas cuantas líneas – puede ser una expresión exacta o suficientemente completa de la gran enseñanza.

El único método que opera con éxito en esta enseñanza, es el que suministra estos tres aspectos:
a).- conocimiento para aquella parte del ser humano que puede adquirir y utilizar el conocimiento,
b).-práctica para aquella parte que puede desarrollarse por medio de la práctica,
c).- información precisa que corresponda a las necesidades actuales. Esta información es diferente a la información especulativa o que pertenezca a otras fases y a otros campos.

Es por las razones antes mencionadas, que la enseñanza real siempre se realiza por medio de una constelación de impactos y no por medio de una instrucción académica de paso por paso, basada únicamente sobre una información sistematizada. Esto explica la aparente falta de continuidad y la naturaleza aparentemente irregular de los maestros, cuyos hechos y dichos en el pasado, a menudo han parecido ser imposibles de sistematizar.

En las enseñanzas fósiles se ha elegido, de un inmenso cuerpo de enseñanza, sólo unos pocos principios y prácticas, que tienen la posibilidad de ser organizados y aplicados masivamente. Estos han sido aplicados, incansablemente por aquéllos que supuestamente estaban enseñando, o más bien celebrando ritos.

El resultado siempre es el mismo, como en cualquier otro sistema defectuoso: Un núcleo condicionado, algunos inconformes, algunos intelectuales y algunos emocionalistas.

La idolatría del ser humano y la veneración hacia la institución, solamente pueden evitarse por la presencia de un elemento que impida que esa enfermedad se manifieste.
Este puede o no hacer uso de la materia prima, y/o, de la recolección de información.

Es el producto humano, común, caracterizado por todas o muchas de las dificultades que acabamos de mencionar, el que enfrenta al maestro y a la enseñanza, cuando existe la posibilidad de establecer el trabajo de la doctrina en un área dada, la que puede ser que esté o no imbuida con los residuos de la enseñanza.

Esta es la que puede considerarse la situación clásica y es casi inevitable.

Una característica muy fuerte de la tradición deteriorada es la creencia de que la enseñanza esotérica sólo puede emanar de lugares misteriosos e inaccesibles, o que el conocimiento superior sólo puede encontrarse en libros cuyos títulos o temas obviamente tratan del conocimiento superior. Esta idea, ampliamente difundida, está nuevamente basada en la compensación.

Ya sea que la tradición esté perdida o en estado latente, se hace la suposición de que ella no puede estar presente en ninguna forma. El meollo de esta situación se puede expresar en la siguiente forma: Donde no hay ningún conocimiento, algo de éste debe expresarse; de no ser así, la gente inventa, imagina o se apega a un nivel inferior de trabajo.

Las personas a las que nos hemos referido, no tienen idea de qué es un nivel inferior, porque admitirlo sería ver su propia ignorancia. Hacerles notar que no están en contacto con ninguna forma de conocimiento real, ya sea en forma escrita, hablada u otra, sería hacerles sentir que son inútiles y que no tienen esperanza. Lastimaría su auto-estima. Pero es lo que le pasa a esta gente, sólo porque no se han molestado en pensar, ni siquiera mecánicamente, en las interpretaciones posibles de su situación, ni aún en las más obvias.

Es una triste reflexión, sin embargo verdadera, decir que una persona, con un conocimiento superior, a menudo encuentra que la gente con la que tiene que tratar, no sólo se desempeña en un nivel de comprensión más bajo del que cree tener, sino también en un nivel inferior a aquel que podría alcanzar. Se permiten tener esperanzas, pero, al mismo tiempo se permiten ser perezosos. Es al escoger esta alternativa fácil, donde dejan deliberadamente que opere el auto engaño; aún cuando pretendan ante ellos mismos y ante otros que están siendo sinceros.

Se necesitan técnicas especiales, conocimiento especial, un mandato especial, para llevar a la gente a la correcta comprensión de su propia situación. El informarles simplemente de que son tramposos, haraganes, sin esperanza, llenos de voracidad, o que están dormidos, no tendrá ningún efecto sobre aquellos que no reaccionan al instante y correctamente a este impacto.

Esto nos proporciona un panorama externo, acerca de las razones de cierto comportamiento, el empleo de ciertos materiales, la dirección de la atención sobre ciertas líneas, realizada por los maestros en diferentes culturas y en distintas épocas.

Esta no es la clase de maestro que la mayoría de la gente conoce. Muchos de aquellos que más los necesitan, serían los últimos en admitir o estar de acuerdo en que éstos realmente son maestros. La función del maestro, no solamente es la de diagnosticar la situación y las necesidades del estudiante, sino también el ayudar a darle lo que se necesita, de acuerdo con la individualidad propia de cada uno. Al estar haciéndolo, es un técnico, un trabajador, hombre o mujer, que está logrando que algo sea posible. Ni siquiera necesita parecerse a otro maestro, y hasta puede que no se le conozca, generalmente, como un maestro. La gente se excita cuando se le dice que existen maestros invisibles y quiere verlos, quiere encontrárselos. Pero, en este caso, invisible puede querer decir que son gentes que contribuyen al proceso de aprendizaje, sin que de ninguna manera parezca que están realizando esta función. También hay maestros que combinan ambas funciones, la del maestro visible e invisible. Hasta que este principio no sea admitido, por lo menos, como un concepto bien conocido, es muy improbable que el estudiante pueda progresar. Los maestros, a causa de su tarea, su individualidad, la situación de los estudiantes, de los grupos de aprendices y otras cosas, no solamente son el símbolo vivo y representativo de la doctrina, sino también su exponente.

El ser un exponente no significa ser un simple teórico, que continuamente da discursos a su audiencia. No significa un simple hierofante que preside el ritual. No significa un simple tradicionalista que sin cesar repite ideas, palabras y acciones de segunda mano. No significa solamente un hombre, que conoce técnicas o rituales, o dichos o que trata de mantener a la comunidad unida. O que trata de defender a esa comunidad de las infiltraciones de ideas o prácticas, ajenas a ellas.

El verdadero maestro es un ser, casi infinitamente versátil, capaz de trabajar, en un número de niveles diferentes al mismo tiempo. Él responde al movimiento de la enseñanza, lo representa y lo comunica de una manera que dará resultados positivos.

Para poder hacer esto, el maestro debe obtener la suficiente cuota de atención e interés de parte de su audiencia para capacitarlos a recibir los beneficios del complejo método de la enseñanza. Si él transige hasta el punto de dar a la gente lo que cree que quieren: reuniones, conversaciones, diagramas, rituales, el sentirse miembros, actividades continuas, una personalidad o institución sobre la cual se puedan apoyar, de ninguna forma es un maestro. Porque ha permitido que la enseñanza se deteriore dentro del dominio de la mecanicidad, movida por el intelecto o la emoción.

Solamente porque en cualquier época hay miles de personas como esas no quiere decir que alguno de ellos esté en lo correcto, y que no exista el maestro real. Al contrario, y usando uno de nuestros más antiguos aforismos, se acepta el oro falso sólo porque la moneda de oro auténtico existe.

A la gente le es difícil percibir sus propios problemas, pero pueden conseguir un vislumbre de ellos, al mirarse a sí mismos con los ojos de los demás.

Recompensa y Castigo:

Desde temprana edad se ha condicionado al ser humano, por medio de la recompensa y el castigo, o por la amenaza de recompensa y castigo. Este condicionamiento no se arraiga bien en algunas personas. Nosotros nos ocupamos de los demás, que son la mayoría.

En el entrenamiento humano, recompensa y castigo también pueden manifestarse como la
alternativa del caramelo y el látigo, real o teórico. Con propósitos prácticos, podemos decir que todos los sistemas de entrenamiento dependen de estos dos factores. Algunas instituciones, como las religiosas, se basan en ellos y también los refuerzan con frecuentes sugerencias. A la gente se le invita a meditar sobre los placeres del posible futuro y sobre los terrores si se desobedecen ciertas leyes. Fundamentalmente todas las leyes dependen de la amenaza de la fuerza, ya sea física o mental, de ciertas condiciones tales como la prisión, lo que también depende del hecho de que ciertas instituciones ejercen un efectivo poder sobre el individuo.

La sociedad misma implanta y mantiene el adoctrinamiento moral y ético, a veces llamado enseñanza, produciendo placer, por medio de métodos emocionales. Como al individuo desde su niñez, se la ha influido por medio de estas técnicas, él lleva consigo, subconscientemente, el sentimiento de que son esenciales. Esenciales, en el sentido de que siempre deberán estar ahí. Por supuesto ha confundido al instrumento con el objetivo. Por haber sido entrenado a buscar la aprobación o la recompensa y a huir del dolor, y a obedecer a la acción o a la dirección autoritaria, le es difícil concebir que existe una moral autónoma, o ética real, basada en lo que podríamos llamar constructividad y destructividad.

Como resultado de lo cual, si usted reúne a un grupo de personas y no les da ninguna dirección, tenderán a perder el condicionamiento de la obediencia, y a evitar ciertas cosas y buscar otras, al no haber un refuerzo a tales sugestiones. Este experimento es comparativamente fácil de organizar. Si usted puede tener a estas personas trabajando sobre algo, en un tipo de organización no estricta, encontrará que en vez de buscar la aprobación y de obedecer instrucciones inexistentes, empezarán a buscar gratificaciones personales menores. Esto constituye el sustituto al yugo bajo el que antes se encontraban.

Pero, lamentablemente, este sustituto también tiende a ser la suma total de su carácter. En otras palabras, la parte de su carácter que ya no es operante, no era en verdad propia de ellos, porque su presencia dependía de la compulsión de un poder que ejercía sobre esa persona o ese grupo un individuo, una institución o un conjunto de reglas. La consecuencia de este tipo de tendencia rara vez es aquella en la que el individuo se pregunte si está llevando a cabo alguna función útil o evidentemente constructiva para su grupo o institución. En vez de hacerse esta pregunta, aflorarán en él ciertas características de autoafirmación. Estas características no habían aflorado, solamente a causa de enseñanzas morales o éticas y por disciplina. Ellas representan la verdadera naturaleza de este individuo y de la mayoría de los hombres y mujeres. Será muy común encontrar delincuencia, robo, mentiras y engaño. Esto se ha verificado una y otra vez, y el que no lo crea está en libertad de verificarlo cuando quiera, y de volver a esta discusión cuando lo haya hecho. De otra forma está invitado a escuchar esta información.

Un objetivo de los Sufís, es el de someter al hombre a condiciones donde no exista una doctrina sostén o reglas que lo apoyen para que ello lo despoje de aquellas partes de su personalidad, que de hecho sólo están presentes como una suerte de extensión de la sociedad y de sus reglas. Esto permite, al maestro y también al estudiante, la observación de lo individual. El estudiante puede ver sus características reales y preguntarse si es que sus formas de acción, que se manifiestan a través de esta personalidad, son constructivas para la organización, para sí mismos, para sus amigos y asociados, o para algún reglamento moral o ético familiar a él, etc. Esta es la forma en la que llega a verse cara a cara consigo mismo.

Generalmente le queda un buen número de tendencias que se caracterizan por la voracidad. Estas tendencias tratan de sacar para sí cualquier provecho que puedan extraer del medio ambiente. Tienden a operar en forma disfrazada por el hecho de que lo que en verdad es voracidad a menudo no parece serlo, puesto que por razones convencionales se utilizan otros términos para designarla. Por ejemplo, gastar tiempo en buscar información fácil sobre la consciencia superior, desperdiciar los dotes materiales de la organización y poner menos y menos esfuerzo eficiente en las tareas que le han sido encomendadas: todas estas y muchas otras tendencias son voracidad, así como lo es comer demasiado. Las formas de voracidad a costa de alguien, o de algo se encuentran una y otra vez, y pueden registrarse por un observador, como yo mismo he registrado más de una vez y sin comentarlo durante los experimentos. Se extienden desde el mismo robo, (en una escala pequeña o grande), hasta el ignorar las cosas que se le han dicho a pesar de estar recordándolas y actuando de acuerdo con una forma selectiva con lo que ha recibido.

Por lo tanto la persona recordará la mitad de una exhortación o la interpretará mal, tergiversándola, hasta que parezca significar algo completamente diferente que pueda ser referido a algún supuesto provecho.

Bajo estas circunstancias, si se tiene una organización y estudiantes y se les da tareas para llevar a cabo, las que deberían estar muy al alcance de su capacidad para poderlas realizar, existirá una tendencia a realizar las tareas en una forma inferior a la que podrían lograr, y hasta habrá casi señales de idiotez y estupidez porque no se ofrece una recompensa o castigo. Esto puede tomarse como una regla general.

La persona que siempre realiza las cosas correctas e incansablemente de acuerdo con una regla que ha aprendido en el pasado, es tan ejemplo de adoctrinamiento como el que no cumple. Lo único que hace este individuo es traer sus propias reglas, a una atmósfera donde no hay reglas.

Todo lo que está sucediendo es, que en vez de que usted, su institución o su doctrina pongan las reglas y las aplique, él trae consigo su propio mecanismo, su propio sargento de disciplina. El está entrenado y hasta disciplinado; no está actuando constructivamente, no tiene flexibilidad, no tiene elección. Tiene que ser eficiente, o dar valor por dinero, por así decirlo. El problema principal de enseñar en esta área es el de asegurarle al individuo – de manera que pueda percibirlo por sí mismo y no a través del adoctrinamiento – que hay un área en el cual las cosas se pueden hacer, y hacer bien, por medio del conocimiento interior sin tener que recurrir a ningún tipo de cuerpo de supervisión, ya sea éste divino, local, o el modelo de uno que haya sido inculcado por el sargento entrenador.

Desafortunadamente todas las religiones existentes, culturas y civilizaciones sólo aprecian, en tan alto grado, el entrenamiento por los medios burdos antes mencionados, que a menudo se cree que la única forma de tratar con el hombre es a través de la fuerza, de las promesas, o de la amenaza de fuerza.

Esta creencia hace que el hombre se vuelva inaccesible a una real conducta correcta. De ahí el hombre tal como es, es una prueba viviente del dogma en el que ha sido adoctrinado.

La única forma de salir de este desconcertante dilema, es la práctica de métodos que le darán al hombre la posibilidad de verse tal cual es hoy; cómo era recientemente y por qué; y cómo es que hay algo dentro de él que puede gobernar sobre lo que será.

Tales prácticas constituyen el sello de la Tradición Sufí. Pero si estos métodos son aplicados incorrectamente, serán puestos al servicio de las tendencias de condicionamiento, que los adoptará como reglas o sustitutos de fuerza. El resultado, simplemente, será otra religión o institución que existirá para su propio beneficio.

El entrenamiento, en cualquier cultura, no es ni más ni menos que algo preparatorio. Enseña al hombre – ya sea en religión, en sistemas idealistas, en la familia, o en lo que sea – a buscar el paraíso y temer al infierno-, como lo dijo Omar Khayyam. Como tal, este entrenamiento es un preludio: El entrenamiento burdo deberá ser reemplazado por el conocimiento directo y por la verdadera elección. No hay elección posible para una persona que elige algo que se le ha implantado por un criterio de juicio que de otra forma no usaría.

Una vez que sabemos estas cosas, somos culpables cuando somos cómplices de convenciones sociales y otras, que suponen que el hombre es impulsado por motivos elevados o por un sentido de justicia, siendo que lo que queremos decir es que él no puede evitar, en todas sus actividades, el actuar y reaccionar de acuerdo con un patrón para el cual ha sido programado como una computadora.

Esto no quiere decir, junto con aquellos que dicen que el hombre es mecánico, que no debe reaccionar en contra de las convenciones y no usar métodos críticos. Pero lo que sí quiere decir es que el hombre debe darse cuenta de que es capaz de Estar en el mundo, pero no ser de él. Y esto significa que mientras continúa actuando de acuerdo con la moralidad local apropiada para él debe ser capaz de buscar y desarrollar su conocimiento directo de la ética absoluta.

Los experimentadores de todas las épocas, han derribado las éticas locales, pretendiendo que los ahogaban o que no eran aplicables a ellos, sin saber qué cosa podría ahogarlos, o lo que podría serles aplicable realmente.

El único resultado, como usted verá si lee la historia o piensa recordando sus propias experiencias, fue que había otra ética, similar a la primera y que a menudo pretendía ser diferente, y nuevamente pretendía ser la mejor y la única.

A veces es necesario, en una situación de enseñanza, empezar con reglas, abandonarlas y después reaplicarlas, cuando las características indeseables (destructivas y ladinas) que se manifiestan en el individuo no pueden, por el momento ser mejoradas.

Al ignorar el proceso por el cual están pasando, es usual que la reacción de tales personas, sea la depresión, la rebelión o el mal humor.

La otra alternativa: la de enaltecer las virtudes idealistas y santurronas hasta que se adueñen por completo de la mente del individuo, no produce ningún efecto real, aunque artificios de este tipo a menudo bien intencionados, se encuentran en ciertos círculos en abundancia nauseabunda.

Otro resultado que se obtiene al quitarle a los individuos los sistemas de aprobación y desaprobación, es que tienden, casi de inmediato, a fabricar chismes y lo que puede llamarse, el comportamiento de una reunión de viejas chismosas tejiendo. Esto se puede demostrar fácilmente. Así como en la guerra, cuando hay escasez de información porque no se le puede decir a la gente como ha de pensar sobre ciertas cosas (por razones de seguridad), crecen los rumores turbulentos y son creídos; así esta misma tendencia se afirma en grupos especiales, donde no hay afirmación continua y fuerte del dogma en el cual hay que creer. También existe siempre la tendencia hacia el reclutamiento. Hacer que otras gentes se interesen en lo que se supone que está pasando. Sumando a esto existe la tendencia a la fabricación de información, la naturaleza detesta el vacío. Y también el choque de personalidades. La gente dice que no quiere ser regimentada, pero cuando no están siendo regimentadas por personas, tareas o ideas, tienden al picoteo de las gallinas. O sea a la auto-regimentación.

Todo esto sucede en el período que transcurre entre la suspensión de alimentos del área cerebral donde está instalada la regimentación y la apertura de otra área del cerebro que permite el conocimiento directo. Pero la gente rara vez está preparada para soportar el período de tiempo necesario para que la fiebre se calme.

Por tanto, falsifican información, jerarquía, chismes y así sucesivamente. Aquellos que no lo hacen progresan, los demás, en el peor de los casos se convierten en víboras. En el mejor de los casos están incapacitados para progresar.

El liderazgo es otro aspecto valioso de la idea de recompensa y castigo. Si a cierta clase de gente usted no les hace el papel de conductor o no hace lo que consideran propio de un conductor, pronto lo empezarán a convertir en un Dios. Tratando de hacerlo un líder, tratando de verlo, de provocarlo a la acción (benigna u hostil) haciendo que la cola mueva al perro. Al actuar otra vez prematuramente hacen prácticamente imposible que una verdadera enseñanza tenga acceso a ellos, ya que insisten en conseguir algo que quieren, a pesar que no lo necesitan, en un período de deliberada suspensión de un tipo de alimento anterior a la introducción de otro.

Se convertirán en un culto, o se irán y se unirán a otro movimiento. Áreas enteras del posible pensamiento humano están sin usarse. El estudiante le presentará un área incorrecta y esperará que usted actúe sobre ella constructivamente. Algo que no se puede hacer. Es como un hombre que le da un colador y dice: llénemelo de agua

Omar Alí Shah

Extractado por Farid Azael de
Sufismo en Occidente.-Ediciones Dervish Internacional