Este imaginar la acción antes de realizarla se llama “función simbólica” e implica la capacidad de trabajar mentalmente la realidad. En este caso, cuando el niño es capaz de representar simbólicamente, se salta grados de la experiencia conductual. Esta conducta se caracteriza por diferentes acciones:

a) El niño puede copiar una conducta de una persona conocida sin necesidad de estarla mirando. Por ejemplo: el peinar una muñeca “como lo hace la mamá”. Allí personifica al modelo por la acción, siendo el referente aún externo.

b) Puede tener una imagen interna de un objeto o situación aún cuando no esté presente. Por ejemplo: un niño puede responder claramente a preguntas sobre la disposición de los muebles en su casa, aunque esté en otro lugar.

c) Juega en forma simbólica con los objetos. Por ejemplo: un niño de tres años puede arrastrar un trozo de madera o una caja vacía de zapatos como si fuera un auto. Incluso puede asignarle emociones y sentimientos.

d) Dibuja subjetivamente inventando su propio código. Por ejemplo: puede hacer unas líneas sobre un papel e insistirá obstinadamente en que representan su casa.

e) Emplea el lenguaje inventando palabras y jugando subjetivamente con las que ya conoce. Por ejemplo: es normal que el niño designe algunos objetos con palabras inventadas, ya sea describiendo las características que le llaman la atención, o el sonido que emiten. Así el perro será llamado “guau”, el gato, “miau”, etc.

A partir de las experiencias ya explicitadas, se manifiesta en el niño un cambio primordial en la vida cognitiva. El juego simbólico permite ejercitar la representación, la fantasía y el lenguaje. Este juego, que se manifiesta grupalmente, permite el desarrollo de la “consciencia del yo”, diferenciada de los objetos y de los demás compañeros de juego, ampliando así la capacidad de relación con el entorno social.

El actuar mentalmente con la realidad es pensar. Este pensamiento nace con la capacidad representativa, pero en esta fase se centra en el yo, produciendo una visión individualista y subjetiva. Por ejemplo: cuando un niño habla con otro, parte de la premisa de que el otro conoce todo lo que él conoce. Cuando otro le habla, le resulta muy difícil ponerse en el lugar del interlocutor y entender su punto de vista.